“Una defensa del aborto”: la versión de Judith Thomson (II)

•06/11/2009 • Dejar un comentario

violin

Volvamos sobre nuestro argumento y tratemos de reactivar con ello las ideas que conforman la tesis de Thomson.  De acuerdo con lo expuesto, todo hace indicar que al menos en ciertos casos uno se ve racionalmente inclinado a pensar en ciertas excepciones cuando analiza el derecho a la vida. Ese es el propósito del experimento con el violinista. Sin embargo, pensemos en el caso de una violación —que es el que análogamente podría corresponder al del violinista—. Buena parte de los opositores al aborto se oponen también a abortar cuando ha habido violación sexual. Argumentan ellos, que el derecho a la vida es inalienable y que la cuestión de la fuente que dio origen a esa vida es irrelevante. Pero noten que lo más probable es que estaríamos dispuestos a desconectar al violinista dadas las circunstancias y que, si se pretende que ello no debe hacerse, deben ofrecerse tan buenas razones como para que apliquen a ambos casos. La autora es aún más crítica:

“Ni tampoco harían una excepción (el ala radical de los llamados “pro-vida”) para un caso en que la madre tiene que pasar los nueve meses de su embarazo en cama. Ellos estarían de acuerdo en que sería una gran pena, y algo duro para la madre; pero al mismo tiempo, todas las personas tienen derecho a la vida, el feto es una persona, y así sucesivamente. Sospecho que, de hecho, no haría una excepción para un caso en el que, milagrosamente, el embarazo se prolongó durante nueve años, o incluso el resto de la vida de la madre.

Algunos ni siquiera hacen una excepción para un caso en que la continuación del embarazo puede acortar la vida de la madre, consideran el aborto como inaceptable incluso para salvar la vida de la madre. Estos casos son hoy en día muy raros, y muchos opositores del aborto no aceptan este punto de vista extremo”.

En suma, es claro que existen casos extremos sobre esta materia; pero cualquier persona más o menos sensata es capaz de ver las diferencias. El último de los escenarios no creo que sea uno que una persona inteligente podría defender. Así que, Thomson debe vencer a los que argumentan con más sensatez que estos últimos para así probar su tesis a favor del aborto.

A pesar de ello conviene denunciar lo perverso del argumento que sostiene que no se debe practicar el aborto en ningún caso.  Observen una versión común del mismo:

“Se nos dice que la realización del aborto asesina directamente al  niño; mientras que no hacer nada no sería matar a la madre, sólo dejarla morir. Por otra parte, al matar al niño, se estaría matando a una persona inocente, porque el niño no ha cometido ningún delito y no está destinado para dar muerte a su madre. Y, así, hay una variedad de maneras en que esto podría continuar. (1) Pero como matar directamente a una persona inocente es siempre y absolutamente inadmisible, el aborto no puede ser realizado. O, (2), matar directamente a una persona inocente es asesinato, y el asesinato es siempre y absolutamente inadmisible, el aborto no puede ser realizado. O, (3), el deber de abstenerse de matar directamente a una persona inocente es más estricto que el deber de evitar la muerte de una persona, el aborto no puede ser realizado. O, (4) si las únicas opciones son matar directamente a un inocente o dejar morir a una persona, uno debe preferir dejar que la persona muera, y por lo tanto el aborto no puede ser realizado”.

Como se ve, este argumento esconde una lógica perversa. Muchos objetarán que no es eso lo que se está diciendo en la argumentación corriente. Estoy de acuerdo. Ahora los invito a pensar si no existen, en parte al menos, este tipo de sugerencias de modo tácito. ¿Están tan seguros como en su primera objeción? Yo no tanto.

Mucha gente, sostiene la autora, cree que no hace falta esta precisión de las premisas ya que lo relevante es que la conclusión se deriva del hecho de lo inalienable de la vida. Sin embargo, ella cree que esa suposición es un error. Así, nos pide que elijamos (2), por ejemplo. Matar directamente es cometer asesinato y ello es inaceptable. ¿Pero acaso se puede hablar seriamente de asesinato si se practica un aborto para salvar la vida de la madre? O, de otro modo, ¿se  te puede acusar de asesinato por desconectar al violinista si el médico te informa que mantenerlo conectado a ti implicará salvar su vida pero acabar con la tuya? Luego, concluye la filósofa, “si hay algo cierto en el mundo, es que no cometes un asesinato y que no haces lo que no es permisible, si logras darte la vuelta y alcanzas a desconectar al violinista para salvar tu vida”.

Ahora bien, hay otro elemento de juicio entre las múltiples variables del aborto. Uno de ellos es el que incorpora el rol de un agente externo, de un “tercero”. Es casi obvio que una mujer, en ciertas condiciones no puede practicarse un aborto a sí misma y que necesita de la asistencia de un tercero, generalmente (aunque no en el Perú) un médico. ¿Cómo debe actuar esta persona? Thomson acepta la posibilidad de que uno plantee el recurso de la objeción de conciencia para no intervenir;  lo que no acepta es que eso valga como un argumento para inhibir la acción de la madre: si su vida está en peligro y el aborto es lo único que puede salvarla, no se puede argüir que está cometiendo homicidio si lo lleva a cabo.

Esto, evidentemente, no justifica, como sostendrán algún despistado, cualquier forma de autodefensa. Si alguien te amenaza de muerte, salvo que tortures a otra persona hasta que esta muera, sostiene Thomson, eso no te legitima a torturarla. Sin embargo el caso presentado es diferente: son dos las partes en conflicto y sólo una de ellas es amenazada por la otra. Ambas partes son inocentes: nadie amenaza o es amenazado por voluntad propia. Por eso se justifica que un tercero pueda abstenerse, pero ello no nos da el derecho de decirle a la mujer que no puede tratar de defender su vida.

Hasta aquí, entonces, la autora pretende haber probado lo insostenible de las posiciones más radicales en contra del aborto. Al menos hasta donde hemos llegado, no parece haber justificaciones de razón para impedir su práctica, según ella indica. En la siguiente entrada me dispondré a analizar casos donde parece que la figura es más compleja que esta.

“Una defensa del aborto”: la versión de Judith Thomson (I)

•30/10/2009 • 2 comentarios

thomson

En las próximas entradas, y quizá por última vez, me dedicaré a analizar un argumento filosófico interesante y, me parece, bastante poderoso a favor del aborto. Se trata del famoso artículo (aunque presumo que no tan famoso en habla hispana: yo, al menos, no escuché de él sino hasta el 2008 por una amiga profesora de ética en EEUU) de Judith Thomson, filósofa de MIT“A defense of abortion” (1971). Si bien en mis tres entradas previas me he dedicado a argumentar filosóficamente sobre la posibilidad de despenalizar el aborto en situaciones límite; considero que los argumentos de Thomson tienen un tenor filosófico distinto. Los míos pretendían argumentar sobre la legitimidad o no de la propuesta de despenalización; los de Thomson, en cambio, apuntan a la práctica misma del aborto y a los argumentos en pro y en contra de la misma. Thomson no se ocupa de los problemas de orden público al rededor de esta materia, sino de la reflexión que puede hacerse sobre el derecho o no abortar desde la perspectiva de los agentes: la madre y el concebido (aunque este, propiamente, no tiene agencia aún). Me parece interesante analizar este artículo por dos razones: a) porque es filosóficamente muy interesante y b) porque la argumentación que se escucha y lee en los medios peruanos tiende a ser de muy baja calidad especulativa. Este es un argumento robusto a favor del aborto cuyas tesis fuertes me interesaría debatir con los lectores. Paso, entonces, a seguir las ideas centrales del mismo.

Una de las primeras cuestiones que merecen atención para Thomson es el escenario en el cual se ha ido desarrollando la polémica (nótese que estamos, en su caso, en los años setenta y que, sin embargo, la polémica es la misma). Así, el principal argumento contra el aborto (que yo comparto) es que “el feto es un ser humano, una persona, desde el momento de la concepción”[1]. Sin embargo, la autora sostiene que:

“Se nos pide que notemos que el desarrollo de un ser humano desde la concepción hasta el nacimiento a la infancia es continuo, entonces se dice que trazar una línea, elegir un punto en este desarrollo y decir “antes de este punto la cosa no es una persona; después de este punto, es una persona” es hacer una elección arbitraria, una decisión para la que en la naturaleza de las cosas no hay ninguna buena razón que pueda ser dada. Se concluye que el feto es, o en todo caso que sería mejor decir que es, una persona desde el momento de la concepción. Pero esta conclusión no se sigue. Algo parecido podría decirse sobre el desarrollo de una bellota en un roble, y no se sigue que las bellotas son árboles de roble, o que sería mejor decir que lo son. Argumentos de esta forma a veces se llaman “slippery slope arguments” —la frase tal vez se explica por sí misma[2]— y es desalentador que los opositores del aborto se basen en ellos tan fuertemente y sin sentido crítico”.

A pesar de este golpe a la convención argumentativa sobre esta cuestión, Thomson cede ante los detractores del aborto y prefiere situarse en un lugar que la haría más vulnerable a la crítica con la única finalidad de demostrar que su punto es sólido ante versiones débiles y fuertes sobre el derecho a la vida del no-nacido. Así, a pesar de sus objeciones previas, sostiene:

“Propongo, pues, que demos por hecho que el feto es una persona desde el momento de la concepción. ¿Cómo funciona el argumento desde aquí? Sería algo como esto. Toda persona tiene derecho a la vida. Así que el feto tiene un derecho a la vida. Sin duda, la madre tiene derecho a decidir lo que sucederá en y  a su cuerpo, todo el mundo aceptaría eso. Pero sin duda el derecho de la persona a la vida es más fuerte y más exigente que el derecho de la madre a decidir lo que acontece en su cuerpo, por lo que lo sobrepasa. Así, el feto no se puede matar, el aborto no puede ser realizado”.

Esta, como se sabe, es la versión más común del argumento laico contra el aborto. Existen otras que apelan al derecho del no-nacido en tanto criatura de Dios; sin embargo, se trata de argumentos menores en tanto parten desde una perspectiva demasiado particular (ya he hablado sobre esto). La versión más neutral del asunto tiene la forma que Thomson ha presentado con matices de diferente orden, claro, que aquí no detallo. Pues bien, presentado un argumento poderoso en contra del aborto, la filósofa pasa a hacer un “experimento mental” proponiéndonos que imaginemos una situación con las siguientes condiciones (cito en extenso porque vale la pena):

“Te despiertas en la mañana y de espaldas a ti se encuentra en la cama un violinista inconsciente. Un famoso violinista inconsciente. Se ha comprobado que él tiene una enfermedad renal grave, y la Sociedad de Amantes de la Música sondeó todos los registros médicos disponibles y encontró que sólo tú tienes el tipo de sangre para ayudarlo. Por ello, te han secuestrado y anoche han conectado el sistema circulatorio del violinista al tuyo, así tus riñones podrán ser usados para extraer el veneno de la sangre de él, así como el de los tuyos. El director del hospital, ahora te dice: “Mire, nosotros sentimos que la Sociedad de Amantes de la Música haya hecho esto  –si lo hubiésemos sabido nunca lo hubiésemos permitido. Pero aún así, lo hicieron, y el violinista está ahora conectado a ti. Desenchufarlo sería matarlo. Pero no importa, es sólo por nueve meses. Para entonces, ya se habrá recuperado de su enfermedad y con seguridad podrá ser desconectado de ti”. ¿Es moralmente vinculante para ti acceder a esta situación? No cabe duda de que sería muy amable de tu parte si lo hicieras, una gran bondad. ¿Pero usted tiene que acceder a ella? ¿Qué pasa si no fueran nueve meses, sino nueve años o todavía más?, ¿qué pasa si el director del hospital dice: ”Mala suerte. Estoy de acuerdo, pero ahora tienes que permanecer en cama, con el violinista conectado a ti para el resto de su vida. Porque, recuerda esto, todas las personas tienen derecho a la vida y los violinistas son personas. Se concede que tú tienes derecho a decidir lo que acontece en tu cuerpo, pero el derecho de la persona a la vida pesa más que tu derecho a decidir lo que acontece en tu cuerpo. Así, nunca podrás ser desconectado de él”. Me imagino que tú considerarías esto como algo indignante, lo que sugiere que algo está realmente mal en el argumento, que sonaba plausible, que mencioné hace un momento”.

Los dejo con el argumento presentado, puesto que ya me extendí más de lo que quería. Ya con lo puesto aquí hay suficiente material para debatir; sin embargo, las siguientes afirmaciones de Thomson son suficientemente polémicas como para extender esto por varios posts más. Vayamos conversando y viendo las opiniones que surgen. Cabe decir que falta mucho trecho por recorrer, así que no asumamos que allí acaba el argumento.


[1] Todas las citas pertenecen al artículo de Thomson, aunque por referirme a la edición virtual no consigno la paginación. La primera versión del mismo apareció en Philosophy & Public Affairs, Vol. 1, no. 1 (Fall 1971). Para no perjudicar a los lectores que puedan tener dificultad con el inglés, traduciré el texto íntegramente via Google Translate haciendo las correcciones del caso (que han sido muchas).

[2] Traducción difícil por ser una usanza casi técnica. Se trata de un tipo de falacia argumentativa que nos hace saltar a una conclusión no probada. Así se puede entender mejor una traducción literal como “argumentos de pendiente resbaladiza”: se nos hace caer por la pendiente.

El aborto y la esfera pública (u otro asunto de incapacidades) (III)

•23/10/2009 • 13 comentarios

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Quisiera, después de varios días, terminar con este artículo indicando mi posición respecto de esta materia en función a las tesis ya introducidas y a lo que dicta una análisis mesurado y coherente. Antes de ello, sin embargo, quisiera agradecer los aportes de los lectores es sus comentarios, particularmente el de un nuevo, pero valioso, visitante, Althelmus. En realidad, varias de las cosas que voy a decir aquí están muy bien planteadas ya en sus comentarios; no obstante, quiero ser claro y por ello prefiero dejar sentada mi posición en el cuerpo del artículo.

Tesis 3: En un Estado democrático la Iglesia no tiene ninguna autoridad más allá de la de un actor de igual rango que cualquier otro

Esta afirmación se desprende de las tesis 1 y 2. En un escenario plural en el cual no existe dependencia del Estado respecto de una confesión religiosa particular, la Iglesia Católica (o cualquier otra) no tiene ningún rol preponderante más allá del rol de una voz entre muchas otras (como la de los grupos pro-derechos de la mujer que defienden el aborto) que debe ser escuchada. Ahora, tengamos cuidado. Nadie dice que no se debe atender la voz de la Iglesia, todo lo contrario. Habría que ser ingenuo para pensar que un Estado laico supone el silenciamiento de las voces confesionales; por el contrario, supone su escucha muy atenta, pero una escucha que se hace con el mismo interés tanto para con ella como para con cualquier otro grupo que defiende posturas distintas e incluso abiertamente contrarias.

Si ese es mi punto, volvamos un momento a la intervención de mi amigo fray Giancarlo en Radio Capital y la de antes de ayer en el matutino de Frecuencia Latina. Sostengo, como lo hice ya, que su estrategia de argumentación es mala o, en todo caso, mala en un sentido. Si Giancarlo pretende hablarle sólo a la personas que creen en Dios y reafirmar con ellas el derecho a la vida que defiende su confesión religiosa, su estrategia, asumo, tiene algún margen de éxito. No obstante, me pregunto: ¿qué utilidad tiene esto?, ¿no termina haciendo cada vez más sectario el discurso religioso?, ¿no estimula una visión fundamentalista de la realidad? Me explico.

Al apelar a una base compartida de fe, Giancarlo acierta en tanto apelación legítima; sin embargo, esta apelación a los creyentes se hace en términos errados, me parece. Se hace suponiendo que se tiene un discurso verdadero en tanto revelado por Dios (y eso que Althelmus –vean los comentarios– ya ha ofrecido evidencia, contra un argumento flaco de Fray Gustavo, de que no existe, estrictamente, fundamento bíblico sobre este tema). Esa suposición, lamentablemente, lleva a la polarización (y, ya lo explique, fue hace siglos la causa de las guerras de religión): por eso vemos enfrentamientos en los exteriores del Congreso, mujeres llorando con un rosario en la mano, etc. Vemos eso digo, pero pocos buenos argumentos.

Para mí, el problema es sencillo: se trata de un mal enfoque y de mal manejo de categorías conceptuales. Creer que se posee la verdad por revelación en esta materia es una creencia legítima (aunque yo tengo mis dudas), pero no puede ser la base del argumento. Si esto sucede, lo que se ve es una gran pobreza para el diálogo intersubjetivo, que es el presupuesto del intercambio en un Estado democrático. Cuando Giancarlo debatía con la especialista en salud reproductiva fue claramente sobrepasado  por ella. Mi amigo no llegó a decir nada que fuese a la médula del asunto: las políticas públicas de un Estado laico. E insisto, no porque él estuviese de plano equivocado, sino por un error categorial o, para ponerlo en clave wittgensteiniana, porque no supo (¿sabe?) hablar en el juego del lenguaje democrático. Giancarlo es un hombre inteligente, por el cual guardo un profundo aprecio; sin embargo, ha caído como casi todos los curas que he escuchado en un error en la argumentación al pretender que sus razones confesionales son razones válidas para ser impuestas a todos los demás en un orden democrático.

“El derecho a la vida es inalienable, el derecho de los más indefesos debe ser protegido, etc.” Ese es el argumento casi siempre (y eso que el tema de cuándo aparece la vida es materia aún de debate científico). Muy bien, digamos que es un argumento válido. La pregunta que surge es, “¿y en qué se basa usted para decir eso?” Y la respuesta siempre es “Dios” o alguna variante pretendidamente neutral, pero casi siempre de corte confesional (esto no sucede en todos los casos, hay argumentos jurídicos distintos e interesantes, pero no me ocupo de ellos aquí por ahora). ¿Eso está mal? Digo con claridad que no, pero eso es insuficiente si es que se quiere discutir el asunto en términos de políticas públicas. Si mi amigo Giancarlo pretende reforzar la fe de sus fieles, genial; mas si quiere discutir el tema en la esfera de toma de decisiones para TODOS argumentos de corte confesional son muy débiles. Y, en todo caso, si quiere usarlos, debe ser consciente de que perderá cada uno de sus debates públicos (como lo ha hecho, desde mi perspectiva). Mis amigos de Communio, la comunidad de jóvenes agustinos que Giancarlo guía, se entusiasman cuando ven que se debate este asunto y rápidamente defienden la postura de la Iglesia, sacan pancartas y demás. De hecho, eso está muy bien porque creen en dicha postura con vigor y firmeza. Yo les pregunto, sin embargo, ¿se han puesto a analizar seriamente el problema independientemente de su fe? Piero, un joven miembro de estas comunidades, me responderá: “pero este es asunto de nuestra fe, precisamente: ¿por qué habría que salir de ella?”. Y yo insistiré, “nadie te ha dicho que dejes tu fe, yo soy igualmente católico y compartimos básicamente lo mismo, lo único que te pido es que no cierres los ojos “por fe” a la realidad y trates de ponerte un momento en el lugar del otro”. Es muy fácil hablar en absolutos, pero cuando uno ve el sufrimiento, el dolor de una madre abusada sexualmente, el dolor de una madre que da a luz prácticamente a un muerto, etc., uno debería ser más sensible y dejar de hablar en absolutos carentes de empatía y de amor.

Concluyo. Yo estoy a favor de la despenalización del aborto en los casos en debate, a favor en principio y podría retroceder dependiendo de la forma en que se pretenda llevar a cabo la regulación. Lo estoy porque respeto la libertad de consciencia y, sobre todo, porque no soy mujer y jamás podría ponerme en el lugar del sufrimiento de una de ellas en las condiciones que se debaten ahora. Muchos creerán que esta es una postura no-cristiana. Yo defiendo mi posición diciendo que me parece menos evangélico cerrarse en un absoluto poco meditado sin hacer excepciones; pero sobre todo, me parece poco cristiano tratar de imponer una sola visión del mundo (la visión católica de la vida) a muchas mujeres que no creen en ella o que, creyendo, deciden optar en un escenario tan difícil. Para mí la cuestión es simple, al menos en este punto: meter a la cárcel a una mujer por optar en un caso como estos me parece un acto de crueldad inverosímil. Despenalizar el aborto, para estos casos, me parece lo más cuerdo (con condiciones bien definidas, no se trata de aquí de despenalizar sin más): a saber, no se obliga a nadie, sólo se dice “si en un libre acto de consciencia, decides hacerlo, no podemos meterte a la cárcel por ello”. Quizá Dios castigue, quizá la Iglesia excomulgue. Ok, pero nadie debe ir a la cárcel por ello. La fe y las políticas públicas son dos fueros que deben conversar siempre, pero la primera no tiene por qué imponerse sobre la segundas. Nótese mi enfoque por favor: aquí sólo estoy discutiendo una arista del problema, no pretendo agotar el debate, ni mucho menos, y estoy dispuesto siempre a retroceder ante mejores argumentos.

La Iglesia Católica tiene todo el derecho de protestar y de defender su visión respecto a la vida. Yo la comparto y la defiendo también. El aborto me parece un tema delicado y estoy en contra de él; pero no me siento capaz de declararme radicalmente en contra de su despenalización en casos específicamente detallados. Considero que el deber de las personas que están en contra es generar condiciones suficientes para que este no se lleve a cabo, pero no hacer marchas con fotografías de fetos destrozados por el aborto, en un acto que parece hasta malintencionado ya que ese no es el caso del tipo de aborto en debate. Lo que hay que hacer es argumentar en favor de la vida, pero con buenas razones, no sólo con oraciones (también con ellas, pero no sólo con ellas). Y, sobre todo, hay que generar buenas condiciones para vivir: luchar contra la pobreza y la desigualdad; salir de la absurda concepción en contra de la anticoncepción y la planificación familiar; tener una visión tolerante y receptiva con el que sufre; etc.  Hay que luchar por la vida, pero con cordura, inteligencia y buenos argumentos. Son esos buenos argumentos los que espero en respuesta, ya que esta no es de ningún modo una cuestión cerrada.

*He modificado algunas líneas de la primera versión de este texto con la intención de ser algo más preciso y justo con algunas de las afirmaciones hechas al inicio.

El aborto y la esfera pública (u otro asunto de incapacidades) (II)

•17/10/2009 • 8 comentarios

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Como indiqué en la entrada anterior, tenemos, entonces, un dato innegable: vivimos en un mundo de pluralidad de voces. Lo que quiero rastrear ahora es qué implicancias tiene esto en términos de políticas públicas para ir moviéndonos más cerca del debate sobre el aborto. Para ello, sin embargo, hay que ir fijando nuevos puntos que hagan más sólida la posición que intento defender.

Tesis 2: “La pluralidad de concepciones derivó en/de la necesaria separación de Iglesia y Estado”.

Este argumento es central. Generalmente yo dedico clases completas a explicar este proceso a mis alumnos, pero de modo resumido, la cosa es como sigue. En Occidente, y básicamente por las guerras de religión (esas en las que la gente se mataba en el nombre de Dios, sí), en un determinado momento (siglo XVII, más o menos) aparecen algunos pensadores que se empiezan a dar cuenta de que eso de “la religión del Rey es la religión del Estado” no estaba funcionando muy bien. Por el contrario, esa unidad entre religión y política estaba llevando a masacres sin fin (los cálculos estiman que las guerras de religión acabaron con el 30% de la población de Europa).

¿Matarse en el nombre de Dios? Sí pues, eso es lo que se llama “fundamentalismo religioso”.  La idea de que a “nosotros” Dios nos reveló la verdad es bastante peligrosa ya que también puede haber otro grupo que es también un “nosotros” que cree que Dios le reveló una verdad distinta. La pregunta obvia es ¿y quién tiene la razón? Ahí está, como suponen el problema –y  parte central de mi argumento en torno al aborto–.  Responder a esto con una tontería como “Jesucristo es la Verdad” no es más que una cuestión del todo inservible y nada más que un juego retórico. Lo grave es que hay gente que responde así aún hoy. Bueno, para los que creen que esa es una respuesta a conflictos públicos, la mejor forma de demostrarles su error es el del caso mencionado de las guerras de religión: católicos y hugonotes se mataban en el nombre del mismo Jesús, por si no se recuerda. Resumen: es obvio que ese no es el camino para fundamentar el problema, porque incluso el mismo Dios se puede entender de distintas maneras.

Muy bien, entonces, como la gente no se pone de acuerdo y encima se mata por razones de fe, convenía buscar un sistema político que permitiese la libertad sin condicionarla a una confesión religiosa o Iglesia determinada. Eso es lo que se vino a conocer como el liberalismo (no el neo-liberalismo de Boloña, no se confundan). El liberalismo suponía la división de poderes del Estado y, sobre todo, la división entre las esferas pública y privada. ¿Qué significaba esto? Pues que todos tenían derecho a tener la fe que quisieran, pero que cuando tocase ver cuestiones de orden público, las del famoso “bien común”, había que hacer el esfuerzo por pensar en lo que favorecerá a todos y no sólo a los que tienen mi misma fe. Esta es la tesis del “velo de la ignorancia” de John Rawls (que tiene matices y miles de cosas que podría agregar, pero recuerden que este es un post cuya argumentación pretende ser muy básica): la idea de dejar por un momento a un lado nuestras concepciones de la vida buena para tratar de llegar a un consenso.

Ahora bien, la objeción fácil a esto es la siguiente: esa postura es absurda ya que nadie se pone el disfraz de neutral cuando habla en la esfera pública y luego vuelve a ser católico conservador en la esfera privada. Además, como muchos estarán pensando, esa división entre lo público y lo privado es ficticia. A ambas cuestiones respondo “tienen razón”; sin embargo, quiero explicar por qué ese no es un problema real.

Primero, diré que una cosa es disfrazarse de neutral y otra muy distinta es ser capaz de reconocer en los demás diferencias que podemos superar para trabajar en cuestiones comunes. Nadie le está pidiendo a mis amigos de las comunidades agustinas que dejen la centralidad de su fe, lo que se les está pidiendo es: deténganse un momento, examinen de modo crítico sus posiciones y hagan un esfuerzo por dialogar con los que piensan diferente. Eso no implica un diálogo objetivo con un punto de vista neutro absoluto. Implica un diálogo hermenéutico: uno que suponga una concepción de la vida que escucha a otra distinta para hacer una síntesis que recoja lo mejor de ambas. Esa es la idea del debate público y esa es la idea de un liberalismo bien entendido.

El otro asunto es igualmente interesante. Es cierto que esta división es ficticia hasta cierto punto, pero tiene una clara razón de ser. Imaginen que existen las cosmovisiones A, B y C y que por cuestiones políticas, bélicas o económicas B termina venciendo y apoderándose del gobierno de una determinada nación. ¿Qué B sea el poder de turno justifica que el modo de gobierno esté exclusivamente marcado por cómo esta cosmovisión ve el mundo? Es obvio que no (salvo que seamos fundamentalistas). En tanto también existen A y C, la estructura normativa que está a la base del Estado debe permitir que cualquiera de las tres que llegue al poder garantice la subsistencia de las otras dos. ¿Cómo se logra esto? A través del famoso consenso por superposición de Rawls: la idea de un diálogo conjunto entre las tres que permita una base común para ver cómo se procede en lo que concierne a todos. En breve: que cuando se trate de redistribución de la recaudación fiscal se dé más al que más necesita y no sólo a los que piensan como B; que la asistencia médica sea general y no sólo para los partidarios del gobierno de turno; que las leyes no favorezcan a quien detenta el poder, sino que impliquen deberes y derechos equitativos, etc.

Se sobrentiende que esto no hace que ninguno renuncie a su propia forma de ver el mundo, religiosa o no, lo único que supone es que cuando se deciden cosas de orden común o público “todos tienen que ceder” por el bien de todos. Es la clásica visión contractual que con matices retoma Rawls o la idea de la situación ideal de habla que propone la ética del discurso de Habermas. Quizá a muchos les parezca que mis precisiones son muy elementales y sí, lo son. Sin embargo, recuerden las razones por las que escribo esta entrada: tratar de desenmarañar un problema conceptual. Luego, si estas ideas, por básicas que sean, han quedado claras, podemos hablar directamente del aborto en la próxima entrada.

El aborto y la esfera pública (u otro asunto de incapacidades) (I)

•16/10/2009 • 11 comentarios

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En los últimos días se ha desatado en Perú una polémica, más leve de lo que algunos pretenden, en torno a la despenalización del aborto. Digo que es más leve de lo que se supone, porque dudo muchísimo que eso se logre, incluso para los casos limitados en los que se propone. Lo dudo porque los políticos no se suelen quemar con ideas complicadas como esta y porque, además, la mayoría son personas con alguna confesión religiosa (más allá de que la practiquen). Ambas razones son suficientemente poderosas como para que este tema se ponga en lista de espera por buen tiempo más. Sin embargo, creo que es un asunto que merece debate académico y ese es el propósito que me he trazado aquí.

Declaro una cosa clara y convencidamente: estoy en contra del aborto. Pero como diría un profesor amigo, estoy más en contra de aquellos que se oponen y de cómo se oponen al aborto. En las líneas que siguen, quiero hacer un esfuerzo por plantear algunas ideas sobre esta materia y, sobre todo, un esfuerzo por sugerir el modo en que creo se debe abordar esta cuestión en la esfera pública. Añado que cuando aludo a “incapacidades”, lo hago en el mismo sentido que lo hiciera en mi “Un dogma del catolicismo…”: me refiero a las inconsistencias argumentativas que se derivan de la falta de claridad sobre algunas premisas. En ese sentido, me interesa reconstruir a través de la presentación de algunas tesis el centro de lo que para mí es un malentendido conceptual. Yo no soy experto en medicina, ni mucho menos, así que no me arrogo la autoridad de la ciencia. Mi deseo es hacer una exposición de argumentos con el deseo, muy pragmatista, de “esclarecer nuestras ideas”.

Les confieso que no quería escribir sobre esto. Y aunque detesto (y eso es decir poco) a Cipriani y a Rafel Rey (tengo un cerro de razones, pero las personas bien informadas no creo que las necesiten) y quería por ello ofrecer algunos argumentos para poner evidencia lo malo de los de ellos, no quería hacerlo porque es un tema polémico y porque me suelen interesar cuestiones de orden más teórico. Sin embargo, hoy pasó algo que me animó mucho. Un sacerdote amigo mío (espero que lo siga siendo después del post :P ) participó en un debate sobre el tema organizado por Radio Capital (a todo esto, saludo tremendamente esa iniciativa). Como le comenté a algunos amigos por el Facebook, creo que su contendora en el debate (una especialista en temas de salud reproductiva, cuyo nombre no recuerdo, lamentablemente) le ganó por KO técnico. Lo más interesante, sin embargo, es que no creo que le hayan ganado la partida por que esté equivocado (además se trata de un hombre inteligente por el cual guardo respeto), sino porque eligió una pésima estrategia para argumentar.

En lo que sigue, propondré algunas tesis que considero tienen suficiente fuerza como para convencer a mis amigos católicos de que la estrategia para argumentar no puede ser la de “Dios nos dio la vida y no podemos decidir sobre ella”. Sea esto cierto o no (creo que lo es), ese argumento genera, en el mejor de los casos, la ternura que ofrece lo cándido (como el caso de una pequeña que llamó por teléfono durante el debate); sin embargo, cuando se debate en serio, una afirmación así no sirve de nada. Tengamos cuidado, no se trata de negar la propia fe, sino de articularla en un entramado que va más allá de las puertas de nuestra parroquia de barrio.

***

Tesis 1: “Vivimos en una sociedad con diferentes concepciones de la vida buena”

Creo que esta afirmación es innegable. El mundo, contra lo que quisieran algunos nostálgicos, es hace mucho un mundo plural. Existen personas que piensan diferente; pero, sobre todo, ya no existe la posibilidad de imponerle a alguien que piense como lo hace el Gobierno o la Iglesia o la institución oficial de turno. Piensen en la famosa tríada aristotélica: para A la mejor forma de vivir consiste en entregarse a los placeres (“de la carne”, si quieren usar jerga obsoleta); para B, dedicarse a la política; para C, entregarse a la especulación teórica. Como ven, se trata de un buen ejemplo de a qué me refiero (podríamos poner miles más): una pluralidad de opciones distintas de cómo se ha de vivir la vida. En el presente, nadie puede condenar una de estas posiciones. A lo mucho se podrá decir que una es mejor que la otra, lo cual es perfecto y nadie objeta. Nadie lo hace, justamente, porque la libertad de expresión es otra de las grandes victorias de este mundo plural.

Pero llegar a esto presupone la famosa tesis del “desencantamiento” del mundo, a saber, la idea de que el mundo ya no se concibe mágico-religiosamente. Lo que prima es la razón ilustrada, la autonomía, la libertad de pensamiento. Este es un tema que ha sido estudiado con diferente tino por los más importantes teóricos políticos del siglo XX (y mucho antes, obvio, por Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, etc. que son los precursores, desde la filosofía, de este movimiento): pienso en los que más conozco: John Rawls, Charles Taylor, Michael Walzer, etc. Cada uno a su manera reconoce esta pluralidad y no la ve como un problema, sino como una cuestión que de hecho existe y que tiene un valor positivo en la medida en que rompe con el autoritarismo de la visión única del mundo, del teocentrismo o eclesiocentrismo medievales. Uno de los pocos autores que ve con recelo esto y que pretende volver, de algún modo, a lo anterior, es Alasdair McIntyre. Sin embargo, su posición, ya lo he dicho en otras ocasiones, me parece débil y poco interesante. En todo caso, resumo, lo que tenemos como dato empírico es la pluralidad y lo que toca examinar ahora es cómo lidiar con ella. Analizaré eso en el próximo post.

Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (III)

•09/10/2009 • 16 comentarios

iglesia_aborto_anticonceptivo_violacion

Quisiera con este último post terminar las líneas referidas a este tema, antes de eso, sin embargo, quisiera aprovechar este espacio más visible y revisado para agradecerles sus visitas. Desde que empecé a publicar estas entradas, que hoy terminan, al menos en su primera versión, he recibido un número inusitado de visitas que han superado cualquier número de lectores previo. No sólo eso, sino que los comentarios (agradezco a Fray Gustavo Moreno, a Emilio Novis, a Lucho Bacigalupo y a todos los demás) han sido de una calidad tal que me han ayudado a matizar posiciones y a explicar, espero, mejor mis ideas. Creo que el tema tocado aquí, independientemente de que la mía sea su mejor formulación, implica un asunto de gran valor práctico que debemos atender y analizar con detalle. Ojalá que el blog mantenga la calidad y el número de sus últimos visitantes para seguir en esa tarea.

[...]

Por ello, a la pregunta: ¿los dos niveles se complementan? La respuesta rotunda es sí. A la otra,  ¿el ser-católico depende de la aceptación integral de todos los elementos del segundo nivel?, en cambio, podemos responder con un no. Esta pregunta incorpora una falacia y el no notarla indica la incapacidad. Este punto creo que ha sido suficientemente esclarecido en las líneas precedentes, pero valgan algunas anotaciones más. Michael Walzer en su importante libro “Interpretación y Crítica Social” nos puede resultar útil a este respecto. La idea es que uno puede ser parte de una tradición sin que esto implique que ello anule la perspectiva crítica. Cuando yo digo que el dogma de la infalibilidad papal me parece un contrasentido, tengo argumentos de fe y de razón para sostenerlo. Mis argumentos, además, provienen de mi propia tradición católica. ¿Objetar ese dogma me hace ajeno a mi confesión religiosa? Yo declaro con fuerza que no. Hay personas, algunas son muy buenos amigos míos, que consideran que esto es incorrecto y que el apartarme de este dogma, por poner un caso, me aparta de la fe del católico. Sin embargo, ese tipo de argumentación parte de un supuesto que yo niego y que ellos no logran ver. A saber, un dogma del catolicismo. No puede haber unidad categórica en una religión que es esencialmente la interpretación de la Revelación. Como ya lo enseñó Gadamer, la interpretación es siempre mediación y por tanto no hay contenidos absolutos extra-históricos. Ergo, decir que un creyente ya no es católico por objetar ciertos postulados tradicionales parte del dogma del catolicismo y creo que sobran razones para objetarlo.

Sigamos con Walzer. Nuevamente, aquí no se trata de que un agente externo y extraño venga a imponernos formas de entender nuestra fe (como arrinconarla sin más a la esfera de lo privado como podría sostener un liberalismo ingenuamente formulado). Se trata de una crítica que emerge de la propia tradición y que da cuenta de que ella no es unitaria, sino que, como todo proceso de interpretación humana, implica tensiones y cambios según la época. Así, la Iglesia primitiva vivía a escondidas y bajo persecución y martirio. La iglesia post romanización se volvió una institución fuerte y claramente más extendida y proyectiva. Los primeros Padres de la Iglesia y la escolástica medieval se encargaron de tratar de poner en juego la razón y la fe. Y así, sucesivamente, la Iglesia ha ido modificando posturas, matizando afirmaciones y corrigiendo procedimientos (varios de ellos criminales, como el Santo Oficio). ¿Por qué sucede esto? Obviamente por la dimensión autocrítica, aquella que emerge de la asimilación de estos problemas por los propios miembros de la tradición.

¿Qué se concluye? Pues que Walzer tiene razón y que la crítica es un elemento constitutivo del progreso histórico. O, en palabras de Vattimo, que si la capacidad auto-crítica no existiese quizá lo que tendríamos hoy es un grupete de fanáticos religiosos en el siglo XXI. El problema, es que de hecho, ese grupete existe (yo conozco a varios en Perú y fuera de nuestro territorio) y, muchas veces, se cree poseedor de la denominación de origen, para usar una categoría común con el pisco peruano. En suma, se concluye que el catolicismo como confesión religiosa no es, ni debe ser una unidad monolítica. Todo lo contrario, el cambio le es inherente y necesario para su perduración. ¿Qué implica esto? Pues vivir la fe, pero conscientes de la necesidad de transformarla en las categorías de cada tiempo.

Dicho todo esto, espero haber contribuido, al menos débilmente, a poner sobre el tapete una cuestión que es fundamental. No digo en estas líneas nada que a mí me parezca suficientemente novedoso; sin embargo, sí algo que me parece necesita ser más examinado y explorado. Al menos, estoy seguro porque las preguntas y comentarios han sido recurrentes, que se trata de una cuestión que genera dudas, incluso en mentes bastante preclaras. Los conflictos, creo, se derivan de la aceptación del dogma. Lo que habría que pedir, entonces, es que este dogma sea objeto riguroso de análisis y que pase, justamente, por el filtro de las categorías conceptuales de nuestra época. Así, Nietzsche, el pragmatismo, la hermenéutica y la deconstrucción deben ser herramientas cardinales en este proceso de análisis y de aprendizaje. Este blog, en realidad, es un esfuerzo, más articulado de lo que puede parecer a veces, por tener una perspectiva crítica de la tradición sin dejar de ser parte de ella.

Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (II)

•06/10/2009 • 20 comentarios

Iglesia Catolica de Hoy

Ahora bien, aquí nuestro análisis de las encuestas es bastante útil. ¿En qué temas toma el católico distancia? A mi juicio, pocas veces, en temas fundamentales. Me explico: son pocos los puntos de divergencia nucleares (pienso, por ejemplo, en el tema de la creencia en la reencarnación que sospecho es más cuestión de ignorancia que de convicción). La mayoría de las veces los creyentes discrepan en sus prácticas en cuestiones más accesorias (uso de métodos de anticoncepción, enseñanzas morales excesivamente específicas o postulados teológicos algo absurdos como la infalibilidad papal). Todo esto nos lleva a (3). Y aquí hay un argumento fuerte en relación al peso de la tradición. Una de las objeciones principales de la reforma luterana tuvo que ver con la primacía que daba la Iglesia Católica de ese entonces a la autoridad por encima del propio texto bíblico. De ahí que Lutero formulase el famoso principio de la sola scriptura (que tiene sus propios problemas, pero que no planeo examinar ahora). Bien, yo en lo esencial estoy de acuerdo con Lutero; sin embargo, no pienso que haya que dejar de lado la tradición. Dicho esto, no obstante, hay que hacer deslindes dentro de la misma tradición: a saber, no existe tal cosa como una tradición pura y unitaria. ¿Qué quiere decir esto? Pues que no hay sólo una corriente de pensamiento en la Iglesia, no hay sólo una forma de hacer teología dentro de ella, no hay sólo una manera, por tanto, de comprender la experiencia de la fe. ¿Qué se sigue? Al menos dos cosas: a) que la Iglesia se equivoca y b) que eso no implica que haya que apartarse de la tradición que ella resguarda, sino que hay que entenderla como un modo de interpretar la Revelación, i. e., falible y capaz de ser mejorado y matizado. Para esto, felizmente, sobran los ejemplos en la historia y, sin duda alguna, podemos hablar de aprendizaje o, incluso, de progreso. Entonces, ¿la fe va unida de modo necesario a los dogmas? No. Va unida, sí; pero no hay relación de necesidad justamente por la condición de falibilidad de los mismos. Somos humanos, nos equivocamos y es de humanos ser capaz de tomar de distancia del error.

Esto nos vincula claramente a (4). ¿Existe esa doble dimensión del sistema de creencias? Sí. Un nivel que es más elemental y que tiene que ver con la experiencia religiosa-mística de la adquisición de la fe en Jesucristo y otra que tiene que ver con la articulación histórico-comunitaria-institucional de dicha experiencia. Este segundo momento de todos modos está a la base del primero aunque menos explícitamente, se trata de un proceso claramente circular (entiendo para creer, creo para entender). Cabe recordar aquí la objeción de Wittgenstein contra el lenguaje privado y la noción del diálogo en ausencia con los “otros significativos” de la ética del reconocimiento, pienso en Taylor y en Honneth (la voz de los padres o amigos que siempre nos interpela, aunque no estén a nuestro lado). En pocas palabras, aunque podamos diferenciar los niveles, estos se interpelan mutuamente y la presencia de la comunidad y de la tradición (de los otros) siempre es determinante: no hay experiencia privada y solipsista de la fe.

Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (I)

•03/10/2009 • 11 comentarios

apostasia masiva kaos

Creo que ya es tiempo de detener el comentario de las encuestas porque, espero, el punto que he querido remarcar debería estar suficientemente claro, a saber, que algo está pasando con la configuración de las prácticas religiosas en el tiempo en que vivimos y que eso que está pasando está directamente relacionado con cambios que se han insertado en la vida de los creyentes casi sin que se den cuenta. En el fondo, no se trata de otra cosa que de la posmodernidad. Lo que me interesa hacer ahora es ahondar un poco en este tema a través de una noción que me gustaría llamar, jugando un poco con expresiones de Quine, “un dogma del catolicismo” a la cual añado otra, esta vez jugando con Peirce, que podríamos denominar “algunas consecuencias de cuatro incapacidades”.

Yo postularía, aunque este es sólo un ensayo que me gustaría desarrollar más en otro momento, el dogma en los siguientes términos.

“El catolicismo es una confesión religiosa unitaria”

Este dogma, como cualquier postulado, tiene a la base, lo que yo quisiera llamar siguiendo al pragmatista clásico, algunas incapacidades.  A continuación presento las que siento más recurrentes para luego desarrollarlas.

  1. El catolicismo es, principalmente, la institución eclesiástica (Iglesia, en adelante)
  2. La fe que profesa el creyente es la fe dictada por la Iglesia y esta última es la garante de la verdad de la misma
  3. La fe profesada está necesariamente unida a una serie de dogmas que la Iglesia ha incorporado a lo largo del tiempo
  4. La fe tiene una dimensión nuclear y otra extendida (dogmas de la tradición) siendo ambas interdependientes y constitutivas del ser-católico

Bien, creo que con esto tenemos algo de material para iniciar nuestra reflexión. Como indiqué, el dogma postulado tiene a la base las ideas que he presentado a modo “incapacidades”. Las llamó así, porque sostengo que contienen presupuestos fuertemente discutibles que debilitan la posición y que hacen que el dogma termine por desmoronarse, justamente, por ser postulados incapaces de ver la complejidad del asunto. ¿Cuál es el propósito? Mostrar que el catolicismo no tiene por qué ser lo que las cuatro incapacidades afirman y que hay fundamentos de razón y de fe para sostener una posición distinta.

Antes de seguir, hago algunas acotaciones.  Primero, que el dogma tal como lo presento no es vinculante, es decir, no digo que este sea un dogma explicitado en la consciencia del creyente y, por ende, este podría, en principio, sentir que se trata de algo marginal que no lo interpela. Segundo, que en tanto ensayo, no estoy seguro de que así formulado recoja la centralidad de lo que quiero decir; sin embargo, creo que se acerca bastante. Tercero, que una de las finalidades de este pequeño ejercicio es criticar el sentido sedimentado de lo que se entiende por catolicismo: mi intención, claramente pragmatista, es “esclarecer nuestras ideas” (y también responder a algunos críticos). Cuarto, que preferiría usar aquí “cristianismo” para ser más englobante; no obstante, me parece que el problema teórico se presenta, al menos en una faceta inicial, de menos a más. Dado que la relación es de inclusión, prefiero atacar primero el conjunto más pequeño para luego pasar al que lo incluye (si es que esto hiciera falta).

Examinemos las 4 incapacidades. (1) y (2) presuponen una dicotomía en el nivel de la fundamentación. Esto es, que existe por un lado la Iglesia y por otro los fieles. Junto a ello se supone una relación diferenciada en la cual existe la “jerarquía eclesial” y, tomen nota del término, los “fieles”. Ahora piensen en su uso corriente del lenguaje. ¿Cuándo se habla de Iglesia, en qué se está pensando? Imagínense el uso de la palabra “Iglesia” en los medios de comunicación. ¿Cuál es su referente?, ¿son acaso los fieles católicos? La respuesta es no. Puede haber excepciones, pero el lenguaje ordinario consigna para el significante “Iglesia” el significado “jerarquía eclesial”: Cipriani, Bambarén, la Conferencia Episcopal, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida, etc. Lo que implica que en el imaginario general hay una dicotomía seria a este respecto. Ahora, la dicotomía, podría decirse, es gratuita: la misma enseñanza de la Iglesia, señala que ella no es sólo la jerarquía, sino que es el conjunto del cuerpo de Cristo. Luego, no hay ruptura y la división es un invento. ¿Son las cosas así? Nuevamente, no. Porque, como saben los abuelos, del dicho al hecho hay mucho trecho. Creo que la ruptura está propiciada por la misma jerarquía y ello tiene que ver con (2).  El error radica en pensar que hay un continuum entre los postulados jerárquicos y sus efectos en la praxis del creyente. Como hemos visto, eso no sucede en muchos casos.

El presente, nuestro lugar teológico

•23/09/2009 • Dejar un comentario

past-present-future

Me disculpo, como lo estoy haciendo últimamente, por la demora de este post. El dictado de clases en la PUCP y las clases de Maestría me han absorbido con una facilidad inesperada. Esperemos que no se haga una costumbre.

Bien, quisiera ir terminando ya con estos comentarios a las encuestas que tengo a mano. Ojalá me tome como máximo la próxima entrada, ya veremos. En todo caso, lo que me interesa ir dejando claro es la tesis que estoy tratando de fundamentar, esta vez, de modo “empírico”. A saber, que hay un desencuentro marcado entre las prácticas de las personas religiosas y las normas que su religión propone como regla. Esto, por su puesto, no es algo que yo tenía que probarles con encuestas, seguro ya lo sabían por su propia experiencia y en diversos sentidos. Sin embargo, el valor “probatorio” de la encuesta tiene un peso importante en la medida en que ofrece un diagnóstico más fidedigno y, sobre todo, porque nos debe invitar a pensar qué está pasando con el sujeto cristiano-católico en nuestros días. Es verdad, ya lo he dicho, que la encuesta se refiere a otras latitudes; pero insisto en que eso a mí no me parece un elemento que descarte su valor.

Gustavo Gutiérrez, a quien admiro y respeto, se ha esforzado por sostener que la teología de las regiones pobres como la nuestra no puede ser la misma que aquella que se realiza en la Europa postilustrada y postmoderna. Creo que tiene razón, pero que no se trata de fenómenos excluyentes (prometo pronto dedicarme a estudiar los pasajes en los que Gutiérrez habla sobre la materia): la posmodernidad tiene consecuencias similares en algunos niveles y distintas en otros. Si compartimos, como lo hago, la opción por el pobre, la pregunta de Gutiérrez permanece: ¿dónde dormirán los pobres en la posmodernidad? Pero a esa hay que añadir otra fundamental que tiene que ver con la transformación de la subjetividad. Ambos son temas paralelos que tarde o temprano llegan a los pobres también. Ahora, nuestro amigo teólogo es cualquier cosa menos ingenuo: su énfasis está puesto en el pobre por dos razones, según puedo ver. Primero, porque es la opción ineludible del Evangelio y, segundo, porque aunque la segunda cuestión que he introducido sea correcta, eso no quita que siempre serán los débiles lo más afectados por ella. Así, Gutiérrez no elude el problema, sólo se concentra en la parte que más sufre con él.  Aún no me considero capaz de ofrecer respuesta medianamente solvente sobre el particular, pero mi tesis de maestría pretende trabajar en esa ruta. Con esas ideas puestas otra vez sobre la mesa, veamos si las encuestas tienen aún algo valioso que ofrecer.

Quiero pasar a la encuesta francesa bastante más reciente que nos muestra también datos relevantes. Lo primero es un descenso importante en el porcentaje de personas que se declaran católicas. En 1972 se trataba del 87%, en el 2009 hablamos tan solo del 64% (veremos en la próxima entrada cómo anda eso en el Perú). La mayoría, además, de estos católicos son mayores de 50 años, sólo el 23% está por debajo de los 35. ¿En un mundo secularizado y globalizado, no será que los jóvenes se entusiasman cada vez menos por la religión? ¿Por la religión a secas o por una forma de entenderla? Son preguntas que habría que conservar en la mente. Sobre la asistencia a Misa, la cuestión no es muy sorprendente. El 65% de es mayor de 50 años y mayoritariamente se trata de mujeres. ¿Van a misa en alguna Iglesia limeña? Me imagino entonces que no hay sorpresa.

Es curioso notar, aunque eso quizá pueda no interesar mucho a algunos, que el crecimiento del Islam es muy fuerte y que en Francia ya hay cerca de 5 millones. Hay varios criterios para interpretar esto, uno de los más seguros tiene que ver con la inmigración unida a los fuertes lazos de  pertenencia que los musulmanes tienen a su religión. Filiación que no suele ser tan intensa en el catolicismo.

Pensemos ahora en la política. ¿Adivinan? La mayoría de los católicos vota por la derecha. Más precisamente, el 39% de los asistentes regulares a Misa votó por el partido de Sarkozy en los últimos comicios, contra solo el 25% del total de votantes.  Como comenta el director del Instituto que realizó la encuesta, “En la medida en que el electorado católico envejece, se  mueve más hacia la derecha”.  Como se sabe, esto es así en casi todo el mundo. Con lo respetables que pueden ser algunos de los miembros del PPC, son el ejemplo típico de personas católicas de derecha en el poder y son el referente para muchos votantes católicos. Entre dos mujeres católicas (Lourdes Flores y SusanaVillarán), aunque de  miradas políticas muy distintas queda clarísimo que los votos católicos van para la candidata más conservadora y menos “roja”. ¿Lógico, no? Para una persona de mirada estrecha, si eres de izquierda eres terruco. ¡Sonaste, Susana!

La pregunta que conviene hacerse es, ¿son esos los católicos de los próximos años o se está operando un cambio en los jóvenes al respecto? Más aún, esas es mi tesis, lo que está en juego es el sentido mismo de catolicidad. Yo creo que nos enfrentamos a una situación de conflicto que ya se está viviendo y que va a terminar por transformar muchos aspectos de esta religión positivamente o bien, si las puertas se cierran al cambio, radicalizando posturas y volviendo a esos “católicos” que queden una pequeña secta. Claro que ellos creerán que son el resto de Israel y una imagen de la iglesia primitiva. El tiempo juzgará.

Los dejo, finalmente, con una reflexión de fray Edmond Vandermeersch, sociólogo jesuita que trabaja con la pastoral juvenil y capellán del movimiento laico de inspiración jesuita, Vie Chrétienne. Creo que sus palabras son una clara invitación a saber discernir los signos de los tiempos, que no es otra cosa que decir que el presente es nuestro lugar teológico:

“La jerarquía está obsesionada con las estadísticas sobre la asistencia a Misa y no ve que una nueva Iglesia se está inventando ante sus ojos. Ellos no ven la riqueza en las nuevas formas de espiritualidad experimentadas por los jóvenes, en los crecientes numerous de personas estudiando teología y la Escritura, en el servicio devote de la Iglesia por los laicos, especialmente mujeres. En lugar de andar angustiados por el descenso de la asistencia a Misa, deberían estar agradecidos por el hecho de que tantos hombres y mujeres laicos estén preparados para asumir responsabilidades en la Iglesia”.

Moral católica: la historia de un desencuentro

•11/09/2009 • Dejar un comentario

wondercafe-baby-gr

Sigamos en la misma línea, pero cambiemos la dirección de la mirada para concentrarnos en el número que siguió a aquel que estuvimos comentando. Estos dos números, creo que no comenté esto, se escribieron como conmemoración del 40 aniversario de la publicación de la importante encíclica Humanae Vitae. Al ser este un texto en el que Pablo VI aborda materias justamente relacionadas con la vida humana, The Tablet decidió hacer una encuesta que trate de examinar que está pasando con la práctica católica en relación a la enseñanza del Magisterio: las conclusiones, quizá, no sean tan sorprendentes.

Un primer gran tema es el de la anticoncepción.  En esta materia, el 35.2% afirmó estar en desacuerdo con el uso del AOE (anticonceptivo oral de emergencia, la famosa “píldora del día siguiente”), es más, un importante 17.8% afirma esto aunque la mujer haya sufrido una violación sexual. En cambio, sólo el 9% desaprueba el uso de preservativos.

Pero aquí hay un dato interesante:

At the same time, some of those who have used natural family planning have also used some form of contraception in their lives: 73 per cent of these respondents had also used or said they wouldn’t mind using condoms, 51 per cent had used or wouldn’t mind using the contraceptive pill, 27 per cent had used or  wouldn’t mind using  the coil, 33 per cent had used or wouldn’t mind using sterilisation, 22 per cent had used or wouldn’t mind using the morning-after pill, 30 per cent had used or wouldn’t mind using the diaphragm.

Es decir, a pesar de lo que mencionamos al inicio, una importante porción de los entrevistados (recordemos que fueron 1’500) indicó que aunque usan la planificación “natural”, han usado o usarían sin problema métodos anticonceptivos: 73% condones, 51% píldoras anticonceptivas, 27% espirales, 33% esterilización, 22% AOE, 30% diafragmas. Es decir, si mi lectura es correcta, en sentido estricto hay una inconsistencia muy importante en esta materia. Un desencuentro entre el acuerdo intelectual con el Magisterio y el uso de anticoncepción cuando la materia lo urge. Y es que, claro, si un par de muchachos tienen relaciones en una noche algo agitada seguramente pondrán entre paréntesis la enseñanza recibida  y usarán preservativos o seguramente un AOE al día siguiente. El asunto, me parece, es sencillamente explicable: si mis posibilidades son atentar contra un elemento de mi fe o traer una vida al mundo que no podré cuidar, la primera opción parece menos grave en términos prácticos. Ello no quita el arrepentimiento y la consciencia del error; pero si quita lo negligente de traer una vida al mundo (potencialmente, nadie ha dicho que ese sea el hecho) que no tendrá el suficiente cuidado y amor para ser una criatura feliz y completa. Es obvio que no decimos aquí que esto valga para todos los casos; lo que sugiero, simplemente, es una interpretación de por qué acontece la inconsistencia que muestra la encuesta.

Ahora, junto a estos datos, hay otros más de interés. Por ejemplo, como contraparte de lo dicho, el 82% indicó que estaba familiarizado con la enseñanza de la Iglesia en torno la anticoncepción. Sin embargo, lo que sigue es más revelador aún:

Some 82 per cent of respondents indicated that they are familiar with the Church’s teaching on contraception. A total of 15.7 per cent regarded the teaching as right, the same  proportion thought it was wrong while 54.3 per cent thought it should be revisited; 40.7 per cent said it is hard to accept and 18.2 per cent hard to understand (as respondents could chose more than one answer to this question, percentages do not add up to 100). Some 19.1 per cent indicated they would discuss family size and contraception with their priest, while 60 per cent said they wouldn’t and 21 per cent were not sure. Only 33 per cent reported that family planning was discussed at their marriage preparation class.

Sumando, entonces, tenemos que el 70% de los entrevistados no está de acuerdo, de un modo u otro, con la enseñanza del Magisterio en esta materia. No sólo eso, si bien el 40% la toma como un ideal difícil de aceptar, un no despreciable 18% la considera difícil de entender, o para ponerlo más fuerte, casi irracional. De ello se sigue, también, la poca consulta que existe sobre estas materias con los párrocos o pastores.

Aquí unas tablas que desarrollan un tanto mejor la información que estuvimos analizando sobre métodos de anticoncepción:

Have used % Would use % Never use %
Coil     1 6.6 16.1 36.8
Morning-after pill 9.5 14.9 49.4
Contraceptive pill 39.5 15.0 26.3
Diaphragm 10.5 21.0 34.4
Condoms 50.4 18.4 15.1
Sterilisation 13.1 20.5 35.0
Morning-after pill
in case of rape
2.1 41.8 24.9
Natural family
planning
43.3 23.8 11.8

(Excluding those professing no opinion)

La encuesta ofrece muchos más datos de interés en función a la comparación de uso de anticonceptivos por edad, no me detengo en ellos porque son varios cuadros y creo que lo central al respecto ya está dicho: hay un desencuentro profundo entre la práctica “anticonceptiva” de los creyentes y la enseñanza de su Magisterio. Lo único que si añado sobre la materia es que no hay una diferenciación gruesa por edades, los porcentajes más o menos son similares. Eso nos lleva a pensar que la distancia con el Magisterio en materia anticonceptiva es generalizada y no sólo una actitud impetuosa de jóvenes imprudentes (para ver los datos).

Baste con eso por ahora, la próxima entrega la dedicaremos a profundizar un poco más en estos datos y quizá ya a introducir algunos nuevos de las otras dos encuestas que tengo a la mano. El material, en todos los casos es siempre valioso y revelador sobre las practicas religiosas de los creyentes.