Hannah Arendt sobre el problema del juicio (IV)

Después de un breve cambio de giro por motivos coyunturales, volvamos a nuestra exposición sobre el problema del juicio de Hannah Arendt.

[...]

No corresponde aquí entrar en el detalle de los cuatro momentos que comprenden la Analítica, lo que nos interesa es notar cuál es el sentido del argumento de Kant, para lo cual nos apoyaremos en algunos de los pasajes que se presentan en esa extensa fracción de la obra. Quizá lo más útil para este propósito sea recoger las definiciones de belleza que ofrece el mismo Kant como conclusiones de dichos momentos y hacer un comentario de las mismas. Así, en atención a la cualidad, Kant sostendrá que “gusto es la facultad de juzgar un objeto o un modo de representación por una complacencia o displicencia sin interés alguno. El objeto de tal complacencia se llama bello[1]. Notemos, entonces, que hay un juicio de gusto cuando la facultad de juzgar opera de tal suerte que el sujeto siente placer o displacer, pero sin interés. Esto se notará, sobre todo, en los momentos venideros; mas lo que ya se empieza a introducir aquí es el hecho de que para que haya pureza en el enjuiciamiento estético tiene que darse a priori un principio desinteresado que sea condición de posibilidad de la complacencia en lo bello. Luego, aquí la noción de desinterés nos conduce a la idea de que el juicio no debe ser contaminado por elementos empíricos (el mero agrado § 3) o por deseos trascendentes (la bondad § 4). En el segundo momento, aquel que refiere a la cantidad, Kant define lo bello como aquello que “place universalmente sin concepto”[2]. Lo que se introduce en esta definición es la pretensión de universalidad del juicio: no solo place en el tribunal privado de la subjetividad, sino que debe placer también en todo sujeto que juzgue. No obstante, no hay concepto alguno que pueda ser explicitado y, en tanto no hay determinación por parte del entendimiento, no se puede pretender universalidad objetiva. Y, entonces, ¿de qué tipo de universalidad se habla aquí? :

“La universal comunicabilidad subjetiva del modo de representación de un juicio de gusto, dado que debe tener lugar sin suponer un concepto determinado, no puede ser otra cosa que el estado del ánimo en el libre juego de la imaginación y el entendimiento (en la medida en que estos concuerdan entre sí como es requerible para un conocimiento en general); en cuanto que somos conscientes que esta relación subjetiva, idónea para el conocimiento en general debe valer igualmente para todos, y ser, por consiguiente, universalmente comunicable, tal como lo es cada conocimiento determinado que, empero, descansa siempre sobre aquella relación como sobre su condición subjetiva”[3].

Este pasaje es bastante revelador respecto del asunto que nos ocupa. La universal comunicabilidad a la que apela el juicio de gusto no se da en virtud de elementos a posteriori, como parece sugerir Arendt, se trata de una cuestión afincada en la crítica, en las condiciones trascendentales de posibilidad. Algo se comunica no en el diálogo concreto con el otro, eso para Kant es irrelevante hasta aquí; la comunicabilidad de la que se habla refiere a la conciencia del modo en que las fuerzas del ánimo son afectadas. Cada vez que el sujeto se aperciba del libre juego de sus facultades, podrá presuponer que tal es una experiencia que puede y debe reproducirse en todo otro ser que juzga. Esa relación subjetiva que se da entre las fuerzas del ánimo, solo acaece ante lo bello y en virtud de tal relación es que comunicamos universalmente. El diálogo es un tema menor, las condiciones posibles son lo relevante.

Pero todo esto se enfatiza más a la luz del tercer momento, el que considera los juicios de gusto en relación a los fines. “Belleza —dice Kant— es forma de la conformidad a fin de un objeto, en la medida en que ésta sea percibida en éste sin representación de un fin[4]. Se trata de la mera conformidad a fin formal, de la sola constatación subjetiva del modo en que el ánimo es afectado y que dispone tanto a imaginación y entendimiento al libre juego.  Como indica Kant:

“[…] lo que constituye a la complacencia que, sin concepto, juzgamos universalmente comunicable y, con ello, al fundamento de determinación del juicio de gusto, no puede ser otra cosa que la conformidad a fin subjetiva en la representación de un objeto, sin fin alguno (no objetivo ni subjetivo) y, consecuentemente, la mera forma de la conformidad a fin en la representación por la que nos es dado un objeto, en la medida en que somos conscientes de aquélla”[5].

Kant es muy claro en este parágrafo, lo que permite tal complacencia, lo que origina el placer es la disposición particular de las fuerzas del ánimo en su puro darse, en la mera forma. Esto se genera por una representación, la que corresponde al objeto bello, mas lo que se comunica no es el contenido de la representación; sino el modo en que nos apercibimos de este peculiar operar de nuestras facultades. No hay ningún fin de por medio, se trata de la mera forma.

Finalmente, en el cuarto momento, relativo a la modalidad, Kant introduce por primera vez en el texto el famoso sensus communis, que, como sabemos, es uno de los motivos principales de los que Arendt se apropia en su reflexión sobre lo político.  En esa cuarta definición, nuestro autor sostiene que “bello es lo que es conocido sin concepto como objeto de una complacencia necesaria”[6]. Los parágrafos que corresponden a este momento son particularmente importantes ya que en ellos se introducen varios elementos relevantes para el abordaje de Arendt, aunque, es verdad, que ella prefiere dirigirse a la presentación de ideas similares en sus desarrollos posteriores (del § 39 al § 41). Aquí, por ejemplo, se trata de modo explícito, aunque breve, el hecho de que “la necesidad que es concebida en un juicio estético, solo podrá llamársela ejemplar, es decir, trátase de la necesidad del asentimiento de todos a un juicio que es considerado como el ejemplo de una regla universal que no puede ser aducida” (§ 18).

Como sabemos, el carácter de ejemplaridad del juicio, esto es, su particularidad, es algo que Arendt recoge como elemento indicativo de lo político en este texto kantiano. No obstante, nuevamente, aquí la cuestión es de orden formal. Quien juzga asume el asentimiento universal, pero se trata de una necesidad subjetiva. Y esto es muy relevante, no subjetiva en el sentido de un relativismo estrecho: subjetiva en tanto que es universal, pero en atención al modo en que todo sujeto debe ser afectado por el caso ejemplar al que hacemos referencia. No hay regla que podamos aducir, pero es como si la hubiera. Pero, ¿por qué podemos aspirar al asentimiento de todos? Pues en virtud de un fundamento que es a todos común (§ 19). Los juicios de gusto, entonces, “deben tener [...] un principio subjetivo que determine, solo por sentimiento y no por concepto, y sin embargo, con validez universal, lo que plazca o displazca. Pero un tal principio sólo podría ser considerado como un sentido común […]. Así pues, solo bajo el supuesto de que haya un sentido común […], sólo bajo esa suposición, digo, de un tal sentido común, puede ser emitido el juicio de gusto” (§ 20). Como puede verse, Kant hace un uso muy puntual de la noción de sentido común: se trata de la mera condición de que podamos emitir juicios de gusto, o como dice también, de la “mera norma ideal” (§ 22) de los mismos. Aquí el sensus communis, del que Arendt se apropia, es tratado meramente como una conditio sine qua non sin ningún contenido, cosa a la que Kant ya nos tiene muy acostumbrados, pero que Arendt desatiende. A manera de cierre de este bloque de la exposición, me parece que el mismo Beiner es muy preciso en la presentación crítica del problema general:

“A Kant le interesa indagar las condiciones de validez posible de los juicios estéticos, y plantea la cuestión preguntándose: puesto que algunas veces hacemos juicios estéticos válidos, ¿cómo es esto posible? Alo que responde: «Se solicita la aprobación de todos los demás, porque se tiene para ello un fundamento que es común a todos». La determinación de este principio común requiere de una investigación altamente formal de las facultades cognitivas del hombre […]. Siempre que pueda mostrar alguna base al juicio compartido (aunque sea formal), asegurará un fundamento trascendental a la validez posible de los juicios de gusto. […].

En resumen: Kant ofrece un planteamiento extremadamente formalizado de la facultad de juzgar ya que no le interesan las características concretas de tal o cual juicio, sino más bien las condiciones universales de la validez posible de nuestros juicios. La idea de aplicar un planteamiento de este tipo a la política es algo curioso aunque no ininteligible. […]. Una teoría tan formal como ésta puede resultar insuficiente para conceptualizar el juicio político, pero, sin duda, proporciona un estímulo muy interesante para seguir pensando”[7].

El mismo editor de las conferencias concuerda en el complejo empleo del juicio kantiano por parte de Arendt dado el obvio formalismo del filósofo de Könisberg; no obstante, menciona que la opción que Arendt hace es inteligible y que además ofrece estímulo para sus propios desarrollos. Esto último no merece ninguna objeción. Como ya se indicó, los avances de Arendt nos parecen interesantes y muy útiles para pensar lo político. Lo único que aquí se objeta es el origen kantiano de tales despliegues.


[1] Kant, I. Op. cit. p. 17.

[2] Ibid. p. 31.

[3] Ibid. § 9.

[4] Ibid. p. 61.

[5] Ibid. § 11.

[6] Ibid. p. 68-67.

[7] Arendt, H. Op. cit. pp. 231-232.


En defensa de la PUCP o por la prudencia en el juicio (Mt 7, 1-5)

Como saben los lectores habituales, estoy dedicado a una serie de posts sobre Hannah Arendt y sus vínculos con Kant y Aristóteles. Se trata de una serie algo larga que me veo obligado a interrumpir dada la coyuntura que afecta a la PUCP: un fallo por demás sospechoso de los magistrados del Tribunal Constitucional. Bueno, no sé si decir sospechoso, ya que hace tiempo nos tiene acostumbrados a fallos de los más inverosímiles que no resisten razones y, en más de un caso, ni resisten reglas básicas del derecho. De todos modos, a pesar de estar bien informado, no soy abogado y no pretendo entrar en los detalles de la sentencia ni mucho menos: no es mi ámbito de competencia y no me gusta exponerme en cuestiones que no domino del todo.

Lo que sí me interesa aquí es comentar, al menos brevemente, un artículo de Martín Santiváñez (MS) de aparición reciente en un Diario conocido por su “objetividad” cuando se trata de la PUCP, me refiero a Correo. Ya hace unos días, Mariátegui, en un acto típicamente visceral y desproporcionado, había dedicado una página editorial al caso de la PUCP para decir, claro, que todo estaba perfecto. En fin, el caso que nos ocupa hoy es el de MS en vista de que pretende entrar en cuestiones relativas a la catolicidad de la PUCP que es, claro, uno de los argumentos fuertes por los cuales el Arzobispo de Lima está interesado en nuestra universidad.

Lo primero que habría que decir sobre MS es que se trata de un sujeto que habla sin conocimiento de causa, con manifiesto ánimo beligerante y con menos inteligencia de la que uno esperaría de una persona con una respetable formación. Dice que la PUCP ha impuesto la “dictadura del pensamiento único” que no es más que una afirmación retórica y vacía si es que alguien conoce nuestra universidad y sabe de sus procedimientos. Seguro este sujeto, agresivo y poco formado en los ejercicios finos del pensamiento, debe creer que promover la “tolerancia” es un ejercicio totalitario e impositivo. Seguramente el Gran Canciller y los suyos no caerán en esa debilidad, no se preocupe, señor Santiváñez.

Nadie objeta las cualidades intelectuales de Riva Agüero, pero decir que “fue un cristiano ejemplar, un ser superior, el más digno para representarnos en todo el orbe hispano” no es más que palabrería que no tiene asidero. Un ejercicio de verborrea interesada e hiperbólica. Prudencia en el juicio, señor, prudencia. ¿Quién es un cristiano ejemplar, MS? Se trata de una afirmación falaz, sin consistencia y que sólo demuestra quién, verdaderamente, promueve el pensamiento único. Es curioso que MS haga referencia al intelectual peruano por su título de Marqués. Para los que conocemos el medio intelectual, sabemos que ha sido siempre el santo y seña de los ultraconservadores que pululan en los blogs y los diarios. Es evidente que MS forma parte de esa fauna, lo cual no es sorpresivo después de unas pocas líneas de lectura.

Miren este pasaje, por ejemplo:

“Si la Universidad se transforma, por fin, en la institución cristiana y abierta, global e innovadora que siempre quisieron sus fundadores, será gracias al coraje de nuestro Cardenal. Monseñor Cipriani ha hecho bien en comprarse el pleito. Lo hizo por su rebaño. A otros, por el contrario, nunca les ha importado el chancho. Se alocan por el chicharrón. La secta progre que colmó de heterodoxias el campus de Dintilhac y Belaunde bien merece la frase que Riva-Agüero rubricó en su discurso por el IV Centenario de Lima: es infame el que reniega de su padre”.

Otra vez, ¿qué significa ser una institución cristiana, MS? El cristianismo muestra en su desarrollo histórico, que parece ser desconocido para algunos estrechos de mente, cambios, ampliaciones y corrientes. Yo me he referido a este asunto de modo claro en un artículo de este mismo blog al que los remito. El cristianismo no es una unidad monolítica. Tiene características fundamentales, sí; pero esas tienen que ver con la fidelidad al mensaje del Señor Jesús, no con la obediencia a ánimos funestos y descabellados como los del Cardenal.

Ahora, y aquí sí tomo distancia de algunos de los defensores de la Universidad, yo sí creo que Juan Luis Cipriani (JLC) está interesado en el “chancho” (aunque, sin duda, también en el “chicharrón”). JLC está interesado en hacer de la universidad un centro “católico” como otros del mundo (los que conocen algunas universidades pontificias, saben de qué hablo). Una universidad confesional, en el sentido más estrecho del término: dogmática, vertical, unidimensional. Yo sí creo que el Arzobispo de Lima está preocupado por la “catolicidad” de la PUCP, pero lo que creo es que se trata de una preocupación que sólo denota una comprensión angosta de la tradición cristiana y un espíritu opuesto al del evangelio, en el cual el Señor se muestra receptivo ante la diferencia y lo único que propone es la conversión libre de aquellos que decidan seguir el mensaje del amor.

¿Eso promueve el primado del Perú? ¿De eso da testimonio como Arzobispo de Lima? ¿Ese fue su rol como Obispo de Ayacucho? Señores, si algo sobra  es la información abundante en contra del espíritu evangélico de JLC y es por eso que la columna de MS sólo demuestra la ignorancia del dogmatismo que, atrevido y poderoso, se abalanza contra la libertad y la tolerancia que hemos tratado de promover alumnos y profesores en la PUCP.

¿Hemos renegado de nuestro padre? Es una buena pregunta, habría que admitirlo. Un par de cosas podrían decirse y hay que ser honestos en esto. La PUCP, seguramente, no es la institución cristiana que Riva Agüero hubiese soñado. R-A era un católico muy conservador y más aún hace tantos años. Eran tiempos distintos y su percepción del mundo seguro lo era también. En ese sentido, admito que quizá esta no sea la Universidad que él quería (aunque se trata de un razonamiento especulativo casi absurdo, ¿quién podría fijar a ciencia cierta la voluntad humana?). De otro lado, la pregunta obvia sería ¿y acaso la Universidad sólo podía ser de una manera? Es ingenuo, además de histórica y teológicamente ignorante, suponer que eso es posible. La misma Iglesia Católica no es un monolito de fe y de posiciones teológicas. Nunca lo ha sido, aunque tiene alas duras, sin duda, que sueñan con eso. El Opus Dei es una muestra clara de ello y para muestra, un Cipriani.

Aquí hay un problema de fondo, queridos lectores, un problema que va más allá de lo juridíco. Es un problema teológico relativo a la esencia del cristianismo. Algunas alas de la Iglesia Católica creen que sólo existe un modo de ver el mundo, uno que justifican en quién sabe qué. Creen que ellos son los privilegiados receptores de una revelación que deben difundir y defender a capa y espada. Defenderla, incluso, por encima de la compasión cristiana, de la libertad humana, de la tolerancia y el consenso. Estos sujetos, liderados por el Gran Canciller, o interesadamente reunidos bajo su sombra, atacan virtudes fundamentales como la tolerancia y la libertad (hay por ahí otro articulito menor, que no vale la pena comentar, pero les dejo el  link en caso les interese leerlo). Parece que las creen anticristianas, opuestas al evangelio. No se dan cuenta de que sólo se oponen a su comprensión estrecha del cristianismo, a su poca coherencia con el mensaje de Dios, a su sospechoso “seguimiento” de Cristo.

Es curioso que el Señor andase feliz en matrimonios –trayendo más vino si faltaba, incluso–, cómodo entre prostitutas y cobradores de impuestos, que defendiese adúlteras del castigo y que prefiriese dormir donde Zaqueo en lugar de pasar la noche en casa de algún Cardenal, perdón, Sumo Sacerdote, quise decir. ¿Cuál es la esencia del cristianismo, señores? Ya les digo, lo hice hace no mucho, sean prudentes al juzgar, porque “no todo el que diga ‘Señor, Señor’ entrará al Reino de los Cielos”.

Yo no soy un defensor ciego de la PUCP. He sido formado en el juicio crítico de la filosofía y yo no escribo por una suerte de deber por defender el espíritu de la casa. Escribo porque estoy convencido de que aquí hay errores de juicio derivados de la falta de inteligencia y de la perversión de la fe. Los primeros hacen que no se observe la realidad de modo adecuado y que se  diagnostiquen absurdos como los que el artículo que criticamos muestra; los segundos, hacen que se crea que ese mal diagnóstico es una defensa de la verdadera fe cristiana. Sin embargo, el Señor invitaba a la prudencia en el juicio: no hay que aventurarse a juzgar y a lanzar piedras, no vaya a ser que luego el mismo Jesús sea quien juzgue de modo severo la perversión de su mensaje. La PUCP no es un lugar perfecto; pero es de lejos la mejor universidad de este país y es mucho más de lo que podría ser si JLC y su séquito se apoderan de ella. Defendamos a la PUCP, para que la luz brille en medio de las tinieblas, tinieblas que provienen, precisamente, de quienes deberían traernos luz.


Hannah Arendt sobre el problema del juicio (III)

Conviene conducirnos ahora al texto de Kant con la finalidad de mostrar algunos primeros elementos de contraste, pasaremos luego a una nueva exposición de ciertos desarrollos arendtianos para volver a Kant y examinar los parágrafos concretos que Arendt aborda. Vayamos, por ejemplo, a la Primera Introducción a la Crítica de la facultad de juzgar[1]. Allí dice Kant entre muchas otras cosas, lo siguiente:

“Si la forma de un objeto dado en la intuición empírica está constituida de tal suerte que la aprehensión de lo múltiple de aquel en la imaginación coincide con la presentación de un concepto del entendimiento (indeterminado, cuál sea ese concepto), entonces concuerdan en la mera reflexión recíprocamente el entendimiento y la imaginación para fomento de su quehacer, y el objeto es percibido como conforme a fin simplemente para la facultad de juzgar, y, en consecuencia, la misma conformidad a fin es considerada meramente como subjetiva, puesto que para ello no se requiere ningún concepto determinado del objeto, y el juicio mismo no es un juicio de conocimiento. Un juicio semejante se llama juicio estético de reflexión”[2].

Quizá lo primero que salta a la vista del pasaje es que el juicio estético de reflexión corresponde a una cuestión bastante puntual y lejana de materias de orden social o político. El problema que quiere examinar Kant es el que corresponde a aquel tipo de juicios que ofrecen la peculiaridad narrada en el pasaje y que no habían sido objeto de examen previo en las otras dos críticas. A saber, un juicio donde el entendimiento no conmine a la imaginación mediante las categorías (el ya conocido juicio determinante al que también Arendt hace referencia). Esta nueva forma de juzgar que Kant analiza es aquella en la que lo que prima es la experiencia subjetiva en la cual el sujeto se apercibe de un tipo de conexión inusual entre el entendimiento y la imaginación. Esta vinculación novedosa será llamada por Kant de más de un modo, pero corresponde al libre juego de las facultades, se trata de la famosa conformidad a fin de nuestras fuerzas del ánimo. Es este, pues, el eje de la CFJ, al menos de la parte que Arendt trata con más detenimiento: la estética[3]. Eso no quita que no haya referencias a lo social, pero serán muy breves y puntualmente explicadas. El examen que Kant pretende no tiene ningún ánimo de ese tipo: como en las otras dos críticas, la reflexión es de orden trascendental. Lo que el filósofo de Könisberg está buscando es un principio a priori que explique este proceder de nuestras facultades.  Algo más adelante hace algunas precisiones sobre el problema que se dispone a tratar:

“[…] un juicio meramente reflexionante sobre un objeto singular dado puede ser estético si (aun antes de que se mire a la comparación de ese objeto con otros) la facultad de juzgar, que no tiene preparado ningún concepto para la intuición dada, mantiene unida la imaginación (nada más que en la aprehensión del objeto) con el entendimiento (en la presentación de un concepto en general), y percibe una relación de ambas facultades de conocimiento, que constituye en general la condición subjetiva, meramente susceptible de ser sentida, del uso objetivo de la facultad de juzgar (a saber, la concordancia de aquellas dos facultades de conocimiento entre sí)”[4].

Me parece que con este pasaje la preeminencia del carácter formal del abordaje del problema es obvia. Lo estético no tiene que ver solamente con lo particular, ni en lo estético prevalece el contraste intersubjetivo, como sugiere Arendt. Un juicio es estético en la medida en que atendemos al modo en que las facultades del sujeto son afectadas por el objeto que se les presenta. Lo relevante aquí es el mero sentir en su formalidad. Arendt, y Beiner lo nota en su ensayo interpretativo[5], pierde de vista el formalismo kantiano y parece ver cosas en el juicio estético que Kant con dificultad avalaría. Dicho esto, conviene notar que aún no hemos pasado de la Introducción y, de hecho, donde más notoria se hace la tensión a la que hacemos referencia, es en los parágrafos que corresponden a la Analítica de lo bello, ya que en ella advertiremos que el mismo juicio respecto de la belleza tiene a la base elementos formales, sólo son ellos los que permiten la universalización y no, como sugiere Arendt, la persuasión. El problema, podemos ir adelantándolo, consiste en que Arendt presume que la comunicabilidad del juicio estético implica una experiencia dialógica como la de la política; pero para Kant la comunicabilidad se da en virtud del principio trascendental de la facultad de juzgar. Ahora, veremos que esto sí puede tener algunos puntos de conciliación cuando se examine la doctrina del genio; pero hasta antes de eso, es muy difícil concordar con Arendt en el análisis ofrecido.


[1] Kant, I. Crítica de la facultad de juzgar. Caracas: Monte Ávila, 1991. Tr. de Pablo Oyarzún.

[2] Ibid. pp. 26/27 (uso la numeración lateral que corresponde al texto original alemán).

[3] Dejaremos de lado el tratamiento de los juicio teleológicos porque Arendt no se dedica al análisis detenido de los mismos y porque, más allá de eso, la reflexión allí desempeñada sigue siendo de orden trascendental.

[4] Ibid. pp. 29/30

[5] Arendt, H. Op. cit. pp. 234-235.


Hannah Arendt sobre el problema del juicio (II)

Arendt, como ya mencionamos, hace un uso particular de la CFJ para dirigirse a través de ella a la esfera del juicio político. Lo que corresponde examinar en lo sucesivo son las razones que la autora ofrece para tal uso y si estas parecen consistentes en contraste con el texto kantiano. Nuestra tesis es que tal salto se sostiene con dificultad.

La autora de La condición humana, aborda el tema del juicio en más de una oportunidad; pero quizá nunca con la fuerza que al parecer le estaba destinada en la tercera parte de La vida del espíritu. Como es sabido, Arendt programó dicha obra para ser un tratado en tres partes, de las cuales las dos primeras quedaron concluidas: El pensamiento y La voluntad. La tercera parte, la correspondiente a El Juicio, no fue nunca escrita[1]. Esta cuestión ha llevado a múltiples problemas respecto del establecimiento de cuál fue el verdadero tratamiento de la cuestión del juicio en Arendt. La hipótesis de trabajo más consistente, parece sugerirnos que la forma más desarrollada de este trabajo podemos encontrarla en las Conferencias sobre la filosofía política de Kant[2]. Estas lecciones fueron impartidas en la New School of Social Research en 1970 y constituyen el trabajo más detallado que Arendt hizo sobre el juicio antes de su muerte. Si tenemos en cuenta que no la separan de ella más que cinco años, parece justo pensar que su tercer capítulo de La vida del espíritu (LVE) bebería de estas fuentes. Sin embargo, el estudio que hace Arendt de la obra de Kant en este texto es bastante más amplio que el de la CFJ, si bien este texto está permanentemente a la base; nuestro propósito, entonces, será concentrarnos en aquellos pasajes que más claramente se dirigen a esta obra kantiana para delimitar el espectro del estudio. Pasemos, entonces, a una revisión de aquellos fragmentos.

Una de las cuestiones que Arendt introduce con prontitud es su valoración del juicio: “[…] a los juicios no se llega por deducción ni por inducción. En otras palabras el juicio no tiene nada en común con las operaciones lógicas […]. Buscaremos el «sentido silencioso», que —cuando se ha tomado en consideración— siempre se ha concebido, incluso por Kant, como «gusto» y, por tanto, como perteneciente al terreno de la estética”[3]. Como se puede apreciar, ya desde este pasaje de LVE Arendt nos anuncia su intención de tratar el juicio desde la perspectiva de la estética, particularmente desde las fuentes kantianas de este problema. Y la filósofa hace este énfasis en virtud de que, para ella, lo más valioso en el acto de juzgar radica en la remisión que hace quien juzga al ámbito de lo particular, terreno que ella identifica con lo estético. Es, como ella indica, “cuando el yo pensante, que se mueve en el ámbito de lo general, abandona su retiro y regresa al mundo de las apariencias”[4]. Aquí el mundo de las apariencias nos remite al mundo concreto de la praxis humana, contra el mundo ideal de la teorización filosófica usual. Se transita de la abstracción del pensamiento a la particularidad del juicio concreto sobre lo real y contingente, el único mundo que tenemos y frente al cual debemos tomar posición, debemos juzgar.

En principio, la lectura general que presenta la autora hasta aquí no ofrece mayor conflicto; sin embargo, los pasos que siguen empiezan a ofrecer dudas. Dirijámonos a la Segunda Conferencia. Dice allí Arendt:

“Regresemos a la Crítica del Juicio. Los vínculos entre ambas partes de la obra son frágiles, pero existen en cierta medida […] y es evidente que su relación con la política es más estrecha que con cualquier otro tema presente en las dos críticas precedentes. Destacan un par de nexos importantes. El primero es que en ninguna de las partes habla Kant del hombre como ser inteligible o cognoscente. […]. La primera parte de ocupa de los hombres en plural, cómo son de verdad y cómo viven en sociedad; la segunda, de la especie humana. […]. El segundo vínculo, radica en que la facultad de juzgar se ocupa de particulares, […] y lo universal normalmente es aquello con lo que opera el pensamiento”[5].

“Por decirlo de otro modo, los temas abordados por la Crítica del Juicio —lo particular, ya se trate de un hecho natural o de un acontecimiento histórico; la facultad de juzgar, entendida como facultad de la mente humana para tratar de lo particular; la sociabilidad como condición para ejercer dicha facultad, es decir, la percepción de que los hombres dependen de sus semejantes no sólo porque poseen un cuerpo y unas necesidades físicas, sino precisamente a causa de sus facultades mentales— son temas, todos ellos,  de importante significado político […]”[6].

Aquí Arendt, sostengo, ofrece demasiado alcance a la CFJ, un alcance que al menos el mismo Kant no ofrece. Lo primero que habría que decir es que no resulta bajo ningún punto de vista evidente, como Arendt sugiere, que la CFJ ofrezca nexos claros con el tema de lo político. Ahora, sí es posible decir que quizá sea un texto que ofrece, eventualmente, más posibilidades de pensar aquellos nexos; pero incluso esta afirmación es también compleja ya que podemos encontrar en la Crítica de la razón práctica, La paz perpetua o en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres elementos que ofrecen una relación más directa. Lo que queda claro es lo que motiva a Arendt para afirmar algo como esto. Se trata de su atención por el mundo de las apariencias y por el ámbito de lo particular; es por ello que dirige la atención a la reflexión de este puntual texto kantiano. No obstante, lo que corresponde examinar es si es posible, con legitimidad, leer en Kant estos propósitos también. Por ejemplo, habría que preguntarse si, efectivamente, la primera parte de la CFJ, i.e, la Crítica de la facultad de juzgar estética, “se ocupa de los hombres en plural, cómo son de verdad y cómo viven en sociedad”. ¿Es ese el propósito de la primera parte del texto?, ¿son esas las materias de análisis? E, igualmente, tocará analizar si aquellos elementos que hemos consignado en la segunda cita constituyen auténticamente elementos que pueden trasladarse a lo político. A pesar de lo dicho, que quede claro que no se trata de una crítica a las consecuencias que Arendt saca de estos motivos kantianos; se trata de un examen de la legitimidad de su uso para lo político partiendo del texto mismo.


[1] Arendt muere en 1975 y la obra se publica en 1978 en su original inglés bajo la edición de Mary McCarthy. Como consta en los archivos de Arendt, solo pudo encontrarse sobre “El juicio” la primera página con apenas el título y dos epígrafes.

[2] Arendt, H. Conferencias sobre la filosofía política de Kant. Barcelona: Paidós, 2003.

[3] Ibid. p. 17 (que corresponde al Post-scriptum a “El pensamiento” en La vida del espíritu).

[4] Ibid.

[5] Ibid. pp. 33-34.

[6] Ibid. p. 35.


Hannah Arendt sobre el problema del juicio (I)

Me disculpo por la ausencia de comunicación en los últimos días. Trato de mantener este blog actualizado de modo constante; sin embargo, a veces uno se queda sin ideas, como le pasó al Narrador de Cuentos, o sin tiempo, como le pasa al filósofo peruano promedio. Esta semana tuvo un poco de las dos cosas, pero ya nos toca regresar a la actividad intelectual por este medio.

Quiero dejar por unos días los temas polémicos relativos al Papa y al problema del abuso sexual por parte de sacerdotes católicos. El tema tiene para rato, lamentablemente, y tomar alguna distancia de él siempre es útil. Además quisiera dedicar un post al asunto de la sugerencia inglesa de procesar a Benedicto XVI por delitos contra la humanidad, cuestión que es particularmente interesante por su dimensión jurídica y polémica. Felizmente cuento con la ayuda cercana de una persona especialista en temas de derecho internacional, así que luego de informarme adecuadamente con ella, procederé a hacer un post al respecto.

De momento, quisiera volver al fuero estrictamente académico, con el riesgo de la pérdida de algunos lectores, claro. Me interesa presentarles un trabajo que considero bastante interesante y que mereció la más alta nota que recibí por una monografía en mis estudios de filosofía de pregrado. El trabajo llevó como título original “Forma y contexto. La tensión arendtiana en torno al problema de juicio” y fue presentado en julio del 2008 en el contexto de mi último curso –Seminario de Problemas de Filosofía Práctica– como alumno de pregrado en la PUCP. El mismo fue corregido por Pepi Patrón, profesora querida y hoy Vicerrectora de Investigación de la misma universidad. Les cuento, brevemente, de qué trata el texto citando la presentación original del mismo:

“El trabajo que a continuación se presenta, pretende ser una aproximación al pensamiento de Hannah Arendt desde la perspectiva del interés de la autora por el problema del juicio. De este modo, trataremos de hacer una entrada que nos permita evidenciar la peculiaridad de la reflexión arendtiana entorno a esta materia dirigiéndonos a las fuentes principales en las que trata tal cuestión. Básicamente, examinaremos el estudio que Arendt realiza sobre algunos parágrafos de la Crítica de la facultad de juzgar (CFJ) de Kant, parágrafos que se convierten en motivos de un desarrollo más amplio que el kantiano y que conducen a la autora hacia la esfera de lo público, hacia la política.

Lo interesante, y esa será una de las líneas que seguiremos en este ensayo, es que la esfera de lo político en Arendt, ha remitido casi siempre al mundo griego y en particular a Aristóteles. La pregunta que se hace necesaria es cómo se genera ese tránsito con la suficiente legitimidad conceptual y argumentativa, me refiero al tránsito hacia lo político desde Kant y no a través de Aristóteles, que parecería ser la opción de la Arendt de los setentas. La pista que seguiremos en este trabajo nos conducirá a afirmar que, de hecho, el tránsito y la consistencia de tal abordaje son, al menos, discutibles. Para ello, convendrá observar el tenor de la recepción arendtiana del problema del juicio en la no menos problemática tercera Crítica de Kant, ya que si la sospecha es correcta, tal recepción es bastante compleja y los pasos que se dan a partir de ella tienen dificultad para sostenerse.

Ahora, este problema no quita legitimidad al trabajo de Arendt, sino que, a mi juicio, permite verlo desde otra perspectiva, a saber, la de su propio y original énfasis en Aristóteles. Trabajaremos, entonces, a través de dos bloques expositivos: en un primer momento, introduciremos la temática del juicio desde la aproximación de Arendt a la CFJ, para proceder de modo simultáneo a contrastarla con el mismo texto de Kant y ofrecer así una imagen paralela tanto del tratamiento de Arendt como del trabajo específico de Kant en torno a la facultad de juzgar estética; en la segunda parte, dirigiremos la mirada al tratamiento aristotélico de la phrónesis y sus nexos con la ejecución de las virtudes en la polis para hacer patente que la ruta inaugurada con Aristóteles, a través de esta sabiduría práctica, parece mostrarse más sólida que el camino emprendido con Kant. No obstante, se presentarán, algunos apuntes críticos que pongan de manifiesto los problemas que se derivan del acercamiento aristotélico, sobre todo los vinculados a la vida contemplativa. Cerraremos el texto con una propuesta de conciliación frente a este problema”.

Quiero disculparme con el lector no habituado a la dificultad que supone la lectura de Kant, en particular, la de esta tercera Crítica, uno de sus textos más difíciles. Sin embargo, en filosofía es menester trabajar textos complejos más de una vez y siendo este un blog filosófico, asumo el riesgo. Espero, no obstante, que el lector halle en mis apuntes y comentarios la ayuda suficiente para comprender mejor el problema del juicio kantiano y las razones, problemáticas o no, por las cuales Arendt desea utilizarlo para pensar cuestiones de orden político. Ojalá encuentren el texto ordenado e informativo y, sobre todo, creativo. Lo que más me gustaría es leer sus objeciones y preguntas, en particular, cuando decido tomar distancia crítica de Arendt para desarrollar mis propias hipótesis. En fin, buena lectura, seguimos en contacto!


¿Que viva el Papa?

Como saben los lectores frecuentes, soy a su vez, un frecuente lector del semanario The Tablet. Probablemente el diario informativo sobre noticias del mundo católico más inteligente, crítico y bien escrito que haya en este momento (osea, casi todo lo que no es Zenit). Bueno, el asunto es que The Tablet ha dedicado, por lo menos, sus dos últimos números al tema del escándalo de abuso sexual a menores por parte de sacerdotes de la Iglesia Católica. Evidentemente era necesario, ya que se trata de un tema de envergadura. Uno de los últimos artículos llamó mi atención porque se refiere ya no tanto al tema del abuso propiamente, sino al de la reacción del Vaticano. Dediquemos unas líneas a esta cuestión.

El tema es que, para variar, la Iglesia –al menos el Vaticano– reacciona y reacciona mal. ¿Qué han dicho ahora? Pues que se trata de una campaña deshonesta ”obvia y desvergonzada” que pretende “dañar” al Papa. De hecho, de esta respuesta se han colgado Cipriani y García este último fin de semana. Yo me pregunto con sincera preocupación, ¿por qué les cuesta tanto mostrar arrepentimiento genuino como institución?, ¿por qué la necesidad de desviar la atención? La consecuencia obvia de esto es que algunos incautos simplemente se pliegan al asunto en un acto irreflexivo (“al Papa se le defiende pase lo que pase”, dirán) u otros, como seguro es el caso de nuestro Presidente, se cuelgan del tema de modo calculador. Sea como fuere, es penoso que haya tan poca capacidad de arrepentirse y confesar la miseria de manera digna. Con justa razón la carta del Papa a los católicos irlandeses no tuvo acogida suficiente, lo más probable es que no se haya sentido el acto como genuino.

Y claro, cómo se podría sentir un genuino arrepentimiento institucional si el 26 de marzo L’Osservatore Romano publicó algo como esto: “The prevailing tendency in the media is to ignore the facts and to strain interpretations, with the aim of depicting the Catholic Church as the only institution responsible for sexual abuse – an image that does not corres pond to reality”. Esta excusa es vieja, pero yo esperaba que ya no se usase más. “Oigan, porsiaca, no somos los únicos violadores ah…así que no se la agarren con la Iglesia Católica”. Por favor, este tipo de gestos son inaceptables y sólo reflejan un malsano deseo de inculpar a otros para restar peso a la culpa propia. Para que se hagan una idea, yo he escuchado, a curas mostrar estadísticas con la finalidad de probar que los judíos tienen más casos de violación que los católicos…¡imagínense! Cuando leo cosas como estas, siento profunda tristeza, debo decir.

Además, el caso contra el Papa, hasta hace no mucho, Cardenal Joseph Ratzinger y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe se ha levantado de modo delicado. El New York Times en su edición del 25 de marzo (pueden ver más aquí) sacó a la luz que Ratzinger había decidido no pasar al estado laical a un sacerdote envuelto en un caso de abuso sexual en los EEUU. En otras palabras, había preferido hacerse de la vista gorda con el problema. A todo esto y, entre paréntesis, para los que conocemos algo de movidas internas en la Iglesia, esta es una típica solución de la jerarquía. Cuando se presentan este tipo de incidentes, lo más común es que el prior de la Orden religiosa o el Obispo de la diócesis decida “castigar” al sacerdote. ¿Saben cómo los castigan? Los mueven de lugar. Si, por ejemplo, estaban en la casa provincial y gozaban de las mejores comidas, de chofer, areas de descanso, etc.; pues los mandan a una casa pequeña, en provincia, sin mucha comodidad. Esta es práctica común en la Iglesia y, parece, fue algo que también tentó al Cardenal Ratzinger en esos tiempos (1990s).

Las acusaciones contra el Papa han sido desmentidas por los encargados de prensa del Vaticano aludiendo que ese caso corresponde a los años 70 y que Ratzinger sólo precidió la Congregación desde 1981. Sin embargo, nuevas evidencias han surgido y ya sobre ellos no ha habido respuesta directa. Ojo, esto no implica que el Papa sea un encubridor ni mucho menos –al menos, no de modo necesario–, lo que a mí me preocupa es, en general, el modo de reaccionar. Ojalá Su Santidad no tenga nada que ver con esto…sinceramente, ojalá.

Habría que decir un par de cosas para ir terminando. Primero, no tengo nada a priori en contra ni a favor del Papa, que, de hecho, debería ser la actitud normal de toda persona prudente. Cuando fue elegido no me entusiasmé (como una amiga que mandaba mensajes como loca cuando se enteró) ni tampoco me apené (como sí lo hizo un buen amigo con el que almorcé esa misma tarde); lo único que dije fue: habrá que esperar. Y es que, claro, no se puede comprometer el juicio simplemente porque “tenemos Papa” ya que el mero hecho frío de una elección por demás calculadora no puede ser motivo de alegría; asimismo, no se podía pretender en esa época que por la fama de mano dura de Ratzinger nos encontraríamos con un Papa nefasto. Ya con 5 años suyos al mando de la Iglesia, la cosa es diferente. Han habido gestos interesantes, como su reivindicación de la teología de la liberación en Aparecida y de la opción preferencial por el pobre; de otro lado, tenemos cosas lamentables como esta reacción al tema del abuso sexual.

Hay que nacer de nuevo, le decía Jesús a un sorprendido Nicodemo. Todos debemos nacer de nuevo, la Iglesia debe reexaminarse y pensar seriamente, a la luz de la Palabra –a veces más que de la Tradición que puede ser mala guía– en ese nuevo nacimiento; de lo contrario, ya lo he dicho varias veces, la Iglesia se irá convirtiendo cada vez más en cueva de fundamentalismo, de lenguaje reaccionario y de falta de amor genuino por el mundo y la realidad que se vive en nuestros tiempos. ¿Qué viva el Papa? Sí, pero que viva para ser artífice de la venida del Reino de Dios…porque un ‘¡Viva!’ sólo y sin contexto poco o nada significa.


No todo el que me diga ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos (Mt 27, 21)

Les cuento una anécdota que hoy recuerdo con cierto humor aleccionador. La primera vez que intercambié algunas palabras con Ricardo Milla fue en la presentación del último libro de un profesor de filosofía de la PUCP muy amigo mío. Milla acababa de ingresar a la maestría de la PUCP, me parece, y me imagino que trataba de hacer amigos en una reunión en la cual todos se conocían entre sí y en la que él era un nuevo personaje. Se me acercó, recuerdo, llamándome por mi apellido y pronto mencionó a Sagrada Anarquía este blog que hoy nos permite comunicarnos. Milla fue generoso en los halagos a mi blog  por los temas tocados y por el estilo; yo, como correspondía, agradecí la generosidad. De inmediato me mencionó que él era autor de un blog, Filoblogsofía, y me preguntó si lo conocía. Yo, sinceramente, era apenas consciente de la existencia de su autor, así que, con sinceridad, respondí que nunca había escuchado del blog. Milla en un acto de, aquí especulo, falsa modestia me dijo que no me preocupara, que se trataba de un blog  que él tenía algo descuidado y que no había publicado tanto como el mío. En resumen, Milla me confesó que Filoblogsofía (dicho sea de paso: qué feo nombre; pero, claro, ese no es un argumento) era un blog modesto que ni su mismo autor tenía en demasiada estima. Hasta allí los hechos, aquí el comentario: Milla tenía razón…sobre todo después de su último post.  Los que siguen este blog, saben que yo no suelo dedicarme a comentar otros artículos; sin embargo, creo que el último post de Ricardo es tan malo que merece algo de crítica. No tanto porque el blog o el autor merezcan mi particular atención (es la primera vez que me detengo en el blog de Ricardo); sino porque el tema me interesa y, al estar tan mal tratado, creo que me corresponde escribir algunas líneas al respecto.

Milla titula su post “Reflexiones santas. El ministro y el Obispo” y lo dedica a la polémica desatada por las últimas declaraciones de Juan Luis Cipriani en torno a la AOE y al rol del ministro de salud Oscar Ugarte al respecto. Lo primero que habría que decir es que sorprende lo distinto que el señor Milla se nos muestra cuando interviene sobre alguna materia en persona y cuando lo hace vía su blog. Quienes conocemos a Ricardo como alumno, sabemos de su casi perpetuo silencio y de su hasta excesivamente cauta pasividad en la reflexión filosófica; no obstante, parece que el formato de blog le da una libertad envalentonadora que lidia con lo temerario y, contra lo anterior, que lo hace escribir con una absoluta ausencia de cautela. No sólo me refiero a los argumentos –que son bastante débiles– sino a la forma agresiva e irrespetuosa de referirse a los supuestos adversarios. No sólo eso, que ya descalificaría a Milla en un muy buen sentido; sino que, además de irrespetuoso, es vago en sus referencias: ¿de quiénes habla?, ¿quiénes son los libero-izquierdistas llorones y pataleadores, Ricardo? Como digo, contra su su silencio habitual en el ámbito académico, aquel donde propiamente se trabaja con argumentos serios; Ricardo Milla desborda adjetivos sin referente apropiado en un gesto de inmadurez  y de poca formación filosófica. Esto no es un ad hominem, que quede claro, la pretensión es tan descriptiva como me resulta posible.

Ahora bien, descrita la forma, vayamos al contenido. Milla sostiene en las primeras líneas “Pues nuestro Señor Cardenal, en defensa de los menos protegidos, de los que no tienen voz, los que no dialogan, le dijo a este ministro la gran verdad: Estás dando rienda suelta para que maten a seres humanos”. Ese argumento se cae sin esfuerzo, pero me imagino que Milla no se ha dado cuenta. Examinémoslo en dos frentes. a) ¿Está hablando Milla de Juan Luis Cipriani o se habrá confundido con Oscar Romero? Parece que la ignorancia histórica de este muchacho bloggero lo hace decir disparates. Los testimonios periodísticos, las crónicas y la CVR (que, sospecho, Milla descalifica a priori como interlocutor) demuestran que si ha habido en este país un obispo más lejos del rol profético de la defensa de los desprotegidos es Juan Luis Cipriani.  De hecho, la indiferencia de Cipriani ante las violaciones de DDHH cuando le tocó ser obispo de Ayacucho no demuestra sino la inexactitud de las expresiones de Milla: ¿quién dio rienda suelta a qué, entonces?

Por otro lado, b) las posiciones de Milla y Cipriani suponen tesis no argumentadas y de corte confesional. Eso, a priori, no es un problema; de hecho, yo también estoy en contra del aborto como su Excelencia y como Milla. Sin embargo, que yo crea eso no hace que se trate de una posición sostenible de suyo y, menos aún, que sea posible postularla como política pública. No me extiendo sobre esto, porque a diferencia de Milla, yo le he dedicado varias horas de trabajo y reflexión al asunto, las mismas que se testimonian en algunos de los posts más leídos de este blog. Lo primero que debería enseñarte la filosofía, mi estimado Ricardo, es que si quieres hacer algo serio debes esforzarte por darle sustento a tus argumentos. No basta con decir cuatro payasadas con algo de sorna y a ritmo de salsa: hay que dar razones, Ricardo. Y, como diría un profesor de la Facultad de Derecho de la PUCP: tienen que ser buenas razones, porque hasta las estúpidas pueden querer ese nombre.

Sigamos. Milla dice: “Si bien se puede hablar de una separación constitucional de la Iglesia y el Estado, en el caso del Perú, no se puede negar la influencia factual que tiene la Iglesia Católica en la sociedad y en la política. [...]. A la Iglesia no le interesa el poder político como lo conocemos. (Bueno, el padre Arana es otro tema)”. Dos preguntas: a) ¿Qué? (en inglés sonaría más gracioso) y b) ¿En qué país vive el señor Milla?. a) Sí, claro: Ricardo tiene razón, hay una influencia factual. Lo penoso es que Milla parece respaldar esa influencia y casi añorar que fuese mayor. Parece que Milla no conociese la penosa historia de la influencia política de las Iglesias, particularmente de la Católica. No obstante, lo más gracioso es b), a saber, la idea de que a la Iglesia (asumo que se refiere a la jerarquía) no le interesa la política. No sólo eso, se exonera a “la Iglesia” (que ya es una afirmación vaga) y se trae a la memoria a Arana en un gesto que sin ser irrespetuoso expresa con claridad su sentido despectivo. Yo no tengo particular preferencia por Arana, dicho sea de paso; pero, insisto, ¿en qué país vives, Ricardo?

El resto de cosas son una retahíla de vaguedades y menciones risibles que sólo consigno por afán de coleccionista. a)”Píldora-mata-personas”: afirmación imprecisa, científicamente carente de sustento y no otra cosa que retórica reaccionaria. b) “nada más petulante que un laicista que no respeta el orden jerárquico [en referencia a Agusto Álvarez Rodrich y a que no llame "Excelencia" a Cipriani]“: ¿orden jerárquico?…hace tiempo que no leía cosa más estúpida (leo al periodismo peruano señores, así que esto es grave). c) Es hasta gracioso que cuando Milla pone su pésimo ejemplo de las cámaras de gas hable de “no decir ni ‘pío’”, cuando fue el mismísimo Papa Pío XII el que no dijo ni “pío” durante el exterminio judío en la Segunda Guerra Mundial. Hasta los propios ejemplos de Milla hace mofa de él…más cuidado Ricardo, que quedas en off side a cada rato. d) “Ugarte es el reciclo(neo)positivista cholo”: ¿además de mal argumentador, Ricardo, eres racista? Cuidado con las palabras, por favor…o será que esto también tiene que ver con tu concepción de la “jerarquía” en el Perú. Dicho sea de paso, ¿qué tanto has leído a Carnap y a Comte? No sé por qué me huele a que alguien se está quemando solito.

Bueno, termino diciendo algunas cosas más. Primero, que no me he detenido en la integridad de las cosas que dice Ricardo por una simple razón: son temas que he tocado largo y tendido en este mismo blog y creo que, aunque habrá razones para diferir, lo he hecho con el rigor de los argumentos, algo que se extraña en este post (además hay una razón subsidiaria: no se puede perder tanto tiempo cuando se trata de verborrea irreflexiva). Así que, anticipo, si se me quiere atacar por no ocuparme de las tesis aquí expresadas, remito a que se lean mis artículos antes. Espero que, al estar más familiarizado el autor con los links que con los libros, no peque esta vez con el típico exceso suyo de hablar sin leer suficiente. Segundo, quiero manifestar mi respaldo al ministro Ugarte. Aunque mucha gente pueda estar en desacuerdo con él, creo que actúa con valentía y con coherencia. No sólo le favorece la ciencia, sino el derecho y el buen juicio. Finalmente, termino diciendo lo que me parece más importante. El mismo señor Jesús, que parece tan olvidado en las “reflexiones santas” del señor Milla y del Cardenal, es quien es muy severo contra la hipocresía y la falta de genuino amor. No todo el que diga ‘Señor, Señor’ entrará al Reino de los Cielos, no lo olvide señor Milla…no sea que por defender lo indefendible esté usted comprometiendo eso que tanto parece importarle.


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