¿Cuánto cuesta mantener un blog?
Publicado: 28/11/2011 Archivado en: Sagrada Anarquía | Tags: Blogging, Blogs 2 Comentarios »La respuesta a esto es corta y algo ambigua: depende. Si se trata de dinero, normalmente no cuesta nada o casi nada. En ese sentido, mantener un blog resulta relativamente sencillo. Abrir un blog en plataformas como WordPress o la igualmente popular Blogspot no cuesta un centavo –de ahí que prolifere tanto adefesio, también– y generar algunas modificaciones para, por ejemplo, tener más memoria o un domino propio puede estar al rededor de USD 20 al año, por lo que no se trata de algo muy oneroso. Como se comprenderá, entonces, mi pregunta no está dirigida a ese ámbito de cosas. Mi interrogante, más bien, se dirige a la variable del esfuerzo. Mantener un blog con relativo éxito es algo costoso, sobre todo si el blog no te da de comer, como sucede con la gran mayoría de los bloggers. Si se ve desde esa perspectiva, tener un “buen” blog cuesta y puede costar bastante. Pero hay que explorar mejor la idea de estos “costos”.
Estas líneas surgen porque hoy (sábado) decidí “no hacer nada”, cosa que hago muy mal, como ven, porque mi “no hacer nada” me llevó a desembarazarme de mis ocupaciones habituales para ponerme a ver TV y a revisar algunas cosas en la web. En ese sentido, decidí hacer algo que no realizaba hace tiempo: dar una mirada a los blogs de mis amigos. Noté algo bastante interesante, a saber, que solo los blogs de Daniel, Eduardo y Gonzalo (y también este) mantienen actualizaciones seguidas; todos los demás no se actualizan hace semanas, meses e incluso más de un año (este último caso, además, es el de un bloggero que una época era extremadamente activo). Al ver eso decidí dedicarle un breve post relativo no tanto a los beneficios de un blog, como ya lo hizo Daniel, sino a las demandas que este tipo de plataforma supone.
No quiero extenderme mucho, pero mi punto reside en una sola cuestión: para que un blog sea más o menos exitoso debe lograr ser un espacio capaz de articular con provecho los intereses personales y profesionales de su autor/es. Mi hipótesis, entonces, es que, salvo excepciones, todo aquel que abandona un blog, o lo hace discontinuo de un modo severo, lo hace debido a que su trabajo o sus estudios no le dan tiempo para escribir. Y, en efecto, así sucede. Las pocas veces que he dejado de escribir, digamos, por un mes, se han debido a que otro tipo de ocupaciones han concentrado mi atención: estudiar para un examen, una temporada muy intensa de corrección de trabajos de mis alumnos, etc.
Hay que recordar que para que un blog funcione hay varias reglas dependiendo de su género y de las expectativas del blogger, pero hay una cosa que sí constituye una directriz general: un blog tiene que ser actualizado seguido. Para actualizarlo continuamente es necesario que este no resulte una carga para quien lo escribe, sino algo vinculado lo más posible con lo que hace o, al menos, con una parte importante de lo que hace. Si te gusta opinar, el blog debe ser un espacio de expresión que te permita elaborar un poco mejor esas ideas que tenías en borrador en la cabeza; si te gusta leer, el blog puede ser un espacio que te motive a desarrollar pensamientos derivados de la lectura o a escribir resúmenes de los puntos centrales; etc. Lo que el blog debería ser, como bien lo pone Eduardo, es una suerte de laboratorio. Solo en la medida en que el blog se convierte en un espacio de experimentación en el cual uno elabora sus ideas a través del tiempo este logra tener un rol activo en relación al desarrollo personal y profesional de quien escribe. Cuando la propia labor se aleja tanto del blog como para que este se convierta en algo que resta tiempo, el blog ha fracasado en su propósito y, normalmente, se le abandona ya sea de modo titubeante –dejando de escribir cada vez más y por más tiempo– o de modo abierto –se cierra–.
Pienso en el blog que fracasa como en una experiencia de voluntariado, lo hago, además, con cierta base empírica, pues tengo en mente los estudios de un amigo sobre el voluntariado en el medio universitario. Está probado que los voluntariados funcionan más o menos así: la gente que a estos se integra tiene, normalmente, nobles motivaciones que conducen a poner el propio tiempo y esfuerzo al servicio de los demás; esta actividad dura, por lo general, alguno meses o años; habitualmente, también, la experiencia voluntaria finaliza cuando la persona empieza a trabajar o a practicar porque ya no dispone de tiempo. “Lo bueno”, sin embargo, es que como las universidades siempre tienen nuevos alumnos en un ciclo sin fin, los voluntarios se renuevan con alguna frecuencia y las ONG’s o demás organizaciones que los requieren encuentran siempre manos para llevar a cabo sus labores.
¿Por qué “fracasa” la experiencia voluntaria? O, mejor, reescribamos la pregunta en estos términos, ¿por qué normalmente el voluntario abandona su experiencia de servicio? Sencillo, porque no le produce ganancias económicas o desarrollo profesional o, incluso más grave, porque se convierte en una limitante para poder lograr aquello (también podríamos asumir que porque dejó de tener nobles propósitos, pero lo central yace en lo que he dicho). Algunos estarán pensando, “nada que ver, hay gente con convicciones muy firmes para la cual ayudar al otro jamás sería un impedimento”; bueno, las estadísticas de la tesis de mi amigo sugieren largamente lo contrario. La permanencia en el tiempo es mínima y la deserción es lo habitual con los meses o años. ¿Cuál fue la conclusión de la tesis de mi amigo? La misma que propuse, y que ahora reitero, en relación a los blogs: si uno no integra el voluntariado al resto de actividades de su vida, termina por abandonarlo. Si ser voluntario solo te hacía sentir bien o si solo lo llevabas a cabo por amor o generosidad, normalmente dejarás el voluntariado tarde o temprano. Sucede lo mismo con el blog.
No pretendo con esto, cuidado, decir que el voluntariado o el blog son un fin en sí mismo. Podríamos decir con total justicia que se trata de medios para lograr ciertas cosas y que, por ende, a medida que pasan los años el modo de conseguir esas cosas requiere de otros medios. Sin duda eso es correcto, pero hay algunas diferencias. Si bien uno puede dejar de ser voluntario, hay una enorme distinción entre dejar de servir al otro en absoluto y transformar el modo de servirlo: una cosa es ya nunca más ayudar a los que más necesitan y otra es estudiar una carrera que, si bien ya no me permite ser parte del voluntariado “x”, sí me ayuda a estructuralmente hacer de mi vida un servicio-profesión más orientada al otro. Con los blogs hay diferencias importantes, sin embargo. Uno puede, por supuesto, dejar de escribir en absoluto y ser consumido por las labores profesionales, familiares, etc., al punto de solo enseñar y enseñar/cuidar hijos y cuidar hijos, etc., sin elaborar intelectualmente cosas nuevas. Esto, como digo es posible, pero creo que le quitaría al intelectual su esencia, lo “oxidaría”, por usar un término habitual. En ese sentido, dejar la elucubración no es una opción si se quiere seguir produciendo intelectualmente algo provechoso, así como no es posible dejar el servicio al otro si uno quiere llamarse un voluntario o servidor. No hay pues intelectual o voluntario en potencia, como podría decir Aristóteles.
No obstante, y aquí sí habría que tener en cuenta los argumentos ofrecidos por Daniel en el post linkeado más arriba, la otra opción que propuse en el caso del voluntario no aplica con tanta propiedad para el caso del bloggero-intelectual. La razón es simple: si bien uno puede dejar de usar el blog y buscar articular su elaboración intelectual en otras vías, siempre se necesita de un “laboratorio de experimentación” y el blog es una herramienta fundamental en ese sentido. Puesto de otro modo, si bien uno podría empezar a dictar más, a dar más conferencias, etc., etc., el blog nunca tendría por qué ser algo prescindible; todo lo contrario, al tener un público mayor, el blog se hace más útil y más interesante en términos de retroalimentación. En resumen, entonces, si bien el blog no es un fin en sí mismo, es un medio permanentemente útil para el intelectual y, por ello, una herramienta determinante para el “progreso” de las ideas. No la única, claro, pero una central.
Por todo lo dicho, concluyo, mantener un blog puede ser algo muy oneroso, salvo que uno de verdad disfrute hacerlo y que a la vez ese disfrute se relacione con que nos produce beneficios de diverso tipo, pero suficientes en relación al tiempo y trabajo invertidos. En todo caso, siempre se puede tratar; lo peor que puede pasar es que uno termine dejando de publicar. Lo interesante, sin embargo, es lo que pasa cuando un blog pasa de un año o de dos, como en el caso del mío que cumple en pocos días tres años, o el de Gonzalo, que creo que supera los cinco. Cuando eso sucede, se configura una red de conocimiento sumamente interesante que permite cruzar ideas, reescribirlas, hacer seguimiento del propio desarrollo intelectual, etc. En algunos casos, me ha pasado, los blogs pueden convertirse en el borrador de algunos artículos académicos, en partes de nuestros trabajos de tesis o, incluso, en libros. En ese sentido, tener un blog (un blog más o menos “académico”, sobre todo) es una tarea compleja y demandante por momentos, pero incentiva el trabajo intelectual y lo favorece grandemente. Por eso vale la pena intentarlo, pero para que sea un reto que funcione es determinante que podamos enlazarlo a nuestro trabajo, de lo contrario la cosa no funcionará y lo que quedará es solo un proyecto trunco.
¿Una teología indecente? Breve comentario sobre la retórica de la trasgresión
Publicado: 21/11/2011 Archivado en: El presente: nuestro lugar teológico, Sagrada Anarquía | Tags: Indecent Theology, Marcella Althaus-Reid, Teología de la liberación Deja un comentario »Siguiendo con esto de hacer posts cortos sobre libros que me encontré por allí, quisiera dedicarle unas líneas a Indecent Theology de la argentina Marcella Althaus-Reid.
La primera cosa que resalta en el libro, desde su portada, es lo que deseo llamar una retórica de la trasgresión. La autora se esmera demasiado, me parece a mí, por usar giros que quiebren el orden convencional del discurso teológico. Tendrá el lector que hacer sus propios juicios, pero sin sentirme un estudioso conservador en ningún sentido, percibo el libro más retórico que analítico y siento que el excesivo ánimo trasgresor no aporta de modo particular al desarrollo de las ideas. Aun cuando la referencia sexual sí resulta importante, como veremos.
La autora usa la figura de escribir teología sin ropa interior (2) para tratar de encerrar un poco su propósito. Es, en cierto sentido, quitarse las vestiduras de una teología anquilosada y atada por los cánones establecidos, pero es la vez una teología en contacto real con la sexualidad, como la mujer que siente con más libertad su sexo sin la ropa interior, como las mujeres que venden limones en la Argentina y a las que la autora refiere una y otra vez.
La autora se reclama heredera de la teología de la liberación, tradición en la que se formó política, intelectual y espiritualmente; sin embargo, propone también su superación al modo de la dialéctica de enraizamiento-despedida de la que hablé en el post anterior en referencia al libro de J. I. López Soria. En ese sentido, la teóloga promueve la hermenéutica de la sospecha pero la extiende más allá de los márgenes convencionales de la teología de la liberación para llevarla al terreno de la opresión sexual tácita o explícita (4). La de Althaus, entonces, es una mixtura entre teología de la liberación y teología feminista con ribetes de lenguaje queer.
El libro, aparentemente, está bien rankeado en su género. Toca revisarlo con más detalle para ver el grueso de sus ideas; sin embargo, tengo algunas sospechas preliminares. El exceso de retórica trasgresora-posmodernona nunca me ha entusiasmado mucho. Suele correrse el riesgo de un lenguaje que termina siendo vacío. Ojalá me equivoque.
Adiós a Mariátegui
Publicado: 07/11/2011 Archivado en: Política y secularización | Tags: Adiós a Mariátegui, José Ignacio López Soria Deja un comentario »Hace un par de semanas me encontré en la biblioteca de la UPC el libro cuyo titulo encabeza este post (aquí una breve reseña) y cuyo autor, José Ignacio López Soria pude conocer en la conferencia en honor a los 40 años de Teología de la liberación. Ando bien ocupado últimamente con mis estudios para el GRE y la preparación de documentos para la postulación al PhD, pero quisiera darme tiempo para hacer algunos posts cortos sobre algunos capítulos de libros y quiero empezar con este.
El primer capítulo se titula “Despedirse no es olvidar” y pretende ser una breve justificación de por qué, a pesar de hablarse de un “adiós” al pensamiento moderno representado, entre otros, por Mariátegui, esto no supone una ruptura total. En ese sentido, el autor (22) hace referencia a la necesidad de entablar una relación dialógica con el pasado (hablar con él) y no aquella más histórica o taxativa (hablar de él). Dialogar con el pasado, entonces, supone caer en la cuenta de su diferencia con el presente y notar, por ello, que las variables que dieron lugar al pensamiento crítico del tipo que surgió en la época de Mariátegui ya no son las mismas. Lo que corresponde, entonces, es decir adiós a las consideraciones críticas derivadas de aquellas coordenadas pasadas, pero no despedirse del talante crítico que nos permite pensar. Hay, dice el autor, que despedirse para “e-merger de ese horizonte no para hablar de otra manera “sobre” el Perú sino para pensarlo” (23). Se propone, por ende, una tensión dialéctica entre despedida y enraizamiento en un sentido que resulta cercano al de la aufhebung hegeliana. Aunque, cabe decirlo, el asunto no se desarrolla de un modo que a mí me resulte muy claro que digamos. La intuición, sin embargo, es prometedora e invita a seguir leyendo para ver qué viene. Prometo colgar algo más tan pronto como pueda.
Comentario de Lucas 16, 1-8 (13)
Publicado: 04/11/2011 Archivado en: Hermenéutica bíblica | Tags: administrador injusto, Jesús de Nazaret Deja un comentario »Hoy la liturgia nos propone este texto, aunque algo mutilado, solo hasta el versículo 8. He añadido algunos versículos para que su sentido esté completo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Era un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda; le llamó y le dijo: “¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir administrando.” Se dijo a sí mismo el administrador: “¿Qué haré, pues mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea removido de la administración me reciban en sus casas.” Y convocando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” Respondió: “Cien medidas de aceite.” Él le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta.” Después dijo a otro: “Tú, ¿cuánto debes?” Contestó: “Cien cargas de trigo.” Dícele: “Toma tu recibo y escribe ochenta.” El señor alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz. Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No puede servir a Dios y al Dinero».
Creo que este pasaje es bastante intrigante y, por lo mismo, merece algún comentario. De hecho yo mismo no me siento del todo seguro respecto de su sentido, pero así suele ser la Biblia muchas veces, desafiante, incluso a partir de lo que parece contradictorio. La figura del señor, en la Biblia, siempre es analógica respecto de la de Dios, en ese sentido, creo que podemos asumir sin problemas que el comentario final del señor tiene el rol de señalarnos la voluntad del Padre. ¿Qué nos propone Jesús, entonces? ¿Nos está invitando a la deshonestidad, al uso de la racionalidad para nuestro propio beneficio? Se trata, pues, como recuerda Gustavo Gutiérrez (Compartir la palabra, 322-323), de un texto que genera perplejidad. Seguiremos parcialmente su lectura.
Creo que resulta claro que Jesús no está proponiendo que actuemos deshonestamente, eso iría en contra del sentido todo del evangelio. Luego, tiene que haber algo escondido en el pasaje. Lo que se nos pide, no sin cierta ironía, es que imitemos a este administrador injusto en su creatividad y rapidez para dar solución al problema que se le presentó. Se dice en el pasaje, además, que hay que tratar de ser como él que es un astuto hijo de este mundo, contraponiendo su actuar al de los hijos de la luz. Es una abierta censura al proceder de algunos cristianos cuya torpeza dificulta su caminar y puede terminar por dificultar el de otros. Al pedirle al hijo de la luz que tenga la astucia del administrador injusto, Jesús cuestiona esa tendencia de muchos cristianos por “evadir el mundo”, la famosa fuga mundi de los medievales. Es una invitación a atender nuestro presente y, en él, dar testimonio del seguimiento de Jesús sin dogmatismos vacíos, rigorismos absurdos y juicios de valor apresurados y moralistas sobre el otro. Cristianos como estos sobran y Jesús nos invita a comportarnos de otro modo, con flexibilidad, con ironía, hasta con maña. El seguimiento de Cristo no es una invitación a ser “lorna”, todo lo contrario.
Quisiera añadir, sin embargo, algunas cuestiones que pueden ampliar un poco esta idea mediante el examen de algunos versículos. Fíjense, por ejemplo, que el inicio de este asunto está basado en un rumor. Bien podría ser cierto que nos encontremos ante una mentira, una suerte de persecución llevada a cabo contra el administrador por alguna venganza u ojeriza. En ese sentido, el administrador podría verse como un tipo que, dadas las circunstancias, se ve forzado a actuar del modo en que lo hizo. Nuevamente, no se invita a la deshonestidad, pero se señala que ante situaciones extremas hay que saber adaptarse con inteligencia. El tema de la maña aquí resulta otra vez muy ilustrativo.
Otra línea de interpretación relevante viene de la idea del “dinero de la injusticia”. No tengo el texto en griego a la mano para precisar algunas cosas, así que propongo una lectura un poquito menos exegética: podría tratarse también de que la astucia del administrador consista en exonerar a los demás de sus pagos porque sus deudas habían sido generadas de modo injusto. En ese sentido, podemos hablar de un dinero de la injusticia no como uno que se hizo injusto por obra del administrador, sino por la obra del dueño que cobraba de modo injusto. Si es así, se abre otro camino hermenéutico, aquel según el cual el administrador es deshonesto ante el dueño, pero “honesto” ante Dios en tanto libera de la deuda injusta al hermano. Evidentemente requiero de más respaldo exegético aquí, pero la idea no es descabellada ni está demasiado lejos del sentido de otros pasajes del mensaje evangélico. Siguiendo mi lectura, creo que también tiene más sentido el cierre: no se puede servir a dos señores y, cuando estos entran en conflicto, hay que optar por uno aunque se traicione al otro. Hay pues, aunque sea vía la “deshonestidad”, que ser fieles al único Señor. Si las reglas de este mundo nos lo impiden, sobre todo las del dinero, quizá haya que romperlas, a riesgo de parecer injustos o deshonestos. Aprender a romper ciertas reglas, vía la astucia incluso, es señal de fidelidad. Si aprendemos a quebrarlas, cuando estas colisionan con el mensaje del Reino, luego seremos también fieles en lo mucho.
Esta ha sido una interpretación complicada pues el pasaje es bien complicado. He tratado de dar algunas luces y de ofrecer una imagen global más o menos coherente. Me resulta claro que eso no es del todo posible por la complejidad del texto. Hay pasajes que no se condicen tan bien con otros; sin embargo, como todo texto, su poder es vocativo: nos invita, nos llama, nos desafía. La mía no es ni lejanamente una lectura cerrada, siempre hay que seguir pensando y viviendo la Palabra. Con lo que sí me quedo es con ganas de leer algunos exégetas. Voy a ver qué encuentro y les aviso.
Comentario de Mateo 25, 31-46
Publicado: 02/11/2011 Archivado en: Hermenéutica bíblica Deja un comentario »Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme. Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?. Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis. Entonces dirá también a los de su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces dirán también éstos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Y él entonces les responderá: En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.
Estas semanas están resultando muy atareadas debido a que ando en procesos de postulación para estudios de doctorado y ello implica todo un papeleo que se une a toda una disposición particular del ánimo; sin embargo, no quería dejar escapar la oportunidad de decir un par de cosas sobre este hermoso y desafiante pasaje del evangelio de Mateo. Algo, por lo demás ni novedoso ni particularmente sofisticado si de interpretación hablamos. Simplemente quiero resaltar la contundencia del mensaje: amar a Dios, a quien no vemos, supone amar al hermano que sí vemos (que es la forma positiva de algo planteado en pregunta en otro pasaje de la Biblia). A todo hermano, sin duda, pero de modo preferente al que sufre desamparo. La idea es sencilla y parece una obviedad; sin embargo, la historia es siempre más compleja y esos rostros de Cristo se nos vuelven siempre opacos, a veces no somos capaces de reconocerlos. Es más fácil asociar al pobre la figura del potencial ladrón, la del maleducado, la del sucio, la del vulgar, la del enfermo que nos puede contagiar. Buscar motivos para alejarnos de quienes padecen es siempre más simple, porque el desafío de acercarnos, más bien, es muy grande. No se pretende con esto decir que muchas de las personas que padecen pobreza y desamparo no tengan las características mencionadas: males de todo orden afectan a estas personas y muchos de ellos están en sus propias manos. Lo importante, a pesar de ello, es recordar que el amor de Dios no se da al pobre por su condición moral, se le da por su condición de insignificancia y punto. Lo demás tendrá que ser corregido y, si corresponde, sancionado, pero el amor que se entrega es en atención a su dignidad de ser humano, esa que le ha sido arrebatada. Es una tarea desafiante, pero esa es la tarea de cristiano: tratar de ser como Jesús, amigo de prostitutas, de publicamos, de leprosos, de niños, de todos los insignificantes de la sociedad.

