Charles Taylor: los problemas y promesas de una edad secular (IV)

Quisiera concluir esta entrada, que se nos ha ido haciendo extensa, incluyendo algunos comentarios críticos que McLennan presenta a la aproximación de Taylor en A secular age.  Para el autor de la reseña, lo que habría en Taylor es una suerte de prejuicio trascendentalista, como ya lo he anunciado varias veces. Se trataría pues de una de sus obras más confesionales, que si bien tiene indudable mérito académico, no puede ocultar cierta mirada de parte sobre el proceso de secularización. Así, podrá decir, por ejemplo, que “la cerrazón inmanente ha de ser permitida, pero no es ‘demandada’: lo trascendente no puede simplemente ser ‘sacado de encima’ ” (143). La idea es, pues, que hay una vocación natural humana por la trascendencia y que la misma no se puede desechar sin más, como cuando una serpiente cambia de piel, por más secularización que haya en el camino. Ahora bien, McLennan no duda en reconocer los valiosos aportes teóricos de Taylor: “el concepto de imaginario social moderno, la demostración de que la s reducciones teóricas constituyen logros productivos, la necesidad de una historia filosófica” (Ibid.).  Ahora, si bien la idea de Taylor de que una “edad secular” como tal es puesta en tela de juicio, una era post-secular sí merece una seria consideración.

La tesis general de Taylor ha sido que desde hace al menos 200 años, en el Occidente liberal,  ha habido una hegemonía de un “humanismo excluyente”. McLennan critica esta afirmación sosteniendo que tiene más sentido pensar que un humanismo de ese tipo, pensemo en El existencialismo es un humanismo de Sartre, no ha siquiera comenzado. Independientemente del valor teórico del texto, parece tratarse de una reflexión que pretende encarar ciertas formas de pensamiento (‘unbelieving left’) para que se tomen más en serio el lugar que cuestiones como secularismo, humanismo, materialismo y ateísmo han de tener en este debate. Además, afirma el autor, las cuestiones interesantes de A secular age pueden encontrarse en otras obras más tempranas de Taylor (básicamente en Hegel y la sociedad moderna y Fuentes del yo).

En lo que resta, McLennan procederá a criticar aquellas reflexiones de Taylor que, justamente, lo muestran débil en el análisis y más bien, fuerte en la toma de posición religiosa y trascendentalista. Por ejemplo, critica su aproximación a Feuerbach por circular y algo simplista. Como sabemos, Feuerbach sostiene la tesis de que la figura de Dios no es más que una proyección de nuestro potencial humano de modo hiperbólico y, en ese sentido, se trata de un proceso de enajenación en el que nos subordinamos a un Dios y a una moral externa pero que, en realidad, yace en nosotros mismos. A esto, Taylor respondería con pobreza: “la visión feuerbachiana no puede dar cuenta de todo el malestar y vacío que experimentamos en el mero humanismo inmanente” (144). Taylor cierra filas contra este tipo de posiciones ya que el no cree que la ‘demanda de religión’ puede desaparecer con tanta simpleza. La toma de posición a favor de la trascendencia, aquella que ‘nos saca del molde humano’, no parece sostenerse argumentativamente, afirma McLennan. Parece ser, más bien, un acto de fe, además de un supuesto que contradice otras afirmaciones de Taylor, como aquella de que los Modernos tienen como opción la trascendencia mas dentro del marco de la inmanencia (véase, por ejemplo, Ética de la autenticidad).

Igualmente débil sería la postura que toma Taylor frente al racionalismo científico que sería acusado por el autor de ser uno de los ‘negadores de la trascendencia’ junto a ciertas corrientes sociológicas. En suma, la idea es que Taylor ofrecería una doble aproximación al orden de lo inmanente: una que tiende a cerrarse sobre sí y la otra, caracterizada por la apertura. Sin embargo, esa doble caracterización no es igualmente valorada ni respetada ya que es caracterizada como teniendo ‘discapacidad’, ‘un aura falsa’, como estando ‘nublada’, etc. Lo que McLennan critica en Taylor no es que tome posición, sino el hecho de que tal toma de posición implica un desbalance en el análisis teórico, practicamente caricaturizando a la posición opuesta. Además de que pareciera haber “una altamente cuestionable equiparación entre ‘creyente’ y ‘no-creyente’ en tanto identidades personales” (145).

Del mismo modo, el tratamiento de la completud (fullness), sería igualmente desproporcionado. Sólo se valorarían las experiencias trascendentes de orden religioso como las capaces de ofrecernos esa completud y aquellas de orden inmanente (escalar una montaña, la ejecución maestra de una pieza musical, las muestras de un coraje fantástico) no deberían ser tomadas en cuenta o serlo en tanto son modos de búsqueda de trascendencia sin notarla. En esa misma línea, McLennan supone que el peso de la dialéctica hegeliana en Taylor es tal que esta podría jusitificar en buena parte la estructuración de sus argumentos: esta etapa no sería más que una suerte de estadio intermedio al cual seguiría uno de aufhebung donde el maltratado cuerpo retornará más pleno, fortalecido y curado (146).

McLennan cree que Taylor pierde de vista una serie de cuestiones importantes y que, a la larga, contribuye a un tipo de reflexión dicotómica que termina por separar el mundo entre inmanencia y trascendencia, entre creyentes de espíritu abierto y no-creyentes cerrados sobre sí mismos. El autor de la reseña prefiere acercarse más a Habermas y a la idea de que el diálogo entre ambas aproximaciones al mundo ha de ser horizontal y en él han de desarrollarse un aprendizaje mutuo donde se valore el sentido de ambas posiciones. Por ello, el modo en que conluye el libro no entusiasma a McLennan: “a pesar de que los desarrollos de los últimos 500 años han traído desventajas para la creencia, el ‘malestar de la modernidad’ ofrece a la religión terreno para la esperanza: en última instancia, en última instancia, ‘esta pesada concentración de inmanencia puede intensificar el sentido de vivir en una ‘tierra perdida’ para las generaciones venideras y mucha gente joven podrá empezar de nuevo a explorar más allá de las fronteras’ ” (148). “Pero-concluye McLennan- ¿debemos estar tan prestos a escribir sobre la gente joven de las generaciones venideras? ¿No estrán ellos más inclinados que Taylor a cuestionar si la religión es la única respuesta válida para el valle de lágrimas de este mundo Moderno, y decidir, en cambio, que el punto es cambiar eso?” (148).

Concluyo con esto mi presentación de la reseña. Creo que hemos cubierto ya todos los puntos de relevancia y cumplido con la intención que tuve al presentarla: invitar a la lectura. Mi impresión por mi conocimiento de Taylor y por mi experiencia con los críticos, es que estos no suelen comprender de todo a los autores y que, la mayoría de las veces, suelen descontextualizar ideas y ponerlas de modo más problemático de lo que realmente son. En todo caso, una reseña tiene como rol no sólo resumir, sino también invitar a la lectura y por más que ésta sea polémica y muy crítica, lo importante es ver si tiene razón o no para decir lo que dice. La tarea es leer, entonces.


Charles Taylor: los problemas y promesas de una edad secular (III)

Retomemos el hilo de nuestra exposición. Nos habíamos quedado en los modos de secularización que Taylor distinguía y veíamos que el denominado Secularity 3 era el que más llamaba su atención. Esto es bastante comprensible si tenemos en cuenta que se trata de una forma que articula las otras dos de las que habíamos hablado. Si, en efecto, la secularización implica la equiparación de formas de vida que buscan caminos para el desarrollo de nuestras prácticas éticas y espirituales, esto nos lleva a algunas cuestiones. En primer término, al tema de la tolerancia religiosa: toda doctrina comprehensiva sobre el mundo (esta es la tesis liberal desarrollada por John Rawls) tiene similar valor formal, al menos. En ese sentido, la secularización aporta esta suerte de criterio de respeto formal mutuo. Pero, en segundo lugar, nos invita a pensar en el porqué de la opción por una u otra doctrina comprehensiva o por la negativa a optar por una de ellas (aunque las posturas no-religiosas igual son doctrinas sobre el mundo, se podría decir). Este es un tema muy interesante que nos lleva a la reflexión sobre los sistemas de creencias y su consistencia interna y externa. mi impresión es que el pragmatismo ha trabajado muy bien sobre el particular y que William James es una figura paradigmática al respecto. Curiosamente, he notado que, a pesar de que James es el centro de mi investigación hace algún tiempo, no he colgado mucho sobre él en el blog. Prometo pasar a un trabajo más directo sobre él en las próximas entradas. En todo caso, según McLennan, taylor parecería situarse en este grupo de “justificadores” de determinadas doctrinas comprehensivas, en particular las que podríamos llamar de impronta trascendente.

A secular age, en este contexto, hace un tránsito histórico importante para estudiar los modelos de pensamiento que han conducido al mundo en el que vivimos ahora. La idea es que ha habido una migración de un mundo “encantado”: marcado de objetos con profunda carga significativa, sucesos portentosos, espíritus, etc; a uno “desencantado”: donde prima la autosuficiencia del individuo y se mantiene los “profundos” significados del mundo al margen. Es la clásica idea de la matematización de la naturaleza que inicia fuertemente con Galileo y que no para (si es que ha parado) hasta la mitad del siglo XX. El universo marcado por un Dios lleno de amor que interviene en el curso de la historia es reemplazado por un universo causal, al que, como en Kant, nos dirigimos para pedirle respuestas. Acontece, como nunca antes, una profunda división entre las cosas de este mundo y las cosas de Dios, como lo había sugerido San Agustín en su Ciudad de Dios. Por primera vez se estaba gestando de modo concreto la escisión. Probablemente el liberalismo y sus anticipos constituyan el más vivo ejemplo de esto. Ahora, tampoco hay que ver esto con nostalgia: esta división responde a criterios históricos valiosísimos. Recuérdese que los primeros esbozos liberales surgen como reacción a las guerras de religión y a la muerte demencial de millones con la idea de defender “la religión verdadera”.

Este es el movimiento histórico que está estudiando Taylor, aunque, quizá haya que anunciarlo ya, McLennan sostiene que de modo algo parcializado dando abierta preferencia al modo “trascendentalista” de aproximarse a la realidad y con cierta nostalgia producto de este mundo desencantado. No me detengo en lo concreto de la caracterización histórica de Taylor porque se trata de un libro inmenso que no pretendo comentar ahora, espero poder hacerlo en algunos meses. El tema, más allá de eso, es que para Taylor el secularismo dejó de convertirse en una opción entre varias para ser una default option “en la cual las acciones y significados sociales no envuelven nada más allá de las relaciones intra-humanas” (142). Lo interesante es que para Taylor estas nuevas ideologías que empezaron a surgir con el Renacimiento y la Modernidad no implicaron una evacuación del suelo supra-empírico, sino su recolocación ontológica: “Previamente a la alta edad Moderna, sostiene Taylor, virtualmente, todo lo que se movía hacia lo secular era, de hecho, motivado por preocupaciones fuertemente religiosas. La Reforma, por ejemplo, fue una entre una larga serie de  rages for order, que comenzaron en la cristiandad de la edad Media tardía, mediante la cual las autoridades eclesiásticas trataban de purificar la cultura laica. El escape gradual de Dios ha sido, así, parasitario de la necesidad de hacer a Dios más presente en la vida de cada día” (Ibid.).

Esta cita me parece de lo más interesante porque nos sugiere un movimiento interno en la Iglesia Medievan que condujo, con una intencionalidad distinta, a una época bastante diferenciada de la que se quería mantener y aun centro (el ser humano) bastante distante del que había regido el mundo hasta entonces (Dios). Esta época histórica es interesantísima y Taylor hace aquí un genuino intento de hacer hisotoria filosófica de las ideas para explicarla con alguna mayor claridad. Hay que recordar, también, que en la Introducción a Liberalismo Político, Rawls también hace mención al papel fundamental de la Reforma para la consecusión de una época como en la que vivimos, que él tratará de asociar al “pruralismo razonable”. Paremos por el momento aquí y sigamos haciendo un comentario extendido de la reseña en la próxima entrada del blog.


Charles Taylor: los problemas y promesas de una edad secular (II)

Sigamos explorando algunas ideas en torno a A secular age. Podría decirse, entonces, que nuestra época está teniendo, contra el supuesto de Marx, un giro hacia lo religioso o para ponerlo en palabras de la reseña un “spiritual turn” y claro, esto no es descubrir la pólvora. Si bien es cierto que las religiones institucionales no tienen la fuerza de antes, ello no quita que siempre haya una profunda inclinación humana por lo espiritual, mágico, religioso. Como digo, no hago más que describir, no es ninguna novedad. Ahora bien, de hecho hay posiciones de parte en esto y algunos, como Habermas, por ejemplo, pueden decirnos cosas como estas (sin ser él un pensador religioso): “la tesis de que una orientación religiosa hacia una realidad trascendente puede mostrar ella sola una modernidad contrita y el camino de salida de este impasse está ganando adherentes nuevamente” (Between Naturalism and Religion). Así, McLennan piensa que Taylor, con A secular age, se coloca entre ese grupo. Según él, uno de los principales logros de Taylor aquí es desafiar la idea de la hegemonía del ateísmo, la pretendida idea de que estamos en una época donde ya no se cree. Esta es una idea que critica con razón ya que está muy difundida en los círculos académicos e intelectuales y de allí es mucho más fácil extenderla hacia otros campos. En buena cuenta, veremos, para McLennan este es un libro con confesión de parte: Taylor pretendería aquí tomar posición abiertamente por el camino contrario y revalidar la experiencia de apertura a la trascendencia.

En ese sentido, como Kant lo hiciera en ¿Qué es la Ilustración?, Taylor sostiene que estamos en una época en la cual han ocurrido increíbles cambios respecto de como era el hombre en el pasado: vivimos ya en una edad secular, pero no en una de secularismo (recordando la conocida frase kantiana de que vivimos en una época de ilustración pero no ilustrada aún). Así, Taylor distinguiría entre tres modos de secularidad. Secularity 1, implica que Dios ha sido retirado de la esfera pública u oficial (aunque habría que pensar si eso sucede en el Perú, vean lo que ha comentado Gonzalo Gamio al respecto) lo cual es compatible con la mayoría de las confesiones religiosas y, diríamos no representa un problema mayor. Me gustaría trabajar más estas ideas, lo haré en algunas semanas.

Secularity 2, refiere al actual declinar de la creencia y de las prácticas devocionales, fundamentalmente en Europa Occidental. Este otro buen tema para explorar. Yo tengo a mano algunas estadísticas y constante información sobre el particular. Conviene darle una mirada a esta cuestión porque hay que repensar las dimensiones de este problema y si sólo se trata de un fenómeno Europeo. Hace como un año conversaba con Gustavo Gutiérrez de esto, ya que el respalda la tesis de que América Latina es el “continente de la esperanza”; pero yo tengo dudas sobre ese asunto. Es decir, sí: AL es un continente donde el declinar de la fe no se ha dado ni por asomo como en Europa y se podría decir, incluso, que esta ha crecido (necesitaría documentos, es sólo una impresión). Pero si esto es correcto, vienen dos preguntas fundamentales: a) ¿Es sólo una cuestión de tiempo? Hay quienes creen que este fenómeno llegará tarde o temprano también a nuestra región (como cuando esperamos una semanas más para que estrenen una película…¿cuál sería el género de esta?), como Lucho Bacigalupo. Yo he conversado de esto con él y mi impresión es que podría estar en lo correcto. Al menos es una intuición incial que comparto. Junto a eso está b): ¿por qué AL tiene fe?, ¿por qué es un continente pobre, menos desarrollado?. Esta es una vieja tesis marxista, como sabemos. “La religión es el opio del pueblo” no es otra cosa que la idea de que se da religión a las masas cuando no se les puede dar pan. Pero, como se imaginarán, yo me siento muy distante de esa posición. La pregunta sería, entonces, ¿somos diferentes?, ¿tenemos mayor disposición a la apertura hacia la fe? Este es un camino que hay que explorar, creo que Gutiérrez es la fuente ideal para ello. Lo haremos pronto.

Finalmente, está Secularity 3, que es la que más interesa a Taylor. Se refiere a las condiciones que subyacen a la creencia: “el modo en que las preguntas ontológicas y morales son aprehendidas y negociadas” (141). Nuestra época muestra una característica distinta a otras: “la fe, incluso para el más incondicional de los creyentes, es una entre otras posibilidades”. Así, “lo secular no tiene nada que ver con la disminución de la religión, por el contrario, ‘lo secular’ ahora se expande para incluir ‘todo un contexto de comprensión en el cual nuestra experiencia y búsqueda moral, espiritual o religiosa toma lugar. Creer y no creer no han de ser consideradas como ‘teorías rivales’, sino como ‘vías alternativas de vivir nuestra vida moral/espiritual’ “(Ibid.). Me detengo aquí, ya me he extendido demasiado por ahora, así que volveré sobre esta última cuestión en una entrada posterior, pero creo que hay varias cosas relevantes que decir.


Charles Taylor: los problemas y promesas de una edad secular (I)

Me disculpo por la demora con este artículo, particularmente con mi amigo Gonzalo Gamio a quien le di un aviso muy optimista suponieno que estaría publicado hace un par de días. Como dije en la entrada sobre Obama del día martes, quiero dedicar algunas líneas a hablar de la última obra monumental de Charles Taylor, “A secular age”. Aviso, sin embargo, que dada la inmensa extensión de la misma sólo le he dado una ojeada por ahora, así que voy a comentarla a partir de una interesante reseña que apareció hace más o menos un año en la revista The New Left Review (pueden revisarla en la hemeroteca PUCP). Lo que haré, entonces, es una presentación de las tesis centrales del texto a modo de ofrecerles algunas ideas sobre de qué trata este libro. Ya con el tiempo, cuando termine de leerlo, me dedicaré a hacer una exposición más detallada y crítica del mismo en sendos posts temáticos.

Mi interés por Taylor tiene varios frentes. Es un autor que no conocí en mi paso por el pregrado de filosofía, sino en mi labor de docencia en los EEGGLL de la PUCP, por lo mismo me fui familiarizando tanto como pude con él para compensar mi desconocimiento inicial. Básicamente me acerqué a él por Gonzalo Gamio quien me lo fue presentando para trabajarlo juntos en el dictado de clases. Me pareció desde el comienzo un autor muy interesante, con propuestas sugerentes y con un análisis fenomenológico honesto de la historia, como me dijo durante mi sustentación de grado, Ciro Alegría (con algo de ironía, sospecho). Tengo mis reservas sobre algunas posiciones suyas, pero quizá sea por mi falta de conocimiento profundo y no por faltas suyas. En todo caso, Taylor me interesa por su lectura actualizada de Aristóteles y la vuelta sobre la idea de la articulación de la vida buena. Pero, además, Taylor es un conocedor de la obra de William James, que como saben es un autor que tiene mucha atención de mi parte y que es, incluso, la base de mi tesis de maestría. Taylor publica en el 2002, cien años después de las conferencias Gifford de James en la Universidad de Edimburgo, “Las variedades de la experiencia religiosa hoy”. Una revisión del famoso texto de James en la que ofrece una serie de pautas bastante importantes, quizá comente ese texto más adelante. En tercer lugar, siempre he sido un interesado por la teoría política y Taylor es uno de los íconos de dicha discusión en el mundo americano, como parte de los llamados “comunitaristas”, críticos básicamente de la posición liberal de John Rawls. Sobre ellos también publicaré textos en algún tiempo. Para vincular todo de modo articulado: Taylor me interesa porque es un pensador interesante en tanto vincula su reflexión teórica en política con su aproximación a la religión desde la premisa de la importancia de la auto-realización humana, el valor de la libertad y el sentido de la pertenencia. En ese sentido, el tema de la secularización parace volverse la idea que atraviesa estas cuestiones. Sobre ella ya había hablado Taylor, pero en esta nueva obra lo hace de modo detallado y contundente. Pasemos a dar una mirada a la misma.

La reseña de Goerge McLennan se denomina “Among the unbelievers” que es un título bastante interesante para inicar el examen de este texto. Parece ser que esta es una época carente de fe, que nos encontramos entre un mundo de gente que ya no cree. Por ello, me parece importante que McLennan comience hablando de Marx (traduciré algunas partes del texto): “De acuerdo con Marx, hacia 1844 la crítica a la religión -la premisa de toda crítica social- estaba, en lo esencial, completa” (139). Yo me he dedicado al tema de la crítica de Marx a la religión, por lo que considero pertinente colgar algo al respecto para dar más contexto: lo haré en los próximos días. En todo caso, se refiere McLennan a un breve pero determinante texto de Marx, aquel de la famosa frase “la religión es el opio del pueblo”: Introducción a la “Crítica de la Filosofía del Derecho” de Hegel. Prometo que examinaremos ese texto con detalle después, pero lo que me interesa es que el autor de la reseña parte de esa afirmación de Marx para poner en tela de juicio la idea de que esta es, sin más, una época sin religión o sin fe. De hecho, no parece ser ese el caso. Como dice McLennan más adelante: “el problema más profundo con la teoría crítica social ha sido el presuponer la verdad e inevitabilidad del humanismo secularizado, especialmente el del tipo que sobreestima la ciencia” (139). Esta frase, sin duda le cae a Marx, a su maestro Feuerbach, a Nietzsche y varias vertientes del positivismo del XIX y del siglo pasado. La experiencia, sostiene el autor, nos va demostrando que ese humanismo sin base trascendente ha tenido ciertas dificultades. En todo caso, más allá de eso, no ha sido de ningún modo una propuesta hegemónica y excluyente. La secularización, entonces, no tiene por qué implicar una época de ausencia de fe; sino una serie de cuestiones fundamentales que iremos examinando.


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