Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (III)
Publicado: 08/12/2008 Archivado en: De la aventura literaria 2 Comentarios »El desenlace de la historia fue igualmente asombroso. Rogelia desde que llegó a la casa se esmeró cada día tratando de comunicarse con los otros, pero había sido confinada a un establecimiento de reposo para ancianos con problemas mentales. Era una tragedia terrible, como si el destino acosara a la pobre mujer como lo hizo con la estirpe de Layo. Cuando la conocí pude observar en ella esa ambigüedad, mis ojos veían en ella la mudez del enfermo, la tristeza del viejo; sin embargo, sabía que había algo entre sus comunicaciones monocordes y de extensión muy escueta, algo de lo que quería hacernos partícipes. Rogelia había sido lanzada por un huracán de verdades y primicias a aquella casona del centro de la ciudad y lanzada había sido para dar sentido a la muerte, para dar inteligibilidad a la vida. Nadie la escuchó jamás, nadie vio en su lenguaje sin palabras las verdades primigenias que nos revelaba. El mundo, y se repite la tragedia, no estaba preparado para la escucha del lenguaje de la piel, de las miradas y de las manos. Rogelia respiraba, cambiaba sus ritmos, con su carne envejecida nos predicaba el futuro y nadie supo atenderle.
Era veintinueve de enero y Rogelia cumplía ochenta y tres años. Como ya era costumbre, fui a visitarla a las tres y pasé junto a ella para conversar, verbo que se hacía siempre generoso en vista del nulo intercambio de palabras que solíamos tener dada su condición. Después de terminar el último bocado de la pequeña bolsa con galletas que le llevé, Rogelia cual oráculo sentenció: Y se fueron los años. Y se acabó la vida. Pobrecito mi papá. Luego de eso, expiró. Mi asombro hizo crepitar mi corazón como si ardiese en el fuego más intenso. No supe qué hacer, pensé muchas cosas y la certidumbre llegó como la inspiración de la Musa al poeta. Rogelia sabía que moriría, lo supo desde aquella caminata en el jardín del mundo. Sus últimas palabras fueron su última profecía, la de su propia muerte, la única proyección que pudimos comprender. Luego de eso, el final se hizo patente. Un silencio sepulcral invadió la casona, un temblor fortísimo la azotó por varios minutos. El Cristo sufriente extendió los brazos y murió pocos segundos después de que Rogelia lo hiciera, el gran cuadro cayó mientras se rajaba la pared que lo sostenía. El cuadro se quebró mientras golpeaba el suelo en orquestal y poderoso estruendo. De pronto el cáliz del que bebían las aves demostró ser de acero al rodar por el piso y ofrecer la confirmación sonora. La sangre, densa y oscura empezó a recorrer los azulejos del hall. La muerte había llegado a la casona y la crueldad del fin jamás pudo contarse.
Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (II)
Publicado: 07/12/2008 Archivado en: De la aventura literaria Deja un comentario »Ella había llegado a la casa hace algunos meses, la enfermedad y la soledad de una vida sin marido y sin hijos habían empezado a mitigar su fuerte salud de antaño. Siempre fue una mujer de semblante altivo, mirada de cejas arqueadas como la monumental entrada a algún recinto sagrado. El cuerpo bello y esbelto, la cabellera encrespada de un color acaramelado siempre brillante, los senos generosos, una mujer inusitadamente hermosa y constantemente pretendida por más de un encumbrado varón. Ahora la historia era diferente, muy diferente. Sus ojos mostraban la tristeza del alma, las cejas eran dos sosegadas líneas de geómetra, sin atisbo alguno de gracia. Su cuerpo estaba mutilado como el de la veterana de una guerra sideral en la cual el universo no había tenido compasión alguna. Aquellos bellos senos, reducidos se encontraban a dos cortes miserables que habían sido, según los médicos, el sello de la victoria de la ciencia contra el cáncer. Y el cabello, ese hermoso racimo color caramelo, no era más que un grupo de filamentos decolorados y deprimentes que completaban la imagen cruda del lento obrar de la muerte. Rogelia Ramírez fue cada día que estuvo en la casa una auténtica pitonisa de la muerte, nadie lo supo, nadie le prestó atención y por eso todos padecerían las consecuencias de su vergonzosa omisión. Pero, sobre todo, padecería la vieja mansión por su cerrazón ante los signos. Rogelia era una revelación simbólica que nos ofrecía el universo, la pieza clave para entenderlo sin palabras. Teníamos que dejarnos penetrar y nos cerramos al mundo. La vieja Rogelia había hecho su mejor esfuerzo, pero el mundo había perdido su capacidad para el asombro y con aquella pérdida, perdió la oportunidad de sobrevivir.
Rogelia era la consciencia de la casona y era la consciencia del mundo, y lo era porque quiso serlo. Las mentes ordinarias pensaron siempre que la eterna juventud era un bien encomiable y de dificilísima obtención, se equivocaron. La eterna juventud fue siempre en la historia de los magos de oriente un bien menor, baladí. Para ser eternamente joven solo bastaba ser eternamente egoísta, renunciar a la procreación para siempre y a la compañía de cualquier otro que no fuera la imagen narcisa de la propia belleza extendida por el tiempo. Si nadie era eternamente joven no era por dificultades ineluctables, sino por cierta sensibilidad humana que no era aún capaz de condenarse al solipsismo perenne de la compañía de la propia sombra. Como digo, se trataba de un bien que siempre se consideró menor, aunque es, y fuera, tan significativo en nuestra parcela de la historia del mundo. Había, sin embargo, un bien doloroso y tentador reservado para los espíritus más distinguidos, una joya brillante que jamás había conseguido dueño porque nunca había aparecido la mujer digna, porque, cómo no, solo una mujer podría haber sido digna de tan poderosa tarea. Esa mujer era Rogelia Ramírez, la pitonisa de la muerte. Rogelia había llegado, a través de sus soliloquios de juventud, a un elevado momento. Se había mostrado capaz de ser eternamente joven y bella, logró descifrar a edad temprana la simpleza requerida para tal empresa. No obstante, en una ya conforme caminata por el jardín de la consciencia del mundo llegó al famoso camino donde los senderos se bifurcan. Todo estaba muy claro, se le estaba dando una oportunidad terrible y feliz a la vez y solo podía optar por uno de los dos senderos. El sendero de la izquierda engañosa era el obvio y predecible camino que la conduciría a la eterna juventud. Para Rogelia, era un camino tentador dada su copiosa tendencia a la vanidad; no obstante, había algo en el huracanado camino de la derecha, algo oscuro y vil que la seducía mientras que se acercaba. Nada era muy claro, pero sin querer, o seguramente queriéndolo, Rogelia se había alejado ya de la entrada del sendero de la juventud eterna y estaba en el portal derecho. Nada podía intuirse con claridad, el único anuncio legible estaba colgado en un trozo de astillada caoba. La inscripción solo decía: Este es el sendero de la consciencia del mundo. Rogelia no pudo resistir el ímpetu que siempre la lanzó hacia lo desconocido y se sumergió en el infinito sendero de la consciencia del mundo. Un viento huracanado la consumió y no supo más hasta que volvió sobre sí. No tuvo nunca un documento, una carta o alguna señal visible; mas lo sabía ya todo. Sabía que ella había elegido voluntariamente cambiar la eterna belleza y juventud por la decrepitud y la enfermedad, pero lo había hecho por un don inconmensurable: Rogelia Ramírez era ahora la consciencia del mundo. Sabía de todo, pero sobre todo, había comprendido ya el sentido de la muerte y el destino que nos corresponde tras ella. Había cedido su belleza y juventud para enfermar y envejecer con una premura obscena y descarada. Supo de inmediato cuándo y cómo moriría y supo también que tenía una noble y terrible misión: ofrecer al mundo la sabiduría hallada en el sendero derecho del jardín etéreo. Pero el universo artero no iba a revelar sus secretos tan fácilmente; por más única que fuese Rogelia, el cosmos no era tan generoso. La vejez y un derrame cerebral fulminaron a la bella mujer, sin pensarlo quedó postrada en una silla de ruedas y el lenguaje se le hizo esquivo. La gran tragedia del mundo era que su consciencia, Rogelia Ramírez, no podía hablarle en su idioma.
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Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (I)
Publicado: 06/12/2008 Archivado en: De la aventura literaria Deja un comentario »Con este post, introduzco un aviso: para contribuir al sentido de lo sagrado y la intencional anarquía que en él encuentro, algunas veces, este blog ofrecerá otra ruta creativa, los cuentos. Escribir es una pasión que conservo conmigo hace muchos años y he escrito muchas cosas (no todas de igual valía, eso sí). La mayoría de estos escritos está conformada por ensayos sobre filosofía, religión y materias afines. Pero muy reservadamente, escribo también cuentos. No lo hago mucho, ni muy frecuentemente; no obstante, lo hago con mucho celo y cariño. Las líneas que siguen serán la primera entrega de uno de esos cuentos. Uno que quiero mucho y que escribí para una anciana maravillosa, como la de este cuento. Se trata, eso sí, de un pequeño interludio. Luego volveremos a la filosofía -o quizá esto no es salir de ella- y trataremos de desbrozar algunas inquietudes que ya se han presentado en los comentarios. Los dejo con el cuento.
La imagen era abrumadora y perfecto preámbulo de lo que vendría. El fondo era negro, tan opaco e intenso como podría uno imaginarse la muerte. Mi mirada se quedó detenida en esa lasciva negritud mientras que una voz carente de toda armonía explotaba en gritos agonizantes. De la inmensa negritud surgía un Cristo que afrentaba la sensibilidad más curtida. El crucificado no era como cualquier otro, tenía matices inusuales. El inmenso cuadro, erguido como un falo entusiasta, se mostraba ostentoso en el medio del hall de aquella casa tenebrosa. La cabeza estaba coronada y sangrante aunque los cabellos no se envolvían entre espinas, sino que eran adornados con una corona tricéfala de plata envejecida. Los ojos aparecían cerrados con la fuerza propia de quien sufre cruenta agonía; la boca solo extendía el dolor y la inenarrable tristeza; los brazos eran grandes, ejercitados, extensamente abiertos como si trataran de facilitar la muerte y a la vez se esforzaran por ofrecer un ficticio y ensangrentado abrazo al ya aturdido espectador. Las piernas se encontraban envueltas por un manto que asemejaba un terciopelo rojo finísimo y en el centro del mismo un cáliz de tono acerado por la virtud del pincel se convertía en fuente para dos pequeñas aves bailarinas. Quizá la única alegría de esa sala era aquel espectáculo de ese par de pequeños emplumados, que, empero, bebían aguas bañadas por la sangre de la escena mayor: el inefable dolor de ese Cristo moribundo, anticipo de la muerte que acosaba a ese lugar.
Rogelia Ramírez era el nombre de la señora que conocí en aquella casona. Su semblante era devastador, el lugar todo era una calamidad para cualquiera. La segunda vez que ingresé a aquel recinto pude notarlo con viva intensidad. Algunas mujeres de facciones diversas, pero de ropaje uniforme, rondaban aquella galería con un paso mesurado y vociferando múltiples indicaciones para los transeúntes. Rogelia permanecía callada, conminada hace semanas a una silla de ruedas de mango algo oxidado y textura vetusta. Se esmeraba por enunciar una que otra palabra las pocas veces que me reconocía. Usualmente su mirada yacía perdida en una superficie imperceptible y metafísica a la que solo accedíamos brevemente cuando ella nos la revelaba cual oráculo extraviado y monosilábico. Rogelia se había constituido en un testigo silente del marasmo de emociones confusas que rondaban la casona. El llanto perpetuo de aquella otra vieja de cabello cano era una suerte de melodía de fondo que sostenidamente acompañaba mis visitas al lugar, el sollozo era desgarrador, los gritos de auxilio dejaban a la concurrencia estupefacta, herida por el filo de cada lágrima tibia como la enfermedad. Todos creían que la vieja enloquecía con el paso de los meses, pero sólo Rogelia sabía la verdad. Ese lugar no era tan seguro, era como un estadio de dolorosa purga de penas pasadas, penas que solo Rogelia conocía bien, que a todos nosotros se nos escapaban. Rogelia era la consciencia de ese lugar y lo supimos muy tarde; Rogelia reunía sobre sí la consciencia del mundo y nadie lo supo jamás. Ni las enfermeras asignadas a su cuidado, ni sus hermanos cuya visita recibía con amorosa frecuencia. Nadie lo notó, nadie.
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