William James y la filosofía como experiencia del mundo (I)
Publicado: 21/06/2010 Archivado en: El sentimiento tras la racionalidad, Pragmatism, Pragmatismo, William James | Tags: Experiencia, Filosofía, Pragmatismo, William James Deja un comentario »Las entradas que siguen corresponden a una pequeña parte de mi tesis de maestría, por eso notarán la presencia de algunas notas extensas, así como algunas disquisiciones algo técnicas; sin embargo, creo, se trata de material importante que permite presentar algunas de las ideas más valiosas de James relativas a su concepción del pragmatismo y del rol de la experiencia en el mismo. Espero que la lectura sea provechosa y que ayude a conocer un poco mejor a este pensador tan lleno de vida y de experiencias que lo fueron conduciendo a la filosofía.
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En atención a la ruta que nos hemos trazado, corresponde iniciar el desarrollo de nuestra propuesta situándonos en un examen del pragmatismo tal como James lo concibe. Nos encontramos, entonces, en el ámbito de la epistemología de nuestro autor; sin embargo, y esta cuestión debe ser un punto de referencia constante durante la lectura, hay que precisar que este filósofo no se detiene en una teorización sobre nuestra facultad de conocer. El caso de James es relevante porque nos confronta con una nueva manera —nueva en sus formas, pero vieja en su contenido, como lo diría él— de entender la filosofía, una que nos reinserta en un tipo de reflexión enraizada, que bebe de las fuentes de la vida misma y que hacia ella regresa. Perder de vista este enfoque “epistemológico” sería olvidar lo genuino de su mirada y reducir el pragmatismo de James a una elucubración desconectada de la realidad.
El tratamiento que haremos de James en este capítulo estará centrado, entonces, en el modo peculiar en que este filósofo aborda el pragmatismo. De hecho, formalmente habría que decir que es Peirce[1] quien inaugura lo que podemos llamar la corriente pragmatista[2]; no obstante, quien hace los más notorios desarrollos y, sobre todo, quien permite que el pragmatismo tengo un auditorio inusitado es, sin duda, William James. Es, pues, sobre estas peculiaridades del pragmatismo de James que girarán estas líneas.
Como sabemos, la obra de James es muy copiosa y por tanto conviene delimitar adecuadamente nuestro espectro de investigación, razón por la cual nos remitiremos a una obra clave para nuestros fines, me refiero a Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Las razones de la elección serán detalladas en lo que sigue, mas quisiera reparar en un hecho que quizá pueda resultar confuso para quien tomó nota de la estructuración de los capítulos de este trabajo. Allí se dijo que trataríamos en primer término el pragmatismo de James y su teoría de la verdad para, luego, dedicarnos al estudio de su reflexión en torno a la creencia religiosa. Los textos, sin embargo, estarían en orden invertido: La voluntad de creer fue publicado en 1897 y Pragmatismo en 1907. Efectivamente es así, pero ello no es un asunto problemático. James concibió a Pragmatismo como una expresión algo más sistemática de las ideas que estaban presentes en su texto de 1897; en realidad lo concibió como una suerte de síntesis de su obra toda[3]. La ventaja, por tanto, del despliegue que propongo apunta, justamente, a hacer más inteligibles las tesis respecto de la creencia religiosa que James había esbozado en la última parte del siglo XIX, a la luz de la más completa versión de su pensamiento enunciada en las conferencias de 1906 y 1907. Dicho esto, paso ahora (en nuestro caso, en el próximo post) al cuerpo de nuestra exposición.
[1] El propio James lo consideraba “el […] fundador del pragmatismo” (Cf. “El dilema actual de la filosofía”, en: James, W. Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Madrid: Alianza, 2000, p. 56). Como bien indica Del Castillo en la nota 2 de esta edición de la mencionada conferencia, Peirce dio una alocución en Harvard con el título “Pragmatism as a Principle and Method of Right Thinking” en 1903; sin embargo, James se refiere a otra denominada “Some Topics of Logic Bearing on Questions Now Vexed” que fue dictada en el mismo Instituto Lowell donde poco después el propio James dictaría “Pragmatismo”. Sin embargo, los textos más tempranos de Peirce sobre la materia son Algunas consecuencias de cuatro incapacidades (1868), La fijación de la creencia (1877) y Cómo esclarecer nuestras ideas (1878). En los tres Peirce desarrolla, aunque en una clave bastante distinta a la de James —su énfasis está en la teoría del significado— las primeras pautas explícitas del pragmatismo. Es particularmente en el último texto donde se presenta la famosa “máxima pragmática”.
[2] De hecho, es mucho más congruente con los hechos, hablar de una “pluralidad de proyectos intelectuales autónomos, aunque al mismo tiempo congruentes entre sí” que del pragmatismo sin más. Cf. Faerna, A. Introducción a la teoría pragmatista del conocimiento. Madrid: Siglo XXI, 1996. p. 1.
[3] Sin embargo, esta es una afirmación que merece varios matices que creo están relacionados con el tipo de intenciones que tenía James al presentar su pensamiento. En ese sentido, es correcto afirmar, y así lo acredita la información epistolar que se presenta, que James consideraba estas conferencias sobre el pragmatismo una suerte de labor de síntesis de su obra. Ahora bien, esta intención sintética va de la mano con una algo más profunda que podríamos llamar con algo de fuerza un compromiso “ontológico”. Esto se nota, por ejemplo, en la colección Essays in Radical Empiricism. (London, Bombay and Calcuta: Longmans, Green and Co., 1912), que como James indica pueden considerarse como un proyecto separado: “debo decir que no existe conexión lógica entre el pragmatismo, tal como yo lo entiendo, y una doctrina que recientemente he presentado bajo el nombre de «empirismo radical», la cual posee sus propios fundamentos. Es perfectamente posible rechazarla y, sin embargo, ser un pragmatista” (Cf. el Prefacio a Pragmatismo, p. 54). La clave para comprender esto, sospecho, es que James consideraba su pragmatismo como un estadio suficiente por sí mismo de su pensamiento; no obstante, se animó por desarrollar, escuetamente, una especie de peculiar ontología empirista de la realidad que se encontraba en perfecta consonancia con las ideas de Pragmatismo, pero que implicaba desarrollos con los que quizá no sería tan fácil comprometerse. En ese sentido, el final del Prefacio citado consistiría en una advertencia al lector: si no se quiere, o puede, dar un paso más, no hay problema; lo que hemos dicho es ya valioso de suyo. Mas esta precisión vale, como dije, en relación a la presentación de las ideas ante la audiencia. Como veremos algo más adelante, se trata de dos proyectos compenetrados y podemos hablar de esta peculiar ontología como la base de su propuesta filosófica. Esta aparente inconsistencia puede llamar la atención, pero se trata de una cuestión que puede explicarse debido al carácter de James y su trato con los distintos auditorios con los que se vinculaba. Él no solía esforzarse por entrar en minuciosas precisiones y conexiones entre sus ideas; trataba más bien de dirigirse a sus lectores o escuchas de un modo que pudiese ofrecerles una perspectiva atractiva para comprender la filosofía. Sobre este tema puede verse el comentario del alumno de James, D. S. Miller, recogido por R. Goodman en American Philosophy and the Romantic Tradition. Cambridge: Cambridge University Press, 1990. p. 70.
Sobre el pensador religioso
Publicado: 01/03/2009 Archivado en: El sentimiento tras la racionalidad, Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, William James | Tags: John D. Caputo, Pragmatismo, Teología débil, Teología de la liberación, Teología pragmática, William James, Wittgenstein Deja un comentario »Cuelgo el siguiente post como un pequeño adelanto de una titánica tarea pendiente: mi tesis de maestría. Las líneas que siguen constituyen el proyecto de investigación que presenté ante el jurado que aprobó mi entrada a la misma. Me pareció que, al ser lo último que he escrito, sería interesante compartirlo aquí en el blog, ya que ofrece una mirada de hacia dónde apunta mi investigación en este momento. En buena cuenta, se trata de la síntesis de mi trabajo de investigación en los últimos años y, en ese sentido, se trata también de la síntesis de la propuesta de este blog. Ahí va!
“El pensador religioso honrado es como uno que baila en la cuerda floja. Al parecer, camina en el mero aire. Su suelo es el más estrecho que pueda pensarse. Y sin embargo se puede caminar realmente en él” (Ludwig Wittgenstein, Cultura y Valor, Af. 415).
El pensador religioso, el que reflexiona sobre la religión, diremos, camina sobre un estrecho sendero. Baila, dice Wittgenstein, al compás de una cuerda muy angosta que reta el equilibrio y la audacia del danzante. Que, precisamente, lo hace bailar por la inestabilidad del espacio que le impide la caminata serena. Es como si caminase en el aire y por ello anda, muchas veces, turbado por el temor a la caída. Y, si no lo hace él, son otros los que le miran perplejos esgrimiendo distintas tentativas, hipótesis. “Debe saber lo que hace”, “Si cae será por propia culpa. Quién le manda correr semejante riesgo”, “Qué coraje admirable”, “Qué esmero en dedicar el tiempo a labores inútiles”, o el simple y sincero “no lo entiendo”. La danza del equilibrista suscita muchas suspicacias, escrúpulos, censuras. No obstante, el danzante del suelo inestable sabe lo que ve bajo sus pies. Él identifica, en la estrechez, el camino: hay realmente por dónde andar. ¿Pero qué camino es ese?, ¿por qué es asociado por Wittgenstein al trazo de los pies del equilibrista?
La estrecha cuerda es, claro, la de la religión. Y es esa, justamente, la senda que pretendemos seguir en esta investigación, el camino que a pesar de su estrechez y eventual oscuridad, sostenemos, es uno por el cual podemos, con dificultad, transitar. Si esto es así corresponderá en el curso de las páginas que han de componer este trabajo probar, diremos ya y mejor, sugerir, que efectivamente hay un camino que recorrer. Hay que mostrar, nótese cuándo y por qué uso las cursivas, al lector que la religión es como la describe Wittgenstein. Y aquí me valgo de la rica ambigüedad de su pensamiento: un pensamiento que, justamente, muestra y sugiere. Luego, no hay nada de exacto, anticipémoslo ya, ni en la religión ni en el pensamiento de Wittgenstein sobre la misma. De eso nos valdremos, precisamente. Nuestro terreno es una cuerda floja que debemos aprender a recorrer en una danza modesta. Porque la religión ha tomado muchos matices en el tiempo y ha sido vista desde ángulos muy diversos. Mucha de la bibliografía antigua, medieval y moderna se ha dedicado a establecer pruebas sobre la existencia de Dios, refutaciones contra el ateísmo o entramados filosóficos personales que se han servido de las ideas de Dios y religión para erigirse más sólidamente; este no es el propósito de nuestra investigación y es por ello que dichos acercamientos a la cuestión no podrían haber sido nuestra fuente. Es así como suscribimos la afirmación wittgesteiniana e introducimos en ella un nuevo matiz. La caminata por la cuerda floja no solo se convierte en una metáfora sobre el terreno complejo para el análisis que supone la religión. La cuerda es un indicador de su fragilidad. La religión como un ámbito que hace patente la fragilidad humana, la del conocimiento, la del moderno presupuesto de la razón desvinculada, la del solo concepto, la de la purga de la inclinación, de las sensaciones. El juego de la metáfora de Wittgenstein, entonces, nos invita a pensar la religión desde su modestia y debilidad, distante del poder al que fáctica y conceptualmente suele estar asociada. Esa menuda cuerda del danzante será siempre, nuestro hilo conductor, literalmente hablando.
Este trabajo estará centrado en el análisis de la religión a través de dos autores que considero constituyen, cada uno a su modo, un aporte fundamental para pensar a la religión como materia de análisis y, a la vez, como reflejo de nuestra humana situación, nuestro carácter condicionado: William James y Ludwig Wittgenstein. El primero, iniciador con Peirce de la corriente pragmatista representa un hito fundacional en la reflexión sobre la religión que aquí sugiero. El proyecto de James es uno solo: esclarecer nuestras ideas, purgarlas de la especulación excesiva que las desvincula de la realidad. No se trata de hacer una teoría más que describa de modo fidedigno la realidad, no hay en esta corriente de pensamiento un afán demarcatorio definitivo ni la esperanza de respuestas certeras a problemas fundamentales. Se trata, más bien, de una revitalización del proyecto mismo de la filosofía como aproximación crítica a la realidad, mas no concluyente. Su inicial formación como químico, biólogo y estudiante de medicina marcó también el curso de su pensamiento: la influencia del empirismo siempre fue definitiva en el modo en que se encargó de reducir los idealismos, las especulaciones desconectadas del ámbito de la experiencia. Y, sin embargo, James jamás fue un determinista. Su experiencia en torno al problema de la creencia -de la voluntad de creer, diría él- enriqueció de un modo admirable aquella importante impronta empirista que hacía de suyo ya suficientemente valioso su pensamiento. La profunda crisis depresiva que sufriera hacia finales de la década de 1860 derivó en un acercamiento fundamental al problema de la libertad, al de la libertad de creer, de optar. Fue necesario que él optase libremente por creer en que no existía tal cosa como el determinismo lo que lo llenó de vitalidad para seguir adelante e imprimir un vigor renovado a su filosofía. Su primer acto de libre albedrío era, justamente, creer en el libre albedrío. Estos dos importantes elementos, a saber, su empirismo y su defensa de la voluntad de creer, hicieron de James un pensador muy flexible e innovador cuyo aporte a la filosofía es innegable, en particular para el tema de la creencia religiosa que ahora nos ocupa. Quede así sugerida como una pincelada solamente nuestra primera entrada al problema de la religión que ocupará esta tesis: abordaremos el fenómeno de la creencia religiosa desde la perspectiva pragmatista desarrollada por James. Para ello, sin embargo, debemos retroceder algunos pasos de tal suerte que podamos dibujar con mediana claridad la teoría del conocimiento que postula James, en particular su noción de verdad. Será solamente de este modo que se hará mucho más inteligible el acercamiento que tiene James a la cuestión de la creencia religiosa. Hemos hecho aquí ya un añadido de relevancia. Esa estrecha cuerda del equilibrista wittgensteiniano es la de la creencia religiosa, la de la experiencia del creyente. Creemos aquí que es ella el elemento que funda la religión entendida como cuerpo teórico o como disciplina. Entendida de este último modo, la religión sólo nos importa como un momento segundo. En un movimiento conceptual, claramente pragmatista, nos conduciremos a la experiencia del creyente para encontrar en ella ciertos asideros de relevancia para la reflexión.
Nuestra reflexión, sin embargo, no se reduce solamente a James. Wittgenstein será el otro pilar de la misma. Hay varios motivos por los cuales el autor vienés nos parece una elección pertinente para el análisis del problema. En primer término se trata de un filósofo cuyas preocupaciones comparten, a pesar de no ser estrictamente las mismas, un cierto suelo común con las de James, al menos en lo referido a la metodología -nos tocará preguntarnos, sin embargo, por la cuestión del método en Wittgenstein. La apelación a los juegos del lenguaje, a la noción de uso, de experiencia, de práctica, reproduce a través de conceptos distintos ideas que de algún modo podemos ver en el pensamiento de James. No hay, quede claro, una mera reproducción o desarrollo por parte de Wittgenstein. El autor del Tractatus ofrece una mirada más compleja, nos parece, a más de un problema analizado también por James y tiene, además, una agenda algo distinta. No propongo, por tanto, más que el establecimiento de ciertos aires de familia entre ambos pensadores. Similitudes conceptuales que serán provechosamente complementarias para un análisis de la experiencia religiosa.
Por otro lado, existe un parentesco más interesante entre ambos, ya no conceptual, sino personal -aunque como diría Wittgenstein a Russell, ¿es que acaso no se trata de lo mismo? Ambos eran dos sujetos turbados por la religión. La vivían intensamente día a día, con peso, con fuerza. La vida de ambos, a la cual dedicaremos porciones importantes de este trabajo, atestigua claramente el influjo de la religión, de la experiencia religiosa en la especulación teórica. No se trata en el caso de estos dos pensadores de biografías que puedan pasar a un segundo plano: las vivencias personales, sobre todo las religiosas, son parte fundante de su quehacer filosófico. Se trata, entonces, de un segundo elemento que hermana el pensamiento de ambos y que hace muy importante la reflexión conjunta. Hasta aquí, sin embargo, no he ofrecido una razón suficientemente autónoma para no haber restringido este trabajo solamente a James. Pero creo que hay una de relevancia. James no era un filósofo del lenguaje; Wittgenstein sí. Mi interés particular en Wittgenstein radica en el deseo de pensar el lenguaje como espacio de manifestación de la experiencia religiosa. Pero no el lenguaje del logocentrismo tan criticado por Derrida, sino aquel que apela al carácter expresivo de la comunicación. No a la mera labor de herramienta de las palabras como vía de transmisión de significados. La respuesta wittgensteiniana a la concepción representacional del lenguaje y su “método” fragmentario y aforístico se convierten aquí en herramientas-como lo sugería Deleuze- para pensar, particularmente, la religión como experiencia religiosa. Luego, siguiendo la pista de James, pero yendo más allá, nos detendremos a pensar el lenguaje para ver cómo este es parte fundamental en la experiencia religiosa, sobre todo en una que implica diálogo intersubjetivo: aquel con Dios y con el otro. Un diálogo al que Wittgenstein dedicó, a su manera, buena parte de sus investigaciones. Hay eso sí, y es bueno notarlo, una diferencia fundamental entre el tratamiento de James y Wittgenstein sobre la religión. El primero la aborda como objeto directo de estudio en más de una obra; el segundo, en cambio, solo se refiere a ella en algunos escritos muy breves y, mayormente, en aforismos y pequeños parágrafos de textos con agenda distinta. Esto es muy interesante en Wittgenstein, quien declarase, contra lo que podría desprenderse del breve tratamiento textual, que nunca pudo dejar de ver los problemas con una perspectiva religiosa. Esta aparente contradicción merecerá una exploración detenida, pero anticiparemos ya que el carácter fragmentario de su pensamiento ofrecerá la mejor pauta para pensar lo religioso, al menos como aquí hemos decidido entenderlo. Se trata, en el fondo, de pensar la religión como pensaba James la racionalidad: a través de los sentimientos que yacen en ella. El hilo conductor de esta tesis será ese, el sentimiento tras la racionalidad, la experiencia ocultada por el concepto, la creencia frágil y humana detrás del rigor y omnisciencia del dogma.
En ese sentido, terminaremos el trabajo con una última sección dedicada a analizar la indagación religiosa de James y Wittgenstein desde la mirada de un importante filósofo contemporáneo: John D. Caputo. Un autor cuya materia directa de análisis es la religión y que ha dedicado numerosas obras a dicho estudio. Nos valdremos de varias de sus herramientas conceptuales para, finalmente, organizar nuestros progresos en el examen de los dos autores que nuestra tesis investiga.
