Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (IV)

Para terminar, agrego la parte final del ensayo:

Dicho esto, creo que es pertinente volver a las preguntas con las que inauguramos esta parte del ensayo. ¿Qué sucede aquí con las nociones de contexto, comunicación y sentido? Sospecho que ya puede intuirse la respuesta. Derrida no tiene como enemigo a Austin, probablemente lo encasilla dentro del marco de la filosofía analítica que lleva la impronta de la concepción lockeana de lo mental. En ese sentido, lo que objeta Derrida no son ni el «sentido», ni el «contexto» ni la noción de «comunicación» que hemos venido desarrollando aquí. Todo lo contrario, con matices, las avala. Lo que se recusa es una idea de comunicación que implica la reproducción de una esencia inmutable de la realidad. Se rechaza una noción de sentido asociada a la idea de significado de los analíticos como Russell, esto es, la remisión libre de toda mácula a los sense data como instancia última y garantía de lo real. Se rebate una concepción de contexto como vehículo para la perfecta manifestación de ese contenido pulcro de la conciencia. No me interesa aquí entablar una defensa argumentativa de Austin, menos de Agustín; simplemente creo que estas precisiones son importantes si es que queremos notar un hilo conductor que atraviese los temas y autores que hemos idos presentando. Es evidente, que hay distancias importantes entro estos autores. El tratamiento de la noción de contexto es distinto, hay cierta oscuridad en la idea de comunicación, etc. En ese contexto, me parece que la crítica al performativo que desarrolla Derrida se sostiene. No porque el performativo constituya una noción lingüística insuficiente, sino porque las intenciones de Derrida consideran desechable el carácter contextual. Más claro: sostengo que conviene tomar una opción media entre ambos autores ya que ofrecen más elementos enriquecedores juntos que puestos en confrontación. Ciertamente, noto en Austin un excesivo interés por la determinación del contexto. A su vez, percibo en Derrida una cierta vacuidad respecto del destino de la comunicación, que termina confiando excesivamente en la ausencia de contextos. Conviene optar por una suerte de opción armoniosa entre ambos que recoja los puntos más sugerentes. Es por ello que introduje como marco el ejemplo del texto bíblico.

El texto se escribe con una intención, la invitación a la fe a través de la lectura de los “hechos” acaecidos en la historia de Israel. ¿Se piensa en un destinatario? Inicialmente sí, el pueblo judío. Lo interesante es que hay en la Biblia toda una dinámica propia cuya masificación hace patente. El destinatario ideal se pierde en el tiempo, todos leen el texto. ¿Los escritores? Como bien indica Agustín pasan a un plano secundario, lo que importa es el mensaje. ¿Y el mensaje? Pues tampoco es uno solo; o, si lo es, es una unidad muy distinta a un monolito de saber cartesiano de la Mathesis Universalis. Todo parece indicar que el marco interpretativo que hemos tomado de Derrida, esto es, la noción de lo grafemático, nos sirve con suficiencia para explicar el fenómeno. Además, Derrida vindica la autonomía del texto, su dinamismo histórico y su presencia no-presente (lo que en el lenguaje bíblico se conoce con la idea de memorial). Si esto es así, ¿no estamos avalando una lectura que se contradice con nuestra presentación del performativo bíblico? Sostengo que no, más bien la completa. Creo que Derrida llena de una vitalidad nueva el enfoque que habíamos sugerido desde la mirada de Austin. Se concentra más en el carácter de ordenado caos que ofrece la lingüisticidad en todo su esplendor, su historicidad y su contingencia. Es una mirada fresca de un problema que convenía atender desde más de un flanco. Sin embargo, creo que es conveniente matizar la objeción al contexto que desarrolla el autor de la Gramatología. Creo que Derrida pierde un poco de consistencia cuando derriba la idea de contextualización asociándola de modo indesligable a la noción de permanencia. El error, me parece, radica en atar innecesariamente ambos conceptos. El dinamismo y la vitalidad de lo lingüístico pueden aparecer perfectamente en un contexto de manifestación porque en el fondo el texto, sea cual fuere, sí tiene un contenido. El contenido no es uno solo, varía y está sujeto a interpretación; pero las páginas que leemos están pensadas con ciertos fines y tienen ciertas oraciones y ciertas palabras que permanecen, al menos en tanto inscripciones. Hay entonces siempre ciertos marcos muy tenues y flexibles que permiten, no obstante, ese vital desarrollo de lo que se quiere comunicar. Un ejemplo claro es el de la caridad en el texto bíblico. Dicho modelo no implica el esquema presencial que Derrida objeta, es decir, un modelo de representación cognitiva y de adecuación estática; implica una pauta amplia que engloba el dinamismo ético de un texto que es parte de nuestra tradición occidental hace ya muchos siglos. Al atar el contexto a su crítica a la presencia ideacional, lo que hace nuestro autor es lastrar un elemento fundamental en nuestra constitución de mundo: la tradición. Y esa desatención a la tradición puede ser muy negativa ya que es capaz de traer de regreso al mismo problema del que escapábamos, a saber, un imperialismo conceptual que se erige por encima de la historia. El aliento vital que se transmite en la historia nos remite al carácter relativo y contextual de nuestra existencia, de nuestras verdades y de nuestra interpretación del mundo. Nos abre ante una experiencia de transitoriedad tan feliz como angustiantemente humana y ella nos entusiasma y nos aterra a la vez. El camino de lo contextual y de la tradición nos conduce por una ruta distinta a conclusiones del mismo tipo que las ofrecidas por Derrida, pero con la ventaja de poder rescatar un elemento que consideramos primordial: el humano suelo de compartir el devenir con el otro.

 

 

 

 

 

 

 


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (III)

Cuando Derrida problematiza en Firma, acontecimiento, contexto la noción de «comunicación» lo hace mediante la crítica a la idea de «contexto», se trata expresamente de un texto que cuestiona los desarrollos de Austin en torno a lenguaje ordinario. Dos son las premisas de Derrida:

“  1) Señalar la insuficiencia teórica del concepto ordinario de contexto […].

2) Hacer necesarias una cierta generalización y un desplazamiento del concepto de escritura. Este desde este momento no podría ser comprendido bajo la categoría de comunicación, si al menos de la entiende en el sentido restringido de transmisión de sentido”[1].

 Se objetan así, dos niveles de las tesis austinianas que hemos avalado en las páginas anteriores, a saber: que sea necesario el contexto para la validación del performativo, esto es la [P]palabra en sentido bíblico; y que el texto tenga pretensiones de transmitir sentido. Ambas son tesis fuertes que habrá que someter a escrutinio, habrá que examinar al menos dos cosas: uno, si son tan fuertes como parecen; dos, si se sostienen como argumentos capaces de desbaratar las tesis de Austin. A este examen nos dedicaremos en lo que sigue.

 Derrida inicia el estudio del problema mediante la exploración de la escritura. Detecta en ella, ya desde Condillac, un elemento importante: que está pensada para las personas ausentes. No obstante, la escritura desde ese entonces se ha pensado, sostiene Derrida, dentro del modelo representacional de lo mental. Se trata de un modelo que obviamente avala Condillac, con las tensiones que ya conocemos, claro:

“El carácter representativo de la comunicación escrita —la escritura como cuadro, reproducción, imitación de su contenido— será el rasgo invariante de todos los progresos subsiguientes. El concepto de representación es indisociable aquí de los de comunicación y de expresión […]. La representación, ciertamente, se complicará, se darán descansos y grados suplementarios, se convertirá en representación de representación en las escrituras jeroglíficas, ideográficas, luego fonéticas-albaféticas, pero la estructura representativa que señala el primer grado de la comunicación expresiva, la relación idea/signo, nunca será relevada ni transformada. Describiendo la historia de los tipos de escritura, su derivación continua a partir de un común radical, que no es nunca desplazado […]”[2].

 Como puede verse en la cita, de lo que se trata es de objetar, precisamente, el modelo de escritura que se describe. Uno que tendría que pensarse como gradación sucesiva de un supuesto original al que representa, pero a cuya íntegra perfección no accede. Por eso la ausencia de la presencia —esto es, la escritura— se concibe como modificación de lo originario. Derrida critica esa concepción genetista del origen de la escritura ya que nos remite a una suerte de fondo primordial, que además tiende a ser cognitivo. En el fondo, lo que ataca Derrida es la noción de sentido:

“La comunicación desde este momento sirve de vehículo a una representación como contenido ideal (lo que se llamará el sentido); y la escritura es una especie de esta comunicación general”[3].

 Esto nos ayuda a ir esbozando alguna respuesta para las preguntas que planteamos. ¿Habla aquí Derrida del mismo «sentido» del que hemos hablado nosotros mediante los aportes de Agustín y Austin? Creo que se va haciendo obvio que no. Derrida ataca a otro enemigo, solo que lleva el mismo nombre. Aquí el sentido es contenido ideal, es representación cognitiva y perfecta de la realidad. Nada más lejos del performativo bíblico que hemos querido presentar cuando abordamos la noción de [P]palabra. Pero esta crítica solo va cobrando adecuado sentido cuando Derrida empieza a detallar el vínculo determinante que existe entre la ausencia y la escritura. Para Derrida, lo esencial de la escritura es que no necesita en absoluto de la presencia de quien la llevo a cabo: “[u]na escritura que no fuese estructuralmente legible —reiterable— más allá de la muerte del destinatario no sería una escritura”[4]. Esto queda mucho más despejado si revisamos lo que concluye Derrida, en largo fragmento, líneas más abajo:

 “Esto implica que no hay código-organon de iterabilidad que sea estructuralmente secreto. La posibilidad de repetir, y en consecuencia, de identificar las marcas está implícita en todo código, hace de éste una clave comunicable, transmisible, descifrable, repetible por un tercero, por tanto por todo usuario posible en general. Toda escritura debe, pues, para ser lo que es, poder funcionar en la ausencia radical de todo destinatario empíricamente determinado en general. Y esta ausencia no es una modificación continua de la presencia, es una ruptura de presencia, la «muerte» o la posibilidad de la «muerte» del destinatario inscrita en la estructura de la marca (en este punto hago notar de paso que el valor o el efecto de transcendentalidad se liga necesariamente a la posibilidad de la escritura y de la «muerte» así analizadas). Consecuencia quizá paradójica del recurrir en este momento a la repetición y al código: la disrupción, en último análisis, de la autoridad del código como sistema finito de reglas; la destrucción radical, al mismo tiempo, de todo contexto como protocolo de código”[5].

 Examinemos con cuidado este importante pasaje. Lo primero que se dice es que no hay una suerte de código-organon secreto de iterabilidad de lo escrito. Aquí Derrida es muy claro en su toma de partida. La escritura no implica una esencia, una intención originaria que ha de ser captada por una suerte de marco predeterminado de asimilación. Más bien, el texto mismo tiene una suerte de dinámica inmanente que lo hace inteligible y, esto es lo importante, sin que tenga que mediar para ello presencia actual alguna. Esto implica que no hay destinatario ideal ni intenciones del autor que develar, al menos, diría yo, en el sentido de la adecuación mente-cosa de los modernos[6] (este al menos será relevante después cuando hagamos un balance de la perspectiva del autor francés). Por eso para nuestro autor, la escritura implica, básicamente, ruptura con la presencia. Solo es trascendente la escritura cuando nociones como presencia y destinatario desaparecen. Insisto una vez más, la crítica es al cognitivismo representacional, no hay que perder eso de vista.

 


[1] Derrida, J. Firma, acontecimiento, contexto. En: Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, 1998. p. 3 (de la edición virtual). Las primeras cursivas son mías.

[2] Ibid. pp. 4-5.

[3] Ibid. p. 6.

[4] Ibid. p. 7.

[5] Ibid.

[6] Esto lo había visto también de modo muy lúcido H.G. Gadamer en Verdad y método cuando criticaba allí a la noción romántica de genio.


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (II)

Quiero entender desde aquí al texto bíblico en clave dialógica, esto es, englobarlo en la noción, también bíblica, de palabra. El evangelio de san Juan se inaugura con unas líneas sugerentes:

“En el principio estaba la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. [...] Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres [...] La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”[1].

 Lo primero que hay que entender para una adecuada interpretación, es lo siguiente: hay una identificación, sumamente interesante por sus consecuencias, entre Dios y la [P]palabra[2]. Aquí palabra, significa Dios  y significa a la vez palabra escrita en el corpus bíblico. Esto ya es un indicador de hacia donde estamos apuntando. Esto se sintetiza de un modo más claro aún en la figura de Cristo: el nazareno es Verbo. No sólo eso, sino que la palabra crea. De donde se hace evidente el carácter dinámico de la [P]palabra. Dios, que es Palabra, se expresa en la historia y lo hace a través de la palabra escrita. Dios se comunica al creyente por medio de su [P]palabra, a saber, el Hijo del Hombre. Lo sugerente aquí radica en la ambigüedad y en la identificación. El lector del corpus bíblico casi siempre puede entender «palabra» en ambos sentidos sin que la integridad de la significación del texto se vea afectada. Mi tesis es que ello proviene de que, en cualquier caso, lo que prima en cualquiera de las dos lecturas es la condición performativa del enunciado. Siempre, «palabra», es acto de habla en el sentido austiniano del término. En lo que sigue paso a fundamentar el punto asociando la interpretación de Austin del lenguaje ordinario con la recusa agustiniana al modelo representacionalista de la verdad.

 Sostiene Austin en su primera conferencia de las William James Lectures de 1955 en la Universidad de Harvard:

 “[…] los filósofos han presupuesto que el papel de un “enunciado” sólo puede ser “describir” algún estado de cosas, o “enunciar” algún hecho con verdad o falsedad”[3].

 Sin embargo, objeta Austin que esta sea la única forma en la que aparece el lenguaje en nuestras relaciones comunicativas. Existen, por ejemplo, “las «proposiciones éticas» [que] quizá persiguen manifestar emociones, exclusiva o parcialmente, o bien prescribir conducta o influirla de maneras especiales”[4]. Para Austin, reducir el lenguaje a enunciados que describen la realidad en términos de verdad o falsedad no es otra cosa que caer en la llamada «falacia descriptiva». Es en ese contexto que Austin introduce la noción del «realizativo», que nosotros conservaremos a través de la castellanización de su forma inglesa como «performativo». Sobre él, Austin hace dos precisiones fundamentales para la problemática que nos ocupa en este ensayo. Así, las expresiones performativas tienen dos características cardinales:

 “A) no “describen” o “registran” nada y no son “verdaderas” o “falsas”; y

B) el acto de expresar la oración es realizar una acción, o parte de ella, acción que a su vez no sería normalmente descrita como consistente en decir algo”[5].

 Como puede notarse, los dos puntos de Austin avalan la tesis que hemos estado sosteniendo hasta aquí. En primer lugar (A), el lenguaje no puede reducirse exclusivamente a su función de representar al mundo de modo “verdadero”. Justamente por ello (B), existen usos del lenguaje en los cuales la función del mismo es expresiva: a partir del uso del lenguaje en esos caso lo que se quiere es realizar algo, diríamos, jugando un poco con el castellano y el inglés, hacer una performance. Esto es fundamental si extendemos la reflexión austiniana al problema del lenguaje bíblico. Es evidente que dicho lenguaje tiene una cosmovisión acerca del mundo; no obstante, no hay exigencia en él de agotar la realidad de modo absoluto como lo pretende el positivismo. Todo lo contrario, lo vimos en Agustín, lo que se plantea es un modelo intersubjetivo para la constitución de lo verdadero. Y es por la misma razón que nuestra reflexión previa en torno a la «palabra» se condice muy bien con el segundo punto esgrimido por Austin. Es cierto que no todos los enunciados bíblicos están en primera persona y que no implican en sentido estricto lo que nuestro autor entiende como performativo; empero, una lectura más profunda sí ofrece tal coincidencia. La primera objeción que podría hacerse es que el mismo hecho de tratarse de un texto quita el carácter performativo al acto de habla: se trataría de una experiencia de segunda mano y que, por tanto, ya no coincide con el modelo austiniano. Bueno pues, esto es legítimamente pensable; sin embargo, es una objeción que se desmonta cuando uno se mete de lleno en el juego del lenguaje que implica el entramado bíblico. Pensemos simplemente en lo siguiente, ¿cómo define Austin el performativo? Pues, en su versión más simple, de esta manera: “Indica que emitir la expresión es realizar la acción”[6]. Curiosamente, esto es lo que esta a la base de la noción de «palabra» en el corpus testamentario. La «palabra» se entiende en ese contexto de uso como conectada necesariamente a la acción. Por eso la palabra crea, por eso palabra es verbo, es la pasión del crucificado. Se trata siempre de un texto pensado todo como performativo. Solo hace sentido en la medida en que se-realiza, se-actúa. Es verdad, el texto es texto; pero dijimos varias líneas arriba que su naturaleza misma estaba pensada para trascenderse a sí mismo y encarnarse en la vida. Así, la narración bíblica es, o debe ser, generadora de la experiencia creadora que narra. El texto, como ya dijimos a la luz de San Agustín, sólo se-hace cuando se incorpora en la vida del creyente a través, justamente, de la realización de la caridad. Esto, a su vez, entra dentro del marco contextual que exige Austin para que se valide adecuadamente el performativo. Efectivamente, hay una serie de condiciones que deben de cumplirse para que tal acto sea válido. Nosotros en clave agustiniana, podemos decir sin problema, verdadero. ¿Pero no había dicho Austin que el performativo era justamente, no aseverativo? Sin duda. El asunto es que hemos dicho ya que en el caso bíblico la verdad se entiende en términos de expresión de la caridad, y en ese sentido la contradicción desaparece. Aquí verdad se parece mucho más a la expresiva validez que constituye el contexto del que nos habla Austin. Dice, por ejemplo, el filósofo:

 “Hablando en términos generales, siempre es necesario que las circunstancias en que las palabras se expresan sean apropiadas, de alguna manera o maneras. Además, de ordinario, es menester que el que habla, o bien otras personas, deban también llevar a cabo otras acciones determinadas “físicas” o “mentales”, o aun actos que consisten en expresar otras palabras”[7].

 Queda claro que es fundamental que se den las “circunstancias apropiadas” para que el performativo se realice. Sin ellas, el acto de habla se invalida; no se hace falso, simplemente se anula. ¿Qué pasa en el contexto del discurso religioso al que hacemos referencia? Lo mismo. No sólo es necesario que se diga que el texto tiene tal o cuales características que invitan a tales o cuales acciones. El texto se realiza si acaece el principio de la caridad en la acción. Y no sólo eso, sino que como indica Austin, implica también una instancia de validación intersubjetiva, comunitaria. Así, la experiencia religiosa no es fundamentalmente individual, como cree William James[8]; sino esencialmente comunitaria. El amor no se práctica en relación vertical con lo divino; sino que solo es auténtico cuando horizontalmente se extiende al hermano. Hasta aquí nuestra pequeña presentación de Austin, en lo sucesivo pondremos sobre la mesa algunas tesis de Derrida con la finalidad de ver cómo complementan o contradicen lo hasta aquí trabajado.


[1] Jn 1, 1,3-4; 1, 9

[2] Esta forma de escribir «palabra» quiere hacer notoria la ambigüedad que implica. La mayúscula nos remite a lo divino; la minúscula, al texto.

[3] Austin, J. L. Palabras y acciones. Buenos Aires: Paidós, [s/d]. p 41.

[4] Ibid. p. 43.

[5] Ibid. p. 46.

[6] Ibid. p. 47.

[7] Ibid. p. 49.

[8] Sobre esto habría que hacer alguna precisión. Como bien indica Charles Taylor en su comentario a Las variedades de la experiencia religiosa de James, la visión de la religión del fundador del pragmatismo es algo estrecha porque solo mira desde el ángulo del cristianismo protestante y del trato básicamente individual con lo divino. Efectivamente, James pone en un lugar muy secundario a las “iglesias” porque cree que son portadores del dogma y del oscurecimiento de la experiencia auténtica. No se equivoca demasiado, sin embargo. El punto es que su ataque va hacia las jerarquías eclesiales. La experiencia de las comunidades de base siempre ha sido mucho más compleja y, más bien, enriquecedora de la primera experiencia individual; que, usualmente, desaparece sin el respaldo de la tradición y el intercambio intersubjetivo.


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (I)

Después de algunas semanas sin nuevos textos, presento aquí un trabajo que creo ofrece algún aporte de interés sobre las relaciones que existen entre la filosofía del lenguaje y el lenguaje religioso. Siguiendo la pauta de algunas otras de mis publicaciones, quiero jugar ahora con un par de autores nuevos en este blog: Austin y Derrida. Quiero articular dos textos suyos para pensarlos desde San Agustín. El propósito será echar algunas luces sobre el lenguaje bíblico que quizá no han sido exploradas todavía. Los dejo con la primera entrega del texto.

El presente ensayo tiene como finalidad abordar el problema del lenguaje desde una perspectiva particular, la que compete a sus repercusiones en el discurso religioso. La mirada se detendrá en dos perspectivas del problema que considero de relevancia. En primer lugar, atenderemos al carácter independiente que cobra el texto bíblico después de haber sido escrito. La independencia, podemos esbozar ya, radica en los fines a los que apunta. El texto tiene una dinámica particular, la de constituirse en la acción. En ese sentido, apelaremos a San Agustín para examinar dicha problemática. En un segundo momento, analizaremos los elementos vistos a la luz de algunos temas del estudio del lenguaje llevado a cabo por Austin. Finalmente, observaremos las objeciones de Derrida tratando de establecer puentes entre ambos autores.

 Quizá la pregunta que tendríamos que plantear es la que sigue: ¿cómo podríamos interpretar las pretensiones comunicativas del discurso evangélico a través de una reflexión filosófica sobre el lenguaje? Trataremos de responder a esta interrogante en lo que sigue, deteniéndonos primero en la hermenéutica del obispo de Hipona. Uno de los principios básicos de la hermenéutica bíblica elaborada por San Agustín podría resumirse de la siguiente manera y en sus propias palabras:

 ”¿Quién de nosotros halló esa intención, de modo que pueda decir con certeza que esta fue la intención de Moisés y que esto fue lo que quiso que se entendiera en aquella narración?” (Confesiones XII, 24).

 Como se puede ver a la luz del pasaje citado, lo que se cuestiona aquí es la posibilidad de develar las intenciones del autor. El texto, sea este cual fuera, ostenta una libertad que supera el trazo de quien lo escribió. Ya en el siglo tercero de la era cristiana, Agustín había hecho manifiesto un problema fundamental, a saber, que la perfecta adecuación entre la intención del autor y la interpretación del lector no es más que una quimera. ¿Pero cómo afecta al creyente el problema de la in-adecuación al que hacemos referencia? Esto sólo puede entenderse a la luz de los demás pasos que Agustín da para completar su esquema de interpretación. Si se recusa la posibilidad de establecer una perfecta simetría entre enunciado y realidad, tiene que ofrecerse un tipo de alternativa que reemplace este modelo. La alternativa del obispo, creo que yo, nos pone de cara ante su sugerente manera de abordar la religión y la filosofía del lenguaje inmersa en el texto bíblico; además se trata, me parece, de un autor tremendamente innovador y un precursor olvidado de muchas versiones dinamistas de aproximación a lo lingüístico. A lo que apela Agustín es al hecho de que el texto bíblico tiene un carácter mostrativo y dinámico. Cuando comenta acerca de las intenciones del autor nos quiere dar a entender que hay un elemento trascendente al acto mismo de lectura. El corpus bíblico con toda su narrativa intertextual quiere mostrar al creyente algo, quiere que el creyente encuentre en él, y a través de la lectura, la verdad. En ese contexto aparece un nuevo problema, ¿qué significa eso de que el texto bíblico pretende mostrar, expresar podríamos decir, la verdad? Dice Agustín:

“Por eso, Señor, tu verdad no es mía ni de aquél, sino de todos nosotros, a cuya comunicación pública nos llamas, advirtiéndonos que no queramos poseerla privada, para no vernos privados de ella” (Confesiones XII, 25).

 Como dije, Agustín se adelanta profundamente a concepciones de la verdad mucho más contemporáneas que atienden a la constitución de lo verdadero de modo intersubjetivo y cuya esencia radica en su carácter comunicativo. No hay lenguaje privado, afirmaba Wittgenstein contra los positivistas lógicos, y por tanto no hay verdad que se restrinja al solipsismo cartesiano y que pueda pensarse sin lenguaje; ergo, la verdad tiene, per se, una condición fundamental: su comunicabilidad. En ese sentido, hay un fino juego que se da en la interacción entre el texto que muestra y el creyente que de deja penetrar por ese mostrarse. Pero, a la vez, ese mismo creyente lleva al texto su propia vitalidad y lo renueva, lo re-lee, lo re-llena de sentido. El creyente y el texto juegan, intercambian, crean. El texto dice la verdad, pero el creyente la interpreta. Y si hay interpretaciones, preguntarían los entusiasmados por la positividad de los hechos, ¿dónde está la verdad? Pues la verdad tiene un solo lugar, el único que podría tener: la historia, la vida, el cambio. ¿La verdad no es una?, replicará el vehemente buscador de monolitos de segura certeza. El seguidor de Agustín no negará aquello, pero dirá que tal verdad acaece y se ejecuta en la experiencia humana. Luego, el texto bíblico no responde a un modelo representacional de la verdad; está mucho más cerca de una aproximación expresivista que atiende a la vitalidad de lo humano y que en ella se inserta. A lo transitorio y fluctuante se dirige para constituirlo, vivificarlo, transformarlo. De aquí se hace obvia una primera conclusión: el discurso religioso -el bíblico en particular- no tiene pretensiones teóricas, sino prácticas. La atención de la religión no está en erigir modelos probatorios; lo que pretende es hacer feliz al creyente. Es por ello que Agustín desarrolla lo que se suele conocer como el principio hermenéutico de la caridad, que podemos resumir con sus propias palabras:

 ”Mas la Escritura no manda, sino la caridad [...] Narra las cosas pasadas, anuncia las venideras y muestra las presentes, pero todo esto se encamina a nutrir y fortalecer la misma caridad [...]“[1].

 Verdad implica en el contexto bíblico, fidelidad al principio de la caridad, que no es otra cosa que el conocido “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo” (Lc 25, 26-27). De esta manera, una interpretación representacional de la verdad será inadmisible ya que deberá estar sujeta no a la adecuación, sino a su manifestación. El principio hermenéutico de la caridad de Agustín es determinante en la medida en que respeta la libertad que la misma Escritura ofrece al creyente, la libertad de que sea él quien en un encuentro personal experimente la verdad acaeciendo en su vida a través de la superación de la inmanencia del escrito sagrado. Podemos ver ya desde esta breve cita cuáles eran las motivaciones hermenéuticas de nuestro autor. La remisión última a la caridad como una suerte de canon de medición de la autenticidad del texto sagrado no es otra cosa que la fiel expresión, esta vez en clave hermenéutica, de la conocida sentencia del evangelio de Lucas que está a la base de todo el cristianismo. El principio hermenéutico de la caridad que propone Agustín no es más que la coherente puesta en escena del mandamiento nuevo del nazareno con lo cual se hace manifiesta mi lectura acerca de la verdad: a saber, es de tal radicalidad el imperativo del amor que no hay en la Biblia texto alguno que pueda ser considerado sagrado si no se somete a dicho imperativo. Esto, claro, por una razón capital: si el texto es palabra revelada que condiciona la acción concreta del creyente, sólo al entender la verdad como expresión de la caridad, esto es, no de modo teóricamente mensurable, sino prácticamente constatable; solo así es posible que la Escritura sea espacio de apertura y libertad y no de imperialismo conceptual. La Biblia deja de verse, así, como un texto dador de razones; puede comenzar a entenderse como un libro que comunica experiencias. No prescribe, invita. No somete, sugiere. Cada palabra puesta en cursivas se coloca en contraste con las que las preceden. Lo que se quiere insinuar es una lectura de la religión que renuncie al modelo representacional de la realidad[2]. Un texto sagrado que no sea entendido como garante del dogma y la represión. La idea es ver un libro que propiamente no es libro, sino vida en plena manifestación. Que es, más bien, acto comunicativo, acto de habla. Para desarrollar las ideas que se siguen de esta afirmación me concentraré en dos autores y una noción. Trabajaremos paralelamente con Austin y Derrida en torno la noción de palabra-verbo en el texto bíblico.


 

[1] San Agustín. De Doctrina Christiana. Madrid: BAC, 1947. Liber III, Caput X, 15-16

[2] Dicho sea de paso, el modelo cientificista acerca de lo verdadero no fue el que primó sino hasta el siglo XII. Antes del reencuentro de la lógica de Aristóteles, el modelo que tuvo preponderancia fue el agustiniano. Luego, como sabemos, la pauta la dictó Tomas y su neo-aristotelismo.


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