Hannah Arendt y la senda aristotélica (IV)
Publicado: 02/06/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant Deja un comentario »Partiendo del marco propuesto, lo que nos queda decir es que, al parecer, Arendt no opta por Aristóteles para la cuestión del juicio porque, como ella misma sabe, la EN ofrece un problema grave y sugiere sin más que la contemplación es la forma más enaltecida de vida para el hombre. Esta forma de interpretar el texto nos conduce, claro, a un conflicto fuerte con la filosofía de Arendt que había diferenciado el juicio dedicado a lo particular de la mera abstracción teórica[1]. Como sabemos, Arendt trata de reconducirnos al mundo de la apariencia renunciado a las falacias de la metafísica, al más allá y a las verdades eternas que nos retiran del mundo[2]. Arendt veía con ojos de sospecha el pensar[3] y lo hacía en virtud de la gran capacidad que habían tenido los pensadores para evitar este mundo concreto, el de la fragilidad humana narrada en LCH. Arendt había privilegiado ya desde finales de la década del sesenta el valor del diálogo como constitutivo de la acción y de la política. Todas las obras de Arendt están marcadas por el sello de la senda inaugurada en LCH: el ámbito de la política es el ámbito de la libertad y del diálogo en la diferencia, esta lexis es necesaria porque el mundo de la acción, el mundo de la apariencia es el único que tenemos y en él pueden suceder las cosas más impredecibles, desde las más grandes conquistas de la libertad hasta los más oscuros pasajes de la historia, como el del nacional-socialismo encarnado en Eichmann.
Para Arendt, este tipo de episodios no son más que la señal de la ausencia de juicio, de la incapacidad para ponerse en el lugar del otro, de la limitación para atender al problema concreto de cómo debe uno actuar ante una situación dada. Si este es el esquema, es obvio que Arendt no podía optar por el Aristóteles del libro décimo de la EN. Es por ello que decide optar por Kant, no porque vea en Kant a un pensador que directamente plantea la cuestión del juicio en los términos que ella necesita, pero sí porque ve en él a un pensador que puede servirle de invitación para pensar lo particular en su conexión con la comunidad.
La tesis que aquí hemos propuesto nos deja convencidos de que era ese el propósito de Arendt y la crítica que hemos desarrollado no quiere debilitar la fuerza de sus conclusiones, sino mostrar que a nivel teórico sostenerse en Kant no es la mejor opción. Lo que proponemos como alternativa es apelar a la phrónesis aristotélica. Pero para ello hubo que despejar el camino de la posible razón por la cual Aristóteles no fue la pauta escogida por Arendt, esto es, la aparente escisión entre contemplación y vida práctica. Superado el impasse nos parece claro que en Aristóteles se encuentra la fuente más importante para el pensamiento político de Arendt y que podemos ver en él un sendero renovado para pensar la fragilidad humana desde su contextualidad, a partir de la experiencia del diálogo y del profundo anclaje en el compartir comunitario. La puerta queda abierta, toca tender con firmeza los puentes.
[1] Lo curioso es que también Aristóteles hace esta diferencia con mucha claridad. En 1142 a 10-20: diferencia al hombre prudente (phronimós) de los geómetras y matemáticos que sí pueden ser muy jóvenes. La diferencia radica en la experiencia. El joven puede teorizar sin problema, pero no tiene aún la experiencia para conducirse, con juicio podríamos decir, en la vida práctica. Creo que no es solo un parecer mío el hecho de que esta apreciación es muy similar a la crítica arendtiana a los pensadores que pueden ser muy duchos en la elucubración, pero tremendamente limitados en el juicio para lo particular-práctico.
[2] Arendt, H. De la historia a la acción. Barcelona: Paidós, 1995.
[3] De esto da cuenta, entre otras cosas, el epígrafe con el que cita a Heidegger en la Introducción de “El pensamiento” en La vida del espíritu: “El pensar no conduce a un saber como el de las ciencias. El pensar no produce ninguna sabiduría aprovechable para la vida. El pensar no descifra enigmas del mundo. El pensar no infunde inmediatamente fuerzas para la acción”.
Hannah Arendt y la senda aristotélica (III)
Publicado: 28/05/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Ética a Nicómaco, Crítica de la Facultad de Juzgar, De anima, Hannah Arendt, John Dudley, W.F. R. Hardie Deja un comentario »
Después de un largo desarrollo que ha incluido un recorrido por la Metafísica y el De partibus animalium para examinar el rol de la meditación teórica, Hardie[1] vuelve sobre el papel de nous para terminar su exposición y esbozar una suerte de respuesta frente a la compleja contradicción que encontramos en la valoración de la actividad contemplativa. Como sabemos, la actividad teorética está profundamente vinculada con el rol de la parte más divina del alma, el nous. La tesis que sostiene Hardie consiste en afirmar que no hay sustento textual en la obra aristotélica, tomada de modo integral, para afirmar que “la virtud de la mente está separada” (EN 1178 a 22).
Su trabajo se remite al De anima (DA) y a las vinculaciones que allí se ofrecen entre los procesos mentales y los condicionamientos corporales[2]. Si bien es cierto que el libro décimo de la EN habla explícitamente del intelecto como separado del resto de facultades del alma, tanto el resto de la EN como el De anima mencionan a la razón como una unidad y no ofrecen pista alguna para pensar que ella se encuentra separada. Además, el DA ofrece un argumento estructurado al respecto, muy lejos de la mención poco elaborada de la EN. Por lo tanto, considera Hardie, debemos ver en la doctrina expuesta en el DA sobre la naturaleza del entendimiento una clave de lectura para el rol del nous en la EN.
Es importante notar que en el DA, Aristóteles dice que la parte pensante del alma es impasible; pero esto se refiere a que no padece afecciones en el sentido físico del término —“en tal caso poseería alguna cualidad, sería frío o caliente”[3]— mas eso no quiere decir que ella no cambie. De hecho lo hace, pero en el sentido de transitar de la potencia al acto (DA III, v). Además, el mismo acto de pensar está condicionado por la imaginación y la memoria, como el mismo Aristóteles indica. Esto es, no se trata de que el nous sea una suerte de receptor estático en la contemplación, sino que tiene un carácter dinámico (esta cuestión particular, veremos, es la que lo conecta con la phrónesis).
Hardie arguye que la división que Aristóteles realiza entre intelecto activo y pasivo se convierte en la clave para responder al problema acerca del papel del nous. En la medida en que el intelecto paciente se encuentre vinculado en toda nuestra actividad pensante, no hay razón para pensar en la existencia de una división entre nuestras actividades intelectuales. No al menos en el sentido de una división tajante y excluyente; sí quizá si lo pensamos como doblemente orientado, pero siendo uno solo. Es en esa línea que las observaciones de Dudley se vuelven valiosas ya que terminan de dar sustento a la ya importante argumentación de Hardie.
Según Dudley en las Éticas hay hasta tres grandes usos de la palabra nous [4]:
- Como facultad, lo cual se suele traducir como intelecto. Sería la parte racional del alma entendida como un todo. En esta acepción, se trataría de un sinónimo de noesis y dianoia, en tanto ambas indican el pensamiento en general. Para la EN este uso recae sobre todo en los últimos dos libros, con algunas excepciones fuera de este parámetro, como 1139a18, que corresponde al libro VI.
- Como función o modalidad de empleo de la parte racional del alma, se subdivide en:
2.1 Intelecto teórico: que refiere a la función contemplativa y que coincide con el sentido convencional de la idea de intuición intelectual.
2.2 Intelecto práctico: función práctica o desiderativa de la parte racional del alma. Con este significado Dudley señala que Aristóteles se refiere a la elección como orektikos nous, expresión con la cual se entiende la parte desiderativa del nous. De donde se sigue que no se trata, en el caso de la elección práctica, de una cuestión escindida; sino, paralela.
3. Como cualidad (hexis):
3.1 del intelecto teórico: en este caso indica una virtud particular de la parte científica, que a la vez pertenece a la parte racional del alma; es decir, de la facultad de la intuición racional, por medio de la cual el nous capta de modo correcto los primeros principios que son indemostrables. En este modo es una parte de la sophia. Y en este sentido, en tanto capta definiciones, se contrapone a la phronesis. Sería este el sentido usado en los capítulos vi, vii, y viii del libro VI de la EN.
3.2 del nous orektikos. Indica el elemento intuitivo presente en la phronesis. Significa, por tanto, aquel tipo particular de prudencia que capta los hechos singulares (o la premisa menor del silogismo práctico[5]). En este sentido sería una areté/ de la parte razonadora o deliberativa. Este uso parecería corresponder a su significado popular como buen sentido o inteligencia (sabiduría) práctica[6]. Sería este el uso que se le da en el capítulo xi del libo VI, así como también el que se le dio en el libro III de la EN.
Veamos, pues, qué se desprende de estas dos propuestas. Si Hardie y Dudley tienen razón, y el sustento textual indica que, al menos, tenemos razones para inclinarnos hacia su postura, significa que en realidad la tesis de que hay una ruptura irreconciliable entre lo político (deliberación práctica) y lo contemplativo no se sostiene. Efectivamente, lo que ambos autores ofrecen con argumentos distintos es sustento suficiente para decir que en el resto del corpus aristotélico y en la EN misma el uso del nous es mucho más amplio y complejo que el restringido sentido que puede derivarse de los pocos fragmentos del libro décimo que avalarían la tesis de la ruptura. Sea con uno o con el otro autor, el hecho es que ambos dejan claro que el sentido del nous no queda constreñido a la sola experiencia contemplativa en una suerte de condición estática que capta las primeras causas y los primeros principios.
Como muestra Dudley, existe una forma de nous que está ligada a la deliberación que atiende a la acción concreta y en ese sentido se conecta con la phrónesis, permitiendo que esta pueda ejecutarse en el contexto del discernimiento particular que implica cada acto que se somete a juicio. No es mi intención extenderme en demasía aquí, me parece que los autores mismos ofrecen detalle suficiente de la naturaleza del problema. Quisiera, simplemente, concluir este trabajo tratando de trazar las líneas de conexión entre el tratamiento del juicio en Arendt y esta lectura renovada de Aristóteles.
[1] Hardie, W.F.R. Aristotle’s ethical theory. Oxford: Clarendon Press, 1968.
[2] Por ejemplo, en De anima A 4, 408 b25ss se clasifica al pensamiento discursivo junto al amor y al odio como afecciones de del cuerpo en tanto dotado de alma y refiriendo a su naturaleza compuesta y unitaria.
[3] Aristóteles. De anima. Madrid: Gredos, 1983. 429 a 25-26.
[4] Reproduzco aquí el esquema de Valencia, O. Las virtudes dianoéticas, pero con algunas modificaciones y añadidos. El texto de referencia es Dudley, John “Dio e contemplazione in Aristotele. Il fondamento metafisico dell´ Etica Nicomachea ” Vita e pensiero. 1999. He omitido los caracteres griegos por simpleza y por limitación del propio WordPress.
[5] Que, como sabemos, implica el carácter singular, particular. El silogismo práctico ofrece material por demás interesante para estructurar también la problemática del juicio en el caso de Aristóteles y, a la vez, provee de ayuda para alinear este tipo de reflexión con la de Arendt.
[6] Es, justamente, este la acepción que Gadamer rescata del sensus communis. Este mismo autor critica a Kant haber desprovisto de todo el sentido práctico y tradicional al sentido común que ya desde la época de Aristóteles había sido entendido como sabiduría práctica. Sin embargo, Arendt, a pesar de ello, opta por Kant.
Hannah Arendt y la senda aristotélica (II)
Publicado: 20/05/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Ética, Ética a Nicómaco, Hannah Arendt, Immanuel Kant, La condición humana Deja un comentario »Una pista nos la confiere La condición humana (LCH)[1], allí, en un pasaje que podría pasar desapercibido, Arendt hace una muy interesante acotación respecto de la valoración aristotélica de la virtud más valiosa en el hombre:
“La definición aristotélica del hombre como zoon politikon no sólo no guardaba relación, sino que se oponía a la asociación natural experimentada en la vida familiar; únicamente se la puede entender por completo si añadimos su segunda definición del hombre como zoon logon ekhon («ser vivo capaz de discurso»). La traducción latina de esta expresión por animal rationale se basa en una mala interpretación no menos fundamental que la de «animal social». Aristóteles no definía al hombre en general ni indicaba la más elevada aptitud humana, que para él no era el logos, es decir, el discurso o la razón, sino el nous, o sea, la contemplación, cuya principal característica es que su contenido no puede traducirse en discurso. Aristóteles únicamente formuló la opinión corriente de la polis sobre el hombre y la forma de vida política y, según esta opinión, todo el que estaba fuera de la polis —esclavos y bárbaros— eran aneu logou, desprovisto, claro está, no de la facultad de discurso, sino de una forma de vida en la que el discurso y sólo este tenía sentido y donde la preocupación primera de los ciudadanos era hablar entre ellos”[2].
El contexto de la cita es casi el inicio del capítulo segundo, “La esfera pública y la privada”, del libro mencionado y Arendt está empezando a desarrollar los puntos de diferencia más importantes entre ambos terrenos. Para ello hará un recorrido histórico por la Grecia antigua para especificar que ya desde aquella época había una fuerte distinción entre lo privado (el ámbito de lo familiar, el ámbito de la privación) y lo público (que era propiamente el terreno político, el ámbito de la libertad). La cita tiene como propósito introducir esa diferencia; no obstante, menciona allí algo muy interesante que nos sirve como una intuición de por qué Arendt prefirió a Kant y no a Aristóteles para pensar el juicio sobre lo particular. Allí Arendt deja muy claro que para Aristóteles la más elevada aptitud del hombre es el nous, la intuición racional podríamos traducir, que, efectivamente, está vinculada estrechamente con la actividad contemplativa. Esto, como se mencionó en una nota anterior, es un auténtico problema de debate; problema en el cual Arendt parece tomar partido por la tradición que ve en Aristóteles a aquel filósofo que privilegia a la contemplación por encima de cualquier otra actividad y, por ello al nous. En las líneas que siguen, trataré de ofrecer una presentación de la cuestión con la finalidad de reconciliar en Aristóteles el problema relativo a la relación entre política y contemplación y así sugerir el camino de salida que nos conduzca también a una ruta favorable a la relación Arendt-Aristóteles.
Como puede verse, el problema radica en la posibilidad de conciliar y vincular el rol de la vida virtuosa con la felicidad, que parecería estar asociada exclusivamente a la contemplación. Una de las más interesantes entradas al debate ha sido realizada por Hardie y refiere a una doble concepción de la felicidad en la ética aristotélica. La tesis nos lleva a una distinción respecto de cómo se concibe el telos de la vida. Habría, según Hardie, un fin «inclusivo» y otro «dominante», ambos confundidos y entremezclados. El fin «inclusivo» concibe a la eudaimonia como “un fin secundario, cuyo logro no se puede alcanzar de modo directo sino que emerge del logro de todos y cada uno de los fines primarios a lo largo de una vida completa”[3]. La otra lectura posible, la del fin «dominante», “identifica una única función o actividad del ser humano como un fin dominante, haciendo de la capacidad más alta entre todas las posibles para el hombre y del ejercicio de esa capacidad la única forma de felicidad digna de él, con exclusión de las demás. Por cierto, ésta es para Aristóteles la actividad de la parte más racional del alma y, como tal, la más divina.
De este modo, la contemplación, theoría, se convierte en un fin excluyente y la vida contemplativa se transforma en una especie de conducta ascética que puede prescindir de los demás bienes[4]”[5]. Lo que aquí sugerimos, es que las dos tesis sí son compatibles y que para tratar de probarlo debemos dirigirnos con peculiar atención a las relaciones que se pueden establecer entre el nous y la experiencia concreta de la deliberación que conduce a la elección concreta (asociada a la phrónesis). Para esto podemos hacer una doble entrada: una desde el trabajo de W.F.R. Hardie y la otra desde la lectura de John Dudley. Ambos nos ofrecen desde perspectivas algo distintas, elementos que nos permiten reconciliar la aparente escisión que el mismo Aristóteles nos deja y con ello nos ayudarán a retomar el problema en la senda de Arendt. Sobra decir que, por no ser este un trabajo sobre Aristóteles obviaremos buena parte del material algo erudito de ambos autores para solo ofrecer aquellas pinceladas que sea útiles para los fines que aquí nos proponemos.
[1] Arendt, H., La Condición Humana, Barcelona: Paidós, 1993.
[2] Ibid. pp. 40-41.
[3] Esta es la tesis que subyace a la presentación preliminar que hicimos de Aristóteles líneas arriba, la que está más orientada por la idea de que la política es la forma de vida más digna, el bien del hombre (1094b).
[4] Esta tesis, se sostiene básicamente en el libro décimo de la EN, entre otros fragmentos, en este:
“Si la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud, es razonable que sea una actividad de acuerdo con la virtud más excelsa, y ésta será una actividad de la parte mejor del hombre [...] la actividad de acuerdo con la virtud [de la parte más divina que hay en nosotros] será la felicidad perfecta. Y esta actividad es contemplativa [...]” (EN 1177 a 12-18).
[5] Guariglia, O. Op. cit. p. 316.
Hannah Arendt y la senda aristotélica (I)
Publicado: 13/05/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Ética a Nicómaco, Crítica de la Facultad de Juzgar, eudaimonía, H-G Gadamer, Hannah Arendt, Immanuel Kant, prudencia, virtud Deja un comentario »Como sabemos, el camino que escoge Arendt para tratar el tema del juicio es el de Kant y, como hemos tratado de argumentar en la fracción precedente, ese empleo del juicio kantiano ofrece más de un problema a nivel teórico. Lo que proponemos en las líneas que siguen es una hipótesis de trabajo que Arendt no desarrolla, pero que puede desprenderse de su interés claro por Aristóteles en el inicio de su obra. Nuestra sugerencia es que prestar atención al Aristóteles de la EN nos ofrece un muy interesante panorama de las referencias que Arendt hace sobre el juicio. Creemos que la senda de Aristóteles, su contextualismo ético y el énfasis en la tradición y en el compartir comunitario dan mucho más vigor a la tesis de Arendt y, además, le hubiesen dado un marco más legítimo a nivel teórico para sostener sus propios desarrollos. Para decirlo de un modo llano, mi impresión es que trabajar con Aristóteles hubiese sido mucho menos problemático. Pasaré a examinar algunos pasajes de la EN para dar contenido a la propuesta que aquí se ofrece.
Empiezo con una cita de Gadamer que puede darnos un marco referencial:
“El saber práctico, la phrónesis, es una forma de saber distinta. En primer lugar está orientada hacia la situación concreta; en consecuencia tiene que acoger las «circunstancias» en toda su infinita variedad. […]. Acoger y dominar éticamente una situación concreta requiere subsumir lo dado bajo lo general, esto es, bajo el objetivo que se persigue: que se produzca lo correcto. Presupone por lo tanto una orientación de la voluntad, y esto quiere decir un ser ético (eÐcij). En este sentido, la phrónesis es en Aristóteles una «virtud dianoética». Aristóteles ve en ella no una simple habilidad (dynamis), sino una manera de estar determinado en el ser ético que no es posible sin el conjunto de las «virtudes éticas», como a la inversa tampoco éstas pueden ser sin aquella”.[1]
Considero que lo que se dice al inicio de la cita es muy útil en relación a la noción que Arendt tiene del juicio. La sabiduría práctica, la phrónesis, implica también un dirigirse a lo particular, pero a la vez presupone cierta distancia, la de la reflexión, para ver la cuestión desde una perspectiva global (por eso no es solo virtud ética, sino dianoética). Exactamente las dos más importantes características que Arendt atribuye al juicio (por el momento dejo de lado la comunicabilidad). Pero además, en Aristóteles, como indica Gadamer, se trata de un hábito, de un modo de ser relacionado con el actuar ético. Y, como sabemos, Arendt quiere utilizar la reflexión sobre el juicio para las cuestiones concretas que tiene que ver con el proceder moral en la praxis humana[2]. Menciono esto porque mi sugerencia es, y el pasaje la respalda, que el camino de la phrónesis aristotélica es claramente más conducente para los fines de Arendt que el del juicio kantiano.
En esta misma línea, recordemos la famosa definición que Aristóteles ofrece de la virtud en el libro II de la EN:
“Es por tanto, la virtud un modo de ser selectivo, siendo un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquello por lo que decidiría el hombre prudente” (1106b 36-38).
La virtud implica, y la phrónesis es la más importante de ellas en la EN[3], un modo de ser, un hábito que tiene a la base la deliberación en el tribunal interno de la reflexión individual; mas, como se indica, es un proceder determinado por la razón, no es mera sensación, y por el modo en que obraría el hombre prudente. Esta última cuestión es fundamental y lo es en virtud del peso que le da el estagirita a la cuestión de la comunidad y al valor de aquellos que tienen más experiencia. El conocimiento del término medio implica esmero en el tiempo, haber errado muchas veces; es una tarea trabajosa que supone una larga experiencia (1109 a15-35, 1141b 30-1142a 20). Esto es relevante porque en Aristóteles sí hay una presencia manifiesta del valor de la comunidad y de cómo esta puede constituirse en elemento favorable para el desarrollo de la virtud, basta ver que son nada menos que dos libros los que el autor dedica al tema de la amistad en la EN. Pero no solo se trata de la presencia estática del otro ante nosotros, la deliberación sobre lo particular, sobre la acción concreta (lo que Arendt denomina juicio) implica a la vez un diálogo que trasciende el mero tribunal de la conciencia. Es por ello que Aristóteles refiere al hombre prudente. Aquí ya no sucede lo que en Kant, donde el otro es simplemente parte de un esquema formal de verificación de la validez de un principio a priori; en la polis griega que Aristóteles nos muestra, el proceso de deliberación ética está mediado por la educación esmerada, no puede ser entendido sin la comunidad y sin esos hombres prudentes, probablemente ancianos, que comparten su experiencia y ayudan al hombre griego a conducirse con virtud.
Además de lo ya dicho, otro elemento resulta digno de atención, el carácter contextual del ejercicio de la virtud. No existe para Aristóteles una norma externa y abstracta de aquello que implica la acción moral; para él, la cuestión discurre en la actividad misma, por eso se trata de la virtud como relativa a nosotros. Pero el hecho de que sea contextual no implica que se trate de un mero relativismo, es allí donde la figura de la comunidad y del hombre prudente cobran relevancia. El diálogo, la deliberación política son elementos que ayudan a la determinación del obrar virtuoso. Caso muy diferente es el de Kant que define la acción moral en función a la obediencia de la ley que proviene a priori de la razón y a la cual debemos someternos por ella misma, por su pura forma[4]. Esto último explica por qué Arendt se aleja de la visión kantiana en los textos sobre moral: ella quiere pensar la contextualidad y la contingencia de la acción particular. El problema, a mi juicio, es que migrara nuevamente a Kant, aunque fuera al de la CFJ. No porque en ella no haya motivos originales para las cuestiones que Arendt quería plantear; sino porque desde una perspectiva más integral no había allí material que respaldara con solidez su interpretación. Ahora, lo curioso, nuevamente, es ¿por qué no volvió a Aristóteles?
[1] Gadamer, H-G. Verdad y Método. Salamanca: Sígueme, 2005. p. 51.
[2] Puede verse en el ensayo de Beiner como una de las cuestiones que motiva con más fuerza el examen de la facultad de juzgar es la experiencia que tuvo Arendt en el proceso de Eichmann. Como se indica en esas páginas, Arendt se preocupó más profundamente por el tema del juicio al constatar, por un lado, la ausencia de juicio de Eichmann y, por otro, el problema de cómo poder juzgar moralmente un genocidio de esa naturaleza. Puede notarse ya, que la preocupación inicial, y será también la que perdure hasta su muerte, es cómo es posible juzgar ante situaciones moralmente críticas que demandan que nos pronunciemos (cf. Arendt, H. Op. cit. pp. 170-178).
[3] Esta afirmación puede ser objetada a la luz de algunas partes del libro X; no obstante es un debate bastante técnico y donde la toma de postura es casi la única posibilidad. De él da buena cuenta Guariglia, O. La ética de Aristóteles o la moral de la virtud. Buenos Aires: Eudeba, 1997. Nosotros no entraremos en el detalle de cada postura, pero sí analizaremos más adelante algunos aspectos de esta disputa en la medida en que contribuyan a nuestro trabajo.
[4] Toda la Fundamentación de la metafísica de las costumbres va en esa línea, aunque es el capítulo primero el que hace especial referencia a la sola representación de la norma.
Hannah Arendt sobre el problema del juicio (VI)
Publicado: 11/05/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Crítica de la Facultad de Juzgar, Hannah Arendt, Immanuel Kant Deja un comentario »Quisiera, en lo que sigue, presentar algunos pasajes que Arendt no toma demasiado en cuenta en sus conferencias sobre Kant, pero que, me parece, sugieren algunos puntos de conciliación con la propuesta crítica desarrollada hasta ahora. Se trata básicamente de los parágrafos que van del 41 hasta los que terminan de desplegar la llamada teoría del genio. El primero de esos pasajes, que es el último que Arendt examina, refiere al interés empírico en lo bello. Kant indica allí que “no se sigue de ahí, tras haber sido dado como juicio estético puro, que no pueda ser ligado a él interés alguno. […]. Empíricamente interesa lo bello sólo en la sociedad; y cuando se concede como natural al hombre el instinto de sociedad y, en cambio, la aptitud y la propensión a ella, esto es, la sociabilidad […] no puede tampoco faltar entonces el que se deba considerar el gusto como una facultad del enjuiciamiento de todo aquello a través de lo cual puede uno comunicar incluso su sentimiento a cada uno de los otros y, con ello, como medio de fomento de aquello que la inclinación natural de cada uno demanda” (§ 41).
En este parágrafo, por primera vez, Kant da algo de contenido a la sugerencia interpretativa de Arendt respecto de las implicancias sociales del juicio. Pero no hay que perder de vista que se trata de un interés posterior, subordinado. El juicio de gusto procede de modo a priori; ya en una segunda instancia se puede hablar del modo en que puede contribuir al fomento de la sociabilidad, pero solo de modo subalterno.
Otro parágrafo que considero de utilidad para conciliar la perspectiva de Arendt con la kantiana es el 47, que refiere al genio como productor de arte bello. Allí se hace énfasis en una idea que en la Analítica no estuvo presente debido a la más fuerte consideración trascendental. Aquí, y algo antes también, se introduce la idea de comunidad artística como espacio de cultivo del gusto, lo cual resulta interesante porque da un giro importante hacia lo comunitario. Por primera vez, Kant empieza a poner énfasis en que el gusto implica también un ejercicio y menciona que el producto del arte bello, que es el arte del genio, pone a prueba el talento de la comunidad artística[1] e incluso puede suscitar en ella el nacimiento de nuevos genios.
Como indica Kant, “el genio no puede proporcionar más que rico material para productos del arte bello; la elaboración de ese y la forma exigen un talento formado por la academia, para hacer de aquél un uso que pueda sostenerse ante la facultad de juzgar”[2]. Es necesaria la presencia de una escuela, de la academia, para que pueda extraer del arte bello los patrones que permitan su imitación y, a la vez, la puesta a prueba del temple del artista con la finalidad de que surja un talento tal que sea capaz de crear nuevo material, nuevo arte bello. Como digo, este pasaje me parece que apoya mucho más que otros, la tesis de Arendt; aunque, no nos conduce directamente a lo político. Pero lo que sí ofrece, a diferencia de los parágrafos anteriores, es la presencia concreta de una comunidad que juzga, tal como la que Arendt parecería sugerir. El único problema, es que el juicio sigue siendo aquí, como en los demás pasajes de la CFJ, pensado en los términos del proceso que acaece en la Analítica y por ello el énfasis que pone Arendt en una suerte de deliberación interna y comunitaria no es precisamente lo que tiene Kant en mente.
Por otro lado, hablamos aquí de un restringido y selecto grupo, la Academia. No corresponde trasladar esta experiencia a toda la humanidad, al menos no en cuanto hablamos de la producción de arte bello desde la perspectiva del genio. Baste con lo hasta aquí presentado para que se comprenda el porqué de la necesidad de este seguimiento crítico de la propuesta de Arendt. Sin embargo, como ya se indicó, esta era sólo una reflexión respecto de la legitimidad del uso de la noción de juicio de Kant, lo cual no hace que las consecuencias sacadas de esta sean inválidas, a lo sumo se sugiere que deben ser redirigidas a otra fuente.
Las páginas que siguen tratarán de mostrar que la idea que tiene Arendt respecto del juicio coincide mucho más con la noción de phrónesis que desarrolla Aristóteles en la Ética nicomáquea (EN)[3] que con el juicio en la CFJ. Con esos apuntes finales concluiremos este trabajo sugiriendo que esa coincidencia no es cuestión novedosa, sino que se encuentra ya en obras tempranas y que, quizá, un tratamiento más detenido de Aristóteles, y no de Kant, hubiese dado más fuerza a una teoría del juicio que, si bien nunca fue escrita, ya en las conferencias sobre Kant, más allá de la crítica que podamos hacer del uso de la CFJ, ofrecía sugerentes reflexiones sobre nuestro mundo.
[1] Como también indica Beiner: “El gusto, la actividad que discrimina, discierne y juzga, y que emana del amor de la belleza, es la cultura animi [...]” (Arendt, H. Op. Cit. p. 182). Efectivamente, el gusto se cultiva, implica un ejercicio de confrontación con el gusto sedimentado a través del tiempo. No obstante, como ya se enfatizó, esta es una cara del asunto y no la totalidad del mismo. Lo más relevante en la CFJ ha sido siempre probar que es posible apelar a un juicio de gusto universalizable y esto se da en virtud de criterios a priori.
[2] Kant, I. Op. cit. § 47, B 186.
[3] Aristóteles. Ética nicomáquea. Madrid: Gredos, 2003. Traducción de Julio Pallí Bonet.
Hannah Arendt sobre el problema del juicio (V)
Publicado: 05/05/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Crítica de la Facultad de Juzgar, Hannah Arendt, Immanuel Kant 4 Comentarios »Dicho esto, creo que conviene pasar a las últimas conferencias que Arendt ofrece sobre Kant, ya que ellas tienen el tratamiento más directo de algunos de los parágrafos centrales de la CFJ. No obstante esto último, la argumentación precedente ya ha puesto en contraste buena parte de las tesis de Kant con las de Arendt, razón por la cual lo dicho hasta aquí no debe ser perdido de vista en los apuntes que se hagan ulteriormente.
En la duodécima conferencia, por ejemplo, Arendt inicia su análisis del juicio y lo hace deteniéndose en la noción de desinterés. La autora asocia allí, de un modo algo extraño, la condición de imparcialidad con el placer desinteresado. Dice a ese respecto:
“Al cerrar los ojos uno se convierte en un espectador imparcial de las cosas visibles, no afectado directamente: el poeta ciego. Y así, al transformar lo que se percibe mediante los sentidos externos en un objeto para los sentidos internos, se comprime y condensa la variedad de lo dado por los sentidos, se está en situación de «ver» con los ojos de la mente, esto es, de ver el todo que confiere sentido a las cosas particulares. La ventaja del espectador radica en percibir la representación como un todo, mientras que cada actor sólo conoce su papel o, si debiese juzgar desde la perspectiva de la acción, sólo la parte del todo que le concierne. El actor es, por definición, parcial”[1].
Aquí hay un nuevo punto de relevancia y es la valoración que Arendt hace del desinterés. Arendt asocia esta noción que Kant trabaja en la Analítica a la imparcialidad, pero de un modo bastante distinto al del autor de la CFJ. Para Arendt este desinterés alude a la posibilidad de tener una percepción integral de los hechos como espectador. Es imparcial no en el sentido de carente de elementos que contaminen la pureza del juicio (como en Kant); sino en el de poder tener una aproximación no parcial (como la que sí tiene el actor) a los sucesos históricos, acontecimientos sociales. Kant no piensa en eso cuando trabaja esa noción, se esmera en mostrar que su mención tiene que ver con la posibilidad de fundamentar la posibilidad de un juicio de gusto puro. Y, además, Arendt sugiere que el juicio tiene que ver con valoraciones, aprobaciones, desaprobaciones; pero al hacerlo enfatiza demasiado el carácter deliberativo del juicio, cosa que Kant hace contadas veces en la CFJ[2] y, en todo caso, no en los fragmentos que ella consigna. En el juicio de gusto, efectivamente, se tiene una aprobación o desaprobación, pero esta está supeditada a una estructura formal que permite su comunicabilidad.
El siguiente asunto que trata la autora es la cuestión de la comunicabilidad de la sensación (§ 39), materia que de algún modo ya hemos tratado en lo precedente y que en el parágrafo que aborda Arendt no ofrece mayor novedad respecto de la Analítica. El siguiente punto corresponde al § 40 que es donde se retoma el sensus communis. El siguiente fragmento puede ser muy esclarecedor tanto para las pretensiones de Kant como para la interpretación sugerida por Arendt:
“Por sensus communis hay que entender […] la idea de un sentido común a todos, esto es, de una facultad de juzgar que en su reflexión tiene en cuenta, en pensamiento (a priori), el modo representacional de cada uno de los demás, para atener su juicio por así decirlo, a la entera razón humana y huir así de la ilusión que, nacida de condiciones subjetivas privadas que pudiesen fácilmente ser tenidas por objetivas, tendría una desventajosa influencia sobre el juicio. Ahora bien: esto último sucede por atener el propio juicio a otros juicios, no tanto efectivamente reales, como más bien meramente posibles, y ponerse en el lugar de los otros, en la medida en que simplemente se hace abstracción de las restricciones que están asociadas de modo casual a nuestro propio enjuiciamiento; lo cual, a su vez, se lleva a cabo mediante la omisión —todo lo posible— de aquello que es materia, es decir, sensación en el estado representacional y prestando atención únicamente a las peculiaridades formales de la propia representación o del propio estado representacional”[3].
Este pasaje, me parece, es el centro de la orientación que Arendt hace del problema del juicio. He sostenido hasta aquí que Arendt confunde algunas materias de relevancia y creo que este fragmento ofrece las razones de la confusión, pero a la vez motivos para un mayor esclarecimiento de la cuestión. Lo que muestra el texto es algo de sustento para la intuición arendtiana. Efectivamente, el sensus communis es un sentido común a todos y cada de uno de los que juzgan y, además, implica el poder ponerse en el lugar del otro, como Arendt enfatiza bien. El problema es que esta forma de intersubjetividad, sigue siendo formal y no material. Es por ello que trasladarla al ámbito de la política o de lo social en concreto se hace muy difícil. Arendt asume, como lo indica en la Decimotercera Conferencia, que “cuando se juzga se hace como miembro de una comunidad”[4]; el problema es que ella piensa en la deliberación concreta de un sujeto inserto en la praxis social, y ese no es el caso que Kant tiene en mente, al menos no de modo explícito. Basta con atender al final del pasaje citado, se trata no de ponerse de plano en el lugar de los otros, sino de pensar tal posibilidad a priori. Y esto se hace posible, como bien señala Kant, no por el proceso efectivo de tener en cuenta al otro en su concreción; sino, solamente, tomando en cuenta “las peculiaridades formales de la propia representación o del propio estado representacional”, pues son estas las que compartimos con la comunidad de los juzgantes y son ellas las que permiten la universal comunicabilidad. Una vez más, Kant no renuncia a su formalismo, aun en un pasaje clave como el del sensus communis.
[1] Arendt, H. Op. cit. p. 127.
[2] Cosa que sí hace, más bien, en la Fundamentación. Es sumamente extraño que Arendt no tomase en cuenta, por ejemplo, el rol deliberativo que surge en el proceso de la universalización de la máxima que implica el imperativo categórico y que prefiriese, en cambio, esta tan compleja apropiación del juicio estético de Kant. Las razones, como ya se dijo, se sostienen por el énfasis en lo particular; sin embargo, no parece un proceder justificado en ese solo hecho.
[3] Ibid. § 40.
[4] Arendt, H. Op. cit. p. 134.
Hannah Arendt sobre el problema del juicio (IV)
Publicado: 29/04/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Crítica de la Facultad de Juzgar, Hannah Arendt, Immanuel Kant Deja un comentario »Después de un breve cambio de giro por motivos coyunturales, volvamos a nuestra exposición sobre el problema del juicio de Hannah Arendt.
[...]
No corresponde aquí entrar en el detalle de los cuatro momentos que comprenden la Analítica, lo que nos interesa es notar cuál es el sentido del argumento de Kant, para lo cual nos apoyaremos en algunos de los pasajes que se presentan en esa extensa fracción de la obra. Quizá lo más útil para este propósito sea recoger las definiciones de belleza que ofrece el mismo Kant como conclusiones de dichos momentos y hacer un comentario de las mismas. Así, en atención a la cualidad, Kant sostendrá que “gusto es la facultad de juzgar un objeto o un modo de representación por una complacencia o displicencia sin interés alguno. El objeto de tal complacencia se llama bello”[1]. Notemos, entonces, que hay un juicio de gusto cuando la facultad de juzgar opera de tal suerte que el sujeto siente placer o displacer, pero sin interés. Esto se notará, sobre todo, en los momentos venideros; mas lo que ya se empieza a introducir aquí es el hecho de que para que haya pureza en el enjuiciamiento estético tiene que darse a priori un principio desinteresado que sea condición de posibilidad de la complacencia en lo bello. Luego, aquí la noción de desinterés nos conduce a la idea de que el juicio no debe ser contaminado por elementos empíricos (el mero agrado § 3) o por deseos trascendentes (la bondad § 4). En el segundo momento, aquel que refiere a la cantidad, Kant define lo bello como aquello que “place universalmente sin concepto”[2]. Lo que se introduce en esta definición es la pretensión de universalidad del juicio: no solo place en el tribunal privado de la subjetividad, sino que debe placer también en todo sujeto que juzgue. No obstante, no hay concepto alguno que pueda ser explicitado y, en tanto no hay determinación por parte del entendimiento, no se puede pretender universalidad objetiva. Y, entonces, ¿de qué tipo de universalidad se habla aquí? :
“La universal comunicabilidad subjetiva del modo de representación de un juicio de gusto, dado que debe tener lugar sin suponer un concepto determinado, no puede ser otra cosa que el estado del ánimo en el libre juego de la imaginación y el entendimiento (en la medida en que estos concuerdan entre sí como es requerible para un conocimiento en general); en cuanto que somos conscientes que esta relación subjetiva, idónea para el conocimiento en general debe valer igualmente para todos, y ser, por consiguiente, universalmente comunicable, tal como lo es cada conocimiento determinado que, empero, descansa siempre sobre aquella relación como sobre su condición subjetiva”[3].
Este pasaje es bastante revelador respecto del asunto que nos ocupa. La universal comunicabilidad a la que apela el juicio de gusto no se da en virtud de elementos a posteriori, como parece sugerir Arendt, se trata de una cuestión afincada en la crítica, en las condiciones trascendentales de posibilidad. Algo se comunica no en el diálogo concreto con el otro, eso para Kant es irrelevante hasta aquí; la comunicabilidad de la que se habla refiere a la conciencia del modo en que las fuerzas del ánimo son afectadas. Cada vez que el sujeto se aperciba del libre juego de sus facultades, podrá presuponer que tal es una experiencia que puede y debe reproducirse en todo otro ser que juzga. Esa relación subjetiva que se da entre las fuerzas del ánimo, solo acaece ante lo bello y en virtud de tal relación es que comunicamos universalmente. El diálogo es un tema menor, las condiciones posibles son lo relevante.
Pero todo esto se enfatiza más a la luz del tercer momento, el que considera los juicios de gusto en relación a los fines. “Belleza —dice Kant— es forma de la conformidad a fin de un objeto, en la medida en que ésta sea percibida en éste sin representación de un fin”[4]. Se trata de la mera conformidad a fin formal, de la sola constatación subjetiva del modo en que el ánimo es afectado y que dispone tanto a imaginación y entendimiento al libre juego. Como indica Kant:
“[…] lo que constituye a la complacencia que, sin concepto, juzgamos universalmente comunicable y, con ello, al fundamento de determinación del juicio de gusto, no puede ser otra cosa que la conformidad a fin subjetiva en la representación de un objeto, sin fin alguno (no objetivo ni subjetivo) y, consecuentemente, la mera forma de la conformidad a fin en la representación por la que nos es dado un objeto, en la medida en que somos conscientes de aquélla”[5].
Kant es muy claro en este parágrafo, lo que permite tal complacencia, lo que origina el placer es la disposición particular de las fuerzas del ánimo en su puro darse, en la mera forma. Esto se genera por una representación, la que corresponde al objeto bello, mas lo que se comunica no es el contenido de la representación; sino el modo en que nos apercibimos de este peculiar operar de nuestras facultades. No hay ningún fin de por medio, se trata de la mera forma.
Finalmente, en el cuarto momento, relativo a la modalidad, Kant introduce por primera vez en el texto el famoso sensus communis, que, como sabemos, es uno de los motivos principales de los que Arendt se apropia en su reflexión sobre lo político. En esa cuarta definición, nuestro autor sostiene que “bello es lo que es conocido sin concepto como objeto de una complacencia necesaria”[6]. Los parágrafos que corresponden a este momento son particularmente importantes ya que en ellos se introducen varios elementos relevantes para el abordaje de Arendt, aunque, es verdad, que ella prefiere dirigirse a la presentación de ideas similares en sus desarrollos posteriores (del § 39 al § 41). Aquí, por ejemplo, se trata de modo explícito, aunque breve, el hecho de que “la necesidad que es concebida en un juicio estético, solo podrá llamársela ejemplar, es decir, trátase de la necesidad del asentimiento de todos a un juicio que es considerado como el ejemplo de una regla universal que no puede ser aducida” (§ 18).
Como sabemos, el carácter de ejemplaridad del juicio, esto es, su particularidad, es algo que Arendt recoge como elemento indicativo de lo político en este texto kantiano. No obstante, nuevamente, aquí la cuestión es de orden formal. Quien juzga asume el asentimiento universal, pero se trata de una necesidad subjetiva. Y esto es muy relevante, no subjetiva en el sentido de un relativismo estrecho: subjetiva en tanto que es universal, pero en atención al modo en que todo sujeto debe ser afectado por el caso ejemplar al que hacemos referencia. No hay regla que podamos aducir, pero es como si la hubiera. Pero, ¿por qué podemos aspirar al asentimiento de todos? Pues en virtud de un fundamento que es a todos común (§ 19). Los juicios de gusto, entonces, “deben tener [...] un principio subjetivo que determine, solo por sentimiento y no por concepto, y sin embargo, con validez universal, lo que plazca o displazca. Pero un tal principio sólo podría ser considerado como un sentido común […]. Así pues, solo bajo el supuesto de que haya un sentido común […], sólo bajo esa suposición, digo, de un tal sentido común, puede ser emitido el juicio de gusto” (§ 20). Como puede verse, Kant hace un uso muy puntual de la noción de sentido común: se trata de la mera condición de que podamos emitir juicios de gusto, o como dice también, de la “mera norma ideal” (§ 22) de los mismos. Aquí el sensus communis, del que Arendt se apropia, es tratado meramente como una conditio sine qua non sin ningún contenido, cosa a la que Kant ya nos tiene muy acostumbrados, pero que Arendt desatiende. A manera de cierre de este bloque de la exposición, me parece que el mismo Beiner es muy preciso en la presentación crítica del problema general:
“A Kant le interesa indagar las condiciones de validez posible de los juicios estéticos, y plantea la cuestión preguntándose: puesto que algunas veces hacemos juicios estéticos válidos, ¿cómo es esto posible? Alo que responde: «Se solicita la aprobación de todos los demás, porque se tiene para ello un fundamento que es común a todos». La determinación de este principio común requiere de una investigación altamente formal de las facultades cognitivas del hombre […]. Siempre que pueda mostrar alguna base al juicio compartido (aunque sea formal), asegurará un fundamento trascendental a la validez posible de los juicios de gusto. […].
En resumen: Kant ofrece un planteamiento extremadamente formalizado de la facultad de juzgar ya que no le interesan las características concretas de tal o cual juicio, sino más bien las condiciones universales de la validez posible de nuestros juicios. La idea de aplicar un planteamiento de este tipo a la política es algo curioso aunque no ininteligible. […]. Una teoría tan formal como ésta puede resultar insuficiente para conceptualizar el juicio político, pero, sin duda, proporciona un estímulo muy interesante para seguir pensando”[7].
El mismo editor de las conferencias concuerda en el complejo empleo del juicio kantiano por parte de Arendt dado el obvio formalismo del filósofo de Könisberg; no obstante, menciona que la opción que Arendt hace es inteligible y que además ofrece estímulo para sus propios desarrollos. Esto último no merece ninguna objeción. Como ya se indicó, los avances de Arendt nos parecen interesantes y muy útiles para pensar lo político. Lo único que aquí se objeta es el origen kantiano de tales despliegues.
[1] Kant, I. Op. cit. p. 17.
[2] Ibid. p. 31.
[3] Ibid. § 9.
[4] Ibid. p. 61.
[5] Ibid. § 11.
[6] Ibid. p. 68-67.
[7] Arendt, H. Op. cit. pp. 231-232.
Hannah Arendt sobre el problema del juicio (III)
Publicado: 22/04/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Crítica de la Facultad de Juzgar, Hannah Arendt, Immanuel Kant Deja un comentario »Conviene conducirnos ahora al texto de Kant con la finalidad de mostrar algunos primeros elementos de contraste, pasaremos luego a una nueva exposición de ciertos desarrollos arendtianos para volver a Kant y examinar los parágrafos concretos que Arendt aborda. Vayamos, por ejemplo, a la Primera Introducción a la Crítica de la facultad de juzgar[1]. Allí dice Kant entre muchas otras cosas, lo siguiente:
“Si la forma de un objeto dado en la intuición empírica está constituida de tal suerte que la aprehensión de lo múltiple de aquel en la imaginación coincide con la presentación de un concepto del entendimiento (indeterminado, cuál sea ese concepto), entonces concuerdan en la mera reflexión recíprocamente el entendimiento y la imaginación para fomento de su quehacer, y el objeto es percibido como conforme a fin simplemente para la facultad de juzgar, y, en consecuencia, la misma conformidad a fin es considerada meramente como subjetiva, puesto que para ello no se requiere ningún concepto determinado del objeto, y el juicio mismo no es un juicio de conocimiento. Un juicio semejante se llama juicio estético de reflexión”[2].
Quizá lo primero que salta a la vista del pasaje es que el juicio estético de reflexión corresponde a una cuestión bastante puntual y lejana de materias de orden social o político. El problema que quiere examinar Kant es el que corresponde a aquel tipo de juicios que ofrecen la peculiaridad narrada en el pasaje y que no habían sido objeto de examen previo en las otras dos críticas. A saber, un juicio donde el entendimiento no conmine a la imaginación mediante las categorías (el ya conocido juicio determinante al que también Arendt hace referencia). Esta nueva forma de juzgar que Kant analiza es aquella en la que lo que prima es la experiencia subjetiva en la cual el sujeto se apercibe de un tipo de conexión inusual entre el entendimiento y la imaginación. Esta vinculación novedosa será llamada por Kant de más de un modo, pero corresponde al libre juego de las facultades, se trata de la famosa conformidad a fin de nuestras fuerzas del ánimo. Es este, pues, el eje de la CFJ, al menos de la parte que Arendt trata con más detenimiento: la estética[3]. Eso no quita que no haya referencias a lo social, pero serán muy breves y puntualmente explicadas. El examen que Kant pretende no tiene ningún ánimo de ese tipo: como en las otras dos críticas, la reflexión es de orden trascendental. Lo que el filósofo de Könisberg está buscando es un principio a priori que explique este proceder de nuestras facultades. Algo más adelante hace algunas precisiones sobre el problema que se dispone a tratar:
“[…] un juicio meramente reflexionante sobre un objeto singular dado puede ser estético si (aun antes de que se mire a la comparación de ese objeto con otros) la facultad de juzgar, que no tiene preparado ningún concepto para la intuición dada, mantiene unida la imaginación (nada más que en la aprehensión del objeto) con el entendimiento (en la presentación de un concepto en general), y percibe una relación de ambas facultades de conocimiento, que constituye en general la condición subjetiva, meramente susceptible de ser sentida, del uso objetivo de la facultad de juzgar (a saber, la concordancia de aquellas dos facultades de conocimiento entre sí)”[4].
Me parece que con este pasaje la preeminencia del carácter formal del abordaje del problema es obvia. Lo estético no tiene que ver solamente con lo particular, ni en lo estético prevalece el contraste intersubjetivo, como sugiere Arendt. Un juicio es estético en la medida en que atendemos al modo en que las facultades del sujeto son afectadas por el objeto que se les presenta. Lo relevante aquí es el mero sentir en su formalidad. Arendt, y Beiner lo nota en su ensayo interpretativo[5], pierde de vista el formalismo kantiano y parece ver cosas en el juicio estético que Kant con dificultad avalaría. Dicho esto, conviene notar que aún no hemos pasado de la Introducción y, de hecho, donde más notoria se hace la tensión a la que hacemos referencia, es en los parágrafos que corresponden a la Analítica de lo bello, ya que en ella advertiremos que el mismo juicio respecto de la belleza tiene a la base elementos formales, sólo son ellos los que permiten la universalización y no, como sugiere Arendt, la persuasión. El problema, podemos ir adelantándolo, consiste en que Arendt presume que la comunicabilidad del juicio estético implica una experiencia dialógica como la de la política; pero para Kant la comunicabilidad se da en virtud del principio trascendental de la facultad de juzgar. Ahora, veremos que esto sí puede tener algunos puntos de conciliación cuando se examine la doctrina del genio; pero hasta antes de eso, es muy difícil concordar con Arendt en el análisis ofrecido.
[1] Kant, I. Crítica de la facultad de juzgar. Caracas: Monte Ávila, 1991. Tr. de Pablo Oyarzún.
[2] Ibid. pp. 26/27 (uso la numeración lateral que corresponde al texto original alemán).
[3] Dejaremos de lado el tratamiento de los juicio teleológicos porque Arendt no se dedica al análisis detenido de los mismos y porque, más allá de eso, la reflexión allí desempeñada sigue siendo de orden trascendental.
[4] Ibid. pp. 29/30
[5] Arendt, H. Op. cit. pp. 234-235.
Hannah Arendt sobre el problema del juicio (II)
Publicado: 18/04/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Ética, Crítica de la Facultad de Juzgar, Hannah Arendt, Immanuel Kant Deja un comentario »Arendt, como ya mencionamos, hace un uso particular de la CFJ para dirigirse a través de ella a la esfera del juicio político. Lo que corresponde examinar en lo sucesivo son las razones que la autora ofrece para tal uso y si estas parecen consistentes en contraste con el texto kantiano. Nuestra tesis es que tal salto se sostiene con dificultad.
La autora de La condición humana, aborda el tema del juicio en más de una oportunidad; pero quizá nunca con la fuerza que al parecer le estaba destinada en la tercera parte de La vida del espíritu. Como es sabido, Arendt programó dicha obra para ser un tratado en tres partes, de las cuales las dos primeras quedaron concluidas: El pensamiento y La voluntad. La tercera parte, la correspondiente a El Juicio, no fue nunca escrita[1]. Esta cuestión ha llevado a múltiples problemas respecto del establecimiento de cuál fue el verdadero tratamiento de la cuestión del juicio en Arendt. La hipótesis de trabajo más consistente, parece sugerirnos que la forma más desarrollada de este trabajo podemos encontrarla en las Conferencias sobre la filosofía política de Kant[2]. Estas lecciones fueron impartidas en la New School of Social Research en 1970 y constituyen el trabajo más detallado que Arendt hizo sobre el juicio antes de su muerte. Si tenemos en cuenta que no la separan de ella más que cinco años, parece justo pensar que su tercer capítulo de La vida del espíritu (LVE) bebería de estas fuentes. Sin embargo, el estudio que hace Arendt de la obra de Kant en este texto es bastante más amplio que el de la CFJ, si bien este texto está permanentemente a la base; nuestro propósito, entonces, será concentrarnos en aquellos pasajes que más claramente se dirigen a esta obra kantiana para delimitar el espectro del estudio. Pasemos, entonces, a una revisión de aquellos fragmentos.
Una de las cuestiones que Arendt introduce con prontitud es su valoración del juicio: “[…] a los juicios no se llega por deducción ni por inducción. En otras palabras el juicio no tiene nada en común con las operaciones lógicas […]. Buscaremos el «sentido silencioso», que —cuando se ha tomado en consideración— siempre se ha concebido, incluso por Kant, como «gusto» y, por tanto, como perteneciente al terreno de la estética”[3]. Como se puede apreciar, ya desde este pasaje de LVE Arendt nos anuncia su intención de tratar el juicio desde la perspectiva de la estética, particularmente desde las fuentes kantianas de este problema. Y la filósofa hace este énfasis en virtud de que, para ella, lo más valioso en el acto de juzgar radica en la remisión que hace quien juzga al ámbito de lo particular, terreno que ella identifica con lo estético. Es, como ella indica, “cuando el yo pensante, que se mueve en el ámbito de lo general, abandona su retiro y regresa al mundo de las apariencias”[4]. Aquí el mundo de las apariencias nos remite al mundo concreto de la praxis humana, contra el mundo ideal de la teorización filosófica usual. Se transita de la abstracción del pensamiento a la particularidad del juicio concreto sobre lo real y contingente, el único mundo que tenemos y frente al cual debemos tomar posición, debemos juzgar.
En principio, la lectura general que presenta la autora hasta aquí no ofrece mayor conflicto; sin embargo, los pasos que siguen empiezan a ofrecer dudas. Dirijámonos a la Segunda Conferencia. Dice allí Arendt:
“Regresemos a la Crítica del Juicio. Los vínculos entre ambas partes de la obra son frágiles, pero existen en cierta medida […] y es evidente que su relación con la política es más estrecha que con cualquier otro tema presente en las dos críticas precedentes. Destacan un par de nexos importantes. El primero es que en ninguna de las partes habla Kant del hombre como ser inteligible o cognoscente. […]. La primera parte de ocupa de los hombres en plural, cómo son de verdad y cómo viven en sociedad; la segunda, de la especie humana. […]. El segundo vínculo, radica en que la facultad de juzgar se ocupa de particulares, […] y lo universal normalmente es aquello con lo que opera el pensamiento”[5].
“Por decirlo de otro modo, los temas abordados por la Crítica del Juicio —lo particular, ya se trate de un hecho natural o de un acontecimiento histórico; la facultad de juzgar, entendida como facultad de la mente humana para tratar de lo particular; la sociabilidad como condición para ejercer dicha facultad, es decir, la percepción de que los hombres dependen de sus semejantes no sólo porque poseen un cuerpo y unas necesidades físicas, sino precisamente a causa de sus facultades mentales— son temas, todos ellos, de importante significado político […]”[6].
Aquí Arendt, sostengo, ofrece demasiado alcance a la CFJ, un alcance que al menos el mismo Kant no ofrece. Lo primero que habría que decir es que no resulta bajo ningún punto de vista evidente, como Arendt sugiere, que la CFJ ofrezca nexos claros con el tema de lo político. Ahora, sí es posible decir que quizá sea un texto que ofrece, eventualmente, más posibilidades de pensar aquellos nexos; pero incluso esta afirmación es también compleja ya que podemos encontrar en la Crítica de la razón práctica, La paz perpetua o en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres elementos que ofrecen una relación más directa. Lo que queda claro es lo que motiva a Arendt para afirmar algo como esto. Se trata de su atención por el mundo de las apariencias y por el ámbito de lo particular; es por ello que dirige la atención a la reflexión de este puntual texto kantiano. No obstante, lo que corresponde examinar es si es posible, con legitimidad, leer en Kant estos propósitos también. Por ejemplo, habría que preguntarse si, efectivamente, la primera parte de la CFJ, i.e, la Crítica de la facultad de juzgar estética, “se ocupa de los hombres en plural, cómo son de verdad y cómo viven en sociedad”. ¿Es ese el propósito de la primera parte del texto?, ¿son esas las materias de análisis? E, igualmente, tocará analizar si aquellos elementos que hemos consignado en la segunda cita constituyen auténticamente elementos que pueden trasladarse a lo político. A pesar de lo dicho, que quede claro que no se trata de una crítica a las consecuencias que Arendt saca de estos motivos kantianos; se trata de un examen de la legitimidad de su uso para lo político partiendo del texto mismo.
[1] Arendt muere en 1975 y la obra se publica en 1978 en su original inglés bajo la edición de Mary McCarthy. Como consta en los archivos de Arendt, solo pudo encontrarse sobre “El juicio” la primera página con apenas el título y dos epígrafes.
[2] Arendt, H. Conferencias sobre la filosofía política de Kant. Barcelona: Paidós, 2003.
[3] Ibid. p. 17 (que corresponde al Post-scriptum a “El pensamiento” en La vida del espíritu).
[4] Ibid.
[5] Ibid. pp. 33-34.
[6] Ibid. p. 35.
Hannah Arendt sobre el problema del juicio (I)
Publicado: 16/04/2010 Archivado en: Aristóteles, Hannah Arendt, Kant | Tags: Aristóteles, Ética, Crítica de la Facultad de Juzgar, Hannah Arendt, Immanuel Kant Deja un comentario »Me disculpo por la ausencia de comunicación en los últimos días. Trato de mantener este blog actualizado de modo constante; sin embargo, a veces uno se queda sin ideas, como le pasó al Narrador de Cuentos, o sin tiempo, como le pasa al filósofo peruano promedio. Esta semana tuvo un poco de las dos cosas, pero ya nos toca regresar a la actividad intelectual por este medio.
Quiero dejar por unos días los temas polémicos relativos al Papa y al problema del abuso sexual por parte de sacerdotes católicos. El tema tiene para rato, lamentablemente, y tomar alguna distancia de él siempre es útil. Además quisiera dedicar un post al asunto de la sugerencia inglesa de procesar a Benedicto XVI por delitos contra la humanidad, cuestión que es particularmente interesante por su dimensión jurídica y polémica. Felizmente cuento con la ayuda cercana de una persona especialista en temas de derecho internacional, así que luego de informarme adecuadamente con ella, procederé a hacer un post al respecto.
De momento, quisiera volver al fuero estrictamente académico, con el riesgo de la pérdida de algunos lectores, claro. Me interesa presentarles un trabajo que considero bastante interesante y que mereció la más alta nota que recibí por una monografía en mis estudios de filosofía de pregrado. El trabajo llevó como título original “Forma y contexto. La tensión arendtiana en torno al problema de juicio” y fue presentado en julio del 2008 en el contexto de mi último curso –Seminario de Problemas de Filosofía Práctica– como alumno de pregrado en la PUCP. El mismo fue corregido por Pepi Patrón, profesora querida y hoy Vicerrectora de Investigación de la misma universidad. Les cuento, brevemente, de qué trata el texto citando la presentación original del mismo:
“El trabajo que a continuación se presenta, pretende ser una aproximación al pensamiento de Hannah Arendt desde la perspectiva del interés de la autora por el problema del juicio. De este modo, trataremos de hacer una entrada que nos permita evidenciar la peculiaridad de la reflexión arendtiana entorno a esta materia dirigiéndonos a las fuentes principales en las que trata tal cuestión. Básicamente, examinaremos el estudio que Arendt realiza sobre algunos parágrafos de la Crítica de la facultad de juzgar (CFJ) de Kant, parágrafos que se convierten en motivos de un desarrollo más amplio que el kantiano y que conducen a la autora hacia la esfera de lo público, hacia la política.
Lo interesante, y esa será una de las líneas que seguiremos en este ensayo, es que la esfera de lo político en Arendt, ha remitido casi siempre al mundo griego y en particular a Aristóteles. La pregunta que se hace necesaria es cómo se genera ese tránsito con la suficiente legitimidad conceptual y argumentativa, me refiero al tránsito hacia lo político desde Kant y no a través de Aristóteles, que parecería ser la opción de la Arendt de los setentas. La pista que seguiremos en este trabajo nos conducirá a afirmar que, de hecho, el tránsito y la consistencia de tal abordaje son, al menos, discutibles. Para ello, convendrá observar el tenor de la recepción arendtiana del problema del juicio en la no menos problemática tercera Crítica de Kant, ya que si la sospecha es correcta, tal recepción es bastante compleja y los pasos que se dan a partir de ella tienen dificultad para sostenerse.
Ahora, este problema no quita legitimidad al trabajo de Arendt, sino que, a mi juicio, permite verlo desde otra perspectiva, a saber, la de su propio y original énfasis en Aristóteles. Trabajaremos, entonces, a través de dos bloques expositivos: en un primer momento, introduciremos la temática del juicio desde la aproximación de Arendt a la CFJ, para proceder de modo simultáneo a contrastarla con el mismo texto de Kant y ofrecer así una imagen paralela tanto del tratamiento de Arendt como del trabajo específico de Kant en torno a la facultad de juzgar estética; en la segunda parte, dirigiremos la mirada al tratamiento aristotélico de la phrónesis y sus nexos con la ejecución de las virtudes en la polis para hacer patente que la ruta inaugurada con Aristóteles, a través de esta sabiduría práctica, parece mostrarse más sólida que el camino emprendido con Kant. No obstante, se presentarán, algunos apuntes críticos que pongan de manifiesto los problemas que se derivan del acercamiento aristotélico, sobre todo los vinculados a la vida contemplativa. Cerraremos el texto con una propuesta de conciliación frente a este problema”.
Quiero disculparme con el lector no habituado a la dificultad que supone la lectura de Kant, en particular, la de esta tercera Crítica, uno de sus textos más difíciles. Sin embargo, en filosofía es menester trabajar textos complejos más de una vez y siendo este un blog filosófico, asumo el riesgo. Espero, no obstante, que el lector halle en mis apuntes y comentarios la ayuda suficiente para comprender mejor el problema del juicio kantiano y las razones, problemáticas o no, por las cuales Arendt desea utilizarlo para pensar cuestiones de orden político. Ojalá encuentren el texto ordenado e informativo y, sobre todo, creativo. Lo que más me gustaría es leer sus objeciones y preguntas, en particular, cuando decido tomar distancia crítica de Arendt para desarrollar mis propias hipótesis. En fin, buena lectura, seguimos en contacto!








