Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (IV)
Publicado: 15/02/2010 Archivado en: Nietzsche | Tags: Alexander Nehamas, Así habló Zaratustra, Crítica de la religión, Deconstrucción, Dios, Genealogía de la Moral, Ideales ascéticos, Nietzsche, Religión 9 Comentarios »
Quisiera volver ahora sobre otro de los problemas que dejamos pendientes: ¿es el ideal ascético una vocación natural? Si es así, ¿por qué Nietzsche lo desprecia? El ascetismo facilita una vida más plena, más llevadera, de algún modo, incluso, la reafirma enérgicamente: “Nace del deseo y la inclinación, quizás incluso la compulsión, a involucrarse en aquello para lo que se está más capacitado, independientemente de las consecuencias: es resultado y manifestación de la voluntad de poder; su sentido es la voluntad de poder” (NVL, 147). La contradicción radica en que esta es una voluntad de poder que aspira a su propia aniquilación. Es la naturaleza contra algo que también es naturaleza (Ibid., 148-149). El ideal ascético tiene aquí un rol similar al que tenía la tragedia en aquella primera obra nietzscheana: una forma de hacer que la vida, ante la visión del abismo, adquiera algún sentido que permita vivirla sin caer en la desesperación. El arte salvaba al griego y mediante el arte, lo salvaba la vida (NVL, 149). Por eso Nietzsche admiraba a los griegos, porque sabiendo de qué estaba hecha la vida, decidieron revelarse contra ella: los griegos eran superficiales… ¡de pura profundidad! (NVL, 150 [GC, Pref., 4; NT, 24).
Del mismo modo, Nietzsche considera que el ideal ascético ofrece un modo para pensar que la vida merece ser vivida. El ideal ascético nace del instinto natural por proteger una vida que degenera (GM, §13). Así, en lugar de ser un negador de la misma, es una de las fuerzas más afirmativas de la vida (Ibid.). El rol del sacerdote ascético es dar un sentido al dolor y al sufrimiento de la vida, propone así entonces una respuesta para el problema: la culpa nos induce al sufrimiento. Pero como sabemos, el giro es radical: el culpable del sufrimiento es uno mismo. Lo que queremos decir, en buena cuenta, es que el ideal ascético es también una manifestación de una voluntad de poder, una voluntad de nada, como sabemos; pero voluntad finalmente. Es pues un modo de afirmación de la vida, a través de otra, de querer ser otro; pero afirmación finalmente. Así, el ideal ascético se revela como una variante de la voluntad de poder: aunque se quiera la nada, la voluntad ha sido preservada (NVL, 155). Pero si esto es así, ¿por qué el desprecio?
La cuestión estriba por el modo en que esta voluntad débil se afirma. Su modo de afirmación pretende universalidad, todos deben adecuarse a ella y a la formulación de valores que ella plantea. La voluntad del poderoso, del noble no pretende eso, no concibe absolutos porque ella es consciente del carácter interpretativo de la vida, valorativo. Lo nocivo del ideal ascético no es que quiera la nada, finalmente querer es afirmar: lo que repugna a Nietzsche es que el ideal ascético oculta su condición de ser una entre otras más interpretaciones del mundo, se presenta como unívoco e inalterable, niega la multiplicidad y la convivencia de lo diverso como teniendo igual valor. Allí reside su vileza. Por eso, a pesar de ser un impulso natural, es despreciado por Nietzsche. La verdad que nuestro autor presenta es de otro orden, porque ella implica por sí misma el autocuestionamiento e invita a la mirada crítica y no a la obediencia irreflexiva detrás del ideal del sacerdote. En esa línea cobra sentido el hecho de que Nietzsche dedique los últimos apartados de la Genealogía a la crítica de la verdad y la ciencia. Uno podría pensar que la ciencia es la enemiga principal del pensamiento ascético al concentrarse en los hechos y no en la ficción que crea el ascetismo, pero Nietzsche replica que eso es un error: la fe de la ciencia es aún una fe metafísica porque se entrega a ella sin cuestionamientos y nos hace creer que existe una dimensión de puro conocimiento que nos separa de la mentira, del error, del engaño. De hecho, la ciencia no es más que la descendiente de la búsqueda ascética de la certeza. Es, si se quiere, su versión secular.
Por eso, finalmente, podremos decir ya, el modo más adecuado de leer este tratado y la obra de Nietzsche es un modo estético. Uno que se preocupa más por la forma en que la vida se organiza más que por su contenido. Así, Nietzsche no critica sin más el contenido del ideal ascético: sabemos que es un modo de afirmación de la vida y, en ese sentido, una manifestación de la voluntad de poder. Lo que se critica es que se organice de tal modo que pretenda aplastar toda manifestación distinta y afianzarse como una forma absoluta. La cuestión consiste es experimentar la vida con tal intensidad que cada elemento de la misma sea igualmente esencial, por eso querríamos vivir cada uno de esos elementos eternamente, como un retorno de la vida que no se detiene. Se trata de una valoración de la forma en que la vida se ha constituido y no tanto del contenido moral o no que esta tiene, por eso la valoración es estética. El arte pues, cobra un lugar relevante, particularmente la comedia: ya lo indicó Nietzsche al final de esta obra, hacer del ideal ascético motivo de comedia es el mejor modo de enfrentarse a él. Esta es quizá la única forma en que Nietzsche no cae en la autoanulación. No negará sin más el ascetismo como falso, promoverá el arte como alternativa porque en él los valores están ya transvalorados y porque sabe bien que en el arte la inversión es lícita.
Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (III)
Publicado: 12/02/2010 Archivado en: Nietzsche | Tags: Alexander Nehamas, Así habló Zaratustra, Crítica de la religión, Deconstrucción, Dios, Genealogía de la Moral, Ideales ascéticos, Moral católica, Nietzsche, Religión Deja un comentario »Si volvemos, entonces, al asunto de la interpretación, hay que volver a la frase con la que Nietzsche nos propone interpretar el Tercer Tratado:
Despreocupados, irónicos, violentos
—así nos quiere la sabiduría: es una mujer,
Ama siempre únicamente a un guerrero…
Lo primero que hay que recordar es que aquel aforismo proviene de una sección del Así habló Zaratustra que lleva como título “Del leer y el escribir”[1]. En ese sentido, conviene descartar la idea literal de que este aforismo tiene que ver con un conflicto bélico. La sabiduría ama la pasión, la parcialidad de la empresa intelectual: es un elogio de la energía del pensador (NVL, 144). Sino, baste con mirar las líneas con las que se abre esa sección Nietzsche: “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu” (AHZ, 69). Así que este aforismo inicial de la Genealogía marca una pauta que ya podríamos sospechar: se amplía con él la pretensión de verdad del Primer Tratado. Si en aquel parecía Nietzsche buscar la verdad como el rigor de un genealogista, ahora comprendemos con más precisión a qué verdad se refería, la única existente: aquella que reconoce que toda empresa lleva carne y sangre, que todo está lleno de valoraciones. La sabiduría quiere un guerrero, porque quiere un buscador de la victoria, intenso, capaz de dejar la sangre, consciente de que sólo con ella se conquista la verdad. Luego, Nehamas indica con agudeza:
“¿En qué términos se convierte este ensayo en una interpretación de aquel aforismo? No se abunda en dicho aforismo. No se le ofrece explicación. […] De hecho, el ensayo parece estar concebido de manera que el lector se olvide de que está concebido como una interpretación de la sentencia que lo encabeza. Ahora bien, Nietzsche no piensa que la interpretación se reduzca únicamente a un comentario […]. Piensa, por el contrario, que «todo lo que domina y se enseñorea se convierte en interpretación» (GM, II, §12), está facultado, por lo tanto, para escribir asimismo que «la interpretación es en sí un modo de adueñarse de algo» (VP, 643). Por eso, el tercer ensayo de esta obra es, principalmente, un aplicarse a sí mismo de manera autoconsciente el aforismo que lo precede, y dicha aplicación se convierte en su modo de interpretación —esto es, lo amplía, lo sondea, lo complica—” (NVL, 145).
De este modo, me parece, tenemos una aproximación bastante más precisa al problema. La sentencia nietzscheana no tiene el mero valor circunstancial de unas líneas que serán desglosadas para su interpretación, una labor más bien simplona, como la que ejecuta ahora mismo quien escribe. La idea de Nietzsche es que tales palabras constituyen el motor de su propio pensamiento, aquel que es consciente de la pasión que implica la verdad, aquel que se hace señor del mundo porque sabe bien que el mundo es uno de interpretaciones y que la consciencia de ello le da el poder para acceder a la realidad de un modo nuevo, el verdadero.
[1] Nietzsche, F. Así habló Zaratustra. Madrid: Alianza, 1972. En adelante, AHZ.
Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (II)
Publicado: 09/02/2010 Archivado en: Nietzsche | Tags: Crítica de la religión, Deconstrucción, Dios, Ideales ascéticos, Moral católica, Nietzsche, Religión, Teología débil Deja un comentario »En general para Nietzsche la filosofía ha estado desde el inicio estrechamente vinculada con el ideal ascético, es más, este le sirvió como andador para dar sus primeros pasos. La idea es interesante ya que se juzga a la filosofía como habiendo sido incapaz de cobrar conciencia de sí y por ello incapaz de lanzarse a lo que parecería su verdadera vocación, lanzarse hacia aquello que se le niega; pero como tal vocación resultaba demasiado difícil, prefirió evadirla y asentarse en la comodidad del ideal ascético. Y así, cada cosa se valora en sentido invertido. Aquel ideal de búsqueda de lo que se nos niega, se entiendo como desmesura e impiedad y aquello opuesto a lo que hoy veneramos era lo que tenía la custodia de dios en el pasado.
Así todo se ha invertido y quienes nos ponen enfermos son los que nos parecen hoy más necesarios, lo que nos envilece es lo que veneramos ahora como virtud (§9, 145-148). Así, su actitud de pasividad frente a la vida, su condición inactiva, no-guerrera, contemplativa fue vista en el inicio con reserva y sospecha; por ello los filósofos se hicieron de las armas que permitieron que tal actitud generase respeto y temor y tales valores se convirtieron en los valores dignos de veneración (§10, 149).
En buena cuenta, “el espíritu filosófico […] tuvo que disfrazarse de sacerdote, mago, adivino, de hombre religioso en todo caso, para ser siquiera posible en cierta medida: el ideal ascético le ha servido durante mucho tiempo al filósofo como forma de presentación, como presupuesto de su existencia, —tuvo que representar ese ideal para poder ser filósofo, tuvo que creer en él para poder representarlo” (GM, 150). Lo que terminará propugnando este filósofo-sacerdote ascético es un tipo de vida distinta a esta del devenir y la caducidad, una vida a la que esta se contrapone y que sólo se puede alcanzar volviendo la vida concreta contra sí misma, negándose ella misma ya que ella es sólo un puente hacia aquella mejor y futura (§11, 151). Sin embargo, y esto es lo más interesante, este movimiento de negación “tiene que ser una necesidad de primer rango […] que una y otra vez hace prosperar esta especie hostil a la vida —tiene que ser, sin duda, un interés de la vida misma el que tal tipo de contradicción no se extinga” (§11, 152)[1]. Lo que hay que analizar es cómo es posible que sea la vida misma la que se autoaniquile a través de la postulación de este ideal.
Por ello debemos proponer un acercamiento complejo al problema de nuestras prácticas morales, hay que examinarlas como “«textos», como signos dotados de significado, como expresiones de una voluntad de poder que aspira a ser descifrada por vía de la interpretación”[2]. En el fondo se trata de aquello que ya había sugerido Nietzsche en el pasaje que ya hemos citado: practicar la lectura como arte. El problema, como sabemos tiene que ver con las contradicciones que esto puede generar. Para empezar, el conflicto de las interpretaciones que la postura nietzscheana implica: él pretende desentrañar la verdad sobre la historia y el valor de la moralidad. El conflicto aflora cuando se cae en la cuenta de que es justamente esa verdad, la de Nietzsche, la que se plantea como correcta (Ibid., cf., por ejemplo, GM I, §1). Ante esto, los matices son necesarios.
Lo primero que habría que decir es que no se trata de una pretensión de corrección sin más, no consiste en un argumento de mera autoridad. La cuestión es algo más consistente: la verdad que Nietzsche vindica es la de la crítica de los supuestos no examinados. El ideal ascético se somete a juicio, justamente, por haberse creído sin presupuesto; por creer que la metafísica consistía en una verdad inconmovible y permanente. Como si se tratase de fuentes de valor constituidas independientemente de toda valoración. La verdad que Nietzsche propone implica esta conciencia del valor como fuente de todas nuestras interpretaciones. ¿Esta interpretación es verdadera? Pues la manera de juzgar esto tendría que ser ya desde la propuesta de Nietzsche. Si pretendemos juzgar la verdad de estas afirmaciones desde el canon que Nietzsche critica caemos en un círculo que no le hace justicia; aunque, claro, quizá esto no sea suficiente como respuesta.
[1] Colocaré aquí algunas de las principales formas en que el texto de Nietzsche presenta la cuestión a la que hacemos referencia. La idea central se mantiene y va llenándose de contenidos más precisos en la medida que el texto avanza, pero, justamente por eso, tomo nota general de estos elementos nuevos y no los desarrollo más. La razón está excluida de la verdad (§12, 154). El sujeto puro del conocimiento (Ibid.). Denuncia nietzscheana de este ideal y afirmación de su perspectivismo (Ibid., 155). El ideal ascético nace del instinto de protección de una vida que degenera pero que quiere conservarse por todos los medios (§13, 155). El sacerdote ascético como la encarnación del ideal por ser otro (Ibid., 156). Los débiles contaminan con su propia miseria la conciencia de los afortunados: es una ignominia ser feliz (§14, 160). Sacerdote ascético es el médico que está enfermo, pero cuya misión es el dominio de los demás enfermos. Cuando cura las heridas a la vez las envenena (§15, 162-163). El resentimiento surge como vía de amortiguar el dolor de la vida con un afecto más intenso (Ibid., 164): el del resentimiento contra uno mismo que es, según el sacerdote ascético, el culpable de nuestras miserias (Ibid., 165). Sólo se lucha contra el displacer mismo, pero no contra su causa: la propia medicación sacerdotal (§17, 167). El pecado como estratagema más nefasta de la interpretación religiosa (§20, 180. Cf. las similitudes con la presentación de Marx y Feuerbach). La ciencia reproduce un esquema actualizado del ideal ascético (§23, 188-189). No existe ciencia sin presupuestos la fe en ciencia es una fe metafísica, la verdad como problema ha sido ocultada por el ideal ascético (§24, 192-193). Ambos deben ser atacados conjuntamente; el arte es el que se opone más radicalmente al ideal ascético, no está envenenado con la mala consciencia (§25, 194). Los verdaderos enemigos del ideal ascético son los que hacen de él comedia (§27, 201).
[2] Nehamas, A. Nietzsche. La vida como literatura. Turner-FCE: Madrid, México, 2002. p. 137. En adelante, NVL.
Nietzsche, el profeta del nuevo cristianismo
Publicado: 05/01/2009 Archivado en: Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Nietzsche, Sagrada Anarquía, San Agustín, Teología de la liberación, William James | Tags: Dios, Gianni Vattimo, Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Nietzsche, Religión, San Agustín, Teología débil, Teología de la liberación, Teología pragmática, Wittgenstein 12 Comentarios »Para concluir, quisiera añadir en la línea de lo precedente algunos apuntes sobre lo que Caputo considera la naturaleza trágica de lo religioso. Porque, a pesar de todo lo dicho ya, para Caputo la religión implica también cierto sentido trágico. Aquí Nietzsche, como para Vattimo, será un autor que tendremos que mantener en la mente. La tragedia, es claro, la incertidumbre. El llamado, el evento impredecible; esa es la tragedia del creyente. Pero como en Nietzsche, el sentido trágico es ambiguo: es a la vez nostalgia y oportunidad, la alegría de la danza.
El ser humano, pareciese, está naturalmente llamado a trascender sus límites, los de las posibilidades de la razón, podríamos decir con Kant. Y por ello, si bien Caputo consigna a la incertidumbre y a lo imposible como elementos fundantes de lo religioso, es conciente también de esta vocación humana por la seguridad y la certeza. El creyente vacila, duda, teme. Siente la angustia profunda que aquejaba de temor y temblor a un Kierkegaard abrumado ante el sacrificio de Isaac. El creyente, el apasionado por el amor sabe que no tiene certeza alguna, sabe que a Dios no lo puede probar, no sabe qué ama cuando ama a su Dios y no sabe si quiera quién es él, el que se supone ama a este Dios que no conoce.
Así puestas las cosas, Caputo concede: la vida del creyente, como la describimos aquí, claro, está marcada por la tragedia de la inseguridad, de la desprotección, de la ausencia de cobijo. Contra todo pronóstico y en una senda inaugurada con inteligencia por Vattimo, aquí Nietzsche se vuelve uno de los más fuertes aliados de la reflexión religiosa. Porque tanto él como los que nos preocupamos por la problemática de la religión en el mundo posmoderno, estamos convencidos de la necesidad de la crítica a la metafísica occidental. La única diferencia es que Nietzsche la identifica con Platón y el cristianismo de modo visceral y pierde de vista cosas que, seguramente, la época no le permitía notar. Pero hoy, si algo hay de valioso en los aportes de la posmodernidad a lo religioso es justamente eso: la relativización de toda categoría absoluta y la proclamación de la muerte de Dios. No es asunto de poca importancia, por ejemplo, que efectivamente en el cristianismo opere con tanta fuerza la idea de un Dios que muere. Aquí la idea efusiva y violenta de un Zaratustra que proclama la muerte de Dios se vuelve más bien cosa cotidiana: fue justamente el cristianismo el primero en proclamar que su Dios había muerto. Es obvio, aquí no pretendo hacerme el listo, que el sentido es diferente; pero la categoría es la misma y sugiere lecturas conciliatorias.
Vattimo hace una que me parece interesante, aunque no concluyente. La idea de Occidente como un declinar que se gesta en la idea de un Dios que se encarna y que muere como signo del debilitamiento, dentro de la misma tradición, de la propia metafísica occidental es una intuición bastante sugerente. Poco desarrollada por Vattimo, eso sí; pero muy sugerente. El asunto, allende los autores, es que el sentido trágico del que habla Caputo tiene esa ambigüedad que ya había detectado Nietzsche. Porque para él, la tragedia era la de esos últimos hombres que habían acabado con Dios, pero que ahora estaban agobiados por el peso de su muerte y vivían el pasivo nihilismo del sinsentido. Esa era su tragedia. Pero Nietzsche sabía, a su vez, que el magnicidio de Dios era, más bien, motivo de alegría, porque lo que se había operado era el aniquilamiento de un peso ficticio, de una mentira alienante y perversa.
La conciencia de esa tragedia debería subvertir el orden: finalmente no hay tragedia y no la hay porque nos hemos liberado de la opresión de un orden falso e impuesto. Muerto Dios, entonces, viene la alegría del niño, la caminata serena por el jardín del mundo, la danza, la música y el juego de máscaras. Lo que no sospechó Nietzsche es que su profecía podría volverse en contra de sus propias intenciones y convertirse, al final, en bebida revitalizadora de la experiencia religiosa que tan ferozmente criticaba. Y que la muerte del Dios de la metafísica no acaba con la experiencia de Dios, sino que la reavivaba en un su más originario y bíblico sentido.
Por eso dice muy bien Caputo: “el debate entre lo trágico y lo religioso tendría que reestructurarse como una disputa interna que resulta dentro de la religión, entre una religión trágica y otra que no lo es, entre el amor de la necesidad y el amor de lo imposible” (SR, 154). La verdadera tragedia de la religión sólo aparece cuando esta se concibe en términos de necesidad, cuando, por decirlo de algún modo siguiendo la pauta nietzscheana, nos vemos obligados a aceptar el destino trágico del dios Dionisos para lanzarnos al mundo fálico de la voluntad de poder donde aparece la religión del dominio y del fundamentalismo. Contra esta idea, emerge otro sentido de tragedia que, auténticamente entendido, no puede ser más que la alegría del amor por lo imposible. Por eso bien puede decir Vattimo que “la única vía que le queda abierta [al cristianismo] para no regresar a la condición de pequeña secta fundamentalista, como lo era necesariamente en sus inicios, y para devolver efectivamente su vocación universal, es la de asumir el mensaje evangélico como principio de disolución de las pretensiones de objetividad” Una disolución que ya era patente en ese Agustín que no sabe, cuya verdad no es conocimiento, cuya verdad se hace, facere veritatem.
Se trata de una tragedia debilitada, de una tristeza que en verdad debe tornarse en dicha. Animados por lo imposible, por el llamado y la invitación del evento, nos disponemos a la entrega, al amor: la religión es para los amantes y para el que ama ya no hay más tragedia. El que ama se da cuenta de que la pérdida de certeza, la ausencia de una verdad que implique conocimiento no es más que la precondición del amar, “pues lo trágico hace a lo religioso sincero, hace que siga activo, y bloquea el triunfalismo y la autorreclusión [del fundamentalismo]” (SR, 155). Solo el que vacila se entrega, solo el que duda opta. ¿Qué mérito tendría la religión si todo estuviese claro?, ¿qué de grandioso habría en la fe si de Dios todo se supiera? No se trata de eso. El nombre de Dios es un llamado; nuestra reflexión, una teología sobre ese evento, una teología que más aún que preocupada por el qué de la pregunta de Agustín, indaga por un cómo. ¿Cómo amo cuando amo a mi Dios? (SR, 171). Y la medida del amor, ya lo decía el Obispo, es el amor sin medida. Una vez más, teología de la liberación, teología pragmática, teología del evento.
Termino y me traiciono, sin embargo: tampoco la filosofía puede abarcar el evento, con elasticidad que asombra se estiran las palabras para decir lo inefable y no es posible. Quizá queda solo recurrir a una intuición más, a una nueva sugerencia, a una imagen: “mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que son sinsentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido)”. Finalmente, “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.
Cf. Vattimo, G. Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso. Barcelona: Paidós, 2002. Particularmente útil para este punto es la introducción: “Creer que se cree”.
Me refiero a algo que, me parece, comparten también Feuerbach y Marx: cierta oscuridad en la identificación del objeto de la crítica. En los tres casos, y en el caso de Feuerbach es manifiesto al hablar de la “esencia” del cristianismo, la severa censura a la cristiandad proviene de haberla comprendido en términos esencialistas. Eso hizo que todos creyesen que aquello que criticaban era “el” cristianismo. Una mirada menos grave, más histórica y contextual, hubiese podido notar que el objeto de la crítica era solo una faceta, solo una manifestación y que, ante la ausencia de una “esencia” cristiana, su ataque no afectaba la experiencia religiosa directamente. El caso de Nietzsche es particularmente útil para notar este tipo de nublamiento de la visión: el gran crítico de la metafísica occidental estaba tan ensimismado en tal tarea que hizo metafísico el propio discurso. Como bien indica Vattimo, al defensor de las interpretaciones le faltó agudeza para notar que la suya era, también, una interpretación más.
Cf., por ejemplo, Vattimo, G. Nihilismo y emancipación. Ética, política, derecho. Barcelona: Paidós, 2004, p. 49: “Occidente, podríamos decir, declina porque le declinar constituye su vocación histórica. O dicho en otros términos, la historia, en el único modo en que Occidente consigue concebirla y vivirla, es historia de la secularización”.
Ibid. pp. 49-50: “En todo el historicismo moderno, la emancipación y el perfeccionamiento del hombre comportan un alejamiento del horizonte sagrado de los orígenes, que no necesariamente es también una liquidación de la religión, sino que con frecuencia se piensa como una revelación de la verdad más auténtica de lo divino, más auténtica justamente porque lo divino está profundamente emparentado con lo humano (Cristo es Dios encarnado)”.
Es por eso que la crítica a la religión hecha por Feuerbach o Marx es igualmente poderosa y revitalizante. De hecho, la teología de la liberación la incorpora como un tema prioritario y la llena de nuevo sentido en clave evangélica.
Vattimo, G y R. Rorty. El futuro de la religión. Barcelona: Paidós, 2006. p. 73.
Dice el Obispo en el De Ordine 19… II, 18, 47: “no hay en la mente conocimiento de Dios, salvo el de que ella no le conoce”. Y también, en torno al problema de la verdad: “Por eso, Señor, tu verdad no es mía ni de aquél, sino de todos nosotros, a cuya comunicación pública nos llamas, advirtiéndonos que no queramos poseerla privada, para no vernos privados de ella” (Confesiones XII, 25).
Para un estudio detalladísimo y serio sobre los problemas relativos al conocimiento y a la verdad en la gestación del corpus bíblico, la lectura de Sacchi, P. Historia del judaísmo en la época del segundo templo. Madrid: Trotta-PUCP, 2004 es imprescindible. Allí Sacchi, en uno de los estudios más preclaros sobre la historia de la génesis del pensamiento judeo-cristiano, ofrece importante material documental que atestigua que las tensiones en torno al problema del conocimiento fueron constantes y tomaron rumbos diversos dependiendo de la época. Es imposible entrar aquí en los detalles de una obra monumental como esa, pero sugiero la revisión de la Introducción que ofrece un interesante panorama de los temas centrales. Además conviene un examen integral de toda la sección IV, con atención particular en los capítulos dedicados al conocimiento (11), el problema del mal (12), la salvación (13), el mesianismo (14), lo sagrado y lo profano (17).
Wittgenstein, L. Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Revista de Occidente, 1957. Aforismos 6.54 y 7.
Deconstrucción y pragmatismo: la pregunta de San Agustín
Publicado: 18/12/2008 Archivado en: Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Nietzsche, Sagrada Anarquía, San Agustín, Teología de la liberación, William James | Tags: Blaise Pascal, Deconstrucción, Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Pragmatismo, San Agustín, Teología débil, Teología de la liberación, Teología pragmática, William James 6 Comentarios »
Finalmente, quisiera cerrar estas breves indagaciones aludiendo a un tema que está muy en la línea de lo que hemos dicho hasta aquí. Se trata del sentido de la permanencia de la pregunta en la experiencia religiosa. Caputo, ya no en The weakness of God, el texto al que nos hemos venido refiriendo antes; sino en Sobre la religión plantea este problema lanzando la pregunta que Agustín se hacía en las Confesiones: “¿qué amo cuando amo a Dios?” o “¿qué amo cuando te amo a ti, Dios mío? (X, vi)”. Si hemos visto la relevancia de la pregunta por el nombre de Dios, está claro que volver a ella en estos términos ofrece también importantes razones. ¿Qué es lo que amo, entonces, cuando amo a Dios? La pregunta es compleja, hay que detenernos en ella.
Un camino para responderla se empieza a desarrollar cuando atendemos a lo que Caputo denomina el “futuro absoluto”[1]: se trata de un futuro impredecible que nos coge por sorpresa y echa por tierra los cómodos horizontes de la esperanza que rodea el presente (SR, 19). Parece una distinción nimia, pero si se atiende al cuerpo del problema, la cuestión empieza a generar mayor sentido. Caputo quiere contraponer a este tipo de futuro el futuro que llama “relativo”, aquel que puede estimarse y predecirse más o menos en términos causales. Como menciona el autor, “para el futuro relativo necesitamos una buena cabeza, un ordenador decente y sentido común; para el futuro absoluto, necesitamos esperanza, fe y amor [...]” (ibid.). Esto es importante, porque para el autor el acontecimiento fundante de lo religioso es la apertura a este futuro impredecible, la apertura a lo imposible. Disponerse de ese modo requiere de una opción que está más allá del orden de las causas. Para ponerlo en palabras de James, requiere de la voluntad de creer. Así, para Caputo, y también para James, lo determinante de la experiencia religiosa no es su versión institucionalizada y dominical, por poner un ejemplo; lo es, en cambio, la apertura a la trascendencia, la vocación por lo imposible. Y aquí empieza a tomar forma nuestra pregunta, porque en el fondo, las cosas de Dios son aquellas que tienen que ver con lo imposible, como bien lo supo la pequeña que nos retrata Lucas, una María que salía apenas de la niñez con un gesto cargado de envidiable madurez: que se haga tu voluntad, decía la Virgen, porque no hay nada imposible para Ti. Así, “el nombre de Dios es el nombre de la oportunidad de algo absolutamente nuevo, de un nacimiento, de las expectativas, la esperanza, la esperanza contra la esperanza (Rom 4, 18) en un futuro que se transforma” (SR, 22). Y en ese contexto, Caputo apelará a la noción de Derrida de una “religión sin religión”: la estructura misma de lo religioso es la de la experiencia posibilitada por lo imposible, es una alianza con lo imposible (SR, 27), la máxima agustiniana del corazón inquieto: “nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Luego, Caputo sostendrá que una religión sin religión es en el fondo la renuncia a toda la carga metafísica objetivante que ha lastrado a la religión en sus concepciones convencionales. Está claro que no es una categorización absoluta, pero que apunta a problemas que bien podrían estar comprendidos en la aproximación pragmatista a los temas del conocimiento y de la verdad con las consecuencias directas que ello tiene en materia religiosa, me abstengo aquí de los detalles, pero la Inquisición o las guerras de religión no hacen sino constatar de modo palpable el problema al que me refiero.
Dicho esto, volvamos otra vez al rumbo que nos habíamos trazado: ¿qué amo cuando amo a mi Dios? Con esta pregunta recogida de Agustín, Caputo quiere introducirnos en el juego que está creando, un juego que ya tiene varias piezas para entretenernos. La fuerza de la pregunta es capital y lo es porque nos enrostra la incertidumbre detrás de la religión. ¿Qué amo? No sé, habría que responder. Es más, ¿quién soy yo, el que ama? Tampoco lo sabemos. La riqueza de la religión radica en esta gran incertidumbre. Solo cuando la duda aparece como una realidad, la creencia se hace una opción verdadera, viva como decía James contra Pascal[2]. La duda, la incertidumbre comprometen auténticamente al sujeto en la experiencia de fe. No está del todo claro quién sea Dios, qué amo cuando le amo a Él, ni siquiera está medianamente claro quién soy yo y, sin embargo, la experiencia emerge, el evento nos trasciende, nos aborda lo imposible. Como dice Caputo, “No Conocemos El Secreto (¡adviertan las mayúsculas!)” (SR, 32). Como es lógico, no se trata de una ignorancia que invita a la inacción: todo lo contrario. Hablamos aquí de una pasión cuya condición es el no saber, “ese no saber es el elemento ineludible en el que se toman las decisiones, que intensifica la pasión de las mismas. Este no saber no es un tipo de ignorancia simple, corriente y moliente sino más bien parecida a lo que los místicos llaman la docta ignorantia, una ignorancia sabia o culta, que sabe que [...] este no saber es el horizonte ineludible en el que debemos actuar, con la debida determinación, con toda la urgencia que exija la vida. Pues la vida no nos da respiros, no retrasa sus exigencias una hora o dos mientras paramos para comer y nos echamos una siestecita. Nos exige que actuemos, pero nuestras decisiones se ven recubiertas por una fina película, una sensatez incómoda y callada, de desconocimiento” (SR, 32-33). Así, el asunto regresa: ¿qué amo cuando amo a mi Dios? Pues amo la fuerza de la pregunta, mi amor se recrea en la incertidumbre que ella implica. Nos movemos otra vez en el esquema de un evento que invita: “Cuando San Agustín habla así no deberíamos pensar que sufre por un gran agujero o falta o vacío por llenar, sino que es alguien que rebosa de amor y que busca saber hacia dónde dirigir su amor. No sale a ver qué puede conseguir, sino qué puede dar” (SR, 39). Creo que el modo en que Caputo plantea las cosas nos ayuda mucho a atar más de una idea. La religión es para los amantes, habíamos dicho ya. Y lo fundamental de lo religioso radica en su apertura, su negocio es lo imposible. Estamos bajo la lógica del evento, de un evento que funda la experiencia de Dios trascendiendo su mero nombre. Y que, como ya sabemos, se constituye en invitación y en llamado para que venga su reino, el reino de la locura de la cruz. Justamente el reino cuya fuerza radica en la subversión del orden humano y de la causalidad de este mundo: uno en el cual no se busca para sí, sino que se da para el otro, para el otro que es el pequeño, el enfermo, el pobre. Teología de la liberación, teología del evento, teología pragmática.
Luego, como sostiene Caputo, “la pregunta de San Agustín [...] persiste como una pregunta irreducible y eterna, una pregunta constante, primera y última, que nos persigue por los pasillos de nuestros días y noches de manera permanente, dando sal y fuego a nuestras vidas. Ésa es la razón de por qué dicha pregunta está relacionada con otra persistente pregunta agustina, «¿quién soy yo?», a la que San Agustín responde, [...] «una tierra de dificultad y de gran sudor». A vuestros ojos, Oh Señor, dice: «Me he convertido en pregunta para mí mismo». Así pues, estas dos preguntas, la de Dios y la de Sí mismo, van de la mano para San Agustín. [...] cuanto más me sacude interiormente la pregunta de qué es lo que amo, más me sacude la pregunta de quién soy, en virtud de la cual este sentido de ser un «yo» se resuelve e intensifica. [...]. ¿Qué amo cuando amo a mi Dios? ¿Es a Dios? ¿Es a la justicia? ¿Es al amor mismo? De nuevo, la respuesta es otra pregunta. Yo soy el que se preocupa por esto, y el nombre de Dios es el nombre por el que me preocupo. Lo imposible me aturde” (SR, 41-42). Me parece que la cita habla por sí sola y que el dinamismo de la religión se hace manifiesto en la permanencia de la actitud de pregunta. Ahora bien, ¿hay respuesta? Uno podría rápidamente aducir que no y que plantear esa sugerencia resulta contradictorio. Sin embargo, en la lógica de nuestra exposición la respuesta es posible. Hay que responder, eso sí, desde la perspectiva del evento, de lo imposible, de la apertura. La respuesta tiene que ser como la de María: aquí estoy, Señor; hágase en mí. “Se trata de responder, de hacer la verdad, de que la verdad suceda, facere veritatem, como dijo San Agustín, hacer justicia, hacer lo imposible, hacer que la montaña se mueva, ir donde no puedo ir, aunque no sepa quién soy o qué amo cuando amo a mi Dios” (SR, 43). Otra vez, teología del evento, teología pragmática, teología de la liberación: se responde a la invitación, se responde haciendo la verdad, se responde haciendo la verdad que es la justicia de Dios que subvierte el orden y que atiende preferencialmente el sufrimiento del inocente. Nuestra tríada vuelve, se hace consistente.
[1] Si bien no es directamente lo que Caputo tiene aquí en mente, una reflexión escatológica se hace bastante importante cuando se introduce el tema del futuro, sobre todo teniendo en cuenta el hilo de nuestra argumentación en este texto. Sugiero otra vez la entrada de Teología de la liberación, más en detalle el apartado b) Escatología: futuro y actualidad histórica (p. 260 y ss.) Allí Gutiérrez hace un interesante estado de la cuestión apelando a los principales teólogos de la época y plantea la propia postura. Lo que me interesa es el peso de la reflexión del teólogo peruano y sus puntos de contacto con la idea, más ligera es verdad, de “futuro absoluto” planteada por Caputo.
[2] La opción de Pascal no es una opción genuina porque no ofrece una hipótesis viva. Si yo no tengo una disposición previa para la creencia, ninguna argumentación probabilística respecto de mis posibilidades de ganar bienes mayores resulta convincente, no me entusiasma ni me conduce hacia la acción. Para el examen del texto, cf. Pascal, B. Pensamientos. Madrid: Alianza, 1981. pp. 128-130. Para el comentario de James, cf. James, W. La voluntad de creer. Un debate sobre la ética de la creencia. Madrid: Tecnos, 2003. p. 143.
¿Un Dios omnipotente?
Publicado: 10/12/2008 Archivado en: Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Nietzsche, Sagrada Anarquía, San Agustín, Teología de la liberación, William James | Tags: Deconstrucción, Dios, Gustavo Gutiérrez, H-G Gadamer, John D. Caputo, Omnipotencia, Religión, Teología débil, Teología de la liberación, Teología pragmática, William James 3 Comentarios »Después de este breve interludio de creación literaria, quisera volver a la filosofía retomando el tema central de nuestras primeras reflexiones: la teología débil, la sagrada anarquía. Las líneas que siguen, que deben leerse como la continuación directa de El nombre de Dios y la trascendencia del evento, ofrecen una mirada a un complejo problema con el que la teología ha tenido que lidear siempre, el de la omnipotencia divina. Mi intención es deconstruir tal idea y mostrar, entonces, a Dios como carente del poder que usualmente se le ha atribuido en la tradición. Dicho esto, pasemos directamente al texto.
El modo en que hemos descrito el quehacer teológico configura un sentido de teología que bien podemos llamar débil. Opuesta, así, a una teología robusta y fuerte que es la que siempre ha pululado en la tradición, excusada en la búsqueda de la verdad y en la necesidad de claras y distintas aproximaciones. Pero, lo que nos parece interesante aquí es notar que no solo se trata de una aproximación metodológica, que de hecho no es; sino de una experiencia profundamente evangélica que podemos denominar con San Pablo, la de la debilidad de Dios: “porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (1Cor 1, 25)”. Se trata de un pasaje enmarcado en una importante discusión en torno al problema de la sabiduría, la sabiduría de Dios como distinta a la de los hombres, la sabiduría que reside en la aparente necedad de la cruz. Pero, ¿no ha creído siempre la teología que Dios es todopoderoso?, ¿qué significa, entonces, esta compleja afirmación paulina?
Considero que una clave de lectura posible está en la caracterización que hicimos del nombre de Dios. Si este nombre implica un evento que es más una llamada que una causalidad, una provocación más que la presencia de una entidad determinada; si son así las cosas, la idea de un Dios como el ser más perfecto en el orden de la presencia, que preside todo el orden de lo que es y de lo que se manifiesta debe ponerse en cuestión. Si nos esforzamos por trasladar la mirada y quitamos la atención al modo en que nuestra cultura ontoteologizante ha configurado nuestra imagen de Dios, la cuestión se empieza a hacer bastante más sugerente. Porque si entendemos las cosas de un modo distinto, dejaremos de preocuparnos por la existencia de una entidad sobrenatural que coincide con ese nombre y con las características usualmente adjudicadas a la misma. Si el nombre de Dios es principalmente lo que nos transmite un evento que lo trasciende, la preocupación del creyente deberá estar en tratar de responder a ese llamado, a esa provocación implicada en el nombre. Luego, nótese el movimiento, nos concierne responder al nombre de Dios: a nosotros nos compete responderle, no a Él[1]. “El nombre de Dios es más algo que nos llama que una entidad identificable que nosotros podemos llamar, designar” (TWG, 10) [2].
Ahora bien, como indica Caputo, no hay que desestimar la intensidad existencial de la teología débil. La modestia de la propuesta en términos epistemológicos no implica en absoluto carencia alguna de pasión ni de vínculos con la existencia (TWG, 11). Todo lo contrario, este ejercicio hermenéutico de explicitación de pre-juicios[3] relativos a nuestra concepción de lo divino lo que hace patente es la fuerza que implica el nombre de Dios cuando se entiende este en términos de un evento sagrado que irrumpe en lo humano. De hecho, aunque esto excede un poco a Caputo, la determinación exacta de qué es Dios termina siendo una tara que nubla la experiencia religiosa, como decía James. El asunto discurre más bien por lo que la experiencia contiene y lo que contiene es claramente un evento inefable. No queda claro qué sea Dios y de hecho no importa tanto. Lo que opera allí es lo que James llamaba un juicio espiritual: el modo en que esa experiencia tiene sentido y significado para quien cree en ella. Lo relevante no es qué sea dios, sino qué cosas produce siendo de tal o cuál modo. Por eso James combate con tenacidad el dogmatismo religioso que pretende definir lo divino y abarcarlo en proposiciones de razón. James es mucho más modesto y consecuente con sus creencias. Para él, la divinidad “significará aquella realidad primaria a la que el individuo se siente impulsado a responder solemne y gravemente [...]“[4]. Este es para mí uno de los principales puntos de contacto entre ambos autores: la fuerza existencial de la experiencia, el llamado, la invitación, como diría James, a nacer por segunda vez.
Volvamos a Caputo. Así concebidas las cosas, hablamos de un Dios sin mayor poder, si es que poder se entiende aquí como fuerza y soberanía. En esos términos nuestro Dios es impotente. El poder de Dios es, en cambio, vocativo. Se trata de un impotente poder de provocación, un poder de solicitud, de llamado. Por lo mismo, se trata de un poder impotente desde los cánones de lo convencional: no tiene el respaldo de las armas ni de la fuerza y nada impide que simplemente nos demos vuelta y hagamos caso omiso a su llamada (TWG, 13). No tiene la fuerza para coaccionar ni para volver hechos sus llamados: es un poder impotente, no se trata aquí de la imagen ordinaria de poder como fuerza. Esta es la debilidad de Dios, en esto radica el sentido de la sentencia de Pablo. El Dios de la cruz es un Dios débil, es un Dios impotente ante los ojos del mundo. Y es ese Dios, no obstante, al cual nos referimos como rey y hablamos así, del reino de Dios. El tema es prioritario porque, de hecho, lo que entendamos por Dios tiene su manifestación expresa en lo que consideramos su reino. Luego, este poder impotente, esta fuerza que es debilidad solo puede hacerse patente cuando adquiere la forma de una narrativa concreta, una tal como la que se desarrolla en las palabras del nazareno cuando este invoca el reino de Dios. Nótese lo que decimos, el reino se pide, se llama por él: “que venga a nosotros tu reino”, decimos. Lo fascinante, es que el reino de Dios es lo que Caputo gusta llamar una “sagrada anarquía”. El reino de Dios es el auge de la contradicción y del más sagrado y santo caos: amor al enemigo, últimos que se vuelven primeros, subversión del orden jerárquico establecido, reconstitución de lo sagrado, muerte de Dios. Este es el reino que resultaba necedad a los gentiles, la locura de la cruz. Es esta la racionalidad detrás del evento. En ese sentido, y siguiendo nuestro esquema, “el reino de Dios pertenece a la esfera de la invitación, de la invocación, a la poética de la proclamación, del kerygma. El reino es proclamado en narrativas cuya verdad no es mesurada por los estándares de la exactitud historiográfica, de la verdad como correspondencia o adequatio, para el reino, el significado de la verdad es facere veritatem. La verdad del evento es un hecho, algo que hacer, que traducir en la carne de la existencia. Estar en la verdad significa ser transformado por un llamado, el haber sido convertido, el haber recibido un nuevo corazón” (TWG, 16). La referencia a Agustín es clarísima. Caputo lo siente siempre muy cercano y es uno de sus héroes comunes en la reflexión. Los ecos jamesianos, si bien no directos, también se escuchan por estas galerías. En el fondo no se trata de una gran novedad: es el sentido mismo de la Escritura que llama, que invita a que acontezca el amor, que se haga la caridad, que venga tu reino, Señor. La voz de Gutiérrez, finalmente, tampoco suena lejana: la justicia de Dios es el amor que libera y que libera inclinando el oído ante el llamado del que sufre, al que sufre se le quiere con preferencia. No es un amor que excluye, pero es un amor que prefiere primero a los últimos. Así funciona el logos de la cruz. La liberación no es otra cosa que eso, una oración: que venga tu reino, que acabe el egoísmo, que cese el sufrimiento. Ahora, ¿es solo eso? ¡Si bastase con oraciones, si bastase! Pero no, el nombre de Dios, el evento que este oculta es una invitación, un llamado. ¿A qué? Al amor. Recordemos: Dios no tiene el poder que cree el mundo, no es una fuerza imperturbable y soberana. Se trata del Dios que muere en la cruz. Por eso es débil, por eso su poder es impotente: no conmina, no fuerza; solo invita. De allí la valía de la experiencia por encima de toda teología: sin experiencia de Dios las manos se quedan atadas, los oídos sordos y esquivamos la mirada cuando nos interpela el dolor del otro. La religión es para los amantes, dice Caputo; quien no ama no sabe de religión. Solo el que se deja cautivar por el llamado, aquel en quien irrumpe con verdadera fuerza el evento es capaz de mirar los ojos y tomar las manos del otro. Sólo así acaece la verdadera liberación: a través de un movimiento profundo consecuencia de la irrupción del evento fundante, de la opción de creer en un Dios que libera y que experimenta en sí mismo la más profunda debilidad, aquella que lo conecta al que sufre mediante las manos del prójimo. Ahora bien, todo esto no implica la renuncia de la acción de Dios en la historia, sólo la redimensiona: “la eficacia transformadora de la presencia de Dios en la historia es real, pero sin violentarla, ni suplantar las responsabilidades e iniciativas humanas. Es más bien una exigencia y una conversión para una acción histórica nueva, conforme a su palabra y a su voluntad. La palabra de Yahvé a Moisés es clara: «Yo te envío para que saques a mi pueblo [...] Yo estaré contigo» (Ex 3, 10; 12), pero de ninguna manera le dice: Yo lo haré en vez de ti”[5].[6]
[1] Esto, obviamente, necesita añadidos. Si Dios se revela, hay claramente una dinámica de “respuesta” de su parte; pero esta no está enmarcada, y eso es lo fundamental, en el ánimo de una revelación conceptual que cierre dispuestas acerca de quién es el Dios verdadero o qué es la verdad. Si algo nos dice Dios de sí mismo es, justamente, que es un evento que trasciende toda categoría humana. En palabras de L-F Crespo, se trata de una revelación “misteriosa no en el sentido de esotérica e inalcanzable, sino en el sentido paulino de misterio escondido de Dios que se revela en Jesucristo, dándose a conocer para nuestra salvación y no para satisfacer una curiosidad sobre su naturaleza.
En la revelación, Dios no busca tanto decirnos alguna verdad o doctrina hasta entonces inasequible y desconocida: se dice a Sí mismo, se comunica Él mismo, se revela como «Bondad salvadora y amor a los hombres» (Tit 2, 11)”. Crespo, L-F. Revisión de vida y seguimiento de Jesús. Lima: CEP-UNEC, 1991, pp. 22-23.
[2] Recojo aquí unas líneas de mi amigo Luis Bacigalupo que, creo, resumen de muy buen modo el problema al que nos estamos refiriendo. La cita corresponde a Bacigalupo, L. “Talking about religion in philosophy”, en: How should we talk about religion?: perspectives, contexts, particularities. Indiana: University of Notre Dame, 2006, la traducción es mía: ”¿Para un punto de vista religioso, qué razón tiene preguntar por la naturaleza de Dios? ¿Cuál es el punto de determinar teológicamente Su naturaleza como perfecta, es decir, inmutable? En mi opinión, esto sólo expresa el deseo profundamente enraizado de saber aquello que los seres humanos no pueden saber. Si nosotros nos liberamos de esta humana, tan humana tendencia, podremos probablemente darnos cuenta de que Dios tiene que ser pensado como absolutamente justo, más que como perfecto. ¿Por qué justicia? ¿Por qué no perfección? Mi respuesta sería que la justicia tiene sentido para la vida práctica, mientras que la perfección como inmutabilidad no nos dice nada relevante para ella. Cuando la teología hace estas preguntas irrelevantes, se concibe a sí misma como una ciencia, lo cual la convierte en una pseudo-ciencia y desplaza sus preocupaciones por la experiencia religiosa a un segundo nivel de importancia. Mediante este cambio, la teología seguirá pensando acerca de “Dios”, pero esto la alejará de la relación personal con Él que es la que verdaderamente concierne a la racionalidad religiosa”.
[3] Insisto aquí, como lo hace también Gadamer, en que es fundamental rehabilitar el significado de “prejuicio”. Lo entiendo en este contexto del mismo modo en que él lo hace: “un juicio que se forma antes de la convalidación definitiva de todos los momentos que son objetivamente determinantes” (Gadamer. Verdad y Método. Salamanca: Sígueme, 2005. p. 337).
[4] James, W. Las variedades de la experiencia religiosa. Estudio de la naturaleza humana. Barcelona: Península, 1994. p. 39.
[5] Crespo, L-F. Op. cit. pp. 26-27.
[6] Para una reflexión más integral sobre el sentido de la liberación en la historia y el carácter del llamado a la opción preferencial por el pobre, cf. Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. pp. 113-114, en las cuales se habla de los tres niveles interdependientes de liberación. También en el mismo texto es relevante la conexión que hace Gutiérrez entre creación y salvación, comprender ese proceso abona a favor de nuestra lectura del problema, cf. capítulo 9, “Liberación y salvación”, particularmente la idea de “una sola historia”. No resulta carente de interés contraponer esta idea de unidad de la historia del teólogo peruano con la idea de la ruptura de la unicidad de la historia en Vattimo, G. “Posmodernidad: ¿Una sociedad transparente?”, en: Vattimo, G [et. al.] En torno a la posmodernidad. Bogotá: Anthropos, 1994. Aunque, si uno afina la mirada, puede ver más puntos de contacto que de divergencia. Finalmente, para una aproximación teológica con una entrada algo distinta al problema de la salvación, cf. Torres Queiruga, A. Recuperar la salvación: para una interpretación liberadora de la experiencia cristiana. Santander: Sal Terrae, 1997. Es particularmente propicio, para los fines de este trabajo, revisar el apartado dedicado al problema del mal. Las tesis allí vertidas, esta vez desde el ángulo de la teología católica y no ya desde la mirada de la filosofía preocupada por materias teológicas, avalan de muy buen modo la sugerencia en contra de la omnipotencia de Dios que aquí venimos haciendo.
El nombre de Dios y la trascendencia del evento
Publicado: 04/12/2008 Archivado en: Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Nietzsche, Sagrada Anarquía, San Agustín, Teología de la liberación, William James | Tags: Deconstrucción, Dios, Evento, Gustavo Gutiérrez, John D. Caputo, Religión, Teología débil, William James 6 Comentarios »Lo que intentaré sugerir en estas líneas es deconstruir algunas de las tesis fundamentales de lo que, a mi juicio, es una comprensión poco adecuada de los presupuestos básicos del discurso religioso[1]. Con ello trataré de reconciliar algunos elementos de la tradición cristiana con una lectura posmoderna de la misma que, no obstante, bebe de las propias fuentes de los escritos sagrados de esta confesión religiosa.
Ahora bien, para abordar esta compleja cuestión trabajaremos desde al menos dos frentes comunes, aunque privilegiando a su vez a dos autores determinantes en la tradición: Pablo y Agustín. Y lo haremos, principalmente, a través de la mirada de un pensador que se ha vuelto muy caro a mis intereses filosófico-teológicos: John D. Caputo. El asunto consistirá en pensar la religión desde la perspectiva de lo que se ha venido a llamar la teología débil y, en ese sentido, se tratará aquí de privilegiar, justamente, voces que han quedado en olvido y que, sin embargo, nos parecen las más esenciales. Nos concentraremos, pues, en dos cuestiones fundamentales e interconectadas. Por un lado, en la naturaleza de lo que Caputo llama el “evento”, una experiencia que trasciende la humana, pero no en los términos de la onto-teología a la que nos ha acostumbrado el ala más preponderante del discurso acerca de Dios y de la fe; por el otro, en la primacía del misterio y de la pregunta que fundan la experiencia religiosa. Nuestros temas serán los de una teología débil, los de una religión que se gesta desde un Dios que funda la experiencia de fe en el madero astillado de una cruz. Así, la exposición que sigue, se desarrollará desde lo que podríamos llamar con San Pablo, el logos de la cruz.
I
El nombre de Dios y la trascendencia del evento
Quizá una de las tesis más sugerentes de Caputo en torno a la relación que establece el creyente con lo divino está enmarcada en una interesante reflexión acerca de los alcances del nombre de Dios. ¿A qué llamamos Dios cuando hablamos de lo divino?, podría ser la pregunta. Está claro que la precisión de esta pregunta es determinante para el curso, no sólo de nuestra exposición: se trata de una pregunta capital para el sentido mismo de la filosofía de la religión. Una pregunta que, por otro lado, y con matices distintos, ya se había hecho William James en Las variedades de la experiencia religiosa. Compete el esfuerzo de dilucidarla, porque como ya había notado James, la forma en que nos relacionemos con esto que consideramos nuestro dios configura, o debería configurar, nuestro proceder en el mundo.
En esa línea, Caputo[2] distingue entre dos nociones cardinales, a saber, las de nombre y evento. Los nombres, nos dice, “contienen eventos a los cuales les dan cierta estabilidad al guarecerlos en una suerte de unidad nominal. Los eventos, en cambio, son incontenibles: hacen patente que, finalmente, ningún nombre es capaz de captar la totalidad de un evento[3]. El evento es por su naturaleza móvil, nunca descansa” (TWG, 2). El nombre solo enuncia o, mejor, anuncia un evento por venir, una posibilidad futura. El nombre esboza lo que el evento terminará por inundar y trascender: lo importante, entonces, no es el nombre; sino lo que este anuncia, lo que sugiere sin capacidad de asir con claridad. Por ello, el nombre nunca puede ser tomado en su sentido literal. Conviene, más bien, una comprensión poética del mismo: una aproximación que no pretenda explicarlo sin más, sino que se deje impactar por lo inefable del mismo (TWG, 4). El evento, además, es algo que adviene, que nos acaece, que supera nuestro horizonte de expectativa: no se trata de un eslabón dentro de la cadena causal. “Es una irrupción, un exceso, un regalo más allá de la economía de las causas” (TWG, 4). Y, en ese sentido, “se trata de una promesa, un llamado, una solicitud que requiere respuesta, una oración por ser escuchada, esperanza por ser colmada” (TWG, 5). Aún más, nos dice Caputo, el evento del que hablamos está más allá del ser: no puede constreñirse ni al orden óntico ni al ontológico: “el evento no es un episodio óntico-ontológico en el plano del ser; es, más bien, un alboroto dentro del corazón del ser mismo, de los nombres del ser, que hacen al ser mismo carecer de descanso” (TWG, 5). Y, finalmente, aparece aquí, cómo no, un problema crucial en torno a nuestra lectura de lo religioso: la verdad. En palabras del filósofo, “el evento constituye la verdad del nombre” (ibid.) Y aquí verdad tiene un matiz peculiar: “por la verdad del evento, me refiero a aquello de lo cual es este capaz, al futuro abierto e impredecible que el nombre oculta, a sus posibilidades incontenibles, que incluso pueden implicar malas noticias” (ibid.). “Porque son incontenibles, los eventos son esencialmente impredecibles, lo que significa que su verdad es más parecida a la oscuridad que a la luz y que el evento por si mismo es tan riesgoso como prometedor”. Es por ello que “la verdad es materia de oración, más que de epistemología” (TWG, 6). Es una aproximación que, como veremos, toma distancia, no sé si concientemente, de otra que a mí me interesa muy particularmente, la pragmatista. Existen, no obstante, puntos de contacto; aunque ello no quita que el tenor de la aproximación de Caputo sea mucho más existencial que la de James, para hacer simple la diferencia[4]. Y, para completar este breve cuadro, el evento tiene que ver con el tiempo. Es irreductiblemente temporal, pero, como menciona el autor, “el evento es un modo de vivir en el tiempo, pero uno más kairológico que cronológico” (ibid.). “El movimiento del evento no puede medirse a través del tictac del tiempo ordinario, tiene que ver, más bien, con un momento transformante que nos libera de nuestra adherencia al presente y nos abre hacia el futuro de un modo tal que hace posible un nuevo nacimiento, un nuevo comienzo, una nueva invención de nosotros mismos, más allá de si ello despierta peligrosas memorias” (ibid.).
Dicho todo esto, ¿qué implica hacer teología desde esta perspectiva? Pues se tratará de algo casi obvio, pero que con el marco establecido toma nuevos giros. Si teología es hacer un discurso sobre Dios, diremos que haremos uno sobre el nombre de Dios. Lo que significa hacer hermenéutica del evento que se recrea en el nombre. Ahora, no se trata de una reflexión respecto del sentido semántico relativo al nombre, no es ese “significado” el que inquiere nuestro ejercicio hermenéutico: lo que examinaremos será lo que el nombre promete, aquello que invoca, aquello por lo que oramos. El evento de la teología es la teología del evento. Y, en ese sentido, podemos hablar de teología como un ejercicio, como una práctica, un movimiento, en buena cuenta, un evento de deconstrucción del nombre de Dios: “deconstruir el nombre condicionado para liberar el evento que no tiene condiciones” (ibid.). Luego, el nombre de Dios viene primero; pensar teológicamente emerge como una respuesta al modo en que este nombre irrumpe en nuestra vida. Como ya lo había dicho Gutiérrez en otro contexto, la teología es siempre acto segundo: “es necesario situarse en un primer momento en el terreno de la mística y de la práctica, sólo posteriormente puede haber un discurso auténtico y respetuoso acerca de Dios”[5]
[1] Esto, claro, puede sugerir una suerte de metafísica de la “autenticidad”: el lenguaje me traiciona. Se trata de un problema que merece ser repensado intensamente. No pretendo aquí dar una normativa privilegiada de aquel que “conoce” los verdaderos presupuestos del discurso religioso, mi intención es distinta. La idea es la de una sugerencia posible, donde la verdad de lo que se diga es más una oración esperanzada que una sentencia concluyente.
[2] En adelante, cuando nos refiramos a Caputo trabajaremos sobre dos textos: The weakness of God: A theology of the event. Indiana: Indiana University Press, 2006; y, Sobre la religion. Tecnos: Madrid, 2005. Los textos serán citados mediante sus siglas (TWG y SR, respectivamente) añadiendo el número de página. En el caso de los textos en inglés, la traducción siempre es mía.
[3] Se trata de una aproximación que incorpora las reflexiones más recientes, de influencia wittgensteiniana diríamos, sobre el problema del lenguaje. El lenguaje no es mera acción nominal, sino que implica una serie de prácticas, usos, contextos. En el fondo ningún nombre solamente designa, como sí creían los filósofos de la tradición analítica. He trabajado este problema con cierto detalle y en atención a la noción de “performativo” en Austin y a la de “contexto” en Derrida, en: Zegarra, R. [P]palabra, performativo y contexto. Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico. La referencia concreta a los autores: Austin, J. L. Palabras y acciones. Buenos Aires: Paidós, [s/d] y Derrida, J. Firma, acontecimiento, contexto. En: Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, 1998.
[4] Esto merece matices, pero el punto de divergencia fundamental atañe al tipo distinto de preocupaciones de ambos: James sí está imbuido en la tarea inaugurada por Peirce de “esclarecer nuestras ideas” y ello lo lleva claramente al terreno de la epistemología. Ahora, se trata de un tránsito a la epistemología muy peculiar: como sabemos la aproximación del pragmatismo de James revoluciona los cánones previos de la teoría del conocimiento y, además, lo hace siempre teniendo a la religión como un tema de primerísima importancia. Para su vocación por conectar ambos temas, cf. Carta del 10 de septiembre de 1906 a Henry James. Citada en Perry, R. B. The thought and character of William James. Nashville: Vanderbilt University Press, 1996, p. 294; para los puentes en el corpus jamesiano, cf., entre otros textos, James, W. Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Madrid: Alianza, 2000. p. 80, especialmente la referencia al método pragmático. Para un testimonio de su convicción acerca del valor de la fe por encima de los discursos explicativos, cf. la respuesta a la carta enviada a James, con fecha 30 de marzo de 1897, por un abogado neoyorquino llamado John Jay Chapman, consignada en Perry, R. B. Op. cit. p. 214.
[5] Gutiérrez, G. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job. Lima: CEP, 2004, p. 16. También, Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. Particularmente el capítulo 1: “Teología: reflexión crítica” donde se desarrolla más ampliamente la idea.



