William James y la filosofía como experiencia del mundo (VII)

Quisiera señalar algunas discrepancias notables entre esta presentación y la hecha por Peirce con la finalidad de hacer evidente la autonomía de las preocupaciones de James, así como los importantes desarrollos que tales preocupaciones implicaron, todo esto como marco para nuestra reflexión en torno a la creencia religiosa. En primer lugar, James trasciende el ámbito meramente conceptual que Peirce había querido sea el límite de su máxima pragmatista. El empirismo de James lo empujó más allá de los límites del concepto para hablar más ampliamente de pensamientos sobre un objeto haciendo recaer su significación en el curso concreto de nuestra experiencia, como ya hemos hecho notar. Lo que aquí acontece es que se trasciende el ámbito de la relación de signos —que era el de Peirce— para establecer una conexión directa con la realidad con todo su carácter sensible. Evidentemente, como ya lo indiqué en una nota anterior, con esto no se pretende negar el valor y la novedad pragmática del pensamiento de Peirce; sin embargo, creo que es claro que se trata de un autor cuya gama de intereses era distinta a la de James y cuyo énfasis en la lógica y en la semiótica no lograba calar con la misma fuerza en la experiencia concreta como sí lo hicieron Dewey y James.  En el fondo se trata de una diferencia efectivamente considerable y que deriva de la formación también opuesta de ambos filósofos: Peirce era un lógico; James, un psicólogo[1]. En segundo lugar, respecto de la propuesta hecha por Peirce, James se distancia al dirigir las ideas que tenemos de las cosas no solo a la experiencia como categoría general sino a la experiencia personal. Es el individuo el que experimenta en sus pensamientos el influjo de las consecuencias prácticas y es a partir de ellas que discierne la verdad de las ideas que tiene sobre tal o cual cosa. Este segundo elemento ha servido para acusar a James de un feroz individualismo, acusación que pierde fuerza si atendemos al hecho de que para James a la base de toda su reflexión pragmatista estuvo siempre su empirismo, esto es, su pertenencia a la experiencia, pero también de la experimentación[2]. Este último elemento es fundamental ya que cuando se acusa a James de individualista se piensa en términos de una suerte de desconexión respecto de la validación de la comunidad, nada más lejano de la noción de experimentación. De todos modos, es innegable que en James existe una fuerte tendencia a la particularización de la experiencia, lo cual a mi juicio, es más virtud que defecto si se contextualiza adecuadamente esta idea. En mi caso, pretendo hacerlo con más propiedad en las dos siguientes secciones de este trabajo, ya que ellas nos confrontarán directamente con los problemas que pueden derivarse de este aparente individualismo. Baste con eso por el momento, conviene ahora retomar el hilo de la argumentación que desarrolla James sobre el pragmatismo.

Tal como hemos visto, para James el pragmatismo es sobre todo un método, aunque un método con enormes posibilidades de alterar lo que él había llamado en el primer grupo de estas conferencias el temperamento de la filosofía[3].  Para James, “la ciencia y la metafísica pueden aproximarse mucho; porque, de hecho, pueden trabajar de la mano”[4]. Para James ambos tipos de aproximaciones son compatibles en la medida en que atendamos a las consecuencias prácticas de las mismas, es por ello que un concepto metafísico —Dios, por ejemplo— puede ser entendido desde una perspectiva pragmática a la luz de cómo funciona este “dentro de la corriente de nuestra experiencia”. Más precisamente, “las teorías, pues, se convierten en instrumentos en los que debemos apoyarnos, y no en respuestas a enigmas [...]”[5]. Para James, en ese sentido, el pragmatismo no es más que una “actividad para orientarse [...]. La actitud de apartarse de las realidades primeras, los principios, las «categorías» y las supuestas necesidades, y de dirigir las miras a lo que sucede más adelante, los frutos, las consecuencias, los hechos”[6]. Como bien dice James, el pragmatismo carece de dogmas y su única doctrina radica en su método. Un método que no debe entenderse de modo estrecho, sino que debe ser enriquecido a través de la premisa fundamental del “punto de partida” de la experiencia. Se trata, entonces, de una metodología peculiar si se le compara con el modo en que se solía/suele entender esta noción: una operación intelectual que se concibe previamente a la experiencia y que tiene como finalidad examinarla para ver qué de certero puede encontrar en ella[7]. Reparar en el «empirismo radical» de James implica resignificar la noción de método y pensarla ahora como una aproximación a la experiencia concreta que, a su vez, parte de ella.

Planteado en líneas generales el sentido de lo que James llamó el método pragmático, quisiera dirigirme ahora a lo que podríamos llamar, con Perry, la segunda línea directriz del pragmatismo: su teoría de la verdad. Como veremos en el capítulo que dedicaremos a ella, no se trata de nada particularmente nuevo, sino de una extensión del método pragmático que se condice perfectamente con la idea general que James tenía respecto del pragmatismo. Lo interesante, no obstante, es que a través de la teoría de la verdad se hace mucho más patente el notable giro que implica para la filosofía pensar la verdad en términos pragmáticos. Ello nos ayudará a dar el marco final que facilitará la introducción del debate en torno a la creencia religiosa que desarrollaremos en la segunda sección.


[1] “Ultra-sensualista” diría Peirce en carta a Christine Ladd-Franklin. Citada en Faerna, A. Op. cit. p. 119.

[2] Perry. R. B. Op. cit. p. 297.

[3] En la primera conferencia de Pragmatismo, titulada “El dilema actual de la filosofía”,  James dio un papel fundamental al temperamento de los filósofos. Allí indicó que el temperamento se constituye como la más poderosa de nuestras premisas (p.58)  y dividió a la filosofía, tratando de esbozar una distinción muy general, en dos temperamentos opuestos: el empirista y el racionalista. Pues bien, el método pragmático tendría como misión ofrecer una solución a tal dicotomía pudiendo ayudar en el tratamiento de las pretensiones racionalistas a través de su remisión a las consecuencias prácticas de sus postulados a priori.

[4] James, W. Op. cit. p. 83.

[5] Ibid. p. 84.

[6] Ibid. p. 85.

[7] Aquí un referente importante para un profundo contraste puede ser el mismo Descartes, con quien Peirce, por ejemplo, debate abiertamente. Cf. Descartes, R. Discurso del método. Madrid: Tecnos, 2006. En particular puede revisarse la segunda parte de este texto, en la que el autor plantea los cuatro pasos de su método para obtener certeza. Concretamente es el primer precepto del método el que puede sernos más útil: “no admitir jamás cosa alguna como verdadera, sin haber conocido con evidencia que así era; es decir, evitar con sumo cuidado la precipitación y la prevención, y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu que no tuviese motivo alguno para ponerlo en duda” (p. 24). Resalto este primer precepto porque sintetiza una de las cuestiones más caras a Descartes: la idea de que el método debía concebirse a través de una operación del intelecto que imitando el modelo axiomático-deductivo de las matemáticas fuese capaz de ofrecer un sistema para aproximarse a la realidad excluyendo toda materia que no sea capaz de ofrecer verdad en los términos estipulados por el método. En ese sentido, conviene añadir lo que dice Descartes en las Reglas para la dirección del espíritu. Madrid: Alianza, 2003. “Las experiencias de las cosas son con frecuencia falaces” (Regla II, p. 74); por ello el método tiene que reducirse a sólo dos acciones básicas: la intuición y la deducción. Donde la intuición no es más que la concepción de la mente que no deja dudas sobre lo que entendemos (Regla III, p. 79). Lo que sigue es el proceso deductivo que en tanto se basa en la intuición indubitable, no puede llevarnos al error, salvo por negligencia de quien opera. Todo esto permitirá que Descartes conciba a su filosofía toda como una suerte de método basado en los elementos ya indicados: la Mathesis Universalis (Regla IV, pp. 90-91). En suma, lo que tenemos es un contraste radical entre un modo y otro de hacer filosofía y entre dos concepciones opuestas de método. Como se ha dicho ya, el “método pragmático” consiste en algo radicalmente distinto y los pasajes de James citados, junto a la noción de «empirismo radical» y los desarrollos que veremos en relación a la religión así lo demuestran.


William James y la filosofía como experiencia del mundo (VI)

Nos detendremos, entonces, en la segunda conferencia de dicho texto titulada “Lo que significa el pragmatismo”. James tempranamente introduce lo que él mismo llamó el método pragmático[1]. Muy a su estilo, bromea con el ejemplo de una ardilla para notar el absurdo de muchas de las disputas de los notables metafísicos de la época y sostiene pocas líneas después:

“En primer lugar, el método pragmático es un método para resolver disputas metafísicas[2] que de otra manera podrían resultar interminables. ¿Es el mundo uno o múltiple? ¿Libre o determinado? ¿Material o espiritual? En esta serie de preguntas, cada una de las dos alternativas puede considerarse apropiada o no sobre el mundo. Desde luego, las disputas que se suscitan no tienen fin, y en tales casos el método pragmático trata de interpretar cada una de esas ideas señalando sus respectivas consecuencias prácticas. ¿Qué diferencia de orden práctico supondría para alguien el que fuera verdadera tal idea en vez de su contraria? Si no puede señalarse ninguna diferencia práctica, entonces las alternativas significan lo mismo de manera práctica, y toda su disputa es vana. Cuando una disputa es seria, debemos ser capaces de mostrar alguna diferencia práctica que tiene que seguirse [de] si un lado o el otro está en lo cierto”[3].

Me parece que la cuestión ha sido claramente planteada por James en la cita extraída. El pragmatismo se erige, en primer término, como una forma de hacer filosofía que apunta —ya lo había dicho Peirce[4]— a esclarecer nuestras ideas. La manera en que esto se realiza ha sido ya delimitada: se trata de confrontar nuestras ideas con sus consecuencias prácticas. Me parece, además, que James es más claro que Peirce respecto de este método de esclarecimiento en vista de que se trasciende el ámbito lógico al que Peirce se restringía. Esto, por supuesto, sería motivo de la crítica del propio Peirce y también de las múltiples acusaciones de relativismo que William James recibiría.

Es justamente sobre este punto que creo conviene detenernos al menos brevemente. James habla expresamente de Peirce pocas líneas después del pasaje citado y  “reproduce” la forma en que este último se supone habría definido el pragmatismo en Cómo esclarecer nuestras ideas[5]. Obviamente la reproducción no es exacta, aunque reúne lo central; no obstante, sí quisiera reparar, al menos brevemente, en las diferencias:

“Así pues, para lograr una perfecta claridad en nuestros pensamientos sobre un objeto, sólo necesitamos considerar qué efectos concebibles de índole práctica podría entrañar ese objeto, qué sensaciones hemos de esperar y qué reacciones habremos de preparar. Nuestra concepción de esos efectos, inmediatos o remotos, es nuestra concepción total del objeto, si es que esa concepción tiene algún significado real”.

Un poco después, añade James:

“No puede haber una diferencia dondequiera que sea que no repercuta en algún otro lado; no hay una diferencia entre verdades abstractas que no se deje expresar en una diferencia en hechos concretos y en la conducta consiguiente a esos hechos, impuesta sobre alguien, de algún modo, en alguna parte y en algún momento. Toda la función de la filosofía debería consistir en encontrar qué diferencia precisa supondrá para ustedes y para mí, en instantes precisos de nuestra vida, que esta o aquella visión del mundo sea verdadera”[6].


[1] Aquí quizá conviene comparar la concepción que tiene James con la de su amigo Charles Sanders Peirce. Así, sostiene este autor: “Consideremos qué efectos, que pueden tener concebiblemente repercusiones prácticas, concebimos que tenga el objeto de nuestra concepción. Nuestra concepción de estos efectos es la totalidad de la concepción del objeto”. (Cf. “Cómo esclarecer nuestras ideas”, en: El hombre, un signo (El pragmatismo de Peirce). Barcelona: Crítica, 1988. El énfasis es mío). En Peirce existe una fuerte impronta lógica que hará que el autor conciba al pragmatismo, fundamentalmente, como una teoría del significado. De hecho, cuando Peirce revisa el pasaje citado, comenta en 1906 que el excesivo uso de “concebir” en sus variadas formas no tiene otro fin que limitarnos al ámbito de lo conceptual. Ahora bien, ello no implica que no exista relación con sus efectos prácticos, sino que el significado de un concepto “queda ligado a otros significados y a otros conceptos: nuestra concepción del objeto equivale a nuestra concepción de sus efectos prácticos” (Cf. Faerna, A. Op. cit. p. 111). Como se ve, hay sin duda una dimensión práctica del pensamiento; sin embargo, el tono y la forma de aproximarse a ella son bastante distintos a los de James.

[2] No debe sorprendernos cierta familiaridad con Hume, a quien James consideraba uno de los primeros filósofos que anticipó en su obra el pragmatismo.

[3] James, W. Op cit., p. 80. Las cursivas son mías.

[4] Peirce, Ch. S. Op cit. “La auténtica primera lección que tenemos derecho a pedir que nos enseñe la lógica es la de cómo esclarecer nuestras ideas. Es una de las más importantes, sólo despreciada por aquellas mentes que más la necesitan. Saber lo que pensamos, dominar nuestra propia significación, es lo que constituye el fundamento sólido de todo pensamiento importante”. Aquí su lógica debe entenderse como su método pragmático.

[5] Cf.la nota precedente sobre este mismo punto.

[6] James, W. Op. cit. p. 80 y 82.


William James y la filosofía como experiencia del mundo (V)

Para James, “el postulado es que las únicas cosas que deben ser debatidas entre los filósofos han de ser cosas definibles en términos extraídos de la experiencia (las cosas de naturaleza no experimentable pueden existir ad libitum, pero no forman parte de la materia de debate filosófico)”. Esto es lo que James llamaba el «principio de pura experiencia» como un «postulado metodológico»[1]. Sobre este punto son varias los temas a tratar, pero pueden resumirse en una doble entrada: por un lado, conviene precisar; por el otro, tomar distancia. En primer término, hay que aclarar que este «postulado» no implica la exclusión del ámbito del sentido, al modo del Tractatus Logico-Philosophicus[2] de Wittgenstein, de toda materia no contrastable empíricamente. Lo que se pretende es, más bien, buscar para lo aparentemente no-empírico una base, justamente, de experiencia concreta. Este proyecto puede verse con claridad en Las variedades de la experiencia religiosa, donde James emprende el difícil y, veremos, poco fructífero camino de tratar de hacer de la religión una ciencia empírica. Este es, sin duda, un proyecto valioso e interesante, lo examinaremos en su momento; no obstante, también sugiere un cierto estrechamiento de la mirada, al menos por momentos, por parte de James. La idea de hacer una ciencia de las religiones hizo que nuestro autor perdiese algo de perspectiva y que no lograse apreciar ciertas dimensiones de lo religioso que en esta tesis consideramos fundamentales. Una de las tareas de nuestro trabajo es retomar aquello que nos parece James descuidó. Sin embargo, James merece cierta indulgencia si se atiende al proyecto completo de su pragmatismo y a la misión particular de Las Variedades que tocará examinar más adelante.

Hay además otro punto que nos puede invitar a la toma de distancia y es el «principio de pura experiencia». Aquí la crítica podemos hacerla a través de la mirada de John Dewey: el asunto se complica en James al apelar a una suerte de principio formal. Es verdad que esto no es una traición a su cometido general de entender la filosofía como experiencia; sin embargo, hablar de un «postulado metodológico» termina por volverse un elemento algo más entorpecedor que útil. Más allá de estas atingencias, me parece que James es claro y que el propósito general de lo que aquí hemos estado dibujando se mantiene, aunque empieza a ofrecer dificultades.

Volvamos a la definición de «empirismo radical», entonces. Cuando James habla de la «declaración de hecho», se refiere a que “las relaciones entre cosas, tanto las vinculantes como las disyuntivas, son iguales a muchas cuestiones de experiencia directa particular, ni más ni menos que las cosas mismas”[3]. En el fondo, lo que aquí quiere el autor es debilitar, sino eliminar, las típicas dicotomías filosóficas, particularmente la de sujeto/objeto. En esa medida, James está postulado un universo que puede entenderse como un continuum de experiencia, “un mundo de pura experiencia” en el cual los dualismos han de ser superados. Como se puede ver, se trata de una tesis fuerte y casi metafísica, razón por la cual hablaba más temprano de una ontología. Es justamente por la fuerza de una tesis como esta que James prefería no comprometer a los lectores de Pragmatismo. Valga hasta aquí lo dicho sobre este problema, pero añádase que, de todos modos, esto no quita que se trate de una visión problemática que nos puede llevar a hablar de un cierto realismo en William James. Es un asunto complejo ante el cual prefiero optar por una visión algo más débil de este «empirismo radical», aquella ofrecida en 1897. Se trata de una presentación que he dibujado líneas arriba y que es coherente con el pensamiento de James entendido como un todo. Sin embargo, he preferido no eludir la dificultad ante la que nos encontramos, sino presentarla como una inconsistencia propia de un pensador asistemático al cual, además, no planeamos ceñirnos acríticamente; por el contrario, el pensamiento de James es una herramienta para pensar los propios problemas que esta tesis se plantea.

Finalmente, cuando nuestro autor habla de la «conclusión generalizada», refiere que “por lo tanto, las partes de la experiencia se mantienen juntas una a otra mediante relaciones que son ellas mismas partes de la experiencia. El universo directamente aprehendido, en suma, no necesita de un extraño soporte tras-empírico, sino que posee en sí mismo una concatenación o estructura continua”[4]. Me parece que esto no necesita más detalles que los ya presentados en los dos primeros puntos. En todo caso, lo que puede verse con mediana claridad es que James, en efecto, estaba desarrollando un proyecto más radical que el del pragmatismo; no obstante, tal como he dicho ya varias veces, no hay una ruptura insalvable. Aunque, tampoco hay que cerrar los ojos: es evidente que James se estaba involucrando en ciertos problemas de consistencia interna que quizá él mismo no percibía del todo. Hechas todas estas acotaciones, creo que es conveniente volver su concepción menos fuerte de experiencia, la más útil para nuestros fines, y enlazarnos, por tanto, con su aproximación al problema desde Pragmatismo.


[1] James, W. “The Meaning of Truth”, citado en Essays, p. ix.

[2] Wittgenstein, L. Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza, 2002. Cf. 1.13, 2.06, 7. Aquí, por supuesto, habría que hacer precisiones. En todo caso, la diferencia central es que para Wittgenstein, en el texto citado, “el sentido del mundo tiene que residir fuera de él” (6.41) y en esa medida a pesar de que las proposiciones sobre ética, religión, estética y demás implican sin-sentidos, ellas tienen el valor de informar de sentido al mundo. Se introduce un cierto dualismo producto del  previamente aceptado isomorfismo. En James la cuestión es distinta. Este autor estaría ofreciendo una suerte de holismo empírico donde no hay dualismos en sentido estricto, ya que incluso esos elementos trascendentes identificados por Wittgenstein pueden remitirse a la experiencia ya que, en buena cuenta, todo sería experiencia.

[3] Ibid. p. x.

[4] Ibid. p. xii.


William James y la filosofía como experiencia del mundo (IV)

Ahora bien, en este terreno hay que andar con cuidado porque quizá el propio James no sea nuestro mejor guía. Unas veces, el filósofo parece hablar de este empirismo radical en términos de una doctrina separada e independiente de su pragmatismo[1]; otras, prefiere pensar al establecimiento de la teoría de la verdad pragmatista como “un paso de primer orden en la tarea de hacer prevalecer el «empirismo radical»”[2]. Por ello, el lector podría estar invitado a pensar que se trata de hecho de dos doctrinas diferentes, como dice el mismo James. A pesar de ello, creo que esa lectura es desencaminada y que es más congruente, como sostengo, pensar a su «empirismo radical» como un punto de partida, como el suelo meta-filosófico de su pensamiento.

En ese sentido, dice James en su Prefacio a La voluntad de creer que él da el nombre de empirismo a una “actitud filosófica” y, más precisamente, indica que por empirismo entiende que las conclusiones más sólidas referentes a cuestiones de hecho deben tomarse como hipótesis sujetas a modificación en el curso de la experiencia futura; en tanto que por radical quiere dar a entender, en contra del positivismo, el agnosticismo y el naturalismo científico reinantes por entonces, que hasta la propia doctrina del monismo podía tomarse por una hipótesis con la cual no toda experiencia tendría que calzar[3]. En otras palabras, su «empirismo radical» consiste en poder llegar hasta a la propia relativización del monismo empirista cuando este se estrecha de tal modo que pueda anular la posibilidad de una experiencia trascendente. Como se puede sospechar, esto es particularmente relevante si se tiene en cuenta su interés, y el de quien escribe, por la religión. Veremos, a pesar de ello, que la figura se complejiza con los años.

Luego, cabe decir con Perry, el editor de los Essays, “un empirismo descrito de ese modo es una «actitud filosófica» o un temperamento de la mente, más que una doctrina, y caracteriza todos los escritos del profesor James”[4]. En suma, si bien el propio James habla de doctrinas separadas, hay que asociar esto a una distinción que tiene el deseo de persuadir a su audiencia y no tanto a una escisión real. De hecho, su «empirismo radical» constituye un todo que abarca al propio pragmatismo en la medida que se entienda a este como un método[5] y no tanto como una “ontología”. Por razones obvias, la segunda es más comprehensiva, mas de ningún modo implica la exclusión del primero. A lo mucho, y ese parece ser el caso de la invitación hecha al final del Prefacio de las conferencias de 1906-1907, puede suceder que uno no se aperciba de la ontología a la base del pragmatismo; pero eso no implica más que algo así como saber usar perfectamente un procesador de textos como este sin conocer, como en mi caso, el fundamento a la base de tal posibilidad. En efecto, nadie parece estar dispuesto a renunciar a la ventajas obvias que este tipo de tecnología acarrea por no conocer sus principios; igualmente, sospecho, James sugería que el no conocer, o incluso no poder comprender, su «empirismo radical» no debía tener como consecuencia renunciar al método pragmático. Por el contrario, el pragmatismo de suyo tendría un valor fundamental. De ese valor, precisamente, nos corresponde hablar en breve. Antes, sin embargo, detengámonos un poco más en el sentido de este «empirismo radical» ya que al hacerlo podemos echar luces sobre algunas cuestiones que aparecerán después de modo, ciertamente, problemático.

En un sentido más limitado que el de una “actitud filosófica”, el empirismo de James implicaba algo muy puntual: “el método de recurrir a experiencias particulares para la solución de problemas filosóficos”[6]. Como se ve, algo, nuevamente, común con su pragmatismo. No obstante, en el Prefacio a The Meaning of Truth, nuestro autor presenta una versión concentrada y muy puntual de lo que él entiende por su «empirismo radical». Así, este consistía en “primero, un postulado; luego, una declaración de hecho; y, finalmente, una conclusión general”. Me interesa entrar en el detalle de cada uno de estos momentos para analizar sus implicancias.


[1] Cf. supra, nota 3.

[2] Cf. James, W. Essays in Radical Empiricism. Op. cit. p. v del Prefacio. La cita corresponde a su vez al Prefacio (p. xii) de The Meaning of Truth

[3] Puede verse el comentario sobre este punto en la nota 5 de Del Castillo al Prólogo de la edición citada de Pragmatismo. Para ver el texto exacto del cual extraemos estas definiciones, Cf. James, W. The Will to Believe and other essays in popular philosophy, Longmans, Green & Co., 1897, concretamente el Prefacio, pp. vii-viii. Nótese que esta es la edición inglesa original, cuando estudiemos ese texto más adelante trabajaremos con una edición castellana que no reproduce ni el Prefacio ni esos “otros ensayos”. Personalmente, me siento más en consonancia con esta versión de su «empirismo radical» que con las que diera después de 1900.

[4] James, W. Essays. Op. Cit. p. vii.

[5] Véase el desarrollo de esta idea poco después.

[6] James, W. Essays. Op. Cit. p. vii


William James y la filosofía como experiencia del mundo (III)

Antes de aventurarnos por ese camino, sin embargo, creo que hay algo que se nos está escapando y que nos obliga a dar un paso hacia atrás. Si bien la aproximación de Perry es acertada, sostengo que se concentra desde el inicio en la parte propositiva del pensamiento jamesiano, lo cual es correcto, aunque pasa por alto una cuestión que por su importancia para esta tesis no debemos perder de vista. En ese sentido, quisiera dedicar unas líneas a hablar de lo que podríamos llamar la meta-filosofía de William James. Se trata, entonces, de un examen de las condiciones a la base de su reflexión, del modo de realizar su trabajo intelectual. Detenernos en este aspecto de su pensamiento resulta fundamental para un trabajo como el que aquí me propongo ya que es, justamente, ese suelo meta-filosófico el suelo primordial que subyace a toda su reflexión y el que nos permitirá trazar una ruta que la extienda.

Debo confesar que fue Gregory Pappas quien en una de sus recientes conferencias en Lima[1] me permitió notar que, como a Perry, se me estaba escapando este problema. Tanto en su exposición como en mi diálogo posterior con él, pude reparar en la relevancia de la precisión que se estaba introduciendo al rescatar la dimensión meta-filosófica del pragmatismo clásico. Quizá para algunos parezca una distinción trivial; me interesa, sin embargo, defender su importancia. Como sugiere Douglas Browning en relación a Dewey, aunque con palabras que calzan igualmente bien para el caso de James:

“Entender la comprehensiva y, en sus detalles, sobrecogedora complejidad de la filosofía de John Dewey requiere tomar en cuenta su visión de las tres fases esenciales de la experiencia, es decir, 1) la experiencia de cada día como el punto de partida de todos nuestros intentos de realzar el significado de nuestras vidas, 2) el proceso de transformación experimental de dicha experiencia y 3) la experiencia del logro consumado. […], la primera fase ha sido muy a menudo dejada de lado. Esto es desafortunado si se tiene en cuenta que la noción que Dewey tiene de experiencia, que es la clave para comprender la importancia de cada una de las fases, es inicialmente configurada en el punto de partida y desplegada a partir de él”[2].

Considero que se trata de un aporte valioso considerar el asunto en estos mismos términos cuando nos referimos a William James. Evadir el peso que implica la cuestión previa de la experiencia como condición de posibilidad de todo desarrollo teórico ulterior en James se convierte en algo inconducente que termina por mutilar la novedad del pensamiento de este pragmatista clásico. En ese sentido, la amonestación de Pappas respecto de la mínima atención que han prestado los neo-pragmatistas —pensemos en Rorty y Putnam, por poner un ejemplo— a lo meta-filosófico es importante. En el caso concreto de John Dewey, que es el autor que estudia Pappas, la cuestión se hace clara cuando se examinan ciertas lecturas desencaminadas, justamente, por obviar el “punto de partida de la experiencia”[3].

Pues bien, teniendo en cuenta que Dewey “explícita y firmemente se alía con el radical empiricism de William James” y, además, que hablar de empirismo en filosofía “no significa ser científico, sino, más bien, tomar la experiencia como punto de partida”[4]; creo que resulta necesario ser consecuentes con la primacía de la experiencia para James y no perderla de vista en tanto ella constituye el suelo primordial de su filosofía. Sin los cimientos de la experiencia, ningún paso ulterior en este estudio será comprendido en su real dimensión.


[1] Me refiero a su presentación “La metafilosofía de los pragmatistas clásicos”, en el marco de sus conferencias “Vigencia y relevancia actual del pragmatismo clásico” dictadas en el Auditorio de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú los días 25 y 26 de mayo del 2009. Agradezco a Goyo Pappas su gentileza y su interés en ofrecerme pautas para entender de mejor modo este problema. La lectura de su reciente libro sobre la ética de John Dewey ha sido, probablemente, el mejor camino para ello.

[2] Browning, D. “Understanding Dewey: Starting at the Starting Point” (ponencia presentada en el XIV Congreso Interamericano de Filosofía, Puebla, México, 19 de Agosto de 1999). Citado en Pappas, G. John Dewey’s Ethics. Democracy as expierence. Bloomington and Indianapolis: Indiana University Press, 2008.

[3] Cf. la importante nota 19 a la Introducción al libro citado. En ella Pappas hace un recuento de “malas lecturas” de Dewey que hallarían su fuente en el olvido del “starting point”.

[4] Pappas, G. Op. Cit. p. 11.


William James y la filosofía como experiencia del mundo (II)

Quizá convenga hablar brevemente de la génesis del texto en cuestión con la finalidad de mostrar cómo es que se trata de un escrito muy particular y que fue pensado desde el inicio como la agrupación de todo el pensamiento que había desarrollado durante varias décadas. En una carta escrita en el otoño de 1906, decía William a su hermano Henry:

“[...] vivo en aprehensión por miedo a que el Vengador me detenga antes de poder dar a la luz mi mensaje. No porque el mensaje sea particularmente necesitado para la especie humana, la cual puede vivir perfectamente bien sin ningún filósofo; pero objetivamente odio dejar los volúmenes que ya he publicado sin su complemento lógico. Es una tragedia estética el tener empezado un puente y detenerlo en la mitad del arco”[1].

Durante el año académico 1905-1906, James se encontraba muy ocupado con su labor de conferencista público; sin embargo, la idea de “El Libro” seguía siendo materia constante de sus pensamientos, al punto de que preparó dos borradores. Ya para este momento, en el derrotero intelectual del filósofo las cosas estaban cada vez más claras y la necesidad de poner por escrito aquellas ideas que había enunciado innumerables veces en sus conferencias se hacía patente. Muchas nociones podrían no estar completamente desarrolladas, pero lo que cada vez resonaba con más fuerza en James era la enunciación de su método pragmático, el cual afirmaba que “un concepto significa sus consecuencias. [...] cuando estas son satisfactorias, el concepto es verdadero[2].

Así, durante el verano de 1906, dio un breve curso previo al inicio de la Harvard Summer School of Theology y finalmente en el otoño de ese mismo año dictó las célebres Lowell Lectures sobre “Pragmatismo” que a su vez repitió en la Columbia University entre el 29 de enero y el 8 de febrero de 1907. Fue precisamente en el intervalo de estos dos grupos de conferencias que James se dedicó a la composición final de Pragmatismo.

Se trataba de la puesta en escena más organizada de su obra, aunque adaptada para un público que se iniciaba en la materia. La recepción del pensamiento de James fue impresionante y él mismo estaba felizmente sorprendido por la frescura y el entusiasmo de su auditorio. Si bien es cierto que las conferencias tenían un carácter introductorio a su filosofía, lo importante es que ellas determinaron un importantísimo desarrollo para la misma, esto es, la redacción de Pragmatismo: concebir su reflexión como un todo y expresarla de modo más comprehensivo que en ningún otro de sus escritos previos. Se trató de un ensayo de sistematización de su pensamiento[3].

Ahora bien, Ralph Barton Perry, el famoso biógrafo de James, atinadamente nos recuerda que Pragmatismo lleva un particular subtítulo: Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. En efecto, se trata de un detalle que no puede pasar desapercibido. James no se sentía una suerte de inventor de nuevas formas de pensamiento; por el contrario, “sus rutas no sólo habían sido trazadas largamente ya en el pasado, sino que ellas representaban una amplia tendencia contemporánea que James compartía con otros”[4]. No obstante, de entre ese derrotero que compartía con otros, dos cuestiones trascendían al resto y han de ser llamadas con justicia “los principios cardinales del pragmatismo”[5]:

“La primera, el método pragmático, se propone interpretar conceptos en términos de sus consecuencias para la experiencia o para la práctica. La segunda es la teoría pragmática de la verdad, a saber: que la verdad es un atributo de nuestras ideas más que de la realidad; y que aquella se une a las ideas en la proporción en que estas se muestran útiles para el propósito para el cual se les invoca”[6].

Como podemos ver, entonces, existen dos elementos fundamentales en la filosofía de James: el método pragmático y la teoría pragmatista de la verdad. Sobre ambos nos detendremos en lo que sigue para hacer un examen que permita dilucidar cómo la reflexión sobre la creencia religiosa se encuentra inserta dentro del amplio arco del puente que James anduvo construyendo durante varias décadas.


[1] Carta del 10 de septiembre de 1906 a Henry James. Citada en Perry, R. B. The thought and character of William James. Nashville: Vanderbilt University Press, 1996, p. 294. La traducción es mía y en adelante todas las referencias a textos en inglés serán traducidas por quien escribe. Añadiré siempre que convenga, sin embargo, el fragmento en la lengua original: “[…] I live in apprenhension lest the Avenger should cut me off before I get my message out. Not that the message its particularly needed by the human race, which can live along perfectly well without any one philosopher; but objectively I hate to leave the volumes I have already published without their logical complement. It is an esthetic tragedy to have a bridge begun and stopped in the middle of the arch”.

[2] Esta cita corresponde a una de las notas de James a sus conferencias sobre metafísica entre 1905 y 1906. Estas no han sido publicadas, pero existen muchas de ellas conservadas. Aquí traducimos una que rescata Perry, R. B. Op. cit. p. 295.

[3] Cf. Perry, R. B. Op. cit. p. 296.

[4] Ibid.

[5] Ibid., p. 297.

[6] Ibid.


William James y la filosofía como experiencia del mundo (I)

Las entradas que siguen corresponden a una pequeña parte de mi tesis de maestría, por eso notarán la presencia de algunas notas extensas, así como algunas disquisiciones algo técnicas; sin embargo, creo, se trata de material importante que permite presentar algunas de las ideas más valiosas de James relativas a su concepción del pragmatismo y del rol de la experiencia en el mismo. Espero que la lectura sea provechosa y que ayude a conocer un poco mejor a este pensador tan lleno de vida y de experiencias que lo fueron conduciendo a la filosofía.

***

En atención a la ruta que nos hemos trazado, corresponde iniciar el desarrollo de nuestra propuesta situándonos en un examen del pragmatismo tal como James lo concibe. Nos encontramos, entonces, en el ámbito de la epistemología de nuestro autor; sin embargo, y esta cuestión debe ser un punto de referencia constante durante la lectura, hay que precisar que este filósofo no se detiene en una teorización sobre nuestra facultad de conocer. El caso de James es relevante porque nos confronta con una nueva manera —nueva en sus formas, pero vieja en su contenido, como lo diría él— de entender la filosofía, una que nos reinserta en un tipo de reflexión enraizada, que bebe de las fuentes de la vida misma y que hacia ella regresa. Perder de vista este enfoque “epistemológico” sería olvidar lo genuino de su mirada y reducir el pragmatismo de James a una elucubración desconectada de la realidad.

El tratamiento que haremos de James en este capítulo estará centrado, entonces, en el modo peculiar en que este filósofo aborda el pragmatismo. De hecho, formalmente habría que decir que es Peirce[1] quien inaugura lo que podemos llamar la corriente pragmatista[2]; no obstante, quien hace los más notorios desarrollos y, sobre todo, quien permite que el pragmatismo tengo un auditorio inusitado es, sin duda, William James. Es, pues, sobre estas peculiaridades del pragmatismo de James que girarán estas líneas.

Como sabemos, la obra de James es muy copiosa y por tanto conviene delimitar adecuadamente nuestro espectro de investigación, razón por la cual nos remitiremos a una obra clave para nuestros fines, me refiero a Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Las razones de la elección serán detalladas en lo que sigue, mas quisiera reparar en un hecho que quizá pueda resultar confuso para quien tomó nota de la estructuración de los capítulos de este trabajo. Allí se dijo que trataríamos en primer término el pragmatismo de James y su teoría de la verdad para, luego, dedicarnos al estudio de su reflexión en torno a la creencia religiosa. Los textos, sin embargo, estarían en orden invertido: La voluntad de creer fue publicado en 1897 y Pragmatismo en 1907. Efectivamente es así, pero ello no es un asunto problemático. James concibió a Pragmatismo como una expresión algo más sistemática de las ideas que estaban presentes en su texto de 1897; en realidad lo concibió como una suerte de síntesis de su obra toda[3]. La ventaja, por tanto, del despliegue que propongo apunta, justamente, a hacer más inteligibles las tesis respecto de la creencia religiosa que James había esbozado en la última parte del siglo XIX, a la luz de la más completa versión de su pensamiento enunciada en las conferencias de 1906 y 1907. Dicho esto, paso ahora (en nuestro caso, en el próximo post) al cuerpo de nuestra exposición.


[1] El propio James lo consideraba “el […] fundador del pragmatismo” (Cf. “El dilema actual de la filosofía”, en: James, W. Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Madrid: Alianza, 2000, p. 56). Como bien indica Del Castillo en la nota 2 de esta edición de la mencionada conferencia, Peirce dio una alocución en Harvard con el título “Pragmatism as a Principle and Method of Right Thinking” en 1903; sin embargo, James se refiere a otra denominada “Some Topics of Logic Bearing on Questions Now Vexed” que fue dictada en el mismo Instituto Lowell donde poco después el propio James dictaría “Pragmatismo”. Sin embargo, los textos más tempranos de Peirce sobre la materia son Algunas consecuencias de cuatro incapacidades (1868), La fijación de la creencia (1877) y Cómo esclarecer nuestras ideas (1878). En los tres Peirce desarrolla, aunque en una clave bastante distinta a la de James —su énfasis está en la teoría del significado— las primeras pautas explícitas del pragmatismo. Es particularmente en el último texto donde se presenta la famosa “máxima pragmática”.

[2] De hecho, es mucho más congruente con los hechos, hablar de una “pluralidad de proyectos intelectuales autónomos, aunque al mismo tiempo congruentes entre sí” que del pragmatismo sin más. Cf. Faerna, A. Introducción a la teoría pragmatista del conocimiento. Madrid: Siglo XXI, 1996. p. 1.

[3] Sin embargo, esta es una afirmación que merece varios matices que creo están relacionados con el tipo de intenciones que tenía James al presentar su pensamiento. En ese sentido, es correcto afirmar, y así lo acredita la información epistolar que se presenta, que James consideraba estas conferencias sobre el pragmatismo una suerte de labor de síntesis de su obra. Ahora bien, esta intención sintética va de la mano con una algo más profunda que podríamos llamar con algo de fuerza un compromiso “ontológico”. Esto se nota, por ejemplo, en la colección Essays in Radical Empiricism. (London, Bombay and Calcuta: Longmans, Green and Co., 1912), que como James indica pueden considerarse como un proyecto separado: “debo decir que no existe conexión lógica entre el pragmatismo, tal como yo lo entiendo, y una doctrina que recientemente he presentado bajo el nombre de «empirismo radical», la cual posee sus propios fundamentos. Es perfectamente posible rechazarla y, sin embargo, ser un pragmatista” (Cf. el Prefacio a Pragmatismo, p. 54). La clave para comprender esto, sospecho, es que James consideraba su pragmatismo como un estadio suficiente por sí mismo de su pensamiento; no obstante, se animó por desarrollar, escuetamente, una especie de peculiar ontología empirista de la realidad que se encontraba en perfecta consonancia con las ideas de Pragmatismo, pero que implicaba desarrollos con los que quizá no sería tan fácil comprometerse. En ese sentido, el final del Prefacio citado consistiría en una advertencia al lector: si no se quiere, o puede, dar un paso más, no hay problema; lo que hemos dicho es ya valioso de suyo. Mas esta precisión vale, como dije, en relación a la presentación de las ideas ante la audiencia. Como veremos algo más adelante, se trata de dos proyectos compenetrados y podemos hablar de esta peculiar ontología como la base de su propuesta filosófica. Esta aparente inconsistencia puede llamar la atención, pero se trata de una cuestión que puede explicarse debido al carácter de James y su trato con los distintos auditorios con los que se vinculaba. Él no solía esforzarse por entrar en minuciosas precisiones y conexiones entre sus ideas; trataba más bien de dirigirse a sus lectores o escuchas de un modo que pudiese ofrecerles una perspectiva atractiva para comprender la filosofía. Sobre este tema puede verse el comentario del alumno de James, D. S. Miller, recogido por R. Goodman en American Philosophy and the Romantic Tradition. Cambridge: Cambridge University Press, 1990. p. 70.


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