¿Quid es veritas? (III)

Siguiendo el hilo del segundo nivel exegético propuesto, se entienden las reflexiones de los autores de la antigüedad cristiana. Quiero referirme brevemente a uno de estos autores, a Agustín de Hipona. El Obispo creía, sin duda, que en la Escritura Dios le revelaba al creyente la Verdad; no obstante, era imposible que eso implicara la cerrazón con respecto al diálogo y mucho menos la intolerancia. La  Verdad tenía que entenderse en otros términos, no podía ser verdad como posesión[1]. Así, sentencia con agudeza Agustín en el De doctrina christiana:

“Mas la Escritura no manda, sino la caridad [...] Narra las cosas pasadas, anuncia las venideras y muestra las presentes, pero todo esto se encamina a nutrir y fortalecer la misma caridad [...]”[2].

Como se nota, el principio primero de la interpretación del texto bíblico ha de ser la caridad. Un pasaje será realmente auténtico cuando éste sea fiel al principio, a saber, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. De esta manera, una interpretación dogmática de la verdad será inadmisible ya que deberá estar sujeta a la misma directriz. El principio hermenéutico de la caridad de Agustín es determinante en la medida en que respeta la libertad que la misma Escritura ofrece al creyente, la libertad de que sea él el que en un encuentro personal experimente la verdad acaeciendo en su vida a través de la superación de la inmanencia del escrito sagrado. Podemos ver ya desde esta breve cita cuáles eran las motivaciones hermenéuticas de Agustín. La remisión última a la caridad como una suerte de canon de medición de la autenticidad del texto sagrado no es otra cosa que la fiel explicitación, esta vez en clave hermenéutica, de aquella respuesta que diera el legista a Jesús hacia el inicio de esta exposición. El principio hermenéutico de la caridad que propone Agustín no es más que la coherente puesta en escena del mandamiento nuevo del nazareno, con lo cual se hace notoriamente manifiesta mi lectura acerca de la verdad: a saber, es de tal radicalidad el imperativo del amor que no hay en la Biblia texto alguno que pueda ser considerado sagrado si no se somete a dicho imperativo. Esto, claro, por una razón cardinal: si el texto es palabra revelada que condiciona la acción concreta del creyente, sólo al entender la verdad como ejecución de la caridad, esto es, no de modo teóricamente mensurable, sino prácticamente constatable; solo así es posible que la Escritura sea espacio de apertura y libertad y no de fundamentalismo y terror.

Así, por ejemplo, puede decir el Obispo, en el De ordine, en consonancia con lo que menciono: “no hay en la mente conocimiento de Dios, salvo el de que ella no le conoce”[3]. El ser humano por su condición de criatura, tiene vedado un conocimiento tal; pero más importante que eso, un conocimiento de ese orden, es decir, el de la intelección de Dios, no debería ser siquiera un deseo. Dice Agustín:

“Creyendo ahora sin ver, mereceremos ver y nos alegraremos de arribar por la fe a la visión. Entonces no existirá la fe, por la que creemos las cosas que no se ven; sí la visión de las realidades que ahora creemos”[4].

La clave aquí es la esperanza, aquella de la que hablé hacia el inicio al referirme al papel de Jesús en la historia de Israel. El verdadero creyente confía en la promesa de la eternidad de la vida, pero sabe que dicha eternidad está condicionada por la caridad; de tal suerte que todo conocimiento de Dios estará mediado por la figura de Cristo e incluso su acercamiento a este último estará mediado por la propia subjetividad del hombre de fe. Es la esperanza del creyente, la suya, la que lo invita a creer en la verdad que se le revela en la figura del Hijo del Hombre y es esa misma fe la que lo invita a la caridad que es en el fondo verdad y única prenda verdadera para la salvación. En ese contexto se entiende la famosa afirmación del santo en el De vera religione: “No vayas fuera de ti, antes vuelve a ti. En el hombre interior mora la verdad” (39, 72). Estamos, pues, en el ámbito de lo subjetivo, del encuentro personal, de la experiencia concreta de Dios en la interioridad, en la inmanencia de la vida del hombre. La experiencia religiosa trata más de amor, justicia y equidad que de la delimitación de los atributos divinos y de su naturaleza perfecta. ¿Por qué subrayo esto? Sostiene L. Bacigalupo en “Talking about religion in philosophy”:

“¿Para un punto de vista religioso, qué razón tiene preguntar por la naturaleza de Dios? ¿Cuál es el punto de determinar teológicamente Su naturaleza como perfecta, es decir, inmutable? En mi opinión, esto sólo expresa el deseo profundamente enraizado de saber aquello que los seres humanos no pueden saber. Si nosotros nos liberamos de esta humana, tan humana tendencia, podremos probablemente darnos cuenta de que Dios tiene que ser pensado como absolutamente justo, más que como perfecto. ¿Por qué justicia? ¿Por qué no perfección? Mi respuesta sería que la justicia tiene sentido para la vida práctica, mientras que la perfección como inmutabilidad no nos dice nada relevante para ella. Cuando la teología hace estas preguntas irrelevantes, se concibe a sí misma como una ciencia, lo cual la convierte en una pseudo-ciencia y desplaza sus preocupaciones por la experiencia religiosa a un segundo nivel de importancia. Mediante este cambio, la teología seguirá pensando acerca de “Dios”, pero esto la alejará de la relación personal con Él que es la que verdaderamente concierne a la racionalidad religiosa”. [5]


[1] No podía entenderse al modo de las ideas inmutables del Mundo Inteligible platónico, un paradigma así, donde prima el conocimiento científico (e¹pisth¿mh) no da lugar a la fe ni a la subjetividad de la experiencia interpersonal que he descrito.

[2] San Agustín. De Doctrina Christiana. Madrid: BAC, 1947. Liber III, Caput X, 15-16

[3] San Agustín. DeOrdine. Madrid: BAC, 19… II, 18, 47

[4] San Agustín. DeTrinitate. Madrid: BAC, 19… XIV, 2, 4

[5] Bacigalupo, L. “Talking about religión in philosophy”. En: How should we talk about religion?: perspectives, contexts, particularities. Indiana: University of Notre Dame, 2006 (la traducción es mía, no tengo la página exacta porque accedí al texto vía el manuscrito original).


¿Quid est veritas? (I)

Escribo después de casi dos semanas, agradecido, además, por la fidelidad de los lectores durante mi ausencia. Estuve fuera del país y me resultó imposible dedicarme a escribir unas horas para el blog.

Lo que pasaré a hacer ahora es a colgar poco a poco un texto no muy extenso que presenté hace algunos años en el II Simposio Metropolitano de Estudiantes de Filosofía de la PUCP. Dicho Simposio, cuyo nombre fue “La filosofía en la época del terror” (Giovanna Borradori –quien inauguró el simposio– había publicado un libro sobre el tema recientemente, en el cuál conversaba con Habermas y Derrida en torno al 11/9) me permitió pensar un poco en las consecuencias de ciertas aproximaciones al problema de la verdad cuando se trata de la reflexión religiosa. Anticipo que se trata de un texto muy introductorio y que escribe apenas en mi segundo año de estudios de pregrado. Como se imaginarán, muestra mi falta de experiencia y de agudeza en algunos puntos; sin embargo, conserva, en lo básico, lo más genuino de mis intereses, razón por la cual lo comparto, sin editar, con ustedes.

[...]

El trabajo que presento a continuación procurará brindar un acercamiento a la problemática de la verdad en el contexto del cristianismo. La reflexión que ofrezco es producto de una interpretación que tratará de mostrar las repercusiones prácticas de determinadas lecturas sobre la verdad en esta religión y sus vinculaciones con formas que apuntan a la acción ética y otras que se convierten en espacios para justificación de la violencia y el terror.

Para este fin iniciaré la exposición con una exégesis libre de algunos pasajes bíblicos los cuales explicitaran abiertamente mis tesis; en un segundo momento, procederé a buscar respaldo en algunos pasajes de San Agustín que tratarán de avalar mi propuesta hermenéutica; finalmente, expondré de modo muy escueto un amago de conclusión que intentará englobar lo dicho y proponer una ángulo importante para la reflexión en torno a la religión.

Procedo, entonces, al inicio de la exposición y para ello me situaré en el Evangelio de San Juan. Conocida es la escena: el juicio de Jesús ante Pilatos. Sin embargo, tiene la versión de Juan un matiz que los sinópticos no presentan y que se vuelve perfecta excusa para el desarrollo de mi hipótesis, a saber, una escueta pero absolutamente relevante disquisición en torno al tema de la verdad. Dice Jesús ante la pregunta de Pilatos:

“Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

Le dice Pilatos: ¿Qué es la verdad?”[1]

Los que conocen la cita podrán intuir por donde va mi interés. Después de enunciada la pregunta de Pilatos, la escena sigue. La pregunta del cónsul romano queda sin respuesta. Es aquí, pues, donde inicio mi indagación. Tres son los elementos en los que a mi juicio corresponde reparar: la encarnación implica testimoniar la verdad, hay algo así como ser-de-la-verdad y hay una pregunta que ha quedado sin respuesta. Desarrollemos estos tres puntos.

¿Qué es lo que implica que Jesús afirme de modo categórico que ha venido al mundo a dar testimonio de la verdad? Pues si atendemos a la tradición bíblica, la respuesta puede ir tornándose cada vez más clara. La experiencia del pueblo de Israel es la experiencia de la historia de la salvación, es la esperanza en el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham desde antiguo. El pueblo judío recorre la historia con la esperanza de la llegada del Mesías que los salvará y aquí salvación es claramente liberación. Recuérdese con nitidez que uno de los hechos fundamentales de la experiencia de este pueblo consiste en la liberación de la esclavitud de Egipto. La memoria del éxodo impregna con fuerza las páginas de la Biblia: salvación es sin duda, liberación. Es en este contexto que resulta más inteligible la encarnación de Cristo y su predicación mesiánica. Sostiene G. Gutiérrez, por ejemplo:

“La obra de Cristo se inscribirá en este movimiento, llevándolo a su pleno cumplimiento. [...] es una nueva creación. Pero la obra de Cristo es presentada simultáneamente como una liberación del pecado y de todas sus consecuencias: el despojo, la injusticia, el odio; y al liberar, da cumplimiento —en forma inesperada— a las promesas de los profetas y crea un nuevo pueblo escogido [...]: en Cristo todo ha sido creado, todo ha sido salvado”[2].

Cristo, entonces, se encarna para salvar al pueblo de Dios, para liberarlo de las ataduras de la muerte de las cuáles ha permanecido prisionero desde la caída de los primeros padres. Ahora bien, esta salvación se inserta en un contexto muy claro, un contexto de acción concreta, de praxis. Cito el evangelio de Lucas:

“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? [...] Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo[3]

La égida de toda la Escritura está, pues, centrada en el amor, en el principio de la caridad. Es la práctica del amor el mandamiento constitutivo de toda experiencia de Dios, todo lo demás se desprende de él.

Retomemos, entonces, nuestro hilo argumentativo. Hemos contextualizado ya la encarnación del Hijo del hombre, toca ahora ver su rol en esta ejecución práctica del principio de la caridad. En este punto es decisivo entender lo que significa dar testimonio. Jesús es un predicador, es, como muchos pensaban, un profeta: denuncia el pecado y anuncia el Reino de Dios. Sin embargo, hay algo en él que lo distingue de los profetas que lo han precedido: es precisamente este nazareno aquel del cual todos los anteriores han dado testimonio. Si entendemos bien esto, hay dos conclusiones fundamentales que se desprenden, a saber: por un lado, la encarnación es la concreción del mensaje profético y, por el otro, lo es en la medida en que la ejecución misma de la predicación mesiánica constituye el fidedigno testimonio de la verdad anunciada a Abraham, de la prédica hecha por los profetas. Dicho de un modo más concluyente: la predicación y la obra de Jesús —términos indesligables en un cabal entendimiento del cristianismo— constituyen ellas mismas la puesta en práctica de la verdad. Es, pues, y quede dicho desde ya, la verdad un acontecimiento práctico, es ejecución. ¿De qué? De la caridad. Aquí está el vértice de toda comprensión fiel de las Escrituras. Verdad en contexto cristiano es caridad, es amor.


[1] Jn 18, 37-38. Uso aquí la Biblia de Jerusalén: Bilbao: Descleé de Brouwer, 1975.

[2] Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. pp. 254-255.

[3] Lc 25, 26-27. Nótese además que las cursivas son, a su vez, citas veterotestamentarias a Dt 6, 5 y Lv 19, 18, respectivamente.


El sentido trágico de la teología del evento (II)

En un texto algo más temprano que The weakness of God[1], Caputo vuelve sobre la importante pregunta que Agustín se hacía en las Confesiones, a saber: “¿qué amo cuando amo a Dios?” o “¿qué amo cuando te amo a ti, Dios mío? (X, vi)”. Si hemos visto la relevancia de la pregunta por el nombre de Dios, está claro que volver a ella en estos términos ofrece también importantes razones. ¿Qué es lo que amo, entonces, cuando amo a Dios?

Un camino para responderla se empieza a desarrollar cuando atendemos a lo que Caputo denomina el “futuro absoluto”[2]: se trata de un futuro impredecible que nos coge por sorpresa y echa por tierra los cómodos horizontes de la esperanza que rodea el presente (SR, 19). Parece una distinción nimia, pero si se atiende al cuerpo del problema, la cuestión empieza a generar mayor sentido. Caputo quiere contraponer a este tipo de futuro el futuro que llama “relativo”, aquel que puede estimarse y predecirse más o menos en términos causales. Como menciona el autor, “para el futuro relativo necesitamos una buena cabeza, un ordenador decente y sentido común; para el futuro absoluto, necesitamos esperanza, fe y amor […]” (Ibid.). Esto es importante, porque para el autor el acontecimiento fundante de lo religioso es la apertura a este futuro impredecible, la apertura a lo imposible. Disponerse de ese modo requiere de una opción que está más allá del orden de las causas. Para ponerlo en palabras de James, requiere de la voluntad de creer. Así, para Caputo, lo determinante de la experiencia religiosa es la apertura a la trascendencia, la vocación por lo imposible. En ese sentido, “el nombre de Dios es el nombre de la oportunidad de algo absolutamente nuevo, de un nacimiento, de las expectativas, la esperanza, la esperanza contra la esperanza (Rom 4, 18) en un futuro que se transforma” (SR, 22). La estructura misma de lo religioso es la de la experiencia posibilitada por lo imposible, es una alianza con lo imposible (SR, 27), la máxima agustiniana del corazón inquieto: “nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti” (Confesiones, I, i, 1).

La fuerza de la pregunta es capital y lo es porque nos enrostra la incertidumbre detrás de la religión. ¿Qué amo? No sé, habría que responder. Es más, ¿quién soy yo, el que ama? Tampoco lo sabemos. La riqueza de la religión radica en esta gran incertidumbre. Solo cuando la duda aparece como una realidad, la creencia se hace una opción verdadera, viva como decía James contra Pascal[3]. Hablamos aquí de una pasión cuya condición es el no saber, “ese no saber es el elemento ineludible en el que se toman las decisiones, que intensifica la pasión de las mismas. Este no saber no es un tipo de ignorancia simple, corriente y moliente sino más bien parecida a lo que los místicos llaman la docta ignorantia, una ignorancia sabia o culta, que sabe que […] este no saber es el horizonte ineludible en el que debemos actuar, con la debida determinación, con toda la urgencia que exija la vida. Pues la vida no nos da respiros, no retrasa sus exigencias una hora o dos mientras paramos para comer y nos echamos una siestecita. Nos exige que actuemos, pero nuestras decisiones se ven recubiertas por una fina película, una sensatez incómoda y callada, de desconocimiento” (SR, 32-33). Así, el asunto regresa: ¿qué amo cuando amo a mi Dios?

Pues amo la fuerza de la pregunta, mi amor se recrea en la incertidumbre que ella implica. Nos movemos otra vez en el esquema de un evento que invita: “Cuando San Agustín habla así no deberíamos pensar que sufre por un gran agujero o falta o vacío por llenar, sino que es alguien que rebosa de amor y que busca saber hacia dónde dirigir su amor. No sale a ver qué puede conseguir, sino qué puede dar” (SR, 39). Creo que el modo en que Caputo plantea las cosas nos ayuda mucho a atar más de una idea. La religión es para los amantes, habíamos dicho ya. Y lo fundamental de lo religioso radica en su apertura, su negocio es lo imposible. Estamos bajo la lógica del evento, que es la de lo imposible, de un evento que funda la experiencia de Dios trascendiendo su mero nombre. Y que, como ya sabemos, se constituye en invitación y en llamado para que venga su reino, el reino de la locura de la cruz. Justamente el reino cuya fuerza radica en la subversión del orden humano y de la causalidad de este mundo: uno en el cual no se busca para sí, sino que se da para el otro, para el otro que es el pequeño, el enfermo, el pobre.


[1] Me refiero a Caputo, J. Sobre la religión. Tecnos: Madrid, 2005 [2001]. Las referencias se indican entre paréntesis.

[2] Si bien no es directamente lo que Caputo tiene aquí en mente, una reflexión escatológica se hace bastante importante cuando se introduce el tema del futuro, sobre todo teniendo en cuenta el hilo de nuestra argumentación en este texto. Sugiero otra vez la entrada de Teología de la liberación, más en detalle el apartado b) Escatología: futuro y actualidad histórica (p. 260 y ss.) Allí Gutiérrez hace un interesante estado de la cuestión apelando a los principales teólogos de la época y plantea la propia postura. Lo que me interesa es el peso de la reflexión del teólogo peruano y sus puntos de contacto con la idea, más ligera es verdad, de “futuro absoluto” planteada por Caputo.

[3] La opción de Pascal no es una opción genuina porque no ofrece una hipótesis viva. Si yo no tengo una disposición previa para la creencia, ninguna argumentación probabilística respecto de mis posibilidades de ganar bienes mayores resulta convincente, no me entusiasma ni me conduce hacia la acción. Para el examen del texto, cf. Pascal, B. Pensamientos. Madrid: Alianza, 1981. pp. 128-130. Para el comentario de James, cf. James, W. La voluntad de creer. Un debate sobre la ética de la creencia. Madrid: Tecnos, 2003. p. 143.


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (IV)

Para terminar, agrego la parte final del ensayo:

Dicho esto, creo que es pertinente volver a las preguntas con las que inauguramos esta parte del ensayo. ¿Qué sucede aquí con las nociones de contexto, comunicación y sentido? Sospecho que ya puede intuirse la respuesta. Derrida no tiene como enemigo a Austin, probablemente lo encasilla dentro del marco de la filosofía analítica que lleva la impronta de la concepción lockeana de lo mental. En ese sentido, lo que objeta Derrida no son ni el «sentido», ni el «contexto» ni la noción de «comunicación» que hemos venido desarrollando aquí. Todo lo contrario, con matices, las avala. Lo que se recusa es una idea de comunicación que implica la reproducción de una esencia inmutable de la realidad. Se rechaza una noción de sentido asociada a la idea de significado de los analíticos como Russell, esto es, la remisión libre de toda mácula a los sense data como instancia última y garantía de lo real. Se rebate una concepción de contexto como vehículo para la perfecta manifestación de ese contenido pulcro de la conciencia. No me interesa aquí entablar una defensa argumentativa de Austin, menos de Agustín; simplemente creo que estas precisiones son importantes si es que queremos notar un hilo conductor que atraviese los temas y autores que hemos idos presentando. Es evidente, que hay distancias importantes entro estos autores. El tratamiento de la noción de contexto es distinto, hay cierta oscuridad en la idea de comunicación, etc. En ese contexto, me parece que la crítica al performativo que desarrolla Derrida se sostiene. No porque el performativo constituya una noción lingüística insuficiente, sino porque las intenciones de Derrida consideran desechable el carácter contextual. Más claro: sostengo que conviene tomar una opción media entre ambos autores ya que ofrecen más elementos enriquecedores juntos que puestos en confrontación. Ciertamente, noto en Austin un excesivo interés por la determinación del contexto. A su vez, percibo en Derrida una cierta vacuidad respecto del destino de la comunicación, que termina confiando excesivamente en la ausencia de contextos. Conviene optar por una suerte de opción armoniosa entre ambos que recoja los puntos más sugerentes. Es por ello que introduje como marco el ejemplo del texto bíblico.

El texto se escribe con una intención, la invitación a la fe a través de la lectura de los “hechos” acaecidos en la historia de Israel. ¿Se piensa en un destinatario? Inicialmente sí, el pueblo judío. Lo interesante es que hay en la Biblia toda una dinámica propia cuya masificación hace patente. El destinatario ideal se pierde en el tiempo, todos leen el texto. ¿Los escritores? Como bien indica Agustín pasan a un plano secundario, lo que importa es el mensaje. ¿Y el mensaje? Pues tampoco es uno solo; o, si lo es, es una unidad muy distinta a un monolito de saber cartesiano de la Mathesis Universalis. Todo parece indicar que el marco interpretativo que hemos tomado de Derrida, esto es, la noción de lo grafemático, nos sirve con suficiencia para explicar el fenómeno. Además, Derrida vindica la autonomía del texto, su dinamismo histórico y su presencia no-presente (lo que en el lenguaje bíblico se conoce con la idea de memorial). Si esto es así, ¿no estamos avalando una lectura que se contradice con nuestra presentación del performativo bíblico? Sostengo que no, más bien la completa. Creo que Derrida llena de una vitalidad nueva el enfoque que habíamos sugerido desde la mirada de Austin. Se concentra más en el carácter de ordenado caos que ofrece la lingüisticidad en todo su esplendor, su historicidad y su contingencia. Es una mirada fresca de un problema que convenía atender desde más de un flanco. Sin embargo, creo que es conveniente matizar la objeción al contexto que desarrolla el autor de la Gramatología. Creo que Derrida pierde un poco de consistencia cuando derriba la idea de contextualización asociándola de modo indesligable a la noción de permanencia. El error, me parece, radica en atar innecesariamente ambos conceptos. El dinamismo y la vitalidad de lo lingüístico pueden aparecer perfectamente en un contexto de manifestación porque en el fondo el texto, sea cual fuere, sí tiene un contenido. El contenido no es uno solo, varía y está sujeto a interpretación; pero las páginas que leemos están pensadas con ciertos fines y tienen ciertas oraciones y ciertas palabras que permanecen, al menos en tanto inscripciones. Hay entonces siempre ciertos marcos muy tenues y flexibles que permiten, no obstante, ese vital desarrollo de lo que se quiere comunicar. Un ejemplo claro es el de la caridad en el texto bíblico. Dicho modelo no implica el esquema presencial que Derrida objeta, es decir, un modelo de representación cognitiva y de adecuación estática; implica una pauta amplia que engloba el dinamismo ético de un texto que es parte de nuestra tradición occidental hace ya muchos siglos. Al atar el contexto a su crítica a la presencia ideacional, lo que hace nuestro autor es lastrar un elemento fundamental en nuestra constitución de mundo: la tradición. Y esa desatención a la tradición puede ser muy negativa ya que es capaz de traer de regreso al mismo problema del que escapábamos, a saber, un imperialismo conceptual que se erige por encima de la historia. El aliento vital que se transmite en la historia nos remite al carácter relativo y contextual de nuestra existencia, de nuestras verdades y de nuestra interpretación del mundo. Nos abre ante una experiencia de transitoriedad tan feliz como angustiantemente humana y ella nos entusiasma y nos aterra a la vez. El camino de lo contextual y de la tradición nos conduce por una ruta distinta a conclusiones del mismo tipo que las ofrecidas por Derrida, pero con la ventaja de poder rescatar un elemento que consideramos primordial: el humano suelo de compartir el devenir con el otro.

 

 

 

 

 

 

 


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (III)

Cuando Derrida problematiza en Firma, acontecimiento, contexto la noción de «comunicación» lo hace mediante la crítica a la idea de «contexto», se trata expresamente de un texto que cuestiona los desarrollos de Austin en torno a lenguaje ordinario. Dos son las premisas de Derrida:

“  1) Señalar la insuficiencia teórica del concepto ordinario de contexto […].

2) Hacer necesarias una cierta generalización y un desplazamiento del concepto de escritura. Este desde este momento no podría ser comprendido bajo la categoría de comunicación, si al menos de la entiende en el sentido restringido de transmisión de sentido”[1].

 Se objetan así, dos niveles de las tesis austinianas que hemos avalado en las páginas anteriores, a saber: que sea necesario el contexto para la validación del performativo, esto es la [P]palabra en sentido bíblico; y que el texto tenga pretensiones de transmitir sentido. Ambas son tesis fuertes que habrá que someter a escrutinio, habrá que examinar al menos dos cosas: uno, si son tan fuertes como parecen; dos, si se sostienen como argumentos capaces de desbaratar las tesis de Austin. A este examen nos dedicaremos en lo que sigue.

 Derrida inicia el estudio del problema mediante la exploración de la escritura. Detecta en ella, ya desde Condillac, un elemento importante: que está pensada para las personas ausentes. No obstante, la escritura desde ese entonces se ha pensado, sostiene Derrida, dentro del modelo representacional de lo mental. Se trata de un modelo que obviamente avala Condillac, con las tensiones que ya conocemos, claro:

“El carácter representativo de la comunicación escrita —la escritura como cuadro, reproducción, imitación de su contenido— será el rasgo invariante de todos los progresos subsiguientes. El concepto de representación es indisociable aquí de los de comunicación y de expresión […]. La representación, ciertamente, se complicará, se darán descansos y grados suplementarios, se convertirá en representación de representación en las escrituras jeroglíficas, ideográficas, luego fonéticas-albaféticas, pero la estructura representativa que señala el primer grado de la comunicación expresiva, la relación idea/signo, nunca será relevada ni transformada. Describiendo la historia de los tipos de escritura, su derivación continua a partir de un común radical, que no es nunca desplazado […]”[2].

 Como puede verse en la cita, de lo que se trata es de objetar, precisamente, el modelo de escritura que se describe. Uno que tendría que pensarse como gradación sucesiva de un supuesto original al que representa, pero a cuya íntegra perfección no accede. Por eso la ausencia de la presencia —esto es, la escritura— se concibe como modificación de lo originario. Derrida critica esa concepción genetista del origen de la escritura ya que nos remite a una suerte de fondo primordial, que además tiende a ser cognitivo. En el fondo, lo que ataca Derrida es la noción de sentido:

“La comunicación desde este momento sirve de vehículo a una representación como contenido ideal (lo que se llamará el sentido); y la escritura es una especie de esta comunicación general”[3].

 Esto nos ayuda a ir esbozando alguna respuesta para las preguntas que planteamos. ¿Habla aquí Derrida del mismo «sentido» del que hemos hablado nosotros mediante los aportes de Agustín y Austin? Creo que se va haciendo obvio que no. Derrida ataca a otro enemigo, solo que lleva el mismo nombre. Aquí el sentido es contenido ideal, es representación cognitiva y perfecta de la realidad. Nada más lejos del performativo bíblico que hemos querido presentar cuando abordamos la noción de [P]palabra. Pero esta crítica solo va cobrando adecuado sentido cuando Derrida empieza a detallar el vínculo determinante que existe entre la ausencia y la escritura. Para Derrida, lo esencial de la escritura es que no necesita en absoluto de la presencia de quien la llevo a cabo: “[u]na escritura que no fuese estructuralmente legible —reiterable— más allá de la muerte del destinatario no sería una escritura”[4]. Esto queda mucho más despejado si revisamos lo que concluye Derrida, en largo fragmento, líneas más abajo:

 “Esto implica que no hay código-organon de iterabilidad que sea estructuralmente secreto. La posibilidad de repetir, y en consecuencia, de identificar las marcas está implícita en todo código, hace de éste una clave comunicable, transmisible, descifrable, repetible por un tercero, por tanto por todo usuario posible en general. Toda escritura debe, pues, para ser lo que es, poder funcionar en la ausencia radical de todo destinatario empíricamente determinado en general. Y esta ausencia no es una modificación continua de la presencia, es una ruptura de presencia, la «muerte» o la posibilidad de la «muerte» del destinatario inscrita en la estructura de la marca (en este punto hago notar de paso que el valor o el efecto de transcendentalidad se liga necesariamente a la posibilidad de la escritura y de la «muerte» así analizadas). Consecuencia quizá paradójica del recurrir en este momento a la repetición y al código: la disrupción, en último análisis, de la autoridad del código como sistema finito de reglas; la destrucción radical, al mismo tiempo, de todo contexto como protocolo de código”[5].

 Examinemos con cuidado este importante pasaje. Lo primero que se dice es que no hay una suerte de código-organon secreto de iterabilidad de lo escrito. Aquí Derrida es muy claro en su toma de partida. La escritura no implica una esencia, una intención originaria que ha de ser captada por una suerte de marco predeterminado de asimilación. Más bien, el texto mismo tiene una suerte de dinámica inmanente que lo hace inteligible y, esto es lo importante, sin que tenga que mediar para ello presencia actual alguna. Esto implica que no hay destinatario ideal ni intenciones del autor que develar, al menos, diría yo, en el sentido de la adecuación mente-cosa de los modernos[6] (este al menos será relevante después cuando hagamos un balance de la perspectiva del autor francés). Por eso para nuestro autor, la escritura implica, básicamente, ruptura con la presencia. Solo es trascendente la escritura cuando nociones como presencia y destinatario desaparecen. Insisto una vez más, la crítica es al cognitivismo representacional, no hay que perder eso de vista.

 


[1] Derrida, J. Firma, acontecimiento, contexto. En: Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, 1998. p. 3 (de la edición virtual). Las primeras cursivas son mías.

[2] Ibid. pp. 4-5.

[3] Ibid. p. 6.

[4] Ibid. p. 7.

[5] Ibid.

[6] Esto lo había visto también de modo muy lúcido H.G. Gadamer en Verdad y método cuando criticaba allí a la noción romántica de genio.


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (II)

Quiero entender desde aquí al texto bíblico en clave dialógica, esto es, englobarlo en la noción, también bíblica, de palabra. El evangelio de san Juan se inaugura con unas líneas sugerentes:

“En el principio estaba la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. [...] Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres [...] La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”[1].

 Lo primero que hay que entender para una adecuada interpretación, es lo siguiente: hay una identificación, sumamente interesante por sus consecuencias, entre Dios y la [P]palabra[2]. Aquí palabra, significa Dios  y significa a la vez palabra escrita en el corpus bíblico. Esto ya es un indicador de hacia donde estamos apuntando. Esto se sintetiza de un modo más claro aún en la figura de Cristo: el nazareno es Verbo. No sólo eso, sino que la palabra crea. De donde se hace evidente el carácter dinámico de la [P]palabra. Dios, que es Palabra, se expresa en la historia y lo hace a través de la palabra escrita. Dios se comunica al creyente por medio de su [P]palabra, a saber, el Hijo del Hombre. Lo sugerente aquí radica en la ambigüedad y en la identificación. El lector del corpus bíblico casi siempre puede entender «palabra» en ambos sentidos sin que la integridad de la significación del texto se vea afectada. Mi tesis es que ello proviene de que, en cualquier caso, lo que prima en cualquiera de las dos lecturas es la condición performativa del enunciado. Siempre, «palabra», es acto de habla en el sentido austiniano del término. En lo que sigue paso a fundamentar el punto asociando la interpretación de Austin del lenguaje ordinario con la recusa agustiniana al modelo representacionalista de la verdad.

 Sostiene Austin en su primera conferencia de las William James Lectures de 1955 en la Universidad de Harvard:

 “[…] los filósofos han presupuesto que el papel de un “enunciado” sólo puede ser “describir” algún estado de cosas, o “enunciar” algún hecho con verdad o falsedad”[3].

 Sin embargo, objeta Austin que esta sea la única forma en la que aparece el lenguaje en nuestras relaciones comunicativas. Existen, por ejemplo, “las «proposiciones éticas» [que] quizá persiguen manifestar emociones, exclusiva o parcialmente, o bien prescribir conducta o influirla de maneras especiales”[4]. Para Austin, reducir el lenguaje a enunciados que describen la realidad en términos de verdad o falsedad no es otra cosa que caer en la llamada «falacia descriptiva». Es en ese contexto que Austin introduce la noción del «realizativo», que nosotros conservaremos a través de la castellanización de su forma inglesa como «performativo». Sobre él, Austin hace dos precisiones fundamentales para la problemática que nos ocupa en este ensayo. Así, las expresiones performativas tienen dos características cardinales:

 “A) no “describen” o “registran” nada y no son “verdaderas” o “falsas”; y

B) el acto de expresar la oración es realizar una acción, o parte de ella, acción que a su vez no sería normalmente descrita como consistente en decir algo”[5].

 Como puede notarse, los dos puntos de Austin avalan la tesis que hemos estado sosteniendo hasta aquí. En primer lugar (A), el lenguaje no puede reducirse exclusivamente a su función de representar al mundo de modo “verdadero”. Justamente por ello (B), existen usos del lenguaje en los cuales la función del mismo es expresiva: a partir del uso del lenguaje en esos caso lo que se quiere es realizar algo, diríamos, jugando un poco con el castellano y el inglés, hacer una performance. Esto es fundamental si extendemos la reflexión austiniana al problema del lenguaje bíblico. Es evidente que dicho lenguaje tiene una cosmovisión acerca del mundo; no obstante, no hay exigencia en él de agotar la realidad de modo absoluto como lo pretende el positivismo. Todo lo contrario, lo vimos en Agustín, lo que se plantea es un modelo intersubjetivo para la constitución de lo verdadero. Y es por la misma razón que nuestra reflexión previa en torno a la «palabra» se condice muy bien con el segundo punto esgrimido por Austin. Es cierto que no todos los enunciados bíblicos están en primera persona y que no implican en sentido estricto lo que nuestro autor entiende como performativo; empero, una lectura más profunda sí ofrece tal coincidencia. La primera objeción que podría hacerse es que el mismo hecho de tratarse de un texto quita el carácter performativo al acto de habla: se trataría de una experiencia de segunda mano y que, por tanto, ya no coincide con el modelo austiniano. Bueno pues, esto es legítimamente pensable; sin embargo, es una objeción que se desmonta cuando uno se mete de lleno en el juego del lenguaje que implica el entramado bíblico. Pensemos simplemente en lo siguiente, ¿cómo define Austin el performativo? Pues, en su versión más simple, de esta manera: “Indica que emitir la expresión es realizar la acción”[6]. Curiosamente, esto es lo que esta a la base de la noción de «palabra» en el corpus testamentario. La «palabra» se entiende en ese contexto de uso como conectada necesariamente a la acción. Por eso la palabra crea, por eso palabra es verbo, es la pasión del crucificado. Se trata siempre de un texto pensado todo como performativo. Solo hace sentido en la medida en que se-realiza, se-actúa. Es verdad, el texto es texto; pero dijimos varias líneas arriba que su naturaleza misma estaba pensada para trascenderse a sí mismo y encarnarse en la vida. Así, la narración bíblica es, o debe ser, generadora de la experiencia creadora que narra. El texto, como ya dijimos a la luz de San Agustín, sólo se-hace cuando se incorpora en la vida del creyente a través, justamente, de la realización de la caridad. Esto, a su vez, entra dentro del marco contextual que exige Austin para que se valide adecuadamente el performativo. Efectivamente, hay una serie de condiciones que deben de cumplirse para que tal acto sea válido. Nosotros en clave agustiniana, podemos decir sin problema, verdadero. ¿Pero no había dicho Austin que el performativo era justamente, no aseverativo? Sin duda. El asunto es que hemos dicho ya que en el caso bíblico la verdad se entiende en términos de expresión de la caridad, y en ese sentido la contradicción desaparece. Aquí verdad se parece mucho más a la expresiva validez que constituye el contexto del que nos habla Austin. Dice, por ejemplo, el filósofo:

 “Hablando en términos generales, siempre es necesario que las circunstancias en que las palabras se expresan sean apropiadas, de alguna manera o maneras. Además, de ordinario, es menester que el que habla, o bien otras personas, deban también llevar a cabo otras acciones determinadas “físicas” o “mentales”, o aun actos que consisten en expresar otras palabras”[7].

 Queda claro que es fundamental que se den las “circunstancias apropiadas” para que el performativo se realice. Sin ellas, el acto de habla se invalida; no se hace falso, simplemente se anula. ¿Qué pasa en el contexto del discurso religioso al que hacemos referencia? Lo mismo. No sólo es necesario que se diga que el texto tiene tal o cuales características que invitan a tales o cuales acciones. El texto se realiza si acaece el principio de la caridad en la acción. Y no sólo eso, sino que como indica Austin, implica también una instancia de validación intersubjetiva, comunitaria. Así, la experiencia religiosa no es fundamentalmente individual, como cree William James[8]; sino esencialmente comunitaria. El amor no se práctica en relación vertical con lo divino; sino que solo es auténtico cuando horizontalmente se extiende al hermano. Hasta aquí nuestra pequeña presentación de Austin, en lo sucesivo pondremos sobre la mesa algunas tesis de Derrida con la finalidad de ver cómo complementan o contradicen lo hasta aquí trabajado.


[1] Jn 1, 1,3-4; 1, 9

[2] Esta forma de escribir «palabra» quiere hacer notoria la ambigüedad que implica. La mayúscula nos remite a lo divino; la minúscula, al texto.

[3] Austin, J. L. Palabras y acciones. Buenos Aires: Paidós, [s/d]. p 41.

[4] Ibid. p. 43.

[5] Ibid. p. 46.

[6] Ibid. p. 47.

[7] Ibid. p. 49.

[8] Sobre esto habría que hacer alguna precisión. Como bien indica Charles Taylor en su comentario a Las variedades de la experiencia religiosa de James, la visión de la religión del fundador del pragmatismo es algo estrecha porque solo mira desde el ángulo del cristianismo protestante y del trato básicamente individual con lo divino. Efectivamente, James pone en un lugar muy secundario a las “iglesias” porque cree que son portadores del dogma y del oscurecimiento de la experiencia auténtica. No se equivoca demasiado, sin embargo. El punto es que su ataque va hacia las jerarquías eclesiales. La experiencia de las comunidades de base siempre ha sido mucho más compleja y, más bien, enriquecedora de la primera experiencia individual; que, usualmente, desaparece sin el respaldo de la tradición y el intercambio intersubjetivo.


Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (I)

Después de algunas semanas sin nuevos textos, presento aquí un trabajo que creo ofrece algún aporte de interés sobre las relaciones que existen entre la filosofía del lenguaje y el lenguaje religioso. Siguiendo la pauta de algunas otras de mis publicaciones, quiero jugar ahora con un par de autores nuevos en este blog: Austin y Derrida. Quiero articular dos textos suyos para pensarlos desde San Agustín. El propósito será echar algunas luces sobre el lenguaje bíblico que quizá no han sido exploradas todavía. Los dejo con la primera entrega del texto.

El presente ensayo tiene como finalidad abordar el problema del lenguaje desde una perspectiva particular, la que compete a sus repercusiones en el discurso religioso. La mirada se detendrá en dos perspectivas del problema que considero de relevancia. En primer lugar, atenderemos al carácter independiente que cobra el texto bíblico después de haber sido escrito. La independencia, podemos esbozar ya, radica en los fines a los que apunta. El texto tiene una dinámica particular, la de constituirse en la acción. En ese sentido, apelaremos a San Agustín para examinar dicha problemática. En un segundo momento, analizaremos los elementos vistos a la luz de algunos temas del estudio del lenguaje llevado a cabo por Austin. Finalmente, observaremos las objeciones de Derrida tratando de establecer puentes entre ambos autores.

 Quizá la pregunta que tendríamos que plantear es la que sigue: ¿cómo podríamos interpretar las pretensiones comunicativas del discurso evangélico a través de una reflexión filosófica sobre el lenguaje? Trataremos de responder a esta interrogante en lo que sigue, deteniéndonos primero en la hermenéutica del obispo de Hipona. Uno de los principios básicos de la hermenéutica bíblica elaborada por San Agustín podría resumirse de la siguiente manera y en sus propias palabras:

 ”¿Quién de nosotros halló esa intención, de modo que pueda decir con certeza que esta fue la intención de Moisés y que esto fue lo que quiso que se entendiera en aquella narración?” (Confesiones XII, 24).

 Como se puede ver a la luz del pasaje citado, lo que se cuestiona aquí es la posibilidad de develar las intenciones del autor. El texto, sea este cual fuera, ostenta una libertad que supera el trazo de quien lo escribió. Ya en el siglo tercero de la era cristiana, Agustín había hecho manifiesto un problema fundamental, a saber, que la perfecta adecuación entre la intención del autor y la interpretación del lector no es más que una quimera. ¿Pero cómo afecta al creyente el problema de la in-adecuación al que hacemos referencia? Esto sólo puede entenderse a la luz de los demás pasos que Agustín da para completar su esquema de interpretación. Si se recusa la posibilidad de establecer una perfecta simetría entre enunciado y realidad, tiene que ofrecerse un tipo de alternativa que reemplace este modelo. La alternativa del obispo, creo que yo, nos pone de cara ante su sugerente manera de abordar la religión y la filosofía del lenguaje inmersa en el texto bíblico; además se trata, me parece, de un autor tremendamente innovador y un precursor olvidado de muchas versiones dinamistas de aproximación a lo lingüístico. A lo que apela Agustín es al hecho de que el texto bíblico tiene un carácter mostrativo y dinámico. Cuando comenta acerca de las intenciones del autor nos quiere dar a entender que hay un elemento trascendente al acto mismo de lectura. El corpus bíblico con toda su narrativa intertextual quiere mostrar al creyente algo, quiere que el creyente encuentre en él, y a través de la lectura, la verdad. En ese contexto aparece un nuevo problema, ¿qué significa eso de que el texto bíblico pretende mostrar, expresar podríamos decir, la verdad? Dice Agustín:

“Por eso, Señor, tu verdad no es mía ni de aquél, sino de todos nosotros, a cuya comunicación pública nos llamas, advirtiéndonos que no queramos poseerla privada, para no vernos privados de ella” (Confesiones XII, 25).

 Como dije, Agustín se adelanta profundamente a concepciones de la verdad mucho más contemporáneas que atienden a la constitución de lo verdadero de modo intersubjetivo y cuya esencia radica en su carácter comunicativo. No hay lenguaje privado, afirmaba Wittgenstein contra los positivistas lógicos, y por tanto no hay verdad que se restrinja al solipsismo cartesiano y que pueda pensarse sin lenguaje; ergo, la verdad tiene, per se, una condición fundamental: su comunicabilidad. En ese sentido, hay un fino juego que se da en la interacción entre el texto que muestra y el creyente que de deja penetrar por ese mostrarse. Pero, a la vez, ese mismo creyente lleva al texto su propia vitalidad y lo renueva, lo re-lee, lo re-llena de sentido. El creyente y el texto juegan, intercambian, crean. El texto dice la verdad, pero el creyente la interpreta. Y si hay interpretaciones, preguntarían los entusiasmados por la positividad de los hechos, ¿dónde está la verdad? Pues la verdad tiene un solo lugar, el único que podría tener: la historia, la vida, el cambio. ¿La verdad no es una?, replicará el vehemente buscador de monolitos de segura certeza. El seguidor de Agustín no negará aquello, pero dirá que tal verdad acaece y se ejecuta en la experiencia humana. Luego, el texto bíblico no responde a un modelo representacional de la verdad; está mucho más cerca de una aproximación expresivista que atiende a la vitalidad de lo humano y que en ella se inserta. A lo transitorio y fluctuante se dirige para constituirlo, vivificarlo, transformarlo. De aquí se hace obvia una primera conclusión: el discurso religioso -el bíblico en particular- no tiene pretensiones teóricas, sino prácticas. La atención de la religión no está en erigir modelos probatorios; lo que pretende es hacer feliz al creyente. Es por ello que Agustín desarrolla lo que se suele conocer como el principio hermenéutico de la caridad, que podemos resumir con sus propias palabras:

 ”Mas la Escritura no manda, sino la caridad [...] Narra las cosas pasadas, anuncia las venideras y muestra las presentes, pero todo esto se encamina a nutrir y fortalecer la misma caridad [...]“[1].

 Verdad implica en el contexto bíblico, fidelidad al principio de la caridad, que no es otra cosa que el conocido “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo” (Lc 25, 26-27). De esta manera, una interpretación representacional de la verdad será inadmisible ya que deberá estar sujeta no a la adecuación, sino a su manifestación. El principio hermenéutico de la caridad de Agustín es determinante en la medida en que respeta la libertad que la misma Escritura ofrece al creyente, la libertad de que sea él quien en un encuentro personal experimente la verdad acaeciendo en su vida a través de la superación de la inmanencia del escrito sagrado. Podemos ver ya desde esta breve cita cuáles eran las motivaciones hermenéuticas de nuestro autor. La remisión última a la caridad como una suerte de canon de medición de la autenticidad del texto sagrado no es otra cosa que la fiel expresión, esta vez en clave hermenéutica, de la conocida sentencia del evangelio de Lucas que está a la base de todo el cristianismo. El principio hermenéutico de la caridad que propone Agustín no es más que la coherente puesta en escena del mandamiento nuevo del nazareno con lo cual se hace manifiesta mi lectura acerca de la verdad: a saber, es de tal radicalidad el imperativo del amor que no hay en la Biblia texto alguno que pueda ser considerado sagrado si no se somete a dicho imperativo. Esto, claro, por una razón capital: si el texto es palabra revelada que condiciona la acción concreta del creyente, sólo al entender la verdad como expresión de la caridad, esto es, no de modo teóricamente mensurable, sino prácticamente constatable; solo así es posible que la Escritura sea espacio de apertura y libertad y no de imperialismo conceptual. La Biblia deja de verse, así, como un texto dador de razones; puede comenzar a entenderse como un libro que comunica experiencias. No prescribe, invita. No somete, sugiere. Cada palabra puesta en cursivas se coloca en contraste con las que las preceden. Lo que se quiere insinuar es una lectura de la religión que renuncie al modelo representacional de la realidad[2]. Un texto sagrado que no sea entendido como garante del dogma y la represión. La idea es ver un libro que propiamente no es libro, sino vida en plena manifestación. Que es, más bien, acto comunicativo, acto de habla. Para desarrollar las ideas que se siguen de esta afirmación me concentraré en dos autores y una noción. Trabajaremos paralelamente con Austin y Derrida en torno la noción de palabra-verbo en el texto bíblico.


 

[1] San Agustín. De Doctrina Christiana. Madrid: BAC, 1947. Liber III, Caput X, 15-16

[2] Dicho sea de paso, el modelo cientificista acerca de lo verdadero no fue el que primó sino hasta el siglo XII. Antes del reencuentro de la lógica de Aristóteles, el modelo que tuvo preponderancia fue el agustiniano. Luego, como sabemos, la pauta la dictó Tomas y su neo-aristotelismo.


Nietzsche, el profeta del nuevo cristianismo

Para concluir, quisiera añadir en la línea de lo precedente algunos apuntes sobre lo que Caputo considera la naturaleza trágica de lo religioso. Porque, a pesar de todo lo dicho ya, para Caputo la religión implica también cierto sentido trágico. Aquí Nietzsche, como para Vattimo, será un autor que tendremos que mantener en la mente. La tragedia, es claro, la incertidumbre. El llamado, el evento impredecible; esa es la tragedia del creyente. Pero como en Nietzsche, el sentido trágico es ambiguo: es a la vez nostalgia y oportunidad, la alegría de la danza.

El ser humano, pareciese, está naturalmente llamado a trascender sus límites, los de las posibilidades de la razón, podríamos decir con Kant. Y por ello, si bien Caputo consigna a la incertidumbre y a lo imposible como elementos fundantes de lo religioso, es conciente también de esta vocación humana por la seguridad y la certeza. El creyente vacila, duda, teme. Siente la angustia profunda que aquejaba de temor y temblor a un Kierkegaard abrumado ante el sacrificio de Isaac. El creyente, el apasionado por el amor sabe que no tiene certeza alguna, sabe que a Dios no lo puede probar, no sabe qué ama cuando ama a su Dios y no sabe si quiera quién es él, el que se supone ama a este Dios que no conoce.

Así puestas las cosas, Caputo concede: la vida del creyente, como la describimos aquí, claro, está marcada por la tragedia de la inseguridad, de la desprotección, de la ausencia de cobijo. Contra todo pronóstico y en una senda inaugurada con inteligencia por Vattimo, aquí Nietzsche se vuelve uno de los más fuertes aliados de la reflexión religiosa. Porque tanto él como los que nos preocupamos por la problemática de la religión en el mundo posmoderno, estamos convencidos de la necesidad de la crítica a la metafísica occidental. La única diferencia es que Nietzsche la identifica con Platón y el cristianismo de modo visceral y pierde de vista cosas que, seguramente, la época no le permitía notar. Pero hoy, si algo hay de valioso en los aportes de la posmodernidad a lo religioso es justamente eso: la relativización de toda categoría absoluta y la proclamación de la muerte de Dios. No es asunto de poca importancia, por ejemplo, que efectivamente en el cristianismo opere con tanta fuerza la idea de un Dios que muere. Aquí la idea efusiva y violenta de un Zaratustra que proclama la muerte de Dios se vuelve más bien cosa cotidiana: fue justamente el cristianismo el primero en proclamar que su Dios había muerto. Es obvio, aquí no pretendo hacerme el listo, que el sentido es diferente; pero la categoría es la misma y sugiere lecturas conciliatorias.

Vattimo hace una que me parece interesante, aunque no concluyente. La idea de Occidente como un declinar que se gesta en la idea de un Dios que se encarna y que muere como signo del debilitamiento, dentro de  la misma tradición, de la propia metafísica occidental es una intuición bastante sugerente. Poco desarrollada por Vattimo, eso sí; pero muy sugerente. El asunto, allende los autores, es que el sentido trágico del que habla Caputo tiene esa ambigüedad que ya había detectado Nietzsche. Porque para él, la tragedia era la de esos últimos hombres que habían acabado con Dios, pero que ahora estaban agobiados por el peso de su muerte y vivían el pasivo nihilismo del sinsentido. Esa era su tragedia. Pero Nietzsche sabía, a su vez, que el magnicidio de Dios era, más bien, motivo de alegría, porque lo que se había operado era el aniquilamiento de un peso ficticio, de una mentira alienante y perversa.

La conciencia de esa tragedia debería subvertir el orden: finalmente no hay tragedia y no la hay porque nos hemos liberado de la opresión de un orden falso e impuesto. Muerto Dios, entonces, viene la alegría del niño, la caminata serena por el jardín del mundo, la danza, la música y el juego de máscaras. Lo que no sospechó Nietzsche es que su profecía podría volverse en contra de sus propias intenciones y convertirse, al final, en bebida revitalizadora de la experiencia religiosa que tan ferozmente criticaba. Y que la muerte del Dios de la metafísica no acaba con la experiencia de Dios, sino que la reavivaba en un su más originario y bíblico sentido.

Por eso dice muy bien Caputo: “el debate entre lo trágico y lo religioso tendría que reestructurarse como una disputa interna que resulta dentro de la religión, entre una religión trágica y otra que no lo es, entre el amor de la necesidad y el amor de lo imposible” (SR, 154). La verdadera tragedia de la religión sólo aparece cuando esta se concibe en términos de necesidad, cuando, por decirlo de algún modo siguiendo la pauta nietzscheana, nos vemos obligados a aceptar el destino trágico del dios Dionisos para lanzarnos al mundo fálico de la voluntad de poder donde aparece la religión del dominio y del fundamentalismo. Contra esta idea, emerge otro sentido de tragedia que, auténticamente entendido, no puede ser más que la alegría del amor por lo imposible. Por eso bien puede decir Vattimo que “la única vía que le queda abierta [al cristianismo] para no regresar a la condición de pequeña secta fundamentalista, como lo era necesariamente en sus inicios, y para devolver efectivamente su vocación universal, es la de asumir el mensaje evangélico como principio de disolución de las pretensiones de objetividad” Una disolución que ya era patente en ese Agustín que no sabe, cuya verdad no es conocimiento, cuya verdad se hace, facere veritatem.

Se trata de una tragedia debilitada, de una tristeza que en verdad debe tornarse en dicha. Animados por lo imposible, por el llamado y la invitación del evento, nos disponemos a la entrega, al amor: la religión es para los amantes y para el que ama ya no hay más tragedia. El que ama se da cuenta de que la pérdida de certeza, la ausencia de una verdad que implique conocimiento no es más que la precondición del amar, “pues lo trágico hace a lo religioso sincero, hace que siga activo, y bloquea el triunfalismo y la autorreclusión [del fundamentalismo]” (SR, 155). Solo el que vacila se entrega, solo el que duda opta. ¿Qué mérito tendría la religión si todo estuviese claro?, ¿qué de grandioso habría en la fe si de Dios todo se supiera? No se trata de eso. El nombre de Dios es un llamado; nuestra reflexión, una teología sobre ese evento, una teología que más aún que preocupada por el qué de la pregunta de Agustín, indaga por un cómo. ¿Cómo amo cuando amo a mi Dios? (SR, 171). Y la medida del amor, ya lo decía el Obispo, es el amor sin medida. Una vez más, teología de la liberación, teología pragmática, teología del evento.

Termino y me traiciono, sin embargo: tampoco la filosofía puede abarcar el evento, con elasticidad que asombra se estiran las palabras para decir lo inefable y no es posible. Quizá queda solo recurrir a una intuición más, a una nueva sugerencia, a una imagen: “mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que son sinsentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido)”. Finalmente, “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.



Cf. Vattimo, G. Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso. Barcelona: Paidós, 2002. Particularmente útil para este punto es la introducción: “Creer que se cree”.

Me refiero a algo que, me parece, comparten también Feuerbach y Marx: cierta oscuridad en la identificación del objeto de la crítica. En los tres casos, y en el caso de Feuerbach es manifiesto al hablar de la “esencia” del cristianismo, la severa censura a la cristiandad proviene de haberla comprendido en términos esencialistas. Eso hizo que todos creyesen que aquello que criticaban era “el” cristianismo. Una mirada menos grave, más histórica y contextual, hubiese podido notar que el objeto de la crítica era solo una faceta, solo una manifestación y que, ante la ausencia de una “esencia” cristiana, su ataque no afectaba la experiencia religiosa directamente. El caso de Nietzsche es particularmente útil para notar este tipo de nublamiento de la visión: el gran crítico de la metafísica occidental estaba tan ensimismado en tal tarea que hizo metafísico el propio discurso. Como bien indica Vattimo, al defensor de las interpretaciones le faltó agudeza para notar que la suya era, también, una interpretación más.

Cf., por ejemplo, Vattimo, G. Nihilismo y emancipación. Ética, política, derecho. Barcelona: Paidós, 2004, p. 49: “Occidente, podríamos decir, declina porque le declinar constituye su vocación histórica. O dicho en otros términos, la historia, en el único modo en que Occidente consigue concebirla y vivirla, es historia de la secularización”.

Ibid. pp. 49-50: “En todo el historicismo moderno, la emancipación y el perfeccionamiento del hombre comportan un alejamiento del horizonte sagrado de los orígenes, que no necesariamente es también una liquidación de la religión, sino que con frecuencia se piensa como una revelación de la verdad más auténtica de lo divino, más auténtica justamente porque lo divino está profundamente emparentado con lo humano (Cristo es Dios encarnado)”.

Es por eso que la crítica a la religión hecha por Feuerbach o Marx es igualmente poderosa y revitalizante. De hecho, la teología de la liberación la incorpora como un tema prioritario y la llena de nuevo sentido en clave evangélica.

Vattimo, G y R. Rorty. El futuro de la religión. Barcelona: Paidós, 2006. p. 73.

Dice el Obispo en el De Ordine 19… II, 18, 47: “no hay en la mente conocimiento de Dios, salvo el de que ella no le conoce”. Y también, en torno al problema de la verdad: “Por eso, Señor, tu verdad no es mía ni de aquél, sino de todos nosotros, a cuya comunicación pública nos llamas, advirtiéndonos que no queramos poseerla privada, para no vernos privados de ella” (Confesiones XII, 25).

Para un estudio detalladísimo y serio sobre los problemas relativos al conocimiento y a la verdad en la gestación del corpus bíblico, la lectura de Sacchi, P. Historia del judaísmo en la época del segundo templo. Madrid: Trotta-PUCP, 2004 es imprescindible. Allí Sacchi, en uno de los estudios más preclaros sobre la historia de la génesis del pensamiento judeo-cristiano, ofrece importante material documental que atestigua que las tensiones en torno al problema del conocimiento fueron constantes y tomaron rumbos diversos dependiendo de la época. Es imposible entrar aquí en los detalles de una obra monumental como esa, pero sugiero la revisión de la Introducción que ofrece un interesante panorama de los temas centrales. Además conviene un examen integral de toda la sección IV, con atención particular en los capítulos dedicados al conocimiento (11), el problema del mal (12), la salvación (13), el mesianismo (14), lo sagrado y lo profano (17).

Wittgenstein, L. Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Revista de Occidente, 1957. Aforismos 6.54 y 7.


Deconstrucción y pragmatismo: la pregunta de San Agustín

Finalmente, quisiera cerrar estas breves indagaciones aludiendo a un tema que está muy en la línea de lo que hemos dicho hasta aquí. Se trata del sentido de la permanencia de la pregunta en la experiencia religiosa. Caputo, ya no en The weakness of God, el texto al que nos hemos venido refiriendo antes; sino en Sobre la religión plantea este problema lanzando la pregunta que Agustín se hacía en las Confesiones: “¿qué amo cuando amo a Dios?” o “¿qué amo cuando te amo a ti, Dios mío? (X, vi)”. Si hemos visto la relevancia de la pregunta por el nombre de Dios, está claro que volver a ella en estos términos ofrece también importantes razones. ¿Qué es lo que amo, entonces, cuando amo a Dios? La pregunta es compleja, hay que detenernos en ella.

 

Un camino para responderla se empieza a desarrollar cuando atendemos a lo que Caputo denomina el “futuro absoluto”[1]: se trata de un futuro impredecible que nos coge por sorpresa y echa por tierra los cómodos horizontes de la esperanza que rodea el presente (SR, 19). Parece una distinción nimia, pero si se atiende al cuerpo del problema, la cuestión empieza a generar mayor sentido. Caputo quiere contraponer a este tipo de futuro el futuro que llama “relativo”, aquel que puede estimarse y predecirse más o menos en términos causales. Como menciona el autor, “para el futuro relativo necesitamos una buena cabeza, un ordenador decente y sentido común; para el futuro absoluto, necesitamos esperanza, fe y amor [...]” (ibid.). Esto es importante, porque para el autor el acontecimiento fundante de lo religioso es la apertura a este futuro impredecible, la apertura a lo imposible. Disponerse de ese modo requiere de una opción que está más allá del orden de las causas. Para ponerlo en palabras de James, requiere de la voluntad de creer. Así, para Caputo, y también para James, lo determinante de la experiencia religiosa no es su versión institucionalizada y dominical, por poner un ejemplo; lo es, en cambio, la apertura a la trascendencia, la vocación por lo imposible. Y aquí empieza a tomar forma nuestra pregunta, porque en el fondo, las cosas de Dios son aquellas que tienen que ver con lo imposible, como bien lo supo la pequeña que nos retrata Lucas, una María que salía apenas de la niñez con un gesto cargado de envidiable madurez: que se haga tu voluntad, decía la Virgen, porque no hay nada imposible para Ti. Así, “el nombre de Dios es el nombre de la oportunidad de algo absolutamente nuevo, de un nacimiento, de las expectativas, la esperanza, la esperanza contra la esperanza (Rom 4, 18) en un futuro que se transforma” (SR, 22). Y en ese contexto, Caputo apelará a la noción de Derrida de una “religión sin religión”: la estructura misma de lo religioso es la de la experiencia posibilitada por lo imposible, es una alianza con lo imposible (SR, 27), la máxima agustiniana del corazón inquieto: “nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Luego, Caputo sostendrá que una religión sin religión es en el fondo la renuncia a toda la carga metafísica objetivante que ha lastrado a la religión en sus concepciones convencionales. Está claro que no es una categorización absoluta, pero que apunta a problemas que bien podrían estar comprendidos en la aproximación pragmatista a los temas del conocimiento y de la verdad con las consecuencias directas que ello tiene en materia religiosa, me abstengo aquí de los detalles, pero la Inquisición o las guerras de religión no hacen sino constatar de modo palpable el problema al que me refiero.

 

Dicho esto, volvamos otra vez al rumbo que nos habíamos trazado: ¿qué amo cuando amo a mi Dios? Con esta pregunta recogida de Agustín, Caputo quiere introducirnos en el juego que está creando, un juego que ya tiene varias piezas para entretenernos. La fuerza de la pregunta es capital y lo es porque nos enrostra la incertidumbre detrás de la religión. ¿Qué amo? No sé, habría que responder. Es más, ¿quién soy yo, el que ama? Tampoco lo sabemos. La riqueza de la religión radica en esta gran incertidumbre. Solo cuando la duda aparece como una realidad, la creencia se hace una opción verdadera, viva como decía James contra Pascal[2]. La duda, la incertidumbre comprometen auténticamente al sujeto en la experiencia de fe. No está del todo claro quién sea Dios, qué amo cuando le amo a Él, ni siquiera está medianamente claro quién soy yo y, sin embargo, la experiencia emerge, el evento nos trasciende, nos aborda lo imposible. Como dice Caputo, “No Conocemos El Secreto (¡adviertan las mayúsculas!)” (SR, 32). Como es lógico, no se trata de una ignorancia que invita a la inacción: todo lo contrario. Hablamos aquí de una pasión cuya condición es el no saber, “ese no saber es el elemento ineludible en el que se toman las decisiones, que intensifica la pasión de las mismas. Este no saber no es un tipo de ignorancia simple, corriente y moliente sino más bien parecida a lo que los místicos llaman la docta ignorantia, una ignorancia sabia o culta, que sabe que [...] este no saber es el horizonte ineludible en el que debemos actuar, con la debida determinación, con toda la urgencia que exija la vida. Pues la vida no nos da respiros, no retrasa sus exigencias una hora o dos mientras paramos para comer y nos echamos una siestecita. Nos exige que actuemos, pero nuestras decisiones se ven recubiertas por una fina película, una sensatez incómoda y callada, de desconocimiento” (SR, 32-33). Así, el asunto regresa: ¿qué amo cuando amo a mi Dios? Pues amo la fuerza de la pregunta, mi amor se recrea en la incertidumbre que ella implica. Nos movemos otra vez en el esquema de un evento que invita: “Cuando San Agustín habla así no deberíamos pensar que sufre por un gran agujero o falta o vacío por llenar, sino que es alguien que rebosa de amor y que busca saber hacia dónde dirigir su amor. No sale a ver qué puede conseguir, sino qué puede dar” (SR, 39). Creo que el modo en que Caputo plantea las cosas nos ayuda mucho a atar más de una idea. La religión es para los amantes, habíamos dicho ya. Y lo fundamental de lo religioso radica en su apertura, su negocio es lo imposible. Estamos bajo la lógica del evento, de un evento que funda la experiencia de Dios trascendiendo su mero nombre. Y que, como ya sabemos, se constituye en invitación y en llamado para que venga su reino, el reino de la locura de la cruz. Justamente el reino cuya fuerza radica en la subversión del orden humano y de la causalidad de este mundo: uno en el cual no se busca para sí, sino que se da para el otro, para el otro que es el pequeño, el enfermo, el pobre. Teología de la liberación, teología del evento, teología pragmática.

 

Luego, como sostiene Caputo, “la pregunta de San Agustín [...] persiste como una pregunta irreducible y eterna, una pregunta constante, primera y última, que nos persigue por los pasillos de nuestros días y noches de manera permanente, dando sal y fuego a nuestras vidas. Ésa es la razón de por qué dicha pregunta está relacionada con otra persistente pregunta agustina, «¿quién soy yo?», a la que San Agustín responde, [...] «una tierra de dificultad y de gran sudor». A vuestros ojos, Oh Señor, dice: «Me he convertido en pregunta para mí mismo». Así pues, estas dos preguntas, la de Dios y la de Sí mismo, van de la mano para San Agustín. [...] cuanto más me sacude interiormente la pregunta de qué es lo que amo, más me sacude la pregunta de quién soy, en virtud de la cual este sentido de ser un «yo» se resuelve e intensifica. [...]. ¿Qué amo cuando amo a mi Dios? ¿Es a Dios? ¿Es a la justicia? ¿Es al amor mismo? De nuevo, la respuesta es otra pregunta. Yo soy el que se preocupa por esto, y el nombre de Dios es el nombre por el que me preocupo. Lo imposible me aturde” (SR, 41-42). Me parece que la cita habla por sí sola y que el dinamismo de la religión se hace manifiesto en la permanencia de la actitud de pregunta. Ahora bien, ¿hay respuesta? Uno podría rápidamente aducir que no y que plantear esa sugerencia resulta contradictorio. Sin embargo, en la lógica de nuestra exposición la respuesta es posible. Hay que responder, eso sí, desde la perspectiva del evento, de lo imposible, de la apertura. La respuesta tiene que ser como la de María: aquí estoy, Señor; hágase en mí. “Se trata de responder, de hacer la verdad, de que la verdad suceda, facere veritatem, como dijo San Agustín, hacer justicia, hacer lo imposible, hacer que la montaña se mueva, ir donde no puedo ir, aunque no sepa quién soy o qué amo cuando amo a mi Dios” (SR, 43). Otra vez, teología del evento, teología pragmática, teología de la liberación: se responde a la invitación, se responde haciendo la verdad, se responde haciendo la verdad que es la justicia de Dios que subvierte el orden y que atiende preferencialmente el sufrimiento del inocente. Nuestra tríada vuelve, se hace consistente.

 


 

[1] Si bien no es directamente lo que Caputo tiene aquí en mente, una reflexión escatológica se hace bastante importante cuando se introduce el tema del futuro, sobre todo teniendo en cuenta el hilo de nuestra argumentación en este texto. Sugiero otra vez la entrada de Teología de la liberación, más en detalle el apartado b) Escatología: futuro y actualidad histórica (p. 260 y ss.) Allí Gutiérrez hace un interesante estado de la cuestión apelando a los principales teólogos de la época y plantea la propia postura. Lo que me interesa es el peso de la reflexión del teólogo peruano y sus puntos de contacto con la idea, más ligera es verdad, de “futuro absoluto” planteada por Caputo.

[2] La opción de Pascal no es una opción genuina porque no ofrece una hipótesis viva. Si yo no tengo una disposición previa para la creencia, ninguna argumentación probabilística respecto de mis posibilidades de ganar bienes mayores resulta convincente, no me entusiasma ni me conduce hacia la acción. Para el examen del texto, cf. Pascal, B. Pensamientos. Madrid: Alianza, 1981. pp. 128-130. Para el comentario de James, cf. James, W. La voluntad de creer. Un debate sobre la ética de la creencia. Madrid: Tecnos, 2003. p. 143.

 

 

 


¿Un Dios omnipotente?

Después de este breve interludio de creación literaria, quisera volver a la filosofía retomando el tema central de nuestras primeras reflexiones: la teología débil, la sagrada anarquía. Las líneas que siguen, que deben leerse como la continuación directa de El nombre de Dios y la trascendencia del evento, ofrecen una mirada a un complejo problema con el que la teología ha tenido que lidear siempre, el de la omnipotencia divina. Mi intención es deconstruir tal idea y mostrar, entonces, a Dios como carente del poder que usualmente se le ha atribuido en la tradición. Dicho esto, pasemos directamente al texto.

 El modo en que hemos descrito el quehacer teológico configura un sentido de teología que bien podemos llamar débil. Opuesta, así, a una teología robusta y fuerte que es la que siempre ha pululado en la tradición, excusada en la búsqueda de la verdad y en la necesidad de claras y distintas aproximaciones. Pero, lo que nos parece interesante aquí es notar que no solo se trata de una aproximación metodológica, que de hecho no es; sino de una experiencia profundamente evangélica que podemos denominar con San Pablo, la de la debilidad de Dios: “porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (1Cor 1, 25)”. Se trata de un pasaje enmarcado en una importante discusión en torno al problema de la sabiduría, la sabiduría de Dios como distinta a la de los hombres, la sabiduría que reside en la aparente necedad de la cruz. Pero, ¿no ha creído siempre la teología que Dios es todopoderoso?, ¿qué significa, entonces, esta compleja afirmación paulina?

 

Considero que una clave de lectura posible está en la caracterización que hicimos del nombre de Dios. Si este nombre implica un evento que es más una llamada que una causalidad, una provocación más que la presencia de una entidad determinada; si son así las cosas, la idea de un Dios como el ser más perfecto en el orden de la presencia, que preside todo el orden  de lo que es y de lo que se manifiesta debe ponerse en cuestión. Si nos esforzamos por trasladar la mirada y quitamos la atención al modo en que nuestra cultura ontoteologizante ha configurado nuestra imagen de Dios, la cuestión se empieza a hacer bastante más sugerente. Porque si entendemos las cosas de un modo distinto, dejaremos de preocuparnos por la existencia de una entidad sobrenatural que coincide con ese nombre y con las características usualmente adjudicadas a la misma. Si el nombre de Dios es principalmente lo que nos transmite un evento que lo trasciende, la preocupación del creyente deberá estar en tratar de responder a ese llamado, a esa provocación implicada en el nombre. Luego, nótese el movimiento, nos concierne responder al nombre de Dios: a nosotros nos compete responderle, no a Él[1]. “El nombre de Dios es más algo que nos llama que una entidad identificable que nosotros podemos llamar, designar” (TWG, 10) [2].

 

Ahora bien, como indica Caputo, no hay que desestimar la intensidad existencial de la teología débil. La modestia de la propuesta en términos epistemológicos no implica en absoluto carencia alguna de pasión ni de vínculos con la existencia (TWG, 11). Todo lo contrario, este ejercicio hermenéutico de explicitación de pre-juicios[3] relativos a nuestra concepción de lo divino lo que hace patente es la fuerza que implica el nombre de Dios cuando se entiende este en términos de un evento sagrado que irrumpe en lo humano. De hecho, aunque esto excede un poco a Caputo, la determinación exacta de qué es Dios termina siendo una tara que nubla la experiencia religiosa, como decía James. El asunto discurre más bien por lo que la experiencia contiene y lo que contiene es claramente un evento inefable. No queda claro qué sea Dios y de hecho no importa tanto. Lo que opera allí es lo que James llamaba un juicio espiritual: el modo en que esa experiencia tiene sentido y significado para quien cree en ella. Lo relevante no es qué sea dios, sino qué cosas produce siendo de tal o cuál modo. Por eso James combate con tenacidad el dogmatismo religioso que pretende definir lo divino y abarcarlo en proposiciones de razón. James es mucho más modesto y consecuente con sus creencias. Para él, la divinidad “significará aquella realidad primaria a la que el individuo se siente impulsado a responder solemne y gravemente [...]“[4]. Este es para mí uno de los principales puntos de contacto entre ambos autores: la fuerza existencial de la experiencia, el llamado, la invitación, como diría James, a nacer por segunda vez.

 

Volvamos a Caputo. Así concebidas las cosas, hablamos de un Dios sin mayor poder, si es que poder se entiende aquí como fuerza y soberanía. En esos términos nuestro Dios es impotente. El poder de Dios es, en cambio, vocativo. Se trata de un impotente poder de provocación, un poder de solicitud, de llamado. Por lo mismo, se trata de un poder impotente desde los cánones de lo convencional: no tiene el respaldo de las armas ni de la fuerza y nada impide que simplemente nos demos vuelta y hagamos caso omiso a su llamada (TWG, 13). No tiene la fuerza para coaccionar ni para volver hechos sus llamados: es un poder impotente, no se trata aquí de la imagen ordinaria de poder como fuerza. Esta es la debilidad de Dios, en esto radica el sentido de la sentencia de Pablo. El Dios de la cruz es un Dios débil, es un Dios impotente ante los ojos del mundo. Y es ese Dios, no obstante, al cual nos referimos como rey y hablamos así, del reino de Dios. El tema es prioritario porque, de hecho, lo que entendamos por Dios tiene su manifestación expresa en lo que consideramos su reino. Luego, este poder impotente, esta fuerza que es debilidad solo puede hacerse patente cuando adquiere la forma de una narrativa concreta, una tal como la que se desarrolla en las palabras del nazareno cuando este invoca el reino de Dios. Nótese lo que decimos, el reino se pide, se llama por él: “que venga a nosotros tu reino”, decimos. Lo fascinante, es que el reino de Dios es lo que Caputo gusta llamar una “sagrada anarquía”. El reino de Dios es el auge de la contradicción y del más sagrado y santo caos: amor al enemigo, últimos que se vuelven primeros, subversión del orden jerárquico establecido, reconstitución de lo sagrado, muerte de Dios. Este es el reino que resultaba necedad a los gentiles, la locura de la cruz. Es esta la racionalidad detrás del evento. En ese sentido, y siguiendo nuestro esquema, “el reino de Dios pertenece a la esfera de la invitación, de la invocación, a la poética de la proclamación, del kerygma. El reino es proclamado en narrativas cuya verdad no es mesurada por los estándares de la exactitud historiográfica, de la verdad como correspondencia o adequatio, para el reino, el significado de la verdad es facere veritatem. La verdad del evento es un hecho, algo que hacer, que traducir en la carne de la existencia. Estar en la verdad significa ser transformado por un llamado, el haber sido convertido, el haber recibido un nuevo corazón” (TWG, 16). La referencia a Agustín es clarísima. Caputo lo siente siempre muy cercano y es uno de sus héroes comunes en la reflexión. Los ecos jamesianos, si bien no directos, también se escuchan por estas galerías. En el fondo no se trata de una gran novedad: es el sentido mismo de la Escritura que llama, que invita a que acontezca el amor, que se haga la caridad, que venga tu reino, Señor. La voz de Gutiérrez, finalmente, tampoco suena lejana: la justicia de Dios es el amor que libera y que libera inclinando el oído ante el llamado del que sufre, al que sufre se le quiere con preferencia. No es un amor que excluye, pero es un amor que prefiere primero a los últimos. Así funciona el logos de la cruz. La liberación no es otra cosa que eso, una oración: que venga tu reino, que acabe el egoísmo, que cese el sufrimiento. Ahora, ¿es solo eso? ¡Si bastase con oraciones, si bastase! Pero no, el nombre de Dios, el evento que este oculta es una invitación, un llamado. ¿A qué? Al amor. Recordemos: Dios no tiene el poder que cree el mundo, no es una fuerza imperturbable y soberana. Se trata del Dios que muere en la cruz. Por eso es débil, por eso su poder es impotente: no conmina, no fuerza; solo invita. De allí la valía de la experiencia por encima de toda teología: sin experiencia de Dios las manos se quedan atadas, los oídos sordos y esquivamos la mirada cuando nos interpela el dolor del otro. La religión es para los amantes, dice Caputo; quien no ama no sabe de religión. Solo el que se deja cautivar por el llamado, aquel en quien irrumpe con verdadera fuerza el evento es capaz de mirar los ojos y tomar las manos del otro. Sólo así acaece la verdadera liberación: a través de un movimiento profundo consecuencia de la irrupción del evento fundante, de la opción de creer en un Dios que libera y que experimenta en sí mismo la más profunda debilidad, aquella que lo conecta al que sufre mediante las manos del prójimo. Ahora bien,  todo esto no implica la renuncia de la acción de Dios en la historia, sólo la redimensiona: “la eficacia transformadora de la presencia de Dios en la historia es real, pero sin violentarla, ni suplantar las responsabilidades e iniciativas humanas. Es más bien una exigencia y una conversión para una acción histórica nueva, conforme a su palabra y a su voluntad. La palabra de Yahvé a Moisés es clara: «Yo te envío para que saques a mi pueblo [...] Yo estaré contigo» (Ex 3, 10; 12), pero de ninguna manera le dice: Yo lo haré en vez de ti”[5].[6]

 



[1] Esto, obviamente, necesita añadidos. Si Dios se revela, hay claramente una dinámica de “respuesta” de su parte; pero esta no está enmarcada, y eso es lo fundamental, en el ánimo de una revelación conceptual que cierre dispuestas acerca de quién es el Dios verdadero o qué es la verdad. Si algo nos dice Dios de sí mismo es, justamente, que es un evento que trasciende toda categoría humana. En palabras de L-F Crespo, se trata de una revelación “misteriosa no en el sentido de esotérica e inalcanzable, sino en el sentido paulino de misterio escondido de Dios que se revela en Jesucristo, dándose a conocer para nuestra salvación y no para satisfacer una curiosidad sobre su naturaleza.

En la revelación, Dios no busca tanto decirnos alguna verdad o doctrina hasta entonces inasequible y desconocida: se dice a Sí mismo, se comunica Él mismo, se revela como «Bondad salvadora y amor a los hombres» (Tit 2, 11)”. Crespo, L-F. Revisión de vida y seguimiento de Jesús. Lima: CEP-UNEC, 1991, pp. 22-23.

[2] Recojo aquí unas líneas de mi amigo Luis Bacigalupo que, creo, resumen de muy buen modo el problema al que nos estamos refiriendo. La cita corresponde a Bacigalupo, L. “Talking about religion in philosophy”, en: How should we talk about religion?: perspectives, contexts, particularities. Indiana: University of Notre Dame, 2006, la traducción es mía:  ”¿Para un punto de vista religioso, qué razón tiene preguntar por la naturaleza de Dios? ¿Cuál es el punto de determinar teológicamente Su naturaleza como perfecta, es decir, inmutable? En mi opinión, esto sólo expresa el deseo profundamente enraizado de saber aquello que los seres humanos no pueden saber. Si nosotros nos liberamos de esta humana, tan humana tendencia, podremos probablemente darnos cuenta de que Dios tiene que ser pensado como absolutamente justo, más que como perfecto. ¿Por qué justicia? ¿Por qué no perfección? Mi respuesta sería que la justicia tiene sentido para la vida práctica, mientras que la perfección como inmutabilidad no nos dice nada relevante para ella. Cuando la teología hace estas preguntas irrelevantes, se concibe a sí misma como una ciencia, lo cual la convierte en una pseudo-ciencia y desplaza sus preocupaciones por la experiencia religiosa a un segundo nivel de importancia. Mediante este cambio, la teología seguirá pensando acerca de “Dios”, pero esto la alejará de la relación personal con Él que es la que verdaderamente concierne a la racionalidad religiosa”.

[3] Insisto aquí, como lo hace también Gadamer, en que es fundamental rehabilitar el significado de “prejuicio”. Lo entiendo en este contexto del mismo modo en que él lo hace: “un juicio que se forma antes de la convalidación definitiva de todos los momentos que son objetivamente determinantes” (Gadamer. Verdad y Método. Salamanca: Sígueme, 2005. p. 337).

[4] James, W. Las variedades de la experiencia religiosa. Estudio de la naturaleza humana. Barcelona: Península, 1994. p. 39.

[5] Crespo, L-F. Op. cit. pp. 26-27.

[6] Para una reflexión más integral sobre el sentido de la liberación en la historia y el carácter del llamado a la opción preferencial por el pobre, cf. Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. pp. 113-114, en las cuales se habla de los tres niveles interdependientes de liberación. También en el mismo texto es relevante la conexión que hace Gutiérrez entre creación y salvación, comprender ese proceso abona a favor de nuestra lectura del problema, cf.  capítulo 9, “Liberación y salvación”, particularmente la idea de “una sola historia”. No resulta carente de interés contraponer esta idea de unidad de la historia del teólogo peruano con la idea de la ruptura de la unicidad de la historia en Vattimo, G. “Posmodernidad: ¿Una sociedad transparente?”, en: Vattimo, G [et. al.] En torno a la posmodernidad. Bogotá: Anthropos, 1994. Aunque, si uno afina la mirada, puede ver más puntos de contacto que de divergencia. Finalmente, para una aproximación teológica con una entrada algo distinta al problema de la salvación, cf. Torres Queiruga, A. Recuperar la salvación: para una interpretación liberadora de la experiencia cristiana. Santander: Sal Terrae, 1997.  Es particularmente propicio, para los fines de este trabajo, revisar el apartado dedicado al problema del mal. Las tesis allí vertidas, esta vez desde el ángulo de la teología católica y no ya desde la mirada de la filosofía preocupada por materias teológicas, avalan de muy buen modo la sugerencia en contra de la omnipotencia de Dios que aquí venimos haciendo.


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