Gustavo Benavides: El discurso de la teología de la liberación en perspectiva

Las líneas que siguen están dedicadas a hacer una breve síntesis de los argumentos centrales del artículo de Gustavo Benavides (aquí una lista de sus principales publicaciones) que titula, aunque traducido, este post. Agradezco, además, la gentileza de Benavides quien, sin conocerme, tuvo a bien hacerme llegar buena parte de sus textos después de que lo contactara tras verlo en una excelente entrevista con Marco Aurelio Dengri hace ya algunos años. El artículo que revisaré, para quienes deseen buscarlo, es un texto breve, pero muy interesante que vale la pena comentar en varios niveles. El mismo data de 1985 y fue publicado originalmente en Darrol Bryant/Mataragnon (eds.) The Many Faces of Religion, NY: Parangon. Paso, pues, al tratamiento del texto.

Una primera cuestión importante es que según Benavides, la teología cristiana debe entenderse como un elemento superestructural, esto es, como una ideología respecto del cristianismo que es uno de los componentes clave de la estructura inherente de toda sociedad que se considere cristiana. La teología cristiana es, pues, una reflexión de segundo orden sobre un sistema de valores que conforma el centro de una cultura dada, en el caso de la teología de la liberación, con sus variantes, la cultura cristiana latinoamericana (123). Esto, me parece, no supone gran novedad, aunque sí alguna, si se tiene en cuenta la diferenciación de Gutiérrez –que aparece en más de una de sus obras– entre acto primero y acto segundo: la teología siempre ha sido para él una cuestión de segundo orden respecto de la experiencia de fe, aun cuando la consideración ideológica no sería compartida, sospecho.

Ahora bien, el centro del argumento de Benavides radica en el hecho de que siendo un constructo ideológico, la teología de la liberación pretende reclamar para sí autonomía histórica (123). La contradicción estaría entre el surgir espontáneo de la reflexión teológica y, de otro lado, su condicionamiento histórico, asunto que es permanentemente recordado por Gutiérrrez. En palabras de Benavides: “La ambigüedad fundamental de la posición de Gutiérrez se debe a la imposible tarea que el se ha trazado para sí mismo: mantener el fundamento transhistórico de su fe y, al mismo tiempo, tratar de situar esa fe en la concreción de la América Latina contemporánea” (124).

Benavides piensa, y se basa en ejemplos históricos, que ninguna teología que pretenda ser “ortodoxa” puede cuestionar los valores estructurales de una sociedad sin perder con ello su legitimidad en el proceso. Cuando hay un cuestionamiento tal, señala el autor, varios caminos son los que se desarrollan según lo ha probado la historia: en algunos casos los miembros del nuevo sistema crítico son eliminados o forzados al suicidio; en otros casos se fuerza al nuevo sistema de tal suerte que termine “domesticado” e integrado dentro del cuerpo ideológico vigente; una tercera alternativa es la de la “espiritualización” del nuevo sistema crítico: el nuevo movimiento, inicialmente peligroso, es revestido por la ideología dominante de un aura solamente espiritual y se le despoja así de toda su fuerza crítica (124). Es posible, finalmente, que el nuevo movimiento escape de todo esto y logre encontrar una nueva estructura política que lo legitime y que, a la vez, encuentre su legitimidad en el movimiento.

¿Cómo se sitúa la TL en este contexto? Bueno, la vía de la aniquilación de hecho fue practicada: los casos de Monseñor Romero, Camilo Torres, Ellacuría y los demás jesuitas así lo atestiguan, aunque hubo diferencias entre ellos, claro. La domesticación también trató de ponerse en práctica, siendo el cardenal Alfonso López Trujillo uno de los más serios críticos. La vía de la espiritualización también tuvo lugar, sobre todo del lado de Buenaventura Kloppenburg. En resumen, para Benavides, ante un contexto tal la TL solo tuvo dos opciones reales: volverse más radical e independizarse de la autoridad de la Iglesia Católica (algo que EDLJ siempre me dice) o acomodarse como un ala “radical” más o menos tolerable dentro del establishment teológico. Esto último, por supuesto, supone también un reacomodo de la perspectiva de la ideología teológica dominante (125).

Para el autor del ensayo, si lo leo bien, la teología de la liberación, al menos en el caso de Gutiérrez (lo cual aplica también para Bartolomé de Las Casas (130), habría recorrido, fundamentalmente, el segundo camino. Esta habría sido absorbida por la fuerza de la ideología dominante, habría hecho importantes concesiones —el establishment también, aunque menores, claro— y habría terminado por convertirse en una forma de legitimación del sistema de creencias dominante. Es, se me permita el juego, como cuando en Matrix 3 se le confirma al elegido que, en realidad, este era una anomalía prevista por el sistema, cuya función nunca fue la de cambiar las cosas, sino la de dar a este un suerte de respiro frente a la severidad de los problemas y la crítica: la gente se entusiasma con el movimiento rebelde, se une a él, inicia la lucha, pero con el tiempo se da cuenta de la inmensidad del sistema contra el que se opone y termina o por desistir o por integrarse como una facción crítica, mas irrelevante para el cambio en tanto siempre fue prevista y su acción, desde el inicio, controlada.

Así vistas las cosas, afirma Benavides, la teología de la liberación puede ser vista como un ejercicio interno para preparar el camino ante un eventual cambio o desarrollo de América Latina, un cambio en el cual la Iglesia aún pueda sentirse cómoda y vigente. El hecho, nos dice, de que la mayoría de los católicos viva en países donde prima la pobreza hace necesario que la Iglesia, en búsqueda de su acomodo y supervivencia– desarrolle una interpretación teológica que la legitime en el caso de la venida de cambios sociales radicales (130).

Esta interpretación, concluyo, me parece muy discutible. Creo que Benavides pierde de vista muchos factores relativos al modo en que esta experiencia teológica surgió y se mantiene viva, al modo en que se hace verdad en la gente de las comunidades de base, en los religiosos, religiosas y sacerdotes comprometidos con una transformación de la sociedad desde una perspectiva evangélica. Gutiérrez siempre señala que su proyecto teológico no es más que una lectura atenta del evangelio y del modo en que el Señor opta prioritariamente por los que sufren despojo y abandono. Es desde ese contexto y, claro, desde la pobreza de nuestra gente, que Gutiérrez gesta su teología; mas no se trata de un ejercicio meramente socio-político, como parece sugerir Benavides, sino de un acto genuinamente cristiano basado en una profunda espiritualidad. Siendo todo esto cierto, no obstante, no puedo dejar de decir que este texto de Benavides, a pesar de su brevedad, debe ser una de las cosas más interesantes que he leído en perspectiva crítica sobre la TL. Recomiendo altamente su lectura y me comprometo a seguir revisando su trabajo y compartiéndolo por esta vía.


Sustentación de tesis de maestría: el debate de la tesis

Mi buen amigo, Daniel Luna ha tenido a bien hacer algo que yo no pude lograr, a saber, colgar la segunda parte de mi sustentación de tesis: el momento de las preguntas y respuestas, lo que podríamos llamar, propiamente, el debate o la defensa de la tesis. En mi experiencia (licenciatura en filosofía, conferencias, clases, etc.), se trató de uno de los debates académicos más interesantes que he tenido y, por ende, creo que vale la pena compartirlo. Las preguntas tuvieron una gran agudeza y ellas me permitieron hacer desarrollos de cosas que no logré decir con tanta claridad en la tesis o que, simplemente, no dije. Espero que disfruten el intercambio tanto como lo hice yo.

Aquí el link a los audios: http://erichluna.wordpress.com/2011/09/02/minimalismo-teologico-pragmatista-sustentacion-de-raul-zegarra/


Sustentación de tesis de maestría: la presentación de la tesis

 MINIMALISMO TEOLÓGICO PRAGMATISTA

LOS APORTES DE WILLIAM JAMES Y GUSTAVO GUTIÉRREZ A LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA CONTEMPORÁNEA

Hace algunas horas sustenté en la PUCP mi tesis de maestría, cuyo título encabeza estas breves líneas. Dado que la tecnología se ha vuelto nuestra cómplice cotidiana y gracias al entusiasmo de mi buen amigo Daniel Luna, tengo a la mano una grabación de mi presentación, la misma que coloco aquí para quien pueda estar interesado. Con Daniel hemos empezado a pensar, además, que el formato de audio es uno en el que podríamos incursionar algunas veces en lugar del escrito. Quizá eso puedo darle mayor dinamismo a nuestros respectivos blogs. Es una cosa que valdría la pena explorar.


Las principales fuentes de la teología de Gustavo Gutiérrez (I)

Gutiérrez no es un pensador aislado, sino parte de una corriente de pensamiento teológico que atraviesa, por lo menos, todo el siglo XX. Algunos referentes, sin embargo, son más claros, ya sea por el reconocimiento abierto por parte del teólogo peruano, ya sea por lo que puede uno notar en su obra. A continuación desarrollaré una breve referencia a las figuras más representativas en el imaginario de nuestro autor, aunque, antes de eso, presentaré una aún más breve contextualización. La mayor parte de estas reflexiones provienen del ilustrativo libro La teología del siglo XX de Rosino Gibellini.

Antecedentes

La controversia modernista

Posiblemente el giro más importante que ha dado la teología católica desde la época de Tomás de Aquino haya acontecido en el s. XX y, probablemente, el eje del mismo esté, precisamente, en la toma de distancia progresiva de la escolástica. El surgimiento de la modernidad, con sus demandas de racionalidad, autonomía y libertad, fue el principal motor de este giro en la teología. Esta disciplina tenía que responder a las demandas modernas que ya se habían instaurado en la cultura y que requerían alguna respuesta teológica. En ese sentido, desde la tribuna católica el primer renovador de la teología fue Alfred Loisy (1857-1940), quien busca una refundición del pensamiento cristiano a partir de la atención a los estudios histórico-críticos sobre la biblia y lo que estos podían decir sobre su relación con la tradición de la Iglesia. Loisy recibió el rechazo del Vaticano (fue excomulgado en 1908) y, en general, su obra fue recibida con aspereza; sin embargo, sus intuiciones iniciales generaron una serie de reacciones que transformaron la teología católica que vendría.

Maurice Blondel (1861-1949)

Una de sus obras centrales, La acción, ahonda en la relación entre el orden natural y el sobrenatural, tema central para la teología. La idea central consiste en destacar la insuficiencia del orden natural (humano) para resaltar la necesidad del orden sobrenatural, orden divino que es el único capaz de consumar la acción humana. Esto a su vez conecta con la tesis de que el orden sobrenatural nos resulta inaccesible, pero que, sin embargo, se nos entrega como don en la revelación cristiana (173). Esto conduce, además, a ver la relación entre revelación y acción humana y constatar si la primera es capaz de responder a las demandas más profundas del ser humano (173). Esto recuerda al método de correlación de Tracy.

Blondel busca las huellas de lo sobrenatural en lo natural y para ello la revelación histórica del cristianismo es central, se trata de la “necesidad de la realidad concreta del verbo” (174). En este marco, al autor le preocupan dos posturas antagónicas: a) los dogmas de fe se ven como revelados por la divinidad y no se cuestiona su contenido; b) se pone demasiado énfasis en la reconstrucción histórica y se pierde la perspectiva sagrada (175). La respuesta que da Blondel consiste en revalorar el rol de la Tradición como síntesis viviente que articula historia y revelación (176). Como se ve, progresivamente se va introduciendo el rol determinante de la historia y su dinamismo, de la acción en la reflexión teológica, situación que va dando marco a las motivaciones de la teología de la liberación.

La «nouvelle theologie»

Aquí inicia nuestro camino de más directa relación con Gutiérrez, aún cuando Blondel es citado por el teólogo peruano cuando este delinea las condiciones generales que han dado el contexto para el surgimiento de la teología de la liberación (TL, 77). La llamada «nouvelle theologie» tuvo una notoria influencia en nuestro autor, particularmente a partir de dos figuras con las que Gutiérrez estuvo en contacto directo: Chenu y Congar, ambos teólogos dominicos de la célebre escuela de Le Saulchoir. Indiquemos primero, sin embargo, algunas características centrales de Le Saulchoir para pasar luego a las figuras centrales de la renovación teológica francesa.

Le Saulchoir

Escuela teológica dominica y uno de los centros de renovación teológica más importante del catolicismo del s. XX. Su primer rector fue Ambroise Gardeil (1859-1931), quien marcó la pauta de su orientación. Esta escuela tuvo una serie de ideas fuerza que rigieron su desarrollo: a) la primacía del dato revelado (i.e., vuelta sobre las fuentes bíblicas), sobre la base del cual se hace la elaboración teológica; b) relevancia de la crítica bíblica e histórica: para adherirse más plenamente al dato revelado en tanto revelado en el tiempo, en la historia; c) rol especulativo de la teología: pero no entendido este como repetición de las fórmulas previas ni como un ejercicio escolástico de deducciones (179). La teología debe elaborarse con apego a las fuentes, pero también a la experiencia pastoral de la Iglesia y, más aún, del pueblo cristiano, afirmaba Chenu (180); d) una fe solidaria con el tiempo: de ahí que la teología deba estar abierta al propio tiempo, a la experiencia actual de la cristiandad. Por ello Chenu habla de lugares teológicos en acto.  Todo esto nos debería ayudar a entender el contexto a partir del cual Gutiérrez habla de la teología como una “reflexión crítica sobre la praxis histórica a la luz de la Palabra” (TL, 85). Frase que, para los gustan de escandalizarse, es perfectamente intercambiable por la de “inteligencia de la fe” (TL, 67). La reflexión crítica sobre la praxis no es otra cosa que el acto de recibir de modo crítico, inteligir, nuestra fe. La fe, nuestra vivencia del don de Dios, acontece en la historia y es sobre este acontecimiento –la encarnación del Señor en nuestra vida—que hace reflexión la teología. Es una reflexión, además, que se hace a la luz de la Palabra: presupone el dato revelado y es a partir de él que se construye. La revelación ilumina la praxis del creyente ya sea para la ejecución cotidiana del mensaje cristiano, así como, ya en el contexto de la teología, para su reflexión teórica. Quizá una formulación un poco más explícita sea la siguiente: “reflexión crítica sobre el dato revelado en tanto encarnado en la praxis histórica”. Pero se trata solo de matices, la idea de fondo permanece. Allá quienes ven en estas fórmulas horizontalismo o marxismo.

 Lyon-Fouvière

Escuela jesuita en la que se destacan las figuras de Henri de Lubac y Jean Daniélou. Sus autores destacaban los problemas que había abierto la crisis modernista: la ruptura entre teología y vida (182). Se proponía como alternativa: a) retorno a las fuentes (la Biblia, los Padres de la Iglesia); b) contacto con las corrientes del pensamiento contemporáneo (para enriquecer y ensanchar la visión); c) contacto con la vida (tener en cuenta las necesidades de las almas). Se demanda, en resumen, una mayor atención por la historicidad de la experiencia de fe, así como por su dimensión subjetiva. Ambas habrían sido descuidadas por la teología escolástica y correspondía recuperarlas (183).

*Imagen tomada de http://fr.topic-topos.com/le-saulchoir-etiolles


¿Quid es veritas? (IV)

Queda claro, espero, hacia donde apunto con esta disquisición. Compete revalorar grandemente la experiencia religiosa, pero en su carácter de originario encuentro interpersonal entre dos sujetos, el divino y el humano, encuentro cuyos alcances se hacen manifiestos en la historia y cuya historia ha de ser la de la ejecución del mandamiento del amor. Se trata, en el fondo, de que el hombre sea como Dios le invita a ser, sea más como Dios. Hablamos de la inversión de roles que atraviesa toda la Escritura, la famosa temática del signo de contradicción que L Bacigalupo, recogiendo la parábola de los talentos, ha bautizado como el Principio de Mateo.[1] y que ha sido ampliamente desarrollada de modo inmejorable por John D. Caputo. Como ha de saber el lector, me he dedicado muchas veces a hablar de este tema y de este autor. De hecho, la noción de “sagrada anarquía” que da nombre a este blog es una de las grandes novedades de la lectura que hace Caputo del “signo de contradicción”.

En ese sentido, mi propuesta es la de una teología pragmática que se ciña a la historia y al mundo concreto de los hombres y que si concibe a un Dios perfecto, sea aquel que caminaba por Judea obrando la caridad y la justicia. Este punto merece mucho más desarrollo, mas compete de momento sólo esta breve enunciación. Termino citando a Isaías y tratando de presentar en boca del profeta lo que solo traté de esbozar ahora (58, 5-8). Añado, antes, que las entradas que vienen en el blog serán un esfuerzo por tratar de despejar la idea de una “teología pragmática”, sus alcances y limitaciones. Nuestro gran aliado será, claro, el complejo pensamiento religioso de William James. Cierro, entonces, con palabras proféticas:

“¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero el día en que se humilla el hombre? ¿Había que doblegar como junco la cabeza, en sayal y ceniza estarse echado? ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahvé? ¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las correas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar toda atadura? ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvé te seguirá”.


[1] Ibid.


¿Quid es veritas? (II)

Volvamos a la cita que consigné hace poco: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Quiero que se note la respuesta del legista. La palabra escrita irrumpe en la vida del que lee, invitándolo de forma imperativa al amor. Pero no es cualquier amor del que habla la Escritura, la palabra divina es muy clara: el amor ha de ser a Dios y al prójimo. La experiencia religiosa con la palabra escrita es un llamado de Dios a los hombres para que sean más humanos, para que restablezcan los lazos quebrados entre los hijos de un Padre común, para que derriben las barreras levantadas por ellos mismos. Este Dios que se revela a su pueblo a través de la lectura del corpus bíblico es, además, Verbo, él mismo es la Palabra:

“En el principio estaba la Palabra y la Palabra estaba con Dios,  y la Palabra era Dios. [...] Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres [...] La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”[1].

Como lo muestra el evangelio de Juan, este Dios es Palabra, es verbo. En el fondo, es movimiento, es acción, es realización constante. La divinidad para el creyente cristiano y judío corresponde a un Dios que se le revela en la escritura sagrada y que lo invita a una opción dinámica de realización de su salvación a través del seguimiento de la Luz que se manifiesta en la Palabra divina: la Escritura,  pero a la vez, Dios mismo que es la Palabra. Porque, claro, la Escritura no es la narración de un texto vacío, no es una literalidad sin vida. El texto bíblico, entendido en su entera dimensión, es un llamado de conversión al creyente, es Palabra que al ser leída supera la literalidad y trasciende las fronteras del papel para tomar parte de la vida del lector y ser fuente del cambio en la existencia del que se dirige a ella. Así, el texto si bien está terminado en un canon, no está terminado jamás. El texto tiene que ser completado en la cotidianidad de la vida del hombre de Dios. El texto marca la pauta de la verdad, nos dice qué significa pemanecer en la verdad, pero el texto se supera a sí mismo en la medida en que no está terminado en las palabras que componen sus páginas: el texto verdadero, es el que se termina en la vida del creyente, este libro es auténticamente la verdad cuando dicha verdad se ejecuta en la vida del hombre de fe, es realmente texto sagrado cuando el que se acerca a él permite que acontezca lo sagrado del libro en la propia vida, cuando permite que el amor irrumpa y lo haga ser como Dios quiere que él sea, a saber, que ame a su Señor y que jamás olvide el amor al prójimo.

Quedan hasta aquí, al menos medianamente, respondidas las dos preguntas de nuestro tripartito esquema inicial: las que corresponden al papel testimoniante de la encarnación y al significado de ser-de-la-verdad. No obstante, hay una tercer punto que evaluar: ¿por qué la pregunta de Pilatos queda sin respuesta? Pasemos brevemente a desarrollar el punto.

Sostengo que el hecho de que la pregunta no sea absuelta es de absoluta relevancia y que puede ser interpretada en la misma línea exegética que presento. El silencio, entonces, manifiesta que esa es una pregunta que no puede ser respondida en los términos en que Pilatos la plantea. Jesús guarda silencio porque el cónsul romano espera una respuesta discursiva, espera una enunciación de orden teórico; espera, en el fondo, logos. Y claro, esto es absolutamente comprensible, el problema es que el Logos del Hijo del Hombre no podrá dar respuesta a la pregunta planteada en términos de la razón teorizante. Esto, a mi juicio tiene una explicación muy clara que se puede expresar en dos niveles.

En primer lugar, Jesús no responde, porque de algún modo su presencia en el pretorio y las razones que lo han llevado hasta allí son el claro testimonio del significado de la verdad. Cuando Jesús enuncia que él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) no lo hace al modo de la certissima ratione, sino que lo hace en clara referencia a su testimonio de vida. Su accionar en el mundo, su acción salvífica son el testimonio de la verdad. Hay ya desde aquí una abierta superación del esquema de la verdad como adecuación teórica; aunque, como es lógico no se trata de una superación absoluta, eso es a mi juicio un despropósito. Lo que se ve aquí es el planteamiento de una verdad como ejecución práctica; pero que en el fondo responde también a un esquema de adecuación.

En segundo lugar, hay una clara directriz ética que puede desprenderse y que es la que me parece más sugerente y la que guiará el resto de mi exposición. Un paradigma que postula una verdad aprehensible, objetivable, deriva necesariamente en dogmatismos cuyo peligro y radicalidad la historia ha sabido bien atestiguar. Los excesos del Santo Oficio, para quedarnos en el contexto religioso, son una clara manifestación de una lectura dogmática y teorizante de las Escrituras. Cuando se considera que el texto bíblico es “la verdad” y se concibe la verdad en términos teóricos, y no de acción práctica, nos enfrentamos al terrible panorama de la unilateralidad religiosa, nos enfrentamos al terror de pensar que el texto sentencia con apodicticidad teórica. Frente a una interpretación de este tipo, el enviar a la hoguera a los infieles se percibe como una acción justificada: si es posesión del clero la verdad bíblica y con ella el juicio sobre el bien y el mal, la vida de un hereje es cosa prescindible en el nombre santo de un Dios que mata para salvar a otras almas del escándalo de la perdición eterna. Como se puede ver, sobretodo en contextos religiosos, esta perversión es de lo más siniestra y, lamentablemente, ha sido más de una vez concretada. Creo que queda claro porqué me detuve en este segundo nivel hermenéutico y la relevancia de una lectura como la que se propone a favor de una convivencia pacífica y, ya en el plano particular de lo que nos ocupa aquí, de una religiosidad tolerante y abierta. Dicho esto, paso de inmediato a explorar algunas ideas de Agustín que ayudarán a comprender de muy buen modo el problema que planteo.


[1] Jn 1, 1,3-4; 1, 9


¿Quid est veritas? (I)

Escribo después de casi dos semanas, agradecido, además, por la fidelidad de los lectores durante mi ausencia. Estuve fuera del país y me resultó imposible dedicarme a escribir unas horas para el blog.

Lo que pasaré a hacer ahora es a colgar poco a poco un texto no muy extenso que presenté hace algunos años en el II Simposio Metropolitano de Estudiantes de Filosofía de la PUCP. Dicho Simposio, cuyo nombre fue “La filosofía en la época del terror” (Giovanna Borradori –quien inauguró el simposio– había publicado un libro sobre el tema recientemente, en el cuál conversaba con Habermas y Derrida en torno al 11/9) me permitió pensar un poco en las consecuencias de ciertas aproximaciones al problema de la verdad cuando se trata de la reflexión religiosa. Anticipo que se trata de un texto muy introductorio y que escribe apenas en mi segundo año de estudios de pregrado. Como se imaginarán, muestra mi falta de experiencia y de agudeza en algunos puntos; sin embargo, conserva, en lo básico, lo más genuino de mis intereses, razón por la cual lo comparto, sin editar, con ustedes.

[...]

El trabajo que presento a continuación procurará brindar un acercamiento a la problemática de la verdad en el contexto del cristianismo. La reflexión que ofrezco es producto de una interpretación que tratará de mostrar las repercusiones prácticas de determinadas lecturas sobre la verdad en esta religión y sus vinculaciones con formas que apuntan a la acción ética y otras que se convierten en espacios para justificación de la violencia y el terror.

Para este fin iniciaré la exposición con una exégesis libre de algunos pasajes bíblicos los cuales explicitaran abiertamente mis tesis; en un segundo momento, procederé a buscar respaldo en algunos pasajes de San Agustín que tratarán de avalar mi propuesta hermenéutica; finalmente, expondré de modo muy escueto un amago de conclusión que intentará englobar lo dicho y proponer una ángulo importante para la reflexión en torno a la religión.

Procedo, entonces, al inicio de la exposición y para ello me situaré en el Evangelio de San Juan. Conocida es la escena: el juicio de Jesús ante Pilatos. Sin embargo, tiene la versión de Juan un matiz que los sinópticos no presentan y que se vuelve perfecta excusa para el desarrollo de mi hipótesis, a saber, una escueta pero absolutamente relevante disquisición en torno al tema de la verdad. Dice Jesús ante la pregunta de Pilatos:

“Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

Le dice Pilatos: ¿Qué es la verdad?”[1]

Los que conocen la cita podrán intuir por donde va mi interés. Después de enunciada la pregunta de Pilatos, la escena sigue. La pregunta del cónsul romano queda sin respuesta. Es aquí, pues, donde inicio mi indagación. Tres son los elementos en los que a mi juicio corresponde reparar: la encarnación implica testimoniar la verdad, hay algo así como ser-de-la-verdad y hay una pregunta que ha quedado sin respuesta. Desarrollemos estos tres puntos.

¿Qué es lo que implica que Jesús afirme de modo categórico que ha venido al mundo a dar testimonio de la verdad? Pues si atendemos a la tradición bíblica, la respuesta puede ir tornándose cada vez más clara. La experiencia del pueblo de Israel es la experiencia de la historia de la salvación, es la esperanza en el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham desde antiguo. El pueblo judío recorre la historia con la esperanza de la llegada del Mesías que los salvará y aquí salvación es claramente liberación. Recuérdese con nitidez que uno de los hechos fundamentales de la experiencia de este pueblo consiste en la liberación de la esclavitud de Egipto. La memoria del éxodo impregna con fuerza las páginas de la Biblia: salvación es sin duda, liberación. Es en este contexto que resulta más inteligible la encarnación de Cristo y su predicación mesiánica. Sostiene G. Gutiérrez, por ejemplo:

“La obra de Cristo se inscribirá en este movimiento, llevándolo a su pleno cumplimiento. [...] es una nueva creación. Pero la obra de Cristo es presentada simultáneamente como una liberación del pecado y de todas sus consecuencias: el despojo, la injusticia, el odio; y al liberar, da cumplimiento —en forma inesperada— a las promesas de los profetas y crea un nuevo pueblo escogido [...]: en Cristo todo ha sido creado, todo ha sido salvado”[2].

Cristo, entonces, se encarna para salvar al pueblo de Dios, para liberarlo de las ataduras de la muerte de las cuáles ha permanecido prisionero desde la caída de los primeros padres. Ahora bien, esta salvación se inserta en un contexto muy claro, un contexto de acción concreta, de praxis. Cito el evangelio de Lucas:

“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? [...] Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo[3]

La égida de toda la Escritura está, pues, centrada en el amor, en el principio de la caridad. Es la práctica del amor el mandamiento constitutivo de toda experiencia de Dios, todo lo demás se desprende de él.

Retomemos, entonces, nuestro hilo argumentativo. Hemos contextualizado ya la encarnación del Hijo del hombre, toca ahora ver su rol en esta ejecución práctica del principio de la caridad. En este punto es decisivo entender lo que significa dar testimonio. Jesús es un predicador, es, como muchos pensaban, un profeta: denuncia el pecado y anuncia el Reino de Dios. Sin embargo, hay algo en él que lo distingue de los profetas que lo han precedido: es precisamente este nazareno aquel del cual todos los anteriores han dado testimonio. Si entendemos bien esto, hay dos conclusiones fundamentales que se desprenden, a saber: por un lado, la encarnación es la concreción del mensaje profético y, por el otro, lo es en la medida en que la ejecución misma de la predicación mesiánica constituye el fidedigno testimonio de la verdad anunciada a Abraham, de la prédica hecha por los profetas. Dicho de un modo más concluyente: la predicación y la obra de Jesús —términos indesligables en un cabal entendimiento del cristianismo— constituyen ellas mismas la puesta en práctica de la verdad. Es, pues, y quede dicho desde ya, la verdad un acontecimiento práctico, es ejecución. ¿De qué? De la caridad. Aquí está el vértice de toda comprensión fiel de las Escrituras. Verdad en contexto cristiano es caridad, es amor.


[1] Jn 18, 37-38. Uso aquí la Biblia de Jerusalén: Bilbao: Descleé de Brouwer, 1975.

[2] Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. pp. 254-255.

[3] Lc 25, 26-27. Nótese además que las cursivas son, a su vez, citas veterotestamentarias a Dt 6, 5 y Lv 19, 18, respectivamente.


Arguedas y Gutiérrez: los ríos profundos del pobre (II)

Quisiera ahora introducir brevemente las tres aproximaciones al problema de la liberación que ofrece Gutiérrez en el capítulo segundo de Teología de la liberación. Ello nos servirá de pauta para establecer nuevos vínculos entre nuestros autores.

Así, liberación “expresa, en primer lugar, las aspiraciones de las clases sociales y pueblos oprimidos, y subraya el aspecto conflictual del proceso económico, social y político que los opone a las clases opresoras y pueblos opulentos [...]. La cuestión del desarrollo encuentra, en efecto, su verdadero lugar en la perspectiva, más global, más honda y más radical, de la liberación; sólo en ese marco, el desarrollo adquiere su verdadero sentido y halla posibilidades de plasmación”. Sigue inmediatamente después, “Más en profundidad, concebir la historia como un proceso de liberación de hombres y mujeres en el que estos van asumiendo conscientemente su propio destino, coloca en un contexto dinámico y ensancha el horizonte de los cambios sociales que se desean [...]. La conquista paulatina de una libertad real y creadora lleva a una revolución cultural permanente, a la construcción de una persona nueva, hacia una sociedad cualitativamente diferente. Finalmente, el término desarrollo limita y obnubila un poco la problemática teológica que se halla presente en el proceso así designado. [...]. En la Biblia, Cristo nos es presentado como aportándonos la liberación. Cristo salvador libera al ser humano del pecado, raíz última de toda ruptura de amistad, de toda injustita y opresión, y lo hace auténticamente libre, es decir, vivir en comunión con él, fundamento de toda fraternidad humana”[1].

Me parece claro, que Arguedas comparte sin mayor problema las dos primeras formulaciones enunciadas por Gutiérrez. Evidentemente, no sucede lo mismo con la segunda, ya que remite el sentido de la historia a la figura de Cristo como fuente de la “auténtica liberación”. En lo que sigue, trataré de matizar esta aparente distancia radical respecto de la última tesis. Veremos, pues, si es posible conciliar el pensamiento de ambos autores a través en lo que compete a este último punto. Ya habíamos dicho líneas arriba que a la calandria la acompaña también el dios. Habrá que ver qué puede significar esto a la luz del pensamiento religioso de Arguedas. Procedamos, entonces, a realizar un breve análisis de la impronta religiosa de su obra.

Es interesante notar que Arguedas termina El zorro de arriba y el zorro de abajo con una referencia bíblica, con algunas variantes, a la primera carta a los corintios, capítulo trece. El texto refiere al amor como fuente de todo obrar, sin amor ninguna obra cobra auténtico sentido, Podríamos decir más involucrados en la cuestión que nos ocupa, que sin amor no existe verdadera liberación. Esta referencia al texto bíblico al final de la obra es interpretada por Forgues[2] como un tránsito importante en el pensamiento de Arguedas, el cual enviaría así su esperanza al ámbito de lo trascendente y con ello la esperanza se tornaría en pensamiento trágico. Gutiérrez recusa esta lectura y reinterpreta el ingreso de este texto bíblico a la luz de su sentido dentro del corpus paulino: “el texto significa [...] lo substancial del camino que los cristianos deben seguir en su andar histórico: el amor por Dios y por el prójimo”[3]. Lo importante para Gutiérrez es que la alusión al pasaje parece introducir el tema del amor como clave para el cambio en la historia. Un amor que es muchas veces “odio puro” como el fuego de la calandria. Esto es, una vehemencia justificada por el amor que está detrás, la firmeza de la ira ante el abuso que no es movida por ningún odio maculado, sino que se purifica en atención a los fines que lo mueven. Es más bien una suerte de amor que se asemeja al “fragor de tempestad” del Apurímac, la fuerza del río que revitaliza y rescata al oprimido.

Este tema del amor liberador es para ambos autores, de modos menos disímiles de los que uno podría imaginarse, sumamente importante. La confrontación permanente de Arguedas, a través de sus obras, con la figura del dios y la religión castigadores se debe sin duda al rol que estos cumplen: se trata de las herramientas que sustentan la opresión del indio[4]. Sobre el particular, el estudio de Rouillón[5] nos parece particularmente interesante. En él nos detendremos brevemente en lo que sigue.

Según Rouillón, hay en Arguedas una visión entristecida de la religión, en particular del catolicismo. Se ve, pues, a la religión católica como una confesión no sólo sufriente, sino hacedora de sufrimiento. Contundente es el texto de Los ríos profundos que narra el ingreso de Ernesto a la catedral de la ciudad del Cusco y, en ella, la contemplación de la imagen del Señor de los Temblores:

“Renegrido, padeciendo, el Señor tenía un silencio que no apaciguaba. Hacía sufrir; en la catedral tan vasta, entre las llamas de las velas y el resplandor del día que llegaba tan atenuado, el rostro del Cristo creaba sufrimiento, lo extendía a las paredes, a las bóvedas y columnas. Yo esperaba que de ellas brotaran lágrimas” (RP, III, 24).

Así, el mismo Cristo se entiende en una dinámica sufriente, una dinámica que hace que brote de él un pesar y un dolor que perduran. No sólo eso, sino que el padecimiento se concibe como elemento inherente de esta vida en vista de que el Señor también padeció. De este modo, la religión se utiliza como brazo derecho del poder reinante para someter y aplacar los deseos de “dicha real” de los hombres. Varios pasajes más dan fe de lo que aquí sostenemos. Piénsese, por ejemplo en la narración de Palacitos a Ernesto respecto de los curas franciscanos que van a las haciendas a “cantar himnos tristes” (RP, III, 56), o la flagelación de Chauca con correa de caucho frente a la capilla, quien “a la mañana siguiente despertó muy alegre” (RP, III, 66), etc. La religión es aquí órgano de opresión, sedimentadota de dolor, se muestra alevosa frente a las aspiraciones de felicidad del ser humano. Consigno aquí un pequeño pasaje de Marx cuya fuerza siempre estremece y cuya pertinencia me parece evidente:

“Sobreponerse a la religión como la dicha ilusoria del pueblo es exigir para este una dicha real. El pugnar por acabar con las ilusiones acerca de una situación, significa pedir que se acabe una situación que necesita ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica de este valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad[6].

Creo que la relación es manifiesta. La crítica se integra a la religión se concibe como situación indesligable de la búsqueda de auténtica dicha para el oprimido. La religión cubre con humo santo la ignominia del dolor de los pobres. Contra esa religión se revela Arguedas, contra ese dios castigador, contra esa calandria consoladora.

Lo que resulta interesante, es que ello no quita del imaginario de Arguedas la idea de consuelo o purificación, sino que la traslada. Ya no se busca paz y pureza en el rostro doloroso del Cristo de la catedral, la pureza está en su conexión con la naturaleza, ese nexo con el Apurímac al que hicimos referencia al inicio (RP, III, 24). Como bien indica Rouillón, “la purificación se alcanza en el mundo luminoso del campo que para Arguedas es una presencia del mundo inocente de su infancia”[7]. ¿Y cuál es ese mundo inocente? Pues, claro, el mundo de esos indios de lucanas, los más amados, los más comprendidos. Todo conecta. La naturaleza y el indio se hacen uno, los une la fuerza del amor que discurre por el feroz torrente del río: el torrente que es como el “odio puro” que libera.

¿Cómo se vincula esto con el tercer nivel de liberación al que hace referencia Gutiérrez?

Mi tesis radica, justamente, en un matiz que, como ninguna otra, la teología de la liberación rescata de las fuentes bíblicas: la figura del Cristo liberador. La tesis que sostengo encuentra particular fuerza si uno se remite al mismo Arguedas. Una nota formidable a la edición personal que José María tenía de Todas las sangres nos ayuda a sostener el punto. El contexto de la nota es un comentario al pasaje que narra la destrucción del pueblo. Para el sacristán de Lahuaymarca Dios no está más allí. Como bien indica Gutiérrez, “Dios de aleja de los sitios donde no se practica la justicia. En ese Dios cree el sacristán. Se trata de otro gran tema profético, el de la ausencia y presencia de Dios en la historia”[8]. Así comenta Arguedas el pasaje:

“Esta es la novela máxima del mundo andino forjado durante la colonia. Este es el nuevo Dios católico que los nuevos teólogos predican (G. Gutiérrez)”[9].

Como se ve, existe en Arguedas una clara conciencia de que se está dando un tránsito importantísimo en la reflexión teológica de la época. Hay un nuevo Dios, distinto a aquel que él conoció. Un Dios que libera, que sana, que atiende a la miseria del pobre. La referencia a Gutiérrez en la nota no se da en vano. El mismo Gutiérrez comenta que en una cena a la cual ambos fueron invitados por César Arróspide, Arguedas le dijo con cierta picardía: “lo siento, pero ya había escrito esto antes de tus conferencias de Chimbote”[10]. Como diciéndole al P. Gutiérrez que si hubiese sabido de un dios como ese, quizá todo hubiese sido distinto; y, sin embargo, de algún modo ya había sido distinto: de alguna manera la figura del sacristán había predicado anticipadamente el Dios que Gutiérrez empezaba a rescatar de las fuentes bíblicas. De este modo se cierra la pregunta abierta por en este breve ensayo y se hace patente el ciclo del que hablaba Arguedas al inicio. Una reflexión que hunde sus raíces en la experiencia tan humana del pobre, que se-encuentra en ella y como quien bebe del río para recobrar la fuerza del camino desgastado por el sol; se levanta vigorosa, con la voz alzada del predicador convencido. Nos habla de un Dios nuevo, el de la diestra poderosa que derriba al que le arrebata el pan al pobre, al que en monumental trono decide cruelmente el destino del hermano, al miserable que se escuda tras la sotana para legitimar el abuso y el dolor. Nos habla del Dios que acompaña a la calandria de fuego, el único Dios que merece reverencia, el Dios que libera.

 


[1] Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. pp. 113-114.

[2] Forgues, R. José María Arguedas del pensamiento dialéctico al pensamiento trágico: historia de una utopía. Lima: Horizonte, 1989.

[3] Gutiérrez, G. Entre las calandrias. Un ensayo sobre José María Arguedas. Lima: CEP, 1990. pp. 30-31.

[4] Aquí, sin duda es evidente la impronta marxista-feuerbachiana de las reflexiones de Arguedas. Más de un pasaje de las obras de José María parecen un parafraseo de las reflexiones hechas en torno a la enajenación por ambos autores alemanes.

[5] Rouillón, J. “José María Arguedas y la religión”. En: Páginas. Vol. 15, 1978, pp. 11-30.

[6] Marx, K. “En torno a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción”. En: Marx, K. Escritos de juventud. Mexico: FCE, 1987. pp. 491-492.

[7] Rouillón, J. Op. cit. p. 18.

[8] Gutiérrez, G. Op. cit. p. 81.

[9] Citado en: Gutiérrez, G. Op. cit. p. 83. Las cursivas son mías.

[10] Ibid. p. 84.


Arguedas y Gutiérrez: los ríos profundos del pobre (I)

Las entradas que siguen corresponderán a un nuevo ensayo, esta vez de tenor algo distinto al anterior. Se trata de un texto breve en torno a un interesante ensayo de Gustavo Gutiérrez: Entre la calandrias.  El libro que menciono es un estudio sugerente de la obra de José María Arguedas desde una lectura enmarcada en el pensamiento del teólogo peruano, pero que hace profunda justicia, creo, a la obra de Arguedas. Mi propuesta es una lectura un poquito más amplia, en el sentido de explicitar algunas de las tesis que Gustavo supone en su aproximación. Espero que la lectura sugiera algunos comentarios y reflexiones. Añado dos cosas, simplemente. En primer término, que, en efecto, se trata de un ensayo de tenor distinto; pero contruido en una misma perspectiva de trabajo. Mi ensayo anterior ha querido demostrar los puentes posibles entre la teología de Gutiérrez y la de Caputo. Una lectura fina de ambos autores podrá ver también esas conexiones allende las obvias diferencias. En segundo lugar, escribo estas líneas a pocos días de las bodas de oro sacerdotales de Gustavo (12/1/09). Que sean, pues, unas líneas de homenaje para un sacerdote y teólogo amigo a quien leí con admiración hace años y con quien compartí con mucho cariño hace poco.

Hace algunas semanas, un amigo común al Padre Gutiérrez y a mí, me contó una anécdota muy reveladora acerca de las relaciones entre José María Arguedas y teólogo peruano. Alguna vez conversando acerca de temas variados, José María le hizo manifiesto a Gutiérrez su ateísmo y justificó, dentro de una lectura enmarcada en el comunismo que siempre había calado en su corazón, tal ausencia de fe. Gustavo Gutiérrez empezó a hablarle al autor de Agua, acerca de un Dios distinto: un dios liberador, preocupado por el pobre, por el que sufre, por los marginados de la sociedad, etc. Arguedas le dijo: “Bueno, Gustavo, de ese dios yo nunca he sido ateo”.

Quisiera iniciar este breve ensayo aludiendo a esta enriquecedora anécdota. No es para nadie secreto que ambos autores, ya casi hacia el final de la vida de Arguedas, iniciaron una relación que empezaba a volverse cercana: algunas conversaciones valiosas, intercambios verbales y escritos, menciones mutuas en misivas y textos, etc. Pero había entre ellos un vínculo más vital, un nexo cuya intensidad forjaba entre ambos una amistad profunda: el deseo de liberación, la liberación del pobre. Trataré en lo sucesivo de hacer una lectura del modo en que esta noción de liberación está presente en ambos intelectuales usando como hilo conductor la metáfora del río empleada por Arguedas.

Sostiene González Vigil, respecto de las connotaciones del título, en su edición de Los Ríos profundos:

 “Se apoya en la diferencia geográfica entre la Costa y la Sierra. En la primera, los ríos del Perú son de cauce superficial, escaso caudal y, en la mayoría de los casos, tienden a secarse durante varios meses del año. En cambio, en la sierra son de cauce profundo, caudal generoso que, en las partes altas y zonas de corte de la cordillera, fluye con fragor de tempestad [...]. A partir de ello, Arguedas connota la profundidad -las sólidas, ancestrales raíces, matrices de identidad nacional del Perú- de la cultura andina, en contraposición al carácter sobreimpuesto -violencia de la dominación, actitud de dependencia de una metrópolis extranjera, desprecio y marginación de las raíces autóctonas- de la cultura occidental y cosmopolita a espaldas del legado histórico milenario del Perú”[1].

 Una cita interesante que nos enlaza muy bien con la fuerza que se desprende del nombre de una de las más célebres novelas de Arguedas. La reflexión de nuestro autor atiende, pues, a la marcada escisión que afecta al Perú. Una ruptura que la referencia a la profundidad del río serrano rescata con audacia. Aquel río por el cual el torrente fluye “con fragor de tempestad”. Como sabemos, el contacto del pequeño Ernesto con la naturaleza se convierte siempre en una experiencia de liberación. Su remisión a lo más propio, a lo más autóctono, lo reconecta consigo mismo y le ayuda a escapar de la imposición y la miseria que invade el contexto de su escuela. Como si la fuerza del agua que corre por las corrientes del Apurímac fuera capaz de limpiarlo, ofrecerle la verdadera pureza. No la de la mortificación subyugante del cura, sino la redención ofrecida por su contacto con la unidad de la naturaleza que, añádase, no podría manifestarse más integrada y permanente que en el eterno fluir de las aguas del río. Aguas que no sólo lo conectan con el sentido más insondable de la realidad, sino que lo reintegran a su amor y respeto por los indios de la primera infancia, los de lucanas, “los que más amó y comprendió”; y a la vez, más plenamente, con el indio pobre y aplastado por la codicia, por la religión, por el dios castigador del cura cómplice. Con esta pequeña introducción, pasemos al cuerpo del texto.

Gustavo Gutiérrez hacia inicios de la década del ochenta escribe un interesante ensayo sobre Arguedas, ensayo que se reedita en el año noventa con algunos añadidos, se trata de Entre las calandrias[2]. En él, Gutiérrez desarrolla una sugerente interpretación de Arguedas a través de dos figuras alegóricas opuestas: la calandria consoladora y la calandria de fuego. La interpretación no es gratuita ya que remite al propio Arguedas:

“Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que él representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote; del arrieraje, del oído impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandra de fuego, el del dios liberador”(ZZ, V, 198 )[3]. 

De este modo, Gutiérrez interpreta la obra de Arguedas a través de la tensión entre ambas calandrias. Siempre veremos en José María ese canto entrecruzado de las dos aves. El ave que susurra al oído palabras de consuelo aletargantes para que la enajenación perdure; y la calandria valiente e iracunda que con la pureza de la ira más santa se revela contra el orden establecido que somete, ella aboga con canto enfurecido por la liberación de los oprimidos. Sin embargo, no es cosa de poco interés que no es sólo la calandria la que tiene protagonismo en estos ciclos que nos narra Arguedas: también Dios permanece. Es justamente este juego con ambas figuras lo que nos permitirá tender el puente entre la obra de Arguedas y la teología de la liberación de Gutiérrez. No en vano, a la calandria de fuego la acompaña el “dios liberador”. Ese dios que dirige la mirada sobre “la fraternidad de los miserables” (TS, IV, 236). Lo que está detrás es la construcción de la identidad nacional de un país desgarrado como el nuestro, para ello, “la búsqueda será siempre la misma: la liberación de, y por, los oprimidos”[4]. Es por ello que la obra de Arguedas tiene también un cierto hilo conductor: la esperanza, la esperanza en un porvenir distinto para el Perú. Un futuro esperanzando del cual su vida y su obra fueron siempre testimonio. En eso, que duda cabe, su reflexión lo estrecha fuertemente a la de Gutiérrez. En ese sentido, comenta Gutiérrez unas pequeñas líneas de Arguedas dirigidas en carta a Hugo Blanco en diciembre de 1969, comentario que sin quererlo enlaza de un modo sublime la obra del teólogo y la del novelista:

“No teme por eso decir en un texto militante: “quien no sabe llorar, y más en nuestros tiempos, no sabe del amor, no lo conoce”. El compromiso por la liberación de los oprimidos requiere claridad de análisis, firmeza de voluntad, valentía de compromiso, pero también saber sentir con los otros, hacer nuestros sus sufrimientos y sus penas”[5]. 

El compromiso esperanzado de ambos, menos lejano de lo que uno podría pensar, es prueba fehaciente de esa capacidad de sentir con el otro.

 



[1]

Arguedas, J. M. Los ríos profundos. Madrid: Cátedra, 1995. Edición de Ricardo González Vigil.

[2]

Gutiérrez, G. Entre las calandrias. Un ensayo sobre José María Arguedas. Lima: CEP, 1990.

[3]

Arguedas, J. M. Obras completas. Lima: Horizonte, 1983. 5 vol. Cito desde ahora haciendo referencia a las siglas de la obra, el volumen y el número de página.

[4]

Gutiérrez, G. Op. Cit. p. 17.

[5]

Ibid. pp. 28-29.


Nietzsche, el profeta del nuevo cristianismo

Para concluir, quisiera añadir en la línea de lo precedente algunos apuntes sobre lo que Caputo considera la naturaleza trágica de lo religioso. Porque, a pesar de todo lo dicho ya, para Caputo la religión implica también cierto sentido trágico. Aquí Nietzsche, como para Vattimo, será un autor que tendremos que mantener en la mente. La tragedia, es claro, la incertidumbre. El llamado, el evento impredecible; esa es la tragedia del creyente. Pero como en Nietzsche, el sentido trágico es ambiguo: es a la vez nostalgia y oportunidad, la alegría de la danza.

El ser humano, pareciese, está naturalmente llamado a trascender sus límites, los de las posibilidades de la razón, podríamos decir con Kant. Y por ello, si bien Caputo consigna a la incertidumbre y a lo imposible como elementos fundantes de lo religioso, es conciente también de esta vocación humana por la seguridad y la certeza. El creyente vacila, duda, teme. Siente la angustia profunda que aquejaba de temor y temblor a un Kierkegaard abrumado ante el sacrificio de Isaac. El creyente, el apasionado por el amor sabe que no tiene certeza alguna, sabe que a Dios no lo puede probar, no sabe qué ama cuando ama a su Dios y no sabe si quiera quién es él, el que se supone ama a este Dios que no conoce.

Así puestas las cosas, Caputo concede: la vida del creyente, como la describimos aquí, claro, está marcada por la tragedia de la inseguridad, de la desprotección, de la ausencia de cobijo. Contra todo pronóstico y en una senda inaugurada con inteligencia por Vattimo, aquí Nietzsche se vuelve uno de los más fuertes aliados de la reflexión religiosa. Porque tanto él como los que nos preocupamos por la problemática de la religión en el mundo posmoderno, estamos convencidos de la necesidad de la crítica a la metafísica occidental. La única diferencia es que Nietzsche la identifica con Platón y el cristianismo de modo visceral y pierde de vista cosas que, seguramente, la época no le permitía notar. Pero hoy, si algo hay de valioso en los aportes de la posmodernidad a lo religioso es justamente eso: la relativización de toda categoría absoluta y la proclamación de la muerte de Dios. No es asunto de poca importancia, por ejemplo, que efectivamente en el cristianismo opere con tanta fuerza la idea de un Dios que muere. Aquí la idea efusiva y violenta de un Zaratustra que proclama la muerte de Dios se vuelve más bien cosa cotidiana: fue justamente el cristianismo el primero en proclamar que su Dios había muerto. Es obvio, aquí no pretendo hacerme el listo, que el sentido es diferente; pero la categoría es la misma y sugiere lecturas conciliatorias.

Vattimo hace una que me parece interesante, aunque no concluyente. La idea de Occidente como un declinar que se gesta en la idea de un Dios que se encarna y que muere como signo del debilitamiento, dentro de  la misma tradición, de la propia metafísica occidental es una intuición bastante sugerente. Poco desarrollada por Vattimo, eso sí; pero muy sugerente. El asunto, allende los autores, es que el sentido trágico del que habla Caputo tiene esa ambigüedad que ya había detectado Nietzsche. Porque para él, la tragedia era la de esos últimos hombres que habían acabado con Dios, pero que ahora estaban agobiados por el peso de su muerte y vivían el pasivo nihilismo del sinsentido. Esa era su tragedia. Pero Nietzsche sabía, a su vez, que el magnicidio de Dios era, más bien, motivo de alegría, porque lo que se había operado era el aniquilamiento de un peso ficticio, de una mentira alienante y perversa.

La conciencia de esa tragedia debería subvertir el orden: finalmente no hay tragedia y no la hay porque nos hemos liberado de la opresión de un orden falso e impuesto. Muerto Dios, entonces, viene la alegría del niño, la caminata serena por el jardín del mundo, la danza, la música y el juego de máscaras. Lo que no sospechó Nietzsche es que su profecía podría volverse en contra de sus propias intenciones y convertirse, al final, en bebida revitalizadora de la experiencia religiosa que tan ferozmente criticaba. Y que la muerte del Dios de la metafísica no acaba con la experiencia de Dios, sino que la reavivaba en un su más originario y bíblico sentido.

Por eso dice muy bien Caputo: “el debate entre lo trágico y lo religioso tendría que reestructurarse como una disputa interna que resulta dentro de la religión, entre una religión trágica y otra que no lo es, entre el amor de la necesidad y el amor de lo imposible” (SR, 154). La verdadera tragedia de la religión sólo aparece cuando esta se concibe en términos de necesidad, cuando, por decirlo de algún modo siguiendo la pauta nietzscheana, nos vemos obligados a aceptar el destino trágico del dios Dionisos para lanzarnos al mundo fálico de la voluntad de poder donde aparece la religión del dominio y del fundamentalismo. Contra esta idea, emerge otro sentido de tragedia que, auténticamente entendido, no puede ser más que la alegría del amor por lo imposible. Por eso bien puede decir Vattimo que “la única vía que le queda abierta [al cristianismo] para no regresar a la condición de pequeña secta fundamentalista, como lo era necesariamente en sus inicios, y para devolver efectivamente su vocación universal, es la de asumir el mensaje evangélico como principio de disolución de las pretensiones de objetividad” Una disolución que ya era patente en ese Agustín que no sabe, cuya verdad no es conocimiento, cuya verdad se hace, facere veritatem.

Se trata de una tragedia debilitada, de una tristeza que en verdad debe tornarse en dicha. Animados por lo imposible, por el llamado y la invitación del evento, nos disponemos a la entrega, al amor: la religión es para los amantes y para el que ama ya no hay más tragedia. El que ama se da cuenta de que la pérdida de certeza, la ausencia de una verdad que implique conocimiento no es más que la precondición del amar, “pues lo trágico hace a lo religioso sincero, hace que siga activo, y bloquea el triunfalismo y la autorreclusión [del fundamentalismo]” (SR, 155). Solo el que vacila se entrega, solo el que duda opta. ¿Qué mérito tendría la religión si todo estuviese claro?, ¿qué de grandioso habría en la fe si de Dios todo se supiera? No se trata de eso. El nombre de Dios es un llamado; nuestra reflexión, una teología sobre ese evento, una teología que más aún que preocupada por el qué de la pregunta de Agustín, indaga por un cómo. ¿Cómo amo cuando amo a mi Dios? (SR, 171). Y la medida del amor, ya lo decía el Obispo, es el amor sin medida. Una vez más, teología de la liberación, teología pragmática, teología del evento.

Termino y me traiciono, sin embargo: tampoco la filosofía puede abarcar el evento, con elasticidad que asombra se estiran las palabras para decir lo inefable y no es posible. Quizá queda solo recurrir a una intuición más, a una nueva sugerencia, a una imagen: “mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que son sinsentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido)”. Finalmente, “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.



Cf. Vattimo, G. Después de la cristiandad. Por un cristianismo no religioso. Barcelona: Paidós, 2002. Particularmente útil para este punto es la introducción: “Creer que se cree”.

Me refiero a algo que, me parece, comparten también Feuerbach y Marx: cierta oscuridad en la identificación del objeto de la crítica. En los tres casos, y en el caso de Feuerbach es manifiesto al hablar de la “esencia” del cristianismo, la severa censura a la cristiandad proviene de haberla comprendido en términos esencialistas. Eso hizo que todos creyesen que aquello que criticaban era “el” cristianismo. Una mirada menos grave, más histórica y contextual, hubiese podido notar que el objeto de la crítica era solo una faceta, solo una manifestación y que, ante la ausencia de una “esencia” cristiana, su ataque no afectaba la experiencia religiosa directamente. El caso de Nietzsche es particularmente útil para notar este tipo de nublamiento de la visión: el gran crítico de la metafísica occidental estaba tan ensimismado en tal tarea que hizo metafísico el propio discurso. Como bien indica Vattimo, al defensor de las interpretaciones le faltó agudeza para notar que la suya era, también, una interpretación más.

Cf., por ejemplo, Vattimo, G. Nihilismo y emancipación. Ética, política, derecho. Barcelona: Paidós, 2004, p. 49: “Occidente, podríamos decir, declina porque le declinar constituye su vocación histórica. O dicho en otros términos, la historia, en el único modo en que Occidente consigue concebirla y vivirla, es historia de la secularización”.

Ibid. pp. 49-50: “En todo el historicismo moderno, la emancipación y el perfeccionamiento del hombre comportan un alejamiento del horizonte sagrado de los orígenes, que no necesariamente es también una liquidación de la religión, sino que con frecuencia se piensa como una revelación de la verdad más auténtica de lo divino, más auténtica justamente porque lo divino está profundamente emparentado con lo humano (Cristo es Dios encarnado)”.

Es por eso que la crítica a la religión hecha por Feuerbach o Marx es igualmente poderosa y revitalizante. De hecho, la teología de la liberación la incorpora como un tema prioritario y la llena de nuevo sentido en clave evangélica.

Vattimo, G y R. Rorty. El futuro de la religión. Barcelona: Paidós, 2006. p. 73.

Dice el Obispo en el De Ordine 19… II, 18, 47: “no hay en la mente conocimiento de Dios, salvo el de que ella no le conoce”. Y también, en torno al problema de la verdad: “Por eso, Señor, tu verdad no es mía ni de aquél, sino de todos nosotros, a cuya comunicación pública nos llamas, advirtiéndonos que no queramos poseerla privada, para no vernos privados de ella” (Confesiones XII, 25).

Para un estudio detalladísimo y serio sobre los problemas relativos al conocimiento y a la verdad en la gestación del corpus bíblico, la lectura de Sacchi, P. Historia del judaísmo en la época del segundo templo. Madrid: Trotta-PUCP, 2004 es imprescindible. Allí Sacchi, en uno de los estudios más preclaros sobre la historia de la génesis del pensamiento judeo-cristiano, ofrece importante material documental que atestigua que las tensiones en torno al problema del conocimiento fueron constantes y tomaron rumbos diversos dependiendo de la época. Es imposible entrar aquí en los detalles de una obra monumental como esa, pero sugiero la revisión de la Introducción que ofrece un interesante panorama de los temas centrales. Además conviene un examen integral de toda la sección IV, con atención particular en los capítulos dedicados al conocimiento (11), el problema del mal (12), la salvación (13), el mesianismo (14), lo sagrado y lo profano (17).

Wittgenstein, L. Tractatus logico-philosophicus. Madrid: Revista de Occidente, 1957. Aforismos 6.54 y 7.


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