El nombre de Dios y la trascendencia del evento

Lo que intentaré sugerir en estas líneas es deconstruir algunas de las tesis fundamentales de lo que, a mi juicio, es una comprensión poco adecuada de los presupuestos básicos del discurso religioso[1]. Con ello trataré de reconciliar algunos elementos de la tradición cristiana con una lectura posmoderna de la misma que, no obstante, bebe de las propias fuentes de los escritos sagrados de esta confesión religiosa.

Ahora bien, para abordar esta compleja cuestión trabajaremos desde al menos dos frentes comunes, aunque privilegiando a su vez a dos autores determinantes en la tradición: Pablo y Agustín. Y lo haremos, principalmente, a través de la mirada de un pensador que se ha vuelto muy caro a mis intereses filosófico-teológicos: John D. Caputo. El asunto consistirá en pensar la religión desde la perspectiva de lo que se ha venido a llamar la teología débil y, en ese sentido, se tratará aquí de privilegiar, justamente, voces que han quedado en olvido y que, sin embargo, nos parecen las más esenciales. Nos concentraremos, pues, en dos cuestiones fundamentales e interconectadas. Por un lado, en la naturaleza de lo que Caputo llama el “evento”, una experiencia que trasciende la humana, pero no en los términos de la onto-teología a la que nos ha acostumbrado el ala más preponderante del discurso acerca de Dios y de la fe; por el otro, en la primacía del misterio y de la pregunta que fundan la experiencia religiosa. Nuestros temas serán los de una teología débil, los de una religión que se gesta desde un Dios que funda la experiencia de fe en el madero astillado de una cruz. Así, la exposición que sigue, se desarrollará desde lo que podríamos llamar con San Pablo, el logos de la cruz. 

I

El nombre de Dios y la trascendencia del evento

 

Quizá una de las tesis más sugerentes de Caputo en torno a la relación que establece el creyente con lo divino está enmarcada en una interesante reflexión acerca de los alcances del nombre de Dios. ¿A qué llamamos Dios cuando hablamos de lo divino?, podría ser la pregunta. Está claro que la precisión de esta pregunta es determinante para el curso, no sólo de nuestra exposición: se trata de una pregunta capital para el sentido mismo de la filosofía de la religión. Una pregunta que, por otro lado, y con matices distintos, ya se había hecho William James en Las variedades de la experiencia religiosa. Compete el esfuerzo de dilucidarla, porque como ya había notado James, la forma en que nos relacionemos con esto que consideramos nuestro dios configura, o debería configurar, nuestro proceder en el mundo.

 

En esa línea, Caputo[2] distingue entre dos nociones cardinales, a saber, las de nombre y evento. Los nombres, nos dice, “contienen eventos a los cuales les dan cierta estabilidad al guarecerlos en una suerte de unidad nominal. Los eventos, en cambio, son incontenibles: hacen patente que, finalmente, ningún nombre es capaz de captar la totalidad de un evento[3]. El evento es por su naturaleza  móvil, nunca descansa” (TWG, 2). El nombre solo enuncia o, mejor, anuncia un evento por venir, una posibilidad futura. El nombre esboza lo que el evento terminará por inundar y trascender: lo importante, entonces, no es el nombre; sino lo que este anuncia, lo que sugiere sin capacidad de asir con claridad. Por ello, el nombre nunca puede ser tomado en su sentido literal. Conviene, más bien, una comprensión poética del mismo: una aproximación que no pretenda explicarlo sin más, sino que se deje impactar por lo inefable del mismo (TWG, 4). El evento, además, es algo que adviene, que nos acaece, que supera nuestro horizonte de expectativa: no se trata de un eslabón dentro de la cadena causal. “Es una irrupción, un exceso, un regalo más allá de la economía de las causas” (TWG, 4). Y, en ese sentido, “se trata de una promesa, un llamado, una solicitud que requiere respuesta, una oración por ser escuchada, esperanza por ser colmada” (TWG, 5). Aún más, nos dice Caputo, el evento del que hablamos está más allá del ser: no puede constreñirse ni al orden óntico ni al ontológico: “el evento no es un episodio óntico-ontológico en el plano del ser; es, más bien, un alboroto dentro del corazón del ser mismo, de los nombres del ser, que hacen al ser mismo carecer de descanso” (TWG, 5). Y, finalmente, aparece aquí, cómo no, un problema crucial en torno a nuestra lectura de lo religioso: la verdad. En palabras del filósofo, “el evento constituye la verdad del nombre” (ibid.) Y aquí verdad tiene un matiz peculiar: “por la verdad del evento, me refiero a aquello de lo cual es este capaz, al futuro abierto e impredecible que el nombre oculta, a sus posibilidades incontenibles, que incluso pueden implicar malas noticias” (ibid.). “Porque son incontenibles, los eventos son esencialmente impredecibles, lo que significa que su verdad es más parecida a la oscuridad que a la luz y que el evento por si mismo es tan riesgoso como prometedor”. Es por ello que “la verdad es materia de oración, más que de epistemología” (TWG, 6). Es una aproximación que, como veremos, toma distancia, no sé si concientemente, de otra que a mí me interesa muy particularmente, la pragmatista. Existen, no obstante, puntos de contacto; aunque ello no quita que el tenor de la aproximación de Caputo sea mucho más existencial que la de James, para hacer simple la diferencia[4]. Y, para completar este breve cuadro, el evento tiene que ver con el tiempo. Es irreductiblemente temporal, pero, como menciona el autor, “el evento es un modo de vivir en el tiempo, pero uno más kairológico que cronológico” (ibid.). “El movimiento del evento no puede medirse a través del tictac del tiempo ordinario, tiene que ver, más bien, con un momento transformante que nos libera de nuestra adherencia al presente y nos abre hacia el futuro de un modo tal que hace posible un nuevo nacimiento, un nuevo comienzo, una nueva invención de nosotros mismos, más allá de si ello despierta peligrosas memorias” (ibid.).

 

Dicho todo esto, ¿qué implica hacer teología desde esta perspectiva? Pues se tratará de algo casi obvio, pero que con el marco establecido toma nuevos giros. Si teología es hacer un discurso sobre Dios, diremos que haremos uno sobre el nombre de Dios. Lo que significa hacer hermenéutica del evento que se recrea en el nombre. Ahora, no se trata de una reflexión respecto del sentido semántico relativo al nombre, no es ese “significado” el que inquiere nuestro ejercicio hermenéutico: lo que examinaremos será lo que el nombre promete, aquello que invoca, aquello por lo que oramos. El evento de la teología es la teología del evento. Y, en ese sentido, podemos hablar de teología como un ejercicio, como una práctica, un movimiento, en buena cuenta, un evento de deconstrucción del nombre de Dios: “deconstruir el nombre condicionado para liberar el evento que no tiene condiciones” (ibid.). Luego, el nombre de Dios viene primero; pensar teológicamente emerge como una respuesta al modo en que este nombre irrumpe en nuestra vida. Como ya lo había dicho Gutiérrez en otro contexto, la teología es siempre acto segundo: “es necesario situarse en un primer momento en el terreno de la mística y de la práctica, sólo posteriormente puede haber un discurso auténtico y respetuoso acerca de Dios”[5]

 


[1] Esto, claro, puede sugerir una suerte de metafísica de la “autenticidad”: el lenguaje me traiciona. Se trata de un problema que merece ser repensado intensamente. No pretendo aquí dar una normativa privilegiada de aquel que “conoce” los verdaderos presupuestos del discurso religioso, mi intención es distinta. La idea es la de una sugerencia posible, donde la verdad de lo que se diga es más una oración esperanzada que una sentencia concluyente.

[2] En adelante, cuando nos refiramos a Caputo trabajaremos sobre dos textos: The weakness of God: A theology of the event. Indiana: Indiana University Press, 2006; y, Sobre la religion. Tecnos: Madrid, 2005. Los textos serán citados mediante sus siglas (TWG y SR, respectivamente) añadiendo el número de página. En el caso de los textos en inglés, la traducción siempre es mía.

[3] Se trata de una aproximación que incorpora las reflexiones más recientes, de influencia wittgensteiniana diríamos, sobre el problema del lenguaje. El lenguaje no es mera acción nominal, sino que implica una serie de prácticas, usos, contextos. En el fondo ningún nombre solamente designa, como sí creían los filósofos de la tradición analítica. He trabajado este problema con cierto detalle y en atención a la noción de “performativo” en Austin y a la de “contexto” en Derrida, en: Zegarra, R. [P]palabra, performativo y contexto. Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico. La referencia concreta a los autores: Austin, J. L. Palabras y acciones. Buenos Aires: Paidós, [s/d] y Derrida, J. Firma, acontecimiento, contexto. En: Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, 1998.

[4] Esto merece matices, pero el punto de divergencia fundamental atañe al tipo distinto de preocupaciones de ambos: James sí está imbuido en la tarea inaugurada por Peirce de “esclarecer  nuestras ideas” y ello lo lleva claramente al terreno de la epistemología. Ahora, se trata de un tránsito a la epistemología muy peculiar: como sabemos la aproximación del pragmatismo de James revoluciona los cánones previos de la teoría del conocimiento y, además, lo hace siempre teniendo a la religión como un tema de primerísima importancia. Para su vocación por conectar ambos temas, cf. Carta del 10 de septiembre de 1906 a Henry James. Citada en Perry, R. B. The thought and character of William James. Nashville: Vanderbilt University Press, 1996, p. 294; para los puentes en el corpus jamesiano, cf., entre otros textos, James, W. Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Madrid: Alianza, 2000. p. 80, especialmente la referencia al método pragmático. Para un testimonio de su convicción acerca del valor de la fe por encima de los discursos explicativos, cf. la respuesta a la carta enviada a James, con fecha 30 de marzo de 1897, por un abogado neoyorquino llamado John Jay Chapman, consignada en Perry, R. B. Op. cit. p. 214.

[5] Gutiérrez, G. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job. Lima: CEP, 2004, p. 16. También, Gutiérrez, G. Teología de la liberación. Perspectivas. Lima: CEP, 2005. Particularmente el capítulo 1: “Teología: reflexión crítica” donde se desarrolla más ampliamente la idea.

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6 respuestas a El nombre de Dios y la trascendencia del evento

  1. Fr Gustavo dijo:

    Es sumamente interesante constatar que la inmensidad del acontecimiento religioso supera la realidad, especialmente porque así puede ser “siempre antiguo y siempre nuevo” (como decía Agustín de Hipona) para el que a él se acerque.
    Esta reflexión me sugiere dos cuestiones: ¿puede comunicarse eficazmente el conocimiento religioso, o sería comunicar una mera reducción conceptual, insuficiente de lo conocido experiencialmente? Y ¿se puede aplicar este desborde de la realidad por encima de la palabra que la expresa, a todo evento? Me interesaría mucho tocar estos temas. Es notoria la influencia que los estudios teológicos tienen en Caputo, pues su perspectiva es abierta a un misterio trascendente. Y esta relación evento-palabra se encuentra reflejada en la teología profundamente existencial y mística de los grandes pensadores cristianos de los primeros siglos del cristianismo. Realmente, como dice la Escritura, “no hay nada nuevo bajo el sol”.

  2. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Querido Gustavo, gracias por la lectura y el interesante comentario. Espero que este blog sea un espacio de diálogo rico, ese que teníamos con más frecuencia cuando nos veíamos más.

    Tus preguntas dan en el clavo, creo. Te respondo de dos maneras (una evasiva y otra breve). a) Las sugerencias que haces se irán respondiendo en las siguientes entradas del blog. Es un tema que a mí también me preocupa y he tratado de desarrollar. b) Para no dejarte en el aire entre tanto, diría lo siguiente:
    b1) Creo que la comunicabilidad de la experiencia religiosa es compleja. No porque esta implica una esencia platónica inasible (justo contra eso es que escribo este post), sino porque implica un evento irreductible. En ese sentido, digamos que el sentido más radical de la experiencia religiosa es conceptualmente incomunicable. Es por eso que Caputo habla de la “poética de lo imposible” para referirse a que el modo de comunicar el evento es poético y no conceptual. Luego, si hay transmisión de la experiencia, pero felizmente, no una que coneptualmente la abarque, sino una que poéticamente la sugiera.
    b2) Te respondo chiquito. Sí, creo que esa es la idea. Ver el lenguaje como una sugerencia de formas de vida y de aproximarse al mundo y no como una mera herramienta de trasmisión de datos. Pronto colgaré un texto sobre el lenguaje bíblíco en relación con dos importantes filósofos del lenguaje: Austin y Derrida (el hilo conductor será nuestro querido Agustín).

  3. Ahmed dijo:

    Estimado Raúl,
    Te felicito por la aventura iniciada al crear un blog que comparta tus experiencias que no están para nada desconectadas de la reflexión.
    Gracias por presentar a Caputo quién brinda nuevo lenguaje a la comprensión de fenómenos religiosos en nuestro tiempo. En ese sentido, no puedo evitar pensar en el nombre de Dios en el Nuevo y Antiguo Testamento que puedo considerar como invitación a percibir el misterio de lo insondable (Elías que ubica a Dios en la brisa, el nombre de YHWH dado a Moisés que no reduce la infinitud de su naturaleza, etc.).
    Un saludo,
    Ahmed

  4. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Gracias, Ahmed. Efectivamente, se trata de dos buenos ejemplos que, ademas, el mismo Caputo considera. Estoy trabajando ahora en un review de The weakness of God que tratare de que sea publicado en alguna revista, al igual que en la traduccion de una parte del texto. Cuando esten listas, mabas cosas seran colgadas tambien en este blog.

    Un abrazo!

  5. cvelrey dijo:

    La teología debería ser la herramienta de interpretación humana de la trascendencia, pero es la interpretación humana de la interpretación humana de la trascendencia, es decir de la experiencia religiosa. En ese sentido es incapaz de dar respuestas a la pregunta trascendental: ¿tiene sentido creer?. Constantemente lanza las preguntas trascendentales a otros campos, quedándose en la superficialidad. No encuentro novedad especial en “el evento no es un episodio óntico-ontológico en el plano del ser; es, más bien, un alboroto dentro del corazón del ser mismo, de los nombres del ser, que hacen al ser mismo carecer de descanso”. La necesidad de la analogía, el recurso poético, lo convierten en una manifestación experienciaql. Como dice fray Gustavo, nada nuevo bajo el sol. No deja de ser por ello interesante y necesaria, sin el ejercicio reflexivo constante la teología moriría de inanición. Por mi parte todavía encuentro muy profundo el fenomenólogo Machado “se hace camino al andar”.
    Gracias y un abrazo

  6. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    No tengo tu nombre, pero te respondo estimado cvelrey. Creo que tienes toda la razón. Hubiese contrargumentado ante tu primera apreciación, pero el matiz que introduces después me parece justo y lúcido. No se trata de decir cosas realmente nuevas, de esa novedad no se trata. Trato más bien de hacer solo algunas sugerencias conceptuales, como hace la filosofía siempre, que ayuden a pensar, quizá, con un poquito más de claridad los problemas. Te invito a que sigas atento a la lectura de las otras partes de este mismo texto. El final del mismo creo que se condice muy bien con lo que sugieres y apela a la reflexión de Wittgenstein, que puede ser muy útil dado su carácter de sugerencia y no de enunciado claro y distinto.

    Me despido agredeciendo tu lectura atenta, espero mantenerla.

    Un abrazo!

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