Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (I)

Con este post, introduzco un aviso: para contribuir al sentido de lo sagrado y la intencional anarquía que en él encuentro, algunas veces, este blog ofrecerá otra ruta creativa, los cuentos. Escribir es una pasión que conservo conmigo hace muchos años y he escrito muchas cosas (no todas de igual valía, eso sí). La mayoría de estos escritos está conformada por ensayos sobre filosofía, religión y materias afines. Pero muy reservadamente, escribo también cuentos. No lo hago mucho, ni muy frecuentemente; no obstante, lo hago con mucho celo y cariño. Las líneas que siguen serán la primera entrega de uno de esos cuentos. Uno que quiero mucho y que escribí para una anciana maravillosa, como la de este cuento. Se trata, eso sí, de un pequeño interludio. Luego volveremos a la filosofía -o quizá esto no es salir de ella- y trataremos de desbrozar algunas inquietudes que ya se han presentado en los comentarios. Los dejo con el cuento.

 

La imagen era abrumadora y perfecto preámbulo de lo que vendría. El fondo era negro, tan opaco e intenso como podría uno imaginarse la muerte. Mi mirada se quedó detenida en esa lasciva negritud mientras que una voz carente de toda armonía explotaba en gritos agonizantes. De la inmensa negritud surgía un Cristo que afrentaba la sensibilidad más curtida. El crucificado no era como cualquier otro, tenía matices inusuales. El inmenso cuadro, erguido como un falo entusiasta, se mostraba ostentoso en el medio del hall de aquella casa tenebrosa. La cabeza estaba coronada y sangrante aunque los cabellos no se envolvían entre espinas, sino que eran adornados con una corona tricéfala de plata envejecida. Los ojos aparecían cerrados con la fuerza propia de quien sufre cruenta agonía; la boca solo extendía el dolor y la inenarrable tristeza; los brazos eran grandes, ejercitados, extensamente abiertos como si trataran de facilitar la muerte y a la vez  se esforzaran por ofrecer un ficticio y ensangrentado abrazo al ya aturdido espectador. Las piernas se encontraban envueltas por un manto que asemejaba un terciopelo rojo finísimo y en el centro del mismo un cáliz de tono acerado por la virtud del pincel se convertía en fuente para dos pequeñas aves bailarinas. Quizá la única alegría de esa sala era aquel espectáculo de ese par de pequeños emplumados, que, empero, bebían aguas bañadas por la sangre de la escena mayor: el inefable dolor de ese Cristo moribundo, anticipo de la muerte que acosaba a ese lugar.

 

Rogelia Ramírez era el nombre de la señora que conocí en aquella casona. Su semblante era devastador, el lugar todo era una calamidad para cualquiera. La segunda vez que ingresé a aquel recinto pude notarlo con viva intensidad. Algunas mujeres de facciones diversas, pero de ropaje uniforme, rondaban aquella galería con un paso mesurado y vociferando múltiples indicaciones para los transeúntes. Rogelia permanecía callada, conminada hace semanas a una silla de ruedas de mango algo oxidado y textura vetusta. Se esmeraba por enunciar una que otra palabra las pocas veces que me reconocía. Usualmente su mirada yacía perdida en una superficie imperceptible y metafísica a la que solo accedíamos brevemente cuando ella nos la revelaba cual oráculo extraviado y monosilábico. Rogelia se había constituido en un testigo silente del marasmo de emociones confusas que rondaban la casona. El llanto perpetuo de aquella otra vieja de cabello cano era una suerte de melodía de fondo que sostenidamente acompañaba mis visitas al lugar, el sollozo era desgarrador, los gritos de auxilio dejaban a la concurrencia estupefacta, herida por el filo de cada lágrima tibia como la enfermedad. Todos creían que la vieja enloquecía con el paso de los meses, pero sólo Rogelia sabía la verdad. Ese lugar no era tan seguro, era como un estadio de dolorosa purga de penas pasadas, penas que solo Rogelia conocía bien, que a todos nosotros se nos escapaban. Rogelia era la consciencia de ese lugar y lo supimos muy tarde; Rogelia reunía sobre sí la consciencia del mundo y nadie lo supo jamás. Ni las enfermeras asignadas a su cuidado, ni sus hermanos cuya visita recibía con amorosa frecuencia. Nadie lo notó, nadie. 

(…)

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