Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (II)

Ella había llegado a la casa hace algunos meses, la enfermedad y la soledad de una vida sin marido y sin hijos habían empezado a mitigar su fuerte salud de antaño. Siempre fue una mujer de semblante altivo, mirada de cejas arqueadas como la monumental entrada a algún recinto sagrado. El cuerpo bello y esbelto,  la cabellera encrespada de un color acaramelado siempre brillante, los senos generosos, una mujer inusitadamente hermosa y constantemente pretendida por más de un encumbrado varón. Ahora la historia era diferente, muy diferente. Sus ojos mostraban la tristeza del alma, las cejas eran dos sosegadas líneas de geómetra, sin atisbo alguno de gracia. Su cuerpo estaba mutilado como el de la veterana de una guerra sideral en la cual el universo no había tenido compasión alguna. Aquellos bellos senos, reducidos se encontraban a dos cortes miserables que habían sido, según los médicos, el sello de la victoria de la ciencia contra el cáncer. Y el cabello, ese hermoso racimo color caramelo, no era más que un grupo de filamentos decolorados y deprimentes que completaban la imagen cruda del lento obrar de la muerte. Rogelia Ramírez fue cada día que estuvo en la casa una auténtica pitonisa de la muerte, nadie lo supo, nadie le prestó atención y por eso todos padecerían las consecuencias de su vergonzosa omisión. Pero, sobre todo, padecería la vieja mansión por su cerrazón ante los signos. Rogelia era una revelación simbólica que nos ofrecía el universo, la pieza clave para entenderlo sin palabras. Teníamos que dejarnos penetrar y nos cerramos al mundo. La vieja Rogelia había hecho su mejor esfuerzo, pero el mundo había perdido su capacidad para el asombro y con aquella pérdida, perdió la oportunidad de sobrevivir.

 

Rogelia era la consciencia de la casona y era la consciencia del mundo, y lo era porque quiso serlo. Las mentes ordinarias pensaron siempre que la eterna juventud era un bien encomiable y de dificilísima obtención, se equivocaron. La eterna juventud fue siempre en la historia de los magos de oriente un bien menor, baladí. Para ser eternamente joven solo bastaba ser eternamente egoísta, renunciar a la procreación para siempre y a la compañía de cualquier otro que no fuera la imagen narcisa de la propia belleza extendida por el tiempo. Si nadie era eternamente joven no era por dificultades ineluctables, sino por cierta sensibilidad humana que no era aún capaz de condenarse al solipsismo perenne de la compañía de la propia sombra. Como digo, se trataba de un bien que siempre se consideró menor, aunque es, y fuera, tan significativo en nuestra parcela de la historia del mundo. Había, sin embargo, un bien doloroso y tentador reservado para los espíritus más distinguidos, una joya brillante que jamás había conseguido dueño porque nunca había aparecido la mujer digna, porque, cómo no, solo una mujer podría haber sido digna de tan poderosa tarea. Esa mujer era Rogelia Ramírez, la pitonisa de la muerte. Rogelia había llegado, a través de sus soliloquios de juventud, a un elevado momento. Se había mostrado capaz de ser eternamente joven y bella, logró descifrar a edad temprana la simpleza requerida para tal empresa. No obstante, en una ya conforme caminata por el jardín de la consciencia del mundo llegó al famoso camino donde los senderos se bifurcan. Todo estaba muy claro, se le estaba dando una oportunidad terrible y feliz a la vez y solo podía optar por uno de los dos senderos. El sendero de la izquierda engañosa era el obvio y predecible camino que la conduciría a la eterna juventud. Para Rogelia, era un camino tentador dada su copiosa tendencia a la vanidad; no obstante, había algo en el huracanado camino de la derecha, algo oscuro y vil que la seducía mientras que se acercaba. Nada era muy claro, pero sin querer, o seguramente queriéndolo, Rogelia se había alejado ya de la entrada del sendero de la juventud eterna y estaba en el portal derecho. Nada podía intuirse con claridad, el único anuncio legible estaba colgado en un trozo de astillada caoba. La inscripción solo decía: Este es el sendero de la consciencia del mundo. Rogelia no pudo resistir el ímpetu que siempre la lanzó hacia lo desconocido y se sumergió en el infinito sendero de la consciencia del mundo. Un viento huracanado la consumió y no supo más hasta que volvió sobre sí. No tuvo nunca un documento, una carta o alguna señal visible; mas lo sabía ya todo. Sabía que ella había elegido voluntariamente cambiar la eterna belleza y juventud por la decrepitud y la enfermedad, pero lo había hecho por un don inconmensurable: Rogelia Ramírez era ahora la consciencia del mundo. Sabía de todo, pero sobre todo, había comprendido ya el sentido de la muerte y el destino que nos corresponde tras ella. Había cedido su belleza y juventud para enfermar y envejecer con una premura obscena y descarada. Supo de inmediato cuándo y cómo moriría y supo también que tenía una noble y terrible misión: ofrecer al mundo la sabiduría hallada en el sendero derecho del jardín etéreo. Pero el universo artero no iba a revelar sus secretos tan fácilmente; por más única que fuese Rogelia, el cosmos no era tan generoso. La vejez y un derrame cerebral fulminaron a la bella mujer, sin pensarlo quedó postrada en una silla de ruedas y el lenguaje se le hizo esquivo. La gran tragedia del mundo era que su consciencia, Rogelia Ramírez, no podía hablarle en su idioma.

(…)

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