Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (III)

El desenlace de la historia fue igualmente asombroso. Rogelia desde que llegó a la casa se esmeró cada día tratando de comunicarse con los otros, pero había sido confinada a un establecimiento de reposo para ancianos con problemas mentales. Era una tragedia terrible, como si el destino acosara a la pobre mujer como lo hizo con la estirpe de Layo. Cuando la conocí pude observar en ella esa ambigüedad, mis ojos veían en ella la mudez del enfermo, la tristeza del viejo; sin embargo, sabía que había algo entre sus comunicaciones monocordes y de extensión muy escueta, algo de lo que quería hacernos partícipes. Rogelia había sido lanzada por un huracán de verdades y primicias a aquella casona del centro de la ciudad y lanzada había sido para dar sentido a la muerte, para dar inteligibilidad a la vida. Nadie la escuchó jamás, nadie vio en su lenguaje sin palabras las verdades primigenias que nos revelaba. El mundo, y se repite la tragedia, no estaba preparado para la escucha del lenguaje de la piel, de las miradas y de las manos. Rogelia respiraba, cambiaba sus ritmos, con su carne envejecida nos predicaba el futuro y nadie supo atenderle.

 

Era veintinueve de enero y Rogelia cumplía ochenta y tres años. Como ya era costumbre, fui a visitarla a las tres y pasé junto a ella para conversar, verbo que se hacía siempre generoso en vista del nulo intercambio de palabras que solíamos tener dada su condición. Después de terminar el último bocado de la pequeña bolsa con galletas que le llevé, Rogelia cual oráculo sentenció: Y se fueron los años. Y se acabó la vida. Pobrecito mi papá. Luego de eso, expiró. Mi asombro hizo crepitar mi corazón como si ardiese en el fuego más intenso. No supe qué hacer, pensé muchas cosas y la certidumbre llegó como la inspiración de la Musa al poeta. Rogelia sabía que moriría, lo supo desde aquella caminata en el jardín del mundo. Sus últimas palabras fueron su última profecía, la de su propia muerte, la única proyección que pudimos comprender. Luego de eso, el final se hizo patente. Un silencio sepulcral invadió la casona, un temblor fortísimo la azotó por varios minutos. El Cristo sufriente extendió los brazos y murió pocos segundos después de que Rogelia lo hiciera, el gran cuadro cayó mientras se rajaba la pared que lo sostenía. El cuadro se quebró mientras golpeaba el suelo en orquestal y poderoso estruendo. De pronto el cáliz del que bebían las aves demostró ser de acero al rodar por el piso y ofrecer la confirmación sonora. La sangre, densa y oscura empezó a recorrer los azulejos del hall. La muerte había llegado a la casona y la crueldad del fin jamás pudo contarse.

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2 respuestas a Rogelia Ramírez, pitonisa de la muerte (III)

  1. Paola dijo:

    Rauuuuul! Yo he leído este cuento antes verdaad? Me encantó, soy fan número 1 total de este cuento!

    Felicitaciones por el blog y por la harta chamba que estás poniendo en él. Que te vaya muy bien. No podía pasar por acá sin comentar este cuento.!😀

  2. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Efectivamente, fuiste de las poquísimas personas que lo leyó antes de publicarlo!! Gracias por la lectura, la aprecio mucho🙂

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