Deconstrucción y pragmatismo: la pregunta de San Agustín

Finalmente, quisiera cerrar estas breves indagaciones aludiendo a un tema que está muy en la línea de lo que hemos dicho hasta aquí. Se trata del sentido de la permanencia de la pregunta en la experiencia religiosa. Caputo, ya no en The weakness of God, el texto al que nos hemos venido refiriendo antes; sino en Sobre la religión plantea este problema lanzando la pregunta que Agustín se hacía en las Confesiones: “¿qué amo cuando amo a Dios?” o “¿qué amo cuando te amo a ti, Dios mío? (X, vi)”. Si hemos visto la relevancia de la pregunta por el nombre de Dios, está claro que volver a ella en estos términos ofrece también importantes razones. ¿Qué es lo que amo, entonces, cuando amo a Dios? La pregunta es compleja, hay que detenernos en ella.

 

Un camino para responderla se empieza a desarrollar cuando atendemos a lo que Caputo denomina el “futuro absoluto”[1]: se trata de un futuro impredecible que nos coge por sorpresa y echa por tierra los cómodos horizontes de la esperanza que rodea el presente (SR, 19). Parece una distinción nimia, pero si se atiende al cuerpo del problema, la cuestión empieza a generar mayor sentido. Caputo quiere contraponer a este tipo de futuro el futuro que llama “relativo”, aquel que puede estimarse y predecirse más o menos en términos causales. Como menciona el autor, “para el futuro relativo necesitamos una buena cabeza, un ordenador decente y sentido común; para el futuro absoluto, necesitamos esperanza, fe y amor […]” (ibid.). Esto es importante, porque para el autor el acontecimiento fundante de lo religioso es la apertura a este futuro impredecible, la apertura a lo imposible. Disponerse de ese modo requiere de una opción que está más allá del orden de las causas. Para ponerlo en palabras de James, requiere de la voluntad de creer. Así, para Caputo, y también para James, lo determinante de la experiencia religiosa no es su versión institucionalizada y dominical, por poner un ejemplo; lo es, en cambio, la apertura a la trascendencia, la vocación por lo imposible. Y aquí empieza a tomar forma nuestra pregunta, porque en el fondo, las cosas de Dios son aquellas que tienen que ver con lo imposible, como bien lo supo la pequeña que nos retrata Lucas, una María que salía apenas de la niñez con un gesto cargado de envidiable madurez: que se haga tu voluntad, decía la Virgen, porque no hay nada imposible para Ti. Así, “el nombre de Dios es el nombre de la oportunidad de algo absolutamente nuevo, de un nacimiento, de las expectativas, la esperanza, la esperanza contra la esperanza (Rom 4, 18) en un futuro que se transforma” (SR, 22). Y en ese contexto, Caputo apelará a la noción de Derrida de una “religión sin religión”: la estructura misma de lo religioso es la de la experiencia posibilitada por lo imposible, es una alianza con lo imposible (SR, 27), la máxima agustiniana del corazón inquieto: “nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Luego, Caputo sostendrá que una religión sin religión es en el fondo la renuncia a toda la carga metafísica objetivante que ha lastrado a la religión en sus concepciones convencionales. Está claro que no es una categorización absoluta, pero que apunta a problemas que bien podrían estar comprendidos en la aproximación pragmatista a los temas del conocimiento y de la verdad con las consecuencias directas que ello tiene en materia religiosa, me abstengo aquí de los detalles, pero la Inquisición o las guerras de religión no hacen sino constatar de modo palpable el problema al que me refiero.

 

Dicho esto, volvamos otra vez al rumbo que nos habíamos trazado: ¿qué amo cuando amo a mi Dios? Con esta pregunta recogida de Agustín, Caputo quiere introducirnos en el juego que está creando, un juego que ya tiene varias piezas para entretenernos. La fuerza de la pregunta es capital y lo es porque nos enrostra la incertidumbre detrás de la religión. ¿Qué amo? No sé, habría que responder. Es más, ¿quién soy yo, el que ama? Tampoco lo sabemos. La riqueza de la religión radica en esta gran incertidumbre. Solo cuando la duda aparece como una realidad, la creencia se hace una opción verdadera, viva como decía James contra Pascal[2]. La duda, la incertidumbre comprometen auténticamente al sujeto en la experiencia de fe. No está del todo claro quién sea Dios, qué amo cuando le amo a Él, ni siquiera está medianamente claro quién soy yo y, sin embargo, la experiencia emerge, el evento nos trasciende, nos aborda lo imposible. Como dice Caputo, “No Conocemos El Secreto (¡adviertan las mayúsculas!)” (SR, 32). Como es lógico, no se trata de una ignorancia que invita a la inacción: todo lo contrario. Hablamos aquí de una pasión cuya condición es el no saber, “ese no saber es el elemento ineludible en el que se toman las decisiones, que intensifica la pasión de las mismas. Este no saber no es un tipo de ignorancia simple, corriente y moliente sino más bien parecida a lo que los místicos llaman la docta ignorantia, una ignorancia sabia o culta, que sabe que […] este no saber es el horizonte ineludible en el que debemos actuar, con la debida determinación, con toda la urgencia que exija la vida. Pues la vida no nos da respiros, no retrasa sus exigencias una hora o dos mientras paramos para comer y nos echamos una siestecita. Nos exige que actuemos, pero nuestras decisiones se ven recubiertas por una fina película, una sensatez incómoda y callada, de desconocimiento” (SR, 32-33). Así, el asunto regresa: ¿qué amo cuando amo a mi Dios? Pues amo la fuerza de la pregunta, mi amor se recrea en la incertidumbre que ella implica. Nos movemos otra vez en el esquema de un evento que invita: “Cuando San Agustín habla así no deberíamos pensar que sufre por un gran agujero o falta o vacío por llenar, sino que es alguien que rebosa de amor y que busca saber hacia dónde dirigir su amor. No sale a ver qué puede conseguir, sino qué puede dar” (SR, 39). Creo que el modo en que Caputo plantea las cosas nos ayuda mucho a atar más de una idea. La religión es para los amantes, habíamos dicho ya. Y lo fundamental de lo religioso radica en su apertura, su negocio es lo imposible. Estamos bajo la lógica del evento, de un evento que funda la experiencia de Dios trascendiendo su mero nombre. Y que, como ya sabemos, se constituye en invitación y en llamado para que venga su reino, el reino de la locura de la cruz. Justamente el reino cuya fuerza radica en la subversión del orden humano y de la causalidad de este mundo: uno en el cual no se busca para sí, sino que se da para el otro, para el otro que es el pequeño, el enfermo, el pobre. Teología de la liberación, teología del evento, teología pragmática.

 

Luego, como sostiene Caputo, “la pregunta de San Agustín […] persiste como una pregunta irreducible y eterna, una pregunta constante, primera y última, que nos persigue por los pasillos de nuestros días y noches de manera permanente, dando sal y fuego a nuestras vidas. Ésa es la razón de por qué dicha pregunta está relacionada con otra persistente pregunta agustina, «¿quién soy yo?», a la que San Agustín responde, […] «una tierra de dificultad y de gran sudor». A vuestros ojos, Oh Señor, dice: «Me he convertido en pregunta para mí mismo». Así pues, estas dos preguntas, la de Dios y la de Sí mismo, van de la mano para San Agustín. […] cuanto más me sacude interiormente la pregunta de qué es lo que amo, más me sacude la pregunta de quién soy, en virtud de la cual este sentido de ser un «yo» se resuelve e intensifica. […]. ¿Qué amo cuando amo a mi Dios? ¿Es a Dios? ¿Es a la justicia? ¿Es al amor mismo? De nuevo, la respuesta es otra pregunta. Yo soy el que se preocupa por esto, y el nombre de Dios es el nombre por el que me preocupo. Lo imposible me aturde” (SR, 41-42). Me parece que la cita habla por sí sola y que el dinamismo de la religión se hace manifiesto en la permanencia de la actitud de pregunta. Ahora bien, ¿hay respuesta? Uno podría rápidamente aducir que no y que plantear esa sugerencia resulta contradictorio. Sin embargo, en la lógica de nuestra exposición la respuesta es posible. Hay que responder, eso sí, desde la perspectiva del evento, de lo imposible, de la apertura. La respuesta tiene que ser como la de María: aquí estoy, Señor; hágase en mí. “Se trata de responder, de hacer la verdad, de que la verdad suceda, facere veritatem, como dijo San Agustín, hacer justicia, hacer lo imposible, hacer que la montaña se mueva, ir donde no puedo ir, aunque no sepa quién soy o qué amo cuando amo a mi Dios” (SR, 43). Otra vez, teología del evento, teología pragmática, teología de la liberación: se responde a la invitación, se responde haciendo la verdad, se responde haciendo la verdad que es la justicia de Dios que subvierte el orden y que atiende preferencialmente el sufrimiento del inocente. Nuestra tríada vuelve, se hace consistente.

 


 

[1] Si bien no es directamente lo que Caputo tiene aquí en mente, una reflexión escatológica se hace bastante importante cuando se introduce el tema del futuro, sobre todo teniendo en cuenta el hilo de nuestra argumentación en este texto. Sugiero otra vez la entrada de Teología de la liberación, más en detalle el apartado b) Escatología: futuro y actualidad histórica (p. 260 y ss.) Allí Gutiérrez hace un interesante estado de la cuestión apelando a los principales teólogos de la época y plantea la propia postura. Lo que me interesa es el peso de la reflexión del teólogo peruano y sus puntos de contacto con la idea, más ligera es verdad, de “futuro absoluto” planteada por Caputo.

[2] La opción de Pascal no es una opción genuina porque no ofrece una hipótesis viva. Si yo no tengo una disposición previa para la creencia, ninguna argumentación probabilística respecto de mis posibilidades de ganar bienes mayores resulta convincente, no me entusiasma ni me conduce hacia la acción. Para el examen del texto, cf. Pascal, B. Pensamientos. Madrid: Alianza, 1981. pp. 128-130. Para el comentario de James, cf. James, W. La voluntad de creer. Un debate sobre la ética de la creencia. Madrid: Tecnos, 2003. p. 143.

 

 

 

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6 respuestas a Deconstrucción y pragmatismo: la pregunta de San Agustín

  1. Enrique Flores-Julia Jimenez dijo:

    Felicitamos la elección de esta pregunta ya que es relevante, como ya has explicado, para resolver la pregunta por el nombre de Dios: “¿Qué amo cuando te amo a ti, Dios mío?”.
    En primer lugar debemos tener claro que cuando amamos a Dios, como sabemos, amamos todo aquello que proviene de Él. Es por tanto que, al decir que AMAMOS A DIOS no solo hablamos de un sentimiento, sino también una decisión. Uno decide amar.
    Al tomar esta decisión no solo amamos, también nos hacemos uno con Dios; empleamos un amor Ágape, amor que elegimos libremente y que nos permite tener a Dios dentro. Dentro de este aspecto recalcamos el hecho de que cada uno de nosotros tiene libertad para aceptar o no a Dios en su vida, más allá de lo que es el plan de Dios, mas allá de todas aquellas probabilidades que Dios conoce, nosotros tenemos la libertad de elegir el amor.
    Entonces, si elegimos amar a Dios y hacemos uso de un amor Ágape y nos hacemos uno con Él, ¿qué amamos cuando amamos a Dios? Amamos, pues, no la idea de “Amar”, sino la idea de “toma de decisión”, decisión que resultara en la unidad con Dios. Amamos esta “Unión Sagrada”. Obviamente la conclusión presentada está abierta a críticas y esperamos una respuesta tuya sobre la misma.

    Feliz Navidad.

  2. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Estoy bastante de acuerdo con ustedes, Enrique y Julia. Sobre todo en el énfasis puesto en la toma de decisión. No les caería mal dar una mirada a un célebre defensor de esa “toma de decisión”, William James. Quien en su “La voluntad de creer” hace una defensa bastante interesante del derecho que tiene el sujeto a la creencia religiosa. Allí explica además, contra William Clifford, que no hay nada de anti-ético, como sostenía Clifford, en la opción de creer. El libro está en la biblioteca PUCP, pero yo dediqué un capítulo de mi tesina de Bachillerato al tema. Más adelante colgaré algo al respecto. Solo les recuerdo algo que en su comentario pierde un poco de fuerza: el valor mismo de la pregunta. La incertidumbre se vuelve la clave de la creencia, por eso la pregunta y la duda fundan la experiencia religiosa auténtica. Solo ellas permiten la fe.

    Finalmente, les traigo a la mente un poema muy bonito de Gonzalo Rojas cuya estructura, aunque en otros términos, nos recuerda la pregunta de Agustín: “¿Qué se ama cuando se ama?” (En: Rojas, G. Poesía esencial. Santiago de Chile: Andres Bello, 2004).

    Feliz navidad a ambos, también🙂

  3. ricardo dijo:

    estimado raul:

    entonces en que consiste el “conocimiento de uno mismo”?

  4. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    No tengo contexto para responder esa pregunta, Ricardo. Explícate mejor, por favor.

  5. ricardo dijo:

    estimado raul:
    tu dices que de la pregunta agustiniana “a quien amo cuando amo a dios” no lleva a la otra pregunta ” quien soy yo”…y de ahi partia mi pregunta anterior: de acuerdo a la pregunta agustiniana, ¿quienes somos?, que es el conocimiento de si mismo?

  6. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Pues creo que convendría que leas con más cuidado, Ricardo: la pregunta que me haces está claramente respondida en el texto. La respuesta es la permanencia de la pregunta, como he indicado más de una vez. Ahora, ese tipo de respuesta puede dejar insatisfechos a algunos espíritus que gustan de otro tipo de respuestas; pero si das vueltas por este blog, te darás cuenta de que es, precisamente, ese tipo de “respuesta” el que nos gusta a los filósofos, al menos a mí. Abrir senderos de pregunta es nuestro trabajo, las respuestas las da cada uno.

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