Arguedas y Gutiérrez: los ríos profundos del pobre (I)

Las entradas que siguen corresponderán a un nuevo ensayo, esta vez de tenor algo distinto al anterior. Se trata de un texto breve en torno a un interesante ensayo de Gustavo Gutiérrez: Entre la calandrias.  El libro que menciono es un estudio sugerente de la obra de José María Arguedas desde una lectura enmarcada en el pensamiento del teólogo peruano, pero que hace profunda justicia, creo, a la obra de Arguedas. Mi propuesta es una lectura un poquito más amplia, en el sentido de explicitar algunas de las tesis que Gustavo supone en su aproximación. Espero que la lectura sugiera algunos comentarios y reflexiones. Añado dos cosas, simplemente. En primer término, que, en efecto, se trata de un ensayo de tenor distinto; pero contruido en una misma perspectiva de trabajo. Mi ensayo anterior ha querido demostrar los puentes posibles entre la teología de Gutiérrez y la de Caputo. Una lectura fina de ambos autores podrá ver también esas conexiones allende las obvias diferencias. En segundo lugar, escribo estas líneas a pocos días de las bodas de oro sacerdotales de Gustavo (12/1/09). Que sean, pues, unas líneas de homenaje para un sacerdote y teólogo amigo a quien leí con admiración hace años y con quien compartí con mucho cariño hace poco.

Hace algunas semanas, un amigo común al Padre Gutiérrez y a mí, me contó una anécdota muy reveladora acerca de las relaciones entre José María Arguedas y teólogo peruano. Alguna vez conversando acerca de temas variados, José María le hizo manifiesto a Gutiérrez su ateísmo y justificó, dentro de una lectura enmarcada en el comunismo que siempre había calado en su corazón, tal ausencia de fe. Gustavo Gutiérrez empezó a hablarle al autor de Agua, acerca de un Dios distinto: un dios liberador, preocupado por el pobre, por el que sufre, por los marginados de la sociedad, etc. Arguedas le dijo: “Bueno, Gustavo, de ese dios yo nunca he sido ateo”.

Quisiera iniciar este breve ensayo aludiendo a esta enriquecedora anécdota. No es para nadie secreto que ambos autores, ya casi hacia el final de la vida de Arguedas, iniciaron una relación que empezaba a volverse cercana: algunas conversaciones valiosas, intercambios verbales y escritos, menciones mutuas en misivas y textos, etc. Pero había entre ellos un vínculo más vital, un nexo cuya intensidad forjaba entre ambos una amistad profunda: el deseo de liberación, la liberación del pobre. Trataré en lo sucesivo de hacer una lectura del modo en que esta noción de liberación está presente en ambos intelectuales usando como hilo conductor la metáfora del río empleada por Arguedas.

Sostiene González Vigil, respecto de las connotaciones del título, en su edición de Los Ríos profundos:

 “Se apoya en la diferencia geográfica entre la Costa y la Sierra. En la primera, los ríos del Perú son de cauce superficial, escaso caudal y, en la mayoría de los casos, tienden a secarse durante varios meses del año. En cambio, en la sierra son de cauce profundo, caudal generoso que, en las partes altas y zonas de corte de la cordillera, fluye con fragor de tempestad […]. A partir de ello, Arguedas connota la profundidad -las sólidas, ancestrales raíces, matrices de identidad nacional del Perú- de la cultura andina, en contraposición al carácter sobreimpuesto -violencia de la dominación, actitud de dependencia de una metrópolis extranjera, desprecio y marginación de las raíces autóctonas- de la cultura occidental y cosmopolita a espaldas del legado histórico milenario del Perú”[1].

 Una cita interesante que nos enlaza muy bien con la fuerza que se desprende del nombre de una de las más célebres novelas de Arguedas. La reflexión de nuestro autor atiende, pues, a la marcada escisión que afecta al Perú. Una ruptura que la referencia a la profundidad del río serrano rescata con audacia. Aquel río por el cual el torrente fluye “con fragor de tempestad”. Como sabemos, el contacto del pequeño Ernesto con la naturaleza se convierte siempre en una experiencia de liberación. Su remisión a lo más propio, a lo más autóctono, lo reconecta consigo mismo y le ayuda a escapar de la imposición y la miseria que invade el contexto de su escuela. Como si la fuerza del agua que corre por las corrientes del Apurímac fuera capaz de limpiarlo, ofrecerle la verdadera pureza. No la de la mortificación subyugante del cura, sino la redención ofrecida por su contacto con la unidad de la naturaleza que, añádase, no podría manifestarse más integrada y permanente que en el eterno fluir de las aguas del río. Aguas que no sólo lo conectan con el sentido más insondable de la realidad, sino que lo reintegran a su amor y respeto por los indios de la primera infancia, los de lucanas, “los que más amó y comprendió”; y a la vez, más plenamente, con el indio pobre y aplastado por la codicia, por la religión, por el dios castigador del cura cómplice. Con esta pequeña introducción, pasemos al cuerpo del texto.

Gustavo Gutiérrez hacia inicios de la década del ochenta escribe un interesante ensayo sobre Arguedas, ensayo que se reedita en el año noventa con algunos añadidos, se trata de Entre las calandrias[2]. En él, Gutiérrez desarrolla una sugerente interpretación de Arguedas a través de dos figuras alegóricas opuestas: la calandria consoladora y la calandria de fuego. La interpretación no es gratuita ya que remite al propio Arguedas:

“Quizá conmigo empieza a cerrarse un ciclo y a abrirse otro en el Perú y lo que él representa: se cierra el de la calandria consoladora, del azote; del arrieraje, del oído impotente, de los fúnebres ‘alzamientos’, del temor a Dios y del predominio de ese Dios y sus protegidos, sus fabricantes; se abre el de la luz y la fuerza liberadora invencible del hombre de Vietnam, el de la calandra de fuego, el del dios liberador”(ZZ, V, 198 )[3]. 

De este modo, Gutiérrez interpreta la obra de Arguedas a través de la tensión entre ambas calandrias. Siempre veremos en José María ese canto entrecruzado de las dos aves. El ave que susurra al oído palabras de consuelo aletargantes para que la enajenación perdure; y la calandria valiente e iracunda que con la pureza de la ira más santa se revela contra el orden establecido que somete, ella aboga con canto enfurecido por la liberación de los oprimidos. Sin embargo, no es cosa de poco interés que no es sólo la calandria la que tiene protagonismo en estos ciclos que nos narra Arguedas: también Dios permanece. Es justamente este juego con ambas figuras lo que nos permitirá tender el puente entre la obra de Arguedas y la teología de la liberación de Gutiérrez. No en vano, a la calandria de fuego la acompaña el “dios liberador”. Ese dios que dirige la mirada sobre “la fraternidad de los miserables” (TS, IV, 236). Lo que está detrás es la construcción de la identidad nacional de un país desgarrado como el nuestro, para ello, “la búsqueda será siempre la misma: la liberación de, y por, los oprimidos”[4]. Es por ello que la obra de Arguedas tiene también un cierto hilo conductor: la esperanza, la esperanza en un porvenir distinto para el Perú. Un futuro esperanzando del cual su vida y su obra fueron siempre testimonio. En eso, que duda cabe, su reflexión lo estrecha fuertemente a la de Gutiérrez. En ese sentido, comenta Gutiérrez unas pequeñas líneas de Arguedas dirigidas en carta a Hugo Blanco en diciembre de 1969, comentario que sin quererlo enlaza de un modo sublime la obra del teólogo y la del novelista:

“No teme por eso decir en un texto militante: “quien no sabe llorar, y más en nuestros tiempos, no sabe del amor, no lo conoce”. El compromiso por la liberación de los oprimidos requiere claridad de análisis, firmeza de voluntad, valentía de compromiso, pero también saber sentir con los otros, hacer nuestros sus sufrimientos y sus penas”[5]. 

El compromiso esperanzado de ambos, menos lejano de lo que uno podría pensar, es prueba fehaciente de esa capacidad de sentir con el otro.

 



[1]

Arguedas, J. M. Los ríos profundos. Madrid: Cátedra, 1995. Edición de Ricardo González Vigil.

[2]

Gutiérrez, G. Entre las calandrias. Un ensayo sobre José María Arguedas. Lima: CEP, 1990.

[3]

Arguedas, J. M. Obras completas. Lima: Horizonte, 1983. 5 vol. Cito desde ahora haciendo referencia a las siglas de la obra, el volumen y el número de página.

[4]

Gutiérrez, G. Op. Cit. p. 17.

[5]

Ibid. pp. 28-29.

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