Sobre el pensador religioso

Cuelgo el siguiente post como un pequeño adelanto de una titánica tarea pendiente: mi tesis de maestría. Las líneas que siguen constituyen el proyecto de investigación que presenté ante el jurado que aprobó mi entrada a la misma. Me pareció que, al ser lo último que he escrito, sería interesante compartirlo aquí en el blog, ya que ofrece una mirada de hacia dónde apunta mi investigación en este momento. En buena cuenta, se trata de la síntesis de mi trabajo de investigación en los últimos años y, en ese sentido, se trata también de la síntesis de la propuesta de este blog. Ahí va!

 

“El pensador religioso honrado es como uno que baila en la cuerda floja. Al parecer, camina en el mero aire. Su suelo es el más estrecho que pueda pensarse. Y sin embargo se puede caminar realmente en él” (Ludwig Wittgenstein, Cultura y Valor, Af. 415).

 

El pensador religioso, el que reflexiona sobre la religión, diremos, camina sobre un estrecho sendero. Baila, dice Wittgenstein, al compás de una cuerda muy angosta que reta el equilibrio y la audacia del danzante. Que, precisamente, lo hace bailar por la inestabilidad del espacio que le impide la caminata serena. Es como si caminase en el aire y por ello anda, muchas veces, turbado por el temor a la caída. Y, si no lo hace él, son otros los que le miran perplejos esgrimiendo distintas tentativas, hipótesis. “Debe saber lo que hace”, “Si cae será por propia culpa. Quién le manda correr semejante riesgo”, “Qué coraje admirable”, “Qué esmero en dedicar el tiempo a labores inútiles”, o el simple y sincero “no lo entiendo”. La danza del equilibrista suscita muchas suspicacias, escrúpulos, censuras. No obstante, el danzante del suelo inestable sabe lo que ve bajo sus pies. Él identifica, en la estrechez, el camino: hay realmente por dónde andar. ¿Pero qué camino es ese?, ¿por qué es asociado por Wittgenstein al trazo de los pies del equilibrista?

La estrecha cuerda es, claro, la de la religión. Y es esa, justamente, la senda que pretendemos seguir en esta investigación, el camino que a pesar de su estrechez y eventual oscuridad, sostenemos, es uno por el cual podemos, con dificultad, transitar. Si esto es así corresponderá en el curso de las páginas que han de componer este trabajo probar, diremos ya y mejor, sugerir, que efectivamente hay un camino que recorrer. Hay que mostrar, nótese cuándo y por qué uso las cursivas, al lector que la religión es como la describe Wittgenstein. Y aquí me valgo de la rica ambigüedad de su pensamiento: un pensamiento que, justamente, muestra y sugiere. Luego, no hay nada de exacto, anticipémoslo ya, ni en la religión ni en el pensamiento de Wittgenstein sobre la misma. De eso nos valdremos, precisamente. Nuestro terreno es una cuerda floja que debemos aprender a recorrer en una danza modesta. Porque la religión ha tomado muchos matices en el tiempo y ha sido vista desde ángulos muy diversos. Mucha de la bibliografía antigua, medieval y moderna se ha dedicado a establecer pruebas sobre la existencia de Dios, refutaciones contra el ateísmo o entramados filosóficos personales que se han servido de las ideas de Dios y religión para erigirse más sólidamente; este no es el propósito de nuestra investigación y es por ello que dichos acercamientos a la cuestión no podrían haber sido nuestra fuente. Es así como suscribimos la afirmación wittgesteiniana e introducimos en ella un nuevo matiz. La caminata por la cuerda floja no solo se convierte en una metáfora sobre el terreno complejo para el análisis que supone la religión. La cuerda es un indicador de su fragilidad. La religión como un ámbito que hace patente la fragilidad humana, la del conocimiento, la del moderno presupuesto de la razón desvinculada, la del solo concepto, la de la purga de la inclinación, de las sensaciones. El juego de la metáfora de Wittgenstein, entonces, nos invita a pensar la religión desde su modestia y debilidad, distante del poder al que fáctica y conceptualmente suele estar asociada. Esa menuda cuerda del danzante será siempre, nuestro hilo conductor, literalmente hablando.

Este trabajo estará centrado en el análisis de la religión a través de dos autores que considero constituyen, cada uno a su modo, un aporte fundamental para pensar a la religión como materia de análisis y, a la vez, como reflejo de nuestra humana situación, nuestro carácter condicionado: William James y Ludwig Wittgenstein. El primero, iniciador con Peirce de la corriente pragmatista representa un hito fundacional en la reflexión sobre la religión que aquí sugiero.  El proyecto de James es uno solo: esclarecer nuestras ideas, purgarlas de la especulación excesiva que las desvincula de la realidad. No se trata de hacer una teoría más que describa de modo fidedigno la realidad, no hay en esta corriente de pensamiento un afán demarcatorio definitivo ni la esperanza de respuestas certeras a problemas fundamentales. Se trata, más bien, de una revitalización del proyecto mismo de la filosofía como aproximación crítica a la realidad, mas no concluyente. Su inicial formación como químico, biólogo y estudiante de medicina marcó también el curso de su pensamiento: la influencia del empirismo siempre fue definitiva en el modo en que se encargó de reducir los idealismos, las especulaciones desconectadas del ámbito de la experiencia. Y, sin embargo, James jamás fue un determinista. Su experiencia en torno al problema de la creencia -de la voluntad de creer, diría él- enriqueció de un modo admirable aquella importante impronta empirista que hacía de suyo ya suficientemente valioso su pensamiento. La profunda crisis depresiva que sufriera hacia finales de la década de 1860 derivó en un acercamiento fundamental al problema de la libertad, al de la libertad de creer, de optar. Fue necesario que él optase libremente por creer en que no existía tal cosa como el determinismo lo que lo llenó de vitalidad para seguir adelante e imprimir un vigor renovado a su filosofía. Su primer acto de libre albedrío era, justamente, creer en el libre albedrío. Estos dos importantes elementos, a saber, su empirismo y su defensa de la voluntad de creer, hicieron de James un pensador muy flexible e innovador cuyo aporte a la filosofía es innegable, en particular para el tema de la creencia religiosa que ahora nos ocupa. Quede así sugerida como una pincelada solamente nuestra primera entrada al problema de la religión que ocupará esta tesis: abordaremos el fenómeno de la creencia religiosa desde la perspectiva pragmatista desarrollada por James. Para ello, sin embargo, debemos retroceder algunos pasos de tal suerte que podamos dibujar con mediana claridad la teoría del conocimiento que postula James, en particular su noción de verdad. Será solamente de este modo que se hará mucho más inteligible el acercamiento que tiene James a la cuestión de la creencia religiosa. Hemos hecho aquí ya un añadido de relevancia. Esa estrecha cuerda del equilibrista wittgensteiniano es la de la creencia religiosa, la de la experiencia del creyente. Creemos aquí que es ella el elemento que funda la religión entendida como cuerpo teórico o como disciplina. Entendida de este último modo, la religión sólo nos importa como un momento segundo. En un movimiento conceptual, claramente pragmatista, nos conduciremos a la experiencia del creyente para encontrar en ella ciertos asideros de relevancia para la reflexión.

Nuestra reflexión, sin embargo, no se reduce solamente a James. Wittgenstein será el otro pilar de la misma.  Hay varios motivos por los cuales el autor vienés nos parece una elección pertinente para el análisis del problema. En primer término se trata de un filósofo cuyas preocupaciones comparten, a pesar de no ser estrictamente las mismas, un cierto suelo común con las de James, al menos en lo referido a la metodología -nos tocará preguntarnos, sin embargo, por la cuestión del método en Wittgenstein. La apelación a los juegos del lenguaje, a la noción de uso, de experiencia, de práctica, reproduce a través de conceptos distintos ideas que de algún modo podemos ver en el pensamiento de James. No hay, quede claro, una mera reproducción o desarrollo por parte de Wittgenstein. El autor del Tractatus ofrece una mirada más compleja, nos parece, a más de un problema analizado también por James y tiene, además, una agenda algo distinta. No propongo, por tanto, más que el establecimiento de ciertos aires de familia entre ambos pensadores. Similitudes conceptuales que serán provechosamente complementarias para un análisis de la experiencia religiosa.

Por otro lado, existe un parentesco más interesante entre ambos, ya no conceptual, sino personal -aunque como diría Wittgenstein a Russell, ¿es que acaso no se trata de lo mismo? Ambos eran dos sujetos turbados por la religión. La vivían intensamente día a día, con peso, con fuerza. La vida de ambos, a la cual dedicaremos porciones importantes de este trabajo, atestigua claramente el influjo de la religión, de la experiencia religiosa en la especulación teórica. No se trata en el caso de estos dos pensadores de biografías que puedan pasar a un segundo plano: las vivencias personales, sobre todo las religiosas, son parte fundante de su quehacer filosófico. Se trata, entonces, de un segundo elemento que hermana el pensamiento de ambos y que hace muy importante la reflexión conjunta. Hasta aquí, sin embargo, no he ofrecido una razón suficientemente autónoma para no haber restringido este trabajo solamente a James. Pero creo que hay una de relevancia. James no era un filósofo del lenguaje; Wittgenstein sí. Mi interés particular en Wittgenstein radica en el deseo de pensar el lenguaje como espacio de manifestación de la experiencia religiosa. Pero no el lenguaje del logocentrismo tan criticado por Derrida, sino aquel que apela al carácter expresivo de la comunicación. No a la mera labor de herramienta de las palabras como vía de transmisión de significados. La respuesta wittgensteiniana a la concepción representacional del lenguaje y su “método” fragmentario y aforístico se convierten aquí en herramientas-como lo sugería Deleuze- para pensar, particularmente, la religión como experiencia religiosa. Luego, siguiendo la pista de James, pero yendo más allá, nos detendremos a pensar el lenguaje para ver cómo este es parte fundamental en la experiencia religiosa, sobre todo en una que implica diálogo intersubjetivo: aquel con Dios y con el otro. Un diálogo al que Wittgenstein dedicó, a su manera, buena parte de sus investigaciones. Hay eso sí, y es bueno notarlo, una diferencia fundamental entre el tratamiento de James y Wittgenstein sobre la religión. El primero la aborda como objeto directo de estudio en más de una obra; el segundo, en cambio, solo se refiere a ella en algunos escritos muy breves y, mayormente, en aforismos y pequeños parágrafos de textos con agenda distinta. Esto es muy interesante en Wittgenstein, quien declarase, contra lo que podría desprenderse del breve tratamiento textual, que nunca pudo dejar de ver los problemas con una perspectiva religiosa. Esta aparente contradicción merecerá una exploración detenida, pero anticiparemos ya que el carácter fragmentario de su pensamiento ofrecerá la mejor pauta para pensar lo religioso, al menos como aquí hemos decidido entenderlo. Se trata, en el fondo, de pensar la religión como pensaba James la racionalidad: a través de los sentimientos que yacen en ella. El hilo conductor de esta tesis será ese, el sentimiento tras la racionalidad, la experiencia ocultada por el concepto, la creencia frágil y humana detrás del rigor y omnisciencia del dogma.

En ese sentido, terminaremos el trabajo con una última sección dedicada a analizar la indagación religiosa de James y Wittgenstein desde la mirada de un importante filósofo contemporáneo: John D. Caputo. Un autor cuya materia directa de análisis es la religión y que ha dedicado numerosas obras a dicho estudio. Nos valdremos de varias de sus herramientas conceptuales para, finalmente, organizar nuestros progresos en el examen de los dos autores que nuestra tesis investiga.

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