Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (I)

Después de algunas semanas sin nuevos textos, presento aquí un trabajo que creo ofrece algún aporte de interés sobre las relaciones que existen entre la filosofía del lenguaje y el lenguaje religioso. Siguiendo la pauta de algunas otras de mis publicaciones, quiero jugar ahora con un par de autores nuevos en este blog: Austin y Derrida. Quiero articular dos textos suyos para pensarlos desde San Agustín. El propósito será echar algunas luces sobre el lenguaje bíblico que quizá no han sido exploradas todavía. Los dejo con la primera entrega del texto.

El presente ensayo tiene como finalidad abordar el problema del lenguaje desde una perspectiva particular, la que compete a sus repercusiones en el discurso religioso. La mirada se detendrá en dos perspectivas del problema que considero de relevancia. En primer lugar, atenderemos al carácter independiente que cobra el texto bíblico después de haber sido escrito. La independencia, podemos esbozar ya, radica en los fines a los que apunta. El texto tiene una dinámica particular, la de constituirse en la acción. En ese sentido, apelaremos a San Agustín para examinar dicha problemática. En un segundo momento, analizaremos los elementos vistos a la luz de algunos temas del estudio del lenguaje llevado a cabo por Austin. Finalmente, observaremos las objeciones de Derrida tratando de establecer puentes entre ambos autores.

 Quizá la pregunta que tendríamos que plantear es la que sigue: ¿cómo podríamos interpretar las pretensiones comunicativas del discurso evangélico a través de una reflexión filosófica sobre el lenguaje? Trataremos de responder a esta interrogante en lo que sigue, deteniéndonos primero en la hermenéutica del obispo de Hipona. Uno de los principios básicos de la hermenéutica bíblica elaborada por San Agustín podría resumirse de la siguiente manera y en sus propias palabras:

 “¿Quién de nosotros halló esa intención, de modo que pueda decir con certeza que esta fue la intención de Moisés y que esto fue lo que quiso que se entendiera en aquella narración?” (Confesiones XII, 24).

 Como se puede ver a la luz del pasaje citado, lo que se cuestiona aquí es la posibilidad de develar las intenciones del autor. El texto, sea este cual fuera, ostenta una libertad que supera el trazo de quien lo escribió. Ya en el siglo tercero de la era cristiana, Agustín había hecho manifiesto un problema fundamental, a saber, que la perfecta adecuación entre la intención del autor y la interpretación del lector no es más que una quimera. ¿Pero cómo afecta al creyente el problema de la in-adecuación al que hacemos referencia? Esto sólo puede entenderse a la luz de los demás pasos que Agustín da para completar su esquema de interpretación. Si se recusa la posibilidad de establecer una perfecta simetría entre enunciado y realidad, tiene que ofrecerse un tipo de alternativa que reemplace este modelo. La alternativa del obispo, creo que yo, nos pone de cara ante su sugerente manera de abordar la religión y la filosofía del lenguaje inmersa en el texto bíblico; además se trata, me parece, de un autor tremendamente innovador y un precursor olvidado de muchas versiones dinamistas de aproximación a lo lingüístico. A lo que apela Agustín es al hecho de que el texto bíblico tiene un carácter mostrativo y dinámico. Cuando comenta acerca de las intenciones del autor nos quiere dar a entender que hay un elemento trascendente al acto mismo de lectura. El corpus bíblico con toda su narrativa intertextual quiere mostrar al creyente algo, quiere que el creyente encuentre en él, y a través de la lectura, la verdad. En ese contexto aparece un nuevo problema, ¿qué significa eso de que el texto bíblico pretende mostrar, expresar podríamos decir, la verdad? Dice Agustín:

“Por eso, Señor, tu verdad no es mía ni de aquél, sino de todos nosotros, a cuya comunicación pública nos llamas, advirtiéndonos que no queramos poseerla privada, para no vernos privados de ella” (Confesiones XII, 25).

 Como dije, Agustín se adelanta profundamente a concepciones de la verdad mucho más contemporáneas que atienden a la constitución de lo verdadero de modo intersubjetivo y cuya esencia radica en su carácter comunicativo. No hay lenguaje privado, afirmaba Wittgenstein contra los positivistas lógicos, y por tanto no hay verdad que se restrinja al solipsismo cartesiano y que pueda pensarse sin lenguaje; ergo, la verdad tiene, per se, una condición fundamental: su comunicabilidad. En ese sentido, hay un fino juego que se da en la interacción entre el texto que muestra y el creyente que de deja penetrar por ese mostrarse. Pero, a la vez, ese mismo creyente lleva al texto su propia vitalidad y lo renueva, lo re-lee, lo re-llena de sentido. El creyente y el texto juegan, intercambian, crean. El texto dice la verdad, pero el creyente la interpreta. Y si hay interpretaciones, preguntarían los entusiasmados por la positividad de los hechos, ¿dónde está la verdad? Pues la verdad tiene un solo lugar, el único que podría tener: la historia, la vida, el cambio. ¿La verdad no es una?, replicará el vehemente buscador de monolitos de segura certeza. El seguidor de Agustín no negará aquello, pero dirá que tal verdad acaece y se ejecuta en la experiencia humana. Luego, el texto bíblico no responde a un modelo representacional de la verdad; está mucho más cerca de una aproximación expresivista que atiende a la vitalidad de lo humano y que en ella se inserta. A lo transitorio y fluctuante se dirige para constituirlo, vivificarlo, transformarlo. De aquí se hace obvia una primera conclusión: el discurso religioso -el bíblico en particular- no tiene pretensiones teóricas, sino prácticas. La atención de la religión no está en erigir modelos probatorios; lo que pretende es hacer feliz al creyente. Es por ello que Agustín desarrolla lo que se suele conocer como el principio hermenéutico de la caridad, que podemos resumir con sus propias palabras:

 “Mas la Escritura no manda, sino la caridad […] Narra las cosas pasadas, anuncia las venideras y muestra las presentes, pero todo esto se encamina a nutrir y fortalecer la misma caridad […]”[1].

 Verdad implica en el contexto bíblico, fidelidad al principio de la caridad, que no es otra cosa que el conocido “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo” (Lc 25, 26-27). De esta manera, una interpretación representacional de la verdad será inadmisible ya que deberá estar sujeta no a la adecuación, sino a su manifestación. El principio hermenéutico de la caridad de Agustín es determinante en la medida en que respeta la libertad que la misma Escritura ofrece al creyente, la libertad de que sea él quien en un encuentro personal experimente la verdad acaeciendo en su vida a través de la superación de la inmanencia del escrito sagrado. Podemos ver ya desde esta breve cita cuáles eran las motivaciones hermenéuticas de nuestro autor. La remisión última a la caridad como una suerte de canon de medición de la autenticidad del texto sagrado no es otra cosa que la fiel expresión, esta vez en clave hermenéutica, de la conocida sentencia del evangelio de Lucas que está a la base de todo el cristianismo. El principio hermenéutico de la caridad que propone Agustín no es más que la coherente puesta en escena del mandamiento nuevo del nazareno con lo cual se hace manifiesta mi lectura acerca de la verdad: a saber, es de tal radicalidad el imperativo del amor que no hay en la Biblia texto alguno que pueda ser considerado sagrado si no se somete a dicho imperativo. Esto, claro, por una razón capital: si el texto es palabra revelada que condiciona la acción concreta del creyente, sólo al entender la verdad como expresión de la caridad, esto es, no de modo teóricamente mensurable, sino prácticamente constatable; solo así es posible que la Escritura sea espacio de apertura y libertad y no de imperialismo conceptual. La Biblia deja de verse, así, como un texto dador de razones; puede comenzar a entenderse como un libro que comunica experiencias. No prescribe, invita. No somete, sugiere. Cada palabra puesta en cursivas se coloca en contraste con las que las preceden. Lo que se quiere insinuar es una lectura de la religión que renuncie al modelo representacional de la realidad[2]. Un texto sagrado que no sea entendido como garante del dogma y la represión. La idea es ver un libro que propiamente no es libro, sino vida en plena manifestación. Que es, más bien, acto comunicativo, acto de habla. Para desarrollar las ideas que se siguen de esta afirmación me concentraré en dos autores y una noción. Trabajaremos paralelamente con Austin y Derrida en torno la noción de palabra-verbo en el texto bíblico.


 

[1] San Agustín. De Doctrina Christiana. Madrid: BAC, 1947. Liber III, Caput X, 15-16

[2] Dicho sea de paso, el modelo cientificista acerca de lo verdadero no fue el que primó sino hasta el siglo XII. Antes del reencuentro de la lógica de Aristóteles, el modelo que tuvo preponderancia fue el agustiniano. Luego, como sabemos, la pauta la dictó Tomas y su neo-aristotelismo.

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