Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (II)

Quiero entender desde aquí al texto bíblico en clave dialógica, esto es, englobarlo en la noción, también bíblica, de palabra. El evangelio de san Juan se inaugura con unas líneas sugerentes:

“En el principio estaba la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. […] Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres […] La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”[1].

 Lo primero que hay que entender para una adecuada interpretación, es lo siguiente: hay una identificación, sumamente interesante por sus consecuencias, entre Dios y la [P]palabra[2]. Aquí palabra, significa Dios  y significa a la vez palabra escrita en el corpus bíblico. Esto ya es un indicador de hacia donde estamos apuntando. Esto se sintetiza de un modo más claro aún en la figura de Cristo: el nazareno es Verbo. No sólo eso, sino que la palabra crea. De donde se hace evidente el carácter dinámico de la [P]palabra. Dios, que es Palabra, se expresa en la historia y lo hace a través de la palabra escrita. Dios se comunica al creyente por medio de su [P]palabra, a saber, el Hijo del Hombre. Lo sugerente aquí radica en la ambigüedad y en la identificación. El lector del corpus bíblico casi siempre puede entender «palabra» en ambos sentidos sin que la integridad de la significación del texto se vea afectada. Mi tesis es que ello proviene de que, en cualquier caso, lo que prima en cualquiera de las dos lecturas es la condición performativa del enunciado. Siempre, «palabra», es acto de habla en el sentido austiniano del término. En lo que sigue paso a fundamentar el punto asociando la interpretación de Austin del lenguaje ordinario con la recusa agustiniana al modelo representacionalista de la verdad.

 Sostiene Austin en su primera conferencia de las William James Lectures de 1955 en la Universidad de Harvard:

 “[…] los filósofos han presupuesto que el papel de un “enunciado” sólo puede ser “describir” algún estado de cosas, o “enunciar” algún hecho con verdad o falsedad”[3].

 Sin embargo, objeta Austin que esta sea la única forma en la que aparece el lenguaje en nuestras relaciones comunicativas. Existen, por ejemplo, “las «proposiciones éticas» [que] quizá persiguen manifestar emociones, exclusiva o parcialmente, o bien prescribir conducta o influirla de maneras especiales”[4]. Para Austin, reducir el lenguaje a enunciados que describen la realidad en términos de verdad o falsedad no es otra cosa que caer en la llamada «falacia descriptiva». Es en ese contexto que Austin introduce la noción del «realizativo», que nosotros conservaremos a través de la castellanización de su forma inglesa como «performativo». Sobre él, Austin hace dos precisiones fundamentales para la problemática que nos ocupa en este ensayo. Así, las expresiones performativas tienen dos características cardinales:

 “A) no “describen” o “registran” nada y no son “verdaderas” o “falsas”; y

B) el acto de expresar la oración es realizar una acción, o parte de ella, acción que a su vez no sería normalmente descrita como consistente en decir algo”[5].

 Como puede notarse, los dos puntos de Austin avalan la tesis que hemos estado sosteniendo hasta aquí. En primer lugar (A), el lenguaje no puede reducirse exclusivamente a su función de representar al mundo de modo “verdadero”. Justamente por ello (B), existen usos del lenguaje en los cuales la función del mismo es expresiva: a partir del uso del lenguaje en esos caso lo que se quiere es realizar algo, diríamos, jugando un poco con el castellano y el inglés, hacer una performance. Esto es fundamental si extendemos la reflexión austiniana al problema del lenguaje bíblico. Es evidente que dicho lenguaje tiene una cosmovisión acerca del mundo; no obstante, no hay exigencia en él de agotar la realidad de modo absoluto como lo pretende el positivismo. Todo lo contrario, lo vimos en Agustín, lo que se plantea es un modelo intersubjetivo para la constitución de lo verdadero. Y es por la misma razón que nuestra reflexión previa en torno a la «palabra» se condice muy bien con el segundo punto esgrimido por Austin. Es cierto que no todos los enunciados bíblicos están en primera persona y que no implican en sentido estricto lo que nuestro autor entiende como performativo; empero, una lectura más profunda sí ofrece tal coincidencia. La primera objeción que podría hacerse es que el mismo hecho de tratarse de un texto quita el carácter performativo al acto de habla: se trataría de una experiencia de segunda mano y que, por tanto, ya no coincide con el modelo austiniano. Bueno pues, esto es legítimamente pensable; sin embargo, es una objeción que se desmonta cuando uno se mete de lleno en el juego del lenguaje que implica el entramado bíblico. Pensemos simplemente en lo siguiente, ¿cómo define Austin el performativo? Pues, en su versión más simple, de esta manera: “Indica que emitir la expresión es realizar la acción”[6]. Curiosamente, esto es lo que esta a la base de la noción de «palabra» en el corpus testamentario. La «palabra» se entiende en ese contexto de uso como conectada necesariamente a la acción. Por eso la palabra crea, por eso palabra es verbo, es la pasión del crucificado. Se trata siempre de un texto pensado todo como performativo. Solo hace sentido en la medida en que se-realiza, se-actúa. Es verdad, el texto es texto; pero dijimos varias líneas arriba que su naturaleza misma estaba pensada para trascenderse a sí mismo y encarnarse en la vida. Así, la narración bíblica es, o debe ser, generadora de la experiencia creadora que narra. El texto, como ya dijimos a la luz de San Agustín, sólo se-hace cuando se incorpora en la vida del creyente a través, justamente, de la realización de la caridad. Esto, a su vez, entra dentro del marco contextual que exige Austin para que se valide adecuadamente el performativo. Efectivamente, hay una serie de condiciones que deben de cumplirse para que tal acto sea válido. Nosotros en clave agustiniana, podemos decir sin problema, verdadero. ¿Pero no había dicho Austin que el performativo era justamente, no aseverativo? Sin duda. El asunto es que hemos dicho ya que en el caso bíblico la verdad se entiende en términos de expresión de la caridad, y en ese sentido la contradicción desaparece. Aquí verdad se parece mucho más a la expresiva validez que constituye el contexto del que nos habla Austin. Dice, por ejemplo, el filósofo:

 “Hablando en términos generales, siempre es necesario que las circunstancias en que las palabras se expresan sean apropiadas, de alguna manera o maneras. Además, de ordinario, es menester que el que habla, o bien otras personas, deban también llevar a cabo otras acciones determinadas “físicas” o “mentales”, o aun actos que consisten en expresar otras palabras”[7].

 Queda claro que es fundamental que se den las “circunstancias apropiadas” para que el performativo se realice. Sin ellas, el acto de habla se invalida; no se hace falso, simplemente se anula. ¿Qué pasa en el contexto del discurso religioso al que hacemos referencia? Lo mismo. No sólo es necesario que se diga que el texto tiene tal o cuales características que invitan a tales o cuales acciones. El texto se realiza si acaece el principio de la caridad en la acción. Y no sólo eso, sino que como indica Austin, implica también una instancia de validación intersubjetiva, comunitaria. Así, la experiencia religiosa no es fundamentalmente individual, como cree William James[8]; sino esencialmente comunitaria. El amor no se práctica en relación vertical con lo divino; sino que solo es auténtico cuando horizontalmente se extiende al hermano. Hasta aquí nuestra pequeña presentación de Austin, en lo sucesivo pondremos sobre la mesa algunas tesis de Derrida con la finalidad de ver cómo complementan o contradicen lo hasta aquí trabajado.


[1] Jn 1, 1,3-4; 1, 9

[2] Esta forma de escribir «palabra» quiere hacer notoria la ambigüedad que implica. La mayúscula nos remite a lo divino; la minúscula, al texto.

[3] Austin, J. L. Palabras y acciones. Buenos Aires: Paidós, [s/d]. p 41.

[4] Ibid. p. 43.

[5] Ibid. p. 46.

[6] Ibid. p. 47.

[7] Ibid. p. 49.

[8] Sobre esto habría que hacer alguna precisión. Como bien indica Charles Taylor en su comentario a Las variedades de la experiencia religiosa de James, la visión de la religión del fundador del pragmatismo es algo estrecha porque solo mira desde el ángulo del cristianismo protestante y del trato básicamente individual con lo divino. Efectivamente, James pone en un lugar muy secundario a las “iglesias” porque cree que son portadores del dogma y del oscurecimiento de la experiencia auténtica. No se equivoca demasiado, sin embargo. El punto es que su ataque va hacia las jerarquías eclesiales. La experiencia de las comunidades de base siempre ha sido mucho más compleja y, más bien, enriquecedora de la primera experiencia individual; que, usualmente, desaparece sin el respaldo de la tradición y el intercambio intersubjetivo.

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