Algunos apuntes sobre el expresivismo bíblico (III)

Cuando Derrida problematiza en Firma, acontecimiento, contexto la noción de «comunicación» lo hace mediante la crítica a la idea de «contexto», se trata expresamente de un texto que cuestiona los desarrollos de Austin en torno a lenguaje ordinario. Dos son las premisas de Derrida:

“  1) Señalar la insuficiencia teórica del concepto ordinario de contexto […].

2) Hacer necesarias una cierta generalización y un desplazamiento del concepto de escritura. Este desde este momento no podría ser comprendido bajo la categoría de comunicación, si al menos de la entiende en el sentido restringido de transmisión de sentido”[1].

 Se objetan así, dos niveles de las tesis austinianas que hemos avalado en las páginas anteriores, a saber: que sea necesario el contexto para la validación del performativo, esto es la [P]palabra en sentido bíblico; y que el texto tenga pretensiones de transmitir sentido. Ambas son tesis fuertes que habrá que someter a escrutinio, habrá que examinar al menos dos cosas: uno, si son tan fuertes como parecen; dos, si se sostienen como argumentos capaces de desbaratar las tesis de Austin. A este examen nos dedicaremos en lo que sigue.

 Derrida inicia el estudio del problema mediante la exploración de la escritura. Detecta en ella, ya desde Condillac, un elemento importante: que está pensada para las personas ausentes. No obstante, la escritura desde ese entonces se ha pensado, sostiene Derrida, dentro del modelo representacional de lo mental. Se trata de un modelo que obviamente avala Condillac, con las tensiones que ya conocemos, claro:

“El carácter representativo de la comunicación escrita —la escritura como cuadro, reproducción, imitación de su contenido— será el rasgo invariante de todos los progresos subsiguientes. El concepto de representación es indisociable aquí de los de comunicación y de expresión […]. La representación, ciertamente, se complicará, se darán descansos y grados suplementarios, se convertirá en representación de representación en las escrituras jeroglíficas, ideográficas, luego fonéticas-albaféticas, pero la estructura representativa que señala el primer grado de la comunicación expresiva, la relación idea/signo, nunca será relevada ni transformada. Describiendo la historia de los tipos de escritura, su derivación continua a partir de un común radical, que no es nunca desplazado […]”[2].

 Como puede verse en la cita, de lo que se trata es de objetar, precisamente, el modelo de escritura que se describe. Uno que tendría que pensarse como gradación sucesiva de un supuesto original al que representa, pero a cuya íntegra perfección no accede. Por eso la ausencia de la presencia —esto es, la escritura— se concibe como modificación de lo originario. Derrida critica esa concepción genetista del origen de la escritura ya que nos remite a una suerte de fondo primordial, que además tiende a ser cognitivo. En el fondo, lo que ataca Derrida es la noción de sentido:

“La comunicación desde este momento sirve de vehículo a una representación como contenido ideal (lo que se llamará el sentido); y la escritura es una especie de esta comunicación general”[3].

 Esto nos ayuda a ir esbozando alguna respuesta para las preguntas que planteamos. ¿Habla aquí Derrida del mismo «sentido» del que hemos hablado nosotros mediante los aportes de Agustín y Austin? Creo que se va haciendo obvio que no. Derrida ataca a otro enemigo, solo que lleva el mismo nombre. Aquí el sentido es contenido ideal, es representación cognitiva y perfecta de la realidad. Nada más lejos del performativo bíblico que hemos querido presentar cuando abordamos la noción de [P]palabra. Pero esta crítica solo va cobrando adecuado sentido cuando Derrida empieza a detallar el vínculo determinante que existe entre la ausencia y la escritura. Para Derrida, lo esencial de la escritura es que no necesita en absoluto de la presencia de quien la llevo a cabo: “[u]na escritura que no fuese estructuralmente legible —reiterable— más allá de la muerte del destinatario no sería una escritura”[4]. Esto queda mucho más despejado si revisamos lo que concluye Derrida, en largo fragmento, líneas más abajo:

 “Esto implica que no hay código-organon de iterabilidad que sea estructuralmente secreto. La posibilidad de repetir, y en consecuencia, de identificar las marcas está implícita en todo código, hace de éste una clave comunicable, transmisible, descifrable, repetible por un tercero, por tanto por todo usuario posible en general. Toda escritura debe, pues, para ser lo que es, poder funcionar en la ausencia radical de todo destinatario empíricamente determinado en general. Y esta ausencia no es una modificación continua de la presencia, es una ruptura de presencia, la «muerte» o la posibilidad de la «muerte» del destinatario inscrita en la estructura de la marca (en este punto hago notar de paso que el valor o el efecto de transcendentalidad se liga necesariamente a la posibilidad de la escritura y de la «muerte» así analizadas). Consecuencia quizá paradójica del recurrir en este momento a la repetición y al código: la disrupción, en último análisis, de la autoridad del código como sistema finito de reglas; la destrucción radical, al mismo tiempo, de todo contexto como protocolo de código”[5].

 Examinemos con cuidado este importante pasaje. Lo primero que se dice es que no hay una suerte de código-organon secreto de iterabilidad de lo escrito. Aquí Derrida es muy claro en su toma de partida. La escritura no implica una esencia, una intención originaria que ha de ser captada por una suerte de marco predeterminado de asimilación. Más bien, el texto mismo tiene una suerte de dinámica inmanente que lo hace inteligible y, esto es lo importante, sin que tenga que mediar para ello presencia actual alguna. Esto implica que no hay destinatario ideal ni intenciones del autor que develar, al menos, diría yo, en el sentido de la adecuación mente-cosa de los modernos[6] (este al menos será relevante después cuando hagamos un balance de la perspectiva del autor francés). Por eso para nuestro autor, la escritura implica, básicamente, ruptura con la presencia. Solo es trascendente la escritura cuando nociones como presencia y destinatario desaparecen. Insisto una vez más, la crítica es al cognitivismo representacional, no hay que perder eso de vista.

 


[1] Derrida, J. Firma, acontecimiento, contexto. En: Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra, 1998. p. 3 (de la edición virtual). Las primeras cursivas son mías.

[2] Ibid. pp. 4-5.

[3] Ibid. p. 6.

[4] Ibid. p. 7.

[5] Ibid.

[6] Esto lo había visto también de modo muy lúcido H.G. Gadamer en Verdad y método cuando criticaba allí a la noción romántica de genio.

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