Walter Benjamin y la transformación de nuestra experiencia del mundo (V)

   adorno_horkheimer

 

Probablemente si existe algo más grave que una instrumentalización anuladora de aquella lejanía que el aura implica, ese algo está constituido por la creación de un aura para fines instrumentales. Es justamente la tesis de Adorno y Horkheimer[1] respecto de las industrias culturales: la industria se apropia de lo aurático y lo convierte en objeto de comercio, en mera mercancía y, sobre todo, en una técnica de manipulación de los hombres. Como cuando las instituciones o gobiernos totalitarios se apropian de las prácticas libertarias y las hacen parte de una estructura reglamentada haciendo de la rebeldía, incluso, un elemento que fortalece el monolito único de poder. Es por ello que, nuevamente, Benjamin diagnostica con inteligencia —pero omite un más amplio desarrollo—que el aporte del cine nada tiene que ver con las prácticas revolucionarias de la época, sino que su valor radica en la revolución que ha generado (en su caso, estaba empezando a generar) el mismo a nivel del pensamiento en general y del arte en particular. Para empezar, una creciente democratización de las relaciones de poder que el arte implicaba, i.e., la apertura, por medio del acceso globalizado, a la opinión libre sobre lo que se observa en la pantalla. No hace falta más una suerte de tutela para emitir juicios de valor: ahora todos acceden al espectáculo de la imagen y todos tienen algo que decir sobre este[2]. Más aún, Benjamin anticipa de un modo brillante el hoy ya conocido concepto, en el terreno de los media studies, de prosumer[3] con su ejemplo de la indiferenciación del autor (producer) y el público (consumer) en relación a la transformación de la literatura de su tiempo. Ya en aquella época, pero fundamentalmente hoy, la diferencia entre el consumidor y el productor de conocimiento es mucho menos marcada que la que existía antes. Las personas que tienen un buen manejo de internet y que pasan buena parte del día conectados a la red saben mejor que nadie que se está desarrollando un cambio de proporciones asombrosas respecto de nuestra relación con el conocimiento. Por eso dice bien Benjamin, aunque en relación a la literatura en concreto que “[l]a competencia literaria ya no se funda en una educación especializada, sino politécnica. Se hace así patrimonio común”[4]. Eso es lo que pasa ahora con la multiplicación de los medios de acceso a la información: todos participamos del proceso creativo, todos aportamos, todos producimos y consumimos. La tecnología como señaló Godfrey Reggio en una de sus entrevistas en su reciente visita a Lima, no es un instrumento sino algo que habitamos —en una frase que nos recuerda a Merleau-Ponty—. Evidentemente, Benjamin no tenía la distancia en el tiempo para hacer un juicio de esta naturaleza, pero queda claro que su postura a veces ambigua respecto de los avances técnicos evidencia una lucha conceptual con una época que hacía que viese con más atención el carácter potencial de instrumentalización que yacía y yace en la tecnología. Hoy las cosas no han cambiado, pero lo que cambió probablemente para siempre es que la tecnología no es más una mera herramienta sino que constituye la forma de vivir en el mundo del ser humano en el siglo XXI. Es en esos términos que corresponde pensar el problema, sino persistiremos en aproximaciones superficiales que ven sólo la amenaza y los posibles modos de luchar contra ella.

Volvamos, brevemente, sobre las ideas finales de Benjamin en torno al cine. Una cuestión relevante tiene que ver con el modo en que el cine reconfigura el mundo que tenemos alrededor. A diferencia de la pintura, el cine ofrece una mucha mayor capacidad para ser analizado, entre otras cosas, porque nos resulta más fácil en él aislar segmentos para la reflexión. Pero lo más sugerente es que el cine altera la cotidianidad de lo real: “[c]on el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga le movimiento. En una ampliación no sólo se trata de aclarar lo que de otra manera no se vería claro, sino que más bien aparecen en ella formaciones estructurales del todo nuevas. […]. Así es como resulta perceptible que la naturaleza que habla a la cámara no es la misma que la que habla al ojo. […]. Por su virtud [la de la cámara] experimentamos el inconsciente óptico, igual que por medio del psicoanálisis nos enteramos del inconsciente pulsional”[5]. Estas líneas de Benjamin son particularmente interesantes ya que nos ofrecen una mirada aguda sobre el modo en que los medios transforman nuestro mundo y nuestra concepción de la realidad. En el artículo de Bucksbarg citado antes, la cuestión se hace mucho más clara y actual. No sólo se trata de un cambio fundamental aportado por el cine a través de la cámara, sino que la tecnología toda ha cambiado por completo nuestras categorías de espacio y de tiempo, la comunicación es inmediata, la identidad es polifacética, nociones como privacidad, publicidad, pertenencia, etc., empiezan a colapsar entendidas en sus cánones tradicionales para dar cabida a una auténtica revolución mediática de la que Benjamin empezaba a hacerse consciente.

Finalmente, para terminar con este bloque expositivo, conviene examinar algunas de las ideas principales del Epílogo. Aquí se vuelve con más énfasis y de modo más directo a las relaciones que existen entre el arte y su forma extrema de anulación aurática: la manipulación política, concretamente la del fascismo, aquel que además sería el que terminaría por arrebatarnos la vida de Benjamin en aquella oscura y trágica huída suya hacia los EEUU. Como menciona con agudeza nuestro autor el proceso de alienación es perpetuado a través de la estetización de la vida política: “[a] la violación de las masas, que el fascismo impone por la fuerza en el culto a un caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores cultuales”[6]. El cine y la fotografía en su uso instrumental y manipulador contribuyen a esta meta haciendo del caudillo y de la masa concebida como una unidad perfecta y apoteósica elementos rituales, casi mágicos que se convierten en motivo de veneración ciega. En ese sentido la sobrestimulación a la que la masa era expuesta por parte del programa de propaganda nazi es un clarísimo ejemplo de aquello en lo que Benjamin piensa aquí[7]. Y claro, todo este esfuerzo por estetizar lo político termina en un solo punto: la guerra. Y la guerra es bella, o se la convierte en tal, como confirman los versos de Marinetti citados por Benjamin con un tino notable. Termina nuestro autor con unas líneas contundentes: la humanidad ha logrado un grado de autoalienación tal “que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”[8]. Hay, pues, un cierto pesimismo generalizado en la reflexión de Benjamin; pesimismo por el cual no podemos juzgarle, ya que la tortuosa experiencia del apogeo del fascismo en la Europa continental debió ser devastadora para cualquiera. En su caso particular, la persecución cayó sobre sus hombros hasta tener que quitarse la vida huyendo del nazismo. Queda claro que la mirada de Benjamin tenía un fuerte ánimo de reproche ante este uso servil de la técnica, un uso que había estetizado la muerte favoreciendo que perezca el mundo. Ese era para él el modo más acabado del arte pour l’art. Pero junto a ese cierto pesimismo Benjamin levantaba también una mirada esperanzada, la de la crítica posible con los nuevos medios. Creo que esa esperanza nunca se concretó del todo, al menos no de un modo masivo, que hubiese sido la forma de obtener resultados favorables de la criticada y ya inevitable reproductibilidad técnica. Sin embargo, con lo que Benjamin nos dejó fue con una serie de intuiciones geniales sobre las potencialidades de los medios masivos. Es sobre esas intuiciones que me interesa volver ahora.

 


[1] Horkeheimer, M. Dialéctica de la ilustración: fragmentos filosóficos. Madrid: Trotta, 1998. Cf. “La industria cultural. Ilustración como engaño de masas”.

[2] Es, en el fondo, una consecuencia del proceso generalizado de secularización que vive Occidente desde la época de la Reforma y la imprenta, por poner un hito de común acuerdo. Como movimiento global, ha sido estudiado ampliamente en muy diversos sentidos. Quizá la última y más importante referencia la encontremos en Taylor, Ch. A secular age. London and Cambridge: Belknap Press, 2007.

[3] Cf. Prometeus. The media revolution (http://www.youtube.com/watch?v=xj8ZadKgdC0); Bucksbarg, A. Maintaining the Digital Embodiment (PDF document. También existe una versión en la web: http://people.brunel.ac.uk/bst/vol0602/andrewbucksbarg/home.html). Existe muchísima más información sobre el tema, pongo aquí dos breves ejemplos que conozco y que son bastante ilustrativos.

[4] Benjamin, W. Op. Cit. pp. 40-41.

[5] Ibid. pp. 47-48.

[6] Ibid. p. 56.

[7] Cf. Gellately, R. No sólo Hitler: la Alemania nazi entre la coacción y el consenso. Barcelona: Crítica, 2001. Un excelente libro que nos aproxima al rol de la propaganda y a los efectos que tuvo en la época del nacional- socialismo.

[8] Benjamin, W. Op. Cit. p. 57.

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