Walter Benjamin y la transformación de nuestra experiencia del mundo (VI)

Antes de pasar a exponer algunas de las ideas que considero centrales para poner en relación a Benjamin con McLuhan, quiero introducir una nueva clave de lectura para la obra de Benjamin. Se trata de una aproximación que complejiza las cosas ya dichas hasta aquí y nos ofrece algunas herramientas más para un análisis algo mejor de los medios. Quiero presentar, brevemente, la idea benjaminiana de fantasmagoría[1]. Para Benjamin el siglo XIX y la primera parte del siglo XX se constituían en un fiel testimonio del tránsito epocal que  vivía la humanidad. Este tránsito era valorado por él como uno que estaba privilegiando una mirada cosificadora de la realidad y de los intercambios humanos. Marcados por el peso del fetichismo de la mercancía, los seres humanos habían sido envueltos en la vorágine de la técnica y el progreso. Todo empezaba a poder repetirse de modo masivo: la fotografía desplazaba a la pintura, el cine al teatro, etc. El aurático sentido original de muchas obras de arte se extinguía al hacer de estas meras piezas de reproducción, meros objetos vaciados de sentido. El peso del capital consumía toda manifestación de genuinidad. Se trataba para Benjamin de una época fantasmagórica y fantasmagórico no es más que el imperio del fetiche de la mercancía[2]. En ese sentido, el Libro de los pasajes[3], obra que recoge una serie de anotaciones que Benjamin hizo durante varios años y que no logró publicar en vida, se constituye como un texto que muestra de modo claro lo que aquí decimos.

Esta obra no es más que el perfecto ejemplo de cómo nuestro autor quería aproximarse al problema: Benjamin no hace un texto sistemático ni se dedica a un minucioso estudio académico. Este texto es de corte fragmentario y lo es voluntariamente, cabe suponer. Tiene, más bien, el carácter de un montaje. ¿La finalidad? No decir, mostrar[4]. Así, se nos plantea en Benjamin una interesante concepción de la imagen que ya nada tiene que ver con la típica representación mental de los modernos, sino que nos acerca a la idea de un síntoma epocal: las imágenes de Benjamin nos muestran el mundo, la Europa fantasmagórica que vivía en el ensueño de las nuevas tecnologías. Son la manifestación visible de un complejo proceso de adormecimiento del que ha sido víctima el mundo en el que vivía, pero, como en el psicoanálisis, accedemos al problema vía el síntoma. Ese complejo entramado de algún modo se nos escapa y solo nos queda su manifestación como un ligero atisbo para empezar a curar la dolencia[5]. Se trata de las imágenes de pensamiento. En ellas, “resulta evidente que escritura y modos de pensar en Benjamin no pueden separarse, pero también que su manera de pensar en imágenes constituye no sólo la vía específica de su configuración teórica, sino también de su filosofía y de su escritura y, por último,  que sus textos no pueden dividirse en forma y contenido[6]. Con estas imágenes, al parecer inconexas y poco articuladas, Benjamin nos quiere mostrar un mundo, su mundo.

Ahora bien, si comprendemos, con Kang[7], que La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica no es para Benjamin un estudio sobre teoría del arte, sino uno sobre nuestra percepción, tenemos otro elemento que nos ayuda a completar el cuadro. Nótese, sin embargo, que no se trata sólo de un asunto de percepción, sino que de él se desprende un problema en torno a la comunicación, que se ve también desplegado en la noción de fantasmagoría: “[…] Benjamin’s use of the term seems to indicate a decline in the communicability of experience: a transformation from communication involving co-presence to communication with an absent other. In this vein, the notion of phantasmagoria also indicates a transition of communication forms, for instance, the demise of narrative communication through storytelling in the growing predominance of information industry”[8].La idea, entonces, es que esta forma fantasmagórica de estar en el mundo, que Benjamin relaciona directamente con la reproducitibilidad técnica y con la sociedad de masas está generado nuevas relaciones intersubjetivas y entre el sujeto y los objetos. Y esto tiene que ver, claro, con los nuevos modos de percepción que están siendo delineados por los nuevos medios de comunicación.


[1] Un buen tratamiento de la cuestión de la fantasmagoría se encuentra en Kang, J-H. “The phantasmagoria of the spectacle. A critique of media culture”, en: Petersson, D. and E. Steinskog (eds.). Op. cit.

[2] Kang, J-H. Op. Cit. p. 261.

[3] Benjamin, W. Libro de los pasajes. Madrid: Akal, 2005. Cf. N, 11, 4, por ejemplo, donde se enumeran los atributos centrales de una crítica materialista a la cultura y el tema de la historia descompuesta en imágenes sale a la luz.

[4] Ibid. N, 1a, 8.

[5] Puede verse, “Imágenes del pensamiento. Una relectura del ‘Ángel de la historia’”, un interesante artículo sobre la imagen en Benjamin. Cf. Weigel, S. Cuerpo, imagen y espacio en Walter Benjamin: una relectura. Buenos Aires: Paidós, 1999. En este texto la aproximación es bastante interesante aunque no basada directamente en el trabajo fragmentario del Libro de los pasajes. Allí se habla de la imagen en términos de una ‘constelación de similitud’ sugiriendo que la imagen implica algo similar, mas no idéntico. Pero se trata, igual, de una insinuación inmaterial, no-sensorial, como la idea del síntoma a la que hicimos referencia. La imagen manifiesta algo. La idea de Benjamin es la de imágenes de pensamiento (denkbilder): “sus imágenes de pensamiento son como imágenes dialécticas, pero escritas; más precisamente: constelaciones que literalmente han devenido escritura, en las que se desarrolla y se hace visible la dialéctica de la imagen y pensamiento” (pp. 100-101). Lo relevante es su estar-en-movimiento, de donde viene su carácter ambiguo de presencia y ausencia, cf. Kang, J-H. Op. Cit. p. 273.

[6] Ibid. p. 103. Énfasis añadido.

[7] Kang, J-H. Op. Cit. p. 254.

[8] Ibid. 259.

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