Marshall McLuhan: el medio es el mensaje (II)

Si estas afirmaciones son correctas, tenemos ya algunas herramientas para analizar de mejor modo ciertos problemas con los que Benjamin se enfrentaba. Me parece que esta precisión mcluhaniana sobre la necesidad de no escindir el medio del mensaje es algo que está ya supuesto en la idea de imagen que desarrolla Benjamin. Al presentarnos la decadencia del aura, Benjamin nos aproxima también a un nuevo método para notar ese proceso. En esto radica lo paradójico e interesante de su postura: él quiere ofrecernos un montaje que permita una mirada crítica de la fantasmagoría, pero lo hace, justamente desde la estructura de un modo de pensar ya marcado fantasmagóricamente. No digo aquí que Benjamin fuera un pensador que se acercaba a la realidad en clave cosificante o mercantilista, lo que sostengo es que ante la presencia masiva de ese modo de ser desprovisto de profundidad y sólo capaz de lo homogéneo, Benjamin se esmera en romper con la linealidad del discurso para ofrecer pequeños destellos que despierten la capacidad crítica de la masa. Así, contra la actitud irreflexiva y desatenta, su pensamiento se vuelve fragmentario, plantea su crítica desde  la sugerencia borrosa, a través de la nubosidad de la imagen de pensamiento. Cuando se han terminado las palabras, cuando el discurso ya no cala más en la masa que ha sido anestesiada por la mercancía y por la uniformización de todo valor, cuando son así las cosas, se vuelve necesario ofrecer otro acceso que cautive de un modo que lo previo ya no logra hacerlo. Benjamin no termina siendo otra cosa que el vivo testimonio de que el medio es el mensaje y de que los nuevos medios ya estaba reconfigurando su propia forma de pensar.

Pero, junto a esto, creo que podemos añadir otra distinción interesante de McLuhan. El pensador canadiense distingue entre dos tipos de medios: los fríos y los calientes. Así, explica:

“Un medio caliente es aquel que extiende en «alta definición» un único sentido. La alta definición es una manera de ser, rebosante de información. […]. Así, pues, los medios calientes son bajos en participación, y los fríos, altos en participación o compleción por parte del público”[1].

Me parece que esta idea es útil en tanto amplía un poco más las intuiciones que podemos suponer detrás del tipo de reflexión de Benjamin, en particular, y del Libro de los pasajes, en general. Lo que parece haber en Benjamin es la conciencia de que no puede procederse vía un medio caliente a la presentación crítica de la fantasmagoría. En ese sentido, lo que conviene es un discurso que, más bien, deje los suficientes espacios para que surja en él la vocación por la atención y la reflexión, la inventiva, la creación propia. Un discurso sumamente articulado y claramente definido  implicaría un exceso de información que, quizá como la propaganda nazi, terminaría por insensibilizar a las masas. En tanto la intención de Benjamin era radicalmente distinta, el medio de difusión de su pensamiento debía ser también distinto: fragmentario, mostrativo. Recordemos que es posible hablar de Benjamin más como un teórico de la percepción que de las bellas artes y si esa hipótesis es correcta su teoría del arte en la época de la reproductibilidad técnica tiene que ser vista desde su intento por ofrecernos un tipo de percepción que, en el nuevo contexto, sea capaz de recuperar algo de la experiencia aurática perdida. No olvidemos que el medio es el mensaje.

Quiero detenerme ahora sobre el modo en que McLuhan considera al artista y al arte en este entramado conceptual. Me interesa esto porque, finalmente, la reflexión de Benjamin es una mirada sobre el papel del arte ante los nuevos medios de reproducción; en ese sentido, hay que examinar, entonces, cómo es que puede quedar situado este. Lo interesante es que McLuhan no es para nada una suerte de utópico de los nuevos medios, él cree que ellos implican cambios complejos que traen beneficios y también dificultades. Lo que está claro es que, a la larga, los nuevos medios reconfiguran nuestra experiencia, aunque a veces lo hacen de modos dolorosos. Allí es donde entra el arte, porque McLuhan cree que el artista puede convertirse en un punto de apoyo fundamental para la transición, de modo que contribuya a evitar que esta sea destructiva. La idea es preguntarse cómo podríamos hacer una transición tal que nos permita incorporar los elementos de nuestra cultura sin que estos sean avasallados por las nuevas tecnologías, que, como sabemos, era también el deseo de Benjamin. Aquí hay un doble nivel de ideas que vale la pena remarcar. Por un lado está la cautela evidente de una reflexión que, de hecho, no tiene asidero real, ya que especulamos aquí sobre las nuevas tecnologías y los cambios que estas generarán, futuro. En tanto hablamos de un tiempo por venir, sólo podemos imaginarnos cómo proceder, no dar una respuesta definitiva. Por el otro, tenemos que estar prevenidos de que esta primera cuestión no nos conduzca a la postura inversa, la de amurallarnos en la forma de vida presente y resistirnos a los cambios que a esta pueden ofrecerse por temor a lo desconocido[2].


[1] Ibid. pp. 43-44.

[2] Una distinción importante, sobre todo en su primer nivel. Cf. Marisca, E. Lenguajes experimentales.

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