Feuerbach y la esencia del cristianismo (III)

Dirá a propósito de este texto, Engels:

“El maleficio quedaba roto; el ‘sistema’ saltaba hecho añicos y se le daba de lados. Y la contradicción, como sólo tenía una existencia imaginaria, quedaba resuelta. Sólo habiendo vivido la acción liberadora de este libro, podría uno formarse una idea de ello. El entusiasmo fue general: al punto todos nos hicimos feuerbachianos”[1]

O en palabras del mismo Feuerbach:

“[…] eso es lo que es mi libro, que siendo, por otra parte, el resultado verdadero, hace carne y sangre de la filosofía anterior, y sin embargo no se le puede incluir en la categoría de la especulación, de la que es más bien su opuesto directo, qué digo, la disolución de la especulación”[2].

De todos modos, conviene advertir que Feuerbach mantendrá siempre un carácter oscilante entre la especulación fuerte del maestro Hegel y el viraje a la sensibilidad, una oscilación que será permanente y cuya impronta idealista será motivo de la crítica severa de Marx.

Poco más adelante, Feuerbach hace una aclaración importante, que legitima, además, mi intención de no entrar en demasía de detalles respecto de su obra. Un acercamiento general a la primera parte de la misma nos muestra un horizonte de pensamiento suficiente, de acuerdo a nuestros intereses, para seguir adelante con este ensayo:

“[…] la primera parte [de La esencia del cristianismo] es la prueba directa, la segunda, la prueba indirecta de la naturaleza antropológica de la teología; la segunda, pues, remite necesariamente a la primera; no tiene significación autónoma, tiene por fin demostrar que es necesario que el sentido en el que se ha tomado la religión en la primera parte sea el sentido justo, porque el sentido contrario es un no-sentido”[3].

Hasta aquí los prólogos del mismo Feuerbach a La esencia del cristianismo. Pasemos ahora a examinar la obra más concretamente. La introducción de la misma está dividida en dos partes cuya relación es profundísima y que han servido de título a esta sección de mi trabajo: la esencia del hombre y la esencia de la religión. En la primera parte —La esencia del hombre—, ya en la primera línea, Feuerbach hace una precisión fundamental que indica de modo bastante claro el tenor de su investigación:

“La religión se funda en la diferencia esencial que existe entre el hombre y el animal; los animales no tiene religiónz. […] ¿En qué consiste esa diferencia esencial que existe entre el hombre y el animal? La respuesta más simple, más popular a esta cuestión es: en la conciencia, pero conciencia en sentido estricto […]. La conciencia en sentido estricto, sólo existe allí donde un ser tiene como objeto su propio género, su propia esencia”[4].

Aquí se reintroduce un tema que ya se prefiguraba en los prólogos, pero la referencia es más explícita y a la vez hace más compleja la cuestión: a saber, este texto —y toda la obra de Feuerbach— constituye un examen del fenómeno religioso en tanto representación de la conciencia. Esto nos conduce a problema importantes que probablemente justifican el temprano rechazo de Marx. Parecería, pues, que  La esencia del cristianismo es una obra especulativa y que se enmarca solamente en el ámbito de la conciencia, y además Feuerbach no hace demasiado esfuerzo en defenderse de este tipo de acusaciones, sino que responde de tal suerte que muchos de sus críticos intensificaron sus reparosz. Este es un punto en el cual no conviene profundizar demasiado, porque como ya indiqué líneas arriba, la oscilación feuerbachiana entre la especulación y el idealismo de Hegelz y su recusa posterior al mismo junto con su vuelta al terreno de la experiencia son elementos que se enfrentan y concilian a lo largo de su obra. La exposición al detalle de tales encuentros y desencuentros no es menester de este trabajo, baste decir que es justamente este vaivén el que logra captar el profundo interés del joven Marx y que luego, pasados los años, logra del mismo el más severo rechazo.

Pero hay aquí, y ya tempranamente, un elemento que es fundamental en la concepción feuerbachiana de la conciencia, i. e., que la conciencia, en una cabal comprensión de la misma, es efectivamente el elemento esencial del hombre; mas lo es, si es conciencia de género, del género humanoz. Esto es fundamental en el imaginario de nuestro autor. Aquella esencia que hemos transfigurado en el rostro de una divinidad y de cuyas grandezas nos fiamos; no es más que una extrapolación de la propia grandeza e infinitud del género humano. Valores inmensos que, es verdad, no tienen concreción en el individuo histórico concreto; pero que adquieren carácter material en la especie humana. Es el ser humano, en tanto esencia genérica, y sólo en tanto tal, el auténtico origen y materialización de aquellos atributos y dones que hemos colocado en la figura del ser divino, esto mediante la patología de la religión.


[1] Engels, F. “Ludwing Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”. En: Marx, K. y F. Engels. Obras escogidas. Moscú: Progreso, [s.d.]. p. 623.

[2] Feuerbach, L. Op. cit. p.40.

[3] Ibid. p. 42.

z Este planteamiento de la religión como elemento de diferenciación esencial entre hombres y animales, contrasta con la versión que Marx esgrime en La ideología alemana: “Pero el hombre mismo se diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus medios de vida […]”. Cfr. Marx, K. y F. Engels. La ideología alemana. Lima: Ediciones de cultura popular, [s.d.]. p. 19.

[4] Ibid. p. 53.

z Cfr. La nota 8 de este mismo trabajo.

z Quien fuera, además, su maestro en Berlín hacia 1823.

z Esta idea, la de la Gattungswesen, sí es retomada por Marx hasta sus escritos más tardíos y probablemente su desarrollo más importante se encuentre en los Manuscritos de París de 1844. Es importante notar, de todos modos, que su versión de la esencia genérica no es idéntica a la feuerbachiana; pero allende esto, hay consenso en que su visión de la Gattungswesen es heredada de Feuerbach.

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