Feuerbach y la esencia del cristianismo (IV)

feuerbach1

Precisa Feuerbach:

“Conciencia, en sentido propio, riguroso, y conciencia de lo infinito son sinónimos; conciencia limitada no es conciencia; la conciencia es esencialmente universal, naturaleza infinita. La conciencia de lo infinito sólo puede ser conciencia de la infinitud de la conciencia. Con otras palabras, en la conciencia de lo infinito, el hombre consciente tiene por objeto la infinitud de su propia esencia”[1].

El hombre es infinito, lo divino no es más que proyección de la esencia humana. El hombre debe hacerse consciente de su esencia infinita, su esencia genérica infinita. Y añade inmediatamente Feuerbach:

“¿Qué es, entonces, la esencia del hombre, de la que éste es consciente, o qué es lo que constituye en el hombre el género de la humanidad propiamente dicha? La razón, la voluntad, el corazón. El hombre perfecto debe poseer la facultad del pensamiento, la facultad de la voluntad, la facultad del corazón. La facultad del pensamiento es la luz del conocimiento, la facultad de la voluntad es la energía del carácter y la facultad del corazón es el amor. […] La trinidad divina del hombre, por encima del hombre individual, es la unidad de la razón, amor y voluntad. Razón (imaginación, fantasía, ideas, opinión), voluntad, amor o corazón no son facultades que el hombre tiene —pues él en nada sin ellas; el hombre es lo que es solamente por ellas— […]”[2].

Es, pues, en esas condiciones que el autor delimita la esencia del género humano, una esencia que trasciende la mera individualidad y en la cual la razón, la voluntad y el corazón fungen de elementos constitutivos.

En el fondo se trata de una invitación a la reflexión del hombre en torno a sí. El tan conocido conócete a ti mismo se convierte ahora en una invitación para hacer al hombre conciente de su eternidad e infinitud, atributos que le han sido arrebatados en la figura de lo divino mediante la religión. Hay aquí una clara impronta hegeliana respecto del tema de la objetivación: la necesidad del desdoblamiento de la pura idea para que ésta obtenga concreción a través de su alteridad al presentarse a sí misma como otro, el momento en sí ; y a la vez, la necesidad del reconocimiento de esta objetivación mediante el reconocimiento autoreflexivo de dicha alteridad, el momento para sí. Sostiene Feuerbach:

“A través del objeto viene el hombre a ser consciente de sí mismo: la conciencia del objeto es la conciencia de sí mismo del hombre. Por el objeto conoces tú los hombres; en él te aparece su esencia; el objeto es su esencia revelada, su yo verdadero, objetivo. […] Cualquiera que sea el objeto que se presente a nuestra conciencia, nos conduce siempre, al mismo tiempo, a la conciencia de nuestra propia esencia; no podemos actualizar otra cosa sin actualizarnos a nosotros mismos”[3].

Dice Feuerbach, ya hacia el final de esta primera parte de la introducción, algo que engloba de buen modo lo ya indicado líneas arriba:

“Toda limitación de la razón o, en general, de la esencia del hombre descansa sobre una ilusión o un error. El individuo humano puede y debe conocerse y sentirse como limitado: en esto consiste su diferencia con el animal; pero puede ser consciente de su limitación, de su finitud, porque tiene como objeto del sentimiento, de la conciencia moral o de la conciencia intelectual”[4].

Respecto del mismo contexto, afirma de modo sugerente, Henri De Lubac:

“La evolución de la historia será el momento en que el hombre tenga conciencia de que el único Dios del hombre es el hombre mismo. ¡Homo, Homini Deus!

Dedemos notar, sin embargo, que este «humanismo» de Feuerbach no dice, como dirá pronto Max Stirner: «Ego mihi deus». Cree, en efecto, que la esencia humana, on sus prerrogativas adorables, no reside en el individuo considerado aisladamente, sino solamente en la comunidad, en el ser colectivo (Gattugswesen), y que el efecto de la religión ilusoria es contrario, al sustituir a este ser colectivo por la ilusión de un Dios externo, reduciendo a la humanidad a una serie de moléculas individuales dejando así a cada uno de sus individuos abandonado a sí mismo y haciendo de cada uno de ellos un ser aislado y replegado sobre sí mismo, pues «el hombre concibe espontáneamente su esencia en él como individuo, en Dios como especie, en sí mismo como limitado, en Dios como infinito»”[5].

Examinemos ahora la segunda parte de la introducción: la esencia de la religión. Así, nos topamos muy pronto con una afirmación que va reforzando algunos elementos de juicio que ya hemos presentado en lo precedente:

“Tal como el hombre piensa y siente, así es su Dios; lo que vale el hombre, lo vale su Dios y no más. La conciencia de Dios es la autoconciencia del hombre; el conocimiento de Dios el autoconocimiento del hombre. […]

Pero si la religión, la conciencia de Dios, es definida como la autoconciencia del hombre, esto no lo debemos entender como si el hombre religioso fuera directamente consciente de que  su conciencia de Dios es la autoconciencia de su esencia, pues la carencia de esta conciencia es la esencia de la religión. […] El hombre busca su esencia fuera de sí, antes de encontrarla en sí mismo”[6].

Así pues, ha quedado encasillada la sustancia divina en el marco de la humana; la divinidad no es nada más de lo que el hombre pueda ser y los atributos de aquella no son sino la proyección de los de éste: ergo, alienación. La esencia de la religión consiste en la conciencia alienada que dicta al hombre los mandatos de un Dios que el mismo a concebido y creado y que ahora se le muestra como creador y dador de vida y de leyes para la acción. La esencia del hombre se le ha enajenado por obra de la acción de la religión, el hombre se percibe a sí mismo como ente creado y como sujeto al yugo del ente divino; no obstante, este último es una creación del hombre mismo y sus atributos no son más que la extensión de los atributos de la esencia del género humano.

Hasta aquí ha quedado bastante claro, creo yo, el panorama general del pensamiento de Feuerbach respecto de la religión. Como enuncie hacia el inicio, hay muchas cosas que podría verse, mas ellas constituyen añadidos y precisiones sobre el mismo tema, todas importantes, sin duda, pero que ya no tienen demasiada relevancia para los alcances de este trabajo. Paso, entonces, a la tercera parte de este ensayo con la finalidad de exponer en breve las principales influencias de Feuerbach en el joven Marx.


[1] Feuerbach, L. Op. cit. p. 54.

[2] Ibid. pp. 54-55.

[3] Ibid. pp.56-57.

[4] Ibid. p. 58.

[5] De Lubac, H. Op. cit. p. 31.

[6] Feuerbach, L. Op. cit. p. 65

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