Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (II)

Iglesia Catolica de Hoy

Ahora bien, aquí nuestro análisis de las encuestas es bastante útil. ¿En qué temas toma el católico distancia? A mi juicio, pocas veces, en temas fundamentales. Me explico: son pocos los puntos de divergencia nucleares (pienso, por ejemplo, en el tema de la creencia en la reencarnación que sospecho es más cuestión de ignorancia que de convicción). La mayoría de las veces los creyentes discrepan en sus prácticas en cuestiones más accesorias (uso de métodos de anticoncepción, enseñanzas morales excesivamente específicas o postulados teológicos algo absurdos como la infalibilidad papal). Todo esto nos lleva a (3). Y aquí hay un argumento fuerte en relación al peso de la tradición. Una de las objeciones principales de la reforma luterana tuvo que ver con la primacía que daba la Iglesia Católica de ese entonces a la autoridad por encima del propio texto bíblico. De ahí que Lutero formulase el famoso principio de la sola scriptura (que tiene sus propios problemas, pero que no planeo examinar ahora). Bien, yo en lo esencial estoy de acuerdo con Lutero; sin embargo, no pienso que haya que dejar de lado la tradición. Dicho esto, no obstante, hay que hacer deslindes dentro de la misma tradición: a saber, no existe tal cosa como una tradición pura y unitaria. ¿Qué quiere decir esto? Pues que no hay sólo una corriente de pensamiento en la Iglesia, no hay sólo una forma de hacer teología dentro de ella, no hay sólo una manera, por tanto, de comprender la experiencia de la fe. ¿Qué se sigue? Al menos dos cosas: a) que la Iglesia se equivoca y b) que eso no implica que haya que apartarse de la tradición que ella resguarda, sino que hay que entenderla como un modo de interpretar la Revelación, i. e., falible y capaz de ser mejorado y matizado. Para esto, felizmente, sobran los ejemplos en la historia y, sin duda alguna, podemos hablar de aprendizaje o, incluso, de progreso. Entonces, ¿la fe va unida de modo necesario a los dogmas? No. Va unida, sí; pero no hay relación de necesidad justamente por la condición de falibilidad de los mismos. Somos humanos, nos equivocamos y es de humanos ser capaz de tomar de distancia del error.

Esto nos vincula claramente a (4). ¿Existe esa doble dimensión del sistema de creencias? Sí. Un nivel que es más elemental y que tiene que ver con la experiencia religiosa-mística de la adquisición de la fe en Jesucristo y otra que tiene que ver con la articulación histórico-comunitaria-institucional de dicha experiencia. Este segundo momento de todos modos está a la base del primero aunque menos explícitamente, se trata de un proceso claramente circular (entiendo para creer, creo para entender). Cabe recordar aquí la objeción de Wittgenstein contra el lenguaje privado y la noción del diálogo en ausencia con los “otros significativos” de la ética del reconocimiento, pienso en Taylor y en Honneth (la voz de los padres o amigos que siempre nos interpela, aunque no estén a nuestro lado). En pocas palabras, aunque podamos diferenciar los niveles, estos se interpelan mutuamente y la presencia de la comunidad y de la tradición (de los otros) siempre es determinante: no hay experiencia privada y solipsista de la fe.

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25 respuestas a Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (II)

  1. Gustavo Moreno dijo:

    1) Es evidente, como lo formula el artículo, que no hay una sola tradición teológica en la Iglesia o una sola corriente de pensamiento, desde los inicios de su historia las diferencias culturales entre el cristianismo sirio, egipcio y latino fue causa de aparición de diferentes escuelas de pensamiento. Esta diversidad nunca ha dejado de existir… sin embargo, en un nivel más de fundamentos, siempre ha habido unanimidad en ciertas nociones fundamentales (la resurrección, la fe, la divinidad de Cristo, etc.) ¿Se referirá a esto la Iglesia cuando habla “la Tradición”, o se referirá a las tradiciones teológicas? Dependiendo de eso, se puede hablar de la existencia o no existencia de una tradición unitaria.
    2) Con respecto a la falibilidad de la Iglesia, es incuestionable la existencia del error en su intento de interpretar la Revelación; pero yo preguntaría: ¿se equivoca como un todo o se equivocan algunas facciones dentro de ella? ¿”La Iglesia se equivoca” o “en la Iglesia se equivocan”? Porque los dogmas, al pretender ser una expresión vinculante para el todo eclesial, sólo pueden ser desacreditados si es posible que el todo eclesial se equivoque… si esto no fuese posible, se tendría que argumentar la falibilidad del dogma por otra vía, no por la de la existencia de una diversidad teológica y de errores en la Iglesia.
    3) Retomo la pregunta del comentario anterior: ¿de dónde nace la fe del creyente: de una experiencia personal de Dios o de la adhesión a una predicación? Porque ello también determinaría las relaciones entre la experiencia religiosa-mística de fe y la articulación histórico-comunitaria-institucional de la fe.

  2. Emilio Novis dijo:

    Estimado Raúl:
    Abordas desde un punto particular un problema general. ¿Qué tanta coherencia existe entre los postulados y dogmas de la Iglesia y la actitud del creyente? e incluso ¿qué tanta coherencia existe en las bases de los mismos dogmas? A decir verdad, creo que estas preguntas que resultan cada vez más evidentes y necesarias de responder, han sido evitadas solapadamente de ser tratadas por la Iglesia. Pues pienso que eso lleva a una revisión completa de las bases del catolicismo, que, en gran parte, no es muy propensa a aceptar cambios.
    En el fondo en el catolicismo todo gira alrededor del concepto de fe. La definición formal de la fe es prácticamente la misma que la de santo Tomás, ratificada además por el Concilio de Trento. Para santo Tomás y según los documentos del Concilio la fe es sobre todo la adhesión a lo que la Iglesia profesa y define oficialmente. A este respecto, por ejemplo, santo Tomás estaba dispuesto siempre a cambiar de posición si la autoridad lo consideraba así, sin dudarlo. Es esta actitud, pues, muy parecida al espíritu partidario, la que impulsaba la declaración de los anatemas y la condenación de los llamados herejes (de la misma forma que uno es expulsado de un partido si no está de acuerdo o no ve claramente -y prefiere la abstención- en ciertos puntos). Sería interesante mostrar con claridad cuáles son los fundamentos bíblicos de la fe tal como la concibe santo Tomás y el Concilio.
    A mis ojos, no existe en realidad fundamentación biblica para tal clase de definición. En la “Carta a un Religioso” escrito por Simone Weil, dirigiéndose a la Iglesia en general, apunta lo que san Juan dice:”Cualquiera que crea que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios”. Para san Juan pues sólo eso parece ser suficiente, por ello mismo aquellos herejes que durante la historia creian que Cristo era la Encarnación de Dios y fueron condenados, quizá lo fueron injustamente. San Pablo también brinda uan especie de definición, más alejada todavía de la concepción de santo Tomás: “Creer que Dios existe y retribuye a quienes le buscan”. Junto a esto, se deben considerar también las palabras de Cristo:”Reconocerás al árbol por sus frutos”. Los frutos del amor de Dios son abundantes, pero el principal es es la compasión por el prójimo, la caridad. La fe pues, desde esta perspectiva puramente cristiana, es indesligable de la caridad. A este respecto, por ejemplo, los cátaros y otros “herejes” mostrarón evidentemente poseer ese don. Si entendemos bien las palabra de Cristo, lo que nos quiere decir, pienso, principalmente con eso es que: ama a Dios quien posee la compasión, y por lo tanto ese tiene fe en Dios. Así pues el mismo Cristo lo afirmo cuando se refería al samaritano (“hereje” de la época). También entonces, cualquier ser, sin importar que se adhiera o no a la enseñanza de la Iglesia, si ejerce la caridad, tiene fe en Dios, pues los árboles se reconocen por sus frutos y no los frutos por los árboles. La actitud de la Iglesia es muchas veces más acorde con la última sentencia, por eso san Agustín venia a decir que aquellos que imitan a Cristo pero no se adhieren a la Iglesia, son como buenos corredores que van por el camino equivocado. Con eso san Agustín, sin desearlo seguramente, estaba afirmando lo contrario de lo que Cristo afirmaba, siendo sin embargo perfectamente compatible con la concepción tomista. Aquí entonces ya parecemos encontrarnos en el lado opuesto de la concepción tomista de la fe.
    Estás dos concepciones permiten trazar dos corrientes principales y muy diferentes dentro del catolicismo, la primera es fundamentalmente la de los místicos, y la segunda la de casi todos los demás. Como dice Weil, es como si bajo una sola denominación existierán dos religiones distintas.
    Además la consecuencia principal de la adhesión a la concepción tomista, es que impide el ejercicio libre de la facultad de la inteligencia, libertad que le es indispensable para ser verdaderamente ejercida, pues cómo ejercerla con libertad si se tiene que aceptar de antemano lo que se ha, es y será definido. Así pues esa concepción asfixia la inteligencia y por lo tanto toda el alma, pues no existe alma sana donde la inteligencia es asfixiada, impidiendo pues también que el amor de Dios opere en el alma. Por su lado los místicos aceptan las definiciones de la Iglesia no como la verdad, sino como lo dice san Juan de la Cruz, como los reflejos de plata, como velos detrás de los cuales se encuentra la verdad. Esa actitud les impide esa asfixia, por eso su existencia ha sido posible.
    Si se acepta, como parece razonable, que todo aquél que ejerce la caridad, o que cumple ya sea con las condiciones de san Juan o san Pablo, tiene fe, ama a Dios, y por lo tanto puede ser salvado, quiere decir que cualquiera que esté fuera de la Iglesia institucional y cumpla con tales condiciones puede ser salvado, e incluso, que es posible por lo tanto, la existencia de revelación tanto personal como colectiva fuera de la Iglesia. Lo primero, que fuera de la Iglesia institucional hay salvación, es ya casi reconocido por todos, pero su consecuencia directa-la posibilidad de revelación fuera de la Iglesia- no. Reconocer eso es dar un giro revolucionario en el pensamiento eclesiático, pero es necesario, y ya no se puede seguir ocultando, si la Iglesia quiere realmente cumplir su misión.
    (Recomiendo para todos los que están interesados en el tema leer la “Carta a un Religioso” de Simone Weil, en la Editorial Trotta, que contiene muchos más detalles y puntos de reflexión).
    Emilio Novis.

  3. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Te respondo nuevamente, querido Gustavo.

    1) Es un tema muy interesante que seguro tú conoces mucho mejor que yo. En efecto la historia comprueba esa diversidad al interior del cristianismo. Ahora, también dices otras cosas interesantes. Esa idea de que siempre ha habido unanimidad sobre determinadas materias es discutible, depende de qué es lo que trates de decir. 1.1) Si quieres decir con ello que no ha habido notorias divisiones, siendo los sismas las más fuertes entre ellas, es obvio que no se puede hablar de unanimidad ni siquiera en lo fundamental. Ahora, 1.2) si supones, y esta me parece que es tu postura, que hay unanimidad en lo básico entre aquellos que aún se denominan católicos, ahí sí te doy la razón. Unidad en lo básico, no obstante, no en lo más accesorio. esa es mi postura en el post que comentas y creo que estamos de acuerdo.
    Ahora, pones sobre la mesa otro asunto importante: el de la tradición. Yo ahí diría que se trata de ambas cosas: de lo nuclear y de los desarrollos teológicos. Sin embargo, y creo que podemos coincidir en esto, hay una precedencia de lo nuclear sobre lo teológico. Como diría mi muy querido Gustavo Gutiérrez en una de sus más hermosas ideas, “la teología es siempre acto segundo”. No irrelevante, no menor; pero siempre segundo, porque la experiencia de fe y el encuentro con Dios siempre tienen prioridad (con las acotaciones que ya he hecho sobre la mutua interpelación de estos dos momentos).

    2) Otra buena cuestión, inteligentemente planteada, además. A pesar de ello, creo que es una pregunta tramposa (no mal intencionada, que es diferente). La trampa consiste en el supuesto de poder hacer tan claramente la separación. Al menos hay que aceptar que se trata de un presupuesto problemático, como lo he presentado en las “incapacidades”. ¿Quién se equivoca? Bueno, nos equivocamos todos y de diferentes maneras, diría. Se equivoca la jerarquía (en todos los casos, claro, hablamos de “partes de”) cuando se arroga prerrogativas que no lo competen y cuando supone que tiene aún capacidad de afirmar cosas como lo hizo hace mil años. Se equivocan los fieles cuando aceptan acríticamente postulados que no resisten ni la razón ni la fe. Más allá de esto, lo más relevante es tu afirmación posterior: “Porque los dogmas, al pretender ser una expresión vinculante para el todo eclesial, sólo pueden ser desacreditados si es posible que el todo eclesial se equivoque”. Aquí sí estoy en rotundo desacuerdo, salvo que te haya entendido mal. Objeto porque me parece que planteas erradamente el problema. La pretensión de universalidad del dogma no implica que sólo puedan ser desacreditados por el todo eclesial. De hecho, eso me parece un contrasentido y algo un poco ajeno a los hechos. Creo que hay que ser un poco ingenuo para creer que todo dogma obedece a la inspiración del Espíritu Santo. En muchos casos se trata simplemente de supuestos ideológicos de unos pocos ni siquiera bíblicamente fundados. El error en materia teológica, si lo hay, tendría que provenir del Magisterio y por ende no puede escudarse en el postulado del cuerpo de Cristo: tiene responsables directos y estos tienen que reconocer su error cuando corresponde. Como digo, la Iglesia se equivoca en diferentes niveles, pero hay errores y errores y no hay que enmarañar ideas para no verlos.

    3) Repito lo que dije, este mismo artículo pretende esclarecer esa pregunta. Una de las mejores formas de ver el asunto es desde el movimiento en dos momentos que presenta Gutiérrez en casi toda su obra. El origen se funda siempre en la experiencia, pero como dije en relación a Wittgenstein, Honneth y Taylor, nunca hay una “experiencia pura” esa misma experiencia individual en soliloquio con Dios depende de un lenguaje previamente adquirido, de categorías de pensamiento para hablar de “Dios” y de “experiencia religiosa”. Se trata del famoso círculo hermenéutico de Heidegger y Gadamer. Luego, la pregunta, en el fondo, está mal planteada: en sentido estricto, no se puede hablar de un “dónde” diferenciado. A lo mucho se puede hacer una distinción analítica dentro de algo que es claramente un proceso unitario.

    Muchas gracias, otra vez. Me interesan tus réplicas, Tavo. Sobre todo al punto dos, que no estoy seguro de haber entendido en su integridad.

  4. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Mi estimado Emilio, ya se extrañaba tu participación por aquí. Veamos tus ideas punto a punto.

    1) Estoy muy de acuerdo con que conviene repensar muchas cosas en la tradición católica y creo que esa es una crítica que sólo puede tener si viene desde dentro. En ese sentido, ninguna reflexión visceral e ingenua es útil aquí. También es cierto que no son los católicos muy propennsos a poner en tela de juicio algunas cuestiones. No se les culpa, claro. Pero al menos los teólogos y los curas mejor formados sí deberían disponer el espíritu con apertura. Lástima que no lo hagan mucho y que se suela perseguir a quien aporta novedad para el pensamiento.

    2) De Tomás conozco sólo su reflexión filosófica, lamentablemente. Como sabes, soy filósofo y si bien un interesado por la teología y la religión, no un especialista. Así que parto de la premisa que propones sobre Tomás. En ese sentido, creo que hay un problema allí relacionado a la mala enseñanza de las nociones de ‘humildad’ y ‘obediencia’. Yo creo que se trata de importantes valores para la vida, sobre todo para la monacal o de presbítero; sin embargo, no hay que ser tontos. Sabemos que bajo esa excusa se persigue y se silencia la libertad muchas veces. Hay que educar en la libertad y una libertad cristiana no implica dejar de pensar ni volverse creyentes vegetativos. Si así fueran las cosas la religión no tendría sentido y Dios no habría creado al ser humano dotado de esa capacidad. No entro en mucho detalle aquí, pero podría decir que en principio suscribo las tesis de San Agustín en su famoso “De libero arbitrio”.

    3) Estoy muy de acuerdo con tus afirmaciones sobre lo elemental del cristianismo. Añadiría a los pasajes bíblicos que citas, uno muy hermoso y revelador que fue parte de la liturgia católica de hace un par de domingos (Marcos 9, 38-43. 45. 47-48). Aquí, si se recuerda es cuando los discípulos vienen a quejarse con Jesús de que había gente enseñando y haciendo el bien a otros pero sin ser parte de “los doce”. El Señor contestó con una sabiduría que a veces nos falta: pues que lo sigan haciendo, que si hacen bien no pueden ser enemigos nuestros. Yo no soy un gran biblista, pero conozco relativamente bien los Evangelios y hay suficiente material como para demoler todo espíritu de persecución. Sin embargo, como bien apuntas, perseguir es un talento que el Magisterio cultiva, muchas veces, con entusiasmo.

    4) Y sobre lo último, yo estoy absolutamente convencido. Un Dios que obligase a un ser humano noble y activo ejecutor de la caridad a ser parte de una determinada confesión para poder salvarse, no debería ser un Dios que merezca nuestra fe.

  5. Emilio Novis dijo:

    Estimado Raúl:
    Me parece necesario realizar una aclaración al comentario hecho. Primero, cuando me refiero a la fundamentación bíblica respecto a la concepción de la fe, en realidad me refiero sobre todo a lo contenido en el Nuevo Testamento. Segundo, que nada de lo dicho lo sostengo sin temor y sin duda; como todo humano, soy propenso al error. Por eso me interesaría mucho, cualquier réplica o aclaración sobre cualquier punto que haya tratado.
    Muchas Gracias.
    Emilio Novis.

  6. Emilio Novis dijo:

    Evidentemente esa réplica o aclaración la acepto no sólo de ti, sino de cualquiera de tus lectores o colaboradores que estén dispuestos a hacerlo.
    Gracias de nuevo.
    Emilio Novis.

  7. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    No digo mucho más, Emilio. Más bien suscribo lo último: propensos al error estamos todos y hay que estar siempre abiertos a la crítica.

  8. Estimado Raúl:

    Muy interesante blog.

    Verdad es, como dices, que “no existe tal cosa como una tradición pura y unitaria”, puesto que, agrego, la conformación de una tradición (histórico-destinal-decisiva) se atiene a las variaciones de los individuos (participantes) de dicha tradición y, en este sentido, ella misma está “contaminada” de diversas formas por sus propios integrantes. Y la unidad de la tradición es sólo abstracta dado que en la práctica (que es variable e histórica) la tradición tiene muchas formas de concreción y, por ende, sería muy difícil “captar” una totalidad de lo existente de la tradición como unitaria. La verdad que se impone en una tradición en cierto espacio y tiempo es aquella que resulta más eficaz atendiendo al “producto” de las prácticas. Ya con eso no creo que sea muy pura y unitaria la tradición. (Tengo mi lado pragmatista por desgracia mía).

    No obstante de ello no puedo colegir que haya un “progreso”. Más bien me atrevería a pensar que, atendiendo a esa falta de pureza-unitaria, y en vistas a que, gracias a Nietzsche y Heidegger, hemos renunciado a una “visión” de la historia como lineal y unitaria, tal progreso (o cualquier otro) no sería posible. ¿Por qué? Pues, si no hay unidad, no hay pureza y no hay una historia siempre avanzando (a la emancipación total de la humanidad o a la abolición de las clases sociales o a cualquier tipo de metarrelato que desees), entonces no hay un progreso (indefinido y exagerado añadiría yo). Ahora bien. No estoy seguro a lo que te refieres por progreso “exactamente” pero es un término que ahora es poco feliz (especialmente luego de las reflexiones de Adorno, Heidegger, Gadamer, Gehlen y Vattimo, por citar algunos, y, sobre todo, luego de Auschwitz). Creo, en cambio, que hay cuestiones que van mejor y otros peor. No sé si a eso le podríamos llamar progreso. En esta época del ser, en la cual de él ya no queda (casi) nada, y en el que presenciamos el fin de la historia (historiografía moderna, si desean los lectores la aclaración-urbanización), es “apresurado” hablar de progreso. Mas no por ello tenemos que estar “casados” con una percepción de la historia que nos esté llevando a un infierno sin fin con tonos evidentemente pesimista y –está de más decirlo- nihilistas. Yo, más bien, creo que hay una chance, un horizonte de posibilidad que se nos abre en esta época del ser a la cual llamamos posmodernidad. Y no sé si eso es progreso (bueno, está bien, sí sé; y no, no lo es).

    Por otro lado, me gusta esta frase: “¿la fe va unida de modo necesario a los dogmas? No. Va unida, sí…” De hecho es muy cercano a lo que un hermeneuta escéptico como yo piensa… o lo más cercano a ello.

    No, no hay una fe privada. No hay religiosidad privada. De hecho: No hay religiosidad sin un vínculo con una comunidad. Verdad es que uno puede ser muy religioso mientras la comunidad religiosa, pues, no lo es para nada, de manera paradójica. Pero, cierto es también que es muy probable que esa religiosidad “bien llevada” de tal individuo se deba a un deseo de llevar a cabo la buena realización de aquello que esa comunidad no está realizando. De esto es que, desde hace un tiempo, concluyo que las religiones no sólo son sociales sino políticas (no en el sentido burdo del término, i.e., partidario y/o estatal). Incluso, si fuera un solo individuo el religioso en una comunidad no religiosa no deja de ser aquella práctica del religioso algo no-político. Quizá el liberalismo (o ciertos liberalismos) deberían medirse un poco al decir que la religión es un tema individual y que se hace de la puerta de la casa para adentro y que no es algo político… No estoy tan seguro. Pero eso es otro tema.

    Disculpa por la extensión del escrito y por lo desordenado que está pero son las 3 de la madrugada y mañana, bueno, más tarde, debo ir a la Maestría.

    Felicitaciones por el blog. Se ve bueno. Y a comparación del mío: es muy bueno. (Mi blog, pobre mi blog, pero no todo se puede hacer bien en esta vida).

    Saludos,
    Ricardo Milla.

  9. Gustavo Moreno dijo:

    Hay muchas cuestiones sumamente interesantes, tanto de teología como de filosofía, que se han tocado y han quedado abiertas en los comentarios precedentes. Me gustaría enriquecer la reflexión con algunos datos bíblicos que, por otra parte, han sido también pedidos.
    1) ¿Qué es la fe según la Escritura? En el Antiguo testamento, poco dado a dar definiciones (costumbre, por lo demás, muy occidental), Abraham es modelo de la fe: fe es confianza en Dios, confianza incondicional en su palabra y sus promesas (basta recordar la incondicionalidad creyente del pasaje del sacrificio de Isaac). En el Nuevo Testamento, escrito por judíos conversos, la fe conserva su esencia de confianza en Dios, pero se concentra en la persona de Jesús: Él dice “creed en Dios, creed también en mí” (Jn 14,1). Él se atribuye la cualidad sobrehumana de ser objeto de confianza absoluta e incondicionada, tal como se confiaba en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Redondeando, en la Biblia la fe aparece como confianza radical, absoluta e incondicionada en Dios y en Cristo, en sus palabras y en sus promesas.
    2) ¿Esta concepción de la fe impide la libertad en el pensamiento humano? Depende de qué signifique eso: Si Dios dice “A”, y el hombre cree en él, ya no puede decir “no A”… en ese sentido pierde libertad; pero el problema no es Dios, sino el dinamismo propio de la inteligencia humana: si un experimento arroja un resultado “A”, y nosotros creemos en el experimento, ya no podemos decir “no A” ¿perdimos libertad? En realidad no mucho, porque alcanzamos lo que buscábamos: conocimiento. Propongo que asumir una palabra de Dios como verdad absoluta es, en primer lugar, una decisión libre (creer o no creer); y, en segundo lugar, una renuncia a otras posibilidades con el fin de alcanzar algo valiosos: conocimiento. Pero, eso sí, si se cree en Dios, se cree en todo lo que dice… de lo contrario no se cree en Él; porque asentiría a lo que dice porque me convence, no porque venga de Él (nada más lejos de la experiencia bíblica de la fe).
    3) Esto plantea un interrogante aún mayor (incluso para mí) ¿Cuándo se confronten mi fe en Él y mi razón… a quién obedecer? Porque, como bien dicen, no es humano abdicar de la razón; pero tampoco es consecuente con la fe en Alguien negarle el asentimiento de la razón… creo que la respuesta no es abdicar de ninguno; sino de declarar una revolución en la razón: tomando el vocabulario epistemológico de Thomas Kuhn, ante una anomalía en el sistema de ideas que la razón había planteado (esto anomalía es el dogma de fe), no intentar sostener ese sistema, sino replantear todo para que la anomalía pueda ser integrada en un nuevo intento de sistematización. La fe viene a ser un desafío a la razón no para abdicar de ella, sino para que ella se revolucione y logre alcanzar nuevas respuestas que integren los datos de la fe… la fe haría más bien superarse a la razón, al plantearle problemas nuevos que dilucidar.
    4) El tema de creer que todo dogma obedece a una inspiración del Espíritu Santo es un tema complejo. Para darle respuesta hay que confrontar e interpretar ciertos datos bíblicos que aquí propongo: ¿Cómo interpretar el “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…” de Hechos 15,28? ¿Y el “la columna y el fundamento de la verdad es la Iglesia” de 1 Timoteo 3,15? ¿Y el “quien os escucha a vosotros a mi me escucha” de Lucas 10,16? Pienso que para afirmar, dentro de la fe cristiana, que lo que proclama la Iglesia no es digno de tanta fe como lo que proclama Cristo, se debe resolver la interpretación de estos textos y otros más (muchos otros más). Es cierto que desafía la razón pensar que una institución humana esté libre de error… y a lo mejor eso no quiere decir la Escritura, pero hay que ponerse a pensar para poder ser fieles tanto a la fe como a la razón. Tenemos un desafío.

  10. Emilio Novis dijo:

    Una última cosa. La propia Simone Weil al expresar estos puntos críticos y otros parecidos, se preguntaba si era posible que alguien que piense así, o alguien que se adhiere a esos pensamientos (como es mi caso), podía sin embargo pertencer a la Iglesía (o seguir perteneciendo a ella, como en mi caso) y poder participar en los sacramentos. ¿La Iglesia negaría los sacramentos a alguien que se adhiera a este tipo de pensamientos? Quisiera, como un favor especial, si algún eclesial tiene la oportunidad de leer esto, me conteste afirmativa o negativamente, no es preciso ningún argumento(aunque sería conveniente). En todo caso, también apreciaría la respuesta de un católico (como me considero yo mismo) informado.
    Muchas gracias de nuevo.
    Emilio Novis.

  11. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Veamos, Ricardo. Con tu primer párrafo estoy de acuerdo y no haría mayor acotación que la de objetar aquella desgracia pragmática que padeces😛
    Sobre lo segundo, creo que le das más relevancia de la que yo le doy. En el texto no hay ningún énfasis en el progreso, sino que se le pone como una opción de interpretación al lector. Si lo notas, además, como una concesión segunda. Quizá el tono no lo hizo explícito, pero no hay ningún interés en defender una idea de progreso ilustrado o algo semejante. Ahora, ¿seguro que sabes que la posmodernidad es “progreso”? Yo me cuidaría de ser tan generoso con esa idea. Como decía el buen McLuhan, no hay distancia crítica suficiente y, por ende, no hay cómo saber a dónde nos puede llevar esto.

    Gracias por las felicitaciones, no había escuchado de tu blog, pero lo revisaré para ver si no estás siendo muy severo contigo mismo😛

  12. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    A ver, Tavo, te sigo en función a tu numeración:

    1) Estoy de acuerdo, pero creo que el ejemplo que eliges (Abraham/Isaac) es muy problemático. Como sabes ha sido analizado muchas veces y el “Temor y Temblor” de Kierkegaard da estocadas fundamentales que muestra en carácter problemático. De acuerdo, insisto, pero con la reserva de que un ejemplo como ese no lo puedes poner tan ligero de explicaciones.

    2) Creo que en este punto partes de una concepción un poco estrecha de la búsqueda humana. Tu ejemplo del conocimiento así parece confirmarlo: “si un experimento arroja un resultado “A”, y nosotros creemos en el experimento, ya no podemos decir “no A” ¿perdimos libertad? En realidad no mucho, porque alcanzamos lo que buscábamos: conocimiento”. Como digo, me parece una mirada estrecha porque eso presupone que los experimentos son concluyentes y no lo son. En el mismo sentido, eso significa que la Palabra de Dios es concluyente y, tampoco lo es. Ojo, no porque Dios no sea concluyente; sino porque en tanto Palabra mediada nunca accedemos a un significado último. Así, tu tesis tambalea un poco por eludir la densidad del problema. Sobre el tema de la libertad, sí estoy de acuerdo. Recuérdese que en líneas generales suscribo las tesis del “De libero arbitrio” de Agustín, pero eso no me hace compartir tu formulación a la base. Como siempre le digo a mis amigos, lo más probable es que con muchos cristianos compartamos la misma fe, pero que epistemológicamente hablando, la formulemos con bases distintas. Eso se ve claro en este punto de tu intervención.

    3) Tu lectura de Kuhn es algo confusa. No tiene mucho sentido decir que la anomalía constituye el dogma de fe, porque, para Kunh, precisamente, las anomalías son lo que atenta contra los dogmas de la ciencia normal, diría él. La idea de este autor es que cuando las anomalías se hacen crecientes nos hallamos ante una revolución que implica un verdadero cambio de paradigma. Las anomalías dejan de ser tales y se les empieza a leer, más bien, como los fundamentos del nuevo paradigma, o en tus palabras, sistema. Por eso digo que tu lectura es algo confusa porque se apropia invertidamente de estas ideas, aunque el punto sí se llega a entender. Creo que te convendría más revisar a autores que sí estudian este fenómenos de modo directo. William James y sus “Variedades de la experiencia religiosa” podrían resultarte muy estimulantes. En todo caso, estoy muy de acuerdo con la idea de que la razón y la fe no son antagonistas. Cuando se las vuelve tales, me siento invitado a pensar que falta leer más finamente el aparente problema.

    4) De acuerdo con lo último, no añado nada (o bueno, algo, eso de “el Espíritu Santo y nosotros” me pareció siempre muuuuuy sospechoso jaja).

  13. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Ojalá alguno de mis amigos curas le de una mirada. No todos sin tan informados como quisiera jaja, pero quizá tengamos suerte.
    Yo me abstengo, dada mi falta de pericia en ese tema, que debe ser de orden canónico.

  14. Emilio Novis dijo:

    Querido Raúl:
    Realizo este otro aporte, como una especie de comentario a los comentarios ya hechos, especialmente al del admirable sr. Moreno, que no tengo el placer de conocer personalmente -puesto que pienso, se ha tomado la molestia de leer todo con gran atención. Abordaré pues, en la medida de mis posibilidades y tratando de no extenderme demasiado, cada uno de sus cuatro puntos (que me parecen todos ellos importantes), con la sola intención de enriquecer más el debate.
    1) Lo primero, la concepción de fe como confianza en Dios, no me parece tan exacta. A decir verdad, pienso que la confianza en Dios tiene más que ver con la virtud de la esperanza, que está íntimamente ligada con la de fe y caridad. La fe es, ciertamente, productora de certeza, pero solo en aquellos en que el amor de Dios ha despertado, es decir, en aquellos en los que todas sus facultades (p.e. inteligencia) se subordinan a ese amor. Pero a lo que se subordina el alma no es a una autoridad exterior, no es a nada humano, sino al amor de Dios que secretamente resplandece en el alma y por un acto maravilloso de persuasión divina realiza ese milagro. A lo que se subordina el alma (y debe, si no quiere perderse) es solo a la perfección que se le hace evidente. La esperanza es la virtud de la confianza propiamente dicha, confianza en las palabras de Cristo, sobre todo las contenidas en el “Padre Nuestro”; y esta virtud es sobre todo la creencia de que si uno pide pan al Padre, no recibirá a cambio piedras, si uno pide que se le libre del mal, será librado del mal, y la confianza de que manteniéndose en esa actitud se recibirá tarde o temprano la perfección.
    Lo perfecto no es nada de este mundo, por eso nada de este mundo merece nuestra subordinación incondicional (aquí muchas citas del evangelio saltan a la mente). Lo perfecto es Dios y Cristo, que no son de este mundo, pero que se encarna en este mundo. Pero con el tiempo, es como si ya no se hubiera ido viendo sólo a Jesús como el Dios encarnado, sino también a la Iglesia como esa encarnación. Lo que ha hecho posible esta confusión es exactamente la idea del “cuerpo místico”. Pero hay una pequeña y gran diferencia, como apunta Weil: Cristo no cometió jamás ningún crimen, como le corresponde a lo que es perfecto, mientras que la Iglesia está manchada por una cantidad considerable de crímenes. Lo perfecto en la Iglesia es sólo el sacramento que se expone en los altares y nada más. Los propios discípulos de Cristo, después de tres años de enseñanza, no fueron capaces en el momento de la crucifixión, de morir por Él, porque estaban todavía alejados de Él; ¿qué nos hace creer entonces a nosotros, que seguramente somos más imperfectos que sus discípulos directos, no ser susceptibles de algún error?
    2) Ahora bien, la verdad absoluta, perfecta de Dios, como sabían bien los místicos, no es una verdad formulada; por definición “la verdad absoluta” es eso, absoluta, es decir, contenedora de toda la verdad, que supera la capacidad de cualquier mente humana. El contacto con la verdad absoluta pues, si es tal, como atestiguan los místicos, es experimentado como un silencio súper-positivo. El lenguaje y la inteligencia humana están por sí mismos alejados de la perfección, cualquier expresión sin embargo, que contenga alguna belleza, que revele alguna verdad, no es sino como una imagen limitada de esa verdad absoluta, infinita e inarticulable. Lo que un hombre inspirado por Dios alcanza cuando realiza alguna formulación u acción movido por ella, no es sino un reflejo de esa verdad. A su vez, si se reconoce algo como inspirado por Dios, y por ello digno de nuestra admiración y amor, es solo porque se ha reconocido en ello belleza pura. El hombre posee la capacidad para reconocer la verdad cuando la ve (eso es lo que quiere decir creo san Juan, cuando se refiere a la luz que brilla secretamente en todo hombre) pero no está despierta en todos, sino solo en aquellos que han sido conmovidos. Pero para reconocer algo y especialmente la verdad y la belleza, es preciso prestar una atención lo más desapegada posible, en cierto sentido, lo más comprometida y descomprometida posible. Pues para creer algo como verdadero no depende en el fondo de la voluntad-en ese caso se trataría de sugestión- sino de una evidencia que sólo se da cuando se presta verdadera atención. Y sólo se presta verdadera atención, cuando uno hace una especie de vacío en el pensamiento, y rodea el asunto que trata por todos los ángulos y tratando de sopesarlo todo; y evidentemente eso solo es posible si la inteligencia no se encuentra comprometida con absolutamente nada, sino exclusivamente consigo misma, con la luz interior, que es el Verbo en nosotros, revelador de verdad, que la guía.
    Pero aunque uno este bien dispuesto a prestar la mayor atención posible, jamás se puede decir que uno no se equivoque, que lo que parece evidente sea absolutamente verdadero, debido a la posibilidad de error que existe proporcional a la mediocridad que se tiene. Siempre existen ciertas cosas que escapan a la atención; por ello mismo jamás se sabe si uno será o no salvado hasta el mismo instante de la muerte; y por ello mismo, como piensa Platón, la verdad es, sobre todo, un don sobrenatural.
    3) En la misma línea, no existe, pienso, verdadera oposición entre fe y razón. Sí estoy de acuerdo sin embargo en cuanto a que la diferencia está más bien en el funcionamiento de la razón. Cierto que la razón se revoluciona en una alma en que el amor de Dios ha despertado, y en cierto sentido, funciona de distinta forma; al encontrarse subordinada al amor de Dios la razón es ahora capaz de ver cosas con una evidencia que antes no tenía, pero que le son propias. El amor de Dios tiene la virtud de alimentar todas las facultades del alma, especialmente a la inteligencia, brindándole alimentos propios, asimilables por ellas. A la vez, si la inteligencia se subordina al amor de Dios, es porque se siente feliz al recibir esos alimentos; es como si el amor de Dios buscará la forma de persuadir a las distintas partes constitutivas del hombre, de tal forma que la entrega sea libre, completa y amorosa. Luego de que un alma pasa por el fuego del amor de Dios, la inteligencia se amplia, se ilumina, en todos los aspectos. De manera particular, los grandes pensamientos y creaciones “profanas” surgen cuando una inteligencia iluminada así se aplica a las cosas mundanas. Por eso mismo no existe ningún derecho que justifique la limitación de la operación de la inteligencia. La inteligencia debe ser ejercida en completa libertad o no ser ejercida en absoluto. Por eso la Iglesia comete un abuso cuando pretende coaccionarla de algún modo.
    4) Me parece fundamental la propuesta de una interpretación y visión de los pasajes citados (y de muchos otros, claro). Algunos pensamientos, como todos los anteriores, desordenados al respecto.
    Sobre la idea de que todo dogma obedece a la inspiración del Espíritu Santo, pienso que en principio no puede ser refutado. Si todos los hombres que durante la historia y que han colaborado en la formulación de los dogmas estaban inspirados por el Espíritu, como en principio hay que creerlo-al considerarse estos hombres, hombres de Dios- no existe ninguna razón para creer que estaban alejados de la verdad, fuera de la posibilidad obvia de que de hecho esos hombres no eran hombres de Dios, aunque adheridos a la Iglesia. Si se revisan los dogmas más importantes formulados (Encarnación, Trinidad, pureza de la Virgen etc.) al menos personalmente, pienso que un gran porcentaje está adecuadamente formulado. Pero no es ese el problema. Los dogmas no son el problema; es más, muchos dogmas formulados contienen una profundidad de la cual se puede extraer muchos tesoros, y eso, de manera aparéntenme ilimitada. El problema es la actitud que tiene la Iglesia al tratar de imponer esos dogmas como la verdad absoluta y que debe ser aceptado incondicionalmente si se quiere formar parte en los sacramentos. Es esa actitud, la que pienso, no tiene justificación, al menos no religiosa (pienso que en el fondo esa actitud obedece a intereses políticos, heredados del imperio romano). Bastaría pues que la Iglesia cambie, no los dogmas, sino la actitud respecto a ellos, y por lo tanto, la actitud respecto a la distribución de los sacramentos.
    Cierto que “la columna y el fundamento de la verdad es la Iglesia”, pero como se sabe, ahora se acepta la noción de Iglesia invisible, aquella que está conformada por todos los hombres que durante la historia han amado, aman y amarán a Dios, sin que necesariamente pertenezcan a la Iglesia constitucional y visible.
    Visto así las cosas, si es miembro de la Iglesia todo aquél que ama a Dios, entonces el pasaje: “quien os escucha a vosotros a mi me escucha”, se refiere no solo a los miembros oficiales, sino a todo aquél que le ama. Por lo tanto, quien escucha a cualquiera de esos, escucha también a Cristo.
    Puestas así las cosas creo que esos textos ya no presentan demasiado problema.
    Lamento de verdad haberme extendido demasiado, pero era necesario.
    Muchas gracias Raúl y a todos, especialmente a los colaboradores.
    Emilio Novis.

  15. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Me acaba de pasar algo horrible mientras escribía: apretando el botón equivocado borré toda mi respuesta. Trataré de rehacerla, con lo frustrante que es reescribir algo sin la espontaneidad del empuje inicial.

    1) Decía que yo objeto un poco la idea de la búsqueda de certeza traes la creencia. Si bien es una opción que respeto, yo suscribo más la idea de Caputo de una creencia trágica o de una creencia escéptica, para usar palabras de mi amigo Lucho Bacigalupo. No obstante me gusta el peso que le das a la esperanza cristiana y la distinción que haces entre las obras de Dios y las de la Iglesia: todos sabemos que no son siempre las mismas.

    2) Sobre este mismo tema he tratado de hablar cuando he trabajado la noción de “evento” en John Caputo. Quizá podríamos volver sobre es tema para desarrollarlo y ampliarlo.

    3) Esta es una cuestión bien interesante y una entrada sugerente para la misma podría ser la noción de “ver aspectos” en Wittgenstein. La idea de que las cosas, las mismas cosas, de pronto se tornan de un modo nuevo y nos parecen ser otras o, al menos, vemos en ellas cosas en las que no habíamos reparado antes. Wittgenstein no piensa en religión expresamente aquí, pero sí en otros lugares. Al menos como herramienta conceptual me parece valiosa la idea. La razón pues, debe verse desbordada por la experiencia de Dios que la trasciende. Eso no implica anulación, sino la dinámica del evento que el nombre de Dios contiene, para citar a Caputo. Aquí las ideas de asombro y milagro desarrolladas por Wittgenstein en su “Conferencia sobre ética” pueden sernos útiles. Finalmente, podemos ver esto en clave bíblica: “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Sant 2, 12-13). Porque el amor de Dios pone de cabeza las razones humanas. Este es un tema interesante que hay que estudiar a través de Wittgenstein, estoy cada vez más seguro de ello. Pronto me dedicaré al asunto.

    4) De acuerdo. Que conste, solamente, que no niego la inspiración del Espíritu; mi propósito es remarcar el alto grado ideológico que tienen varias afirmaciones eclesiales. Esto, claro no es un problema en sí mismo, ya que no se puede pretender una visión desde ningún lugar. El asunto es tratar de interpretar el obrar eclesial desde la fuente que todos compartimos, que es el escrito bíblico.

    Gracias, en efecto, a todos ustedes. En especial a Gustavo, querido amigo desde las aulas del colegio y fiel religioso agustino.

  16. Erich Luna dijo:

    Como te comenté en la presentación del libro de Victor, estos posts están bastante buenos. Me gusta como planteas los problemas: felicitaciones.

    Siempre la cuestión religiosa, en el plano del cristianismo (que es el que conozco), me parece que se pone muy interesante cuando se liga a la tradición y a la historia. En este caso, la múltiple tradición interpretativa ha ido “sedimentando” sentidos que han ido constituyendo (algo así) como el “sentido común religioso” del (y acá otra categoría) “creyente promedio”.

    Repito esto que ya hemos conversado en algunas otras ocasiones, con motivo de la rica y fértil discusión que se ha venido desarrollando en estas entregas. A medida que hemos ido estudiando y discutiendo siempre, entre bromas (y lo sabes), solíamos preguntar qué clase de religión era la de Raúl, porque post Marx, Nietzsche, Heidegger, Gadamer y Derrida, este hombre parecía tener más fe, o por lo menos aducir que muchas críticas a la religión que iban en algunas de estas líneas no daban en el blanco.

    Y parecía casi, en analogía con el problema del segundo Wittgenstein,que Raúl había mostrado con su lenguaje religioso que sí era posible un lenguaje privado porque nadie más creería en lo que el creía😛.

    Sin embargo, creo que enfocar la cuestión como lo haces es más interesante que la broma de la religión excéntrica del intelectual. Y es que lo que también debería ponerse (y mucho más a mi juicio) bajo un riguroso cuestionamiento es justamente la “creencia promedio” del “creyente promedio” (que como tal, no creo que propiamente exista, más parece un tipo ideal weberiano, útil para comparar casos). Desde esta línea, uno puede ampararse en distintas cosas. Tomemos como ejemplo el catecismo.

    No soy especialista en él, de hecho es materia de múltiples estudios. Lo que me importa es que el texto como tal, así como el derecho canónico y la jerarquía eclesiástica tienen una historia. Y creo que es esa historia la que hay que estudiar críticamente. Por ejemplo, desde la fenomenología de Heidegger (SZ),mucho de este comportamiento religioso cotidiano podría verse como un mentar vacío, o como “habladuría” (Gerede), es decir, un hablar que no tiene un arraigo en los fenómenos originarios que le dieron lugar, lo que tu bien expresas, asumo, bajo la idea de una experiencia religiosa originaria que luego se tematizaría (teología como un hablar sobre lo divino, un explicitar lo comprendido en la existencia, quizá una relación análoga a la que mantienen la comprensión y la interpretación en SZ).

    Desde esta perspectiva, lo que nos convoca es justamente apropiarnos de nuevo de los fenómenos originarios que dieron lugar a todo esto. Desde esta perspectiva lo más fundamental es el texto bíblico, con una buena contextualización histórica y un manejo de los idiomas originales, buscando captar muchos más sentidos y matices de las que normalmente tenemos. Creo que eso podría llamarse, utilizando las expresiones heideggerianas, un análisis fenomenológico de los “conceptos fundamentales del cristianismo”.

    Ahora, lo complicado o lo cuestionable tiene que ver con la idea de “fenómeno”, de “originario” y de “olvido”. Pero en todo caso, una contribución fenomenológica de este tipo (que asumo debe de haber por montones) debe ser fundamental para los problemas que estás tocando en estas entregas, a la hora de problematizar a la institución, con la comunidad de fieles, con la fe, la tradición, la historia y la experiencia religiosa originaria de lo divino.

    Por mi parte, creo que podríamos empezar con las cartas de Pablo que (si no me equivoco) son los textos más antiguos, los que podrían tener la experiencia de fe más originaria, a diferencia de los evangelios que son posteriores.

    Muchos saludos,
    Erich

  17. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Me siento un poco corto, querido Daniel, porque no sé si pueda decir más de lo que dicho ya en los comentarios. Lo único que me genera algunas sospechas es la idea de volver a lo originario. Quisiera que se me entienda bien. Yo sí siento que en los textos bíblicos está lo fundamental de la Revelación, para quienes creen en ella, claro. Sin embargo, como te imaginarás, no estoy demasiado de acuerdo con esa idea de “ir a los fundamentos” porque, al menos en un sentido metafísico, me inclino por negarlos. Esa idea de una instancia primera que es como el suelo originario de la cristiandad me suena tan ajena como la idea de un metalenguaje al Montalbetti de nuestra presentación de ayer. Me baso en la noción misma de Encarnación. De algún modo esta implica el fenómeno más interesante en términos de una religión, porque por sí mismo debilita toda estructura metafísica fuerte y, también, la idea de un principio u origen inmaculado (o, mejor, no contextualizado o a-histórico). Vattimo ha trabajado en esta línea (algo chico escribí en este mismo blog sobre el tema), pero según entiendo es Zizek quien lleva esto más lejos en “El títere y el enano”, libro que debo leer con urgencia. Caputo lo hace de modo inteligente también, aunque no me he dado el tiempo de ponerlo por escrito aún.

    Más allá de esto, te agradezco por la lectura y por los aportes, creo que remarcas cosas de interés y me permites hacer algunas acotaciones más.

  18. Estimado Raúl:

    La posmodernidad no sería progreso, porque no es una condición que esté mejor o peor que otras épocas, simplemente nos abre un horizonte de posibilidades distintas y que, siguiendo a Vattimo, es una chance y una positiva. Tal vez me expresé mal, pero si no creo en el progreso per se, menos aún en un progreso en o con la posmodernidad. Oxímoron: posmodernidad/progreso.

    Saludos,
    Ricardo.

    Pd. Pobre de mi blog😀

  19. Althelmus dijo:

    Por lo visto son especialistas en debate los que participan en este blogg, pero ahora quiero arriesgarme a equivocarme como humildemente lo dicen ustedes:
    Comenzare por esta primera oracion, ya que soy religioso, como todo ser humano: “Dios, dame fuerzas para cambiar lo que es posible cambiar, dame paciencia para aceptar lo que no es posible cambiar y dame sabiduría para distinguir una cosa de la otra”.
    Hoy creo oportuno repetir lo que decía el teólogo Dietrich Bonhoeffer, convocando a una responsabilidad personal permanente que ser cristiano “es vivir como si Dios no existiera”.
    El tema de debate creo que es la fe, la relacion con los dogmas, creo que la fe parte de la experiencia personal con la divinidad en la vida de cada individuo que le conduce a formar parte necesariamente de una comunidad.
    Creo que la promulgacion de los dogmas necesariamente respondieron a una determinada epoca, a unos interes religiosos, economicos, politicos, sociales y en fin de todo lo que se puede uno ver rodeado. Creo, ademas que en ciertos dogmas verdaderamente se les pasO la mano a los papas de turno, es que antes de todo es una jerarquia que teme perder el poder que algun dia tuvo y es por eso que recurre a la promulgacion de dogmas de primer orden (que esta bien que lo haya como institucion) y otros que como ustedes bien lo segnalan dogmas secundarios, que son un poco jalados de los pelos y de poco interes eclesial y social. Pero creo que es fruto del temor de perder terreno en varios ambitos, y para ello se recurre a algo que como promulgacion es verdad de fe y si uno esta dentro de la institucion (Iglesia) debe de aceptarlos; claro que en este caso yo soy una excepcion.
    El hecho de recurrir a las cartas de Pablo es una buena forma de entender lo que es la fe y la autentica fe que conduce a una autentica liberacion del ser humano y no a encasillarnos en el cumplimiento ciego de ciertas normas. Esta es su gran tesis: “Voy a ir a ustedes a predicarles la fuerza del Evangelio”. No basta la razón natural ni de ustedes, los grandes romanos que han conquistado el mundo, ni de Grecia, en Atenas, donde he visitado también a los grandes sabios; su inteligencia es muy grande pero no han llegado a conocer al verdadero Dios con todas sus implicaciones. No les basta su Ley, ni sus obras de la Ley. Lo que Cristo ahora pide es Fe en el gran acontecimiento salvífico, es decir, Fe, en que Cristo murió y resucitó y me ha salvado. A eso es lo que San Pablo llama, en una frase que debemos de grabarla como un epitafio la justicia de Dios manifestada en Cristo.
    Tambien, Si nos remitimos a los escritos de Santiago en su tiempo (primera hora del cristianismo), ya veía esas exageraciones que Lutero en el Siglo XVI propuso también: “Que la Fe basta”. El mal de Lutero fue que puso una palabrita en la traducción: “La fe sola basta. Porque la fe sola sin obras es la que salva”. Y eso es muy peligroso. Pero en cambio Cristo, dijo: “No es el que dice “Señor, Señor”, el que entre en el reino de los cielos, sino el que realiza obras según la voluntad de mi Padre”. Y decía Santiago refutando aquellos cristianos ya de su tiempo: “Muéstrame tu fe sin obras, pero yo te mostraré por mis obras mi fe”.
    Este equilibrio es el necesario, ni sólo fe, diciendo a Dios: Señor, Señor; si Dios no necesita que le digamos “Señor”, Él es Señor siempre. Y Santiago dice una frase terrible: También los demonios en el “infierno” conocen a Dios y le temen, y no se pueden salvar. No basta la fe. La fe sin obras es muerta.
    Creo que todos los que nos sentimos comprometidos con el cristianismo, o en el mejor de los casos los que nos sentimos comprometidos con la humanidad, es tiempo de ya no predicar un cristianismo alienante, que no prediquemos una religión sin compromiso con la historia. Y por eso me alegro que ustedes hayan abierto este espacio de critica porque solo asi estamos demostrando una forma de compromiso de autenticos “cristianos”, o mejor dicho de “hombres de fe” porque creo que “No nos salvaremos si no trabajamos intensamente por hacer un mundo mejor, comenzando por nuestro propio hogar, por la propia irradiación de nuestras funciones profesionales, aunque sean las consideradas más humildes, porque considero que la clave esta en hacerlo con amor, mostrar en obras de honradez y de fe que de veras amamos y tememos a Dios”.
    Claro esta que solo un autentico cristiano es aquel que acepta la critica. Ay de aquellos hermanos mios que viven apegados a sus dogmas, sin permitir ser criticados pensando que eso les va a salvar. Quisiera concluir con esto: Jesús no fundó ninguna iglesia, ni siquiera utilizó alguna vez la palabra “iglesia”, (del griego “ekklesía”, que significa “asamblea”). No fue su intención organizar ninguna institución o iglesia. Lideró un movimiento colectivo de hombres y mujeres que proclamaban la llegada del Reino de Dios: un mundo de relaciones justas y equitativas, donde los pobres dejaban de ser pobres, un mundo de comunidades que incluían a las mujeres y cuidaban y sanaban a los enfermos.
    Disculpen, por haberme extendido demasiado, yo soy fraile, pero no me siento la unica y ultima coca cola del desierto.
    Solo se que, al atardecer de la vida nos examinarán sobre el amor, y no de la fe solamente así lo expresó siglos después de Jesús y de Santiago el místico y poeta español Juan de la Cruz. Y así lo formulaba en el siglo XX el pensador ruso Nicolas Berdiaev: Mi propia hambre podría ser un problema material, pero el hambre de los demás es un problema espiritual, porque es un problema de solidaridad.
    desde Jerusalen, Althelmus
    DIO VI BENEDICA SEMPRE IN QUESTO BUON LAVORO….

  20. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Un buen comentario, Althelmus. No añado mucho porque creo que tu posición es clara y se acerca bastante a las cosas dichas por algunos otros en los comentarios. Te pido, simplemente, que trates de seguir participando en el blog. Comentarios informados y abiertos siempre son de gran ayuda en la reflexión.

  21. ´María dijo:

    lee http://www.gloriapolo.com , la verdad nos hara libres. QDTB.

  22. Emilio Novis dijo:

    Querido Raúl:
    Le envio el “Último Texto” de Simone Weil, pense en hacer esto luego de haberlo releído hace poco, se podría llamar su Testamento, no lo he encontrado en la web.
    Gracias, le deseo lo mejor.

    ULTIMO TEXTO
    Simone Weil – 1943

    Creo en Dios, en la trinidad, en la encarnación, en la redención, en la eucaristía, en las enseñanzas del evangelio.
    Al decir “creo” quiero expresar, no que hago mío lo que la Iglesia dice sobre estos puntos para afirmarlo como se afirman hechos de la experiencia o teoremas de geometría, sino que me adhiero por amor a la verdad perfecta, inaprehensible, encerrada en el interior de estos misterios y que trato de abrirle mi alma para dejar penetrar su luz en mí.
    No reconozco a la Iglesia ningún derecho a limitar las operaciones de la inteligencia o las iluminaciones del amor en el dominio del pensamiento.
    Le reconozco la misión, como depositaria de los sacramentos y conservadora de los textos sagrados, de dar directrices sobre algunos puntos esenciales, pero sólo a título de indicación para los fieles.
    No le reconozco el derecho a imponer los comentarios con que rodea los misterios de la fe como si fueran la propia verdad; mucho menos aún el de utilizar, para imponerlos, el miedo y la amenaza con privar de los sacramentos.
    Para mí, un desacuerdo aparente o real con la enseñanza de la Iglesia en el esfuerzo de reflexión es solamente motivo para suspender durante un tiempo el juicio con objeto de desarrollar al máximo posible el examen, la atención y las dificultades, antes de atreverse a afirmar nada. Pero eso es todo.
    Aparte de esto, medito todos los problemas relativos al estudio comparado de las religiones, su historia, la verdad contenida en cada una de ellas, las relaciones de la religión con las formas profanas de búsqueda de la verdad y con el conjunto de la vida profana, así como la significación misteriosa de los textos y las tradiciones del cristianismo; todo ello sin ninguna preocupación por el posible acuerdo o desacuerdo con la enseñanza dogmática de la Iglesia.
    Sabiéndome falible, sabiendo que todo el mal que por cobardía permito subsista en mi alma debe generar en ella una cantidad proporcional de mentira y error, dudo, en cierto sentido, hasta de las cosas que me parecen más manifiestamente evidentes.
    Pero esta duda alcanza en igual grado a todos mis pensamientos, tanto a los que están en concordancia con la enseñanza de la Iglesia, como a los que están en desacuerdo con ella.
    Espero y deseo permanecer firmemente en esta actitud hasta la muerte.
    Tengo la certeza de que estas palabras no encierran ningún pecado. Sería pensando de otra forma como cometería un crimen contra mi vocación, que exige una probidad intelectual absoluta.
    No puedo discernir ningún móvil humano o demoníaco que pudiera ser causa de una actitud así, actitud que no puede producir más que penas, desasosiego moral y aislamiento.
    El orgullo, en particular, no puede ser su causa, pues no hay nada que pueda halagar al orgullo en el hecho de ser a los ojos de los increyentes un caso patológico al mostrar adhesión a dogmas absurdos sin contar con la excusa de sufrir una presión social, y en el de inspirar a los católicos la benevolencia protectora y un poco desdeñosa del que ya ha llegado hacia aquel que está en camino.
    No viendo, pues, ninguna razón para rechazar el sentimiento que está en mí, permanezco en esa actitud por obediencia a Dios; si la modificara, ofendería a Dios, ofendería a Cristo, que dijo: “Yo soy la Verdad”.
    Por otra parte, experimento desde hace ya mucho tiempo un deseo intenso y perpetuamente creciente de la comunión.
    Si se miran los sacramentos como un bien, si yo misma los miro así, si los deseo y si se me niegan sin que haya falta alguna por mi parte, no es posible que no haya ahí una cruel injusticia.
    Y si se me concede el bautismo, estando en la actitud en la que persevero, se rompería entonces con una rutina de al menos diecisiete siglos.
    Si esta ruptura es justa y deseable, si hoy precisamente es de una urgencia vital para la salvación del cristianismo —esto es manifiesto a mis ojos— haría falta que se llevase a cabo, para la Iglesia y para el mundo, de una manera patente y no por iniciativa aislada de un sacerdote que administra un bautismo oscuro e ignorado.
    Por este motivo y por otros semejantes, jamás he hecho hasta ahora petición formal del bautismo a un sacerdote.
    Tampoco ahora la hago.
    Sin embargo, siento la necesidad, no abstracta sino práctica, real, urgente, de saber si en caso de que lo pidiera, me sería concedido o denegado.
    [La Iglesia tendría un medio sencillo de procurarse lo que para ella misma y para la humanidad sería la salvación.
    Debería reconocer que las definiciones de los concilios sólo tiene significado en relación a su entorno histórico.
    Este entorno es imposible de conocer para el no especialista y a menudo incluso para el especialista a causa de la falta de documentos.
    Entonces, los anathema sit pertenecerían nada más a la historia. Carecerían de valor en la actualidad.
    De hecho se los considera así, pues nunca se exige a un adulto como condición para su bautismo haber leído el Manual de las decisiones y símbolos de los concilios. Un catecismo no es su equivalente, pues no incluye todo lo que es técnicamente “de fe estricta”, y contiene cosas que no lo son.

    Por otra parte, es imposible descubrir, preguntando a los sacerdotes, lo que es y lo que no es “de fe estricta”.
    Bastaría, pues, con proclamar oficialmente lo que ya es más o menos realidad en la práctica: que una adhesión de corazón a los misterios de la trinidad, la encarnación, la redención, la eucaristía y el carácter revelado del Nuevo Testamento, es la única condición para el acceso a los sacramentos.
    En este caso, la fe cristiana, sin peligro de que la Iglesia ejerciera tiranía alguna sobre los espíritus, podría ser colocada en el centro de la vida profana y de cada una de las actividades que la componen, impregnando todo, absolutamente todo, con su luz.
    Vía única de salvación para los desdichados hombres de hoy.]

  23. Raúl Zegarra dijo:

    Ya está publicado, querido Emilio.

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