Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (III)

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Quisiera con este último post terminar las líneas referidas a este tema, antes de eso, sin embargo, quisiera aprovechar este espacio más visible y revisado para agradecerles sus visitas. Desde que empecé a publicar estas entradas, que hoy terminan, al menos en su primera versión, he recibido un número inusitado de visitas que han superado cualquier número de lectores previo. No sólo eso, sino que los comentarios (agradezco a Fray Gustavo Moreno, a Emilio Novis, a Lucho Bacigalupo y a todos los demás) han sido de una calidad tal que me han ayudado a matizar posiciones y a explicar, espero, mejor mis ideas. Creo que el tema tocado aquí, independientemente de que la mía sea su mejor formulación, implica un asunto de gran valor práctico que debemos atender y analizar con detalle. Ojalá que el blog mantenga la calidad y el número de sus últimos visitantes para seguir en esa tarea.

[…]

Por ello, a la pregunta: ¿los dos niveles se complementan? La respuesta rotunda es sí. A la otra,  ¿el ser-católico depende de la aceptación integral de todos los elementos del segundo nivel?, en cambio, podemos responder con un no. Esta pregunta incorpora una falacia y el no notarla indica la incapacidad. Este punto creo que ha sido suficientemente esclarecido en las líneas precedentes, pero valgan algunas anotaciones más. Michael Walzer en su importante libro “Interpretación y Crítica Social” nos puede resultar útil a este respecto. La idea es que uno puede ser parte de una tradición sin que esto implique que ello anule la perspectiva crítica. Cuando yo digo que el dogma de la infalibilidad papal me parece un contrasentido, tengo argumentos de fe y de razón para sostenerlo. Mis argumentos, además, provienen de mi propia tradición católica. ¿Objetar ese dogma me hace ajeno a mi confesión religiosa? Yo declaro con fuerza que no. Hay personas, algunas son muy buenos amigos míos, que consideran que esto es incorrecto y que el apartarme de este dogma, por poner un caso, me aparta de la fe del católico. Sin embargo, ese tipo de argumentación parte de un supuesto que yo niego y que ellos no logran ver. A saber, un dogma del catolicismo. No puede haber unidad categórica en una religión que es esencialmente la interpretación de la Revelación. Como ya lo enseñó Gadamer, la interpretación es siempre mediación y por tanto no hay contenidos absolutos extra-históricos. Ergo, decir que un creyente ya no es católico por objetar ciertos postulados tradicionales parte del dogma del catolicismo y creo que sobran razones para objetarlo.

Sigamos con Walzer. Nuevamente, aquí no se trata de que un agente externo y extraño venga a imponernos formas de entender nuestra fe (como arrinconarla sin más a la esfera de lo privado como podría sostener un liberalismo ingenuamente formulado). Se trata de una crítica que emerge de la propia tradición y que da cuenta de que ella no es unitaria, sino que, como todo proceso de interpretación humana, implica tensiones y cambios según la época. Así, la Iglesia primitiva vivía a escondidas y bajo persecución y martirio. La iglesia post romanización se volvió una institución fuerte y claramente más extendida y proyectiva. Los primeros Padres de la Iglesia y la escolástica medieval se encargaron de tratar de poner en juego la razón y la fe. Y así, sucesivamente, la Iglesia ha ido modificando posturas, matizando afirmaciones y corrigiendo procedimientos (varios de ellos criminales, como el Santo Oficio). ¿Por qué sucede esto? Obviamente por la dimensión autocrítica, aquella que emerge de la asimilación de estos problemas por los propios miembros de la tradición.

¿Qué se concluye? Pues que Walzer tiene razón y que la crítica es un elemento constitutivo del progreso histórico. O, en palabras de Vattimo, que si la capacidad auto-crítica no existiese quizá lo que tendríamos hoy es un grupete de fanáticos religiosos en el siglo XXI. El problema, es que de hecho, ese grupete existe (yo conozco a varios en Perú y fuera de nuestro territorio) y, muchas veces, se cree poseedor de la denominación de origen, para usar una categoría común con el pisco peruano. En suma, se concluye que el catolicismo como confesión religiosa no es, ni debe ser una unidad monolítica. Todo lo contrario, el cambio le es inherente y necesario para su perduración. ¿Qué implica esto? Pues vivir la fe, pero conscientes de la necesidad de transformarla en las categorías de cada tiempo.

Dicho todo esto, espero haber contribuido, al menos débilmente, a poner sobre el tapete una cuestión que es fundamental. No digo en estas líneas nada que a mí me parezca suficientemente novedoso; sin embargo, sí algo que me parece necesita ser más examinado y explorado. Al menos, estoy seguro porque las preguntas y comentarios han sido recurrentes, que se trata de una cuestión que genera dudas, incluso en mentes bastante preclaras. Los conflictos, creo, se derivan de la aceptación del dogma. Lo que habría que pedir, entonces, es que este dogma sea objeto riguroso de análisis y que pase, justamente, por el filtro de las categorías conceptuales de nuestra época. Así, Nietzsche, el pragmatismo, la hermenéutica y la deconstrucción deben ser herramientas cardinales en este proceso de análisis y de aprendizaje. Este blog, en realidad, es un esfuerzo, más articulado de lo que puede parecer a veces, por tener una perspectiva crítica de la tradición sin dejar de ser parte de ella.

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16 respuestas a Un dogma del catolicismo y algunas consecuencias de cuatro incapacidades (III)

  1. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    El que sigue es un comentario de Emilio Novis que, al parecer, no se pudo colgar por la vía común. Aquí lo copio tal cual me lo enviara:

    Estimado Raúl:

    Completamente de acuerdo en todo lo que has expuesto de manera tan lúcida (salvo la referencia a Nietzsche, que aunque de él se pueden extraer cosas útiles, de manera general, pienso que es preferible buscar esos elementos -que sí existen- en otros autores que con mayor evidencia poseen un espíritu más afín con el cristianismo).

    Ahora bien, lo central. El dogma de la infalibilidad papal, puesta por escrito durante el Concilio Vaticano I (aunque implícitamente aceptado por lo menos desde que la religión cristiana se volvió religión oficial romana), quiere decir sobre todo, si no me equivoco, que la Iglesia no puede cometer errores en materia de fe y costumbres y, por lo tanto, todo lo que ella defina (sobre todo durante la celebración de los concilios) o sea aceptado por la comunidad de manera implícita, debe ser creído por todo fiel; todo, sin excepción. Claro que existen razones para poner en duda la infalibilidad de la Iglesia, que muestran que de hecho la Iglesia evoluciona (como apuntas) una de ellas por ejemplo: durante la Edad Media se creía que fuera de la Iglesia no era posible la salvación, ahora, salvo excepciones ya nadie sostendría eso seriamente. Pienso que si uno de nuestros curas actuales fuera trasladado a esa época prácticamente se le acusaría de herejía si sostuviera públicamente esa posición. En la “Carta a un Religioso” Weil hace notar otro ejemplo, cito:”Un concilio declara anatema a cualquiera que no crea que las palabras de Cristo ‘…cualquiera que no sea engendrado de nuevo a partir del agua y del Espíritu…’ la palabra agua designa la materia del bautismo. Según esto, todos los sacerdotes actuales son anatemas. Pues si un hombre que no haya deseado el bautismo puede salvarse, como ahora se admite generalmente, ha debido renacer del agua y del Espíritu en un sentido necesariamente simbólico; se toma, pues, la palabra ‘agua’ en un sentido simbólico”. Así pues, me parece que ese tipo de consecuencias y contradicciones resultan de considerar a la Iglesia (católica) infalible. Sí de hecho ese dogma no se sostiene, sin embargo, lamentablemente, el catolicismo no deja de considerarlo vigente. Pese al esfuerzo realizado por el concilio Vaticano II (que se abstuvo de dar definiciones y de declarar anatemas) este dogma, sin embargo, sigue siendo sostenido, siendo tan bien uno de los puntos más problemáticos de la Iglesia. Y también se sostiene la consecuencia directa de este dogma, que es la noción de herejía. De manera especial, el Código de Derecho Canónico vigente (CIC, por sus siglas en latín- y elaborado a partir del Concilio Vaticano II hasta el pontificado de Juan Pablo II) sostiene claramente el dogma y el “crimen” de herejía (además del de apostasía y cisma). Dice el CIC 750: ” Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.” Además el siguiente, 751:”Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos.” Y como muestran otros artículos se prohíbe, a cualquiera que incurra en esos delitos, la participación en los sacramentos: “1364 § 1. El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión latae sententiae, quedando firme lo prescrito en el. 194 § 1, 2; el clérigo puede ser castigado además con las penas enumeradas en el. 1336 § 1, 1 , 2 y 3” y 1331 dice: “1331 § 1. Se prohíbe al excomulgado: 1 tener cualquier participación ministerial en la celebración del Sacrificio Eucarístico o en cualesquiera otras ceremonias de culto; 2 celebrar los sacramentos o sacramentales y recibir los sacramentos;

    3 desempeñar oficios, ministerios o cargos eclesiásticos, o realizar actos de régimen.”

    Como se ve, al menos a partir de lo expuesto, fundamentalmente, la actitud oficial de la Iglesia, no ha cambiado en mucho. Aunque de hecho en la práctica sí, pues a nadie se le pide para comulgar conocer todos los dogmas o haber leído el CIC.

    Pienso que es sobre todo está actitud, como ya lo mostré en comentarios precedentes, es la que necesita ser revaluada con urgencia. Pues puede ocurrir el caso que, aunque un ser humano ame a Cristo y practique la caridad, aún así corra el riesgo de incurrir en excomunión. Y de ahí que la Iglesia corra el riesgo de cometer una cruel injusticia, sobre todo si se sabe que no existe nada mejor para la salud del alma que el sacramento de la eucaristía. Como ya lo mostré, me parece que está actitud no contiene fundamentos auténticamente religiosos, sino de carácter político, por el afán de querer asegurar un poder. Un poder que de hecho es de este mundo, cediendo quizá entonces la Iglesia a la tentación que Cristo evitó cuando el diablo se le cruzó, al mostrarle los reinos del mundo, le dijo:”Te daré todo ese poder y esa gloria, porque me lo han dado a mi y yo lo doy a quien quiero; si me rindes homenaje, todo será tuyo …(Respondiendo Cristo):Está escrito: Al Señor tu Dios rendirás homenaje y a él solo servirás”(Lucas 4,1-13).

    Una vez, conversando con un cura, extraordinariamente bien formado, me dijo que el CIC es algo a lo que no le daba demasiada importancia, que lo único que le importa a él es quien comulgue no sea presa del orgullo y ejerza la caridad. Pienso lo mismo evidentemente, pero no por ello la actitud de la Iglesia cambia. Pues pienso que es preciso que cambie de manera oficial, anunciándolo a todo el mundo.

    Hay razones de fe para considerar los dogmas no como cosas que se deben afirmar o negar para formar parte de la Iglesia, sino como objetos de contemplación perpetua, pues de la voluntad, que podemos controlar con cierta medida, no depende afirmar ni negar, eso depende de la evidencia de la inteligencia, pero sí depende de la voluntad el prestar atención. Eso es algo positivo en la Iglesia, al pedir atención a sus fieles, pero pienso que legítimamente no puede exigirles nada más que eso.

    Así pues, la conclusión, de una importancia práctica inmensa, es que la única condición para acceder a los sacramentos es el deseo del corazón. Pienso que si la Iglesia católica no cambia al respecto, terminará -tarde o temprano- prácticamente desapareciendo, salvo que trate de imponer el poder de manera violenta (lo que evidentemente no es nada conveniente), debido a la proliferación de otras iglesias, que no imponen condiciones tan estrictas para la celebración. De manera especial, como ya me parece habértelo comentado en algún lado, las iglesias católicas liberales (que cada día tienen más adeptos) parecen más en sintonía con el espíritu cristiano, en lo que a la distribución de los sacramentos corresponde -que es lo fundamental en la Iglesia. La idea no sería pues la deserción, sino el cambio. Pues también es cierto que pese a todo, pese a que algunas de esas iglesias deriven de la Iglesia católica, ninguna es más, y difícilmente será tan rica en tradición como la católica romana; ninguna tampoco podría a llegar a tantas almas como nuestra Iglesia católica lo hace.

    Muchas Gracias, y espero este sea lo último respecto a este tema poco agradable que comento. Disculpen otra vez la terrible extensión.

    Evidentemente, estaré muy agradecido si a alguien le parece pertinente alguna sugerencia, réplica o aclaración.

    Su servidor, Emilio Novis.

  2. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Un excelente comentario, Emilio. Lleno de tu acostumbrada lucidez y espíritu crítico. Comparto todo lo que dices y, además, felicito tu interés por compartir el material que tienes, sabiendo lo que implica ponerse a buscar citas y demás. Muchas gracias.

    Creo que tienes razón en el caso de Nietzsche, de todos modos quiero seguir curioseando por ese camino para ver qué se puede encontrar. Más allá de eso, comparto todo lo que dices y respaldo firmemente las bellas palabras de tu amigo sacerdote. Lástima que no todos logren comprender lo sencillo del mensaje cristiano.

  3. Estimado Raúl:

    El tema de los dogmas es irrevocable. En materia religiosa sí puede haber algo así que sea ahistórico y eterno puesto que nace del mismo Dios que es así. Cierto que Dios mismo se historioriza pero no por ello es temporal, como bien sabemos. Si los dogmas son declaraciones de humanos impulsados e inspirados por el Espíritu Santo, entonces son infalibles pues vienen de Dios mismo. Esto es sólo sostenible si se acepta que tales dogmas declarados por el magisterio ordinario viene de Dios, si no acepta, pues no hay más vuelta que darle; no se cree en ello y punto.

    La fe, es cierto, se vive y más aún se experimenta (en el sentido heideggeriano del término).

    Yo no creo que los dogmas se puedan poner a objeción. Otras cuestiones sí, las cuestiones de periferia, las que no son parte de las Fide definitas. El chiste de la imagen que pones, eso es debatible: el uso de preservativos; ello no es un dogma, puede variar. El aborto no, pero es porque se respeta el derecho a que una persona pueda vivir su vida, eso es indiscutible para lo que aman la vida (atendiendo que existen hechos morales). Pero de ahí decir que podemos variar el dogma de la Santísima Trinidad o de la Naturaleza Divina de Jesús o la Maternidad de María, o sea, la Theotokos, no lo creo. Una cosa es que el Papa sea infalible, cuestión difícil que no sea así, y otra es que se haga la misa en latín o en armeniano.

    No puede haber religiosidad de comunidad sin institucionalización, y eso es, a mi parecer, básico.

    De que la tradición no sea unitaria no se sigue que se puedan objetar los dogmas. Hay muchas tradiciones en la Iglesia, pero hay algunas que han subsistido dentro de la Tradición que está en manos del colegio apostólico de los obispos con el de Roma a la cabeza y que reciben la inspiración de Dios mismo por medio de su Espíritu Santo. Esta es la idea básica. Y si te entiendo bien, ergo no podría seguir tus conclusiones.

    De todas formas, muy buen post e interesante. El debate sobre estos temas siempre son importantes.

    Saludos,
    Ricardo.

  4. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Como te imaginarás, Ricardo, estamos en desacuerdo. No me extiendo en especificar por qué, ya que el artículo y mis comentarios posteriores dejan clara mi posición. Lo único que me genera reserva es tu tono algo definitivo sobre estas cuestiones, costumbre poco común entre filósofos😛. De todos modos, te agradezco la lectura. Ya conversamos.

  5. Gustavo Moreno dijo:

    Querido Raúl, creo que la polarización entre la postura de Ricardo Milla y la que tu expones se debe no tanto a una real oposición; sino a la necesidad de distinguir con mayor sutileza ciertos matices de la reflexión sobre el dogma.
    En la teología católica postconciliar (desde 1965 hasta hoy), se ha tocado un tema llamado “la evolución del dogma”. Este consiste en estudiar los principios de fe fundamentales que intervienen en una recto progreso teológico en temas dogmáticos. Exponer todo sería muy extenso; pero hay un principio fundamental que rige todo: la Revelación no es un “conjunto de verdades” que Dios ha dictado a una comunidad… la Revelación es la Verdad que se muestra detrás de un acontecimiento: Jesucristo, su vida, su historia y sus palabras.
    A partir de este principio se deducen dos cosas, las que creo que están enfatizadas en la exposición de Ricardo Milla y la tuya respectivamente: la Verdad que conoció la Iglesia en Jesucristo viene de Dios, por tanto, no se puede desdecir; y, por otro lado, está moldeada por el lenguaje humano, y su expresión y formulación varía (y debe variar) con el pasar de los años.
    Si alguna pequeña conclusión puedo alcanzar es la siguiente: cada formulación dogmática no es absoluta en el sentido de que no pueda mejorar o cambiar; pero sí lo es en el sentido de que contiene una verdad que es de Dios. El problema, tal como lo manifestó Emilio Novis en su comentario, es que a veces pasan los años, nuevas reflexiones surgen acerca de la enseñanza de Cristo, y no se sabe cómo integrarlas en la tradición católica. La respuesta creo que está en saber ejercer el arte de pensar para conciliar la enseñanza que se mantenía con la nueva que se asoma, ya que ambas vienen de la misma fuente: el Evangelio.
    En el caso concreto de la salvación fuera de la Iglesia, el dogma ha evolucionado porque ahora se reconoce que los límites de la Iglesia no son los que se tenían por tales durante los siglo XVI al XX… son más amplios. Esta enseñanza no la ha inventado la Iglesia en el siglo XX, ya está insinuada en la Escritura y en los Padres de la Iglesia. Pero se mantienen así las dos realidades: los hombres solo se salvan en la Iglesia, pero en la Iglesia entran MUCHOS que no pertenecen a sus límites visibles ¿solución ingeniosa? ¿genialidad religiosa? ¿juego de palabras? ¿don espiritual de sabiduría? Yo apuesto por lo último, pero ya es por fe.
    No sé si fui lo suficientemente concreto, lo que quiero aportar es que ambos elementos en el dogma: su origen divino y su origen humano, a imagen del Hijo de Dios encarnado, deben mantenerse sin mezcla, sin separación y sin recortes… para no renunciar a lo grande y desafiante de una fe que busca entender.

  6. Estimado Raúl:

    Comprendo tu respuesta. Lo mio es una opinión, nada más😛 En cuestiones de fe hablo más bien como católico que como filósofo. Ciertamente puedo hacer filosofía de la religión pero también admito lo que el magisterio dicta pues, para mí como para el colegio apostólico, al adoptar la fe en mi vida con ello asumo todo lo que con ella conlleva, a pesar de que en la práctica no todo se dé. Y con el problema de lo “definitivo” pues la misma Iglesia es clara al llamar a las Fides definitas como deifinitivas, que no son muchas. Sobre otras cuestiones: Bienvenidas todas las “puestas en tela de juicio”.😛

    Estamos hablando.

    Saludos,
    Ricardo.

  7. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Estoy de acuerdo con todo, Gustavo; excepto con las últimas líneas ya que me parecen confusas. Decir que han de mantenerse “sin mezcla y sin separación” es una contradicción en los términos. Obviamente, eso ya lo sabes, así que presumo que es giro de tu prosa; sin embargo, no sé si pueda aceptarse como giro legítimo. En un caso de esta naturaleza o hay que optar o ser muy claro al explicar cual sería el sentido de la contradicción.

  8. Estimados todos:

    No podría estar más de acuerdo con Gustavo Moreno. Creo que es una posición media muy válida. Expresa, en síntesis, lo que pienso mejoro de lo que yo pude expresarlo.

    Especialmente me gusto que “la Revelación es la Verdad”. Es algo muy hermoso cuando se piensa y reflexiona detalladamente.

    Saludos,
    Ricardo.

  9. Gustavo Moreno dijo:

    ok me explico: las dos dimensiones del dogma, la divina y la humana, están unidas. Sin embargo, la forma de la unión es lo que trato de matizar: No están mezcladas, como que lo divino se ha hecho humano perdiendo sus características trascendentes o que lo humano se ha hecho divino perdiendo sus características contingentes… más bien lo trascendente y lo contingente del dogma permanecen íntegros ¿cómo esto es posible? no lo sé, aunque puede ayudar el atender a que lo trascendente del dogma se conoce por contemplación y lo contingente por articulación linguística.
    No están tampoco separadas ambas dimensiones: no son dos conocimientos diferentes ni dos realidades distintas, son realmente un solo conocimiento pero en dos niveles distintos.

    La formula que usé es inspirada en la formulación sobre la unidad de naturalezas en Cristo que usó el Concilio de Calcedonia: “sin mezcla ni confusión, sin división ni separación”. Quiere decir que en Jesucristo no se fusionó lo divino con lo humano, cada naturaleza sigue siendo ella misma; pero tampoco actuaban separadamente, ambas actuaban como una. Están unidas pero no mezcladas; distintas pero no separadas.

    Perdón por el excursus teológico, pero me pareció importante para explicar esa pequeña fórmula al final.

  10. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Me imaginaba que ibas por allí, pero era importante la precisión. Seguimos conversando😉

  11. Emilio Novis dijo:

    Querido Raúl:
    Como addenda, y para tratar de aclarar el problema central, comparto con ustedes el siguiente texto, escrito en primera persona. Retomo ciertas ideas que ya he expuesto; me gustaría saber que respuesta darían los católicos al respecto, especialmente la del sr. Moreno (como favor especial), pues brinda tan generosamente la atención necesaria. Evidentemente todo lo tratado hasta ahora está muy lejos de de ser un juego, por eso pido respuestas serias. Bastaría un sí o un no, sin necesidad de argumentación (aunque sería conveniente).
    Por mi parte, espero que este sea mi último aporte sobre este tema poco agradable.
    Muchas Gracias.
    Emilio Novis.

    •Confío en que el Papa es infalible, esto es, en principio, estoy dispuesto a admitir que el papa no yerra en materia de fe y costumbres, por recibir auxilio del Espíritu Santo, como cualquier otro santo. Pero solo confío en esto, lo que implica aceptar la posibilidad de que pueda errar, al menos parcialmente, por no ser lo suficientemente perfecto para recibir ese auxilio. Incluso si hasta ahora nunca hubiera errado, eso no anularía una posibilidad futura.
    Esto conlleva a una cierta actitud respecto a las definiciones que realiza la Iglesia católica. Cuando define algo en materia de fe y costumbres, esa definición debe ser recibida con respeto, lo que implica prestarle una atención desapegada hasta que, probablemente, la luz interior permita evidenciar la verdad en esa definición. Sólo cuando se experimenta esa evidencia la adhesión es sana, no servil. Si no se experimenta esa evidencia, no puede existir adhesión, por más que se quiera y por más que la definición sea verdadera en sí misma; si a pesar de ello uno acepta la definición como verdadera, no existe adhesión sino apego y no deseo incondicional de verdad. Si no se experimenta esa evidencia, tampoco la definición debe ser rechazada, sino que debe ser materia de contemplación perpetua. En general, todo lo que sale de la boca de un santo, o de alguien que tiene indicios de serlo, debe ser materia de contemplación perpetua, pero sólo eso. Contemplación no es afirmación ni negación, es atención desapegada. Esta actitud, de espera atenta, es la que con el tiempo acrecentará o disminuirá las evidencias y las adhesiones(adhesión tampoco es afirmación exenta de toda duda). Es esta actitud la única que permite el progreso espiritual, pues lo malo del servilismo y la sugestión es que, aunque quizá puedan brindar una cierta tranquilidad y seguridad, no son compatibles con el deseo incondicional de verdad y por lo tanto nocivos para el progreso espiritual, para la salvación del alma.

    Pregunto ahora: ¿Algo de lo expuesto aquí es incompatible con la pertenencia a la Iglesia católica, es decir, si alguien se adhiere a estos pensamientos se le negaría participar en la comunión?

  12. Gustavo Moreno dijo:

    La apreciación que haces sobre la infalibilidad del Papa es verdadera: en cuanto persona, puede no ser lo suficientemente perfecto para recibir el auxilio del Espíritu Santo y, por tanto, ser falible. Lo que yo apuntaría es que el dogma de la infalibilidad, tal como lo define la Iglesia en el Concilio Vaticano I, tiene un añadido que matiza totalmente la afirmación: el Papa, en materia de fe y moral, no yerra cuando se pronuncia solemnemente y “ex cathedra”. Este último añadido matiza la formulación porque restringe la infalibilidad: el Papa no es infalible en cuanto sabio, contemplativo, teólogo o santo… lo es solamente cuando habla en nombre de la Iglesia Universal. Porque, en el fondo, no es él el infalible (sería necio atribuirle eso a un ser humano); sino la Iglesia, de la cual está escrito que “la puertas del Hades no prevalecerán contra ella”… y en el Hades están incluidas las tinieblas del error. El Papa participa de esa infalibilidad sólo cuando habla como cabeza de la Iglesia Universal y en cuanto está unido a su enseñanza universal. Pero tienes toda la razón al decir que, como persona, si no se abre al auxilio de la gracia, es totalmente falible.
    En cuanto a la evidencia y la adhesión servil… tengo que confesar que muchas veces me he visto en el mismo dilema: la Iglesia define algo que para mí realmente no está claro, como el uso de anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales, la creación de la nada, etc. Y siento en mi interior la lucha entre la confianza en la Iglesia y la confianza en mi razón… pero en ese momento recuerdo la promesa del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, y recuerdo que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, como lo menciona repetidas veces San Pablo… no una mera Iglesia de unidad invisible, porque el Señor claramente quería que la unidad sea visible para que el mundo crea al verla (Jn 17), sino la visible comunidad eclesial… al recordar estas cosas, decido poner a prueba mi razón: “¿y si lo que ahora me parece contradictorio es porque no lo he pensado lo suficiente?” Y, confiando que Cristo vive y habla en la comunidad eclesial, le doy más vueltas a mis cuestiones y, hasta ahora, doy testimonio de que todas las he podido resolver satisfactoriamente.
    A lo mejor esta última respuesta es más testimonial que argumentativa, pero pienso que ayuda. Si lo quieres de modo argumentativo sería así: la evidencia sí es necesaria para que el asentimiento del espíritu sea perfecto; pero, cuando ella no es posible, la fe en quien se muestra digno de ella es lo más razonable. Con el auxilio del Espíritu Santo, e iluminados por la fe, el espíritu llegará al conocimiento experiencial de esa realidad que por ahora aún no se conoce; pero, hasta entonces, la fe nos guía. No es perfecta, pero es suficientemente razonable para dejarnos guiar por ella; lo importante es no resignarse a ella, sino buscar siempre alcanzar la evidencia.
    En cuanto a la última pregunta: no lo sabría responder… el juzgar si una doctrina es parte de la comunión de la Iglesia o se aparta de ella depende de su compatibilidad con la enseñanza de Cristo y los apóstoles, y yo no tengo ahora la claridad para hacer ese juicio (ni soy quién para hacerlo). En líneas generales me parece verdad lo que dices, sólo discrepo en que sí creo que es válido un asentimiento aún con falta de evidencia, por fe en quien te hace la propuesta. Pero no sé si esa discrepancia implica a la fe apostólica o si rompe la comunión… porque tampoco discrepo con la idea de que la evidencia está por encima de la fe. Si quieres saber más sobre ese tema, Clemente de Alejandría y Orígenes (s.III) escribieron sobre diferentes tipos de cristianos: los “de fe” y los “de conocimiento” (písticos y gnósticos). Con todo, perdón por no responder tu pregunta decisiva. Dios te bendiga.

  13. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Creo que Gustavo responde bien a lo que buscaba Emilio. Yo, por el momento no tengo demasiadas cosas que decir, en la medida en que ya he detallado mi posición innumerables veces y por varias vías, varias de ellas en este artículo y sus comentarios respectivos. A pesar de ello, reafirmo mis desconfianza en el dogma de la infalibilidad papal. Conozco sus alcances y los conocía antes de escribir el artículo; sin embargo, objeto. Mis razones ya han sido expuestas. Igualmente objeto buena parte de la enseñanza sobre la sexualidad; aunque en relación a esta tengo más reservas porque ahí sí creo que la Iglesia tiene parte de razón y parte de culpa (tendría que detallar mis razones en otros espacio).

    En todo caso, a diferencia de mi buen amigo Fray Gustavo, no soy un religioso agustino; sino un seguidor de San Agustín con un espíritu religioso. Ese pequeño juego de palabras me da ciertas libertades que él no se atreve a tomar. Yo respeto su posición y conozco del valor de la obediencia en las órdenes monacales; no obstante, creo que ese voto está sobredimensionado en valor. Hay tanta evidencia de error en la Iglesia como de error en los seres humanos sin adscripción religiosa. En mi caso, me pongo de rodillas ante el Señor, ya que estamos en la parte medio testimonial, y pido que ilumine mi razón para comprender la Revelación. Al hacerlo, sin embargo, ella me hace pensar que es tremendamente posible que la Iglesia esté equivocada, sobre todo si se tiene en cuenta lo lento que la Iglesia suele avanzar y la cantidad de elementos probatorios en contra de más de uno de sus postulados.

    Finalmente, respeto las sugerencias bibliográficas de Tavo, pero hay siglos en adelante respecto de los primeros pensadores cristianos. Siempre tengo la sospecha de que a los curitas, espero que no sea tu caso, les falta mirar un poco más el presente (y cuando dio presente me refiero a las cosas que se escriben en el siglo XXI, algunos creen que uno habla de textos de los 50s). Quizá si lo hicieran podrían leer mejor los signos de los tiempos. Eso, obviamente, no excluye el pasado; pero, precisamente, no debe obviar el presente.

  14. Gustavo Moreno dijo:

    Me parece un buen comentario, con muchas sugerencias constructivas, sólo pido que quede claro a los lectores que, aunque mi postura está definitivamente vinculada con mi condición de fraile, eso no condiciona directamente los argumentos expuestos… ante experiencias negativas vividas anteriormente, pido que se lean sin prejuicios anti-eclesiales, sino con la mayor imparcialidad posible y espíritu crítico. Ante un buen argumento en contra, no encontrarán en mí un “comprendo pero pienso distinto”; sino que estoy dispuesto siempre a dar lugar a la autoridad de la razón por sobre mis planteamientos personales. Gracias.

  15. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Gustavo me conoce y sabe que a veces me apropio de la sorna para responder a algunos comentarios (dentro o fuera de este blog). Sin embargo, quiero dejar clara mi total coincidencia con lo último que dice. De hecho, cuando me he referido a él como “fray Gustavo” lo he hecho con una intención muy clara: ponerlo como ejemplo de un religioso con espíritu crítico. Cosa que se ve poco y que por eso respeto mucho. De todos modos, creo que tanto él como yo somos conscientes que la educación de los curas siempre tiene ciertas restricciones, asociadas en muchos casos a la obediencia. Más allá de eso, respaldo el pedido de Tavo. Además, es siempre una ingenuidad, si es que no una estupidez, descalificar a las personas como interlocutores por su confesión religiosa o adscripción a un determinado derrotero intelectual. Yo aprecio mucho el aporte de Gustavo y, seguro que los lectores también: así lo testimonian, al menos, los comentarios. Un abrazo y gracias a ti, más bien.

  16. Emilio Novis dijo:

    Estimados:
    Excelente la respuesta del sr. Moreno (la que agradezco inmensamente), prueba más del excelente espíritu que parece poseer, y que es tan necesario en esta época (como en todas, a decir verdad).
    Sólo unas aclaraciones y apreciaciones, para ya no hacer demasiado largo el debate:
    Cuando me refería a los actos definitorios realizados por el Papa, tenía sobre todo en cuenta la condición ex-cathedra. La verdad no veo, y quizá eso sea por mi insuficiencia, qué diferencia puede haber en las operaciones del espíritu cuando el Papa se pronuncia solemnemente. Pues al pronunciarse ex-cathedra, no por ello se encuentra más cercano de la perfección y libre de error. Pues pienso que para recibir el auxilio del Espíritu, la única condición es desear la verdad incondicionalmente. Cualquier ser humano que cumpla esa condición, recibirá, tarde o temprano, el auxilio de la gracia, sea Papa o no lo sea, y sólo si cumple esa condición; recíprocamente, así el Papa se pronuncie ex-cathedra pero, si no cumple con la condición del deseo incondicional de verdad, probablemente no reciba auxilio del Espíritu, no se abra a la gracia. ¿Puede ser el Papa una excepción a eso, ex-cathedra o no? No lo sé. Me inclino a pensar que en el ámbito de las cosas espirituales todos los seres humanos -en principio, con una capacidad de atención normal- sin excepción, son capaces de recibir tanta verdad y bien de manera proporcional a la intensidad y autenticidad de su deseo. Pienso a su vez que en el fondo no existe fundamento bíblico (sobre todo teniendo en cuenta el Nuevo Testamento) que contradiga lo que postulo.
    En principio, ninguna definición que realiza la Iglesia, tenga evidencia de su verdad o no, la afirmo ni la niego categóricamente, sin matiz de duda. Pero siempre estoy más inclinado a afirmarlo que a negarlo. Esto significa, en cierto sentido, que siempre mantengo en mí un pequeño espacio a la duda, a una duda positiva sin embargo, que se inclina siempre más por afirmar que por negar. Pienso que quizá, aunque a mí me parezca evidente la verdad que contienen los dogmas, incluso en los más básicos, aquellos de los que jamás dudaría públicamente, siempre existe la posibilidad de que algo ande mal en mí, de que quizá en el fondo todo es una mentira. Es por ello que lo único que me queda es anhelar poseer el deseo incondicional de verdad en su pureza total. Pienso que no existe ningún pecado en esa actitud, pues Cristo dijo que ante todo Él era el Pan de la Verdad, pero que hay que desearlo verdaderamente, es decir, que hay que desearlo incluso antes que como alimento, sobre todo como verdad.
    Esa posibilidad de error la considero real, no solo en mí, sino en todo ser humano, salvo en Cristo. También la considero posible en cualquier colectividad (que en el fondo, no posee capacidad de pensamiento) incluida la Iglesia.
    No sé tampoco si la Iglesia considera aceptable esa especie de duda positiva que mantengo en todo lo que define teniendo en cuenta que la herejía la define no sólo como la negación sino como duda pertinaz, es decir, como duda con conocimiento de la definición. Me inclino a pensar que, en principio, la mayoría de los religiosos con un gran espíritu, como pienso el sr. Moreno lo es, no colocaría bajo la categoría de los herejes a alguien que piense de manera parecida. Pero ¿cuál sería la postura oficial de la Iglesia, teniendo en cuenta la rigurosidad de sus definiciones?

    Muchas gracias de nuevo, especialmente a Raúl y al sr. Moreno.
    Emilio Novis.

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