El aborto y la esfera pública (u otro asunto de incapacidades) (III)

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Quisiera, después de varios días, terminar con este artículo indicando mi posición respecto de esta materia en función a las tesis ya introducidas y a lo que dicta una análisis mesurado y coherente. Antes de ello, sin embargo, quisiera agradecer los aportes de los lectores es sus comentarios, particularmente el de un nuevo, pero valioso, visitante, Althelmus. En realidad, varias de las cosas que voy a decir aquí están muy bien planteadas ya en sus comentarios; no obstante, quiero ser claro y por ello prefiero dejar sentada mi posición en el cuerpo del artículo.

Tesis 3: En un Estado democrático la Iglesia no tiene ninguna autoridad más allá de la de un actor de igual rango que cualquier otro

Esta afirmación se desprende de las tesis 1 y 2. En un escenario plural en el cual no existe dependencia del Estado respecto de una confesión religiosa particular, la Iglesia Católica (o cualquier otra) no tiene ningún rol preponderante más allá del rol de una voz entre muchas otras (como la de los grupos pro-derechos de la mujer que defienden el aborto) que debe ser escuchada. Ahora, tengamos cuidado. Nadie dice que no se debe atender la voz de la Iglesia, todo lo contrario. Habría que ser ingenuo para pensar que un Estado laico supone el silenciamiento de las voces confesionales; por el contrario, supone su escucha muy atenta, pero una escucha que se hace con el mismo interés tanto para con ella como para con cualquier otro grupo que defiende posturas distintas e incluso abiertamente contrarias.

Si ese es mi punto, volvamos un momento a la intervención de mi amigo fray Giancarlo en Radio Capital y la de antes de ayer en el matutino de Frecuencia Latina. Sostengo, como lo hice ya, que su estrategia de argumentación es mala o, en todo caso, mala en un sentido. Si Giancarlo pretende hablarle sólo a la personas que creen en Dios y reafirmar con ellas el derecho a la vida que defiende su confesión religiosa, su estrategia, asumo, tiene algún margen de éxito. No obstante, me pregunto: ¿qué utilidad tiene esto?, ¿no termina haciendo cada vez más sectario el discurso religioso?, ¿no estimula una visión fundamentalista de la realidad? Me explico.

Al apelar a una base compartida de fe, Giancarlo acierta en tanto apelación legítima; sin embargo, esta apelación a los creyentes se hace en términos errados, me parece. Se hace suponiendo que se tiene un discurso verdadero en tanto revelado por Dios (y eso que Althelmus –vean los comentarios– ya ha ofrecido evidencia, contra un argumento flaco de Fray Gustavo, de que no existe, estrictamente, fundamento bíblico sobre este tema). Esa suposición, lamentablemente, lleva a la polarización (y, ya lo explique, fue hace siglos la causa de las guerras de religión): por eso vemos enfrentamientos en los exteriores del Congreso, mujeres llorando con un rosario en la mano, etc. Vemos eso digo, pero pocos buenos argumentos.

Para mí, el problema es sencillo: se trata de un mal enfoque y de mal manejo de categorías conceptuales. Creer que se posee la verdad por revelación en esta materia es una creencia legítima (aunque yo tengo mis dudas), pero no puede ser la base del argumento. Si esto sucede, lo que se ve es una gran pobreza para el diálogo intersubjetivo, que es el presupuesto del intercambio en un Estado democrático. Cuando Giancarlo debatía con la especialista en salud reproductiva fue claramente sobrepasado  por ella. Mi amigo no llegó a decir nada que fuese a la médula del asunto: las políticas públicas de un Estado laico. E insisto, no porque él estuviese de plano equivocado, sino por un error categorial o, para ponerlo en clave wittgensteiniana, porque no supo (¿sabe?) hablar en el juego del lenguaje democrático. Giancarlo es un hombre inteligente, por el cual guardo un profundo aprecio; sin embargo, ha caído como casi todos los curas que he escuchado en un error en la argumentación al pretender que sus razones confesionales son razones válidas para ser impuestas a todos los demás en un orden democrático.

“El derecho a la vida es inalienable, el derecho de los más indefesos debe ser protegido, etc.” Ese es el argumento casi siempre (y eso que el tema de cuándo aparece la vida es materia aún de debate científico). Muy bien, digamos que es un argumento válido. La pregunta que surge es, “¿y en qué se basa usted para decir eso?” Y la respuesta siempre es “Dios” o alguna variante pretendidamente neutral, pero casi siempre de corte confesional (esto no sucede en todos los casos, hay argumentos jurídicos distintos e interesantes, pero no me ocupo de ellos aquí por ahora). ¿Eso está mal? Digo con claridad que no, pero eso es insuficiente si es que se quiere discutir el asunto en términos de políticas públicas. Si mi amigo Giancarlo pretende reforzar la fe de sus fieles, genial; mas si quiere discutir el tema en la esfera de toma de decisiones para TODOS argumentos de corte confesional son muy débiles. Y, en todo caso, si quiere usarlos, debe ser consciente de que perderá cada uno de sus debates públicos (como lo ha hecho, desde mi perspectiva). Mis amigos de Communio, la comunidad de jóvenes agustinos que Giancarlo guía, se entusiasman cuando ven que se debate este asunto y rápidamente defienden la postura de la Iglesia, sacan pancartas y demás. De hecho, eso está muy bien porque creen en dicha postura con vigor y firmeza. Yo les pregunto, sin embargo, ¿se han puesto a analizar seriamente el problema independientemente de su fe? Piero, un joven miembro de estas comunidades, me responderá: “pero este es asunto de nuestra fe, precisamente: ¿por qué habría que salir de ella?”. Y yo insistiré, “nadie te ha dicho que dejes tu fe, yo soy igualmente católico y compartimos básicamente lo mismo, lo único que te pido es que no cierres los ojos “por fe” a la realidad y trates de ponerte un momento en el lugar del otro”. Es muy fácil hablar en absolutos, pero cuando uno ve el sufrimiento, el dolor de una madre abusada sexualmente, el dolor de una madre que da a luz prácticamente a un muerto, etc., uno debería ser más sensible y dejar de hablar en absolutos carentes de empatía y de amor.

Concluyo. Yo estoy a favor de la despenalización del aborto en los casos en debate, a favor en principio y podría retroceder dependiendo de la forma en que se pretenda llevar a cabo la regulación. Lo estoy porque respeto la libertad de consciencia y, sobre todo, porque no soy mujer y jamás podría ponerme en el lugar del sufrimiento de una de ellas en las condiciones que se debaten ahora. Muchos creerán que esta es una postura no-cristiana. Yo defiendo mi posición diciendo que me parece menos evangélico cerrarse en un absoluto poco meditado sin hacer excepciones; pero sobre todo, me parece poco cristiano tratar de imponer una sola visión del mundo (la visión católica de la vida) a muchas mujeres que no creen en ella o que, creyendo, deciden optar en un escenario tan difícil. Para mí la cuestión es simple, al menos en este punto: meter a la cárcel a una mujer por optar en un caso como estos me parece un acto de crueldad inverosímil. Despenalizar el aborto, para estos casos, me parece lo más cuerdo (con condiciones bien definidas, no se trata de aquí de despenalizar sin más): a saber, no se obliga a nadie, sólo se dice “si en un libre acto de consciencia, decides hacerlo, no podemos meterte a la cárcel por ello”. Quizá Dios castigue, quizá la Iglesia excomulgue. Ok, pero nadie debe ir a la cárcel por ello. La fe y las políticas públicas son dos fueros que deben conversar siempre, pero la primera no tiene por qué imponerse sobre la segundas. Nótese mi enfoque por favor: aquí sólo estoy discutiendo una arista del problema, no pretendo agotar el debate, ni mucho menos, y estoy dispuesto siempre a retroceder ante mejores argumentos.

La Iglesia Católica tiene todo el derecho de protestar y de defender su visión respecto a la vida. Yo la comparto y la defiendo también. El aborto me parece un tema delicado y estoy en contra de él; pero no me siento capaz de declararme radicalmente en contra de su despenalización en casos específicamente detallados. Considero que el deber de las personas que están en contra es generar condiciones suficientes para que este no se lleve a cabo, pero no hacer marchas con fotografías de fetos destrozados por el aborto, en un acto que parece hasta malintencionado ya que ese no es el caso del tipo de aborto en debate. Lo que hay que hacer es argumentar en favor de la vida, pero con buenas razones, no sólo con oraciones (también con ellas, pero no sólo con ellas). Y, sobre todo, hay que generar buenas condiciones para vivir: luchar contra la pobreza y la desigualdad; salir de la absurda concepción en contra de la anticoncepción y la planificación familiar; tener una visión tolerante y receptiva con el que sufre; etc.  Hay que luchar por la vida, pero con cordura, inteligencia y buenos argumentos. Son esos buenos argumentos los que espero en respuesta, ya que esta no es de ningún modo una cuestión cerrada.

*He modificado algunas líneas de la primera versión de este texto con la intención de ser algo más preciso y justo con algunas de las afirmaciones hechas al inicio.

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15 respuestas a El aborto y la esfera pública (u otro asunto de incapacidades) (III)

  1. Emilio Novis dijo:

    Estimados:
    Haría falta escribir un ensayo extenso sobre el asunto ya que, como Raúl apunta, es un tema que contiene muchas aristas. En realidad es un tema que permite reflexionar sobre las cuestiones fundamentales en el ámbito moral y político. Pero he aquí un primer aporte al respecto.
    Primero, sobre la idea laica de que la religión no debe tratar de imponer su posición en un Estado, parece legítima, al menos desde el punto de vista de querer evitar una religión totalitaria y respetar a su vez, la facultad de libre consentimiento de los seres humanos. Pero desde otro punto de vista, la separación entre religión y Estado es casi un crimen debido a la existencia evidente de desdicha y degradación. Donde hay desdicha y degradación, ahí debe estar la religión, en nuestro caso, ahí debe estar Cristo. La religión cristiana en el fondo, debe penetrar todos los aspectos de la vida social, y no solo debe, sino que también puede, debido a su pureza intrínseca. Pero eso es una operación opuesta a la del totalitarismo. Todo totalitarismo, sea religioso o no, apela a la fuerza. Toda religión, en su sentido primordial, apela a los sentimientos puros del corazón. Dios no fuerza a los seres humanos a creer en él, sino que está siempre dispuesto a darse, por puro amor, cuando encuentra un alma capaz de prestarle atención, capaz de mirarle. Esos momentos, en los cuales el alma se encuentra dispuesta a Dios, son los de una alegría inmensa o una angustia inmensa, momentos de dicha pura o desdicha. De manera particular, cuando un alma se encuentra en la angustia de la desdicha, es cuando es más vulnerable tanto al bien como al mal. Para ser más exactos, si un alma no aprovecha su estado desdichado, si no logra sentirse conmovido por Dios, la desdicha tiene el efecto de sumirla en un estado de degradación mayor hasta el punto de, si la desdicha es muy larga o intensa, matar todo deseo de bien en el alma y hacerla incapaz de alegría y salvación. Pues lo único que salva, siendo la enseñanza más importante del cristianismo, es el deseo de bien, la mirada de amor. Como dice Weil, la religión es esencialmente sobre todo una mirada de amor y por ello mismo, si quiere penetrarlo todo, debe estar presente en todo, pero de tal forma que lo único que exija de nosotros es una mirada atenta y exclusivamente eso. Cualquier otra exigencia altera su pureza, pues necesariamente apela a la fuerza, y puede ser nociva para la operación de la gracia.
    El mal finito que existe en cada uno de nosotros solo puede ser destruido por la pureza infinita. Si la pureza no es infinita, el mal tiene la propiedad de extenderse hasta ocupar cada vez más una porción mayor del alma, como una enfermedad que se extiende por contacto, hasta-caso extremo- matar todo deseo de bien que haya en el alma.
    Es debido a esta vulnerabilidad de los desdichados, que Dios debe estar presente siempre donde haya desdicha, pero sólo como a algo a lo que se le dirige la atención de la mirada. Así pues, no es legítimo separar la función penal del Estado de la religión. Pero tampoco es legítimo que la religión exija algo más que la atención. En tanto las dos sigan esas tendencias en inevitable que no sean criminales.
    Lo que se ha perdido, como apunta bien Weil, es una noción justa del castigo. Según Weil, retomando una idea expuesta en el “Gorgias” de Platón, un auténtico castigo tiene como finalidad legítima el de transportar un alma del mal en que se encuentra al bien por medio del dolor. Si un castigo no tiene esa finalidad, lo único que se hace es el mal por el mal, y no se es menos criminal. O en otras palabras, si la función penal y judicial no participan de la religión, en su sentido auténtico, se encuentran a su vez incapacitadas, pues solo Dios es capaz de destruir el mal en un alma. Visto así las cosas, es perjudicial e inaceptable su separación.
    Esto no implica que el Estado deba aceptar todos los preceptos de la religión, en nuestro caso, católica. En realidad el reto en este caso, más que para el Estado es para la propia religión católica. La religión católica no debería exigir al Estado más que estar presente en su manera más pura, es decir, poniendo en claro que su único interés es que los prisioneros conozcan la obras y las palabras de Cristo, en su pureza, tal como aparecen en los Evangelios, haciéndoles manifiesto que su posición respecto a Cristo es privilegiada, pues Cristo, en su momento crucial y definitivo, fue considerado un criminal común, carente de todo prestigio y consideración, aunque inocente. Que padeció lo que ellos padecen, que tuvo compasión por el buen ladrón, que no era inocente como Él, o por la prostituta que lloró arrepentida a sus pies. Y no sólo eso, sino como apunta Simone Weil en sus “Formas del amor implícito a Dios”, toda la ceremonia del juicio y la condena debería estar impregnada con el espíritu cristiano, guardando el respeto que se merece todo ser humano, ese respeto incondicional que proviene de considerar sagrada la facultad de libre consentimiento, que es el principio del amor a Dios en todo hombre.
    Desde el punto de vista de la religión católica no debería haber impedimentos sobre esto, salvo que no pueda desapegarse de sus intenciones totalitaristas y no sólo exija la atención y el respeto sino también que todos los involucrados acepten todos los preceptos oficiales en materia de fe y costumbres, so pena de excomunión. Entonces, lamentablemente, habría que buscar otros medios por los cuales el cristianismo pueda hacer acto de presencia sin manchas.
    Desde el punto de vista del Estado, tampoco debería haber problemas, si realmente quiere ejercer la función del castigo de tal forma que no sea criminal.
    Desde el punto de vista del ateísmo u otros grupos, salvo que propongan otros métodos de acción con fundamentos serios, tampoco tendrían derecho legítimo de rechazar esto. Pues esa acción no les perjudica en absoluto y, aunque ellos no crean en ello, al menos desde un punto de vista práctico, puede resultar- de todos modos- muy beneficioso para los condenados a prisión. Al menos, bien ejecutado, las posibilidades de causar más un mal que un bien son casi nulas.
    Evidententemente las únicas oposiciones provendrían sobre todo de intereses particulares o pasiones colectivas. Sería interesante ver si esta propuesta, esencialmente cristiana platónico-weiliana, puede ser realmente aplicable. De ser aplicable habría que pensar en una plan de acción completo. No es este el lugar para ello.

    Emilio Novis.

  2. Emilio Novis dijo:

    Estimado Raúl:
    Realizo este segundo aporte centrándome en el tema del aborto, como siempre teniendo en cuenta lo escrito de manera tan clara por ti y los comentaristas.
    A la pregunta: ¿es el aborto un crimen desde el punto de vista cristiano? Mi respuesta es sí. Y no es necesario citar ningún pasaje para darse cuenta de ello. Abortar es acabar con una vida, o con algo que puede ser una vida. ¿Es injusto? Mi respuesta también es sí. Jamás nadie con el corazón en su sitio pensaría que interrumpir o acabar con una vida inocente es justo. Pues aunque no tenga conciencia, aunque no sufra dolor, no por ello deja de ser un inocente. Y eso sin tener en cuenta que el cristianismo enseña que aunque alguien no sea inocente, matar es siempre injusto y siempre un crimen. La ley del Talión como muestra Cristo, es completamente injusta, pues se trata de hacer el mal por el mal. Muchos se preguntaran y es una pregunta recurrente en filosofía: pero, ¿por qué matar es injusto, sólo porque la Biblia lo dice? ¿Existe realmente fundamentos para proponer que es injusto y no sólo apelar a la autoridad? La clave para esa respuesta se encuentra en la naturaleza de las cosas mismas. El hombre desea el bien, desea sentir la belleza en todos los actos que realiza. Cuando un ladrón roba una cantidad de dinero, lo hace porque desea la especie de belleza que brinda la satisfacción del dinero, o por la tranquilidad de verse libre de una deuda, o simplemente por el estado placentero que alcanza al adquirir, con ese dinero, estupefacientes, o quizá también porque piensa en cierto placer u dolor que quiere alcanzar en el acto mismo de robar, etc. Pero siempre lo hace directa o indirectamente buscando una especie de bien, aunque su conciencia y la sociedad le digan que robar es incorrecto y malo. No puede resistir, por necesidad o por simple deseo, tender a ello. De manera análoga parece ocurrir con todos los crímenes. Si el hombre no deseará ninguna especie de bien, en realidad lo más coherente sería que jamás realice ninguna acción, que jamás tienda a nada. Pero tiende, por eso desea el bien. Y ese deseo de bien, esencial en todo hombre, es lo sagrado en él. Ese deseo de bien, en sí mismo, es bien puro. Ese deseo de bien es, en el fondo, deseo de bien total, deseo de bien infinito, deseo de perfección, deseo de lo que llamamos Dios, pues por definición, sin necesidad de creencia alguna, Dios es el bien infinito y perfecto.
    Cómo todos poseemos ese deseo, que cuando se siente en alguna mediada o totalmente satisfecho, es la fuente de toda alegría pura, sea profana o no, consideramos un crimen y una injusticia cualquier cosa que pueda dañar ese deseo. ¿Quien desearía que ese deseo, fuente de su alegría o de la posibilidad de su alegría, sea dañado? o en otras palabras: ¿Quién no desearía, al menos en principio, poseer el bien total si pudiera? Por definición, es injusto todo aquello que nos aleja del bien y es justo y bueno, decimos, todo aquello que nos acerca a él. Lo sentimos injusto, pues pensamos que si tenemos ese deseo en nosotros, no existe nadie que tenga el derecho de impedir que sea satisfecho, teniendo en cuenta que ese alguien tampoco considera que otro tenga derecho a impedir la satisfacción de ese deseo, que es esencialmente el mismo en todos. Y no sólo lo que nos impide satisfacer ese deseo de bien lo consideramos injusto, sino sobre todo, el daño que pueda sufrir ese deseo de bien en sí mismo. Así pues, cuando un ser humano sume en la desdicha a otro ser humano, lo que hace principalmente es dañar ese deseo de bien. Pues si ese ser aún no ha encontrado la fuente de bien infinito que calma toda sed, que es el amor de Dios, su deseo de bien, por el intenso sentimiento de degradación que causa la desdicha, se transforma en amargura e incluso odio, llegando al punto quizá de encontrarse irreversiblemente perdido en la nada de esa impotencia. Como lo que se ha hecho es dañar, o peor aún, matar el deseo de bien en el hombre, algo que jamás uno mismo quisiera padecer, lo consideramos injusto. Si supiéramos con toda el alma, que cada hombre que se cruza en nuestro camino, es un ser que desea secretamente el bien perfecto y que toda desdicha que pueda padecer, que toda carencia, incluso las corporales, que pueda sufrir, dañan ese deseo de bien infinito y, si se ama a su vez la justicia y ese bien indescriptibles, pero reales, jamás ya se podría soportar verles padecer. Jamás ya uno dudaría de brindar ayuda a quien lo necesita, de atender a los mendigos o a los enfermos. Jamás tampoco uno pensaría que hacer daño a otro puede ser justo y bueno. Mientras uno no vea a los otros, como lo que son, sagrados por esencia, no le parecerá irresistible socorrerlos y a lo más filosofará vacía (y hasta perjudicialmente) sobre el asunto. Saber pues, qué es injusto o justo, no es un problema del intelecto, sino del sentimiento, como decía Wittgenstein, y como lo sabían Platón o Kant o Simone Weil. Es lo mismo que reconocer la verdad en la mirada, en el silencio, en el silencio que Cristo mantuvo cuando Pilatos le pregunto ¿qué es la verdad?
    Entonces: matar acaba con el deseo de bien, por eso es injusto. Violar puede llenar de amargura, dañar ese deseo de bien, por eso es injusto, etc. De manera general, puede decirse que es injusto todo aquello que daña o atenta contra ese deseo de bien. Recíprocamente podemos decir, todos aquellos actos que realizamos y dañan nuestro deseo de bien es injusto, y debemos, por nuestro propio bien, evitar realizarlos. Matar o violar a alguien nos endurece, daña ese deseo de bien que es sagrado, nos degrada, pues lo despreciamos al realizar esos actos. Dependiendo de la conciencia que se tiene al realizar el crimen, el pecado puede ser incluso mortal.
    El cristianismo nos enseña que, aunque un ser se encuentre sumido en la desdicha, reducido al estado de cosa por el contacto brutal de la fuerza, si mantiene su mirada de amor, su deseo de bien dirigido a Dios -al bien inimaginable- aunque no pueda evitar el sufrimiento y el dolor, sí podrá evitar la degradación y ser salvado. Pues lo que salva es la mirada y sólo eso. Las acciones en sí mismas no salvan, pero tampoco son indiferentes. Es lo que Cristo quiere dar a entender cuando dice que el esclavo que será servido por Él no es el que hizo el trabajo que debió hacer, sino el que lo espera atento en la puerta a su regreso, y lo recibe con amor. Como dice Weil, esos dos esclavos, son en realidad dos aspectos de la misma alma. Los dos esclavos, o las dos partes del alma, deben realizar su función correctamente, es decir, una parte de nosotros debe estar perpetuamente dirigida a Dios y la otra, la que se refiere a las acciones y obligaciones debe hacer lo que le corresponde.
    Existen acciones que son incompatibles con la atención perpetua a Dios; que si las realizamos es inevitable que desviemos nuestra atención de Él, son esas acciones las que deben ser evitadas siempre. Existen también acciones indiferentes, que puede ser realizadas sin perjuicio y por simple placer inocente, y acciones que intensifican el deseo de bien en nosotros. Las segundas deben ser realizadas con cierto cuidado, y las últimas siempre. Existen también acciones que provienen de la necesidad, que no son buenas en sí mismas, pero que de no hacerlas podrían dañar nuestro deseo de bien o nuestro estado de espera atenta, o que de no hacerlas, aunque incluso, en principio injustas, podría devenir en un mayor mal que un mayor bien. Es decir, existen acciones, que provienen de la obligación estricta, y aunque malas e injustas en sí mismas, resulta más nocivo si no son realizadas. En esto se basa la idea hindú de “dharma”.
    Esta idea es compatible y recíproca con el cristianismo. Pues así como en el cristianismo, si uno padece la fuerza pero mantiene la mirada en Dios, no sufre degradación espiritual sino, incluso, es elevado. Así, recíprocamente, si uno ejerce la fuerza, por obediencia a la necesidad que se impone y que Dios mantiene, y realiza un acto, que en sí mismo es injusto, pero que no puede ser evitado, so pena de tener consecuencias peores, puede verse libre de la degradación que conllevaría el acto injusto, pero sólo bajo esas condiciones. Entonces ejercer la fuerza es casi tan doloroso como padecerla. Esto lo muestra la historia del rey Rama o la historia de Arjuna en la “Bhagavad-gita”. En ésta, Arjuna, devoto de Krishna -que viene a ser el equivalente a Cristo en el hinduismo- debe luchar contra familiares y seres queridos (lo que implica dañarlos), y en un principio está dispuesto, pero al momento de la batalla siente compasión y comienza a dudar si debe luchar o no, decidiendo prácticamente que prefiere morir antes de matar a alguno de sus queridos. Krishna se le revela y le dice, sorprendentemente, que lo piense bien, que lo conveniente en ese momento es que participe en la batalla, pues las consecuencias pueden ser peores de no hacerlo. Krishna sabe que Arjuna no está en el nivel de perfección necesario para realizar el acto de compasión que deseaba, aunque así él lo pensara y que por eso, entre otras cosas (como un mal social mayor), lo que convenía, para evitar una degradación mayor, lo que debía hacer, aunque doloroso e injusto, lo que consistía su “dharma”, era luchar. Arjuna finalmente lucha y eso contribuye a su perfección.
    Esta idea de dharma, recíproca y compatible con el cristianismo, implícitamente también en el cristianismo, es lo que le hace falta al catolicismo. Existen acciones, que aún siendo injustas, resulta más dañino no realizarlas. El “dharma” de una persona depende de su estado espiritual, es algo individual. Así pues, a algunos santos, en época de guerra, les conviene no participar en ella, no correr el riesgo de matar a alguien, que de estar en una situación de matar o morir, deberían elegir morir. Sería hermoso que todos los cristianos en una situación tal optarán por morir, pero eso depende del nivel de perfección en que se está. Existe también la necesidad de combatir en la guerra, sobre todo si el pueblo al que se pertenece es víctima de afanes conquistadores, aunque se corra el riesgo de cometer una injusticia, como matar a alguien; en ese caso uno puede ejercer la fuerza compadeciéndose por el propio pueblo (actual y futuro) que será lastimado y dañado en su deseo de bien si no se actúa; en ese caso, aunque se cometa en cierto sentido una injusticia, al ser movido por la compasión de su pueblo, se puede ser salvado. Se reconocen estos actos necesarios porque, por lo general, no es nuestro deseo realizarlos, y al realizarlos causan un gran dolor, pero se imponen, so pena de arrepentimiento que degrade.
    Así pues, nadie dice que matar no es una injusticia; sí lo es, siempre lo será, y debe ser evitado por todos los medios, pero hay circunstancias en la vida en la que no se puede elegir entre un bien y un mal, sino entre un mal y un mal mayor y nada más. La sabiduría religiosa enseña que en esos momentos, aunque uno realice un mal, una injusticia, uno puede, sin embargo, verse libre de la degradación espiritual, aunque sea presa del dolor.
    Así como matar es siempre un crimen y una injusticia, pienso que abortar también siempre lo es. Pero también pienso que, como existen circunstancias en las que matar, aunque no deje de ser una injusticia en cierto sentido, es algo inevitable, so pena de consecuencia peores y, por ello no perjudicial para el estado espiritual ni del que lo realiza ni del que lo padece, es posible también que existan circunstancias en las que el aborto, aunque no deje de ser injusto, no sea incompatible con el progreso espiritual, y por lo tanto, no condenable por Dios, y por ello mismo tampoco debería ser condenable por la Iglesia.
    Pienso que el aborto terapéutico, eugenésico y el “sentimental” son susceptibles, de manera general, de formar parte de esas excepciones. Lo mismo pienso de la eutanasia realizada con conciencia. En ningún caso se trata de actos buenos y justos, hay que reconocerlo, sino sólo de evitar un mayor mal. Un bebe que no tiene la oportunidad de nacer es algo muy triste, pero probablemente sea salvado. Una madre amargada o enferma, por lo general, sin experiencia de Dios, puede llegar al punto en que su salvación es algo prácticamente imposible.
    Teniendo en cuenta el aporte anterior, mucho menos pienso que la penalización en esos casos es algo conveniente. Lo sería quizá, si el sistema judicial y penal fueran de distinta naturaleza, no si vienen a añadir a un alma mayor mal por medio de la degradación.

    Disculpen, como siempre, la extensión.
    Muchas gracias a los atentos que llegan hasta el final.

    Emilio Novis.

  3. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Te respondo, estimado Emilio. No estoy de acuerdo con tu primera afirmación. No creo que donde haya desdicha y degradación haga falta la religión en sentido estricto. Para mí es siempre exagerado atribuir tanto peso a la religión, no porque no lo tenga; sino porque me parece una pretensión un poco totalitaria. Aquella de creer que la religión es siempre a la larga la solución, que a veces supone una jerarquía ontológica entre modos de ser: la vida religiosa es más noble y mejor que la atea o agnóstica. Yo no creo eso y no creo que la falta de religión sea causal de infelicidad. Menos aún creería que la falta de ella en el Estado es la causa de la desdicha generalizada. Más allá de esto, los comentarios generales que haces sobre la religión cristiana los comparto a grandes rasgos en el sentido de su rol en la vida del ser humano. Objeto, sin embargo, las demás conclusiones que sacas del tipo de vínculos que deben existir entre Estado y religión por las razones ya mencionadas.

  4. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Igualmente, Emilio, objeto varias de tus afirmaciones aquí. Son muy esencialistas y metafísicas para mi gusto: suponen demasiado y no garantizan nada de lo dicho más que en una postura personal. No hay tal cosa como “las cosas mismas” y si es que lo hubiese, no hay acuerdo global sobre ello. Ese es el centro de mi argumento a toda posición como la que pareces sostener.
    Tu valoración del aborto y de su penalización, sí la comparto en general. Se trata de una práctica que yo no acepto y que me parece que termina con una vida, por más que ella sea potencial. Pero en casos muy puntuales, creo que el aborto debería, digo esto siempre con reserva, despenalizarse. Tu último argumento, sobre la naturaleza de la prisión en el Perú me parece, además, importante.

  5. Fr. Gustavo Moreno dijo:

    1) Reconozco que el argumento bíblico en contra del aborto es flaco, no porque la fe cristiana no sea clara al afirmar “no matarás”; sino porque la Escritura, como me lo han sabido demostrar aqui, no hace referencias suficientemente explícitas sobre el niño aun no nacido. Sin embargo, comparto la argumentación de Emilio fundada sobre la naturaleza del concebido para ampararlo bajo este precepto… con todo, sé que este argumento de fe no es vinculante en la legislación pública, que debe legislar también para no creyentes.
    2) Me opongo a las unilateralizaciones, por injustas: a sesgar la mirada de la realidad siendo injustos con ella. Por ello, me opongo a las visiones que “absolutizan” un derecho abstracto a la vida sin considerar ciertas circustancias en que también corre peligro la vida de la madre. Pero también me opongo a absolutizar los derechos de la madre olvidando que el ser humano que lleva en el vientre tiene también derechos. No creo que existan soluciones fáciles como “que aborte” o “que se aguante”… creo que debemos darnos el trabajo de pensar para buscar soiluciones creativas que respeten ambos derechos: de la madre y del niño. Sin embargo, en caso de necesarios conflictos, debe respetarse la jerarquía de derechos que la jurisprudencia reconoce: primero la vida, luego la integridad, etc… no es justo, por pricipio de jurisprudencia, sacrificar la vida del niño por el “bienestar” de la madre, como tampoco es justo pedir a la madre que tenga al niño aunque ella muera o enferme grave y permanentemente. Hay que respetar la jerarquía de derechos. No querer hacerlo, ya no es racionalidad sino capricho.
    3)En el caso de despenalización del aborto por violación y malformaciones graves, me opongo en el caso de violacion por dos motivos: primero, porque es injusto matar a un niño (daño IRREPARABLE) por la salud emocional de la madre (daño REPARABLE)… no porque la madre no sea importante, sino porque hay alternativas para ayudarla mejores y más eficaces que el aborto, que acarreen menos daños psicológicos; segundo, porque implica inversión de esfuerzo y dinero en políticas públicas que puede ser mucho mejor invertido si se usara para mejorar la atención psicológica a las mujeres que han sufrido violación; ¿qué ayuda más? ¿facilitarles el aborto o facilitarles atención psicológica? ¿qué llega a más gente con problemas?
    Al aborto eugenésico no me opongo si pone en peligro la vida de la madre; pero esto es ya un caso de aborto terapéutico, que ya está despenalizado. Me opongo si da muerte al niño sólo porque va a morir pronto… porque puede darse que justo ese niño viva muchísimo más de lo previsto (hasta varios años), de lo cual hay precedentes reales; y porque es falaz afirmar que ese niño es fuente de sufrimiento para la madre: la madre sufre porque está enfermo y se le muere, no por verlo. Al contrario, poder abrazarlo y darle amor antes de su muerte es ya fuente de profundo consuelo para la madre… es un argumento emotivo y falaz.
    3) El concebido no es vida “potencialmente” humana ni su humanidad está en debate, esto es desconocer los resultados de la medicina genética… y ese debate es como el debate sobre la humanidad de los judíos en la alemania nazi: un debate creado. Es obviar al elemento débil en un debate público en el que no tiene voz. La medicina seria reconoce que es vida humana desde el momento de la concepción… si me preguntas si es persona y si tiene derechos, es ya un tema distinto; aunque no veo, en principio, por qué un ser humano no tenga derechos humanos.

  6. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    En general, estoy de acuerdo con Gustavo hasta 3. Sobre 1) no comento porque no parece hacer falta. Sobre 2) indico que, en efecto el tema es el de la búsqueda de información suficiente y adecuada para proceder. Me parece bien que no te inclines por absolutos y que contemples el problema con mirada más aguda. Yo también trato de hacer eso. El caso de 3) es más complejo, aunque en principio creo que tienes un argumento con cierto poder. De todos modos, la definición de las categorías reparable-irreparable es un poco lata, sobre todo para la primera noción. En términos generales tienes razón y la cuestión de a dónde dirigir el presupuesto público es un tema relevante. La segunda parte de 3) viene con más complicaciones que se derivan, en realidad, de tus presupuestos en 4). Paso a ello, entonces. Ese argumento es débil por donde se le mire y además, tu comparación con el caso nazi esconde una falacia. La determinación de la vida es todo un tema en debate y queda claro que se te sale un poco el dogmatismo en esta materia (“la medicina seria”). Tu argumento supone la medicina “comprometida” más que la seria. Si fueses menos cura y más filósofo (donde ni una ni otra opción son mejores, porsia; sino que apelo a la diferencia formativa) te animarías a ser más radical en el cuestionamiento de los presupuestos detrás de tu razonamiento. 1) ¿Qué es la vida? Al parecer tienes la cosa ya respondida; sin embargo, una reflexión más “seria”, para usar tus términos, pondría en cuestión que la vida sólo se determine por el tema de la concepción. 2) Eso, precisamente, se une a la segunda parte de esa frase: “persona y derechos”. Bueno, pues, allí dices “es ya un tema distinto”. Yo creo que no, allí radica la centralidad del problema. Mi próximo artículo en el blog es la exposición de un argumento famoso a favor del aborto cuyo poder radica en dos cosas que complican el tuyo: a) suponer que sí hay vida (osea, darte la razón) y b) suponer que a pesar de ello abortar no debe ser un acto punible. Suena fuerte, ¿no? Quiero presentar la idea para ver sus comentarios, porque coge el asunto por una arista que casi nadie analiza, a saber, no por el debate de si hay vida o no, sino por el debate de si hay derechos o no. La conclusión es que no y creo que es poderosa por las razones que examinaremos.

  7. Emilio Novis dijo:

    Querido Raúl:
    Importantes tus comentarios y el último del sr. Moreno. Hago anotaciones sin embargo respecto a tus respuestas sobre los míos, sólo para aclarar ciertas cosas.
    Personalmente pienso que la vida auténtica religiosa es la que brinda mayor felicidad, aunque también implican mayores responsabilidades y deberes. Digo esto a partir de mi propia experiencia, pues yo he sido agnóstico y ateo. De ahí, sin embargo, a querer imponerlo, eso sí sería totalitario, además de imposible. Porque la felicidad que brinda la fe, es una felicidad que no depende de las condiciones de este mundo, es una especie de alegría trascendente, que no es posible enseñar. Es una alegría que libra, no del dolor, no del sufrimiento, no de la desdicha, pero sí de la degradación espiritual. El amor de Dios solo hace eso, no es un escudo; lo único que impide es que bajo condiciones desdichadas el corazón no se endurezca, no se llene de sentimientos de odio u otros parecidos que lo manchen.
    Pienso que sólo el amor de Dios puede evitar que, en condiciones desdichadas, como es la de estar preso, el corazón se manche. Cuando el amor de Dios no está y hay desdicha, pienso que es inevitable la mancha. Sólo por eso pienso que la religión siempre debe estar presente donde hay desdicha, pero como algo a lo que solo se presta atención, si así se quiere. Desear eso no me parece totalitario, porque para que esté presente en su pureza, no debe haber ningún tipo de ejercicio de fuerza. Si es posible que esté presente sin que fuerce a nadie, imitando de ese modo al bien puro, entonces no hay totalitarismo (cosa que el catolicismo casi nunca sabe hacer y, en ese caso, pienso que sería mejor ser completamente liberal). Pues el desdichado sería libre de prestar atención si quiere o si no. No habría ninguna especie de castigo si no quiere prestar atención; quizá recomendaciones y actos que lo conmuevan, pero sólo eso. Bajo eso no esta la idea de que la vida religiosa es la mejor, sino tan solo la idea, de que si un desdichado no se siente conmovido por Dios, a la larga es inevitable que caiga en una mayor degradación. Existen otras formas de evitar más o menos esa degradación, pero ocurre que la desdicha es un estado vulnerable, que si se sabe aprovechar bien, puede llevar al encuentro con Dios. Entonces el castigo sería ejercido como debe de ser; pues pienso que no existe ninguna otra forma de destruir el mal en un ser humano. Obviamente no pienso que este plan sea aplicable, pero como ya lo dije, desde ningún punto de vista me parece que pueda haber motivos razonables para objetarlo, pues no se perdería nada con ello y se ganaría mucho.
    No creo tampoco haber dicho que la falta de fe (para no decir religión) sea motivo de infelicidad, tampoco que sea causa de la desdicha generalizada. Se puede ser feliz sin fe, pero pienso que existen distintos tipos de felicidad: una felicidad natural y una trascendente. La natural la podemos brindar nosotros modificando las condiciones de existencia de los hombres, la trascendente no se alcanza si no es pasando uno mismo por una especie de muerte. Los hombres solo podemos y debemos preocuparnos por la felicidad natural de los hombres, pero también me parece un deber brindarles los estímulos y medios necesarios para que por su cuenta alcancen la felicidad trascendente, que proviene de Dios.
    La causa de desdicha en el mundo, no depende de la ausencia de inspiración religiosa. Pero no se puede negar que ese es un factor. La desdicha proviene de accidentes naturales, de azares del destino, y también del mal que existe en los hombres y que arrojamos al exterior por medio del crimen, o de nuestro propio mal y seguro de más cosas también.
    Respecto al segundo comentario que haces, y que recibo con gusto (como el primero), pues siempre me hacen meditar con mayor rigor y profundidad, digo lo siguiente:
    Entiendo, yo también pienso que no existe algo así como “las cosas mismas” (o mejor dicho, que no exista alguien que pueda decir con autoridad: “estas son las cosas mismas”) y también pienso que mi aporte es algo personal, no que es la verdad absoluta sobre el tema. Al decir las “cosas mismas”, no me refería a las esencias que podrían existir como “detrás” de las cosas y a las que yo o alguien tendrían acceso. Era sólo un modo de expresión, quizá debí decir: lo que enseña la experiencia. Una experiencia que inevitablemente, como a todo ser humano le pasa, es personal y siempre limitada. Siempre es posible, por lo tanto, que exista una perspectiva diferente sobre el mismo asunto, no menos auténtica evidentemente. Lo que me dice mi experiencia, la cual interpreto y resulta en pensamiento es que: me parece inconcebible la idea de un ser humano-con capacidad de atención regular- que no desee el bien de alguna u otra forma, pienso que todos desean el bien, pero que lo que varía es la forma; pienso que un adicto, incluso un asesino, no deja de desear de alguna u otra forma el bien en todos sus actos. La única diferencia entre un santo y un ladrón es que el santo dirige ese deseo de bien hacia Dios y el ladrón hacia, por ejemplo, el dinero, pero sólo eso. Pienso que un ser que ya no desea el bien, propiamente hablando, ya no puede ser considerado como ser humano, pues vive en una especie de vacío casi infernal, en el que no se cae sin pasar antes por una degradación llevada hasta el extremo. Esos casos son raros, como también es raro el caso del santo.
    Y sí, todo eso es metafísica; palabra que ha sido lastimada por el paso del tiempo. Pero también pienso que el cristianismo es sobre todo eso: mística, metafísica y esencialismo. Ahora bien, no en el sentido de la metafísica aristotélica, que me parece una imitación (aunque brillante) de la metafísica de tipo platónica, taoísta, hinduista o cristiana (pienso en san Juan de la Cruz), sino en este último sentido, que sólo puede ser entendida desde la fe (no fe en sentido tomista, sino en sentido cristiano).
    Como siempre, te doy las gracias, y siempre espero tus anotaciones, no por motivaciones pugilistas (espero), sino para hacer más rico el diálogo y abordar todas las aristas posibles.

    Un abrazo.
    Emilio Novis.

  8. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    De acuerdo con tu valoración de la fe, la siento del mismo modo. A pesar de ello, te recomiendo un texto (o quizá dos) sobre las relaciones entre fe y ateísmo cuando se quiere pensar qué tipo de vida es “más valiosa”. Ambos son del mismo autor: Ignace Lepp. Uno es su autobiografía (un líder del marxismo que se convirtió al cristianismo y terminó siendo cura), “De Marx a Cristo”; el otro, uno de sus varios trabajos en psicoanálisis, “Psicoanálisis del ateísmo moderno”. Creo que ambos textos te pueden dar una buena perspectiva del asunto. Siendo (bueno, murió ya) él un sacerdote católico especialista en psicoanálisis sostuvo de un modo sólido que es un poco peyorativo pensar que la religión es necesaria para tener una vida completa o feliz. Yo me inclino hace mucho tiempo por ese tipo de lectura.
    De otro lado, evidentemente, la religión tiene una dimensión metafísica; sin embargo, esta requiere ciertos matices ya que la metafísica y el discurso esencialista se asocia, así lo confirma la historia, con el autoritarismo y el dogmatismo cerrado. No digo que sea tu caso, pero sostengo que hay que andar con cuidado.

  9. Althelmus dijo:

    Frate Raúl, gracias por mencionar los aportes de mis comentarios, de verdad que no lo esperaba, has sido muy generoso de tu parte. Justo cuando leí esta tercera parte del tema, estuve en Palestina y no tuve el tiempo necesario como para ponerme a escribir. Pero ahora de regreso a Jerusalén, quiero hacer estos mínimos aportes.
    Yo, doy gracias a Dios por haberme tocado vivir en estos años de mi juventud en Jerusalén, la cuna de la cristiandad, gracias a ello comprendo mejor a esta idea muchas veces repetida: “Jesús revolucionario” porque Jesús transformó la idea de Dios. Con palabras y con acciones, Jesús transformó la idea de Dios que era mayoritaria en su tiempo, en su cultura y en su país. Dio pistas a la Humanidad para construir una idea alternativa de Dios. En eso radica su grandeza, por eso es fuente de inspiración para tantos seres humanos. En ese sentido, Jesús fue “ateo” del Dios que prevalecía en la cultura religiosa de sus paisanos, así como todos somos ateos respecto a una mayoría de dioses en los que la Humanidad ha creído en otros tiempos y lugares.
    Jesús fue innovador, provocador, al contrastar su idea de Dios con la de sus paisanos. Lo presentó como un Dios que no enferma a nadie ni discrimina a nadie, que no es castigador ni nacionalista, que toma partido por los excluidos: mujeres, niñas, niños, enfermos, pobres, los sin tierra, las sin marido, viudas, repudiadas. Rechazó los sacrificios para agradar a Dios y privilegió la “religión” de las relaciones humanas. Y enfrentó, en nombre de Dios y con una pasión que contagió a muchos de sus paisanos, a los sacerdotes (hombres sagrados), al sábado (ley sagrada del día sagrado), al templo (lugar sagrado), cuestionando, y hasta arrasando, con cualquier jerarquía basada en esa dicotomía tan propia de las religiones: sagrado-profano, puro-impuro, santo-pecador. Estas ideas revolucionarias transformaban la idea de Dios, colocaban a Dios en otro “lugar”. Por estas ideas, Jesús fue perseguido y finalmente asesinado.
    Jesús es el referente histórico de quienes creen en otra imagen de Dios y en otro “lugar” para encontrar “lo divino”. Desde Jesús, lo divino no estará nunca más en el Dios de la teocracia política del judaísmo, sino en una trascendencia dentro de las relaciones humanas basadas en el cuidado, la equidad, la inclusión, la compasión, la solidaridad… El Dios de Jesús nunca será hallado en la dogmática, en las leyes o en la institución política del cristianismo; al menos eso creo yo, como miembro de la Iglesia católica.
    Ante tantos “ateísmos” nutridos en los malos ejemplos de quienes dicen representar a Dios, en sus injusticias y complicidades con el poder abusivo, cito la parábola de Jesús sobre el PROJIMO, la cual resulta profundamente revolucionaria y provocadora: Jesús dice que Dios no está en el templo ni en el cumplimiento de la ley, sino en el prójimo, en la relación que establezcamos con el prójimo, al a-proximarnos (al hacernos prójimos) de quien nos necesita. Prójimo no es sólo aquel que yo encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino yo me pongo, así lo formula Gustavo Gutiérrez en su libro pionero, muy conocido por ustedes me imagino: “Teología de la liberación. Perspectivas.” (1973). En la provocadora parábola de Jesús, quien “entiende” esto y quien lo practica no es ningún representante de Dios, sino un samaritano, un ateo.
    Para mi hoy, más que el ateísmo, es la indiferencia religiosa la que debe de preocuparnos. Soy muy católico, y creo que las religiones fundamentalistas han sido un mal que los mismos hombres hemos creado, y que lamentablemente nos han confundido y distorsionado la imagen de -Dios y de cómo llegar a Él. Si los cristianos fuéramos más sencillos, sin esperar un privilegio en todo y sin ser unos ilusos de la uniformidad en el mundo, sino la unidad (pluralidad), creo que incluso los que no creen que hay un Dios, les quedaría por lo menos la duda de que ser cristiano si cambia la vida, y que tal vez hay algo de verdad dentro de nosotros, que nos hace distintos.
    Por eso veo más necesario el dialogo de las religiones y de los demás credos porque no hay y no habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones. No hay paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones. No hay diálogo entre las religiones sin normas éticas mundiales. No hay supervivencia de nuestro mundo sin una ética mundial, sin una ética universal. Con esto les invito a conocer mejor el tan heterogéneo como fascinante y misterioso mundo de las grandes religiones. Creo que es una necesidad por justicia ahora que debería saber todo hombre y toda mujer que quiere opinar con cierto conocimiento de causa sobre el acontecer actual. Porque, para enjuiciar la actual situación del mundo, hoy en día hay que ser competente no sólo en materia de economía, cultura y sociedad, sino también en materia de religión. El cristianismo es mejor que el ateísmo en cuanto propuesta, creo yo.
    Nuevamente creo que salí del tema, mil disculpas Raúl y demás amigos comentaristas. Que Dios les bendiga siempre.
    Su amigo> Althelmus

  10. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Me parecen importantes las cosas que dices, Althelmus. Estoy de acuerdo con ellas, además. El caso de Gustavo Gutiérrez es particularmente interesante. En este blog me he dedicado a él varias veces por el cariño personal que le tengo (se trata de un hombre ejemplar) y por la gran admiración intelectual que le profeso (alguna vez le dije, conversando, que “Teología de la liberación” [que es de 1971, a todo esto] me había cambiado la vida; a lo que él, con su gran humor, me respondió: “créeme que a mí también”). Ese libro fue muy significativo en mi vida, sobre todo, por el rol del prójimo que tú bien resaltas: hacerse próximo. Escuchar a Gustavo explicar la parábola del buen samaritano en esos términos ha sido uno de los momentos teórico-religiosos que con más cariño recuerdo. Por eso me causa gracia, cuando no lástima, que algunas personas (incluso amigos clérigos que respeto, aunque no por su talla intelectual, habría que decir) digan sin reparo que la teología de la liberación “ya fue”. Decir una cosa así es casi como decir que el carácter revolucionario del evangelio “ya fue” para anquilosarse en palacios arzobispales y cómodas casas de retiro para curas. Lamentablemente eso es lo que parece. Por eso Gutiérrez es doblemente admirable: por su análisis fino de teólogo, pero, sobre todo, por su práxis impecable al servicio de los más necesitados. Si no fuera por el indeseable de Cipriani, Gustavo seguiría aquí al servicio de su parroquia del Rímac. Haciendo próximos a los más lejanos de nuestra vista, a los pobres de Jesucristo.
    Pronto espero terminar con el tema del aborto, Althelmus, para dedicarme a estudios críticos sobre la obra de Gutiérrez, creo que es algo a lo que debo otorgarle más tiempo.
    Saludos y gracias por tu pertinente recordatorio de esta elocuente interpretación del texto bíblico.

  11. Gonzalo Gamio dijo:

    Estimado Raúl:

    Aquí abordo el tema del debate sobre la AOE desde el horizonte de la secularización.

    http://gonzalogamio.blogspot.com/2009/10/proposito-de-un-articulo-de-nelson.html

    Y aquí política y secularización:

    http://gonzalogamio.blogspot.com/2009/10/secularizacion-y-politica-nuevamente.html

    Conversamos.

    Gonzalo.

  12. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Gracias, Gonzalo. Revisaré los textos y haré los comentarios que convengan. Un abrazo!

  13. Emilio Novis dijo:

    Estimado Raúl:
    Un último pequeño comentario -un poco tardío, sobre el ateísmo- que se ha vuelto parte del diálogo.
    Formalmente un ateo es aquel que niega la existencia de Dios o también, que no profesa ninguna religión, que no pertenece oficialmente a ninguna. Como te habrás podido dar cuenta, teniendo en mente comentarios anteriores, pienso que existen personas que, sin pertenecer oficialmente a religión alguna, no por ello carecen de fe. Oficialmente esas personas son ateas, pero con fe.
    Existen también seres humanos que niegan la existencia de Dios y, sin embargo, ejercen la compasión de manera auténtica. Puesto que los árboles se reconocen por lo frutos y no al revés, esas personas tienen fe, aunque nieguen a Dios. En otras palabras, esas personas aman a Dios de manera implícita, indirecta, impersonal -aunque formalmente ateas- y serán salvadas.
    Simone Weil dice que un alma antes de llegar a amar a Dios de manera personal, pasa por alguna de las formas del amor implícito o impersonal a Dios.
    En general, se reconocen tres formas: compasión por el prójimo, amor por la belleza del mundo y amor por las prácticas religiosas. Si un ser experimenta alguna(s) de las tres formas ama a Dios, aunque niegue su existencia.
    En esos casos se da lo que se puede llamar: la fe del ateísmo.

    Emilio Novis.

  14. Cristina Medina dijo:

    Yendo más allá del lado religioso del problema, que ampliamente se ha expuesto en intervenciones anteriores, brillantes muchas de ellas; y como reza un dicho popular: “hecha la ley, hecha la trampa” yo no creo sinceramente que despenalizar acabará con los abortos clandestinos, ni tampoco creo que se hagan estrictamente por factores agravantes, o de riesgo (abuso sexual, deformación fetal, peligro de vida de la madre, etc) Al final, quienes puedan pagar un diagnóstico lo comprarán (como siempre) las mujeres que no, lo harán en condiciones extremas de insalubridad poniendo en riesgo su vida, y por otro lado, seguirán habiendo también las madres que tendrán a sus hijos a toda costa, aún a pesar de poner en riesgo su futuro, su trabajo, sus relaciones familiares o sus vidas, textualmente.
    Y finalmente, nadie irá a la cárcel (como no van ahora), ni quien se practica el aborto, ni quien realiza la intervención, ni quien convence, u obliga, o paga, o consuela, o calla, o se lamenta la vida entera.
    El meollo del asunto, a mi modo de ver las cosas, es tener y promover una sexualidad responsable, que dignifique la vida en el sentido extenso de la palabra, con el fin de tener personas que valoren su propia vida, la de su pareja y la de sus futuros hijos.
    Y algún idílico día, no hablaremos más de abortos… a mis posibles detractores: déjenme soñar…

  15. Raúl Zegarra dijo:

    Tiene razón, Cristina. Es, sobre todo, una discusión teórica. Es altamente probable que las cosas sucedan tal como usted las plantea; sin embargo, eso no quita la necesidad de dejar claras algunas ideas con la esperanza de que la claridad teórica tenga correlato en la práctica.

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