“Una defensa del aborto”: la versión de Judith Thomson (III)

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Sigamos examinando los argumentos de Thomson (aunque confieso que me estoy empezando a cansar porque se trata de un artículo relativamente largo: trataré de ser tan breve como sea posible). Lo primero que dice la autora en esta nueva sección es que no hay que presentar la cuestión en los términos siguientes: no hay que creer que el tema del aborto implica una relación similar a aquella que existe entre dos inquilinos a los cuales se les ha rentado la misma casa por error o mala fe. Ese no es el caso porque la casa, claramente, es de uno de los dos: de la madre, en nuestro ejemplo. Así, la autora retruca ante la aparente concesión que había hecho anteriormente: creer a secas que un tercero puede abstenerse de decidir es afirmar demasiado. Lo que ella sostiene es que si uno pretende ser imparcial, la cosa es menos permisiva de lo que uno creería.

Imaginemos el siguiente ejemplo. Juan se encuentra en la calle un abrigo que necesita para no morir de frio y en vista de que no es de nadie, se lo queda para poder guarecerse. Sin embargo, Pedro también necesita de ese abrigo para no morir de frío. En un caso como este, ¿uno puede decir sin más que nadie puede decidir a quién le corresponde el derecho? Thomson sostiene que eso sería un error: el abrigo fue encontrado primero por Juan y aunque también lo necesite Pedro, si la vida de ambos está en juego, nadie puede exigirle moralmente a Juan que muera para que Pedro no lo haga. Quizá sería heroico y nobilísimo, pero no es su deber dadas las circunstancias narradas. Más aún, no sólo él no tiene la obligación, sino que en términos del rol del tercero, Thomson sostiene que simplemente “abstenerse” y decir “nadie puede decidir” no es equivalente a ser neutral, es pecar por omisión: el abrigo es de Juan.

Es aquí donde el argumento de Thomson tiene una de sus muchas aristas fuertes. Lo que ella arguye no es que tenemos la obligación moral de colaborar con un aborto. De hecho, ella acepta que una persona particular tiene el derecho de abstenerse de actuar; sin embargo, dice, eso no es equivalente a decir que las personas todas deban abstenerse de hacerlo. ¿Qué significa esto? Pues básicamente que no hay derecho de sancionar a una persona que libremente (un médico, digamos) asiste a una mujer embarazada en la práctica de un aborto. ¿Por qué? Porque aunque yo no pueda estar de acuerdo y alguno de ustedes tampoco, si la madre está de acuerdo y existe alguna persona dispuesta a asistirla, ese derecho no puede ser conculcado. La puerta debe quedar abierta, porque hay gente que puede sostener con mucha fuerza que el abrigo es de Juan y, aunque sea duro ver morir a Pedro, se trata de una difícil decisión en la cual el derecho asiste al primero de los potenciales moribundos.

Aquí hay que ser muy claros, ayer conversaba con una buena amiga de esto. En el Perú existen 371 mil abortos al año (la mayor parte de ellos son clandestinos), de donde se sigue que es una práctica que tiene alguna extensión dadas ciertas condiciones. Se trata, entonces, de un fenómeno social complejo que, además, siempre afecta a los más pobres que acceden a las peores condiciones de salud pública, si es que acceden a alguna. Siendo esas las circunstancias y siendo este país, según dicen, una democracia laica, al Estado le compete pensar el problema en términos de salud pública y no desde el enfoque de una especie de “ley natural” sobre el respeto a la vida (argumento que no se sostiene sin un entramado metafísico detrás que no todos avalan). Así, el hecho es que hay abortos y queramos o no los habrá en el futuro. Las razones son múltiples, pero es iluso, si es que no negligente (piensen en las penosas gestiones de Solari y Carbone cuando fueron Ministros de Salud), creer que podemos decidir mejor que las propias personas cuál ha de ser su posición ante el aborto. Esa es la posición oficial de la Iglesia Católica que, una vez más, creo que se equivoca tremendamente.

La Iglesia, en un afán por defender la vida —que me parece genuino— enfoca mal el problema. Mi diagnóstico es el siguiente: muy convencida de que tiene el rol de ser la pastora de un rebaño que se extravía, lucha contra la corriente tratando de traer al redil a esos pro-aborto extraviados que no saben lo que hacen. Lamentablemente, estamos en una sociedad post-ilustrada que hace ya mucho tiempo le dijo a los tutores y al principio de autoridad religioso “hasta aquí nomás”. Es verdad que en América Latina, la IC aún tiene mucho peso en la toma de decisiones; sin embargo, lo cierto es que la gente vive muy independiente de los preceptos de la IC que encuentran ajenos al sentido común. Ya he hablado en varias ocasiones sobre este tema, con encuestas en mano, además. En resumen: la Iglesia pretende detener con un paraguas la fuerza de un ciclón. Ahí es cuando uno piensa que en verdad hay que perdonarlos porque no saben lo que hacen. ¿Pero en verdad no saben? Pues deberían tratar de aprender, porque seguir viviendo en una burbuja de moralidad que no existe los aleja de la realidad de un modo no sólo cándido, sino perverso.

En ese sentido, hay que tomar en serio el problema y no sólo argumentar etéreamente sobre la noción de vida como abstracto absoluto. Me parece perfecto que las confesiones religiosas defiendan sus puntos y creo que la IC tiene buenas razones para defender la vida tal como la concibe; no obstante, es tiempo también de que vea con más rigor, humanidad y perspectiva evangélica el sufrimiento de las personas que deciden abortar. Penalizar esa práctica en situaciones específicas, me parece, es un exceso. Y si encima tenemos en cuenta que la IC ni siquiera acepta los métodos de anticoncepción, nos metemos en un reino de sinsentidos que escarapelan la piel. Yo insisto en que la vida tiene que ser defendida, pero la vida concreta no un absoluto desencarnado, frío y fácil de usar como argumento (y encima lo usan re-mal, como ya he sugerido en otros artículos).

Esta concepción, en el fondo, parece ocultar un profundo desprecio por la vida de la mujer, por su autonomía, por su capacidad de tomar decisiones. Como bien dice Thomson, algunas personas deben creer que el cuerpo de una mujer es sólo una suerte de préstamo y que eso no le da a exigir nada respecto de él. Es como si hoy me prestaran un auto y yo tuviese la frescura de pedir que antes de que me lo den, le hagan un lavado y engrase, arreglen una de las plumillas que no funciona y que de paso me lo traigan a las 4 porque antes suelo hacer una siesta. Evidentemente, no tengo ningún derecho porque me están haciendo un favor. ¿Ese es el caso del cuerpo de una mujer? Thomson dice que algunas personas lo creen, bien por ellas; pero, ¿eso basta para que hagamos de esa creencia una política pública? Como el cuerpo y la vida es un préstamo que nos viene de lo alto, no podemos tomar ninguna decisión: la mujer no puede tomar decisiones sobre lo que pasa en su cuerpo. La autora está en profundo desacuerdo. Se trataría no sólo de un argumento confesional, sino machista y hasta cruel. Pues, yo creo, es muy posible que Thomson tenga mucha razón en esto.

Dejemos esto por hoy. Voy a tratar de escribir con más frecuencia, lamentablemente mis otras ocupaciones me quitan algo de tiempo para hacerlo tanto como quisiera. Veremos algunas ideas más sobre este tema en las próximas entradas, aunque quisiera añadir que no hay que ser ingenuos, como lo son muchos de los participantes en este gran debate público: nadie está diciendo, al menos ni Thomson ni quien escribe, que por tener derecho sobre nuestro cuerpo podemos hacer lo que nos da la gana sin matices. Sólo que la lógica del extremo opuesto es perversa y que no tiene asidero en la realidad. Esa es la tesis, no mucho más.

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3 respuestas a “Una defensa del aborto”: la versión de Judith Thomson (III)

  1. Zimmerman dijo:

    Hola Raúl, ciertamente interesantes esta serie de artículos sobre el tema, que me parece sirven para ilustrar la necesidad de aplicar coherentemente ciertos principios, justamente mostrando consecuencias absurdas si es que vemos todo en blanco y negro.

    Sin embargo, algo que me parece también importante es revisar los mismos principios, en especial, el del “inalienable derecho a la vida”, y ver si es que merece estar en el lugar supremo que muchos lo ponen.

    No sé si te es familiar la posición del bioeticista Peter Singer, y su ética de “la calidad de la vida” (por sobre la de “la santidad de a vida”), pues me gustaría saber qué opinas sobre el tema.

    Saludos!

  2. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Gracias, Martín. Yo también creo que es importante hacer una serie de precisiones teóricas sobre esta materia, el discurso sobre esta cuestión está demasiado ideologizado y conviene despejar algunos errores categoriales.

    Sobre Singer no conozco nada de primera mano, sólo de modo indirecto. Eso limita mi capacidad de respuesta, así que prefiero no aventurarme a decir nada carente de rigor. Lo que podrías hacer es presentarme la idea o ideas concretas a las que te refieres para discutirlas por aquí. En sentido macro, sin embargo, prefiero no pronunciarme debido a mi falta de conocimiento.

  3. Pingback: ¿Debería el Papa Francisco reconsiderar su posición sobre el aborto? | Sagrada Anarquía

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