“Una defensa del aborto”: la versión de Judith Thomson (V)

En ese contexto, Thomson hace una muy útil distinción entre lo que ella llama un “buen samaritano” y un “mínimamente decente samaritano”. Todos conocemos la historia evangélica del samaritano, así que no me esfuerzo en contarla de nuevo (Lc 10, 30-35). Sólo digo, como nota al pie, que la mejor interpretación que he escuchado de ese pasaje bíblico me la dio Gustavo Gutiérrez hace algo más de un año: la historia del samaritano es la historia de quien sabe hacerse próximo (seguramente esto también lo he leído en alguna de sus obras, pero escucharlo de sus labios fue profundamente aleccionador). El samaritano es un ejemplo bíblico maravilloso del amor cristiano y una ideal de acción para cualquier persona de Dios, diría yo. Eso no está en discusión. La pregunta que habría que hacerse, con Thomson, es si el proceder del samaritano debe hacerse regla. Una regla que aplique para todos y cuya omisión implique algún tipo de pena. Eso es lo interesante. Recordemos que el Estado debe legislar con la mayor neutralidad posible y proponer sistemas normativos lo más formales posibles.

En todo caso, el uso del ejemplo bíblico tiene como finalidad mostrarnos el contraste entre dos posturas excesivas. Por un lado, tenemos a los dos infelices que pasaron al lado de este hombre casi muerto. Ninguno de ellos siquiera se acercó a ayudarlo y eso que ambos (qué curioso que sean también una de las partes protagónicas en el debate sobre el aborto) eran hombres de Dios: un sacerdote y un estudioso de la ley. Por el otro lado, tenemos al samaritano que no sólo se acercó, sino que lo ayudó hasta el extremo de incluso de hospedarlo en una posada y de asumir todos los costos de su curación y alojamiento. Este caso es noble, ejemplar y lleno de valor moral; sin embargo, piensa Thomson, tampoco puede ser la vara con la que se mida el proceder humano. Así, la autora prefiere evitar cualquiera de las dos versiones y proponer que nuestro patrón de acción moral sea el de un “samaritano mínimamente decente”.

Este sujeto hipotético es uno que tiene una obligación moral mínima: la de llamar a una ambulancia, a la policía o tratar de darle auxilio básico. Eso sería actuar de modo decente, omitir estas acciones mínimas sería una muestra de máximo desinterés y egoísmo. Por otro lado, sin embargo, no podemos exigirle a este samaritano que arriesgue su vida ni que ponga en peligro su economía por ayudar al sujeto malherido. Sería maravilloso que tenga ese espíritu oblativo, pero, insisto, no es su obligación actuar de ese modo y no puede ser reprochado por no hacerlo. Menos aún, ese es el punto, penalizado formalmente. Lo curioso, sostiene Thomson, es que en muchos casos , la ley ni siquiera nos exige ser mínimamente decentes y, no obstante, a las mujeres, al menos en Perú, se les exige ser buenas samaritanas cuando del aborto se trata. Esto muestra, para la autora, que hay graves injusticias en el actual sistema legal que deberían ser corregidas de un lado y del otro.

El argumento de fondo en este punto es uno que yo ya introduje líneas atrás: las leyes deben tener el menor contenido material posible. No puede haber leyes de buenos samaritanos: una ley así sólo termina haciendo injusticia a las personas que no comparten el contenido material de la misma, a saber, la premisa cristiana de la entrega hasta el extremo. Insisto, es un ideal de vida maravilloso, pero no es (mejor digo no debería, porque a veces parece que nos gobernarán los reyes católicos) un ideal de la legislación ni una forma de vida que pueda imponerse a todos. En el virreinato, el Virrey tenía la obligación de no sólo conducir los destinos terrenos de la nación, sino, sobre todo, de asegurar su salvación. Esa idea, felizmente, ya no se sostiene y en un Estado Liberal Democrático, como se supone que es el Perú, la función de los gobernantes no es salvarnos, sino, para ponerlo de algún modo, permitir que tengamos las condiciones básicas para salvarnos si es que nos da la gana. Porque podría no darnos la gana y podríamos preferir pasar por la puerta de las Iglesias los domingos en auto gritando “¡qué viva el diablo!” (Una vez me pasó eso estando dentro de un templo, mucha gente quedó algo escandalizada. Yo, por mi parte, me reí bastante) y mantenernos totalmente al margen de un discurso salvífico.

Los últimos apuntes de Thomson son importantes porque nos confrontan con el argumento de la “responsabilidad especial” de la madre. Muchos podrían objetar, dice ella, que sus analogías son irrelevantes y que no afectan al tema del aborto porque la relación que existe entre una madre y el feto es una relación de una responsabilidad especial y distinta. Ella está de acuerdo en parte, pero se pregunta: ¿y si han sido tomadas todas las medidas anticonceptivas del caso, es la madre aún responsable? Tengo amigos, seguro ustedes también, (o sino simplemente recuerden el famoso caso de Ross y Rachel en la insuperable serie Friends) que habiendo usado métodos de anticoncepción terminaron teniendo un hijo. Amigos que constituyen ese poco entusiasta margen del 3 o 2 % estadístico de mujeres que quedan embarazadas usando preservativos o píldoras. En esos casos, se pregunta ella si la noción de “responsabilidad especial” aún aplica. Queda claro que hay que hacer matices y, otra vez, la sabiduría de Yoda nos resulta: no hay que pensar en absolutos. En esas condiciones, traer una criatura al mundo que no se quiso traer es una gran responsabilidad, en efecto, pero una responsabilidad que puede decidirse no tomar y Thomson cree que esa, en este caso, es una opción legítima. Y añado, la recomendación de no tener relaciones sexuales sino hasta la vida matrimonial no es sólo ilusa, sino argumentativamente débil. El matrimonio no garantiza nada a un niño: la familia puede estar casada y ser muy pobre como para ofrecer una vida digna; puede ser adinerada, pero no ofrecer una hogar que permita un desarrollo emocional estable; etc. Ese tipo de argumentos se plantean cuando se ven las cosas sin cuidado y de modo demasiado ideologizado: se termina diciendo tonterías o cosas con buena intención, pero sin asidero.

Finalmente, termina la filósofa diciendo que con esta argumentación no pretende decir que el aborto es legítimo en todos los casos.  Una niña pobre de 14 años embarazada producto de una violación debe tener el derecho de abortar y, probablemente, esta sea la mejor opción para ella. Una ley que se lo prohíba, piensa Thomson, es una ley malsana. En contraparte, una mujer que se practica un aborto a los 7 meses de embarazo y un doctor que colabora en esa práctica deben ser penalizados si se trata de un aborto caprichoso que no responde a ningún criterio de razón.

Por otro lado, sostiene, que si bien ella está a favor del aborto en ciertos casos, no está de ningún modo a favor de la eliminación del feto si es que este puede sobrevivir. En el caso del violinista, eso quiere decir que si bien tenemos derecho a desconectarnos aunque el violinista muera; no tenemos derecho a acabar con su vida si es que al desconectarnos este no muere. Nuestro derecho sólo abarca nuestra propia vida. Cuando esta ya no está en juego, no sólo no debemos colaborar en la muerte del violinista; sino que deberíamos tratar de ayudarlo en lo que se pueda para que este no muera.

La autora concluyendo haciéndonos un importante recordatorio: al final, todo lo que hemos debatido partió de que hemos hecho una gran concesión, a saber, que hablamos de vida humana desde el instante mismo de la concepción. Sin embargo, afirma, un aborto muy temprano no puede considerarse como un asesinato y en ese tipo de casos, todo lo que hemos dicho no es tan importante. Para ponerlo de modo más sencillo, si el AOE fuese abortivo (cosa que claramente no es)  no podríamos decir que se está matando a una persona.

Pues bien, luego de bastantes páginas, hemos terminado de presentar los argumentos de Judith Thomson a favor del aborto. Creo que, en general, la autora que hemos estudiado ofrece fuertes razones para tener en consideración su tesis y, sobre todo, para de una vez por todas aprender qué cosas son materia de legislación pública y cuáles no. Espero que este breve estudio haya sido iluminador, aunque podremos ver nuevas cosas en su momento. Dicho todo esto, prefiero pasar a nuevos temas para varias un poco y mostrarles las cosas en las que ando trabajando últimamente.

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2 respuestas a “Una defensa del aborto”: la versión de Judith Thomson (V)

  1. Emilio Novis dijo:

    Querido Raúl:
    Interesante estos posts sobre el ensayo de Thomson. Existen en este ensayo muchos puntos que pueden ser criticados, sin embargo sólo quisiera notar algo sobre estos últimos posts.
    Pienso que plantear el problema desde el punto de vista de los derechos causa confusiones de lenguaje y de pensamiento. En principio creo que los hombres no poseen ningún derecho en sí mismo, pues cualquier cosa puede destruirlos en cualquier instante. Si poseyeran un derecho inherente, sería absurdo decir que se ha violado ese derecho cuando algo que les daña les pasa. Un derecho no es nada si no existe una fuerza detrás que la respalde, que le de realidad. Es por eso que sólo los derechos positivos son reales, pero solo porque implican una fuerza normativa que les de realidad. Es por ello que, desde un punto de vista cristiano y griego, la noción de derecho es incompatible con la noción de justicia; pues la justicia (en ese sentido- o virtud en sentido kantiano) jamás apela a la fuerza, sino a los sentimientos puros del corazón. La fuerza impone, la justicia persuade. Los griegos no poseían noción de derecho (pese a la errónea lectura que algunos hacen de Antígona), esa noción es romana, y es a partir de Roma donde derecho y justicia se ponen al mismo nivel.
    Desde este punto de vista, un feto no tiene derecho alguno, salvo por norma. Se puede decir entonces que acabar con un feto no viola ningún derecho en sí mismo (salvo positivo) pero, no por ello deja de ser injusto.
    Los casos excepcionales tampoco son justos, pues lo que se hace es siempre acabar con una vida (o algo que puede serlo) inocente. Sin embargo, los casos excepcionales, como lo mostré en un comentario anterior, aunque injustos en cierto sentido, no son, podríamos decir, moralmente indecentes, sino compatibles con la salud moral. Es decir, mi conclusión es contraria a la de Thomson; esto es así sólo si se considera que la noción de justicia es superior y distinta a la noción de derecho, como en el caso griego.
    Ahora bien, no estamos en Grecia. ¿Qué hacer entonces? ¿Conformarnos con colocar la noción de justicia a la misma altura que la de derecho? A mis ojos, las cosas deben ser repensadas no desde el punto de vista de los derechos, sino desde el punto de vista de las obligaciones. Para ser más exactos, las cosas deben ser repensadas teniendo en cuenta sólo una obligación, la única que tiene el hombre respecto a sus semejantes: el respeto. Pues una obligación, a diferencia de un derecho, no pierde ningún ápice de realidad aunque nadie lo reconozca; un derecho que no es reconocido por nadie es completamente irreal. Por otra parte, se puede hacer un buen o un mal uso de un derecho, pero cumplir con una obligación es siempre bueno.
    Respetar al otro significa prácticamente, como Simone Weil apunta en “Echar Raíces” satisfacer sus necesidades físicas (p.e hambre) y las del alma (p.e. libertad). Existe una forma de saber cuándo un alma sufre una privación que atenta contra el respeto que se le debe, es cuando esa alma dice interiormente: ¿Por qué se me hace daño? Cuando un alma pronuncia eso, hay injusticia siempre. Existe otro grito superficial del alma, compatible con la noción de derecho y es: ¿por qué el otro tiene más que yo? Ahí no hay injusticia sino una queja infantil, como cuando un niño recibe más dulces que otro.
    Pienso que los casos que deben ser considerados excepcionales en cuanto al aborto, es cuando la madre pronuncia interiormente el primer grito y no cuando pronuncia el segundo. Cuando pronuncia el primero, si no es posible aliviar su enfermedad (física o moral) por ningún otro medio, pienso que el aborto debe ser permitido. Cuando pronuncia el segundo pienso que siempre es posible tener otros medios de aliviar las penas pero si aún así la persona se niega, entonces es reprobable su actitud y el aborto es un crimen (aunque aun así considero que no debería ser motivo de castigo, debido a la naturaleza de nuestro sistema).
    El problema reside en que para reconocer los diferentes tipos de gritos se requiere de gente capaz de hacerlo, gente que ame la justicia indescriptible con toda su alma.
    Lamentablemente la justicia requiere siempre de una mirada atenta y no puede abandonarse a mecanismos ciegos, como usualmente se piensa y se desea. Mucho menos si estos mecanismos giran alrededor de la noción de derecho y no de la de obligación, del respeto.
    Haría falta pues crear organismos que recluten ese tipo de personas para asistir, como debe de ser, la desdicha de este mundo.

    Emilio Novis.

  2. Raúl E. Zegarra Medina dijo:

    Interesante como siempre, Emilio. Comento algunas cosas de modo algo esquemático, me disculparás:
    1. En efecto, no hay derechos inherentes. Esa tesis es metafísica y si es cierta o no, probarla no es posible. En tal sentido, la noción de derecho es positiva y convencional.
    2. No comprendo bien tu referencia a Kant, parece que confundes un poco los términos en este autor.
    3. Me parece que no tiene mucho sentido hacer una génesis de las relaciones entre derecho y justicia, al menos no para el tipo de entrada que tiene Thomson. Ella está jugando con el lenguaje en su uso ordinario y en ese sentido, su crítica se sostiene.
    4. De acuerdo con tu referencia a Weil, pero no me parece que la cosa deba ser tan “emotiva”. La sola sensación de daño no es indicador de que este se esté efectuando realmente. Sin embargo, tu referencia en clave weiliana al aborto sí me parece muy apropiada y, además, similar a la de Thomson.
    5. Lo último me parece una ideal valioso, pero seguramente imposible. No podemos vivir, al menos en términos penales, con la esperanza de que haya buenos escuchas del verdadero grito. La opción que queda es, precisamente, dejar que, en ciertas circunstancias, la madre opte. Nadie obliga, pero tampoco penaliza. Creo que por ahí va el asunto. Se trata de generar las condiciones mínimas en que esta posibilidad no implique un mero juego, sino una acción legislativa responsable frente a un fenómeno duro y complejo que hay que abordar con los pantalones bien puestos.

    Gracias por los comentarios, inteligentes e informados como siempre, querido Emilio.

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