De la misericordia, que supera todo juicio (Sant 2, 12-13) [III]

Perdón por la demora en escribir, pero este fue un fin de semana agitado. Un tío abuelo falleció y, además, tenía algunos compromisos familiares previos. Es interesante pensar en el tema de la muerte, sobre todo, cuando esta aparece tan cerca al partir un familiar querido. Quizá reserve algunas líneas para hablarles un poco de esto en los días que sigan, por ahora quisiera terminar con los apuntes que he venido desarrollando en torno al evento del perdón.

Se trata de un capítulo largo en el libro de Caputo, razón por lo cual –y como casi con todo lo que escribo– me he extendido más de la cuenta. Quisiera ahora entrar en un poco más de detalle en torno a la relación que tenía Jesús con los pecadores. Creo que comprenderla bien nos ayudará a redimensionar el problema del perdón en el entramado bíblico. Aprovecho para acotar, contra las posibles malas interpretaciones, que esta no es una propuesta de orden político-público. Lo que trato de hacer aquí es un poco de exégesis bíblica en un contexto posmoderno, si cabe tal posibilidad. En ese sentido, recalco que no hay que leer esta entrada como una sugerencia para el ordenamiento del Estado y sus funciones, sino como una reflexión en torno al perdón para las personas de fe. Lo digo, sobre todo, porque mi buen amigo Daniel Luna me ha hecho algunas críticas en los últimos días que, sostengo, no son adecuadas en tanto parece perder de vista lo que menciono. De todos modos, queda como deuda una articulación de ambos frentes argumentativos. Cuando tenga algo más de tiempo colgaré algo al respecto.

Volvamos al perdón, entonces. Me interesa resaltar el rol de esta noción entendida en el marco de un evento en medio del mundo judío del tiempo de Jesús. Como he dicho ya, los evangelios son textos interesados. Quien crea que son la palabra de Dios simplicitur, está equivocado. Responden a un contexto epocal y a la elaboración teológica de sus autores. Ello no quita, claro, que allí se revele la salvación (lo creo, personalmente); pero sí invita a lecturas detalladas y no fundamentalistas. Cuando algún incauto les diga, pero eso es lo que dice “la palabra” habrá que mirarlo con un poco de sospecha, siempre. Menciono esto porque la figura de Jesús es severamente contrapuesta a la de los fariseos y maestros de la ley en todos los evangelios, aunque con diferente énfasis. Esto implica una parte de verdad y una parte de intencionalidad literaria o teológica. Jesús, sin duda, era un tipo muy diferente a aquellos que menciono; sin embargo, el mundo judío en el que él nació admiraba a estas figuras y las veía como ejemplos de piedad, de fe y de rigor religioso. Poner de plano al fariseo como “hipócrita” es un despropósito, ya que no se ajusta del todo a la mentalidad de la época. Sólo después de los evangelios esa es una posibilidad admisible. De hecho, para los interesados en estas cosas, el gran Paolo Sacchi sostiene que, probablemente,  si Jesús compartía algo con alguno de los grupos religiosos de la época, con el que más compartía era con el de los fariseos (cf. Historia del judaísmo en la época del segundo templo. Madrid: Trotta/PUCP, 2004, p. 520. La referencia es a Falk, H. Jesus the Pharisee, 1985). Lo cual testimonia a través de la historiagrafía bíblica que mucha de la información de los evangelios tenía propósitos cristológicos muy claros.

Sin embargo, en lo que no se equivocan los Evangelios es en decir que Jesús representaba un cambio radical (debería cambiar esto para que no suene al partido de Pepe Barba) respecto de estos grupos religiosos. Dicho cambio estaba representado por el evento del perdón. Los judío de su época también predicaban el perdón y, seguramente, con auténtica fe; no obstante, su perdón estaba enmarcado en las categorías de los hombres, no en las del Reino de Dios. Esa era la principal diferencia y ese fue el principal motivo de la condena de Jesús, remecer el orden de las cosas, trastornar el imaginario judío y su concepción de Yahvé. El perdón previo era condicional, la novedad aquí era la de un perdón sin condiciones (219). Lo que sacaba de sus casillas a las autoridades religiosas de la época era que Jesús estaba atentando contra la tradición profética, concretamente contra las enseñanzas de Ezequiel (cf. el mismo libro de Sacchi al respecto para tener una mejor idea de cómo se sitúa Ezequiel el contexto teológico de la época): el perdón requiere arrepentimiento y restitución. Jesús, en cambio, ofrecía un perdón sin condiciones.

¿Cuál es la explicación? Sanders (Jesus and Judaism, 1985) ofrece una opción exegética interesante: Jesús creía que venía el fin de los tiempos, que el Reino estaba cerca, literalmente. En ese sentido, las condiciones actuales le sugerían que convenía revolucionar el imaginario teológico judío para ofrecer un perdón sin condiciones. Jesús concebía su propia enseñanza –y así lo ha interpretado la tradición– como una transición a una nueva era, al tiempo del Reino de Dios. En ese sentido, las teología y escatología previas debían ser supendidas por un evento que las trascienda: el Hijo del Hombre estaba ya entre nosotros y la lógica del Reino que con él llegaba estaba más allá de todo juicio. Recuerden la escena de Martha y María, la de la mujer limpiando sus pies con finos perfumes, etc.: la Escritura neotestamentaria está llena de este tipo de inversiones. Son propias del Reino de Dios que es, según Caputo, una sagrada anarquía. Si la hora estaba cerca, el perdón no podía esperar. Si no hay más futuro, el perdón no puede depender de que tu vida cambie de modo absoluto: no hay espacio suficiente para dar la vuelta y comenzar de nuevo. Sólo hace falta la disposición del corazón. Es la misma lógica que opera en el sacramento de la unción de los enfermos, en cierto sentido.

Y eso nos deja con un último problema. Sabemos que esos no fueron los últimos tiempos y que Jesús murió dejando “escuela”. ¿Cómo reaccionaron sus discípulos al ver que el tiempo no estaba tan cerca y que, sin embargo, se ofrecía perdón incondicional por parte de su maestro? Parece que se trató de un problema serio en el mundo cristiano que empezaba a emerger. Todo indica que el modo en que se solucionó el problema fue tratando de volver a la tradición anterior. Los evangelios atestiguarían una vuelta, al menos parcial, al sistema de retribución de la lógica veterotestamentaria del perdón. Al menos Lucas, según Caputo  sería una muestra calara de ello. Es, en efecto, si nos ponemos minuciosos, difícil determinar qué quería Jesús y que pensaba al respecto; aunque lo más probable es que su posición fuese pro-evento. Es lo más probable por las consecuencias prácticas de su prédica: su apresamiento y muerte. Como ya se indicó, Jesús no hubiese cosechado tanto odio si se insertaba dentro de la tradición de sus ancestros de modo exacto; por el contrario, lo hizo de un modo sui generis. Predicó el perdón, como lo hicieron los profetas, pero lo hizo de un modo totalmente nuevo. Eso, entre otras cosas, le costó la vida. Se trata de algo de muy complejo análisis y los evangelios ayudan tanto como a veces confunden. Lo que queda claro es que el eu-angelos trasciende el texto porque él mismo es propiamente un evento y, por esa misma razón, un evento que sintoniza con una experiencia mucho más grande, la de un perdón que supera todo juicio.

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