Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (II)

En general para Nietzsche la filosofía ha estado desde el inicio estrechamente vinculada con el ideal ascético, es más, este le sirvió como andador para dar sus primeros pasos. La idea es interesante ya que se juzga a la filosofía como habiendo sido incapaz de cobrar conciencia de sí y por ello incapaz de lanzarse a lo que parecería su verdadera vocación, lanzarse hacia aquello que se le niega; pero como tal vocación resultaba demasiado difícil, prefirió evadirla y asentarse en la comodidad del ideal ascético. Y así, cada cosa se valora en sentido invertido. Aquel ideal de búsqueda de lo que se nos niega, se entiendo como desmesura e impiedad y aquello opuesto a lo que hoy veneramos era lo que tenía la custodia de dios en el pasado.

Así todo se ha invertido y quienes nos ponen enfermos son los que nos parecen hoy más necesarios, lo que nos envilece es lo que veneramos ahora como virtud (§9, 145-148). Así, su actitud de pasividad frente a la vida, su condición inactiva, no-guerrera, contemplativa fue vista en el inicio con reserva y sospecha; por ello los filósofos se hicieron de las armas que permitieron que tal actitud generase respeto y temor y tales valores se convirtieron en los valores dignos de veneración (§10, 149).

En buena cuenta, “el espíritu filosófico […] tuvo que disfrazarse de sacerdote, mago, adivino, de hombre religioso en todo caso, para ser siquiera posible en cierta medida: el ideal ascético le ha servido durante mucho tiempo al filósofo como forma de presentación, como presupuesto de su existencia, —tuvo que representar ese ideal para poder ser filósofo, tuvo que creer en él para poder representarlo” (GM, 150). Lo que terminará propugnando este filósofo-sacerdote ascético es un tipo de vida distinta a esta del devenir y la caducidad, una vida a la que esta se contrapone y que sólo se puede alcanzar volviendo la vida concreta contra sí misma, negándose ella misma ya que ella es sólo un puente hacia aquella mejor y futura (§11, 151). Sin embargo, y esto es lo más interesante, este movimiento de negación “tiene que ser una necesidad de primer rango […] que una y otra vez hace prosperar esta especie hostil a la vida —tiene que ser, sin duda, un interés de la vida misma el que tal tipo de contradicción no se extinga” (§11, 152)[1]. Lo que hay que analizar es cómo es posible que sea la vida misma la que se autoaniquile a través de la postulación de este ideal.

Por ello debemos proponer un acercamiento complejo al problema de nuestras prácticas morales, hay que examinarlas como “«textos», como signos dotados de significado, como expresiones de una voluntad de poder que aspira a ser descifrada por vía de la interpretación”[2]. En el fondo se trata de aquello que ya había sugerido Nietzsche en el pasaje que ya hemos citado: practicar la lectura como arte. El problema, como sabemos tiene que ver con las contradicciones que esto puede generar. Para empezar, el conflicto de las interpretaciones que la postura nietzscheana implica: él pretende desentrañar la verdad sobre la historia y el valor de la moralidad. El conflicto aflora cuando se cae en la cuenta de que es justamente esa verdad, la de Nietzsche, la que se plantea como correcta (Ibid., cf., por ejemplo, GM I, §1). Ante esto, los matices son necesarios.

Lo primero que habría que decir es que no se trata de una pretensión de corrección sin más, no consiste en un argumento de mera autoridad. La cuestión es algo más consistente: la verdad que Nietzsche vindica es la de la crítica de los supuestos no examinados. El ideal ascético se somete a juicio, justamente, por haberse creído sin presupuesto; por creer que la metafísica consistía en una verdad inconmovible y permanente. Como si se tratase de fuentes de valor constituidas independientemente de toda valoración. La verdad que Nietzsche propone implica esta conciencia del valor como fuente de todas nuestras interpretaciones. ¿Esta interpretación es verdadera? Pues la manera de juzgar esto tendría que ser ya desde la propuesta de Nietzsche. Si pretendemos juzgar la verdad de estas afirmaciones desde el canon que Nietzsche critica caemos en un círculo que no le hace justicia; aunque, claro, quizá esto no sea suficiente como respuesta.


[1] Colocaré aquí algunas de las principales formas en que el texto de Nietzsche presenta la cuestión a la que hacemos referencia. La idea central se mantiene y va llenándose de contenidos más precisos en la medida que el texto avanza, pero, justamente por eso, tomo nota general de estos elementos nuevos y no los desarrollo más. La razón está excluida de la verdad (§12, 154). El sujeto puro del conocimiento (Ibid.). Denuncia nietzscheana de este ideal y afirmación de su perspectivismo (Ibid., 155). El ideal ascético nace del instinto de protección de una vida que degenera pero que quiere conservarse por todos los medios (§13, 155). El sacerdote ascético como la encarnación del ideal por ser otro (Ibid., 156). Los débiles contaminan con su propia miseria la conciencia de los afortunados: es una ignominia ser feliz (§14, 160). Sacerdote ascético es el médico que está enfermo, pero cuya misión es el dominio de los demás enfermos. Cuando cura las heridas a la vez las envenena (§15, 162-163). El resentimiento surge como vía de amortiguar el dolor de la vida con un afecto más intenso (Ibid., 164): el del resentimiento contra uno mismo que es, según el sacerdote ascético, el culpable de nuestras miserias (Ibid., 165). Sólo se lucha contra el displacer mismo, pero no contra su causa: la propia medicación sacerdotal (§17, 167). El pecado como estratagema más nefasta de la interpretación religiosa (§20, 180. Cf. las similitudes con la presentación de Marx y Feuerbach). La ciencia reproduce un esquema actualizado del ideal ascético (§23, 188-189). No existe ciencia sin presupuestos la fe en ciencia es una fe metafísica, la verdad como problema ha sido ocultada por el ideal ascético (§24, 192-193). Ambos deben ser atacados conjuntamente; el arte es el que se opone más radicalmente al ideal ascético, no está envenenado con la mala consciencia (§25, 194). Los verdaderos enemigos del ideal ascético son los que hacen de él comedia (§27, 201).

[2] Nehamas, A. Nietzsche. La vida como literatura. Turner-FCE: Madrid, México, 2002. p. 137. En adelante, NVL.

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