Nietzsche y los ideales ascéticos: ¿la vida contra la vida misma? (III)

Si volvemos, entonces, al asunto de la interpretación, hay que volver a la frase con la que Nietzsche nos propone interpretar el Tercer Tratado:

Despreocupados, irónicos, violentos

—así nos quiere la sabiduría: es una mujer,

Ama siempre únicamente a un guerrero…

Lo primero que hay que recordar es que aquel aforismo proviene de una sección del Así habló Zaratustra que lleva como título “Del leer y el escribir”[1]. En ese sentido, conviene descartar la idea literal de que este aforismo tiene que ver con un conflicto bélico. La sabiduría ama la pasión, la parcialidad de la empresa intelectual: es un elogio de la energía del pensador (NVL, 144). Sino, baste con mirar las líneas con las que se abre esa sección Nietzsche: “De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu” (AHZ, 69). Así que este aforismo inicial de la Genealogía marca una pauta que ya podríamos sospechar: se amplía con él la pretensión de verdad del Primer Tratado. Si en aquel parecía Nietzsche buscar la verdad como el rigor de un genealogista, ahora comprendemos con más precisión a qué verdad se refería, la única existente: aquella que reconoce que toda empresa lleva carne y sangre, que todo está lleno de valoraciones. La sabiduría quiere un guerrero, porque quiere un buscador de la victoria, intenso, capaz de dejar la sangre, consciente de que sólo con ella se conquista la verdad. Luego, Nehamas indica con agudeza:

“¿En qué términos se convierte este ensayo en una interpretación de aquel aforismo? No se abunda en dicho aforismo. No se le ofrece explicación. […] De hecho, el ensayo parece estar concebido de manera que el lector se olvide de que está concebido como una interpretación de la sentencia que lo encabeza. Ahora bien, Nietzsche no piensa que la interpretación se reduzca únicamente a un comentario […]. Piensa, por el contrario, que «todo lo que domina y se enseñorea se convierte en interpretación» (GM, II, §12), está facultado, por lo tanto, para escribir asimismo que «la interpretación es en sí un modo de adueñarse de algo» (VP, 643). Por eso, el tercer ensayo de esta obra es, principalmente, un aplicarse a sí mismo de manera autoconsciente el aforismo que lo precede, y dicha aplicación se convierte en su modo de interpretación —esto es, lo amplía, lo sondea, lo complica—” (NVL, 145).

De este modo, me parece, tenemos una aproximación bastante más precisa al problema. La sentencia nietzscheana no tiene el mero valor circunstancial de unas líneas que serán desglosadas para su interpretación, una labor más bien simplona, como la que ejecuta ahora mismo quien escribe. La idea de Nietzsche es que tales palabras constituyen el motor de su propio pensamiento, aquel que es consciente de la pasión que implica la verdad, aquel que se hace señor del mundo porque sabe bien que el mundo es uno de interpretaciones y que la consciencia de ello le da el poder para acceder a la realidad de un modo nuevo, el verdadero.


[1] Nietzsche, F. Así habló Zaratustra. Madrid: Alianza, 1972. En adelante, AHZ.

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