¿Quid es veritas? (II)

Volvamos a la cita que consigné hace poco: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Quiero que se note la respuesta del legista. La palabra escrita irrumpe en la vida del que lee, invitándolo de forma imperativa al amor. Pero no es cualquier amor del que habla la Escritura, la palabra divina es muy clara: el amor ha de ser a Dios y al prójimo. La experiencia religiosa con la palabra escrita es un llamado de Dios a los hombres para que sean más humanos, para que restablezcan los lazos quebrados entre los hijos de un Padre común, para que derriben las barreras levantadas por ellos mismos. Este Dios que se revela a su pueblo a través de la lectura del corpus bíblico es, además, Verbo, él mismo es la Palabra:

“En el principio estaba la Palabra y la Palabra estaba con Dios,  y la Palabra era Dios. […] Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres […] La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”[1].

Como lo muestra el evangelio de Juan, este Dios es Palabra, es verbo. En el fondo, es movimiento, es acción, es realización constante. La divinidad para el creyente cristiano y judío corresponde a un Dios que se le revela en la escritura sagrada y que lo invita a una opción dinámica de realización de su salvación a través del seguimiento de la Luz que se manifiesta en la Palabra divina: la Escritura,  pero a la vez, Dios mismo que es la Palabra. Porque, claro, la Escritura no es la narración de un texto vacío, no es una literalidad sin vida. El texto bíblico, entendido en su entera dimensión, es un llamado de conversión al creyente, es Palabra que al ser leída supera la literalidad y trasciende las fronteras del papel para tomar parte de la vida del lector y ser fuente del cambio en la existencia del que se dirige a ella. Así, el texto si bien está terminado en un canon, no está terminado jamás. El texto tiene que ser completado en la cotidianidad de la vida del hombre de Dios. El texto marca la pauta de la verdad, nos dice qué significa pemanecer en la verdad, pero el texto se supera a sí mismo en la medida en que no está terminado en las palabras que componen sus páginas: el texto verdadero, es el que se termina en la vida del creyente, este libro es auténticamente la verdad cuando dicha verdad se ejecuta en la vida del hombre de fe, es realmente texto sagrado cuando el que se acerca a él permite que acontezca lo sagrado del libro en la propia vida, cuando permite que el amor irrumpa y lo haga ser como Dios quiere que él sea, a saber, que ame a su Señor y que jamás olvide el amor al prójimo.

Quedan hasta aquí, al menos medianamente, respondidas las dos preguntas de nuestro tripartito esquema inicial: las que corresponden al papel testimoniante de la encarnación y al significado de ser-de-la-verdad. No obstante, hay una tercer punto que evaluar: ¿por qué la pregunta de Pilatos queda sin respuesta? Pasemos brevemente a desarrollar el punto.

Sostengo que el hecho de que la pregunta no sea absuelta es de absoluta relevancia y que puede ser interpretada en la misma línea exegética que presento. El silencio, entonces, manifiesta que esa es una pregunta que no puede ser respondida en los términos en que Pilatos la plantea. Jesús guarda silencio porque el cónsul romano espera una respuesta discursiva, espera una enunciación de orden teórico; espera, en el fondo, logos. Y claro, esto es absolutamente comprensible, el problema es que el Logos del Hijo del Hombre no podrá dar respuesta a la pregunta planteada en términos de la razón teorizante. Esto, a mi juicio tiene una explicación muy clara que se puede expresar en dos niveles.

En primer lugar, Jesús no responde, porque de algún modo su presencia en el pretorio y las razones que lo han llevado hasta allí son el claro testimonio del significado de la verdad. Cuando Jesús enuncia que él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6) no lo hace al modo de la certissima ratione, sino que lo hace en clara referencia a su testimonio de vida. Su accionar en el mundo, su acción salvífica son el testimonio de la verdad. Hay ya desde aquí una abierta superación del esquema de la verdad como adecuación teórica; aunque, como es lógico no se trata de una superación absoluta, eso es a mi juicio un despropósito. Lo que se ve aquí es el planteamiento de una verdad como ejecución práctica; pero que en el fondo responde también a un esquema de adecuación.

En segundo lugar, hay una clara directriz ética que puede desprenderse y que es la que me parece más sugerente y la que guiará el resto de mi exposición. Un paradigma que postula una verdad aprehensible, objetivable, deriva necesariamente en dogmatismos cuyo peligro y radicalidad la historia ha sabido bien atestiguar. Los excesos del Santo Oficio, para quedarnos en el contexto religioso, son una clara manifestación de una lectura dogmática y teorizante de las Escrituras. Cuando se considera que el texto bíblico es “la verdad” y se concibe la verdad en términos teóricos, y no de acción práctica, nos enfrentamos al terrible panorama de la unilateralidad religiosa, nos enfrentamos al terror de pensar que el texto sentencia con apodicticidad teórica. Frente a una interpretación de este tipo, el enviar a la hoguera a los infieles se percibe como una acción justificada: si es posesión del clero la verdad bíblica y con ella el juicio sobre el bien y el mal, la vida de un hereje es cosa prescindible en el nombre santo de un Dios que mata para salvar a otras almas del escándalo de la perdición eterna. Como se puede ver, sobretodo en contextos religiosos, esta perversión es de lo más siniestra y, lamentablemente, ha sido más de una vez concretada. Creo que queda claro porqué me detuve en este segundo nivel hermenéutico y la relevancia de una lectura como la que se propone a favor de una convivencia pacífica y, ya en el plano particular de lo que nos ocupa aquí, de una religiosidad tolerante y abierta. Dicho esto, paso de inmediato a explorar algunas ideas de Agustín que ayudarán a comprender de muy buen modo el problema que planteo.


[1] Jn 1, 1,3-4; 1, 9

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