William James y la filosofía como experiencia del mundo (I)

Las entradas que siguen corresponden a una pequeña parte de mi tesis de maestría, por eso notarán la presencia de algunas notas extensas, así como algunas disquisiciones algo técnicas; sin embargo, creo, se trata de material importante que permite presentar algunas de las ideas más valiosas de James relativas a su concepción del pragmatismo y del rol de la experiencia en el mismo. Espero que la lectura sea provechosa y que ayude a conocer un poco mejor a este pensador tan lleno de vida y de experiencias que lo fueron conduciendo a la filosofía.

***

En atención a la ruta que nos hemos trazado, corresponde iniciar el desarrollo de nuestra propuesta situándonos en un examen del pragmatismo tal como James lo concibe. Nos encontramos, entonces, en el ámbito de la epistemología de nuestro autor; sin embargo, y esta cuestión debe ser un punto de referencia constante durante la lectura, hay que precisar que este filósofo no se detiene en una teorización sobre nuestra facultad de conocer. El caso de James es relevante porque nos confronta con una nueva manera —nueva en sus formas, pero vieja en su contenido, como lo diría él— de entender la filosofía, una que nos reinserta en un tipo de reflexión enraizada, que bebe de las fuentes de la vida misma y que hacia ella regresa. Perder de vista este enfoque “epistemológico” sería olvidar lo genuino de su mirada y reducir el pragmatismo de James a una elucubración desconectada de la realidad.

El tratamiento que haremos de James en este capítulo estará centrado, entonces, en el modo peculiar en que este filósofo aborda el pragmatismo. De hecho, formalmente habría que decir que es Peirce[1] quien inaugura lo que podemos llamar la corriente pragmatista[2]; no obstante, quien hace los más notorios desarrollos y, sobre todo, quien permite que el pragmatismo tengo un auditorio inusitado es, sin duda, William James. Es, pues, sobre estas peculiaridades del pragmatismo de James que girarán estas líneas.

Como sabemos, la obra de James es muy copiosa y por tanto conviene delimitar adecuadamente nuestro espectro de investigación, razón por la cual nos remitiremos a una obra clave para nuestros fines, me refiero a Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Las razones de la elección serán detalladas en lo que sigue, mas quisiera reparar en un hecho que quizá pueda resultar confuso para quien tomó nota de la estructuración de los capítulos de este trabajo. Allí se dijo que trataríamos en primer término el pragmatismo de James y su teoría de la verdad para, luego, dedicarnos al estudio de su reflexión en torno a la creencia religiosa. Los textos, sin embargo, estarían en orden invertido: La voluntad de creer fue publicado en 1897 y Pragmatismo en 1907. Efectivamente es así, pero ello no es un asunto problemático. James concibió a Pragmatismo como una expresión algo más sistemática de las ideas que estaban presentes en su texto de 1897; en realidad lo concibió como una suerte de síntesis de su obra toda[3]. La ventaja, por tanto, del despliegue que propongo apunta, justamente, a hacer más inteligibles las tesis respecto de la creencia religiosa que James había esbozado en la última parte del siglo XIX, a la luz de la más completa versión de su pensamiento enunciada en las conferencias de 1906 y 1907. Dicho esto, paso ahora (en nuestro caso, en el próximo post) al cuerpo de nuestra exposición.


[1] El propio James lo consideraba “el […] fundador del pragmatismo” (Cf. “El dilema actual de la filosofía”, en: James, W. Pragmatismo. Un nuevo nombre para viejas formas de pensar. Madrid: Alianza, 2000, p. 56). Como bien indica Del Castillo en la nota 2 de esta edición de la mencionada conferencia, Peirce dio una alocución en Harvard con el título “Pragmatism as a Principle and Method of Right Thinking” en 1903; sin embargo, James se refiere a otra denominada “Some Topics of Logic Bearing on Questions Now Vexed” que fue dictada en el mismo Instituto Lowell donde poco después el propio James dictaría “Pragmatismo”. Sin embargo, los textos más tempranos de Peirce sobre la materia son Algunas consecuencias de cuatro incapacidades (1868), La fijación de la creencia (1877) y Cómo esclarecer nuestras ideas (1878). En los tres Peirce desarrolla, aunque en una clave bastante distinta a la de James —su énfasis está en la teoría del significado— las primeras pautas explícitas del pragmatismo. Es particularmente en el último texto donde se presenta la famosa “máxima pragmática”.

[2] De hecho, es mucho más congruente con los hechos, hablar de una “pluralidad de proyectos intelectuales autónomos, aunque al mismo tiempo congruentes entre sí” que del pragmatismo sin más. Cf. Faerna, A. Introducción a la teoría pragmatista del conocimiento. Madrid: Siglo XXI, 1996. p. 1.

[3] Sin embargo, esta es una afirmación que merece varios matices que creo están relacionados con el tipo de intenciones que tenía James al presentar su pensamiento. En ese sentido, es correcto afirmar, y así lo acredita la información epistolar que se presenta, que James consideraba estas conferencias sobre el pragmatismo una suerte de labor de síntesis de su obra. Ahora bien, esta intención sintética va de la mano con una algo más profunda que podríamos llamar con algo de fuerza un compromiso “ontológico”. Esto se nota, por ejemplo, en la colección Essays in Radical Empiricism. (London, Bombay and Calcuta: Longmans, Green and Co., 1912), que como James indica pueden considerarse como un proyecto separado: “debo decir que no existe conexión lógica entre el pragmatismo, tal como yo lo entiendo, y una doctrina que recientemente he presentado bajo el nombre de «empirismo radical», la cual posee sus propios fundamentos. Es perfectamente posible rechazarla y, sin embargo, ser un pragmatista” (Cf. el Prefacio a Pragmatismo, p. 54). La clave para comprender esto, sospecho, es que James consideraba su pragmatismo como un estadio suficiente por sí mismo de su pensamiento; no obstante, se animó por desarrollar, escuetamente, una especie de peculiar ontología empirista de la realidad que se encontraba en perfecta consonancia con las ideas de Pragmatismo, pero que implicaba desarrollos con los que quizá no sería tan fácil comprometerse. En ese sentido, el final del Prefacio citado consistiría en una advertencia al lector: si no se quiere, o puede, dar un paso más, no hay problema; lo que hemos dicho es ya valioso de suyo. Mas esta precisión vale, como dije, en relación a la presentación de las ideas ante la audiencia. Como veremos algo más adelante, se trata de dos proyectos compenetrados y podemos hablar de esta peculiar ontología como la base de su propuesta filosófica. Esta aparente inconsistencia puede llamar la atención, pero se trata de una cuestión que puede explicarse debido al carácter de James y su trato con los distintos auditorios con los que se vinculaba. Él no solía esforzarse por entrar en minuciosas precisiones y conexiones entre sus ideas; trataba más bien de dirigirse a sus lectores o escuchas de un modo que pudiese ofrecerles una perspectiva atractiva para comprender la filosofía. Sobre este tema puede verse el comentario del alumno de James, D. S. Miller, recogido por R. Goodman en American Philosophy and the Romantic Tradition. Cambridge: Cambridge University Press, 1990. p. 70.

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