William James y la filosofía como experiencia del mundo (V)

Para James, “el postulado es que las únicas cosas que deben ser debatidas entre los filósofos han de ser cosas definibles en términos extraídos de la experiencia (las cosas de naturaleza no experimentable pueden existir ad libitum, pero no forman parte de la materia de debate filosófico)”. Esto es lo que James llamaba el «principio de pura experiencia» como un «postulado metodológico»[1]. Sobre este punto son varias los temas a tratar, pero pueden resumirse en una doble entrada: por un lado, conviene precisar; por el otro, tomar distancia. En primer término, hay que aclarar que este «postulado» no implica la exclusión del ámbito del sentido, al modo del Tractatus Logico-Philosophicus[2] de Wittgenstein, de toda materia no contrastable empíricamente. Lo que se pretende es, más bien, buscar para lo aparentemente no-empírico una base, justamente, de experiencia concreta. Este proyecto puede verse con claridad en Las variedades de la experiencia religiosa, donde James emprende el difícil y, veremos, poco fructífero camino de tratar de hacer de la religión una ciencia empírica. Este es, sin duda, un proyecto valioso e interesante, lo examinaremos en su momento; no obstante, también sugiere un cierto estrechamiento de la mirada, al menos por momentos, por parte de James. La idea de hacer una ciencia de las religiones hizo que nuestro autor perdiese algo de perspectiva y que no lograse apreciar ciertas dimensiones de lo religioso que en esta tesis consideramos fundamentales. Una de las tareas de nuestro trabajo es retomar aquello que nos parece James descuidó. Sin embargo, James merece cierta indulgencia si se atiende al proyecto completo de su pragmatismo y a la misión particular de Las Variedades que tocará examinar más adelante.

Hay además otro punto que nos puede invitar a la toma de distancia y es el «principio de pura experiencia». Aquí la crítica podemos hacerla a través de la mirada de John Dewey: el asunto se complica en James al apelar a una suerte de principio formal. Es verdad que esto no es una traición a su cometido general de entender la filosofía como experiencia; sin embargo, hablar de un «postulado metodológico» termina por volverse un elemento algo más entorpecedor que útil. Más allá de estas atingencias, me parece que James es claro y que el propósito general de lo que aquí hemos estado dibujando se mantiene, aunque empieza a ofrecer dificultades.

Volvamos a la definición de «empirismo radical», entonces. Cuando James habla de la «declaración de hecho», se refiere a que “las relaciones entre cosas, tanto las vinculantes como las disyuntivas, son iguales a muchas cuestiones de experiencia directa particular, ni más ni menos que las cosas mismas”[3]. En el fondo, lo que aquí quiere el autor es debilitar, sino eliminar, las típicas dicotomías filosóficas, particularmente la de sujeto/objeto. En esa medida, James está postulado un universo que puede entenderse como un continuum de experiencia, “un mundo de pura experiencia” en el cual los dualismos han de ser superados. Como se puede ver, se trata de una tesis fuerte y casi metafísica, razón por la cual hablaba más temprano de una ontología. Es justamente por la fuerza de una tesis como esta que James prefería no comprometer a los lectores de Pragmatismo. Valga hasta aquí lo dicho sobre este problema, pero añádase que, de todos modos, esto no quita que se trate de una visión problemática que nos puede llevar a hablar de un cierto realismo en William James. Es un asunto complejo ante el cual prefiero optar por una visión algo más débil de este «empirismo radical», aquella ofrecida en 1897. Se trata de una presentación que he dibujado líneas arriba y que es coherente con el pensamiento de James entendido como un todo. Sin embargo, he preferido no eludir la dificultad ante la que nos encontramos, sino presentarla como una inconsistencia propia de un pensador asistemático al cual, además, no planeamos ceñirnos acríticamente; por el contrario, el pensamiento de James es una herramienta para pensar los propios problemas que esta tesis se plantea.

Finalmente, cuando nuestro autor habla de la «conclusión generalizada», refiere que “por lo tanto, las partes de la experiencia se mantienen juntas una a otra mediante relaciones que son ellas mismas partes de la experiencia. El universo directamente aprehendido, en suma, no necesita de un extraño soporte tras-empírico, sino que posee en sí mismo una concatenación o estructura continua”[4]. Me parece que esto no necesita más detalles que los ya presentados en los dos primeros puntos. En todo caso, lo que puede verse con mediana claridad es que James, en efecto, estaba desarrollando un proyecto más radical que el del pragmatismo; no obstante, tal como he dicho ya varias veces, no hay una ruptura insalvable. Aunque, tampoco hay que cerrar los ojos: es evidente que James se estaba involucrando en ciertos problemas de consistencia interna que quizá él mismo no percibía del todo. Hechas todas estas acotaciones, creo que es conveniente volver su concepción menos fuerte de experiencia, la más útil para nuestros fines, y enlazarnos, por tanto, con su aproximación al problema desde Pragmatismo.


[1] James, W. “The Meaning of Truth”, citado en Essays, p. ix.

[2] Wittgenstein, L. Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza, 2002. Cf. 1.13, 2.06, 7. Aquí, por supuesto, habría que hacer precisiones. En todo caso, la diferencia central es que para Wittgenstein, en el texto citado, “el sentido del mundo tiene que residir fuera de él” (6.41) y en esa medida a pesar de que las proposiciones sobre ética, religión, estética y demás implican sin-sentidos, ellas tienen el valor de informar de sentido al mundo. Se introduce un cierto dualismo producto del  previamente aceptado isomorfismo. En James la cuestión es distinta. Este autor estaría ofreciendo una suerte de holismo empírico donde no hay dualismos en sentido estricto, ya que incluso esos elementos trascendentes identificados por Wittgenstein pueden remitirse a la experiencia ya que, en buena cuenta, todo sería experiencia.

[3] Ibid. p. x.

[4] Ibid. p. xii.

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