Las fiestas patrias y un comentario en relación a los “servidores públicos”

Hace cerca de dos años, fui invitado por el despacho de la congresista Luciana León al Congreso de la República. Se trataba de un evento que reunía, al menos eso se me indicó, pero luego confirmé que no era exactamente el caso, a los mejores alumnos de las universidades peruanas. La reunión tenía como finalidad, tratando de seguir en la línea de los ofrecimientos del plan de gobierno del Partido Aprista, captar nuevos cuadros para trabajar como funcionarios del Estado. Como se recordará, García había ofrecido dar facilidades para que los mejores alumnos de las universidades tanto públicas como privadas pudieran incorporarse a la carrera pública, ofreciendo su conocimiento y su talento para servir al país. Dos comentarios debo hacer sobre esa reunión: 1. fue una absoluta pérdida de tiempo en casi si integridad, 2. tuvo una intervención valiosa, la de Nuria Sparch, presidenta de SERVIR (la Autoridad Nacional del Servicio Civil). Digo que fue una pérdida de tiempo porque se trato de una cantidad de discursos vacíos, sin fundamento y llenos de generalidades y sospechosos entusiasmos que no me hizo sentir más que dos cosas: se presuponía que el auditorio era una tira de incautos o los mismos expositores (incluida L. León) no eran más que unos poco talentosos vendedores de castillos en el aire. Por otro lado, la exposición de Sparch, la única con contenido rescatable, sugería al público que se estaba ante un proceso importante de cambio y que si las cosas funcionaban (nuestra participación en el mediano plazo era importante para ello) podríamos tener un importante grupo de capaces gerentes públicos que hiciesen de la burocracia estatal algo menos ineficiente y corrupto.

Hasta aquí la cuestión preliminar, ahora les cuento algo que me pasó la semana pasada. Sin dar mayores nombres, les narro el episodio. Me tocó acompañar a una persona a la oficina de Serpost que queda en Lince (a unas pocas cuadras del Centro Comercial Risso). Ella estaba yendo, como suele hacerlo desde hace varios años, a recoger una encomienda que le mandaba un amigo suyo desde los EEUU. Se suponía que se trataba de un proceso sumamente sencillo, de hecho, ella lo había realizado varias veces, en la misma oficina y más o menos a la misma hora (llegamos como a las 3pm). Yo debo confesar que casi nunca me acerco a entidades del Estado, básicamente porque no tengo mayor razón para hacerlo. Todos mis trámites los hago a través de organismos privados y, además, por internet. Quizá por esa razón quedé bastante sorprendido desde el inicio. Mi primera impresión, confirmadísima después, fue la de que se trataba de una oficina estéticamente nada amigable, algo desordenada tanto en sus aspecto externo como a nivel de los procedimientos. Nos tocó hacer una breve cola, lo cual me pareció normal, a pesar de que odio hacer colas. Allí emergió la primera cuestión que me sorprendió. La persona que acompañaba me pidió que “guarde la cola” por un rato, mientras ella iba a sacar una copia del DNI. Ella, claro, había venido hace varios años y conocía el procedimiento; sin embargo, no había ninguna indicación, ninguna. Uno podía hacer una cola de 15 o 20 minutos y recién al llegar a la ventanilla saber que “uy, señor, pero no ha traído su copia de DNI, vaya acá a la vuelta y hace su colita de nuevo, está bien?”. ¿Se imaginan? Osea, no sólo es una cuestión de inoperancia en el lugar (debería haber un anuncio grande o algo por el estilo), sino que son incapaces de ponerlo por escrito en cerca de 5 años. ¿Qué les cotaría poner entre los requisitos “llevar copia de DNI para los trámites”? Sinceramente, me pareció increíble, sobre todo la persistencia de, por lo menos, media década en la misma negligencia.

Justo cuando yo le estaba diciendo al señor que venía inmediatamente después de mí que tenía que sacar una copia del DNI y mientras él, renegando por la ineficiencia y caminando veloz se dirigía a la tienda del costado, empezó una gresca en el local. Un señor empezó a gritar desaforadamente y a reclamar que lo estaban tratando como a un idiota, que no era posible que fuera la segunda o tercera vez que lo hacían venir sin tener lo que él esperaba, que no tenía tiempo para eso, que llamasen al encargado y, finalmente, que se vayan al diablo. Quienes me conocen, saben que no soy persona de gritos y, generalmente, detesto ese tipo de conducta. Cuando escuché los comentarios airados de aquel caballero me sorprendí y empecé a imaginarme que mis impresiones sobre el lugar podían ser mucho más leves de las que corresponderían a una examen más minucioso. Yo me mantuve en silencio y sólo comenté algo así como “qué maleado que el señor se ponga así, pero algo debe estar pasando acá”.

Después de que la persona que acompañaba recibió su ticket de espera para la recepción de la encomienda tocó sentarse un rato (yo calculé que serían unos 15min, qué equivocado estaba). Allí me tocó conversar con dos caballeros. El primero, había vivido, si no me falla la memoria, 35 años en los EEUU y estaba de vuelta para vivir en Perú sus años de jubilación. El señor tenía 65 años y era el que renegó y corrió cuando le comenté lo del DNI. El segundo señor, creo que me dijo que tenía algo más de 75, también había vivido fuera muchos años, en su caso más de 50, pero en Alemania. Ya se imaginarán en qué se tornó la conversación: una reflexión comparada del servicio público con evidente goleada en contra para la selección peruana. Y es que, claro, ver el nivel de ineficiencia frente al que estábamos no permitía sino pensar en que algo andaba muy mal en este país (y eso que aún no venía lo peor, ya que sólo tenías allí 20min y nos esperaba una larguísima espera aún).

La peor parte llegó cuando se juntaron ineficiencia y prepotencia. Yo no me considero un luchador social, ni mucho menos; sin embargo, siempre me ha disgustado el abuso del poderoso frente al débil y, siempre que ha estado en mis manos, he hecho lo posible para evitarlo. No obstante, lo que me tocó presenciar fue un fenómeno peculiar, obviamente no totalmente extraño, pero sí nuevo en términos de mi situación de testigo presencial. Lo que me tocó ver fue el abuso del inepto, la prepotencia del incapaz. Había allí un sujeto que era el encargado de supervisar la apertura de las encomiendas que era simplemente un absoluto prepotente y, no obstante, era un verdadero mequetrefe. Un mando medio sin mayor autoridad que la que le daba su cargo en esos 10 metros cuadrados, pero tan miserable e insufrible que se sentía como el emperador todopoderoso de una suerte de reino del tamaño de una caja de zapatos. Me pareció un caso interesante para el análisis psicoanalítico, incluso. El tipo, seriamente, era un hijoeputa, para usar la versión de Vargas Llosa. Uno tal que si uno reclamaba con derecho que estaba siendo maltratado, que ese no era tono para hablarle o algo de esa naturaleza, el miserable este respondía que “ah bueno, si usted siente eso puede quejarse, pero ya no podremos resolver su problema el día de hoy y tendrá que esperar más días”. Un verdadero miserable, abusando del poder de su caja de zapatos. Nadie, evidentemente, estaba dispuesto a quejarse, entonces, porque el que menos tenía cerca de 2 horas esperando sus paquetes y perder más tiempo en reclamos no suponía más que una tortura mayor. Entre tanto, para coronar el asunto, presencié otra pelea, esta vez entre un sujeto de ventanilla y una pareja de esposos (al parecer una peruana y un estadounidense) que venían a quejarse porque les habían perdido sus partes de matrimonio. Fue una escena tremenda, porque el chico gritándole al sujeto que le había cerrado la ventanilla (cerraban a las 4, eran las 4.05 y, además, los chicos habían llegado antes, sólo que estaban en la cola) le decía que Indecopi ya había probado que Serpost no sólo había perdido los partes (casi ningún familiar extranjero del chico pudo ir a la boda porque nadie recibió jamás los partes) sino que, aparentemente, los había robado. Fue una escena tensa, en la que el chico (calculo que tenía 30) gritaba que le habían robado, que le habían arruinado el matrimonio y que, encima, le habían cerrado la ventanilla estando él y su esposa en la cola antes de las 4, ¿se imaginan? Encima, ya en un momento de pérdida de control, la chica empezó a humillar al tipo de la ventanilla por su condición de mediocre servidor público que encima se había atrevido a decirle que le iba a enseñar a comportarse adecuadamente a los esposos. Como diría mi madre, todo un pandemonio. En ese momento, sólo atiné a voltear a conversar con mi amigo, el señor que había vivido en Alemania, para escuchar qué podría decirme. Tuvimos consenso, creo: nadie avala la humillación, pero era evidente que esa oficina era un caos. Finalmente, nos retiramos hacia las 6pm sin encomienda, de mal humor y con una profunda frustración. La persona que acompañé tuvo que volver el día lunes (era viernes) para recoger el paquete en un trámite que ya debió ser de total rutina y, sin embargo, tuvo que pasar 4 horas de su día allí esperando, como quien espera la redención, que el maldito paquete saliera y que pudiese partir para nunca más volver.

En realidad, este post es simplemente un ejercicio de canalización de mi propia frustración, de mi propio sentimiento de vergüenza ajena ante esos acontecimientos. Ese día, casi con lágrimas de impotencia, me pregunté qué pasaba allí, emergió casi sin esfuerzo la clásica pregunto por el “cúando se jodió el Perú”. Me pregunté si se trataba de algo aisalado o de una suerte de continuum en la administración pública (la pregunta era retórica, evidentemente). Pasado todo eso, me quedé pensando en algo que me dijo uno de los dos señores con los que conversé: es un tema de idiosincrasia, así somos/son los peruanos. A mí me cuesta creer algo así, me cuesta mucho, pero ese día, creo que por primera vez, empecé a considerar la posibilidad algo más seriamente.

Creo que las fiestas patrias deben ser un ejercicio de reflexión sobre el país, un ejercicio profundo, detenido. A mí me tocó pensar en torno a este asunto, aunque hay mil cosas más por considerar. No soy pesimista, nunca lo he sido, pero creo que cuando uno se enfrenta a cosas como las que he narrado (y hay gente que lo hace todos los días al punto que se termina acostumbrando a ellas), cuando ve el Congreso de la República, los Municipios, el transporte público y demás, empieza a sentir que quizá la hipótesis de la idiosincrasia tiene algo de sentido y que los cambios tomarán más tiempo que el que nos queda de vida y que convertirse en servidor público no consiste en un verdadero acto de servicio a la nación, sino en una especie suicidio.

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