En el centenario de la muerte de William James

Richard Rorty, al cierre de uno de sus últimos textos sobre William James, y después de varias obervaciones críticas, termina con una frase que por su honestidad y valor deseo reproducir:

“La mente de William James fue de una capacidad fuera de lo común y su caridad de una amplitud inusitada. Leer [a James] puede hacernos más como él y eso puede hacernos mejores personas” (“Some Inconsistencies in James’s Varieties“, p. 97, 2004).

El 26 de agosto de 1910, William James dejó este mundo para partir, según sus propias creencias, a uno seguramente mejor. No sabemos, ni el mismo sabía, cómo sería ese mundo ni qué cosas supondría, pero James se dispuso a la muerte con paciencia y esperanza. Así lo recuerda el propio Freud, que se quedó admirado al conocer a James por su entereza anímica, a pesar de los males cardíacos que padecía y que le producían profundos dolores y, finalmente, la muerte. Este es, como se puede intuir, un post de homenaje a uno de mis pensadores más admirados. El que más he estudiado y al que en la lejanía del tiempo y del espacio he llegado a querer genuinamente.

Hace ya algunos años estudio a James y lo hago, casi, por casualidad. Puede parecer extraño, pero yo no empecé a leer a James ni por influencia de un profesor de impronta pragmatista, ni por sugerencia de alguien formado en el mundo algloamericano. Hace al rededor de 5 años yo andaba, como aún lo hago, preocupado por el problema filosófico de la verdad y no tuve mejor idea que preguntarle sobre la materia a uno de los profesores más respetados y queridos del cuerpo docente de filosofía de la PUCP. El doctor Camino, con su estilo amable y correcto, me recibió en su oficina una tarde y con su habitual erudición me recomendó una serie numerosa de libros que yo anoté con diligencia en una página vacía de mi agenda de aquel entonces. El profesor Camino me sugirió la lectura de muchos autores: Heidegger, Husserl, Gadamer. De todos ellos me recomendó varias obras y, ya casi hacia el final, me indicó con gran honestidad intelectual que también haría falta que revise a…y de pronto algo de silencio invadió la sala. Federico Camino no recordaba bien el nombre del autor que deseaba recomendarme y, quizá justamente por eso, a mí nunca se me olvidará su inicial olvido. Pronto vino a su mente el nombre de Henry James, pero seguía sin recordar el de su no menos famoso hermano…después de unos segundos de vacilación de la memoria, confirmó lo que el lector ya puede intuir, pero que yo ni por asomo podía en ese momento: “debe usted leer a William James”, me dijo. Yo apunté todo y me retiré a los pocos minutos.

Poco tiempo después, paseando por la Feria Internacional del Libro, cuando esta aún se realizaba en el Jockey Plaza, me detuve de casualidad en el puesto de “La Familia”, la casa que importa los textos de Alianza Editorial. Y así, sin haberlo premeditado, casi de casualidad, otra vez, me topé con el célebre Pragmatismo, en la traducción castellana de Ramón del Castillo (a quien terminaría conociendo este año en Texas A&M en una conferencia sobre el pragmatismo y el mundo latinoamericano). Así comenzó una travesía que, dudo mucho, tenga vuelta hacia atrás. James se convirtió en uno de mis autores favoritos y hoy mi vínculo intelectual y personal con este autor tiene ya gran arraigo. Y es que, como decía el propio William, el temperamento es el gran presupuesto de toda filosofía y la filosofía de William James está cargada de pensamiento y carácter, como sostiene el título de la famosa biografía escrita por su alumno Ralph Barton Perry. Fueron precisamente los elementos de carácter, junto a los de pensamiento los que fueron encandilando mi lectura, hasta el punto de no haber parado desde entonces.

James le dio a la filosofía una viveza y una intensidad que despertaron en mí un gran interés desde las primeras páginas de la obra mencionada. Este autor me fue mostrando con los años de lectura detenida de buena parte de su obra que se trataba de un pensador de gran audacia, con una pluma muy fina y mordaz y con un vigor intelectual incansable. Añádase a todo esto su humor delicado, pero poderoso y su entereza humana inquebrantable, su compromiso genuino con los valores democráticos, su amor dulcísimo por su esposa y por sus hijos y su sencilla manera de decir las cosas más complejas, sin remilgos y sin caretas. Leer a James nos hacer ser mejores, dice Rorty y lo dice con razón. Leer a un autor como este nos afianza en la relación que la filosofía debe tener con la realidad y lo inconducente que se vuelve la teoría cuando esta no es capaz de interpelar a las personas de carne y hueso.

William James fue un pensador de la vida en sus múltiples facetas, un hombre de letras y de ciencia, un intelectual incansable. Parte de una excepcional familia americana de finales del siglo XIX y comienzos del XX que configuró en él un imaginario peculiar y una manera especial de comprender al mundo en su pluralidad de manifestaciones, en su variedad de experiencias. James era un entusiasta de la experiencia, un hombre de esperanza, un hombre de fe. De fe en el porvenir y de fe en que este mundo puede ser mejor de lo que es ahora. Un hombre confiado en que la cooperación humana es capaz de construir grandes maravillas y también de denunciar y luchar contra el abuso y el exceso.

William James, finalmente, fue un hombre religioso. Un investigador de la religión y un verdadero creyente, a pesar de toda la ciencia y la filosofía, en la posibilidad de un mundo que nos trasciende, de un dios o de unos dioses que dialogan con nosotros, que interactúan de modos misteriosos con el mundo. Un creyente del valor de la apertura que está detrás de todo acto de fe, un férreo defensor del derecho de creer, contra toda forma de reduccionismo estrecho. Que un hombre como James optara por la fe no es cosa para tomar a la ligera, debería ser, al menos, un pequeño motivo para el pensamiento. Una mente como la suya no se hubiese aventurado a la creencia por mera ligereza, estudiar sus razones y sus motivaciones es, ya en sí mismo, una valiosa labor intelectual.

Vuelvo, pues, sobre lo que dijese al inicio citando a Rorty. William James fue un ser humano excepcional, su genio fue sin duda desbordante y su generosidad será siempre recordada. Cien años después del día de su muerte sólo cabe agradecer su aporte irreemplazable a la humanidad y sugerir al lector su lectura: leer a James nos hará mejores personas o, lo que es lo mismo, leer a James nos hará más como  él.

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2 respuestas a En el centenario de la muerte de William James

  1. Lindo homenaje Raul.

  2. Raúl Zegarra dijo:

    Sincero y lleno de admiración, querido Daniel.

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