Yoga and the Wounded Heart by Jyoti Sahi

Este texto se destaca por el vínculo que trata de establecer entre el arte, el yoga y la espiritualidad. En ese sentido, el uso de cerca de una decena de imágenes que enlazan estas tres experiencias es particularmente relevante y determinante para comprender el sentido del texto, de ahí que lo que aquí digamos no logre captar aquello que las imágenes terminan de plasmar. La idea, en el fondo, es aquella del evangelio de Juan: la palabra se hace carne para habitar entre nosotros del mismo modo que la espiritualidad se hace carne en el arte, más aún si hablamos del yoga como un arte. En este contexto, el rol del corazón es determinante para el autor. El corazón, claro está, no es un mero órgano, sino un concepto más complejo en el cual los opuestos de la personalidad humana y de la autocomprensión se integran: cuerpo y mente; la racionalidad intelectual con los sentimientos y la intuición; etc. (p. 45). El corazón está relacionado con una dimensión particular de la experiencia humana que supone una comprensión imaginativa de la realidad donde lo evocativo y lo creativo tienen prioridad.

De ahí que hablar de una espiritualidad basada en el corazón (el yoga del corazón) suponga también la apertura hacia el otro, hacia la  mirada compartida de un camino común en la amistad (p. 46). Una amistad que, como en la tradición cristiana, es también la ruta para el conocimiento de Dios. El yoga del corazón supone el reconocimiento de la diferencia, así como a la vez defiende el valor de la integración (p. 47).

Luego de esas consideraciones, el autor nos invita a trasladar la reflexión previa al escenario de la cruz de Cristo y el contexto del dolor y de las heridas. A través de una interesante conexión entre el concepto de yoga y yugo (yoke, en inglés), el autor trata de poner en relación la idea cristiana de yugo (Mt 11: 29-30) con la de un tipo de esforzado y a veces doloroso camino espiritual (el yoga del corazón) que, sin embargo, es llevadero y dador de vida (p. 51). Para ese fin, el uso de varios bocetos que buscan en posturas del yoga conexiones con reflexiones de la espiritualidad cristiana, resulta muy interesante (cf. pp. 51-64).

Lo que el autor desea destacar es la paradoja de la figura de aquel que cura estando herido, del dador de consuelo que a la vez sufre. Esta paradoja encarnada en la figura de Cristo ha sido siempre una poderosa experiencia espiritual y Jyoti Sahi no duda en recuperarla como un motivo para el yoga del corazón. Más aún, el autor conecta la idea de la herida (wound) con la del vientre (womb) para darnos a entender como el sufrimiento puede ser el lugar, también, de un nuevo nacimiento (p. 66), incluso un lugar de encuentro, guha (p. 68). No en vano vuelve a resonar la idea de una teología dalit o teología de la liberación hindú, que encuentra en el sufrimiento un motivo para la transformación (p. 65). Se trata pues, de una paradoja fundamental de la espiritualidad, la misma que el autor extiende más allá de Cristo (el Jesús Dalit, como lo llama el autor) para que abarque también la figura de María, la Madonna Dalit (p. 69). La figura de Santa María tiene un valor esencial porque en la absoluta entrega de la libertad (fiat voluntas tua), lo que supondría el vaciamiento de toda dignidad, es donde se encuentra la absoluta completud. Esto se grafica en la imagen del vientre vacío que, sin embargo, con el Hijo, da sentido completo a la historia. A la vez, María no es solo madre que nutre y sostiene; es también discípula que adora. Por eso el autor, en una hermosa imagen, dice que María es la vez hogar y santuario (p. 71). Estas paradojas y aparentes situaciones de contradicción implican para el autor una rica espiritualidad que él denomina una estética dalit y que asocia con la noción de humildad. Aquí estética no se comprende como una forma refinada y elitista, sino todo lo contrario: se apela a su sentido originario enraizado en el concepto de experiencia y se le enlaza con la humildad aludida. El paradigma de esta estética o espiritualidad dalit es María. La mujer, siempre puesta en segundo plano, aparentemente insignificante y, sin embargo, la ruta de entrada para la nueva esperanza de la humanidad (p. 71).

En todo caso, como concluye el autor, todo este esfuerzo no ha sido más que indicativo. Las imágenes usadas, tanto las del pensamiento como los lienzos y los bocetos, no han querido más que ayudar a delinear una teología encarnada, una espiritualidad enraizada en la tierra; las misma que, no obstante, no queda agotada en estas ideas e imágenes, siempre inexactas e inadecuadas (p. 78). En el fondo, siempre se trata de una experiencia que, como diría Gustavo Gutiérrez, figura presente desde la introducción de Kearney (p. 12), tiene que hacerse vida, gesto, actitud concreta.

 

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