Inclusive Imagination & My Adventure with Inter-Religious Dialogue

 

Inclusive Imagination: a Comment on Religion and Culture in India by Chandan Gowda

El texto se centra en la tensión existente entre el imaginario tradicional de la India y la emergencia de un cada vez más significativo secularismo. Para el autor, el valor del secularismo es innegable, sobre todo en lo que compete a las instancias administrativas de gobierno; sin embargo, sostiene que un imaginario secular no debería invadir otras esferas de sensibilidad política, como por ejemplo la de la sociedad civil (124).  Su argumento central es que, más allá de la administración pública, la India sigue siendo una nación marcada por el valor de la tradición, la deferencia a la autoridad familiar y la relevancia de la noción de comunidad (125). Con este fin, el autor examina algunas películas (Mungaru Male, 2006; Yajamana, 2000; Sivaki-The BOSS, 2007) de la cinematografía hindú con el objetivo de mostrar, a través de un breve análisis de la trama de estas, la incompatibilidad del secularismo con muchas de las prácticas más arraigadas en la India. El texto finaliza con una crítica a la idea decimonónica de los Estados nacionales, sugiriendo que la misma es una forma velada de fomentar el genocidio de la diferencia, en lugar de aceptar las complejas relaciones de convivencia que enlazan a las diferentes “naciones” que pueden estar adscritas a una determinada administración estatal (126).

 

My Adventure with Inter-Religious Dialogue by Joseph A. Samarakone, O. M. I.

Este es un texto de corte autobiográfico que cuenta la historia de este sacerdote cristiano-hindú a través de un recorrido espiritual por una serie de eventos que fueron configurando su propia mirada abierta e inclusiva de la religiosidad. Una de las frases en torno a las que se puede articular el texto es aquella de Edward Schillebeeckx que el autor cita: “Las religiones no-cristianas son sacramentos de Dios” (127). La convicción de la certitud  de esa idea es la que guía el ánimo inclusivo su itinerario espiritual y del modo en que concibe el diálogo interreligioso.

En ese contexto, cabe resaltarse la mención de algunos parágrafos del documento Nostra Aetate, promulgado por el Concilio Vaticano II. Por ejemplo el § 21, en el que se indica que ninguna persona posee la verdad de modo total o perfecto, pero que eso no debe evitar que los seres humanos se unan para caminar juntos hacia esa meta, junto a la idea (§24) de que el Espíritu de Dios trabaja también fuera de los confines del Cuerpo Místico de Cristo (131). A partir de estas convicciones, se ha ido generando lo que el autor llama una “hermenéutica clásica de la India”, la cual supone una integración del texto bíblico, sobre todo de los Evangelios,  con las diferentes corrientes religiosas de la India logrando así formas dinámicas e integradas de culto y adoración (133). Se trata de una vocación no-sectaria que el autor identifica claramente en la figura de Cristo (Jn 4: 23), quien convoca a los excluidos e invita a adorar a Dios en espíritu y verdad (134-135). Jesús y la misma Iglesia Católica después de Vaticano II nos invitan a construir el Reino de Dios en la tierra, fomentando así una mirada más abierta de la espiritualidad, que ya no busque exclusivamente la salvación solo para los miembros de una determinada comunidad de fe: “el Reino es más amplio que la Iglesia. La Iglesia es una servidora del Reino (136-137)”. La idea es movernos del paradigma que fomenta la “conversión” del otro al de la “inculturación” (136) o como lo diría otro de las autores del este libro, al de la “conversación” con el otro…o en un giro que me gusta aún más, el paradigma de la “conversión al otro”. De ahí la posibilidad de que hablemos de una “pertenencia religiosa doble” (136).

El autor quiere mostrar el valor de que la Iglesia sea capaz de aprender de la sabiduría de otras confesiones religiosas y de los desafíos que estas suponen (137). Por ello el paradigma de la conversión y del proselitismo le parece impropio e, incluso, una afrenta para una conducta civilizada. Lo cual no quiere decir, por supuesto, que uno pueda convertirse de un credo a otro, pero la idea de hacer misiones que pretendan captar adeptos es vista como una forma de humillación de la cultura y religión de los otros (139). El asunto, entonces, radica no en convertir, sino en entrar en sintonía con el otro, valorando su diferencia y viendo qué hay en ella que pueda enriquecer nuestra experiencia.

 

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