El contexto pluralista de la teología contemporánea (BRO, Cap. 1)

Tracy parte de dos supuestos principales: por un lado, de que i)  el presente pluralismo permite al teólogo aprender mucho más de la realidad a través del develamiento de diferentes formas de ver tanto nuestra humanidad como cristiandad compartidas (3); por el otro, de que ii) cada teólogo debe articular y defender un método explícito de investigación a través del cual debe interpretar los símbolos y los textos de nuestra vida común y del cristianismo (3).  A estos dos supuestos puede añadirse uno correlativo, a saber, iii) que para llevar a cabo lo dicho es necesaria una actitud revisionista respecto de los principales modelos alternativos de teología cristiana (3).

La crisis del teólogo cristiano en el mundo moderno: el desencantamiento con las mistificaciones

Lo dicho conduce al teólogo a analizar brevemente el contexto de esta época. Sobre todo a partir de la Ilustración, sostiene Tracy, se inició un importante cambio en el cristianismo pues este procuró incorporar en su discurso el ánimo desmistificador del racionalismo ilustrado (5). Al hacer esto, sin embargo, surgió casi de inemdiato la pregunta de si este predominio racional no podría terminar por  quitarle al cristianismo su riqueza simbólica y estilísitica (5). En buena cuenta, la lucha de la teología contemporánea se ha debatido entre las tensiones derivadas de estas dos posibilidades.

Ahora bien, una las situaciones críticas derivadas de lo que acabamos de  indicar es lo que se llamó en la epóca victoriana la “crisis de la creencia”, pero que ahora podemos llamar con más propiedad, sugiere el autor, “crisis de afirmaciones cognitivas”: el predominio de la racionalidad científica, aplicada tanto a las ciencias históricas como naturales, puso en jaque muchas de las afirmaciones cristianas que se pretendían con valor de verdad (5). Este asunto ha supuesto un conflicto que bien puede denominarse moral: por un lado, el teólogo se ha sentido en la obligación de ser fiel a la tradición de la cual es parte (principalmente, la comunidad eclesial); por el otro, el investigador laico siente el deber de no traicionar los resultados objetivos de su investigación por motivos confesionales (6).

El problema que surge es que el teólogo tiene un pie en cada orilla, es miembro de la comunidad de fe y, a la vez, como académico, debe proceder según los avances de la ciencia de su tiempo: sabe que las creencias de su propia tradición religiosa no son ni pueden constituir evidencia para sus colegas en la investigación histórica o filosófica (o incluso para sí mismo como parte de esta comunidad) (6). En algunos casos el teólogo pude tratar de criticar la validez de este modelo investigación autónoma, pero para hacerlo, incluso, parte de las premisas del mismo (7). Tracy sostiene que, a la larga, la principal lealtad que el de teólogo qua teólogo debe defender es su lealtad a la moralidad del conocimiento científico (7), pues sus propias creencias no pueden ser las que garanticen sus argumentos.

Ahora, como bien indica el autor, es cierto que el modelo del razonamiento científico derivado de la Ilustración ya ha sido puesto en cuestión y no solamente por el bando tradicionalista (buenos ejemplos de esto pueden encontrarse, al menos en el contexto de habla inglesa, en Tras la virtud de A. McIntyre –versión más tradicionalista– y Ética de la autenticidad de Ch. Taylor –versión algo más progresista–); sin embargo, esto no ha supuesto un regreso al paradigma confesional previo, sino una clarificación y profundización de las demandas de autenticidad y liberación humanas, propias de la Ilustración (8). Estas demandas, según el autor, pueden entenderse como una fe, i.e., “una orientación o actitud básica que determina nuestras creencias cognitivas y nuestras acciones éticas” (8). Quizá la versión más básica de esa fe sea la fe en la secularización, la misma que afirma “el significado y valor final de nuestras vidas, nuestros pensamientos y acciones, aquí y ahora, en la naturaleza y en la historia” (8). Entender que esta fe es la fe común de nuestra época, tanto para los secularistas como para los cristianos modernos permite comprender la situación de la teología contemporánea.

En este marco, no han faltado críticas que han pretendido arrinconar a los teólogos, acusándolos de estar confundidos o de ser deshonestos respecto del modo en que comprende su propio ser-cristianos (9). Se sugiere, del bando secularista, abandonar la empresa teológica y unir esfuerzos a favor de la fe común delineada arriba. A pesar de ello, Tracy afirma que el rol del teólogo revisionista es fundamental y que el secularista no lo ha comprendido bien: su apuesta es la de que solo una apropiada comprensión de aquellas creencias centrales para el cristianismo –la revelación, Dios, Cristo, etc.– puede proveer de una adecuada comprensión, de un correcto ‘inventario reflexivo’ o de una apropiada representación simbólico-existencial de la fe fundamental de la secularización (9). En ese sentido, el teólogo revisionista considera que puede proveer evidencia para los críticos de mente abierta, tanto fuera como dentro del cristianismo, sobre la verdad y el significado de los símbolos cristianos más importantes (9). La idea, en suma, es que si bien se acepta la relevancia de la racionalidad secular y sus métodos de investigación, se niega cierta posición secularista según la cual no existe ningún ámbito de sentido y verdad fuera de nosotros mismos. Tal posición se asume como tan dogmática como las que la secularización critica y, por ende, se pretende un diálogo abierto en el cual elementos nucleares del cristianismo sean capaces de aportar en el contexto de la edad secular.

Ahora, claro, uno podría preguntar si este supuesto de que el cristianismo tiene algo que aportar al contexto de la sociedad plural no es una concesión generosa de un teólogo que no acepta la irrelevancia de su ciencia. Se trata, en efecto, de una pregunta pertinente. Veremos cómo la va respondiendo Tracy en el libro.

La crisis de la mentalidad secular moderna: el desencantamiento con el desencantamiento

Como ya se ha sugerido, nuestra época, llamada posmoderna, tiene un signo característico, el haber rotulado como ilusorias las esperanzas de la racionalidad ilustrada. Marx, Freud, Nietzsche, Kierkegaard, entre otros, y cada uno a su modo, han mostrado la envergadura de tales ilusiones (11). La absoluta autonomía, la racionalidad pura en acción y demás características típicamente ilustradas han terminado por resultar, curiosamente, míticas.

En este contexto, la crítica de Gadamer a la Ilustración por la arremetida de esta última contra la ‘tradición’ es muy significativa: despreciar la tradición en aras de la autonomía no es solo tonto sino que conduce al empobrecimiento de la humanidad (12). Luego, y esto sí me parece difícilmente objetable, lo que se propone es una recuperación de la tradición previa –la crisitiana en este caso– con el fin de enriquecer la experiencia humana presente (12).

A pesar de la referencia a Gadamer, Tracy sostiene que los mejores críticos de la Ilustración han estado en la izquierda (Gadamer fue un conocido conservador), ya que estos, si bien se mantuvieron fieles a las exigencias críticas del espíritu ilustrado, supieron desarrollar métodos de análisis crítico que aplicaron al caracter opresivo de la reificación ilustrada de nuestro lenguaje y experiencia, la misma que encontraba refugio en un concepto meramente instrumentalista de racionalidad y en un concepto ilusorio de pureza liberal tanto de motivos como de instituciones (13).

Estas críticas posmodernas, defiende Tracy, han permitido un mejor esclarecimiento de los fines de la Modernidad y del sentido de la fe común descrita líneas arriba. La propuesta de Tracy, finalmente, es tratar de demostrar que su modelo revisionista en teología es capaz de articular las demandas de la Modernidad ilustrada –profundizadas y esclarecidas por la crítica posmoderna– y el sentido de la fe cristiana. Veremos poco a poco cómo lo hace.

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