El final de una época

Este semestre ha terminado oficialmente mi ciclo como Jefe de Práctica de Filosofía en la PUCP (2007-2/2011-1). Nuevos vientos y nuevas responsabilidades, así como la convicción de que era momento de dar espacio a nuevas personas fueron la principal motivación de esta decisión. Es un proceso, además, cuyo inicio y término coincide con la experiencia paralela de unos de mis mejores amigos y colegas, Daniel Luna, lo que le da al asunto un tenor especial, como lo he conversado con él varias veces. Las líneas que siguen tienen como objetivo compartir algunas consideraciones derivadas de estos cuatro años de trabajo, quizá a alguno le resulten provechosas, a mi mismo, al menos, me sirven como canal de autoexpresión.

La primera cuestión que podría decir es que se trata de una experiencia de gran responsabilidad humana e intelectual, más allá del horrible rótulo (“jefe de práctica”) y del número de alumnos más reducido que el de una clase completa. La responsabilidad de preparar las sesiones (aunque como decía Descartes, lo hice con radicalidad, pero solo una vez en la vida :P) que me tocó dictar ha sido igual de rigurosa que la que asumí al hacerlo en mi condición de profesor. Igualmente, la consciencia del vínculo entre lo académico y lo personal ha estado siempre presente. Un profesor no solo transmite conocimiento, sino formas de percibir la realidad, de afrontarla, a veces, de transformarla. Los alumnos se nos acercan, unas veces dudosos, otras entusiastas; confundidos, preocupados, asombrados. Compete al profesor, aun cuando su edad no sea muy distante de la del alumno, aunque el concepto de “sabiduría” le resulte lejano o esquivo, esmerarse por atender al ser humano y no solo transmitir doctrinas, como le reprochaba Sócrates a los sofistas. Es por eso que siempre he detestado al profesor que denigra al alumno, que lo trata de “bruto”, de mero instrumento. Una cosa es la broma, a la que todos nos prestamos cuando surge algo anecdótico (que siempre surge y alegra las salas de profesores!); otra una performance deliberada de desprecio por el que aprende algo de nosotros. La enseñanza es una gran responsabilidad que no solo forma al alumno, sino que lo forma a uno. Quien no esté al tanto de eso, en vano se dedica a este oficio.

Otro asunto interesante de estos años ha sido el de entrenarme en el ejercicio de esclarecer ideas, que, como sugería el pragmatismo, es la función propia de la filosofía. De hecho, la función propia del jefe de práctica, en principio, es esa: ayudar al alumno, en sesiones más reducidas en tamaño que las plenarias, a comprender mejor algún concepto, algún autor. Esto, a primera vista, puede parecer muy sencillo: uno “sabe más”, solo es cosa de poner en buen cristiano ese “más” para el alumno. Sin embargo, la historia es más compleja: esclarecer ideas con fidelidad al pensamiento de un autor requiere, primero, habilidad y, segundo, empatía. Uno no está hablando para un auditorio de personas que quieren estudiar filosofía, que tenga una formación sólida previa en el ejercicio de la especulación: uno conversa con muchachos de 18-20 años que lo que desean es que les vaya bien en la universidad para que les vaya bien en la vida, pasar su curso de filosofía, para la mayoría, es parte, y solo eso, de ese proceso. Por ello, siendo conscientes de esto, hay que tratar de dosificar la información, hacerla más digerible, amigable. No siempre es fácil y dudo haberlo hecho con éxito siempre; no obstante, estoy plenamente al tanto del valor que para lograr este objetivo tienen las bromas, la apelación a la anécdota, al ejemplo y a la complicidad del auditorio. Esto facilita la enseñanza, ayuda a tener una mejor relación con el alumno y permite, a la larga, que se comprendan mejor las ideas.

De otro lado, estos años me han hecho reparar en el valor de la oportunidad. Finalmente, dictar en la universidad desde tan jóvenes (yo empecé a los 21 años) es una oportunidad que los profesores con más experiencia nos han dado. Seguramente, tampoco hay que ser mezquinos, vieron en nosotros algún potencial, pero, en el fondo, siempre asumieron algún nivel de riesgo al darnos la confianza. Agradezco mucho eso, enseñando he aprendido inmensamente y, hay que decirlo, lo he hecho más en el terreno personal que en el académico. El filósofo no es por formación instruido en la humildad, de hecho, por el contrario, su formación suele exacerbar su vocación, normalmente previa, por la soberbia. En ese sentido, estar plenamente al tanto del rol de la oportunidad es algo que, indirectamente, mesura el carácter y apacigua la vana gloria. Eso no quita, por supuesto, que haya lo que se suele llamar “argollas” y demás, pero, en mi experiencia, cada vez más se buscó un sistema transparente de asimilación de JPs y, cuando no se hizo vía concurso, las más de las veces se incorporó al profesorado a personas muy capaces. Sobre el tema del profesorado y la institución universitaria, dicho sea de paso, Daniel ha escrito unas líneas muy interesantes.

La experiencia, aunque algo precaria, de comunidad académica, también es importante. Ser parte del cuerpo docente, compartir en la sala con los “colegas”, es algo significativo. Muchas veces las salas de profesores han sido lugares de interesantes debates, de bromas, de afianzamiento de amistades, etc. De hecho, una de las cosas que más valoro de mi tiempo como JP en la PUCP es la particular amistad y complicidad intelectual que desarrollé con Daniel, Eduardo y Victor. Grandes amigos, excelentes profesores y de las personas más inteligentes y creativas que me ha tocado conocer (hasta ahora :P). Si algo me ha regalado este tiempo enseñando es a tres formidables amigos que trascenderán, espero que siempre, el contexto de la academia, aunque nuestra amistad siempre ha estado mediada, también hay que decirlo, por ella y nuestro peculiar modo de aproximarnos a sus naturaleza y funcionamiento.

Para terminar, quizá convenga uno que otro consejo a modo de balance de lo dicho, para aquellos que se inician o están por iniciarse en esta tarea. Lo primero es asumir la enseñanza con responsabilidad. No solo se trata con conceptos, sino con seres humanos. Si algo he aprendido, por mis numerosas omisiones y por uno que otro acierto, es que hay que centrar la enseñanza en el alumno. Es verdad que al alumno hay que facilitarle aparatos conceptuales, ideas, etc.; mas lo central es lograr que este comprenda todo ello. Tampoco hay que ponernos dramáticos, malos alumnos hay por montones, no todo es responsabilidad del profesor y cuando hay que jalar, hagámoslo con ganas; sin embargo, partir de la premisa de que preparar una clase es, a la vez, presentar con rigor los conceptos y presentarlos en atención al alumno, me parece la base de todo ejercicio de enseñanza. En segundo lugar, yendo a lo estrictamente académico, recomiendo lo siguiente: preparar las clases una sola vez y de excelente manera. Así lo he hecho, casi todas las veces que he dictado y ha funcionado perfectamente. Esto supone leer bien los textos, leer varios textos complementarios, hacer una guía de la clase y demás. Si se hace eso una vez, pero bien, el resto de las veces (normalmente uno dicta un curso más de una vez) solo hará falta repasar lo trabajado antes (eso no quita, obviamente, que uno pueda añadir nuevo material y nuevas ideas). En tercer lugar, sugiero, enfáticamente, cultivar la cultura de la anécdota y de la broma con los alumnos. A mí me ha funcionado bien siempre para tener un ambiente coloquial, aunque respetuoso, en clase. Ayuda o bien para exponer las propias ideas de un autor, mediante ejemplos, parodias, sarcasmo y demás; o, más bien, para quitar solemnidad (yo tiendo a ser medio solemne cuando me concentro mucho!) y rigor a una clase difícil. De otro lado, recomiendo nunca dar demasiado peso a las encuestas aunque jamás desestimarlas por completo. En mi experiencia, felizmente siempre positiva, las encuestas no ofrecen un diagnóstico seguro del desempeño del profesor: a veces variables como qué tal le caes al alumno y qué nota le pusiste pueden hacer que bajes puntos en relación al promedio de tu respectivo departamento académico; sin embargo, si te encuentras bastante lejos del promedio (tengo amigos a los que les ha pasado) sería un acto de profundo desprecio por la realidad que no te preguntes qué estás haciendo mal. Finalmente, recomiendo que traten de ser simplemente como son en las clases. Si bien la enseñanza tiene mucho de performance y de juego de roles, nunca uno está más cómodo como cuando adapta ese rol a su propia personalidad. Si les gusta dictar recorriendo todo el salón, sentados, oscilando entre ambas cosas, etc., depende mucho de cómo sea cada uno y ninguna opción es mejor que la otra si cada cual la maneja con ingenio. Sucede lo mismo con el uso de la pizarra, con el modo de hacer las bromas y contar las anécdotas, con la forma de calificar exámenes, etc. Sean ustedes mismos, pero recuerden siempre que aún en ese contexto han asumido una responsabilidad con un grupo de chicos y que son ellos y no ustedes la prioridad. Seguro se me olvidan muchas cosas, sobre todo las menos gratas (como corregir exámenes y la modesta paga!), pero creo que lo más importante se ha dicho. Espero que estas líneas sean provechosas para uno que otro lector.

*Imágenes tomadas de http://www.phdcomics.com

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