Glosa al comentario anterior: Mt 23, 23-26

En aquel tiempo, dijo Jesús: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña e intemperancia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!

Como se nota, se trata de la continuación de la intervención de Jesús recogida por Mateo en nuestro comentario de ayer; sin embargo, hay un fraseo muy iluminador que hizo necesaria esta glosa. Se trata del recordatorio de algo que a mí me gusta llamar una fe “minimalista” (aunque por su dimensión epistemológicamente mínima no supone la ausencia de un gran desafío espiritual): lo más importante en la ley es la justicia, la misericordia y la fe. Se trata de una confrontación abierta con un “maximalismo” opresivo desarrollado a través de los años por las autoridades de la religión judía. Amar a Dios consiste en hacer vida esos mínimos fundamentales. a) Obrar la justicia, que supone hacer el bien pero también tener el coraje para denunciar el mal, incluso cuando esta denuncia tiene consecuencias para nosotros mismos. Recordemos que la persecución e incluso el martirio son signos de los bienaventurados del Señor. b) Tener misericordia, es decir, apiadarse de la miseria del otro, ser compasivos, padecer-con él o ella, hacer próximos. Finalmente, c) tener fe: alimentar la esperanza que es la que permite que a) y b) se hagan vida. Nuevamente, entonces, regresa a la mente la figura del Arzobispo de Lima y su confrontación con la PUCP, ¿cuál es, pues, la verdadera catolicidad? Mi sospecha, sin ser maniqueo ni tratar tampoco de convertir a la PUCP en la fuente de la virtud cristiana, es que esa verdadera catolicidad se encuentra cada vez más lejos del cardenal. El que tenga oídos que oiga.

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