Comentario de Mateo 20, 1-16: el logos de la cruz

Este es el pasaje correspondiente a la liturgia de ayer:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia [literalmente, “ojo malo”] porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Ayer asistí a misa en la Iglesia María Reina, en el Óvalo Gutiérrez. Normalmente, voy a esa misa cuando estoy en Miraflores los domingos. Lo curioso es que ayer, debido a una colecta para una misión de un cura argentino en Cotahuasi, Arequipa, la celebración no estuvo a cargo de los curas de la parroquia, sino del mencionado sacerdote argentino. Este me lleva a una primera consideración, quizá no tan marginal: los marianistas de esa parroquia suelen ser muy buenos predicadores, este cura no lo fue. Esto es significativo porque, como lo dijo McLuhan, el medio es el mensaje, y una prédica mal hecha hace que el creyente no entre en sintonía con el mensaje del evangelio. Me parece que el cura falló en varias cosas, pero, sobre todo, ¡porque no mencionó el evangelio! Un texto tan rico no puede ser dejado de lado, menos aún en una parroquia con tanta gente con holgura económica que necesita siempre una sacudón de parte del Señor Jesús.

A esto se suma que el celebrante tuvo un desatino serio al pedir que en el momento de la limosna la gente diese dinero pensando en la expiación de sus pecados. Sí señores, regresamos al medioevo. Lutero hubiese colocado sus tesis en la puerta de esta iglesia y no en Wittenberg. No quiero decir con esto que se trate de un cura frívolo ni mucho menos, quién soy yo para juzgar. Se trata, de hecho, de un hombre misionero y eso de por sí le da mérito, pero siempre hay que tener cuidado con cómo se dicen las cosas, porque pueden calar de modos muy impropios, legitimando a partir del ofrecimiento de dinero para nobles obras una vida que no se transforma por el mensaje evangélico.

Baste con ese como comentario preliminar. Fiel al sentido por el cual inicié esta sección de hermenéutica bíblica, corresponde detenernos en el texto ante el descuido del celebrante con el que me tocó la eucaristía de este domingo. Espero que estas líneas iluminen un poco la experiencia de fe del lector. Escribirlas, al menos, iluminan la mía.

***

Como dice Gutiérrez en su comentario a este texto (Cf. Compartir la palabra 2005: 318), este pasaje va al centro del sentido del evangelio: el amor libre y gratuito del Padre. ¿Acaso no es obvio para todos nosotros que es injusto que se le pague lo mismo a gente que trabajó mucho menos? En efecto lo es, pero no resulta igualmente obvio para el Señor. Lo que opera aquí es lo que John D. Caputo ha llamado con mucho tino el logos de la cruz o, lo que se conoce más comúnmente, como el signo de contradicción: Jesús subvierte el razonamiento y las categorías humanas. No es posible encasillar el amor gratuito de Dios en las categorías de nuestra lógica, en el logos de este mundo.

Aquí surge otro tema capital que hemos tocado una y otra vez, el de la opción preferencial por el pobre. Hay que recordar que los que parecen ser representantes paradigmáticos de lo injusto, aquellos varados en la plaza, afirman con cierta tristeza que nadie los ha querido contratar. Son pues, sin duda, gente pobre (por el oficio al que se dedican), pero, además, son postergados: nadie los ha tenido en cuenta. Si uno se pone a pensar, de otro lado, que un jornalero vive del día, significa que estamos ante gente que, seguramente, no tendría dinero para el alimento de ese día o del siguiente. El texto, pues, está construido para mostrarnos la insignificancia de estos que motivan el reclamo de los primeros en ser convocados. Como recuerda Gutiérrez (Ibíd.), el derecho al trabajo es derecho a la vida. Lo que hace el propietario es concederles la dignidad de vivir, de comer, de dar cuidado a sus familias, todo aquello que está representado en la figura del trabajo concedido a la hora undécima.

En ese sentido, la parábola narrada por Jesús concluye de un modo muy enfático. ¿Te genera envidia, ojo malo, el que yo sea bueno?, pregunta el propietario. La pregunta es contundente: ¿por qué te molesta que yo tenga preferencia por estos si al hacerlo no te falto en nada? Es una severa crítica a ese mal ojo del egoísmo, que solo busca mirar el mundo en función de sus intereses, del beneficio propio (Ídem.: 319). Esa mirada atenta para el reclamo cuando al otro se le concede más, aun cuando lo concedido a uno fue lo previa y justamente pactado. Evitar todo esto es lo que lleva a tener una vida digna del evangelio, como recordaba San Pablo en la segunda lectura. Noten, pues, la grave omisión del predicador de este domingo: no recordarle la profundidad de este texto a gente normalmente adinerada y muchas veces acomodada en una fe-de-domingos es una falta, me parece.

Hay, finalmente, que hacer una advertencia al lector. El amor gratuito de Dios no supone una confrontación con la justicia, tampoco un acto de arbitrariedad. Se ama con preferencia a quien más sufre, sin importar su condición moral particular; se le ama en virtud de su sufrimiento, de su pobreza (en sentido amplio, i. e., evangélico). Luego habrá que tomar cartas en el asunto, censurarle por sus delitos si los ha cometido, apresarlo, incluso, si viola las leyes humanas y es un agente nocivo para la comunidad; sin embargo, ello no debe quitarle la condición de persona, no debe hacer que le miremos con desprecio. Conviene recordar, como lo hace Tracy, que los textos bíblicos, particularmente las parábolas, están construidas, como todo género literario, con ciertos fines. No se pretende agotar todo el sentido de la realidad con ellas, pero sí iluminar alguno que suele ser opacado por el habitual curso de nuestra vida. No se pretende ocultar el sentido de la justicia humana; sino señalar cómo el amor de Dios la subvierte y trasciende en ciertos contextos. Es, si se quiere, en el contexto de la complejidad del amor gratuito del Señor que toda justicia humana tiene verdadero sentido.

***

Todo esto me lleva a un comentario final. Ayer, saliendo de misa, me encontré con una señora pidiendo ayuda económica, más o menos a la altura del Wong del Óvalo Gutiérrez. Es una señora que yo ya conocía, porque suele pedir la misma ayuda en San Borja, en la iglesia a la que voy desde niño. Se trata de una mujer muy pobre que, además, lleva siempre en brazos a un niño enfermo, su hijo. El niño tuvo triquinosis cuando fue más pequeño y aún se encuentra en el largo y duro proceso de extracción del parásito. El proceso se lleva a cabo por la oreja, lo cual hace que siempre tenga una gasa que retiene los remanentes de sangre. Si esta enfermedad no fuese suficiente, imagínense todavía lo que sufre esta madre en extrema pobreza que no solo debe preocuparse de su niño enfermo, sino de conseguir las medicinas, de tratar de que comprándolas le quede algo de dinero para comer y, como me dijo una vez, de rezar para que no llueva demasiado para que no se malogren las esteras de su casa. Es, como ven, una escena dramática. Me estoy tratando de hacer cargo del asunto, cualquier ayuda es bienvenida, dicho sea de paso.

Lo impresionante y conmovedor de esto, es que después de conversar un rato con la señora y de darle algo para ayudarla, ella se despidió de mí muy conmovida, con lágrimas en los ojos y me dijo, con esperanza y a la vez con tristeza: “rece por mí, joven”. Debo confesar que de camino al auto estuve también a punto de llorar. Me impresionó la fe de esta mujer y me hizo pensar en algo que recuerda Gutiérrez muchas veces: en el modo en que una persona que sufre tan inmensa e injustamente es capaz de encontrar un lenguaje para hablar de Dios. Otros dirán que esto es un producto ideológico de una tradición que ha enquistado en el imaginario de la gente el recurso a Dios. Quizá lo sea, no me interesa. Lo que yo vi en las lágrimas de esa mujer fue una esperanza en medio del hondo dolor. Una esperanza como la de Job. Una esperanza que no debe ser solamente algo que conmueva mi noche de domingo, quizá las suyas cuando leen; una esperanza, más bien, que debe llevarnos a la acción transformadora de la vida de quienes sufren injustamente. Rece por mí, me dijo esta humilde mujer y lo hice, sin duda; mas eso no es suficiente, porque el rezo puede ser un acto autocomplaciente para tranquilizar la consciencia. Hay que hacer más.

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