Johann Baptist Metz: breve comentario sobre la Iglesia

Hace un rato estaba leyendo el libro de Martínez (236) al que ya me referí antes y unas líneas me llamaron la atención en referencia a Metz, por lo que quiero compartirlas.

Este teólogo alemán afirma en sus consideraciones sobre la Iglesia que si bien esta es, en principio, el pueblo de Dios, la misma ha ido transformándose con el tiempo para terminar convirtiéndose en una institución en la cual la jerarquía, y no el pueblo, tiene el control y la dirección de sus rumbos. Esto tiene varias razones (aquí me aparto de Metz un momento), por supuesto, pero las políticas son determinantes y la relevancia de que el cristianismo se aliase con el poder político desde la época de Constantino fue un gran catalizador del asunto (puede verse este excelente librito al respecto).

Ahora bien, según afirma Metz, esta Iglesia-del-control ha ido transformándose progresivamente, a través del desarrollo de sociedades más democráticas (que suponen el principio liberal de la separación Iglesia-Estado y la privatización de la primera), en una Iglesia-acorde-las-necesidades-del-ciudadano. Una suerte de empresa de prestaciones que da a sus fieles los servicios religiosos requeridos. Dicho sea de paso, esto me recuerda algunas indicaciones de S. Zizek en The Monstrosity of Christ (2009: 27-28) sobre la mercantilización de algunas formas de cristianismo que se han acomodado tanto al sistema liberal y, sobre todo, capitalista, que han terminado, realmente, haciendo de sus Iglesias espacios ad hoc para el cliente-feligrés. Lo que Zizek señala, descriptivamente, de hecho, porque su interés, obviamente, no es una vuelta al tradicionalismo religioso, es que esto conduce a cierta enajenación del mensaje cristiano que por tratar de ser user-friendly termina siendo cualquier cosa.

En todo caso, volviendo a Metz, ninguno de estos modelos resulta viable para el autor porque en ninguno se da la figura de una Iglesia que efectivamente sigue a Cristo. En ese sentido, el autor llama a un seguimiento radical, el mismo que supone el compromiso de la denuncia profética (del abuso y de las miserias humanas) y el asumir la responsabilidad de las consecuencias de dicha denuncia que, muchas veces, es la persecución y, otras, el martirio.

Solo quería indicar que estas observaciones de Metz que, con matices, están muy cerca de las de Gutiérrez, invitan a situar la misión de la Iglesia en nuestra época. Evidentemente, no tiene ningún sentido tratar de volver a tiempos en los cuales la Iglesia tenía un rol hegemónico. Aquellas épocas, a Dios gracias, se han ido para no volver. Hoy ella representa una voz entre tantas otras. Sin embargo, esto tampoco debe llevar a la relativización burda del mensaje evangélico.

¿Cuál es el camino, entonces? Tratar de desarrollar una teología pública a través de un método de correlación experiencia cristiana-mundo, en palabras de David Tracy; una secularización ortodoxa de la teología, en las mías; una hermenéutica de la discontinuidad sin ruptura, en las de Lucho Bacigalupo. Esto es, tratar de desarrollar una teología, y un consiguiente accionar de la Iglesia, que esté atenta a los signos de los tiempos y que sea capaz de responder a ellos desde las fuentes mismas de una tradición cristiana siempre críticamente revisada. Uno de esos signos, sin duda, lo constituye la masiva pobreza que lacera a millones. La labor de la Iglesia, si quiere tener alguna relevancia mayor que la de mera prestadora de servicios religiosos, o sea, si quiere tener un verdadero rol de Iglesia, consiste en comprometerse, desde el horizonte de la contemplación, en la lucha por la transformación de la injusticia, del sufrimiento, de todas aquellas manifestaciones del pecado que generan la ruptura entre hermanos y la correlativa ruptura con Dios. Eso sí, y este énfasis parece ser más de Gutiérrez que de Metz, la denuncia profética debe siempre comprenderse en el horizonte del amor gratuito de Dios. La acción siempre debe estar alimentada por la contemplación.

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