Sulmont sobre Touraine: una breve reseña

Hace unas semanas salió publicada una reseña que hice del último libro del profesor Denis Sulmont, dedicado a introducir la sociología de Alain Touraine. Me pareció una buena idea compartirla con los lectores del blog, aun cuando pueden encontrar la versión impresa adquiriendo la revista Páginas, número 225. Normalmente, los artículos pueden descargarse de la revista, pero por ser esta una reseña esa posibilidad parece no existir, así que comparto el texto con ustedes.

***

Sulmont, Denis. El sujeto en el corazón de la vida social. Introducción a la sociología de Alain Touraine. Lima: Fondo Editorial PUCP, 2011, 150 páginas[1].

 

Como ha enseñado la hermenéutica a partir de H.-G. Gadamer y P. Ricoeur, la experiencia de aproximarse a un texto se desarrolla siempre desde un horizonte de interpretación marcado por una serie de variables de orden histórico, social, personal, etc. Es desde ese horizonte que se interpreta, en realidad, toda experiencia humana. Con ese marco, sostiene Gadamer, la comprensión emerge cuando acontece una fusión de horizontes, cuando dos horizontes desde los cuales se ve el mundo se entrelazan, se escuchan, se integran. El texto de Denis Sulmont que reseñamos en esta oportunidad pareciese tener mucho de esto que indicamos. Se trata de una introducción a la sociología de Alain Touraine que parece haber logrado comprender y sistematizar la obra de este importante intelectual con la claridad y sencillez expositiva de quien, efectivamente, comprende en el mejor sentido hermenéutico. Las líneas que siguen, breves como se estila en una reseña, pretenden solamente señalar algunos de los puntos centrales de la fusión de horizontes que aquí sugerimos.

La primera cuestión que merece mención es el carácter didáctico del libro. Se trata, por un lado, de un texto breve, lo cual facilita una aproximación preliminar y de conjunto a la obra de Touraine sin caer en excesos de detalle ni erudición, impropios para un trabajo del tipo introductorio; de otro lado, el libro de Sulmont es muy cuidadoso en el uso de un lenguaje accesible, a lo que se suma una presentación ordenada y progresiva. Esto no solo se nota en el modo de exponer el derrotero intelectual de Touraine capítulo a capítulo, sino también en los muy pertinentes esquemas conceptuales (86, 88, 98), precisiones terminológicas (100-101), periodizaciones históricas (83, 94, 133-140) etc. Añádase a esto el deliberado deseo de Sulmont (20) de familiarizar al lector con el pensamiento de Touraine de modo directo, de allí el uso de numerosas citas, algunas de ellas extensas. Algunas personas objetan la costumbre del uso tan numeroso de citas, pero nosotros creemos que se trata de un ejercicio del todo pertinente para un texto de este estilo.

Pasemos ahora a detenernos en algunas de las partes más llamativas del texto, al menos desde el horizonte de quien escribe. En ese sentido, conviene notar la importancia del trabajo de Touraine en torno a América Latina. Como recuerda Sulmont, citando a G. Rochabrún, el pensador francés es “el sociólogo de talla mundial del mundo desarrollado que más se ha preocupado sistemática y detalladamente en América Latina” (33). Esto no solo a través de sus investigaciones particulares, sino mediante el respaldo a los trabajos de académicos latinoamericanos y a organizaciones tan representativas como FLACSO, CLACSO, SUR, IEP, etc. (35). A este respecto, es valioso también el interés que prestó Touraine al trabajo de Gustavo Gutiérrez y a los movimientos cristianos latinoamericanos relacionados con la teología de la liberación, la misma que, como recuerda Sulmont, “abrió nuevos horizontes a los movimientos de acción católica de los estudiantes, obreros y profesionales, propiciando su compenetración con los problemas nacionales y su compromiso social y político. Impulsó la presencia activa de sacerdotes y religiosas en áreas campesinas y en los barrios más pobres de las ciudades. Propició el compromiso con la causa popular y los cambios más radicales” (38). Como se ve, se trató de una experiencia muy importante y Touraine la tuvo presente.

Otra cuestión interesante, refiere al trabajo a contracorriente de la sociología de Touraine. Como recuerda Sulmont, y el propio Touraine en el postfacio del libro, su elaboración intelectual tuvo la mayor parte del tiempo un contexto muy adverso, ya fuera de parte del funcionalismo de la escuela de Parsons o del estructuralismo (56-57). Contra las tesis de estas corrientes, Touraine defendió siempre la condición de agente del sujeto y la acción social, aunque los años y el fracaso de los movimientos sociales harían que virase más abiertamente hacia el sujeto y a la importancia de sus valores privados. Aquí su esposa tuvo un rol determinante (60-61). Ahora bien, la relevancia del sujeto y sus valores no llevan a Touraine a la defensa del individualismo, de lo que se trata es de la lucha por la autonomía individual. Esta tiene muchas manifestaciones, pero es una la que privilegia el sociólogo: “la transformación del individuo en actor y su reconocimiento como sujeto, fin en sí mismo” (75). De ahí que haya que prevenirse también frente a los anti-sujetos, aquellos que destruyen a sus pares de diversas maneras olvidando abiertamente la condición de fines en sí mismos de estos últimos (77).

El capítulo cuarto, dedicado a la matriz conceptual de Touraine es altamente recomendable, sobre todo para quien requiera apoyo en el estudio y puesta en práctica de los conceptos del autor. Algunas cosas, sin embargo, merecen particular realce. Por un lado, la concepción de sociedad civil de Touraine: esta enlaza al sujeto con el movimiento social y plantea “reivindicaciones más morales que económicas, y no puede sino actuar en relación a los partidos políticos” (92). Esto es algo que podemos ver claramente en las manifestaciones recientes del estudiantado chileno o las intervenciones del movimiento Occupy Wall Street, por poner solo dos ejemplos; la dependencia de los partidos políticos, no obstante, es un tema complejo que merecería más exploración. Interesa también el modo en que Touraine entiende el concepto de desarrollo, el mismo que no se ve como “una etapa ya definida de la evolución humana, sino como la creación de una variedad de posibilidades” (93). Y, en efecto, como lo ha mostrado Nancy Fraser[2] y, aquí, Ciro Alegría Varona, la adecuada combinación de desarrollo económico y reconocimiento de la particularidad es siempre ansiada por los sujetos no como un momento final, sino como la apertura de posibilidades para ser lo que cada uno desea ser.

Es por esto último, que el análisis relativo a los conceptos de democracia y globalización llevado a cabo por Touraine es también significativo. En torno a la primera, el autor afirma que esta exige que el poder político esté subordinado a un principio superior a la sociedad: los derechos humanos (114). Indudablemente, no puede haber verdadera democracia si la política y la economía, por mencionar solo dos aristas, no se ponen al servicio del hombre. Como pensaba Kant, a quien Touraine menciona, la defensa de la dignidad humana funciona como un ideal regulativo de todo otro orden de cosas. Así, pues, el carácter democrático de una sociedad se mide no por “la forma del consenso o participación que alcanza”, sino por “la calidad de las diferencias que reconoce y administra” (115). La globalización, de otro lado, es vista por Touraine, allende sus eventuales beneficios, como una forma de capitalismo extremo que ha quedado sin contrapesos y que ha dado lugar al surgimiento de organizaciones y redes que lideran actividades estratégicas sin mayor control (116), con las evidentes consecuencias que esto genera para los más vulnerables. Para quien conoce la obra de Gutiérrez, la pregunta que este autor lanzaba ante el escándalo de la asombrosa inequidad que ensombrece al mundo parece perfectamente aplicable a Touraine: en este contexto, decía el teólogo retomando la pregunta del Éxodo, ¿dónde dormirán los pobres? Efectivamente, como sostiene Sulmont, refieriendo a Wieviorka, la globalización dice poco a los «dejados de lado»: “el peor drama de los países del sur no es [no] dejar de ser explotados sino más bien ser ignorados, ser considerados como descartables” (120).

Finalmente, especial lectura mece el “Postfacio a mi vida”, escrito por el propio Alain Touraine. Se trata de un texto de valor histórico en la medida en la que el autor reflexiona sobre su itinerario intelectual y evalúa el desarrollo de sus ideas a la luz de más de cincuenta años de trabajo intelectual; pero, a la vez, se trata de un testimonio muy personal que tiene más de una línea auténticamente conmovedora. El final del texto es una buena síntesis de lo que decimos y, por lo mismo, merece expresión propia:

“He continuado sosteniendo, e incluso con cada vez más pasión, que los hombres hacen no solamente su historia sino su vida tanto individual como colectiva. Para tener éxito hubiera requerido disponer de una capacidad de comunicación que nunca he tenido […]; de ahí la importancia para mí de la reflexión sobre mí mismo, y también de igual manera el aliento de quienes aportan y comprenden lo que busco expresar y todavía más lo que quiero decir. Ustedes forman parte de este pequeño número y es por eso que me ayudan también en mi marcha de hombre fatigado pero todavía vivo y deseoso de caminar hacia lo que creo ser a la vez la verdad y el instrumento de la libertad” (152).

Conclúyase, entonces, diciendo que el texto de Sulmont es un trabajo importante y muy útil para el estudio introductorio de la obra de Touraine. Un trabajo que aporta y que comprende, como dice el propio Touraine, una investigación que contribuye con todo aquel que se inicia en las ciencias sociales y que desea conocer a uno de sus máximos representantes. Se trata, finalmente, de un texto con ribetes personales, allende el rigor académico existente y necesario. Y la verdad es que no podía ser de otro modo si genuinamente creemos que el sujeto se encuentra en el corazón de la vida social; si creemos que los autores, que también son personas, se pueden hacer amigos y compañeros de camino en el ejercicio conjunto y esforzado de transformar esta vida en búsqueda de la libertad.


[1] Las referencias se colocan entre paréntesis indicando el número de página.

[2] Cf. Fraser, N. ¿Redistribución o reconocimiento? Un debate filosófico-político. Madrid, Morata, 2006.

*Foto tomada de http://blog.pucp.edu.pe/fernandotuesta/denis-sulmont

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3 respuestas a Sulmont sobre Touraine: una breve reseña

  1. HEDOIKO dijo:

    Dado que ya no existen modelos sociales de masa unicos y que con la globalizacion y el imperio de la finanza el margen de accion de los politicos es muy limitado (lo cual plantea incluso un serio cuestionamiento sobre el rol de la democracia), el sujeto-actor touraineano, quien, en su afan de busqueda de la felicidad, va construyendo su propia individualidad en arreglo con una realidad mas proxima y concreta, debe de experimentar no obstante mucha frustracion al ver que sus acciones – o, mejor dicho, « actuaciones » – no llegan a trascender de manera significativa. En tal sentido, el conjunto de individualidades parece resultar esteril. Los diferentes movimientos de indignados en todos sus matices y declinaciones han sin duda contribuido a la toma de conciencia de la urgencia social y economica, sin embargo, pese a la forma espectacular que hayan podido cobrar, no desembocan en una especie de confluencia de frustraciones y descontentos capaz de levantar montanas . Salvo en los paises concernidos por la Primavera Arabe, la actitud es revolucionaria pero no hay revolucion. Los sujetos-actores tunecinos, egipcios y libios han logrado hacer tambalear las bases de los sistemas opresores. Por que la quimica ha sido mas explosiva en esos paises y no en los demas ? Mas alla de las condiciones de miseria e injusticia propicias a la revuelta, la obra de los islamistas esta dando sus frutos. En otras palabras, el ingrediente religioso es un temible elemento catalizador. Ya no nos encontramos frente a Nasseres que abrazan tesis marxistas antiimperialistas. Los Hermanos Musulmanes y demas integristas profesan una fe que no solo regula el comportamiento del cuerpo social sino que tambien da muestras de intolerante celo proselitista. En concienzudo cientifico social y con mucha honestidad intelectual, Alain Touraine no quiere ceder a la tentacion de un antiislamismo primario, tratando de observar la evolucion de la Primavera Arabe sin prejuicios dignos de la Guerra Fria ( http://www.lemonde.fr/idees/article/2011/02/18/sortons-de-la-guerre-froide_1481780_3232.html ) Asi y todo, por mi parte, soy visceralmente alergico a los sistemas que precononizan, valga el oximoron, « individualidades colectivas ».

  2. Raúl Zegarra dijo:

    Interesantes aportes, Hedoiko. Tus críticas me parecen valiosas y, al igual que tú, percibo algunas limitaciones en el análisis de Touraine; sin embargo, del otro lado, no sé si una acción “genuinamente” revolucionaria sea posible o, al menos, tocaría que precises a qué te refieres con ello.

    Saludos,

    Raúl

  3. HEDOIKO dijo:

    Haciendo un breve inventario de las diferentes revoluciones que en estos ultimos siglos han sobresalido como verdaderos « movimientos historicos », se puede afirmar de manera esquematica que una revolucion resulta cuando una ideologia (construccion intelectual de alcance universal) consigue acapararse de una revuelta (violento pero espontaneo reflejo de protesta local). Cada individuo aspira muy legitimamente a situarse en el mundo lo mejor posible pudiendo incluso llegar a sublevarse de encontrarse acorralado. Simple instinto de conservacion. El ideologo intenta utilizar y explotar la suma de descontentos y frustraciones individuales para llegar a imponer algo hegemonico, lo cual, en muchos casos, termina traicionando los anhelos individuales en nombre del gastadisimo « interes general ». En tal sentido, los desconfiados sujetos-actores procuran luchar ahora contra la recuperacion politica (por ende, ideologica) de sus acciones, las que no podran transformar nada sustancialmente mientras que la manifiesta voluntad de cambio, por mas revolucionaria que parezca, no garantice el respeto de todas las individualidades por igual, es decir, mientras no renuncie al tentador apetito hegemonico.

    Me permito precisar un poco mas mi punto de vista traduciendo libremente un fragmento de Claude Alzon, otro destacado pero menos difundido universitario frances, especialista en Ciencias Politicas, quien hace un poco mas de 30 anos proponia otra utopia interesante en la que la particularidad individual es la clave de la transformacion de la sociedad:

    « Cada individuo, cualesquiera que sean su sexo, edad y condicion social, consciente de lo que la sociedad ha hecho de el y dispuesto a aceptar los sacrificios necesarios para salir de ese estado, es, quieralo o no, un germen revolucionario. Porque demuestra que se puede ser mas feliz viviendo de otra manera; tarde o temprano otros se uniran a el y sus intereses comunes, entrando en contradiccion con los del sistema, los incitaran a luchar unidos para obtener el derecho a la existencia tal cual pretenden llevarla. En otras palabras, solo se saldra adelante mediante la union de revueltas individuales semejantes, exactamente como lo hicieron antano los primeros budistas o los primeros cristianos, con la misma resolucion, pero sumando el saber y sustrayendo la fe. » (*)

    No hay nada nuevo bajo el sol. La union, por cierto, sigue haciendo la fuerza, pero, no todas las varas tienen el mismo calibre. Como el riesgo de uniformizacion es tremendo en todo proceso revolucionario, me parece que una autentica accion revolucionaria liberadora para todos por igual puede ser posible siempre y cuando, como lo subraya Alzon, se atenga uno al conocimiento, dejando de lado el prisma religioso. No por ateismo sino mas bien en interes de preservar una frontera necesaria entre la Historia que se va construyendo y la Historia que ya esta escrita de antemano.

    (*) « Tout individu, quels que soient son sexe, son âge et sa condition social, conscient de ce que la société a fait de lui et consentant les sacrifices nécessaires pour s’en sortir, est un ferment révolutionnaire, qu’il le veuille ou non. Car il prouve que l’on peut vivre autrement en étant plus heureux ; tôt ou tard d’autres le rejoindront et leurs intérêts communs, entrant en contradiction avec ceux du système, les pousseront à s’unir et à lutter pour obtenir le droit à l’existence telle qu’ils entendent la mener. En d’autres termes, on n’en sortira que par l’union de révoltes individuelles semblables, exactement comme le firent autrefois les premiers bouddhistes ou les premiers chrétiens, avec la même résolution, mais avec le savoir en plus et la foi en moins . » (ALZON, Claude, Femme mythifiée, femme mystifiée , Paris, PUF, 1978, p.91.)

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