Los cursos de teología de la PUCP

prohibirle

Hace unos días un lector del blog me preguntó si haría algún comentario sobre el problema reciente relativo al dictado de los cursos de teología de la PUCP. Mi primera respuesta fue un no más o menos categórico. No porque se trate de algo que no me interese, todo lo contrario: todos o casi todos los profesores del Departamente de Teología de la PUCP son muy buenos amigos míos, hermanos en el seguimiento de Cristo. Su situación me duele y me indigna. De hecho, es muy posible que yo haya sido una de las primeras personas en enterarse. Por una coincidencia, me tocó estar en el mismo edificio en el que todos ellos estaba reunidos y muy poco después de recibir la noticia del Cardenal y la subsiguiente reacción del rectorado, uno de mis buenos amigos me dio algún detalle de lo que había sucedido.

Indico todo esto para dar contexto pero, fundamentalmente, para explicar que mi deseo de no escribir no tenía que ver con el desinterés, sino, en realidad, con cierto hartazgo asociado a la desesperanza. Hartazgo por el manoseo múltiple que este tema había tenido en los medios de comunicación, por los mil comentarios desinformados en Facebook; hartazgo, quizá en suprema dosis, debido a la impunidad del obrar del Cardenal, debido a su maldad que parece intrínseca. Con tanto comentario y ante tanto y continuo exceso de Cipriani no solo estaba agotado y hasta harto, sino desesperanzado.

Es verdad que esta situación se veía venir y que, como me dijo uno de los implicados, hasta sorprende que haya sido tan tardía. Lo que no sorprende es la mala intención y el carácter injustificado de la acción, encubierta bajo el concepto de obediencia y de una autoridad claramente ilegítima, aunque las leyes canónicas asistan el obrar del purpurado.

Con todo este contexto, con genuina tristeza, me daban muy pocas ganas de escribir. Me dolía la situación de mis amigos, me indignaba el actuar de Cipriani y me frustraba que, básicamente, no se pudiese hacer nada en el corto plazo. A pesar de ello, las líneas del lector que mencione al inicio me hicieron recordar de lo que se trata la experiencia cristiana. Situación que me hace advertirle al lector que, a diferencia de otros muchos posts en los que me he referido al Cardenal Cipriani, este no se concentrará en la crítica severa. No voy a hacer aquí un llamado a la revolución ni diseñar una estrategia de “marketing”, como sugirió con poco tino un amigo, para desenmascarar la maldad navideña del arzobispo de Lima. Las pocas líneas que quedan las dedicaré a hacer un llamado a la esperanza en medio de la desesperanza, de la noche oscura que vive la Iglesia limeña gracias a su obispo.

Cualquier creyente cristiano debería siempre leer la vida a la luz de la fe en Cristo Jesús. Esto no siempre es sencillo, porque la vida está llena de cosas que nos lo hacen muy difícil. Una de ellas, sin duda, es la maldad en el mundo. La maldad que recibimos, la maldad que victimiza a otros. El mal, además, se siente más vil y más fuerte cuando proviene de aquellos que deberían hacer el bien, como curas y obispos, como el cardenal Cipriani. Cuando gente como Cipriani aparece, uno se siente muy tentado a perder la fe, a dejar de creer y a que crezca notoriamente su desprecio por la Iglesia. Todo esto no es solo justificado, sino que señala una indignación sana, hasta necesaria. Sin embargo, la experiencia cristiana va mucho más allá de eso. En medio de la noche oscura, el creyente, como Cristo mismo en Getsemaní y en la cruz, está llamado a creer.

Quienes no comprenden de qué se trata ser cristiano, seguramente pensarán que esta actitud es permisiva y que mi post no es más que una concesión mediocre para que las cosas pasen sin hacer nada. Es una lectura posible; es, sin embargo, una lectura equivocada. El vicio de esa interpretación es su poca cercanía a la experiencia cristiana, en la cual podemos incorporar sin duda la tradición del Antiguo Testamento. La historia de Israel, que es la historia de la Iglesia y que la historia de todo creyente, es la historia de un grupo de gente invitada por Dios al amor y a la verdad. Este grupo de gente no fue nunca fiel a sus promesas y, salvo en muy contadas excepciones, rompió grandemente su pacto con Dios. Dios, lento a la ira y rico en perdón, tendió siempre la mano a sus hijos y les ofreció Su perdón a pesar de la constante infidelidad de estos. Esto no es poco significativo en el contexto del problema que aquí trato porque para el creyente la Biblia no narra solo interesantes historias, sino que le revela la verdad sobre su propia vida.

Piensen nada más en uno que otro caso paradigmático. Traigamos a la memoria el caso de José. Vendido por sus hermanos, quienes en realidad deseaban matarlo. Humillado, vejado, esclavizado y luego apresado. ¿Quién podría tener fe en ese contexto? ¿Quién podría esperar que las cosas cambiasen de rumbo? Y, sin embargo, como nos recuerda Jon Levenson, es precisamente a través de la humillación que la exaltación y la gloria vienen. Cuando en medio del dolor y de la oscuridad de la soledad y de la falta amor uno es capaz de reconocer el don de Dios, precisamente allí, la historia de José da un giro. Como se sabe, José termina siendo la segunda persona más poderosa de Egipto. No solo eso, sino que en un perfecto contrapunto final en la historia, llegada la hambruna universal, son los hermanos que inicialmente quisieron matarlo, los que luego tienen que ponerse de rodillas a rogarle por comida.

Otra cuestión, igualmente relevante para estos casos, es tener en cuenta una de las cuestiones que más fácilmente pasa desapercibida para el lector no estudioso de la Biblia: las genealogías. El nacimiento de Jesús, por ejemplo, es precedido en el evangelio de Mateo por el establecimiento de la genealogía del recién nacido, la línea de sus ancestros. Para casi todos nosotros, me incluyo a mí mismo antes de iniciar mis estudios teológicos, este es un dato poco relevante, el cual se salta rápidamente para ir a cosas “más” importantes. La genealogía de Jesús, no obstante, es sumamente instructiva en este contexto de desesperanza. Lo que el hagiógrafo nos recuerda con ella es que el salvador del mundo proviene de una familia de pecado. De un linaje real lleno de faltas y de mentiras de lo más graves, de una familia, también, de insignificantes. Casi cada una de esas personas puede ser reconocida en la tradición del pueblo de Israel y aquellas que difícilmente se recuerda, precisamente, señalan también la insignificancia final de la casa de David. Mi punto aquí, siguiendo a Gary Anderson y a Raymond Brown, es que a pesar del inmenso pecado y de la final insignificancia, la familia de Jesús engendró al salvador. Las promesas de Dios se mantuvieron a pesar de la infidelidad de su pueblo. Este, amigos lectores, no es un detalle menor.

Muchos pensarán, insisto, que este es un modo incorrecto de leer las cosas. Que mi apelación a la Biblia no es pertinente y que mi lectura de la misma coincide claramente con las razones por las cuales Marx calificaba a la religión como el opio del pueblo. Creo, sin embargo, que ese sería un error en la percepción. Primero, porque estas reflexiones jamás han pretendido nublar el hecho de que el arzobispo de Lima es un personaje nocivo para la Iglesia y para la PUCP. Eso es tan claro que no tiene sentido desarrollarlo. Lo he hecho además numerosas veces por este mismo medio. En segundo lugar, porque mis consideraciones no pretenden invitar a la inacción ni a perder el ánimo crítico. Eso no solo sería irresponsable, sino antievangélico. Jesús no era sino un crítico del estado de cosas presente. Hacer algo diferente sería alejarnos de la firmeza de lo que implica anunciar el Reino. Pero estas dos primeras ideas terminan siendo puntos aislados para el cristiano, como bien recuerda Gustavo Gutiérrez, si uno no es capaz de adentrarse en el misterio de Dios, en el silencio de la contemplación de Su amor. Denuncia, crítica, desacuerdo, profecía, todo ello es necesario y acorde con el espíritu del Reino; no obstante, aún más importante es aprender a escuchar la voluntad de Dios en el silencio, muchas veces, en el silencio del dolor del sufrimiento inmerecido. Así lo hizo José. Así lo hizo la esperanza de un pueblo que tuvo que vivir bajo el gobierno de autoridades infames, de reyes que jamás estuvieron a la altura de su cargo. Así lo hizo el propio Señor, cuya gloria pasa primero por la cruz. No porque el dolor sea un fin en sí mismo, sino porque el amor de Cristo no es un amor de este mundo y por eso generó y genera una resistencia tal que muchas veces trae muerte, real o simbólica.

En estos días difíciles, extiendo mi solidaridad a mis amigos teólogos  A mi juicio, la mejor manera de hacerlo es recordándoles con amor, la esperanza que viene del cielo, de un Dios que hace proezas, de un Señor que no olvida a sus hijos y que sabrá hacer justicia a aquellos que abusan de su rol y en lugar de invitar al cielo, limitan nuestra entrada. Como siempre nos recuerda Gutiérrez, citando a Arguedas, que sea mucha más la esperanza que sentimos que aquello que realmente sabemos.

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10 respuestas a Los cursos de teología de la PUCP

  1. Pingback: Anónimo

  2. Héctor Ponce dijo:

    Estimado Raúl,
    Aunque no soy católico, entiendo la tensión en tu pluma, pues soy amigo también del Felipe Zegarra y Carlos Castillo. Hace algún tiempo, acerca de la posición de la Iglesia en manos de Cipriani, pero también por las decisiones de Vaticano, me pareció que Gonzalo Gamio, otro buen amigo, dijo que estaba sopesando varias creencias. No sé cuál haya sido el resultado, pero te comento del texto que acabas de escribir resalta la palabra cristiano y no católico, y me parece que esa será la dispersión que tendrá la Iglesia católica: ¿por qué seguir el reinado católico -con toda la carga de sus pasivos- y no ser sencillamente cristiano? Pienso, por ejemplo, entre muchísimos otros, en Juan Bosco; agudo, solidario y cristiano que se desenredó de la neurosis de la jerarquía.
    Un fuerte abrazo,
    Héctor

  3. Raúl Zegarra dijo:

    Pues la respuesta es sencilla y a la vez compleja, querido Héctor. Tiene que ver con la tradición de la Iglesia y sus muchos aportes en lo que supone la formación de un imaginario como el mío y el de muchos. La tradición ha sido nefasta muchas veces, pero creo que no es el caso mayoritario. Mi referencia final al linaje de Jesús pretendió esclarecer un poco el tema. Hay un elemento trascendente aquí que requiere una fe a prueba de lo que parece a todas luces perdido. Uno siempre es cristiano primero que católico, sin duda; pero el catolicismo tiene una tradición sin ruptura a pesar de las muchísimas miserias que padece. Ahora, tocaría de todos modos precisar a qué te refieres por cristiano. ¿Se trata de una cercanía espiritual con Cristo o hablas de hacerse nominalmente parte de una denominación “protestante”? Esa precisión podría ayudarme a enfocar mejor mi respuesta. Un abrazo y gracias por el comentario.

  4. Héctor Ponce dijo:

    Comprendo lo que señalas, Raúl; yo mismo, en unas discusiones con el lado conservador, autoritario y ortodoxo (pero que no está del todo influido por el ala personifcada en Cipriani), mantengo que la Iglesia no es en el fondo una sola, sino que hay varias vertientes, no sólo en la historia sino también en el presente, y que ninguna puede atribuirse ser la poseedora de una verdad eterna. Los conservadores replican que el verdadero católico debe seguir y obedecer al Papa y autoridades, y que ahí no hay medias tintas; y yo les recordaba el árbol genealógicos de Papas y autoridades que, de haberlos obedecido, hubiese reinado el pandemonium, por decir lo menos.
    Con lo anterior quiero decir que sí comprendo que así como hay una herencia nefasta también hay, y es lo que quieres rescatar, una formación colectiva, muy importante, moral, incluso, en la historia de la Iglesia católica, y, en su último ensayo, MVLL también lo señala.
    Hasta ahí está bien; pero, cuando un religioso hace el voto de obediencia nada menos que a la estructura vertical de la Iglesia, y con ello se expone a las mayores arbitrariedades, uno se pregunta por qué eligieron -y eligen- esa comunidad.
    Acerca del cristianismo, pues no iba dirigido hacia el protestantismo, sino en el primer sentido que señalas de cercanía a la obra de Jesús.
    Y para cambiar el tono de la conversación, al inicio comenté que no era católico; me corrijo, creo que soy anabaptista, cismático, hereje y, quizás en pocos días, apóstata. Un anticlerical. Pero. siempre es un gusto encontrar a una persona con quien, desde la otra orilla, se pueden mirar temas en común.
    Un abrazo,
    Héctor

  5. Manuel Domenech dijo:

    Saludos Raúl. Soy de la tierra del padre de santa Rosa y de Fermín Tangüis, Puerto Rico. Es la primera vez que entro a tu blog. Gracias por tu comentario. Cuando ocurren estas cosas pienso que Jesús no la pasó tampoco muy bien con los suyos. Con los que escogió. El caso extremo fue el de Judas, pero Pedro tampoco fue muy ejemplar. Es que de eso trata nuestra fe. Es el trigo mezclado con la paja. La yerba buena con la mala. No podemos pretender tener una iglesia de solo de santos. Ese día dejaría de ser la iglesia de Cristo porque la redención no hubiese sido necesaria. “Oh feliz culpa …, oh necesario pecado de Adán …” esa frase de san Agustín que repetimos frente al cirio pascual al entonar el Pregón Pascual la debemos tener siempre presente.
    Tampoco olvidemos las experiencias que tuvieron los grandes santos reformadores de la iglesia. Santa Teresa de Jesús no la pasó tampoco muy bien, ni con los obispos y sacerdotes ni con sus propias monjas y frailes. A veces olvidamos esos tragos amargos que pasaron nuestros santos. La noche oscura no es una linda metáfora sino una experiencia espiritual bien dolorosa. Lo de tomar la cruz y seguirle tampoco lo es.
    Manuel Domenech

  6. Raúl Zegarra dijo:

    De eso precisamente se trata, estimado Manuel. Es difícil, siempre lo será. El reto es mantener la fuerza profética de la denuncia del mal sin perder la esperanza en el amor y la misericordia de Dios.

  7. Raúl Zegarra dijo:

    Querido Héctor:

    Creo que te responderé de modo similar a mi comentario anterior, no por pereza sino por persistencia en una idea que siempre es difícil de asimilar porque supone una concepción escatológica de la vida que, supongo no compartes o no compartes en la misma clave que los católicos y también los cristianos en general. Y esto, precisamente, me lleva a decir que, en el fondo, aunque con matices, no hay mayor diferencia entre unos y otros en esta materia. Todo cristiano, no un mero cristiano cultural sino aquel que cree que Jesús es el Cristo, más allá de su denominación, cree que la historia no se conduce sin rumbo. El creyente mantiene que Dios guía misteriosamente los rumbos de la historia, que esta es, en buena cuenta, una historia de salvación. Conservadores o progresistas creen en esto, como se materializan sus creencias es cosa distinta. Hablemos justamente de esa materialización en el caso de los votos que mencionas. Se trata de un punto subsidiario de la interpretación escatológica de la historia. En primer, lugar nadie se somete a votos solemnes abiertamente consciente de que va a lidiar con una tira de miserables en la jerarquía. Quien se hace parte de una orden religiosa o quien entra a algún otro modo de vida consagrada, ofrece su obediencia, en primer lugar al Christos, pero, en segundo lugar, a una autoridad que de algún modo respeta a pesar de sus fallas y errores. Ahora, es perfectamente posible que eso cambie con el tiempo. Puede pasar que el nuevo prior, provincial, obispo o Papa sean unos genuinos miserables. Quien ha consagrado su obediencia, sin embargo, mantiene una fe escatológica, confía en que la historia se dirige hacia algún lugar, hace oración pidiendo que las cosas cambien. Esto no implica no tener una mirada crítica desde dentro de la misma tradición escatológica, como lo hacían los profestas y el mismo Jesús; no obstante, esto tampoco implica patear el tablero ante las dificultades por más severas que sean.

    Como sabes, tenemos muchos amigos en común y la mayoría de ellos no son personas religiosas. Varios, como tú te autodenominas, son anticlericales, además. Uno de estos amigos me dijo alguna vez que él no entendía cómo siendo un tipo tan brillante y bueno, Gustavo Gutiérrez no había roto con la Iglesia hace ya tanto tiempo. Yo le decía a él: “eso es precisamente lo que más admiro de Gustavo”. Él me respondío: “ahí es donde siento que la caga”. Ese breve diálogo, quizá, pueda iluminar nuestras diferencias sobre esta materia. Pero, nuevamente, no me parece que, en lo profundo, la separación cristiano/católico sea la más pertinente aquí. El tema tiene que ver con una visión del rol de Dios en la historia humana. Allí, católicos y cristianos, en principio, están juntos.

    Déjame saber si toca aclarar algo más. Es un placer tratar de iluminar el problema a través de este diálogo.

  8. Héctor Ponce dijo:

    Estimado Raúl,
    Te agradezco el tiempo en tu respuesta y, como señalas al inicio de ésta, en algún punto podría parecer que cada uno de nosotros sigue esgrimiendo por su cuenta sus razones y sólo estaríamos matizándolas, pero, quizás, en esos matices encontremos algo nuevo.
    Me parece que, después de las acciones llevadas hace poco no sólo por el Arzobispo de Lima –puntualmente, su autoritarismo y estrategia pérfida de no renovar el mandato canónico a los profesores de Teología-, sino también por el mismísimo vaticano –que en el caso PUCP, mediante el secretario de Estado del Papa, fuerza a monseñor Piñeiro a que se alinee con el Cardenal Cipriani-, al menos en el Perú, siguiendo las ideas de hacer teología no eurocéntrica, sino situada en contextos particulares, debemos católicos y no católicos, cristianos y no cristianos, al menos pronunciarnos acerca del rol que está ejerciendo la Iglesia católica en Latinoamérica. Siendo más precisos, la pregunta que te hago, y créeme que lo hago con la intención de comprender a varios de los amigos que en las anteriores comentarios he mencionado, pregunta que se hace más fuerte luego de leer tu sentido post, en el que expresas tu genuina indignación, entre otras cosas, por la impunidad con la que obra el Cardenal, y yo diría incluso con la anuencia de una jerarquía cada vez más opuesta al Concilio Vaticano II, la pregunta, digo, es por qué seguir siendo católico. ¿Por qué continuar dentro de una organización que, como las más atroces ideologías, encadena, subyuga y aplasta a sus propios feligreses? Y lo hace no por mero capricho del cardenal Cipriani, sino, como tú bien lo señalas en el post, porque así se lo permiten nada menos que las leyes canónicas.
    Es una institución que, por su jerarquía de carne y hueso, pero también por su estructura intrínsecamente vertical, que en buena medida estimula una injustificada gerontocracia, que es misógina, anti-hedonista, y, literalmente, en su Catecismo, homofóbica, sexópata y supersticiosa, no merece la presencia de personas tan valiosas como los amigos arriba nombrados ni tampoco se merece que alguien tan valioso como lo fue en vida Vicente Santuc -mi amigo que, dándole una significación no ritualista, sino más bien existencial, bautizó a mi hijo- aparezca como alguien que con su presencia aprobaba a la iglesia en su conjunto como lo que es: una pirámide brutalmente politizada que cada cierto tiempo cambia de faraón.
    ¿Por qué Vicente continuó y por qué Gustavo Gutiérrez con su presencia, de alguna manera, avala esos cónclaves en palacios? No lo sé, y comparto el comentario de tu amigo. Aunque quizás sea por una cuestión heideggeriana, o sea, previa intención, y el catolicismo significa para ellos algo mucho más que no puede ser sopesado sólo con pros y contras y que está aunado a los lazos del contexto. No sé. ¿Qué piensas?
    Pero dudo mucho que la Iglesia católica pueda regenerarse, por más que hayan esos trabajos absolutamente éticos de las agrupaciones de base que ayudan, por citar sólo una de las valiosísimas obras que llevan a cabo, a los niños y adolescentes que trabajan en las calles y darles cuidado y la posibilidad de tener estudios universitarios, como en la Ruiz de Montoya. Es una labor que, cuando la veo, me hace pensar que algo así, hasta donde sé, los ateos y los agnósticos, no la hacen en conjunto, aunque en algunos casos sí de manera personal. Pero, y esto quiero señalar, el trabajo de esas bases termina siendo fagocitado por esa, en su mayoría, opulenta y aristocrática clerecía que no mueve ni un dedo por los oprimidos. Como decía Gonzales Prada en su ataque al catolicismo en “Italia y el papado”: “Los papas consideraron siempre la Tierra como feudo legado por Dios, no miraron en todos los hombres más que un hacinamiento de seres inconscientes o menos de edad, obligados, por la razón o la fuerza, a vivir y morir, bajo la tutela de la Curia Romana. El ideal del Catolicismo se resume así: el trono en Roma, el Sumo Pontífice en el trono, el Universo a los pies del Sumo Pontífice”.
    Todo lo anterior escrito me sirve para destacar que los católicos y los cristianos (ya sea en la línea del protestantismo, ya sea como cosmovisión que ve en Jesús un modelo de vida), si bien comparten una convicción escatológica, sus diferencias, lejos de ser subsidiarias, son sustanciales. Cuando los protestantes se apartan del yugo de la clerecía y dicen que el ser humano no necesita de la Iglesia para salvarse, en la práctica son diferencias relevantísimas; y Lutero le hizo el mejor favor a la cristiandad al borrar la imposición de una única autoridad a la hora de enfrentar los textos bíblicos. Tal como lo veo, y quizás sea un punto de vista demasiado imbuido en la llamada ‘elección racional’, el protestantismo podría estar un paso adelante del catolicismo, a pesar de otros problemas que adquiere –como lo mostró Erich Fromm-, en la tarea de liberarse de las autoridades impuestas, más cercanos a una interpretación no ritual de la Biblia, sino individual, y a un examen libre de conciencia (sin mediación de los confesionarios en los que, para terror de Foucault, el penitente debe contar sus deseos más escondidos hasta hacer crujir el locutorio). Si yo tuviera que ver qué similitudes guardan los cristianos y los católicos (ambos en su mejor vertiente), creo, sería la solidaridad para con el otro, el extraño y el enemigo; pero, claro, esto desde una perspectiva no escatológica.
    De otro lado, Raúl, y saliendo de la diferencia entre ser católico y ser cristiano, me parece entender que, al inicio de tu última respuesta, señalas que para un no creyente, como es mi caso, será difícil comprender una concepción escatológica de la vida, que es la que comparten los cristianos en general. Difícil sí, pero no imposible. Lo digo porque, precisamente, Daniel Dennett, en su Breaking the spell, enfrenta un argumento similar. Dice Dennett que autores como Durkheim y Mircea Eliade asumían que quien no tenía fe, por más que estudiaran el tema desde la psicología, sociología, antropología y un largo etcétera no podía hablar del tema; y la réplica de Dennett es que, de ser verdadero lo anterior, entonces ningún hombre podría hablar sinceramente del machismo, ningún europeo podría ser consciente del eurocentrismo y entender las desgracias del Tercer Mundo. En otras palabras, si tu esperanza de que después de la muerte hay una vida de ultratumba (porque creo que eso estás comprendiendo por escatología) y mi esperanza en que, de existir Dios, no existiría el infierno, por lo que has planteado al inicio, nos conduciría en lo que los filósofos han llamado vocabularios inconmensurables (y ambos conocemos la réplica a tal posición; y una definición de hermenéutica que me gusta es la de Rorty, cuando dice que se trata de hacer conmensurable discursos inconmensurables). Siguiendo con el tema escatológico, si la posición de la persona creyente fuese incomprensible para el no creyente, entonces –y tomo de nuevo el ejemplo de Dennett- tendríamos que aceptar, sumisamente, que los únicos que pueden hablar de las altas finanzas son los magnates que las conocen desde adentro, y que los militares –como le gusta decir a Rafael Rey- son los únicos que pueden juzgar sus acciones y no la sociedad civil. Pero yo creo que la situación escatológica que planteas puede ser más peligrosa aún. Porque si el creyente apela que como él habla desde la fe, el no creyente no lo podrá comprender; es obvio que la misma estrategia la puede usar el ateo, desvalorizando al cristiano como si fuese un opiómano.
    Lo que tienen en común todos estos casos es que podrían ser consideradas estrategias para proteger el propio discurso. Sé que en tu caso no es esa la intención, pues, por lo que he leído en tu blog, te acercas a la línea del pensamiento débil de Vattimo, en su mejor versión.
    Al final de tu respuesta, señalas que esa “fe escatológica”, que hace oración para que las cosas cambien, no se trata de no tener mordiente crítica, sino de fe en lo positivo que será el desenvolvimiento final de la historia. Pero, en la línea de la TL, ¿no sería más bien no “esperar” que las “cosas” cambien, sino “hacer” que las personas y las iniquidades sean transformadas hoy y no mañana? Si no es así, la crítica de Marx aún pende como la espada sobre Damocles, porque una cosa es la historia de liberación que llevaron a cabo los profetas de Israel y otra, muy distinta, la historia de quienes han ocupado y ocupan el sillón de Pedro.
    Nada más por ahora, Raúl; por lo general mis amigos creyentes lamentablemente no se detienen en estos temas, y los ateos de hoy son tan insípidos y poseros que no llevan a sus últimas consecuencias su posición. Lo que abunda, eso sí, como dice Savater es esa mezcla aberrante de agnosticismo para quedar bien y pintoresquismo católico para la celebraciones.
    Un fuerte abrazo,
    Héctor

  9. Raúl Zegarra dijo:

    Son muchas cosas las que dices, Héctor, así que me ceñiré solo a dos. La pregunta sobre Gustavo y Vicente y el contrargumento de Dennett. Sobre lo primero no tengo mucho más que decirte, porque con las limitaciones que dan las respuestas y un blog, he dicho lo que en buena cuenta piensa Gustavo que, en cierta medida, hago extensivo a Vicente, más allá de sus diferencias teológicas y personales. Este es un tema que he discutido con Gustavo hace poco aquí en Notre Dame. No es necesario entrar en los detalles, pues no corresponde ventilar las conversaciones privadas, pero lo que él sostiene es más o menos lo mismo que he colocado en el post y en mis respuestas: que la Iglesia es una institución que supera su presente y su pasado porque en ella se encuentra presente el Espíritu de Dios. Gustavo cree eso profundamente, lo cual no le impide reconocer las atrocidades que ella comete, pero eso tampoco le hace abandonar el barco. Es una cuestión de fe y de esperanza, así de sencillo. En todo lo demás, estamos de acuerdo tú, yo y él: hay que transformar el mundo, hay que transformar la institución, hay cosas que mejorar, etc. Ahora, solo como un pie de página, me parece que tu caracterización de la Iglesia es, cuanto menos, muy equívoca. Creo que conviene hacer un balance mucho más informado y general para valorarla propiamente. Yo soy un crítico severo de los males de la Iglesia, pero como observador crítico, tampoco puedo dejar de reconocer sus muchísimos aportes en numerosos niveles. Además, y esto también es relevante aunque implica toda otra discusión, habría que definir bien qué se entiende por Iglesia. Esta es, esencialmente, la comunidad de fieles al mensaje evangélico. Y esa comunidad de fieles no cae necesariamente en el marco de tus críticas.

    Dennett. Mi problema con él y con Dawkins es que sus posiciones son algo elementales para el nivel del debate presnete sobre el cristianismo. Como dijera uno de mis profesores en Notre Dame, es como si ellos dos se hubiesen quedado en el siglo XVIII y no hubiesen elaborado más sus argumentos. El debate sobre el sentido del cristianismo, me parece, hay que buscarlo en fueros más sofisticados. A mi juicio, estos fueron se encuentran tras las plumas de tipos como Zizek, Milbank, Caputo, Desmond, entre otros. ¿Qué quiero decir con esto? Que si el punto de partida es asumir que el cristianismo es una superstición irracional, como sostenía W. Clifford, por ejemplo, ya no tiene sentido discutir. Tipos como Kant y Hegel, sin embargo, se dieron cuenta de que tenían a un interlocutor valioso y lo retaron a responder a la altura del debate filosófico de la época. Al hacerlo, transformaron radicalmente lo que se entendía por cristianismo, pero no lo descartaron en absoluto. En resumen, creo que Dennett no mira al cristianismo como un interlocutor valioso, cree que ya perdió la batalla y solo se encarga de golpearlo en el suelo. De acuerdo, hay quienes pueden creer que le ha dado la última estocada. Lo que sostengo, no obstante, es que Dennett caricaturiza a su interlocutor y jamás hace un esfuerzo por comprender, como recordó hace poco Timothy Radcliffe OP, el sentido de la imaginación cristiana. Ahora, directo a tu argumento dennettiano, hay un problema en la analogía: en un caso hablamos de un no-cristiano que no es capaz de comprender las coordenadas de un imaginario como el cristiano que implica creencias omniabarcantes sobre el sentido de la vida; en el otro, hablamos de una persona que hipotéticamente no podría comprender la condición de ser machista o eurocéntrico por ser hombre o europeo. Me parece que hay una confunsión en relación al “objeto intencional”. El machismo es un hábito social que supone un imaginario y que puede ser comprendido psicológica y sociológicamente, por ejemplo. Aunque el problema no sea agotado al 100% por esas dos entradas, con ellas se puede tener una muy buena idea de lo que se estudia. Hay además un conocimiento intuitivo del hombre, aunque no lo practique, pues de un modo u otro ha vivido cerca de él, es parte de su día a día en tanto hombre capaz de gozar de sus beneficios y padecer sus eventuales perjuicios. Con el cristianismo no sucede lo mismo. El no-cristiano del que hablamos no tiene ese conocimiento intuitivo pues no vive el cristianismo en su cotidianidad. Y si estás pensando que haber ido a algunas misas de matrimonio y difuntos, haber estudiado en un colegio de curas o de monjas, etc., es el paralelo perfecto del ejemplo del machismo, creo que te equivocas. El cristianismo no tiene ese acceso sencillo porque no se trata del mismo tipo de objeto de estudio. Su naturaleza no es la de un hábito enraizado. Hay una diferencia central entre ambos imaginarios. Aunque el machismo también supone una forma de ver el mundo, creo que es evidente que no tiene la misma densidad que una religión (salvo que quieras expandir tanto los términos que ya no tenga sentido discutir) y menos aún la densidad del cristianismo. Si bien en ambas posiciones se hacen “truth claims”, no son tampoco del mismo calibre. Finalmente, en el cristianismo hay una sutileza muy particular porque se trata de una apelación contraintuitiva a una fe que, como decía Kierkegaard hablando de Abraham e Isaac, a todas luces parece un absurdo. Entender que ese absurdo no es absurdo implica una cierta disposición especial del carácter –del alma dirían algunos— que nada tiene que ver con comprender el machismo o el eurocentrismo, a pesar de que a primera vista hayan algunas similitudes estructurales. Si quieres, es como tratar de entender “La fuente” de Duchamp indicando la tonalidad del cerámico blanco del urinario, el tamaño del mismo su relación con otras marcas de la época. ¿Eso aporta? Quizá, pero no dice nada respecto del sentido o la verdad que es portada por la obra de arte. Más aún, digamos que se hace un estudio serio del arte conceptual, se le pone en relación con el arte europeo previo, se estudia la vida del autor, etc. ¿Eso aporta? Sin duda más que lo anterior. ¿Logra decirnos la verdad que porta la obra? Parcialmente la ilumina y, a la vez, nada de eso tiene que ver con su verdad. El arte es un buen ejemplo para iluminar este problema. No sé si Duchamp sea el mejor, pero creo que se entiende el punto. Es por eso que me reafirmo en que no es posible comprender el sentido de la escatología cristiana o, en general, de cualquier “truth claim” del cristianismo si es que no se entra en el juego de sus presupuestos y se hace un esfuerzo por entenderlos honestamente.

    Seguimos conversando, un abrazo.

  10. Hector dijo:

    Estimado Raúl, nuevamente, gracias por tu tiempo al escribir, pues, como decía Derrida, dar el tiempo es lo más valioso que se puede dar.
    Gracias también por compartir tus puntos de vista.
    Un abrazo,
    Héctor

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