Una universidad católica distinta: el caso de Ellacuría y el caso de la PUCP

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Escribo después de algo de tiempo, retrasado con mis compromisos auto-impuestos con el blog debido a la constante aparición de otros compromisos más urgentes. Uno de ellos, sin embargo, me permite volver a escribir por aquí y sobre un tema que me interesa mucho, a saber, el de la situación de la PUCP.

En este último mes he estado trabajando en una traducción muy interesante. Se trata de un libro que compila ensayos de académicos estadounidenses y latinoamericanos en honor a Ignacio Ellacuría SJ, 25 años después de su brutal asesinato, junto al de sus otros compañeros, la señora que cocinaba en la casa y su hija. El libro es un lujo por la calidad de los ensayos, pero hay un grupo de ellos que me parece particularmente notable. Me refiero a aquellos que se dedican a estudiar la concepción que Ellacuría tuvo de la universidad católica. Para los que no está muy familiarizados con Ellacuría, hay que resaltar que él, junto a sus colegas de la Compañía de Jesús, fundó la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, conocida hasta hoy como la UCA. Hasta su asesinato, Ellacuría se desempeñó como su rector y tuvo un rol inmensamente activo en su consolidación.

Bueno, lo que me interesa resaltar es que Ellacuría, como parte de su copiosa obra, dedicó muchos ensayos “la idea de una universidad distinta”, idea que estuvo a la base de la UCA y que la UCA encarnó por mucho tiempo (no estoy demasiado al tanto de su rol en El Salvador ahora). El núcleo de esta concepción de universidad cristiana fue lo que él llamó “proyección social”. La proyección social, para él, era mucho más que lo que suelen hacer la mayoría de colegios católicos hoy, por ejemplo: no se trató nunca para él de colectar víveres y dinero para que estos fueran regalados a los más pobres. Ellacuría era un filósofo y su forma de concebir la proyección social era mucho más compleja, conectada con su interés por la obra de Zubiri y, en particular, por su pasión por la “realidad histórica”. Proyección social, entonces, supone precisamente proyectarse hacia lo social, esto es, proyectarse hacia la realidad que nos circunda, no en su sentido meramente natural, sino en tanto constituida por voluntades humanas que la configuran. Este proyectarse hacia la realidad es la misión central de toda universidad, de ahí que todos sus esfuerzos de enseñanza e investigación deban estar centrados en la realidad histórica, en la realidad que constituimos día a día como sociedad.

Ahora bien, este proyectarse fuera de la universidad hacia la realidad implica analizarla y, por supuesto, juzgarla. Es aquí donde Ellacuría encuentra el corazón del asunto. Para él, la universidad –especialmente la universidad cristiana– no puede ser neutral frente al mundo que la circunda. La universidad no cumple con su verdadero papel si solo se dedica a observar la realidad sin pronunciarse sobre ella. La universidad –especialmente la universidad cristiana–, vía el estudio riguroso y la investigación académica, debe constatar que vivimos en un mundo de profunda desigualdad y que esa desigualdad tiene causas que pueden ser determinadas. La universidad –especialmente la universidad cristiana–, entonces, debe comprometerse con la erradicación de las causas de la inmensa injusticia en la que vive la mayoría de la gente y debe hacerlo, dirá Ellacuría, de una manera universitaria, es decir, no dejando de ser universidad: dando clases, convocando foros, invitando especialistas de renombre, publicando libros, etc. Pero todo esto con un horizonte muy claro, el de la transformación de la realidad vía la formación de consciencia en los alumnos y en la sociedad toda. Hacer esto, por supuesto, no es sencillo. Implica la confrontación directa con el status quo, una confrontación que aquellos que lo mantienen no desean. No es extraño, entonces, que Ellacuría y sus hermanos de la Compañía fueran asesinados. Pagaron el precio de luchar por una universidad distinta. Más allá del dolor, lo que es indiscutible es que por muchos años genuinamente lograron conformar una universidad tal.

Frontis-PUCP

Este asunto me lleva a pensar en el caso de la PUCP, mi alma mater y una universidad por la que guardo un aprecio enorme. Como muchos saben, la PUCP anda en un tremendo lío que abarca tanto su catolicidad como su tenencia de la propiedad heredada de José de la Riva Agüero. Creo que estoy al tanto de los pormenores del problema, pero reconozco que no me he dedicado tanto como otros al asunto y, por lo tanto, no quiero dar aquí sugerencias de solución ni nada parecido. Sé muy bien, además, que el problema de la PUCP no es simplemente uno de “buenos argumentos”, sino que hay elementos de política nacional y vaticana envueltos que nada tienen que hacer con el corazón del problema, lo que hace las cosas aún más difíciles. Teniendo esto en cuenta, quisiera plantear algunas notas sueltas respecto de algunos caminos que podrían plantearse en una negociación ideal, una en la cual obviamente no estamos; notas que podrían ayudar a pensar en formas de balancear catolicidad y autonomía de una manera que tenga algo más de acogida entre las partes.

Como es bien sabido, el caso de la PUCP es sui generis y eso, en realidad, no es muy difícil de determinar. La Ex Corde Ecclesiae señala muy claramente en sus Normas Generales (I.2 y I.3) qué universidades católicas se rigen de modo estricto, o no, por las mismas. La PUCP no califica pues su fundación no fue según los casos previstos. I.3, sin embargo, también contempla esa posibilidad y dice:

Se entiende que también las demás Universidades Católicas, esto es, las no establecidas según alguna de las formas más arriba indicadas, de acuerdo con la Autoridad eclesiástica local, harán propias estas Normas Generales y sus aplicaciones locales y regionales incorporándolas a los documentos relativos a su gobierno y -en cuanto posible- adecuarán sus vigentes Estatutos tanto a las Normas Generales como a sus aplicaciones.

La PUCP entra en este grupo. Sus estatutos deben adecuarse “en cuanto posible” y, eso sí, debe hacer propias las Normas Generales de suerte que sea clara su identidad católica. El caso de la PUCP, entonces, es particularmente interesante porque, en tanto universidad católica sui generis depende de la Ex Corde Ecclesiae pero no está obligada a que la integridad de sus estatutos se adecuen a las normas generales. Idealmente, entonces, hay aquí un obvio margen para la negociación. Algo, claro, que ya se sabe.

¿Qué se podría negociar? La forma de manifestar la catolicidad de la universidad. Todo aquel que haya leído la Ex Corde Ecclesiae sabrá que es un documento relativamente amplio de miras y respecto del cual la PUCP no guarda distancia fundamental. Hay pequeñas materias (siempre derivadas) que son sin duda asuntos que generan disputa, sobre todo en relación a la “moral católica” (posiciones en torno al divorcio, sexualidad, etc.); pero yo creo que en lo fundamental la PUCP no dista mucho de los fines mayores y muy respetables que la Ex Corde Ecclesiae promueve. Lo que corresponde, no obstante, es hacer eso más explícito en el engranaje de la universidad. Allí es donde entra a tallar el modelo de Ellacuría, especialmente teniendo en cuenta que la UCA fue modelada siguiendo la espiritualidad de San Ignacio, que Ellacuría y sus colegas fueron todos jesuitas y que después de los años en que el Padre Arrupe rigió la Compañía, esta tuvo un claro giro hacia lo que podemos llamar la opción preferencial por los pobres.

Bueno, pues, no es cosa extraña que el Papa Francisco sea jesuita ni tampoco asunto menor su énfasis en esta opción por los pobres por la cual Ellacuría vivió y murió. Mi apuesta es que una universidad católica distinta –sobre todo una que hoy batalla por determinar el sentido de su catolicidad– debería tratar de encarnar, con las obvias modificaciones que cada contexto requiere, los ideales con los que Ellacuría dio forma a la UCA. Esto es, en principio, posible en el contexto de la Ex Corde Ecclesiae, pero más posible aún en el contexto del papado de Francisco, quien parece mostrarse menos preocupado por cierta tendencia al moralismo católico y mucho más concentrado en los grandes problemas que aquejan a la humanidad. Así, el nuevo impulso de Francisco y el margen que da la Ex Corde Ecclesiae parecen ofrecer un contexto, idealmente, propicio.  

Basta solamente con mirar el apartado “Servicio a la Iglesia y a la sociedad” para ver el énfasis que se pone allí en la lucha por la justicia, en la confrontación con los problemas que aquejan a la sociedad (#33) y en el esfuerzo por la transformación liberadora de los pueblos que más sufren (#34). Es cierto que el documento habla de otras cosas también, pero creo que no es difícil establecer una jerarquía de principios y me parece que el apartado que menciono apunta claramente a aquello que debería ser prioritario. Si leo bien al Papa, él parece ser un tipo que también establece jerarquías de principios; de ahí que su papado esté más preocupado por las periferias –como lo estaba Ellacuría– que por minucias, que en el caso universitario serían aquellas relacionadas a si un profesor está divorciado, es gay o enseña un curso de género. Todos estos, además, ejemplos cuya evaluación teológica y moral no tienen un claro consenso dentro de la Iglesia.

Estas son algunas ideas muy generales que quería compartir con ustedes. Tengo claro, como dije en un principio, que no tendrán un rol mayor en lo que hoy se negocia, entre otras cosas porque hay mucho más que entra a tallar en una negociación de este tipo y porque yo solo soy un modesto ex-alumno. Creo que es interesante, sin embargo, pensar en futuros posibles, en caminos que podrían ser recorridos o, al menos, recordar caminos que ya fueron recorridos y que pueden ser un recuerdo vivo en nuestra memoria cuando pensamos en cómo debería funcionar una universidad, especialmente una universidad católica.

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